Insistía el general Vives en acometer a Barcelona estimulado también

por las ofertas de los comandantes de las fuerzas navales inglesas

apostadas delante del puerto. Estas hicieron el 19 de noviembre un

fuego vivísimo contra la plaza, [Marginal: Orden singular dada por

Lecchi en Barcelona.] cuyos habitantes a pesar del daño que recibían

estaban alborozados y palmoteaban desde sus casas al ver la pesadumbre

que el ataque causaba a los franceses: lo cual irritando sobremanera al

comandante Lecchi, prohibió a los habitantes asomarse a las azoteas en

días de refriega.

[Marginal: Trata Vives de seducirle a él y a otros.]

Mal informado el general Vives dirigió a dicho general Lecchi y al

español Casanova proposiciones de acomodamiento si le dejaban entrar

en la plaza. Las desecharon ambos, notándose en la respuesta de Lecchi

la dignidad conveniente. Creyeron sin embargo algunos que sin la

pronta llegada del general Saint-Cyr, y conducida de otra manera la

negociación, quizá no hubiera esta sido infructuosa.

[Marginal: Ataques de Vives el 26 y 27 de noviembre en las cercanías de

Barcelona.]

Don Juan Vives resolvió repetir el 26 el ataque que había emprendido

el 8. Ejecutado esta vez con mayor felicidad fueron los franceses

rechazados hasta Barcelona, y se cogieron prisioneros 104 hombres que

defendían la favorable posición de San Pedro mártir. Prosiguieron

las ventajas el 27, adelantándose el cuartel general a San Feliú de

Llobregat, a legua y media de Barcelona. Desde donde, y con deseo

siempre de estrechar al enemigo, [Marginal: Del 5 de diciembre.] se le

acometió de nuevo el 5 de diciembre, consiguiendo clavar los cañones y

destruir las obras que había formado en la falda de Monjuich.

Pero eran cortas estas ventajas al lado de las que hubieran podido

alcanzarse yendo en busca de Saint-Cyr. Sacrificose todo al deseo

de enseñorearse de la capital del principado. [Marginal: Reding y

Vives van al encuentro de Saint-Cyr.] Sin embargo en la noche del

11 de diciembre sabedor Vives de que aquel general se había movido

el 8 con señales de ir la vuelta de Barcelona, mandó a Don Teodoro

Reding que se adelantase hacia Granollers. Recibiéndose posteriormente

confirmación del primer aviso, se celebró un consejo de guerra, en

el que variando según costumbre los pareceres, no se siguió el de

Caldagués que era el más acertado, y según el cual debiera haberse ido

al encuentro de Saint-Cyr con la mayor parte de las fuerzas, dejando

delante de Barcelona 4000 hombres bien atrincherados. Resolviose

pues lo contrario, y solo salió Vives con algunas tropas a unirse a

Reding. Ambos generales juntaron 8000 hombres, agregándoseles además

los somatenes. Al propio tiempo se previno al marqués de Lazán que

separándose de la vanguardia que estaba en Gerona, siguiese la huella

del francés, sin atacarle por la espalda hasta que el mismo Vives lo

hiciese por el frente, y al coronel Miláns que se apostase con cuatro

batallones en Coll-Sacreu para molestar al enemigo si quería echarse

del lado de la marina, o si no concurrir con los demás a la acción

general que se esperaba.

[Marginal: Continúa Saint-Cyr su marcha.]

Apremiado el general Saint-Cyr con la urgente necesidad de socorrer a

Barcelona, no se empeñó en combatir al marqués de Lazán, quien por

su parte esquivó también todo serio reencuentro. En seguida maniobró

el general francés para disfrazar su intención, y el 11 preparose a

marchar con rapidez y sin embarazos. Así fue que enviando a Figueras

la artillería, repartió a sus soldados víveres para cuatro días,

distribuyoles a razón de 50 cartuchos, y llevó 150.000 de reserva a

lomo de acémilas. El 12 abrió la marcha desde La Bisbal, teniendo

en el camino algunos choques con los miqueletes de Don Juan Clarós.

Enderezose a Hostalrich, y al llegar a las alturas que le dominan con

gran júbilo vio que Vives ni se había aún adelantado hasta allí, ni

ocupado las gargantas del río Tordera, en cuyas estrechuras bastando

un corto número de hombres para detener a los suyos, hubieran en breve

consumido las municiones que consigo traían.

