se lo comunicó al marqués de la Romana. Hallábase este caudillo en
León a la cabeza del ejército de la izquierda, cuyas reliquias,
viniendo unas por la Liébana, según dijimos, y cruzando otras el
principado de Asturias, se habían ido sucesivamente reuniendo en la
mencionada ciudad. En ella, en Oviedo y en varios pueblos de las dos
líneas que atravesaron los dispersos, cundieron y causaron grande
estrago unas fiebres malignas contagiosas. Las llevaban consigo
aquellos desgraciados soldados, como triste fruto de la hambre, del
desabrigo, de los rigurosos tiempos que habían padecido: cúmulo de
males que requería prontos y vigorosos remedios. Mas los recursos eran
contados, y débil y poco diestra la mano que había de aplicarlos.
Hablamos ya de las prendas y de los defectos del marqués de la Romana.
Por desgracia solo los últimos aparecieron en circunstancias tan
escabrosas. Distraído y olvidadizo dejaba correr los días sin tomar
notables providencias, y sin buscar medios de que aún podía disponer.
¿Quién en efecto pensara que teniendo a su espalda y libre de enemigos
la provincia de Asturias no hubiese acudido a buscar en ella apoyo
y auxilios? Pues fue tan al contrario que, pésanos decirlo, en el
espacio de más de un mes que residió en León, solo una vez y tarde
escribió a la junta de aquel principado para darle gracias por su celo
y patriótica conducta.
A pesar de tan reprensible abandono, no perseguido el ejército de
la izquierda, más tranquilo y mejor alimentado, íbase poco a poco
reparando de sus fatigas, y no menos de 16.000 hombres se contaban ya
alojados en León y riberas del Esla; pero de este número escasamente la
mitad merecía el nombre de soldados.
Atento a su deplorable estado y en el intermedio que corrió entre la
primera resolución del general Moore de retirarse, y la posterior de
avanzar, sabedor Romana de que Sir David Baird se disponía a replegarse
a Galicia, no queriendo quedar expuesto, solo y sin ayuda a los ataques
de un enemigo superior, había también determinado abandonar a León.
Súpolo Moore en el momento en que se movía hacia adelante, y con
diligencia escribió a Romana sentido de su determinación, y de que
pensase tomar el camino de Galicia por el que debían venir socorros al
ejército de su mando, y marchar este en caso de necesidad. Replicole
y con razón el general español que nunca hubiera imaginado retirarse,
si no hubiese visto que Sir David Baird se disponía a ello y le dejaba
desamparado; pero ahora que, según los avisos, había otros proyectos,
no solo se mantendría en donde estaba, sino que también y de buen grado
cooperaría a cualquier plan que se le propusiese.
[Marginal: Parcialidad de escritores extranjeros.]
En toda su correspondencia había el de la Romana animado a los
ingleses a obrar e impedir la toma de Madrid. Algunos historiadores de
aquella nación le han motejado, así como a otros generales nuestros
y autoridades, de haber insistido en pedir una cooperación activa,
y de desfigurar los hechos con exageraciones y falsas noticias.
En cuanto a lo primero, natural era que oprimidos por continuadas
desgracias, deseasen todos ofrecer al enemigo un obstáculo que dando
respiro permitiese a la nación volver en sí, y recobrar parte de las
perdidas fuerzas: y respecto de lo segundo, las mismas autoridades
españolas y los generales eran engañados con los avisos que recibían.
Hubo provincias en que más de un mes iba corrido antes que se hubiese
averiguado con certeza la rendición de Madrid. Los pueblos oían con
tal sospecha a los que daban tristes nuevas, que los pocos trajineros
y viajantes que circulaban en tan aciagos días, en vez de descubrir
la verdad, la ocultaban, estando así seguros de ser bien tratados y
recibidos. Si además los generales españoles y su gobierno ponderaban
a veces los medios y fuerza que les quedaban, no poco contribuía a
ello el desaliento que advertían en el general Moore, el cual era tan
grande, que causaba según los mismos ingleses disgusto y murmuraciones
en su ejército. Por lo que sin intentar disculpar los errores y
faltas que se cometieron por nuestra parte, y que somos los primeros
a publicar, justo es que tampoco se achaquen a nuestros militares y
gobernantes los que eran hijos de tiempos tan revueltos, ni se olviden
las flaquezas de que otros adolecieron, igualmente reprensibles aunque
por otro extremo.
