De la determinación de defender las casas nació la necesidad de
abandonarlas, y de que se agolpase parte de la población a los barrios
más lejanos del ataque, con lo cual crecieron en ellos los apuros y
angustias. El bombardeo era espantoso desde el 10, y para guarecerse
de él, amontonándose las familias en los sótanos, inficionaban el aire
con el aliento de tantos, con la falta de ventilación, y el continuado
arder de luces y leña. De ello provinieron enfermedades que a poco se
transformaron en horroroso contagio. Contribuyeron a su propagación
los malos y no renovados alimentos, la zozobra, el temor, la no
interrumpida agitación, las dolorosas nuevas de la muerte del padre,
del esposo, del amigo; trabajos que a cada paso martillaban el corazón.
Los franceses continuaron sus obras concluyendo el 21 la tercera
paralela de la derecha, y entonces fijaron el emplazamiento de
contrabaterías y baterías de brecha del recinto de la plaza. Procuraban
los españoles por su parte molestar al enemigo con salidas, y
ejecutando acciones arrojadas, largas de referir.
[Marginal: Temores de los franceses.]
No solo padecían los franceses con el daño que de dentro de Zaragoza se
les hacía, sino que también andaban alterados con el temor de que de
fuera los atacasen cuadrillas numerosas: y se confirmaron en ello con
lo acaecido en Alcañiz. Por aquella parte y camino de Tortosa habían
destacado para acopiar víveres al general Wathier con 600 caballos y
1200 infantes. [Marginal: Gente que perdieron en Alcañiz.] En su ruta
fue este molestado por los paisanos y algunos soldados sueltos, en
términos que deseoso de destruirlos los acosó hasta Alcañiz, en cuyas
calles los perseguidos y los moradores defendiéronse con tal denuedo
que para enseñorearse de la población perdieron los franceses más de
400 hombres.
Acrecentose su desasosiego con las voces esparcidas de que el marqués
de Lazán y Don Francisco Palafox venían al socorro de Zaragoza; voces
entonces falsas, pues Lazán estaba lejos en Cataluña, y su hermano Don
Francisco, si bien había pasado a Cuenca a implorar la ayuda del duque
del Infantado, no le fue a este lícito condescender con lo que pedía.
Daba ocasión al engaño una corta división de 4 a 5000 hombres que Don
Felipe Perena, saliendo de Zaragoza, reunió fuera de sus muros, y la
cual, ocupando a Villafranca, Leciñena y Zuera, recorría la comarca.
Por escasas que fuesen semejantes fuerzas instaba a los franceses
destruirlas: cuando no, podían servir de núcleo a la organización de
otras mayores. [Marginal: Llegada del mariscal Lannes.] Favoreció a su
intento la llegada el 22 de enero del mariscal Lannes. Restablecido
de su indisposición acudía este a tomar el mando supremo del tercero
y quinto cuerpo, que mandados separadamente por jefes entre sí
desavenidos, no concurrían a la formación del sitio con la debida unión
y celeridad. Puesto ahora el poder en una sola mano notáronse luego sus
efectos. [Marginal: Llama a Mortier.] Por de pronto ordenó Lannes al
mariscal Mortier que de Calatayud volviese con la división del general
Suchet, y que con ella, y el apoyo de la de Gazan que bloqueaba el
Arrabal, [Marginal: Dispersa este a Perena.] marchase al encuentro de
la gente de Perena, que los franceses creían ser Don Francisco de
Palafox. Aquel oficial dejando hacia Zuera alguna fuerza, replegose con
el resto desde Perdiguera, donde estaba, a nuestra Señora de Magallón.
Gente la suya nueva y allegadiza, ahuyentáronla fácilmente los
franceses de las cercanías de Zaragoza, y pudieron continuar el sitio
sin molestia ni diversión de afuera.
Redoblando pues su furia contra la ciudad abrieron espaciosa brecha en
su recinto, y ya no les quedaba sino pasar el Huerva para intentar el
asalto. Construyeron dos puentes, y en la orilla izquierda dos plazas
de armas donde se reuniese la gente necesaria al efecto. Los nuestros,
sin dejar de defender algunos puntos aislados que les quedaban fuera,
perfeccionaban también sus atrincheramientos interiores.
