Luego que el general Moore se resolvió a llevar a cabo el plan indicado

se lo comunicó al marqués de la Romana. Hallábase este caudillo en

León a la cabeza del ejército de la izquierda, cuyas reliquias,

viniendo unas por la Liébana, según dijimos, y cruzando otras el

principado de Asturias, se habían ido sucesivamente reuniendo en la

mencionada ciudad. En ella, en Oviedo y en varios pueblos de las dos

líneas que atravesaron los dispersos, cundieron y causaron grande

estrago unas fiebres malignas contagiosas. Las llevaban consigo

aquellos desgraciados soldados, como triste fruto de la hambre, del

desabrigo, de los rigurosos tiempos que habían padecido: cúmulo de

males que requería prontos y vigorosos remedios. Mas los recursos eran

contados, y débil y poco diestra la mano que había de aplicarlos.

Hablamos ya de las prendas y de los defectos del marqués de la Romana.

Por desgracia solo los últimos aparecieron en circunstancias tan

escabrosas. Distraído y olvidadizo dejaba correr los días sin tomar

notables providencias, y sin buscar medios de que aún podía disponer.

¿Quién en efecto pensara que teniendo a su espalda y libre de enemigos

la provincia de Asturias no hubiese acudido a buscar en ella apoyo

y auxilios? Pues fue tan al contrario que, pésanos decirlo, en el

espacio de más de un mes que residió en León, solo una vez y tarde

escribió a la junta de aquel principado para darle gracias por su celo

y patriótica conducta.

A pesar de tan reprensible abandono, no perseguido el ejército de

la izquierda, más tranquilo y mejor alimentado, íbase poco a poco

reparando de sus fatigas, y no menos de 16.000 hombres se contaban ya

alojados en León y riberas del Esla; pero de este número escasamente la

mitad merecía el nombre de soldados.

Atento a su deplorable estado y en el intermedio que corrió entre la

primera resolución del general Moore de retirarse, y la posterior de

avanzar, sabedor Romana de que Sir David Baird se disponía a replegarse

a Galicia, no queriendo quedar expuesto, solo y sin ayuda a los ataques

de un enemigo superior, había también determinado abandonar a León.

Súpolo Moore en el momento en que se movía hacia adelante, y con

diligencia escribió a Romana sentido de su determinación, y de que

pensase tomar el camino de Galicia por el que debían venir socorros al

ejército de su mando, y marchar este en caso de necesidad. Replicole

y con razón el general español que nunca hubiera imaginado retirarse,

si no hubiese visto que Sir David Baird se disponía a ello y le dejaba

desamparado; pero ahora que, según los avisos, había otros proyectos,

no solo se mantendría en donde estaba, sino que también y de buen grado

cooperaría a cualquier plan que se le propusiese.

[Marginal: Parcialidad de escritores extranjeros.]

En toda su correspondencia había el de la Romana animado a los

ingleses a obrar e impedir la toma de Madrid. Algunos historiadores de

aquella nación le han motejado, así como a otros generales nuestros

y autoridades, de haber insistido en pedir una cooperación activa,

y de desfigurar los hechos con exageraciones y falsas noticias.

En cuanto a lo primero, natural era que oprimidos por continuadas

desgracias, deseasen todos ofrecer al enemigo un obstáculo que dando

respiro permitiese a la nación volver en sí, y recobrar parte de las

perdidas fuerzas: y respecto de lo segundo, las mismas autoridades

españolas y los generales eran engañados con los avisos que recibían.

Hubo provincias en que más de un mes iba corrido antes que se hubiese

averiguado con certeza la rendición de Madrid. Los pueblos oían con

tal sospecha a los que daban tristes nuevas, que los pocos trajineros

y viajantes que circulaban en tan aciagos días, en vez de descubrir

la verdad, la ocultaban, estando así seguros de ser bien tratados y

recibidos. Si además los generales españoles y su gobierno ponderaban

a veces los medios y fuerza que les quedaban, no poco contribuía a

ello el desaliento que advertían en el general Moore, el cual era tan

grande, que causaba según los mismos ingleses disgusto y murmuraciones

en su ejército. Por lo que sin intentar disculpar los errores y

faltas que se cometieron por nuestra parte, y que somos los primeros

a publicar, justo es que tampoco se achaquen a nuestros militares y

gobernantes los que eran hijos de tiempos tan revueltos, ni se olviden

las flaquezas de que otros adolecieron, igualmente reprensibles aunque

por otro extremo.