Continuó el general Saint-Cyr su marcha, y el 15 para librarse de

los fuegos de Hostalrich, dio vuelta a la plaza por un sendero agrio

y desconocido, tornando luego a tomar el camino de Barcelona. Salió

de Vallgorguina a incomodarle el coronel Miláns, viéndose el general

francés obligado a retardar su marcha a causa de las cortaduras

practicadas en el desfiladero de treinta pasos. Mas vencidos los

obstáculos acampó ya por la noche su ejército al raso a una legua

del que mandaba Vives, quien pasando el Cardedeu se había colocado

en ventajoso puesto entre Llinas y Villalba. La situación de los

franceses, a pesar de las faltas que cometieron los nuestros, no dejaba

de ser crítica. Por su frente tenían a Vives, flanqueábalos Miláns a

su izquierda, y detrás los seguían Clarós y Lazán. Estaban privados

de artillería, escaseábanles los víveres, solamente les quedaban

municiones para una hora, y eran sus tropas un conjunto de soldados

nuevos de varias naciones. Si Vives hubiera sabido aprovecharse de

tales ventajas, quizá se hubiera repetido aquí la jornada de Bailén,

y calificádose de intempestivo y temerario el movimiento del general

Saint-Cyr, que por su buen éxito mereció el nombre de atrevido y sabio.

[Marginal: Batalla de Llinas o Cardedeu.]

Amaneció el 16 de diciembre, y el general español aguardaba a sus

contrarios colocado en la loma que se levanta después de Cardedeu

y Villalba, y termina en la Riera de la Roca. En lo más elevado de

ella y a la derecha del camino real situó cinco piezas, dejando dos

a la izquierda. Formó su columna en batalla, y desplegó sobre la

derecha, que mandaba Reding, ocupando el costado opuesto de la línea

el somatén de Vic. Como el objeto del general francés era pasar a toda

costa, decidió combatir en una sola columna que rompiese por medio

de los españoles. Comenzó el ataque la división de Pino con orden

expresa de no desviarse de lo resuelto por el general en jefe, pero

en contravención a ello habiendo una de sus brigadas desplegado sobre

la izquierda, hubo de comprometer a los franceses en una refriega que

hubiera sido su perdición a haberse prolongado. El peligro fue para

ellos grande durante algún tiempo. La brigada que había desplegado

no solo fue rechazada, mas también ahuyentada, y destrozado uno de

sus regimientos por el de Húsares españoles, a cuyo frente estaba el

coronel Ibarrola, quedando prisioneros 2 jefes, 15 oficiales y unos 200

soldados. Acudió pronto y oportunamente al remedio el general Saint-Cyr.

De un lado hizo que la división Souham contuviese la brigada puesta en

desorden, al mismo tiempo que de otro amenazaba la izquierda española,

que era la parte más flaca y desguarnecida, disponiendo igualmente que

el general Pino con la 2.ª brigada prosiguiese el ataque en columna, y

rompiese nuestra línea. Ejecutada la operación a un tiempo y en buena

sazón, [Marginal: Son derrotados los españoles.] se cambió la suerte

de las armas, y el ejército español fue envuelto y puesto en derrota.

Perdiéronse cinco de los siete cañones que había, salvándose los dos

por la actividad y presencia de ánimo del teniente Ulzurrun. Nuestra

pérdida fue de 500 muertos y de 1000 entre heridos y prisioneros. Mayor

la de los franceses, por el daño que al principio experimentaron de

la artillería española. Salvose el general Vives a pie y por sendas

extraviadas, y el general Reding ayudado de la velocidad de su caballo

pudo juntarse a una columna de infantería y caballería que con el mayor

orden se retiró por el camino de Granollers a San Cugat. [Marginal: Se

retiran al Llobregat.] Allí tomó el mando interinamente dicho general,

y se acogió a la derecha del Llobregat, a donde se transfirió el conde

del Caldagués, quien aunque salvó la artillería y municiones, tuvo por

la priesa que abandonar los inmensos acopios almacenados en Sarriá, los

cuales sirvieron de mucho al enemigo. El marqués de Lazán que no tomó

parte en la batalla, retrocedió después a Gerona, y el coronel Miláns

se mantuvo en Arenys algunos días sin ser molestado.

