regios. — Tropa española. — Junta criminal. — Comisarios de hacienda.
— Opinión acerca de José. — Junta central en Sevilla. — Declaración
unánime en favor de la causa peninsular de las provincias de América
y Asia. — Auxilios que envían. — Decreto de la central sobre América
de 22 de enero. — Nuevo reglamento para las juntas provinciales
de España. — Tratado con Inglaterra de 9 de enero. — Subsidios de
Inglaterra. — Tribunal de seguridad pública. — Centrales enviados a
las provincias. — Marqués de Villel en Cádiz. — Los ingleses quieren
ocupar la plaza. — Altercados que hubo en ello. — Alboroto en Cádiz.
— Conducta extraña de Villel. — Riesgo que corre su persona. — Matan
a Heredia. — Sosiégase el alboroto. — Ejércitos. — El de la Mancha.
— Ataque de Mora. — Alburquerque y Cartaojal. — Pasa Alburquerque
al ejército de Cuesta. — Avanza Cartaojal y se retira. — Acción de
Ciudad Real. — Ejército de Extremadura. — Avanza a Almaraz. — Córtase
el puente. — Pasan los franceses el Tajo. — Retíranse los nuestros.
— Ventajas conseguidas por los españoles. — Únese Alburquerque a
Cuesta. — Batalla de Medellín. — Sus resultas. — Determinación de la
central. — Venegas sucede a Cartaojal. — Reflexiones. — Comisión de
Sotelo. — Respuesta de la central. — Cartas de Sebastiani a Jovellanos
y otros. — Cartas de Sebastiani al señor Jovellanos. — Contestación
del señor Jovellanos. — Guerra de Austria. — Cataluña. — Alboroto de
Lérida. — Reding en Tarragona. — Plan prudente de Martí. — Varíase. —
Situación del ejército español. — Le atacan los franceses. — Entran
en Igualada. — Movimientos de Saint-Cyr y Reding. — Batalla de Valls.
— Entran los franceses en Reus. — Esperanzas de Saint-Cyr. — Salen
vanas. — Guerra de somatenes. — Dificultad de las comunicaciones.
— Retírase Saint-Cyr de las cercanías de Tarragona. — Pasa por
Barcelona. — Estado de la ciudad. — Niéganse las autoridades civiles a
prestar juramento. — Prenden a muchos y los llevan a Francia. — Pasa
Saint-Cyr a Vic. — Muerte de Reding. — Sucede Coupigny. — Paisanos
del Vallés. — Principio de las partidas en todo el reino. — Decreto
de la central. — Porlier. — Don Juan Echávarri. — El Empecinado. —
Ciudad Rodrigo y Wilson. — Asturias. — La junta. — Ballesteros. —
Sus operaciones en Colombres. — Armamento de la provincia. — Worster.
— Entran los asturianos en Ribadeo. — Y en Mondoñedo. — Sorprenden y
dispersan los franceses a Worster. — Romana. — Su ejército. — Empieza
el levantamiento de Galicia. — Mariscal Soult. — Trata de invadir a
Portugal. — Inútil tentativa para atravesar el Miño. — Toma Soult
hacia Orense. — Insurrección. — Los abades de Couto y Valladares. — El
paisanaje molesta a los franceses en su marcha. — Soult y Romana. —
Intimación a este. — Es desbaratada la retaguardia española. — Ataca a
Villafranca. — Se apodera de la guarnición. — Llega Romana a Oviedo. —
Altercado con la junta. — Invade Ney a Asturias. — Kellermann. — Romana
se embarca en Gijón. — Saquean los franceses a Oviedo. — Sale Ney de
Asturias. — Mahy amenaza a Lugo. — Desbarata al general Fournier. —
Pone cerco a la ciudad. — Crece la insurrección de Galicia. — Barrio.