[Marginal: Unión en Mayorga de los generales Baird y Moore.]

Volvamos ahora al general Moore. Continuando este su marcha se le unió

el 20 en Mayorga el general Baird. Juntas así las fuerzas inglesas

formaban un total de 23.000 infantes y 2300 caballos: algunos otros

cuerpos estaban todavía en Portugal, Astorga y Lugo. Por su izquierda

y hacia Cea también empezó a moverse Romana con unos 8000 hombres

escogidos entre lo mejor de su gente. Sentaron los ingleses el 21 en

Sahagún su cuartel general, habiendo antes su caballería en el mismo

punto deshecho 600 jinetes enemigos.

[Marginal: Situación del mariscal Soult.]

El mariscal Soult se extendía con las tropas de su mando entre Saldaña

y Carrión de los Condes, teniendo consigo unos 18.000 hombres. Después

de haber salido a Castilla viniendo de Santander, se había mantenido

sobre la defensiva aguardando nuevas órdenes. De estas, las que le

mandaban atacar a los españoles fueron interceptadas en Valdestillas:

además de que noticioso Soult del paraje en donde estaban situados los

ingleses [cosa que al dar aquellas ignoraba Napoleón] no se hubiera con

solo su fuerza arriesgado a pasar adelante.

[Marginal: Aviso de la venida de Napoleón. Retíranse los ingleses a

Benavente y Astorga.]

Sabedor el mariscal francés de que los ingleses movían contra él su

ejército, se reconcentró en Carrión. Disponíanse aquellos a avanzar,

cuando en la noche del 23 recibieron aviso de Romana [que también por

su parte ejecutaba el movimiento concertado] de que Napoleón venía

sobre ellos con fuerzas numerosas. Confirmado este aviso con otros

posteriores no prosiguió su marcha el general Moore, y el 24 comenzó

a retirarse en dos columnas, una, a cuyo frente él iba, tomó por el

puente de Castro Gonzalo a Benavente, y otra se dirigió a Valencia de

Don Juan, cubriendo y amparando sus movimientos la caballería.

[Marginal: Marcha de Napoleón. Paso de Guadarrama.]

Era ya tiempo de adoptar esta resolución. Napoleón avanzaba con su

acostumbrada diligencia. Al principio la marcha de su ejército había

sido penosa, y tan intenso el frío para aquel clima, que al pie de las

montañas de Guadarrama señaló el termómetro de Réaumur nueve grados

debajo de cero. Cruzaron los franceses el puerto en los días 23 y 24 de

diciembre, perdiendo hombres y caballos con el mucho frío, la nieve y

ventisca. Detúvose la artillería volante y parte de la caballería a la

mitad de la subida, teniendo que esperar algunas horas a que suavizase

el tiempo. Napoleón siéndole dificultoso continuar a caballo, y deseoso

también de animar con el ejemplo, se puso a pie y estimuló a redoblar

el paso, llegando él a Villacastín el 24. Al bajar a Castilla la Vieja

sobrevino blandura acompañada de lluvia, y se formaron tales lodazales

que hubo sitios en que se atascaron la artillería y equipajes,

aumentándose el desconsuelo de los franceses a la vista de pueblos por

la mayor parte solitarios y desprovistos.

Tamaños obstáculos, aunque al fin vencidos, retardaron la marcha

de Napoleón e impidieron la puntual ejecución del plan que había

combinado. Era este envolver a los ingleses si continuaban en ir tras

del mariscal Soult, a quien el mismo emperador escribía el 26 desde

Tordesillas: «si todavía conservan los ingleses el día de hoy su

posición, están perdidos: si al contrario os atacan, retiraos a una

jornada de marcha, pues cuanto más se empeñen en avanzar, tanto mejor

será para nosotros.»

[Marginal: Empieza a relajarse la disciplina del ejército inglés.]

Pero Sir Juan Moore, previniendo con oportunidad los intentos de

sus contrarios, prosiguió a Benavente y aseguró su comunicación con

Astorga. La disciplina sin embargo empezaba a relajarse notablemente

en su ejército, disgustado con volver atrás. Así fue que la columna

que cruzó por Valderas cometió lamentables excesos, y con ellos y

otros que hubo en varios pueblos aterrado el paisanaje, huía y a su

vez se vengaba en los soldados y partidas sueltas. Censuró agriamente

el general inglés la conducta de sus soldados; mas de poco sirvió.