Graves y desgraciadas fueron las resultas de la acción de Llinas o

Cardedeu, no tanto por la pérdida de una parte del ejército y por el

socorro que introdujeron los franceses en Barcelona, cuanto por el

desánimo que causó en los españoles, y los alientos que comunicó a los

bisoños y mal seguros soldados del enemigo.

[Marginal: Llega Saint-Cyr a Barcelona.]

Llegó el general Saint-Cyr el 17 delante de Barcelona. No reinaba entre

él y el general Duhesme el mejor acuerdo, mostrándose este descontento

con recibir un jefe superior, y al que luego se dirigieron quejas

y reclamaciones. Por entonces ansioso Saint-Cyr de perseguir a los

españoles no tomó acerca de ellas providencia, [Marginal: Avanza al

Llobregat.] y el 20 después de haber dado a sus tropas dos días de

descanso, salió para el Llobregat y se situó en la margen izquierda,

reforzado su ejército con cinco batallones de la división del general

Chabran.

[Marginal: Situación de los españoles.]

Al otro lado habían reunido los españoles el suyo que con la derrota

del 16 y dispersión que ella causó en todas las tropas no ascendía

arriba de 10.000 infantes y 900 caballos con artillería numerosa. Allí

llegó el general Vives que se había embarcado en Mataró, y que después

de aprobar las medidas tomadas en su ausencia pasó a Villafranca para

obrar en unión con la junta del principado.

Luego que se alejó asomaron los franceses, e indeciso Don Teodoro

Reding de si se retiraría o no, consultó al general en jefe que tardó

en contestar, haciéndolo al fin de un modo ambiguo, lo cual decidió

al primero a sostenerse en su puesto. El ejército español estaba

atrincherado en la margen derecha del Llobregat, en las colinas en que

rematan las alturas de Ordal, extendiéndose desde San Vicente hasta

Pallejá. Mandaba la derecha el brigadier D. Gaspar Gómez de la Serna,

la izquierda el mariscal de Campo Cuadrado, manteniéndose Reding

juntamente con Caldagués en uno de los reductos que habían levantado en

el camino real de Valencia.

[Marginal: Batalla de Molins de Rey.]

El enemigo al alborear del 21 empezó su ataque. Apostose el general

Chabran en Molins de Rey, que estaba a la derecha de los franceses, y

de donde la batalla tomó el nombre; vadeando la división del general

Pino el Llobregat por San Feliú, al tiempo que Souham con su tropa

le cruzaba por San Juan del Pi. Habían en un principio creído los

españoles que su izquierda sería la primera atacada, mas cerciorados

de lo contrario mejoraron su posición, haciendo los peones acertado

fuego. El desaliento no obstante era grande desde la acción de Llinas,

y no había corrido suficiente tiempo para que se borrase en la mente

del soldado tan funesta impresión. Envolvieron los enemigos la derecha

española; arrojáronla sobre el centro, y cayendo unos y otros sobre

la izquierda, ya no hubo sino desconcierto, acorralados los nuestros

contra el puente de Molins de Rey. [Marginal: Derrota de los españoles

y tristes resultas.] A las diez de la mañana llegó Vives solamente para

presenciar la destrucción de los suyos. El ejército español estuvo muy

expuesto a ser del todo cogido por los franceses, a no haberse los

soldados desbandado y tirado cada uno por donde encontró salida. Fue

considerable nuestra pérdida, principalmente de jefes: el brigadier la

Serna murió en Tarragona de las cuchilladas recibidas; el de Caldagués

cayó prisionero y lo mismo varios coroneles. Quedó en poder de los

contrarios toda la artillería.

Por loable que fuera el deseo que animaba al general Reding, con razón

debió tacharse de extrema imprudencia el aventurar una acción con un

ejército que además de novel, acababa pocos días antes de ser deshecho

y en parte disperso. Así fue que el general Saint-Cyr maniobrando con

sumo arte, sin grande esfuerzo desbarató completamente nuestras filas

atropellándose unos soldados sobre otros. Aciagas y de trascendencia

fueron las resultas. Perdiéronse las armas que arrojaron los infantes,

se abandonaron los cuantiosos almacenes que había en el Llobregat, en

Villafranca de Panadés y en Villanueva de Sitges, y en fin, deshízose

enteramente el ejército. Cataluña quedó casi toda ella a merced del

vencedor, que no solo forzó el paso del Bruch para él tan ominoso, sino

que también derramó por todas partes el espanto y la desolación.