— Junta de Lobera. — Sitia a Vigo el abad de Valladares. — Limia. —
Tenreiro y el portugués Almeida. — Morillo. — Gogo. — Ríndese Vigo a
los españoles. — Bloqueo de Tuy. — Le alzan. — Y evacuan la ciudad
los franceses. — Se crea y aumenta la división del Miño. — Mándala
Don Martín de la Carrera. — Desbarata a los franceses en el campo de
la Estrella. — Campaña de Soult en Portugal. — Entran los franceses
en Chaves. — En Braga. — Asoman a Oporto. — Estado de la ciudad. —
Éntranla los franceses. — Gran matanza. — Conducta del mariscal Soult.
— Pídenle sea rey. — Silveira recobra a Chaves. — Coronel Trant. —
Regencia de Portugal. — Cradock y los ingleses. — Beresford manda a
los portugueses. — Refuérzase el ejército inglés. — Sir A. Wellesley
nombrado general en jefe. — Sus providencias. — Avanza a Coimbra. —
Situación de los franceses. — Sociedad secreta de los filadelfos. —
Plan de Wellesley. — Se apoderan los ingleses de Oporto. — Apuros de
Soult. — Pasa la frontera. — Llega a Lugo. — Levanta Mahy el cerco.
— Encuéntrase con Romana en Mondoñedo. — Marcha atrevida de los
españoles. — Descontento del soldado con Romana. — Ney y Soult en Lugo.
— Conciértanse para destruir el ejército español. — Conde de Noroña 2.º
comandante de Galicia. — Acción del Puente de Sampayo. — Soult trata
de pasar a Castilla. — Paisanos del Sil. — Quema de varios pueblos.
— Romana en Celanova. — Soult en la Puebla de Sanabria. — General
Franceschi cogido por el Capuchino. — Situación de Ney. — Mazarredo. —
Bazán. — Evacúa Ney a Galicia. — Entra Noroña en la Coruña. — Worster y
Bárcena. — Ballesteros pasa a Castilla y a las montañas de Santander. —
Ocupa a Santander. — Echanle los franceses y se embarca. — Intrepidez
de Porlier. — Marcha admirable del batallón de la Princesa. — Romana
en la Coruña. — Sus providencias y negligencia. — Sale a Castilla.
— Nombra a Mahy para Asturias. — Nombra a Ballesteros para mandar
10.000 hombres. — Sucédele después en el mando del ejército el duque
del Parque. — Fin de este libro. — Parangón de la guerra de Austria y
España. — Previsión notable de Pitt._
HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.
LIBRO OCTAVO.
[Marginal: José en Madrid.]
Habiendo la suerte favorecido tan poderosamente las armas francesas,
pareció a muchos estar ya afianzada la corona de España en las sienes
de José Bonaparte. Aumentose así el número de sus parciales, y ora por
este motivo, y ora sobre todo por exigirlo el conquistador, acudieron
sucesivamente a la corte a felicitar al nuevo rey diputaciones de
los ayuntamientos y cuerpos de los pueblos sojuzgados. [Marginal:
Felicitaciones.] Esmeráronse algunas en sus cumplidos, y no quedaron
en zaga las que representaban a los cabildos eclesiásticos y a los
regulares, con la esperanza sin duda estos de parar el golpe que
los amagaba. Mostráronse igualmente adictos varios obispos, y en
tanto grado que dio contra ellos un decreto la junta central,[*]
[Marginal: (* Ap. n. 8-1.)] coligiéndose de ahí que si bien la mayoría
del clero español como la de la nación estuvo por la causa de la
independencia, no fue exclusivamente aquella clase ni el fanatismo,
según queda ya apuntado, la que le dio impulso, sino la justa
indignación general. Corrobórase esta opinión al ver que entre los
eclesiásticos que abrazaron el partido de José, contáronse muchos de
los que pasaban plaza de ignorantes y preocupados. Tan cierto es que
en las convulsiones políticas el acaso, el error, el miedo colocan
como a ciegas en una y otra parcialidad a varios de los que siguen sus
opuestas banderas: motivos que reclaman al final desenlace recíproca
indulgencia.
[Marginal: Sus providencias.]