[Marginal: Unión en Mayorga de los generales Baird y Moore.]
Volvamos ahora al general Moore. Continuando este su marcha se le unió
el 20 en Mayorga el general Baird. Juntas así las fuerzas inglesas
formaban un total de 23.000 infantes y 2300 caballos: algunos otros
cuerpos estaban todavía en Portugal, Astorga y Lugo. Por su izquierda
y hacia Cea también empezó a moverse Romana con unos 8000 hombres
escogidos entre lo mejor de su gente. Sentaron los ingleses el 21 en
Sahagún su cuartel general, habiendo antes su caballería en el mismo
punto deshecho 600 jinetes enemigos.
[Marginal: Situación del mariscal Soult.]
El mariscal Soult se extendía con las tropas de su mando entre Saldaña
y Carrión de los Condes, teniendo consigo unos 18.000 hombres. Después
de haber salido a Castilla viniendo de Santander, se había mantenido
sobre la defensiva aguardando nuevas órdenes. De estas, las que le
mandaban atacar a los españoles fueron interceptadas en Valdestillas:
además de que noticioso Soult del paraje en donde estaban situados los
ingleses [cosa que al dar aquellas ignoraba Napoleón] no se hubiera con
solo su fuerza arriesgado a pasar adelante.
[Marginal: Aviso de la venida de Napoleón. Retíranse los ingleses a
Benavente y Astorga.]
Sabedor el mariscal francés de que los ingleses movían contra él su
ejército, se reconcentró en Carrión. Disponíanse aquellos a avanzar,
cuando en la noche del 23 recibieron aviso de Romana [que también por
su parte ejecutaba el movimiento concertado] de que Napoleón venía
sobre ellos con fuerzas numerosas. Confirmado este aviso con otros
posteriores no prosiguió su marcha el general Moore, y el 24 comenzó
a retirarse en dos columnas, una, a cuyo frente él iba, tomó por el
puente de Castro Gonzalo a Benavente, y otra se dirigió a Valencia de
Don Juan, cubriendo y amparando sus movimientos la caballería.
[Marginal: Marcha de Napoleón. Paso de Guadarrama.]
Era ya tiempo de adoptar esta resolución. Napoleón avanzaba con su
acostumbrada diligencia. Al principio la marcha de su ejército había
sido penosa, y tan intenso el frío para aquel clima, que al pie de las
montañas de Guadarrama señaló el termómetro de Réaumur nueve grados
debajo de cero. Cruzaron los franceses el puerto en los días 23 y 24 de
diciembre, perdiendo hombres y caballos con el mucho frío, la nieve y
ventisca. Detúvose la artillería volante y parte de la caballería a la
mitad de la subida, teniendo que esperar algunas horas a que suavizase
el tiempo. Napoleón siéndole dificultoso continuar a caballo, y deseoso
también de animar con el ejemplo, se puso a pie y estimuló a redoblar
el paso, llegando él a Villacastín el 24. Al bajar a Castilla la Vieja
sobrevino blandura acompañada de lluvia, y se formaron tales lodazales
que hubo sitios en que se atascaron la artillería y equipajes,
aumentándose el desconsuelo de los franceses a la vista de pueblos por
la mayor parte solitarios y desprovistos.
Tamaños obstáculos, aunque al fin vencidos, retardaron la marcha
de Napoleón e impidieron la puntual ejecución del plan que había
combinado. Era este envolver a los ingleses si continuaban en ir tras
del mariscal Soult, a quien el mismo emperador escribía el 26 desde
Tordesillas: «si todavía conservan los ingleses el día de hoy su
posición, están perdidos: si al contrario os atacan, retiraos a una
jornada de marcha, pues cuanto más se empeñen en avanzar, tanto mejor
será para nosotros.»
[Marginal: Empieza a relajarse la disciplina del ejército inglés.]
Pero Sir Juan Moore, previniendo con oportunidad los intentos de
sus contrarios, prosiguió a Benavente y aseguró su comunicación con
Astorga. La disciplina sin embargo empezaba a relajarse notablemente
en su ejército, disgustado con volver atrás. Así fue que la columna
que cruzó por Valderas cometió lamentables excesos, y con ellos y
otros que hubo en varios pueblos aterrado el paisanaje, huía y a su
vez se vengaba en los soldados y partidas sueltas. Censuró agriamente
el general inglés la conducta de sus soldados; mas de poco sirvió.