[Marginal: Asalto de los franceses al recinto de la ciudad.]
El 27 determinaron los enemigos dar el asalto. Dos brechas practicables
se les ofrecían, una enfrente del convento de San José, y otra más a
la derecha cerca de un molino de aceite que ocupaban. En el ataque
del centro habían también abierto una brecha en el convento de Santa
Engracia, y por ella y las otras dos corrieron al asalto en aquel
día a las doce de la mañana. La campana de la torre nueva avisó a
los sitiados del peligro. Todos a su tañido se atropellaron a las
brechas. Por la del molino embistieron los franceses, y se encaramaron
sin que los detuvieran dos hornillos a que se prendió fuego; mas
un atrincheramiento interior y una granizada de balas, metralla
y granadas, los forzaron a retirarse, limitándose a coronar con
dificultad lo alto de la brecha por medio de un alojamiento. Enfrente
de San José, rechazados repetidas veces, consiguieron al fin meterse
desde la brecha en una casa contigua, y hubieran pasado adelante a no
haberlos contenido la intrepidez de los sitiados. El ataque contra
Santa Engracia, si bien al principio ventajoso al enemigo, saliole
después más caro que los otros. Tomaron en efecto sus soldados aquel
monasterio, enseñoreáronse del convento inmediato de las Descalzas,
y enfilando desde él la larga cortina que iba de Santa Engracia al
puente de Huerva obligaron a los españoles a abandonarla. Alentados los
franceses con la victoria se extendieron hasta la Puerta del Carmen,
y llevados de igual ardor los que de ellos guardaban la paralela del
centro, acometieron por la izquierda, se hicieron dueños del convento
de Trinitarios descalzos, y ya avanzaban a la Misericordia cuando se
vieron abrasados con el fuego de dos cañones, y el daño que recibían
de calles y casas. Los nuestros persiguiéndolos hicieron una salida,
y hasta se metieron en el convento de trinitarios, que fuera otra
vez suyo sin el pronto socorro que trajo a los contrarios el general
Morlot. Murieron de los franceses 800 hombres, en cuyo número se
contaron varios oficiales de ingenieros.
[Marginal: Muerte de Sangenís.]
Pero de esta clase tuvieron los españoles que llorar al siguiente día
la dolorosa pérdida del comandante Don Antonio Sangenís, que fue muerto
en la batería llamada Palafox al tiempo que desde ella observaba los
movimientos del enemigo. Tenía cuarenta y tres años de edad, y amábanle
todos por ser oficial valiente, experimentado y entendido. Y aunque de
condición afable, era tal su entereza que desde el primer sitio había
dicho: «no se me llame a consejo si se trata de capitular, porque nunca
será mi opinión que no podamos defendernos.»
[Marginal: Estragos de bombardeo y epidemia.]
El bombardeo mientras tanto continuaba sus estragos, siendo mayores
los de la epidemia, de que ya morían 350 personas por día, y los hubo
en que fallecieron 500. Faltaban los medicamentos, estaban henchidos
de enfermos los hospitales, costaba una gallina cinco pesos fuertes,
carecíase de carne y de casi toda legumbre. Ni había tiempo ni espacio
para sepultar los muertos, cuyos cadáveres hacinados delante de las
iglesias, esparcidos a veces y desgarrados por las bombas, ofrecían
a la vista espantoso y lamentable espectáculo. Confiado el mariscal
Lannes de que en tal aprieto se darían a partido los españoles,
sobre todo si eran noticiosos de lo que en otras partes ocurría,
[Marginal: Intimación de Lannes. Dicho de Palafox.] envió un parlamento
comunicando los desastres de nuestros ejércitos y la retirada de los
ingleses. Mas en balde: los zaragozanos nada escucharon; en vez de
amilanarse crecía su valor al par de los apuros. Su caudillo, firme
como ellos, repetía: «defenderé hasta la última tapia.»
[Marginal: Resistencia en casas y edificios.]
Los franceses entonces yendo adelante en sus embestidas, inútilmente
quisieron el 28 y 29 apoderarse por su derecha de los conventos de
San Agustín y Santa Mónica. Tampoco pudieron vencer el obstáculo de
una casa intermedia que les quedaba para penetrar en la calle de la
Puerta quemada. Lo mismo les sucedió con una manzana contigua a Santa
Engracia, empezando entonces a disputarse con encarnizamiento la
posesión de cada casa, y de cada piso, y de cada cuarto.
