El 12 empezaron los franceses a presentarse del otro lado del puente

del Burgo, que los ingleses habían cortado. Continuaron ambos

ejércitos sin molestarse hasta el 14, en cuyo día contando ya los

franceses con suficientes tropas, repararon el puente destruido, y le

fueron sucesivamente cruzando. Por la mañana se había de propósito

volado un almacén de pólvora sito en Peñasquedo, lo cual produjo

horroroso estrépito, y por la tarde habiéndose el viento cambiado al

sur entraron en la Coruña los transportes ingleses procedentes de

Vigo. Sin tardanza se embarcaron por la noche los enfermos y heridos,

la caballería desmontada y 52 cañones: de estos solo se dejaron para

en caso de acción ocho ingleses y cuatro españoles. No faltó en el

campo británico quien aconsejara a su general que capitulase con los

franceses, a fin de poder libremente embarcarse. Desechó con nobleza

Sir Juan Moore proposición tan deshonrosa.

Puestos ya a bordo los objetos de más embarazo y las personas inútiles,

debía en la noche del 16 y a su abrigo embarcarse el ejército lidiador.

Con impaciencia aguardaba aquella hora el general inglés, cuando a las

dos de la tarde un movimiento general de la línea francesa estorbó el

proyectado embarco, empeñándose una acción reñida y porfiada.

[Marginal: Batalla de la Coruña.]

Disponiéndose a ella en la noche anterior había colocado el mariscal

Soult en la altura de Peñasquedo una batería de once cañones, en que

apoyaba su izquierda ocupada por la división del general Mermet,

guardando el centro y la derecha con las suyas respectivas los

generales Merle y Delaborde, y prolongándose la del último hasta el

pueblo de Palavea de Abajo. La caballería francesa se mostraba por la

izquierda de Peñasquedo hacia San Cristóbal y camino de Bergantiños: el

total de fuerza ascendía a unos 20.000 hombres.

Era la de los ingleses de unos 16.000 que estaban apostados en el monte

Mero, desde la ría del mismo nombre hasta el pueblo de Elviña. Por este

lado se extendían las tropas de Sir David Baird, y por el opuesto que

atraviesa el camino real de Betanzos las de Sir Juan Hope. Dos brigadas

de ambas divisiones se situaron detrás en los puntos más elevados y

extremos de su respectiva línea. La reserva mandada por Lord Paget

estaba a retaguardia del centro en Eirís, pueblecillo desde cuyo punto

se registra el valle que corría entre la derecha de los ingleses, y los

altos ocupados por la caballería francesa. Más inmediato a la Coruña

y por el camino de Bergantiños se había colocado con su división el

general Fraser, estando pronto a acudir adonde se le llamase.

Trabose la batalla a la hora indicada, atacando intrépidamente el

francés con intento de deshacer la derecha de los ingleses. Los cierros

de las heredades impedían a los soldados de ambos ejércitos avanzar a

medida de su deseo. Los franceses al principio desalojaron de Elviña

a las tropas ligeras de sus contrarios; mas yendo adelante fueron

detenidos y rechazados, si bien a costa de mucha sangre. La pelea se

encarnizó en toda la línea. Fue gravemente herido el general Baird y

Sir Juan Moore que con particular esmero vigilaba el punto de Elviña,

en donde el combate era más reñido que en las otras partes: recibió

en el hombro izquierdo una bala de cañón que le derribó por tierra.

Aunque mortalmente herido incorporose, y registrando con serenidad el

campo confortó su ánimo al ver que sus tropas iban ganando terreno.

Solo entonces permitió que se le recogiese a paraje más seguro. Vivió

todavía algunas horas, y su cuerpo fue enterrado en los muros de la

Coruña.

[Marginal: Embárcanse los ingleses.]