Prosiguieron en sus desmanes, y en Benavente devastaron el palacio
de los condes-duques del mismo nombre, notable por su antigüedad y
extensión; mas no fue entonces cuando se quemó, según algunos han
afirmado. Nos consta por información judicial que de ello se hizo, que
solo el 7 de enero apareció incendiado, durando el fuego muchos días
sin que se pudiese cortar.
[Marginal: Choque de caballería en Benavente.]
Esta columna, que era la que mandaba Moore, después de haber arruinado
el puente de Castro Gonzalo se juntó el 29 en Astorga con la de Baird,
que había caminado por Valencia de Don Juan. La caballería permaneció
aún en Benavente, enviando destacamentos a observar los vados del
Esla. Engañado a su vista el general francés Lefebvre-Desnouettes, y
creyendo que ya no quedaba al otro lado ninguna fuerza inglesa sino
aquella, vadeó el río con 600 hombres de la guardia imperial y acometió
impetuosamente a sus contrarios. Cejaron estos al principio, excitando
gran clamoreo las mujeres, rezagados y bagajeros derramados por el
llano que yace entre el Esla y Benavente. El general Stewart tomó
luego el mando de los destacamentos ingleses, se le agregaron algunos
caballos más y empezó a disputar el terreno a los franceses, que
continuaron, sin embargo, en adelantar hasta que Lord Paget, acudiendo
con un regimiento de húsares, los obligó a repasar el río. Quedaron
en su poder 70 prisioneros, en cuyo número se contó al mismo general
Lefebvre, de quien hicimos tanta memoria en el primer sitio de Zaragoza.
Era precursor este reencuentro de los muchos que unos en pos de otros
en breve se sucedieron. Frustrada la primera combinación del emperador
francés a causa de la retirada de Moore, determinó aquel perseguir a
los ingleses por el camino de Benavente con el grueso de sus fuerzas,
mandando al mismo tiempo al mariscal Soult que arrojase de León a
los españoles. La destrucción del puente de Castro Gonzalo retardó
del lado de Benavente el movimiento de los franceses; pero del otro
se adelantaron sin dificultad, no habiendo los españoles opuesto
resistencia.
[Marginal: Sorprenden en Mansilla los franceses a los españoles.]
Ocupaba a Mansilla de las Mulas la 2.ª división del marqués de la
Romana, de la cual un trozo se había quedado a retaguardia en el
convento de Sandoval para conservar el paso del Esla en el puente de
Villarente. Enfermos en León muchos de los principales jefes, no se
habían tomado en Mansilla las precauciones oportunas, y el 29 fue
sorprendido y entrado el pueblo por el general Franceschi, rindiéndose
casi toda la tropa que tan mal custodiaba aquel punto.
[Marginal: Retírase Romana de León.]
Desapercibido el marqués de la Romana, apresuradamente abandonó a León
en la misma noche del 29, y los vecinos más principales, temerosos de
la llegada del enemigo, tuvieron también que salvarse y esconderse
en las montañas inmediatas, dejando con el azoramiento hasta las
alhajas y prendas de mayor valor. [Marginal: Júntase en Astorga con
los ingleses.] Romana se unió el 30 en Astorga con el general Moore,
lo cual desagradó en gran manera a este que le conceptuaba en las
fronteras de Asturias. Con la llegada a aquella ciudad de las tropas
españolas, desnudas, de todo escasas y en sumo grado desarregladas,
acreció el desorden y la confusión, yendo por instantes en aumento la
indisciplina de los ingleses.