[Marginal: Embarazosa también la situación de Saint-Cyr.]

Admiró a algunos que el general Saint-Cyr permaneciese ocioso,

alcanzadas tales ventajas, y atribuíanlo a la condición perezosa de que

le tachaban. Pero otros motivos obraron en su mente para proceder con

lentitud y circunspección. Había en su ejército a pesar de los acopios

cogidos mucha escasez por la necesidad de abastecer a Barcelona; el

país que le rodeaba estaba ya agotado, la comunicación con Francia no

fácil, y los obstáculos mayores cada día por el pronto retoño de la

guerra de somatenes, contra cuyos continuos y desparramados esfuerzos

se estrellaba la pericia de los generales franceses.

[Marginal: Acontecimientos de Tarragona.]

Era por cierto situación esta embarazosa para ellos, y de grande ayuda

para los españoles, cuyos dispersos se iban allegando a Tarragona. En

sus muros alborotose el pueblo, y amenazó de muerte al general Vives,

quien para preservarse de una catástrofe casi inevitable, rotos los

vínculos de la subordinación, dejó el mando, [Marginal: Sucede Reding a

Vives.] que recayó en Don Teodoro Reding, grato a la opinión popular.

Poco a poco recobró la autoridad su fuerza, la junta se trasladó a

Tortosa, y el nuevo general con actividad y celo empezó a arreglar

el ejército, a la sazón descompuesto e insubordinado. Todo anunciaba

mejora, mas todo se malogró, como veremos después por la fatal manía de

dar batallas, y también por el laudable deseo de socorrer a Zaragoza.

[Marginal: Segundo sitio de Zaragoza.]

Esta ciudad, si bien ilustró su nombre en el primer sitio, ahora le

engrandeció en el segundo, perpetuándole con nuevas proezas y con

su imperturbable constancia, en medio de padecimientos y angustias.

Situada no lejos de la frontera de Francia temiose contra ella ya

en septiembre un nuevo y más terrible acometimiento. [Marginal:

Preparativos de defensa.] Palafox como general advertido aprestose a

repelerle, fortificando con esmero y en cuanto se podía población tan

extensa y descubierta. Encargó la dirección de las obras a Don Antonio

Sangenís, ya célebre por lo que trabajó en el primer sitio. El tiempo

y los medios no permitían convertir a Zaragoza en plaza respetable.

Hubo varios planes para fortalecerla: adoptose como más fácil el de

una fortificación provisional, aprovechándose de los edificios que

había en su recinto. Por la margen derecha del Ebro se recompuso y

mejoró el castillo de la Aljafería, estableciendo comunicación con el

Portillo por medio de una doble caponera, y asegurando bastantemente

la defensa hasta la Puerta de Sancho. Del otro lado del castillo hasta

el puente de Huerva se habían fortificado los conventos intermedios,

se había levantado un terraplén revestido de piedra, abierto en partes

un foso y construido en el mismo puente un reducto que se denominó del

Pilar. De allí un atrincheramiento doble se extendía al monasterio de

Santa Engracia, cuyas ruinas se habían grandemente fortalecido. En

seguida y hasta el Ebro defendían la ciudad varias obras y baterías,

no habiéndose descuidado fortificar el convento de San José, que

situado a la derecha de Huerva descubría los ataques del enemigo, y

protegía las salidas de los sitiados. En el monte Torrero solo se

levantó un atrincheramiento, no creyendo el puesto susceptible de larga

resistencia. Por la ribera izquierda del Ebro se resguardó el Arrabal

con reductos y flechas, revestidos de ladrillo o adobe, haciendo

además cortaduras en las calles y aspillerando las casas. Otro tanto

se practicó en la ciudad, tapiando los pisos bajos, atronerando los

otros y abriendo comunicaciones por las paredes medianeras. Las quintas

y edificios, los jardines y los árboles que en derredor del recinto

quedaban aún en pie después de los destrozos del primer sitio, se

arrasaron para despejar los contornos. Todos los moradores a porfía y

con afanado ahinco coadyuvaron a la pronta conclusión de los trabajos

emprendidos.