José luego que entró en Madrid en vano procuró tomar providencias que
volviendo la paz y orden al reino, cautivasen el ánimo de sus nuevos
súbditos. Ni tenía para ello medios bastantes, ni era fácil que el
pueblo español lastimado hasta en lo más hondo de su corazón, escuchase
una voz que a su entender era fingida y engañosa. Desgraciada por
lo menos fue y de mal sonido la primera que resonó en los templos,
y que se transmitió por medio de una circular fecha en 24 de enero.
Ordenábase en su contenido con promesa de la futura evacuación de los
franceses cantar en todos los pueblos un Te Deum en acción de gracias
por las victorias que había en la península alcanzado Napoleón, que
era como obligar a los españoles a celebrar sus propias desdichas.
[Marginal: Comisarios regios.]
Al mismo tiempo salieron para las provincias con el título de
comisarios regios sujetos de cuenta a restablecer el orden y
las autoridades, predicar la obediencia y representar en todo y
extraordinariamente la persona del monarca. Hubo de estos quienes
trataron de disminuir los males que agobiaban a los pueblos; hubo
otros que los acrecentaron desempeñando su encargo en provecho suyo
y con acrimonia y pasión. Su influjo no obstante era casi siempre
limitado, teniendo que someterse a la voluntad varia y antojadiza de
los generales franceses.
Solo en Madrid se guardaba mayor obediencia al gobierno de José, y solo
con los recursos de la capital y sobre todo con los derechos cobrados
a la entrada de puertas podía aquel contar para subvenir a los gastos
públicos. Estos en verdad no eran grandes, ciñéndose a los del gobierno
supremo, pues ni corría de su cuenta el pago del ejército francés, ni
tenía aun tropa ni marina española que aumentasen los presupuestos del
estado. [Marginal: Tropa española.] Sin embargo fue uno de sus primeros
deseos formar regimientos españoles. La derrota de Uclés y las que la
siguieron, proporcionaron a las banderas de José algunos oficiales
y soldados. Pero los madrileños miraban a estos individuos con tal
ojeriza y desvío, tiznándolos con el apellido de jurados, que no pudo
al principio el gobierno intruso enregimentar ni un cuerpo completo de
españoles. Apenas se veía el soldado vestido y calzado y repuesto de
sus fatigas, pasaba del lado de los patriotas, y no parecía sino que
se había separado temporalmente de sus filas para recobrar fuerzas,
y empuñar armas que le volviesen la estimación perdida. Por eso ya
en enero dieron en Madrid un decreto riguroso contra los ganchos y
seductores de soldados y paisanos que de nada sirvió, empeñando este
género de medidas en actos arbitrarios y de cada vez más odiosos cuando
la opinión se muestra contraria y universal.
[Marginal: Junta criminal.]
Así fue que en 16 de febrero creó el gobierno de José una junta
criminal extraordinaria compuesta de cinco alcaldes de corte, la cual
entendiendo en las causas de asesinos y ladrones, debía también juzgar
a los patriotas. En el decreto [*] [Marginal: (* Ap. n. 8-2.)] de su
creación confundíanse estos bajo el nombre de revoltosos, sediciosos
y esparcidores de malas nuevas, y no solo se les imponía a todos la
misma pena, sino también a los que usasen de puñal o rejón. Espantosa
desigualdad, mayormente si se considera que la pena impuesta era la de
horca, la cual según la expresión del decreto _había de ser ejecutada
irremisiblemente y sin apelación_. Y como si tan destemplado rigor no
bastase, añadíase en su contexto que aquellos a quienes no se probase
del todo su delito, quedarían a disposición del ministro de policía
general para enviarlos a los tribunales ordinarios, y ser castigados
con penas extraordinarias, conforme a la calidad de los casos y de las
personas. Muchos perjuicios se siguieron de estas determinaciones:
varias fueron las víctimas, teniendo que llorar entre ellas a un
abogado respetable de nombre Escalera, cuyo delito se reducía a haber
recibido cartas de un hijo suyo que militaba del lado de los patriotas.