Prosiguieron en sus desmanes, y en Benavente devastaron el palacio

de los condes-duques del mismo nombre, notable por su antigüedad y

extensión; mas no fue entonces cuando se quemó, según algunos han

afirmado. Nos consta por información judicial que de ello se hizo, que

solo el 7 de enero apareció incendiado, durando el fuego muchos días

sin que se pudiese cortar.

[Marginal: Choque de caballería en Benavente.]

Esta columna, que era la que mandaba Moore, después de haber arruinado

el puente de Castro Gonzalo se juntó el 29 en Astorga con la de Baird,

que había caminado por Valencia de Don Juan. La caballería permaneció

aún en Benavente, enviando destacamentos a observar los vados del

Esla. Engañado a su vista el general francés Lefebvre-Desnouettes, y

creyendo que ya no quedaba al otro lado ninguna fuerza inglesa sino

aquella, vadeó el río con 600 hombres de la guardia imperial y acometió

impetuosamente a sus contrarios. Cejaron estos al principio, excitando

gran clamoreo las mujeres, rezagados y bagajeros derramados por el

llano que yace entre el Esla y Benavente. El general Stewart tomó

luego el mando de los destacamentos ingleses, se le agregaron algunos

caballos más y empezó a disputar el terreno a los franceses, que

continuaron, sin embargo, en adelantar hasta que Lord Paget, acudiendo

con un regimiento de húsares, los obligó a repasar el río. Quedaron

en su poder 70 prisioneros, en cuyo número se contó al mismo general

Lefebvre, de quien hicimos tanta memoria en el primer sitio de Zaragoza.

Era precursor este reencuentro de los muchos que unos en pos de otros

en breve se sucedieron. Frustrada la primera combinación del emperador

francés a causa de la retirada de Moore, determinó aquel perseguir a

los ingleses por el camino de Benavente con el grueso de sus fuerzas,

mandando al mismo tiempo al mariscal Soult que arrojase de León a

los españoles. La destrucción del puente de Castro Gonzalo retardó

del lado de Benavente el movimiento de los franceses; pero del otro

se adelantaron sin dificultad, no habiendo los españoles opuesto

resistencia.

[Marginal: Sorprenden en Mansilla los franceses a los españoles.]

Ocupaba a Mansilla de las Mulas la 2.ª división del marqués de la

Romana, de la cual un trozo se había quedado a retaguardia en el

convento de Sandoval para conservar el paso del Esla en el puente de

Villarente. Enfermos en León muchos de los principales jefes, no se

habían tomado en Mansilla las precauciones oportunas, y el 29 fue

sorprendido y entrado el pueblo por el general Franceschi, rindiéndose

casi toda la tropa que tan mal custodiaba aquel punto.

[Marginal: Retírase Romana de León.]

Desapercibido el marqués de la Romana, apresuradamente abandonó a León

en la misma noche del 29, y los vecinos más principales, temerosos de

la llegada del enemigo, tuvieron también que salvarse y esconderse

en las montañas inmediatas, dejando con el azoramiento hasta las

alhajas y prendas de mayor valor. [Marginal: Júntase en Astorga con

los ingleses.] Romana se unió el 30 en Astorga con el general Moore,

lo cual desagradó en gran manera a este que le conceptuaba en las

fronteras de Asturias. Con la llegada a aquella ciudad de las tropas

españolas, desnudas, de todo escasas y en sumo grado desarregladas,

acreció el desorden y la confusión, yendo por instantes en aumento la

indisciplina de los ingleses.