La artillería no era en general de grueso calibre. Había unas 60

piezas de a 16 y 24, sacadas por la mayor parte del canal en donde los

franceses las habían arrojado: apenas se hizo uso de los morteros por

falta de bombas. Se reservaban en los almacenes provisiones suficientes

para alimentar 15.000 hombres durante seis meses; cada vecino tenía un

acopio particular para su casa, y los conventos muchas y considerables

vituallas. En un principio no se contaba para la defensa sino con

14 o 15.000 hombres: aumentáronse hasta 28.000 con los dispersos de

Tudela que se incorporaron a la guarnición. Era segundo de Palafox

Don Felipe Saint-March; mandaba la artillería el general Villalba, y

los ingenieros el coronel Sangenís. Componíase la caballería de 1400

hombres a las órdenes del general Butrón.

[Marginal: Disposiciones de los franceses.]

Los franceses después de la batalla de Tudela también se preparaban por

su parte a comenzar el sitio, reuniendo en Alagón las tropas y medios

necesarios. El mariscal Moncey aguardaba allí con el tercer cuerpo la

llegada del quinto que mandaba el mariscal Mortier, destinados ambos a

aquel objeto, y ascendiendo sus fuerzas reunidas a 35.000 hombres, sin

contar con seis compañías de artillería, ocho de zapadores y tres de

minadores que se agregaron. Mandaba la primera el general Dedon, y los

ingenieros el general Lacoste. A todos y en jefe debía capitanear el

mariscal Lannes, que por indisposición se detuvo algunos días en Tudela.

[Marginal: Preséntanse delante de Zaragoza.]

Unidos en Alagón el 19 de diciembre los mencionados tercero y quinto

cuerpo, presentáronse el 20 delante de Zaragoza, uno por la ribera

derecha del Ebro, otro por la izquierda. Antes de formalizar el sitio

pensó el mariscal Moncey general en jefe por ausencia de Lannes, en

apoderarse del monte Torrero, que resguardaba con 5000 hombres Don

Felipe Saint-March. [Marginal: El mariscal Moncey se apodera del monte

Torrero.] Para ello al amanecer del 21 coronaron sus tropas las alturas

que dominan aquel sitio, al mismo tiempo que distrayendo la atención

por nuestra izquierda, se enseñorearon, por la derecha, del puente

de la Muela y de la Casa Blanca. Desde allí flanquearon la batería

de Buena Vista, en la que volándose un repuesto de granadas con una

arrojada por los enemigos, causó desorden y obligó a los nuestros a

abandonar el puesto. Entonces Saint-March descubierto por su derecha

pegó fuego en Torrero al puente de América, y se replegó al reducto del

Pilar, en donde repelidos los enemigos tuvieron que hacer alto. De mal

pronóstico era para la defensa de Zaragoza la pérdida de Torrero: en

el anterior sitio igual hecho había costado la vida al oficial Falcó:

en el actual avínole bien a Saint-March para no ser perseguido la

particular protección de Palafox.

[Marginal: Son rechazados los franceses en el Arrabal.]

Compensose en algo este golpe con lo acaecido en el Arrabal el mismo

día. Queriendo tomarle el general Gazan empezó por acometer a los

suizos del ejército español que estaban en el camino de Villamayor:

superior en número los obligó a retirarse a la torre del Arzobispo, en

donde si bien se defendieron con el mayor valor, dándoles ejemplo su

jefe Don Adriano Walker, quedaron allí los más muertos o prisioneros.

Animados los franceses embistieron tres de las baterías del Arrabal, en

cuyo paraje mandaba Don José Manso. Durante cinco horas persistieron

en sus acometidas. Infructuosamente llegaron algunos hasta el pie de

los cañones del Rastro y el Tejar. El coronel de artillería Don Manuel

Velasco que dirigía los fuegos, cubriose aquel día de gloria por su

acierto y bizarra serenidad. Mucho igualmente influyó con su presencia

Don José de Palafox, que acudía adonde mayor peligro amagaba. El éxito

fue muy feliz para los españoles, y el haber sido rechazado el enemigo,

así en este como en otros puntos, comunicó aliento a los aragoneses,

[Marginal: Intimación a la plaza. (* Ap. n. 7-4.)] y convenció al

francés que tampoco en esta ocasión sería ganada de rebate la ciudad de

Zaragoza. Por eso recurrió igualmente el mariscal Moncey a la vía de

la negociación; mas Palafox desechó su propuesta con ánimo levantado y

arrogante.[*]

[Marginal: Bloqueo y ataques que preparan los franceses.]