Hasta aquí se habían imaginado muchos oficiales de este ejército que
en Astorga o entradas del Bierzo haría alto su general en jefe, y que
aprovechándose de los favorables sitios de aquella escabrosa tierra,
procuraría en ellos contener al enemigo y aun darle batalla, mayormente
cuando la insubordinación y el desconcierto no habían todavía llegado
al extremo. Pero Sir Juan Moore no veía ya seguridad ni salvación sino
a bordo de sus buques; por lo cual dio órdenes para proseguir su camino
hacia Galicia y destruir todo género de provisiones de boca y guerra
que no pudiesen sus tropas llevar consigo. Desde entonces soltose
la rienda a las pasiones, y el ejército británico acabó del todo de
desorganizarse. [Marginal: Retírase Romana por Foncebadón. Moore, por
Manzanal.] El marqués de la Romana insistía por conservar la cordillera
que divide el Bierzo del territorio de Astorga; mas fueron vanos sus
ruegos y ociosas sus razones: y a la verdad por poderosas que estas
fuesen, debilitábanse saliendo de la boca de un general cuyos soldados
se mostraban en estado tan deplorable. Forzado pues el general español
a someterse a la inmutable resolución del británico, tuvo asimismo
que consentir en dejarle libre el nuevo y hermoso camino de Manzanal,
reservando para sí el antiguo y agrio de Foncebadón.
A las doce del día del 31 de diciembre empezó el ejército inglés su
retirada, y el español la suya en la misma noche. La artillería del
último, que hasta entonces había casi toda podido librarse del continuo
perseguimiento de los franceses, tomó, según convenio con el general
Moore, la vía de Manzanal para evitar las asperezas de la otra. Mas no
teniendo cuenta los soldados británicos con las órdenes de sus jefes,
arrancando a viva fuerza los tiros de mulas de nuestra artillería,
hubo que abandonar algunas piezas y precipitar otras en los abismos de
las montañas, perdiéndose así por la violencia de manos aliadas unos
cañones que a tan duras penas y desde Reinosa se habían conservado
libres de las enemigas.
[Marginal: Desgracias de Romana en su retirada.]
Ni fue Romana más dichoso del lado de Foncebadón. Creía, y
fundadamente, que ya que le hubiese cabido la peor ruta, por lo menos
se le dejaría en su retirada solo y desembarazado; mas engañose en su
juicio. Una división inglesa de 3000 hombres mandada por el general
Crawford, separándose en Bonillos, a una legua de Astorga, del grueso
de su ejército, tomó el mismo rumbo que Romana con intento de ir a
embarcarse en Vigo. Turbó este incidente la marcha de los españoles,
incomodando a todos el hallar casi cerrado con la nieve el paso de
Foncebadón.
Uníase a tal conjunto de desgracias estar capitaneadas las divisiones
españolas por nuevos jefes sucesores de los que habían muerto de
enfermedad o en los combates. A tres se había reducido el número de
aquellas fuera de la llamada del norte; y mal aventuradas refriegas
mostraron en breve su triste estado. De ellas la 1.ª mandada por el
coronel Rengel, fue al amanecer del 1.º de enero cortada y en gran
parte cogida por jinetes franceses en Turienzo de los Caballeros. Las
otras, aunque a costa de trabajos, siempre acosadas y desbandándose
muchos de sus soldados, se enmarañaron en la sierra. Romana no había
tratado de prevenir o disminuir el mal con acertadas disposiciones.
Dejó a cada división andar y moverse a su arbitrio: y cruzando con
su estado mayor y algunos caballos por los barrios de Ponferrada, se
metió en el valle de Valdeorras. Allí reunió las pocas reliquias de su
ejército que le habían seguido, y situó su cuartel general en la Puebla
de Tribes, dejando en el Puente de Domingo Flores una corta vanguardia
que pasó después al de Bibey.
[Marginal: Desórdenes de los ingleses en su retirada.]
Los ingleses en tanto por el puerto de Manzanal continuaron
precipitadamente su retirada. Repartidos en tres divisiones y una
reserva, iban delante las de los generales Fraser y Hope, seguía la de
Sir David Baird, y cerraba la marcha con la última el mismo Sir Juan
Moore. Llegaron el 2 de enero a Villafranca, habiendo andado en tan
corto tiempo 14 leguas de las largas de nuestros caminos reales, de
las que solo entran diez y siete y media en el grado. Los males y el
desconcierto rápidamente se aumentaban ofreciendo lastimoso cuadro:
el tiempo crudo, los bagajes abandonados, las municiones rezagadas,
los fuertes y lucidos caballos ingleses desherrados y muertos por sus
propios jinetes, los infantes descalzos y despeados, los soldados
todos abatidos e insubordinados, y metiéndose muchos en los sótanos
de las casas y las tabernas, se perdían de intento y se entregaban a
la embriaguez y disolución: fue Bembibre principal y horroroso teatro
de sus excesos. Cruel castigo recibieron los que así se olvidaban de
la disciplina y buen orden. Los franceses corriendo en pos de ellos,
duramente y cual merecían los trataban, matando a unos, hiriendo a
otros y atropellando a casi todos. Los que de su poder se escapaban,
llenos de tajos y cuchilladas poníalos el general inglés como a la
vergüenza delante de su ejército, a fin de que sirviesen de escarmiento
a sus compañeros.