Su infausta suerte esparció en Madrid profunda consternación. Don Pablo
Arribas, hombre de algunas letras, despierto, pero duro e inflexible, y
que siendo ministro de policía promovía con ahinco semejantes causas,
fue tachado de cruel y en extremo aborrecido, como varios de los jueces
del tribunal criminal extraordinario: suerte que cabrá siempre a los
que no obren muy moderadamente en el castigo de los delitos políticos,
que por lo general solo se consideran tales en medio de la irritación
de los ánimos, soliendo luego absolverlos la fortuna.
A las medidas de severidad del gobierno de José acompañaron o siguieron
algunas benéficas que sucesivamente iremos notando. Su establecimiento
sin embargo fue lento o nunca tuvo otro efecto que el de estamparse
en la colección de sus decretos. [Marginal: Comisarios de hacienda.]
Inútilmente se mandó en 24 de abril que no se impusieran contribuciones
extraordinarias en las provincias sometidas, nombrando comisarios de
hacienda que lo evitasen y diesen principio a arreglar debidamente
aquel ramo. El continuo paso y mudanza de tropas francesas, la
necesidad y la codicia y malversación de ciertos empleados impedían el
cumplimiento de bien ordenadas providencias, y achacábanse a veces al
gobierno intruso los daños y males que eran obra de las circunstancias.
Por lo demás nunca hubo, digámoslo así, un plan fijo de administración,
destruido casi en sus cimientos el antiguo, y no adoptado aún el que
había de emanar de la constitución de Bayona.
[Marginal: Opinión acerca de José.]
José por su parte entregado demasiadamente a los deleites, poco
respetado de los generales franceses, y desairado con frecuencia por su
hermano, no crecía en aprecio a los ojos de la mayoría española, que le
miraba como un rey de bálago, sujeto al capricho, a la veleidad y a los
intereses del gabinete de Francia. Con lo cual si bien las victorias
le granjeaban algunos amigos, ni su gobierno se fortalecía, ni la
confianza tomaba el conveniente arraigo.
[Marginal: Junta central en Sevilla.]
Menos afortunada que José en las armas, fuelo más la junta central en
el acatamiento y obediencia que le rindieron los pueblos. Sin que la
tuviesen grande afición, censurando a veces con justicia muchas de sus
resoluciones, la respetaban y cumplían sus órdenes como procedentes de
una autoridad que estimaban legítima. José Bonaparte no era dueño sino
de los pueblos en que dominaban las tropas francesas: la central éralo
de todos, aun de los ocupados por el enemigo, siempre que podían burlar
la vigilancia de los que apellidaban opresores. Tranquila en su asiento
de Sevilla apareció allí con más dignidad y brillo, dándole mayor
realce la declaración en favor de la causa peninsular que hicieron las
provincias de América y Asia.
[Marginal: Declaración unánime en favor de la causa peninsular de las
provincias de América y Asia.]
A imitación de las de Europa levantaron estas un grito universal de
indignación al saber los acontecimientos de Bayona y el alzamiento
de la península. Los habitantes de Cuba, Puerto Rico, Yucatán y el
poderoso reino de Nueva España pronunciáronse con no menor unión y
arrebatamiento que sus hermanos de Europa. En la ciudad de México,
después de recibir pliegos de los diputados de Asturias en Londres
y de la junta de Sevilla, celebrose en 9 de agosto de 1808 una
reunión general de las autoridades y principales vecinos, en la que
reconociendo a todas y a cada una de las juntas de España, se juró no
someterse a otro soberano más que a Fernando VII y a sus legítimos
sucesores de la estirpe real de Borbón, comprometiéndose a ayudar con
el mayor esfuerzo tan sagrada causa. En las islas se entusiasmaron a
punto de recobrar en noviembre de aquel año la parte española de Santo
Domingo cedida a Francia por el tratado de Basilea. Idénticos fueron
los sentimientos que mostraron sucesivamente Tierra Firme, Buenos
Aires, Chile, el Perú y Nueva Granada. Idénticos los de todas las otras
provincias de una y otra América española, cundiendo rápidamente hasta
las remotas islas Filipinas y Marianas. Y si los agravios de Madrid y
Bayona tocaron por su enormidad en inauditos, también es cierto que
nunca presentó la historia del mundo un compuesto de tantos millones de
hombres esparcidos por el orbe en distintos climas y lejanas regiones
que se pronunciasen tan unánimemente contra la iniquidad y violencia de
un usurpador extranjero.