Hasta aquí se habían imaginado muchos oficiales de este ejército que

en Astorga o entradas del Bierzo haría alto su general en jefe, y que

aprovechándose de los favorables sitios de aquella escabrosa tierra,

procuraría en ellos contener al enemigo y aun darle batalla, mayormente

cuando la insubordinación y el desconcierto no habían todavía llegado

al extremo. Pero Sir Juan Moore no veía ya seguridad ni salvación sino

a bordo de sus buques; por lo cual dio órdenes para proseguir su camino

hacia Galicia y destruir todo género de provisiones de boca y guerra

que no pudiesen sus tropas llevar consigo. Desde entonces soltose

la rienda a las pasiones, y el ejército británico acabó del todo de

desorganizarse. [Marginal: Retírase Romana por Foncebadón. Moore, por

Manzanal.] El marqués de la Romana insistía por conservar la cordillera

que divide el Bierzo del territorio de Astorga; mas fueron vanos sus

ruegos y ociosas sus razones: y a la verdad por poderosas que estas

fuesen, debilitábanse saliendo de la boca de un general cuyos soldados

se mostraban en estado tan deplorable. Forzado pues el general español

a someterse a la inmutable resolución del británico, tuvo asimismo

que consentir en dejarle libre el nuevo y hermoso camino de Manzanal,

reservando para sí el antiguo y agrio de Foncebadón.

A las doce del día del 31 de diciembre empezó el ejército inglés su

retirada, y el español la suya en la misma noche. La artillería del

último, que hasta entonces había casi toda podido librarse del continuo

perseguimiento de los franceses, tomó, según convenio con el general

Moore, la vía de Manzanal para evitar las asperezas de la otra. Mas no

teniendo cuenta los soldados británicos con las órdenes de sus jefes,

arrancando a viva fuerza los tiros de mulas de nuestra artillería,

hubo que abandonar algunas piezas y precipitar otras en los abismos de

las montañas, perdiéndose así por la violencia de manos aliadas unos

cañones que a tan duras penas y desde Reinosa se habían conservado

libres de las enemigas.

[Marginal: Desgracias de Romana en su retirada.]

Ni fue Romana más dichoso del lado de Foncebadón. Creía, y

fundadamente, que ya que le hubiese cabido la peor ruta, por lo menos

se le dejaría en su retirada solo y desembarazado; mas engañose en su

juicio. Una división inglesa de 3000 hombres mandada por el general

Crawford, separándose en Bonillos, a una legua de Astorga, del grueso

de su ejército, tomó el mismo rumbo que Romana con intento de ir a

embarcarse en Vigo. Turbó este incidente la marcha de los españoles,

incomodando a todos el hallar casi cerrado con la nieve el paso de

Foncebadón.

Uníase a tal conjunto de desgracias estar capitaneadas las divisiones

españolas por nuevos jefes sucesores de los que habían muerto de

enfermedad o en los combates. A tres se había reducido el número de

aquellas fuera de la llamada del norte; y mal aventuradas refriegas

mostraron en breve su triste estado. De ellas la 1.ª mandada por el

coronel Rengel, fue al amanecer del 1.º de enero cortada y en gran

parte cogida por jinetes franceses en Turienzo de los Caballeros. Las

otras, aunque a costa de trabajos, siempre acosadas y desbandándose

muchos de sus soldados, se enmarañaron en la sierra. Romana no había

tratado de prevenir o disminuir el mal con acertadas disposiciones.

Dejó a cada división andar y moverse a su arbitrio: y cruzando con

su estado mayor y algunos caballos por los barrios de Ponferrada, se

metió en el valle de Valdeorras. Allí reunió las pocas reliquias de su

ejército que le habían seguido, y situó su cuartel general en la Puebla

de Tribes, dejando en el Puente de Domingo Flores una corta vanguardia

que pasó después al de Bibey.

[Marginal: Desórdenes de los ingleses en su retirada.]

Los ingleses en tanto por el puerto de Manzanal continuaron

precipitadamente su retirada. Repartidos en tres divisiones y una

reserva, iban delante las de los generales Fraser y Hope, seguía la de

Sir David Baird, y cerraba la marcha con la última el mismo Sir Juan

Moore. Llegaron el 2 de enero a Villafranca, habiendo andado en tan

corto tiempo 14 leguas de las largas de nuestros caminos reales, de

las que solo entran diez y siete y media en el grado. Los males y el

desconcierto rápidamente se aumentaban ofreciendo lastimoso cuadro:

el tiempo crudo, los bagajes abandonados, las municiones rezagadas,

los fuertes y lucidos caballos ingleses desherrados y muertos por sus

propios jinetes, los infantes descalzos y despeados, los soldados

todos abatidos e insubordinados, y metiéndose muchos en los sótanos

de las casas y las tabernas, se perdían de intento y se entregaban a

la embriaguez y disolución: fue Bembibre principal y horroroso teatro

de sus excesos. Cruel castigo recibieron los que así se olvidaban de

la disciplina y buen orden. Los franceses corriendo en pos de ellos,

duramente y cual merecían los trataban, matando a unos, hiriendo a

otros y atropellando a casi todos. Los que de su poder se escapaban,

llenos de tajos y cuchilladas poníalos el general inglés como a la

vergüenza delante de su ejército, a fin de que sirviesen de escarmiento

a sus compañeros.