[Marginal: Llega Napoleón a Astorga.]
Notábase en el perseguir de los franceses suma diligencia, mas no
extraña. Aguijábalos poderosa espuela. Napoleón había llegado a Astorga
el 1.º de enero. Le acompañaban 70.000 infantes y 10.000 caballos, que
este número componían los cuerpos de los mariscales Soult y Ney, una
parte de la guardia imperial y dos divisiones del ejército de Junot,
las cuales, ya de regreso, iban a pelear contra los mismos con quienes
pocos meses antes habían capitulado. Napoleón no pasó de Astorga;
pero envió en seguimiento de las tropas británicas al mariscal Soult
con 25.000 hombres, de los cuales 4200 de caballería. Tras de estos
caminaban las divisiones de los generales Loison y Heudelet, debiendo
todos ser sostenidos por 16.000 hombres del cuerpo del mariscal Ney.
Aceleradamente fueron los primeros en busca de Sir Juan Moore, que no
conservaba sino unos 19.000 combatientes, menguadas sus filas con los
3000 que fueron la vuelta de Vigo y con los perdidos en los diversos
choques y retirada.
[Marginal: Entrada del mariscal Soult en el Bierzo.]
Entró el mariscal Soult en el Bierzo dividida su gente en dos columnas,
que tomaron una por Foncebadón, otra por Manzanal, avanzando el 3
su vanguardia hasta las cercanías de Cacabelos. Habían los ingleses
ocupado con 2500 hombres y una batería la ceja del ribazo de viñedos
que se divisa no lejos de aquel pueblo y del lado de Villafranca. Más
adelante y camino de Bembibre habían también apostado 400 tiradores y
otros tantos caballos, a los cuales hacía espalda el puente del Cúa,
río escaso de aguas, pero crecido ahora por las muchas nieves, y cuya
corriente baña las calles de Cacabelos.
[Marginal: Reencuentro en Cacabelos.]
Venían al frente de la vanguardia francesa unos cuantos escuadrones
mandados por el general Colbert, quien pensando ser de importancia el
número de ingleses que le aguardaba en puesto ventajoso, pidió refuerzo
al mariscal Soult; mas respondiéndole secamente este que sin dilación
atacase, sentido Colbert de la imperiosa orden, acometió con temerario
arrojo y arrolló a los caballos y tiradores ingleses que estaban
avanzados. De estos los hubo que fueron cogidos al pasar el puente del
Cúa; otros metiéndose en los viñedos de la margen del camino, de cerca
y a quema ropa dispararon y mataron a muchos jinetes franceses, entre
ellos a su general Colbert, distinguido por su belleza y denuedo. Llegó
a poco la división de infantería del general Merle, y aunque quiso
pasar adelante, detúvose al ver la batería que estaba en lo alto del
ribazo y también impedido de la noche que sobrevino.
[Marginal: Retírase el general Moore de Villafranca.]
Aquí hubiera podido empeñarse una acción general. Sir Juan Moore
la evitó retirándose después de oscurecido. En Villafranca
escandalosamente se renovaron los excesos y demasías de otras partes:
fueron robados los almacenes, entradas a viva fuerza muchas casas y
oprimidos e inhumanamente tratados los vecinos. El general inglés
reprimió algún tanto los desmanes con severas providencias, mandando
también arcabucear a un soldado cogido infraganti. Aceleró después su
partida, y como la tierra es por allí cada vez más quebrada, y está
cubierta de bosques u otros plantíos, no pudiendo la caballería ser
de gran provecho, enviola delante con dirección a Lugo. En todo este
tránsito hay parajes en que pocas fuerzas pudieran detener mucho tiempo
a un ejército muy superior, pues si bien la calzada es magnífica, corre
ceñida por largo espacio entre opuestas montañas de dificultoso y agrio
acceso.