[Marginal: Minas de los franceses.]
Siendo muy mortífero para los franceses este desconocido linaje de
defensa, resolvieron no acometer a pecho descubierto, y emprendieron
por medio de minas una guerra terrible y escondida. Aunque en ella les
daban su saber y recursos grandes ventajas, no por eso se abatieron
los sitiados; y sosteniéndose entre las ruinas y derribos que causaban
las minas enemigas, no solo procuraban conservar aquellos escombros,
sino que también querían recuperar los perdidos. Intentáronlo aunque en
vano con el convento de Trinitarios descalzos. La lid fue porfiada y
sangrienta; quedó herido el general francés Rostollant y muertos muchos
de sus oficiales. Nuestros paisanos y soldados abalanzábanse al peligro
como fieras. [Marginal: Patriotismo y fervor de algunos eclesiásticos.]
Y sacerdotes piadosos y atrevidos no cesaban de animarlos con sus
lenguas y dar consuelos religiosos a los que caían heridos de muerte,
siendo a veces ellos mismos víctima de su fervor. Augusto entonces
y grandioso ministerio, que al paso que desempeñaba sus propias y
sagradas obligaciones, cumplía también con las que en tales casos y sin
excepción exige la patria de sus hijos.
A fuerza de empeño y trabajos, y valiéndose siempre de sus minas, se
apoderaron los franceses el 1.º de febrero de San Agustín y Santa
Mónica, y esperaron penetrar hasta el Coso por la calle de la Puerta
quemada; empresa la última que se les malogró con pérdida de 200
hombres. Dolorosa fue también para ellos la toma en aquel día de
algunas casas en la calle de Santa Engracia, [Marginal: Muerte del
general Lacoste.] cayendo atravesado de una bala por las sienes el
general Lacoste, célebre ya en otros nombrados sitios. Sucediole Mr.
Rogniat, herido igualmente en el siguiente día.
[Marginal: Murmuraciones del ejército francés.]
Aunque despacio, y por decirlo así, a palmos, avanzaba el enemigo por
los tres puntos principales de su ataque que acabamos de mencionar.
Mas como le costaba tanta sangre, excitáronse murmuraciones y quejas
en su ejército, las cuales estimularon al mariscal Lannes a avivar la
conclusión de tan fatal sitio, acometiendo el Arrabal.
[Marginal: Embestida del Arrabal.]
Seguía en aquella parte el general Gazan, habiéndose limitado hasta
entonces a conservar riguroso bloqueo. Ahora según lo dispuesto por
Lannes, emprendió los trabajos de sitio. El 7 de febrero embistieron
ya sus soldados el convento de Franciscanos de Jesús a la derecha
del camino de Barcelona. Tomáronle después de tres horas de fuego,
arrojando de dentro a 200 hombres que le guarnecían; y no pudiendo
ir más adelante por la resistencia que los nuestros les opusieron,
paráronse allí y se atrincheraron.
[Marginal: Los progresos del enemigo en la ciudad.]
Trató Lannes al mismo tiempo de que se diesen la mano con este ataque
los de la ciudad, y puso su particular conato en que el de la derecha
de San José se extendiese por la universidad y Puerta del Sol hasta
salir al pretil del río. Tampoco descuidó el del centro, en donde los
sitiados defendieron con tal tenacidad unas barracas que había junto
a las ruinas del hospital, que según la expresión de uno de los jefes
enemigos «era menester matarlos para vencerlos». Allí el sitiador,
ayudado de los sótanos del hospital, atravesó la calle de Santa
Engracia por medio de una galería, y con la explosión de un hornillo
se hizo dueño del convento de San Francisco: hasta que subiendo por la
noche al campanario el coronel español Fleury acompañado de paisanos,
agujerearon juntos la bóveda y causaron tal daño a los franceses desde
aquella altura, que huyeron estos recobrando después a duras penas el
terreno perdido.
[Marginal: Nuevas murmuraciones del ejército francés.]