[Marginal: Llega Napoleón a Astorga.]

Notábase en el perseguir de los franceses suma diligencia, mas no

extraña. Aguijábalos poderosa espuela. Napoleón había llegado a Astorga

el 1.º de enero. Le acompañaban 70.000 infantes y 10.000 caballos, que

este número componían los cuerpos de los mariscales Soult y Ney, una

parte de la guardia imperial y dos divisiones del ejército de Junot,

las cuales, ya de regreso, iban a pelear contra los mismos con quienes

pocos meses antes habían capitulado. Napoleón no pasó de Astorga;

pero envió en seguimiento de las tropas británicas al mariscal Soult

con 25.000 hombres, de los cuales 4200 de caballería. Tras de estos

caminaban las divisiones de los generales Loison y Heudelet, debiendo

todos ser sostenidos por 16.000 hombres del cuerpo del mariscal Ney.

Aceleradamente fueron los primeros en busca de Sir Juan Moore, que no

conservaba sino unos 19.000 combatientes, menguadas sus filas con los

3000 que fueron la vuelta de Vigo y con los perdidos en los diversos

choques y retirada.

[Marginal: Entrada del mariscal Soult en el Bierzo.]

Entró el mariscal Soult en el Bierzo dividida su gente en dos columnas,

que tomaron una por Foncebadón, otra por Manzanal, avanzando el 3

su vanguardia hasta las cercanías de Cacabelos. Habían los ingleses

ocupado con 2500 hombres y una batería la ceja del ribazo de viñedos

que se divisa no lejos de aquel pueblo y del lado de Villafranca. Más

adelante y camino de Bembibre habían también apostado 400 tiradores y

otros tantos caballos, a los cuales hacía espalda el puente del Cúa,

río escaso de aguas, pero crecido ahora por las muchas nieves, y cuya

corriente baña las calles de Cacabelos.

[Marginal: Reencuentro en Cacabelos.]

Venían al frente de la vanguardia francesa unos cuantos escuadrones

mandados por el general Colbert, quien pensando ser de importancia el

número de ingleses que le aguardaba en puesto ventajoso, pidió refuerzo

al mariscal Soult; mas respondiéndole secamente este que sin dilación

atacase, sentido Colbert de la imperiosa orden, acometió con temerario

arrojo y arrolló a los caballos y tiradores ingleses que estaban

avanzados. De estos los hubo que fueron cogidos al pasar el puente del

Cúa; otros metiéndose en los viñedos de la margen del camino, de cerca

y a quema ropa dispararon y mataron a muchos jinetes franceses, entre

ellos a su general Colbert, distinguido por su belleza y denuedo. Llegó

a poco la división de infantería del general Merle, y aunque quiso

pasar adelante, detúvose al ver la batería que estaba en lo alto del

ribazo y también impedido de la noche que sobrevino.

[Marginal: Retírase el general Moore de Villafranca.]

Aquí hubiera podido empeñarse una acción general. Sir Juan Moore

la evitó retirándose después de oscurecido. En Villafranca

escandalosamente se renovaron los excesos y demasías de otras partes:

fueron robados los almacenes, entradas a viva fuerza muchas casas y

oprimidos e inhumanamente tratados los vecinos. El general inglés

reprimió algún tanto los desmanes con severas providencias, mandando

también arcabucear a un soldado cogido infraganti. Aceleró después su

partida, y como la tierra es por allí cada vez más quebrada, y está

cubierta de bosques u otros plantíos, no pudiendo la caballería ser

de gran provecho, enviola delante con dirección a Lugo. En todo este

tránsito hay parajes en que pocas fuerzas pudieran detener mucho tiempo

a un ejército muy superior, pues si bien la calzada es magnífica, corre

ceñida por largo espacio entre opuestas montañas de dificultoso y agrio

acceso.