[Marginal: Auxilios que envían.]
Ni se limitó la declaración a vanos clamores, ni su expresión a
estudiadas frases: acompañaron a uno y a otro cuantiosos donativos
que fueron de gran socorro en la deshecha tormenta de fines del
año de 8 y principios del 9. El laborioso catalán, el gallego, el
vizcaíno, los españoles todos que a costa de sudor y trabajo habían
allí acumulado honroso caudal, apresuráronse a prodigar socorros a su
patria ya que la lejanía no les permitía servirla con sus brazos. El
natural de América también siguió entonces el impulso que le dieron
sus padres,[*] [Marginal: (* Ap. n. 8-3.)] y no menos que doscientos
ochenta y cuatro millones de reales vinieron para el gobierno de la
central en el año de 1809. De ellos casi la mitad consistió en dones
gratuitos o anticipaciones, estando las arcas reales muy agotadas con
las negociaciones y derroche del tiempo de Carlos IV.
[Marginal: Decreto de la central sobre América de 22 de enero. (* Ap.
n. 8-3 bis.)]
Tan desinteresado y general pronunciamiento provocó en la central el
memorable decreto [*] de 22 de enero, por el cual declarándose que
no eran los vastos dominios españoles de Indias propiamente colonias
sino parte esencial e integrante de la monarquía, se convocaba para
representarlos a individuos que debían ser nombrados al efecto por sus
ayuntamientos. Cimentáronse sobre este decreto todos los que después
se promulgaron en la materia, y conforme a los cuales se igualaron en
un todo con los peninsulares los naturales de América y Asia. Tal fue
siempre la mente y aun la letra de la legislación española de Indias,
debiendo atribuirse el olvido en que a veces cayó a las mismas causas
que destruyeron y atropellaron en España sus propias y mejores leyes.
La lejanía, lo tarde que a algunas partes se comunicó el decreto e
impensados embarazos no permitieron que oportunamente acudiesen a
Sevilla los representantes de aquellos paises, reservándose novedad de
tamaña importancia para los gobiernos que sucedieron a la junta central.
[Marginal: Nuevo reglamento para las juntas provinciales de España.]
Otros cuidados de no menor interés ocuparon a esta al comenzar el
año de 1809. Fue uno de los primeros dar nueva planta a las juntas
provinciales de donde se derivaba su autoridad, formando un reglamento
con fecha de 1.º de enero según el cual se limitaban las facultades
que antes tenían, y se dejaba solo a su cargo lo respectivo a
contribuciones extraordinarias, donativos, alistamiento, requisiciones
de caballos y armamento. Reducíase a nueve el número de sus individuos,
se despojaba a estos de parte de sus honores, y se cambiaba la antigua
denominación de juntas supremas en la de _superiores provinciales de
observación y defensa_. También se encomendaba a su celo precaver las
asechanzas de personas sospechosas, y proveer a la seguridad y apoyo
de la central; encargo, por decirlo de paso, a la verdad extraño,
poner su defensa en manos de autoridades que se deprimían. Aunque
muchos aprobaron y en lo general se tuvo por justo circunscribir las
facultades de las juntas, causó gran desagrado el artículo 10 del nuevo
reglamento, según el cual se prohibía el libre uso de la imprenta,
no pareciendo sino que al extenderse no estaba aún yerto el puño de
Floridablanca. Alborotáronse varias juntas con la reforma, y la de
Sevilla se enojó sobremanera, y a punto que suscitó la cuestión de
renovar cada seis meses uno de sus individuos en la central, y aun
llegó a dar sucesor al conde de Tilly. Encendiéndose más y más las
contestaciones, suspendiose el nuevo reglamento, y nunca tuvo cumplido
efecto ni en todas las provincias ni en todas sus partes. Quizá
obró livianamente la central en querer arreglar tan pronto aquellas
corporaciones mayormente cuando los acontecimientos de la guerra
cortaban a veces la comunicación con el gobierno supremo; pero al mismo
tiempo fueron muy reprensibles las juntas que movidas de ambición
dieron lugar en aquellos apuros a altercados y desabrimientos.