Los franceses trataron entonces de establecer un riguroso bloqueo.

Del lado del Arrabal el general Gazan inundó el terreno para impedir

las salidas de los sitiados, los cuales el 25 al mando de Don Juan

O’Neille desalojaron a los enemigos del soto de Mezquita, obligándolos

a retirarse hasta las alturas de San Gregorio. Por la derecha del río

propuso el general Lacoste tres ataques, uno contra la Aljafería, y los

otros dos contra el puente de Huerva y convento de San José, punto que

miraban los enemigos como más flaco por no haber detrás en el recinto

de la plaza muro terraplenado. Empezaron a abrir la trinchera en la

noche del 29 al 30 de diciembre.

[Marginal: Salida del general Butrón.]

Notando los españoles que avanzaban los trabajos de los sitiadores,

se dispusieron el 31 a hacer una salida mandada por el brigadier Don

Fernando Gómez de Butrón. Fingiose un ataque en todo lo largo de la

línea, enderezándose nuestra gente a acometer la izquierda enemiga.

Mas advertido Butrón de que por la llanura que se extiende delante de

la Puerta de Sancho se adelantaba una columna francesa, prontamente

revolvió sobre ella, y dándole una carga con la caballería la arrolló

y cogió 200 prisioneros. Palafox para estimular a la demás tropa, y

borrar la funesta impresión que pudieran causar las tristes noticias

del resto de España, recompensó a los soldados de Butrón con el

distintivo de una cruz encarnada.

[Marginal: Reemplaza Junot a Moncey.]

El 1.º de enero reemplazó en el mando en jefe al mariscal Moncey el

general Junot duque de Abrantes. En aquel día los sitiadores para

adelantarse salieron de las paralelas de derecha y centro, perdiendo

mucha gente, [Marginal: Sale Mortier para Calatayud.] y el mariscal

Mortier, disgustado del nombramiento de Junot, partió para Calatayud

con la división del general Suchet, lo cual disminuyó momentáneamente

las fuerzas de los franceses.

[Marginal: Empieza el bombardeo. Ataques contra San José y reducto del

Pilar.]

Estos habiendo establecido el 9 ocho baterías, empezaron en la mañana

del 10 el bombardeo, y a batir en brecha el reducto del Pilar y el

convento de San José, que aunque bien defendido por Don Mariano

Renovales, no podía resistir largo tiempo. Era edificio antiguo,

con paredes de poco espesor, y que desplomándose, en vez de cubrir

dañaban con su caída a los defensores. Hiciéronse sin embargo notables

esfuerzos, [Marginal: Manuela Sancho.] sobresaliendo en bizarría una

mujer llamada Manuela Sancho, de edad de veinticuatro años, natural de

Plenas en la serranía. El 11 dieron los franceses el asalto, teniendo

que emplear en su toma las mismas precauciones que para una obra de

primer orden.

Alojados en aquel convento fueron dueños de la hondonada de Huerva,

pero no podían avanzar al recinto de la plaza sin enseñorearse del

reducto del Pilar, cuyos fuegos los incomodaban por su izquierda. El 11

también este punto había sido atacado con empeño, sin que los franceses

alcanzasen su objeto. Mandaba Don Domingo Larripa, y se señaló con sus

acertadas providencias, así como el oficial de ingenieros Don Marcos

Simonó, y el comandante de la batería Don Francisco Betbezé. Por la

noche hicieron los nuestros una salida que difundió el terror en el

campo enemigo, hasta que su ejército vuelto en sí y puesto sobre las

armas obligó a la retirada. Arrasado el 15 el reducto, quedando solo

escombros y muertos los más de los oficiales que le defendían, fue

abandonado entre ocho y nueve de la noche, volando al mismo tiempo el

puente de Huerva, en que se apoyaba su gola.

[Marginal: Resolución de los moradores.]

Entre este y el Ebro del lado de San José no restaba ya a Zaragoza

otra defensa sino su débil recinto y las paredes de sus casas; pero

habitadas estas por hombres resueltos a pelear de muerte, allí empezó

la resistencia más vigorosa, más tenaz y sangrienta.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5) · 第 16 / 27 段