Los combates de todos lados eran continuos, y aunque los sostenían
por nuestra parte hombres flacos y macilentos, ensañábanse tanto, que
creciendo las quejas del soldado enemigo, exclamaba: «que se aguardasen
refuerzos, si no se quería que aquellas malhadadas ruinas fuesen su
sepulcro.»
[Marginal: Toma del Arrabal.]
Urgía pues a Lannes acabar sitio tan extraño y porfiado. El 18 de
febrero volvió a seguirse el ataque del Arrabal; y con horroroso fuego,
al paso que de un lado se derribaban frágiles casas, flanqueábase del
otro el puente del Ebro para estorbar todo socorro, pereciendo al
querer intentarlo el barón de Versages. A las dos de la tarde abierta
brecha, penetraron los franceses en el convento de mercenarios llamado
de San Lázaro. Fundación del rey don Jaime el Conquistador y edificio
grandioso, fue defendido con el mayor valor; y en su escalera, de
construcción magnífica, anduvo la lucha muy reñida: perecieron casi
todos los que le guarnecían. Ocupado el convento por los franceses,
quedó a los demás soldados del Arrabal cortada la retirada. Imposible
fue, excepto a unos cuantos, repasar el puente, siendo tan tremendo
el fuego del enemigo que no parecía sino que a manera de las del
Janto, se habían incendiado las aguas del Ebro. En tamaño aprieto
echaron los más de los nuestros por la orilla del río, capitaneándolos
el comandante de Guardias españolas Manso; pero perseguidos por la
caballería francesa, enfermos, fatigados y sin municiones, tuvieron que
rendirse. Con el Arrabal perdieron los españoles entre muertos, heridos
y prisioneros 2000 hombres.
[Marginal: Furioso ataque que los franceses preparan.]
Dueños así los franceses de la orilla izquierda del Ebro, colocaron
en batería 50 piezas, con cuyo fuego empezaron a arruinar las casas
situadas al otro lado en el pretil del río. Ganaban también terreno
dentro de la ciudad, extendiéndose por la derecha del Coso; y ocupado
el convento de Trinitarios calzados se adelantaron a la calle del
Sepulcro, procurando de este modo concertar diversos ataques. En tal
estado, meditando dar un golpe decisivo, habían formado seis galerías
de mina que atravesaban el Coso, y cargando cada uno de los hornillos
con 3000 libras de pólvora, confiaban en que su explosión causando
terrible espanto en los zaragozanos los obligaría a rendirse.
[Marginal: Deplorable estado de la ciudad.]
No necesitaron los franceses acudir a medio tan violento. Menos eran de
4000 los hombres que en la ciudad podían sustentar las armas, 14.000
estaban postrados en cama, muchos convalecientes y los demás habían
perecido al rigor de la epidemia y de la guerra. Desvanecíanse las
esperanzas de socorro; [Marginal: Enfermedad de Palafox.] y el mismo
general Don José de Palafox, acometido de la enfermedad reinante, tuvo
que transmitir sus facultades a una junta que se instaló en la noche
del 18 al 19 de febrero. Componíase esta de 34 individuos, siendo
su presidente Don Pedro María Ric, regente de la audiencia. Rodeada
de dificultades convocó la nueva autoridad a los principales jefes
militares, quienes trazando un tristísimo cuadro de los medios que
quedaban de defensa, inclinaron los ánimos a capitular. Discutiose no
obstante largamente la materia; mas pasando a votación, hubo de los
vocales 26 que estuvieron por la rendición, y solo ocho, entre ellos
Ric, se mantuvieron firmes en la negativa. En virtud de la decisión
de la mayoría, enviose al cuartel general enemigo un parlamento, a
nombre de Palafox, aceptando con alguna variación las ofertas que el
mariscal Lannes había hecho días antes: pero este por tardía desechó
con indignación la propuesta.
[Marginal: Propone la junta capitular.]
La junta entonces pidió por sí misma suspensión de hostilidades. Aceptó
el mariscal francés con expresa condición de que dentro de dos horas
se le presentasen sus comisionados a tratar de la capitulación. En el
pueblo y entre los militares había un partido numeroso que reciamente
se oponía a ella, por lo cual hubo de usarse de precauciones.
[Marginal: Conferencia con Lannes.]