[Marginal: Tratado con Inglaterra de 9 de enero.]
Señalose también la entrada del año de 1809 con estrechar de un
modo solemne las relaciones con Inglaterra. Hasta entonces las que
mediaban entre ambos gobiernos eran francas y cordiales, pero no
estaban apoyadas en pactos formales y obligatorios. Túvose pues por
conveniente darles mayor y verdadera firmeza, concluyendo en 9 de
enero en Londres un tratado de paz y alianza. Según su contenido se
comprometió Inglaterra a asistir a los españoles con todo su poder; y
a no reconocer otro rey de España e Indias sino a Fernando VII, a sus
herederos o al legítimo sucesor que la nación española reconociese; y
por su parte la junta central se obligó a no ceder a Francia porción
alguna de su territorio en Europa y demás regiones del mundo, no
pudiendo las partes contratantes concluir tampoco paz con aquella
nación sino de común acuerdo. Por un artículo adicional se convino en
dar mutuas y temporales franquicias al comercio de ambos estados, hasta
que las circunstancias permitiesen arreglar sobre la materia un tratado
definitivo. Quería entonces la central entablar uno de subsidios más
urgente que ningún otro; pero en vano lo intentó.
[Marginal: Subsidios de Inglaterra.]
Los que España había alcanzado de Inglaterra habían sido cuantiosos,
si bien nunca se elevaron, sobre todo en dinero, a lo que muchos han
creído. De las juntas provinciales solo las de Galicia, Asturias y
Sevilla recibieron cada una 20.000.000 de reales vellón, no habiendo
llegado a manos de las otras cantidad alguna, por lo menos notable.
Entregáronse a la central 1.600.000 rs. en dinero, y en barras
20.000.000 de la misma moneda. A sus continuas demandas respondía el
gobierno británico que le era imposible tener pesos fuertes si España
no abría al comercio inglés mercados en América, por cuyo medio y en
cambio de géneros y efectos de su fabricación le darían plata aquellos
naturales. Por fundada que fuera hasta cierto punto dicha contestación,
desagradaba al gobierno español, que con más o menos razón estaba
persuadido de que con la facilidad adquirida desde el principio de la
guerra de introducir en la península mercaderías inglesas, de donde
se difundían a América, volvía a Inglaterra el dinero anticipado a
los españoles, o invertido en el pago de sus propias tropas, siendo
contados los retornos de otra especie que podía suministrar España.
Lo cierto es que la junta central con los cortos auxilios pecuniarios
de Inglaterra, y limitada en sus rentas a los productos de las
provincias meridionales, invirtiendo las otras los suyos en sus propios
gastos, difícilmente hubiera levantado numerosos ejércitos sin el
desprendimiento y patriotismo de los españoles, y sin los poderosos
socorros con que acudió América, principalmente cuando dentro del reino
era casi nulo el crédito, y poco conocidos los medios de adquirirle en
el extranjero.
Levantáronse clamores contra la central respecto de la distribución
de fondos, y aun acusáronla de haber malversado algunos. Probable
es que en medio del trastorno general, y de resultas de batallas
perdidas y de dispersiones haya habido abusos y ocultaciones hechas por
manos subalternas, mas injustísimo fue atribuir tales excesos a los
individuos del gobierno supremo que nunca manejaron por sí caudales,
y cuya pureza estaba al abrigo en casi todos hasta de la sospecha.
A los ojos del vulgo siempre aparecen abultados los millones, y la
malevolencia se aprovecha de esta propensión a fin de ennegrecer la
conducta de los que gobiernan. En la ocasión actual eran los gastos
harto considerables para que no se consumiese con creces lo que entró
en el erario.
[Marginal: Tribunal de seguridad pública.]