[Marginal: Van en aumento los desórdenes de los ingleses.]
Ningún fruto se sacó de tamañas ventajas: y encontrándose los
soldados británicos con un convoy, no solo inutilizaron vestuario y
armamento que de Inglaterra iba para Romana, sino que también cerca
de Nogales y por orden del general Moore arrojaron a un despeñadero
en vez de repartírselos 120.000 pesos fuertes. Llegó el desorden
a su colmo: abandonábanse hasta los cañones y los enfermos y los
heridos, acrecentando la confusión el gran séquito y embarazos que
solían entonces acompañar a los ejércitos ingleses. En fin fue esta
retirada hecha con tal apresuramiento y mala ventura, que uno de los
generales británicos, testigo de vista, nos afirma en su narración [*]
[Marginal: (* Ap. n. 7-1.)] «que por sombrías y horrorosas que fueran
las relaciones que de ella se hubiesen hecho, aun no se asemejaban a la
realidad.»
Dos días y una noche tardaron los ingleses en llegar a Lugo, 16 leguas
de Villafranca: acosados en continuas escaramuzas hubieran padecido
cerca de Constantín recio choque si el general Moore no le hubiese
evitado haciendo bajar con rapidez la cuesta del río Neira y engañando
a sus contrarios con un diestro y oportuno amago.
[Marginal: Llegan a Lugo.]
Hasta poco antes había permanecido dudoso el general Moore de si iría
para embarcarse a Vigo o a la Coruña. Informado de las dificultades
que ofrecía la primera ruta, decidiose a continuar por la segunda,
avisando en consecuencia al almirante de su escuadra, a fin de que los
transportes que estaban en Vigo pasasen al otro puerto. Y para dar
tiempo a que se ejecutase dicha travesía, y también para rehacer algo
su ejército cansado y desfallecido, determinó el mismo general pararse
en Lugo y aun arriesgar una batalla si fuese necesario. Al intento
reunió allí todas sus tropas, excepto los 3000 hombres del general
Crawford que se embarcaron en Vigo sin ser molestados.
[Marginal: Prepárase Moore a aventurar una batalla.]
A legua y media y antes de llegar a Lugo escogió Sir Juan Moore un
sitio elevado y ventajoso para pelear contra los franceses, los cuales
asomaron el 6 por las alturas opuestas. Pasose aquel día y el siguiente
sin otras refriegas que las de algunos reconocimientos. El mariscal
Soult hallándose inferior en número, no quería empeñarse en acción
formal antes de que se le uniesen más tropas. [Marginal: Retírase
después.] Los ingleses por su parte se mantuvieron hasta el 8 sin
moverse de su posición; mas al anochecer de aquel día, pareciéndole
peligroso al general Moore aguardar a que los franceses se reforzasen,
resolvió partir a las calladas con la esperanza de que ganando sobre
ellos algunas horas, podría así embarcarse sosegadamente. A las diez de
la noche y encendidas hogueras en las líneas para cubrir su intento,
emprendió la continuación de la marcha, que un temporal deshecho de
lluvia y viento vino a interrumpir y desordenar. Después de padecer
muchos trabajos y de cometer nuevas demasías, empezaron los ingleses
a llegar a Betanzos en la tarde del 9 en un estado lamentable de
confusión y abatimiento. Era tanta la fatiga y tan grande el número
de rezagados, que tuvieron el 10 que detenerse en aquella ciudad.
[Marginal: Llega a la Coruña.] Prosiguieron su marcha el 11 y dieron
vista a la Coruña, sin que en su rada se divisasen los apetecidos
transportes: vientos contrarios habían impedido al almirante inglés
doblar el cabo de Finisterre. Por este atraso veíase expuesto el
general Moore a probar la suerte de una batalla, causando pesadumbre
a muchos de sus oficiales el que se hubiesen para ello desperdiciado
ocasiones más favorables y en tiempo en que su ejército se conservaba
más entero y menos indisciplinado.
Cerca de la Coruña no dejaba en verdad de haber sitios ventajosos, pero
en algunos requeríanse numerosas tropas. Tal era el de Peñasquedo, por
lo que los ingleses prefirieron a sus alturas las del monte Mero, que
si bien dominadas por aquellas hallábanse próximas a la Coruña, y su
posición como más recogida podía guarnecerse con menos gente.