Fue nombrado para ir al cuartel general francés Don Pedro María Ric con
otros vocales. Recibiolos aquel mariscal con desdén y aun desprecio,
censurando agriamente y con irritación la conducta de la ciudad, por
no haber escuchado primero sus proposiciones. Amansado algún tanto con
prudentes palabras de los comisionados, añadió Lannes, «respetaranse
las mujeres y los niños, con lo que queda el asunto concluido.» «Ni
aun empezado, replicó prontamente mas con serenidad y firmeza Don
Pedro Ric, eso sería entregarnos sin condición a merced del enemigo, y
en tal caso continuará Zaragoza defendiéndose, pues aún tiene armas,
municiones, y sobre todo puños.»
[Marginal: Capitulación.]
No queriendo sin duda el mariscal Lannes compeler a despecho ánimos
tan altivos, reportose aun más, y comenzó a dictar la capitulación.
En vano se esforzó Don Pedro Ric por alterar alguna de sus cláusulas
o introducir otras nuevas. Fueron desatendidas las más de sus
reclamaciones. Sin embargo instando para que por un artículo expreso se
permitiese a Don José de Palafox ir a donde tuviese por conveniente,
[Marginal: Palabra que da Lannes.] replicó Lannes que nunca un
individuo podía ser objeto de una capitulación; pero añadió que
empeñaba su palabra de honor de dejar a aquel general entera libertad,
así como a todo el que quisiese salir de Zaragoza. Estos pormenores,
que es necesario no echar en olvido, han sido publicados en una
relación impresa por el mismo Don Pedro María Ric, de cuya boca también
nosotros se los hemos oído repetidas veces, mereciendo su dicho entera
fe, como de magistrado veraz y respetable.
[Marginal: Firma la junta la capitulación.]
La junta admitió y firmó el 20 la capitulación, airándose Lannes de que
pidiese nuevas aclaraciones; mas de nada sirvió ni aun lo estipulado.
[Marginal: Quebrántase por los franceses horrorosamente.] En aquella
misma noche la soldadesca francesa saqueó y robó; y si bien pudieran
atribuirse tales excesos a la dificultad de contener al soldado después
de tan penoso sitio, no admite igual excusa el quebrantamiento de
otros artículos, ni la falta de cumplimiento de la palabra empeñada
de dejar ir libre a Don José de Palafox. [Marginal: Maltrato dado
a Palafox.] Moribundo sacáronle de Zaragoza, a donde tuvieron que
volverle por el estado de postración en que se hallaba. Apenas
restablecido lleváronle a Francia, y encerrado en Vincennes padeció
hasta en 1814 durísimo cautiverio.
[Marginal: Muerte de prisioneros, de Boggiero y Sas.]
Fueron aun más allá los enemigos en sus demasías y crueldades.
Despojaron a muchos prisioneros, mataron a otros y maltrataron a casi
todos. Tres días después de la capitulación, a la una de la noche,
llamaron de un cuarto inmediato al de Palafox, donde siempre dormía,
a su antiguo maestro el padre Don Basilio Boggiero, y al salir se
encontró con el alcalde mayor Solanilla, un capitán francés y un
destacamento de granaderos que le sacaron fuera sin decirle a dónde le
llevaban. Tomaron al paso al capellán Don Santiago Sas, que se había
distinguido en el segundo sitio tanto como en el anterior, despidieron
a Solanilla, y solos los franceses marcharon con los dos presos
al puente de Piedra. Allí matáronlos a bayonetazos, arrojando sus
cadáveres al río. Hirieron primero a Sas, y no se oyó de su boca como
tampoco de la de Boggiero otra voz que la de animarse recíprocamente a
muerte tan bárbara e impensada. Contolo así después y repetidas veces
el capitán francés encargado de su ejecución, añadiendo que el mariscal
Lannes le había ordenado los matase sin hacer ruido. ¡Atrocidad
inaudita! A tal punto el vencedor atropelló en Zaragoza las leyes de la
guerra y los derechos sagrados de la humanidad.
La capitulación se publicó en la Gaceta de Madrid de 28 de febrero,[*]
[Marginal: (* Ap. n. 7-5.)] nunca en los papeles franceses, sin duda
para que se creyese que se había entregado Zaragoza a merced del
conquistador, y disculpar así los excesos: como si con capitulación o
sin ella pudieran permitirse muchos de los que se cometieron.