[Marginal: Van en aumento los desórdenes de los ingleses.]

Ningún fruto se sacó de tamañas ventajas: y encontrándose los

soldados británicos con un convoy, no solo inutilizaron vestuario y

armamento que de Inglaterra iba para Romana, sino que también cerca

de Nogales y por orden del general Moore arrojaron a un despeñadero

en vez de repartírselos 120.000 pesos fuertes. Llegó el desorden

a su colmo: abandonábanse hasta los cañones y los enfermos y los

heridos, acrecentando la confusión el gran séquito y embarazos que

solían entonces acompañar a los ejércitos ingleses. En fin fue esta

retirada hecha con tal apresuramiento y mala ventura, que uno de los

generales británicos, testigo de vista, nos afirma en su narración [*]

[Marginal: (* Ap. n. 7-1.)] «que por sombrías y horrorosas que fueran

las relaciones que de ella se hubiesen hecho, aun no se asemejaban a la

realidad.»

Dos días y una noche tardaron los ingleses en llegar a Lugo, 16 leguas

de Villafranca: acosados en continuas escaramuzas hubieran padecido

cerca de Constantín recio choque si el general Moore no le hubiese

evitado haciendo bajar con rapidez la cuesta del río Neira y engañando

a sus contrarios con un diestro y oportuno amago.

[Marginal: Llegan a Lugo.]

Hasta poco antes había permanecido dudoso el general Moore de si iría

para embarcarse a Vigo o a la Coruña. Informado de las dificultades

que ofrecía la primera ruta, decidiose a continuar por la segunda,

avisando en consecuencia al almirante de su escuadra, a fin de que los

transportes que estaban en Vigo pasasen al otro puerto. Y para dar

tiempo a que se ejecutase dicha travesía, y también para rehacer algo

su ejército cansado y desfallecido, determinó el mismo general pararse

en Lugo y aun arriesgar una batalla si fuese necesario. Al intento

reunió allí todas sus tropas, excepto los 3000 hombres del general

Crawford que se embarcaron en Vigo sin ser molestados.

[Marginal: Prepárase Moore a aventurar una batalla.]

A legua y media y antes de llegar a Lugo escogió Sir Juan Moore un

sitio elevado y ventajoso para pelear contra los franceses, los cuales

asomaron el 6 por las alturas opuestas. Pasose aquel día y el siguiente

sin otras refriegas que las de algunos reconocimientos. El mariscal

Soult hallándose inferior en número, no quería empeñarse en acción

formal antes de que se le uniesen más tropas. [Marginal: Retírase

después.] Los ingleses por su parte se mantuvieron hasta el 8 sin

moverse de su posición; mas al anochecer de aquel día, pareciéndole

peligroso al general Moore aguardar a que los franceses se reforzasen,

resolvió partir a las calladas con la esperanza de que ganando sobre

ellos algunas horas, podría así embarcarse sosegadamente. A las diez de

la noche y encendidas hogueras en las líneas para cubrir su intento,

emprendió la continuación de la marcha, que un temporal deshecho de

lluvia y viento vino a interrumpir y desordenar. Después de padecer

muchos trabajos y de cometer nuevas demasías, empezaron los ingleses

a llegar a Betanzos en la tarde del 9 en un estado lamentable de

confusión y abatimiento. Era tanta la fatiga y tan grande el número

de rezagados, que tuvieron el 10 que detenerse en aquella ciudad.

[Marginal: Llega a la Coruña.] Prosiguieron su marcha el 11 y dieron

vista a la Coruña, sin que en su rada se divisasen los apetecidos

transportes: vientos contrarios habían impedido al almirante inglés

doblar el cabo de Finisterre. Por este atraso veíase expuesto el

general Moore a probar la suerte de una batalla, causando pesadumbre

a muchos de sus oficiales el que se hubiesen para ello desperdiciado

ocasiones más favorables y en tiempo en que su ejército se conservaba

más entero y menos indisciplinado.

Cerca de la Coruña no dejaba en verdad de haber sitios ventajosos, pero

en algunos requeríanse numerosas tropas. Tal era el de Peñasquedo, por

lo que los ingleses prefirieron a sus alturas las del monte Mero, que

si bien dominadas por aquellas hallábanse próximas a la Coruña, y su

posición como más recogida podía guarnecerse con menos gente.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5) · 第 13 / 27 段