[Marginal: Entrada de Lannes en Zaragoza.]
Fue nombrado el general Laval gobernador de Zaragoza. Hizo el 5 de
marzo su entrada solemne Lannes, recibiéndole en la iglesia de nuestra
Señora del Pilar [Marginal: P. Santander.] el padre Santander, obispo
auxiliar, que ausente en los dos sitios volvió a Zaragoza a celebrar
el triunfo de los enemigos de su patria. [Marginal: (* Véase Ap. n.
7-6.) Junot sucede otra vez a Lannes.] Del joyero de aquel templo se
sacaron las más preciosas alhajas, pasando a manos de los principales
jefes franceses bajo el nombre de regalos que hacía la junta.[*] El
mariscal Lannes permaneció en Zaragoza hasta el 14 de marzo que partió
a Francia sucediéndole por entonces en el mando el general Junot, duque
de Abrantes.
Duró el sitio de Zaragoza 62 días; y sin la epidemia, principal
ayudadora de los franceses, muchos esfuerzos y tiempo hubieran todavía
empleado estos en la conquista. Al capitular solo era suya una cuarta
parte de la ciudad, el Arrabal y 13 iglesias o conventos, [Marginal:
Pérdidas de unos y de otros. (* Ap. n. 7-7.)] y sin embargo su posesión
les había costado tanto trabajo y la pérdida de más de 8000 hombres.
Murieron de los españoles en ambos sitios 53.873 personas;[*] el mayor
número en el último y de la epidemia. [Marginal: Ruinas de edificios
y bibliotecas.] Fueron destruidos con las bombas los más de los
edificios. La biblioteca de la universidad, formada con la antigua
de los jesuitas y enriquecida con varias dádivas, entre ellas una
del ilustre aragonés Don Ramón de Pignatelli, se voló con una mina.
Pereció también al final del sitio la del convenio de dominicos de San
Ildefonso, fundada por el marqués de la Compuesta secretario de gracia
y justicia de Felipe V, en la que había, sin los impresos, más de 2000
curiosos manuscritos. Tan destructora y enemiga de las letras es la
guerra, aun hecha por naciones cultas.
[Marginal: Juicio sobre este sitio.]
Muchos han dudado de si fue o no conveniente defender a Zaragoza;
desaprobando otros con más razón el que se hubiesen encerrado tantas
tropas en su recinto. Debiérase ciertamente haber acudido al remedio
de semejante embarazo, sacando de allí las que se recogieron después
de la rota de Tudela o cualesquiera otras: con tal que se hubiera
limitado su número a los 14 o 15.000 hombres que antes había, y los
cuales unidos al entusiasmado vecindario bastaban para escarmentar de
nuevo al enemigo y detenerle largo tiempo delante de sus muros. Mas por
lo que toca a la determinación de defender la ciudad, nos parece que
fue acertada y provechosa. Los laureles adquiridos en el primer sitio
habían dado al nombre de Zaragoza tan mágico influjo, que su pronta y
fácil entrega hubiera causado desmayo en toda la nación. De otra parte
su resistencia no solo impidió la ocupación de algunas provincias,
deteniendo el ímpetu de huestes formidables, sino que también aquellos
mismos hombres que tan bravos e impávidos se mostraban guarecidos de
las tapias y las casas, no hubieran, inexpertos y en campo raso, podido
sostenerse contra la práctica y disciplina de los franceses, mayormente
cuando la impaciencia pública forzaba a aventurar imprudentes batallas.
Por varios y encontrados que en este punto hayan sido los dictámenes,
nunca discordaron ni discordarán en calificar de gloriosísima y
extraordinaria la defensa de Zaragoza. El general francés Rogniat,
testigo de vista, nos dice con loable imparcialidad:[*] [Marginal: (*
Ap. n. 7-8.)] «La alteza de ánimo que mostraron aquellos moradores, fue
uno de los más admirables espectáculos que ofrecen los anales de las
naciones después de los sitios de Sagunto y Numancia.» Fuelo en efecto
tanto, que en 1814 citose ya su ejemplo a los pueblos de Francia, como
digno de imitarse, por aquel mismo Napoleón que antes hubiera querido
borrarle de la memoria de los hombres.
RESUMEN
DEL
LIBRO OCTAVO.