Los franceses no pudiendo romper la derecha de los ingleses trataron de

envolverla. Descubierto su intento avanzó Lord Paget con la reserva, y

obligando a retroceder a los dragones de La Houssaye, que habían echado

pie a tierra, contuvo a los demás, y aun se acercó a la altura en que

estaba situada la batería francesa de once cañones. Al mismo tiempo los

ingleses avanzaban por toda la línea, y a no haber sobrevenido la noche

quizá la situación del mariscal Soult hubiera llegado a ser crítica,

escaseando ya en su campo las municiones; mas los ingleses contentos

con lo obrado tornaron a su primeva posición, queriendo embarcarse bajo

el amparo de la oscuridad. Fue su pérdida de 800 hombres: asegúrase

haber sido mayor la de los franceses. El general Hope, en quien había

recaído el mando en jefe, creyó prudente no separarse de la resolución

tomada por Sir Juan Moore, y entrada la noche ordenó que todo su

ejército se embarcase, protegiendo la operación los generales Hill y

Beresford.

En la mañana siguiente viendo los franceses que estaba abandonado

el monte Mero, y que sus contrarios les dejaban la tierra libre

acogiéndose a su preferido elemento, se adelantaron, y desde la altura

de San Diego con cañones de grueso calibre, de que se habían apoderado

en la de las Angustias de Betanzos, empezaron a hacer fuego a los

barcos de la bahía. Algunos picaron los cables, y se quemaron otros que

con la precipitación habían varado. Los moradores de la Coruña no solo

ayudaron a los ingleses en su embarco con desinteresado celo, sino que

también les guardaron fidelidad no entregando inmediatamente la plaza.

Noble ejemplo, rara vez dado por los pueblos cuando se ven desamparados

de los mismos de quienes esperaban protección y ayuda.

Así terminó la retirada del general Moore, censurada de algunos de sus

propios compatriotas, y defendida y aun alabada de otros. Dejando a

ellos y a los militares el examen y crítica de esta campaña, pensamos

que sirvió de mucho para la gloria y buen nombre del general Moore

la casualidad de haber tenido que pelear antes de que sus tropas se

embarcasen, y también acabar sus días honrosamente en el campo de

batalla. Por lo demás si un ejército veterano y disciplinado como el

inglés, provisto de cuantiosos recursos, empezó antes de combatir

una retirada, en cuya marcha hubo tanto desorden, tanto estrago,

tantos escándalos, ¿quién podrá extrañar que en las de los españoles,

ejecutadas después de haber lidiado, y con soldados bisoños, escasos

de todo y en su propio país, hubiese dispersiones y desconciertos? No

decimos esto en menoscabo de la gloria británica; pero sí en reparación

de la nuestra, tan vilipendiada por ciertos escritores ingleses de los

mismos que se hallaron en tan funesta campaña.

[Marginal: Entrega de la Coruña.]

Difícil era que después de semejante suceso resistiese la Coruña largo

tiempo. El recinto de la plaza solo la ponía al abrigo de un rebate;

mas ni sus baterías, ni sus murallas estaban reparadas, ni eran de

suyo bastante fuertes. No haber mejorado a tiempo sus obras pendió en

parte del descuido que nos es natural, y también de la confianza que

con su llegada dieron los ingleses. Era gobernador Don Antonio Alcedo,

y el 19 capituló. Entró el 20 en la plaza el mariscal Soult, y puso

autoridades de su bando. Dispersose la junta del reino, y la audiencia,

el gobernador y los otros cuerpos militares, civiles y eclesiásticos

prestaron homenaje al nuevo rey José.

[Marginal: Del Ferrol.]

No tardó Soult en volver los ojos al Ferrol, y ya el 22 empezaron

a aproximarse a la plaza partidas avanzadas de su ejército. Aquel

arsenal, primero de la marina española, era inatacable del lado de

mar, de donde solo se puede entrar con un viento y por boca larga y

estrecha: no estaba por tierra tan bien fortalecido. Hallábase el

pueblo con ánimo levantado, sosteniéndole unos 300 soldados que habían

llegado el 20. Era comandante del departamento Don Francisco Melgarejo,

anciano e irresoluto, y comandante de tierra Don Joaquín Fidalgo. No

se había tomado medida alguna de defensa, ni tenido la precaución de

poner a salvo los buques de guerra allí fondeados. Dichos jefes y

la junta peculiar del pueblo desde luego se inclinaron a capitular;

mas no osando declararse tuvieron que responder con la negativa a la

reiterada intimación de los franceses. Al fin el 26 habiendo estos

descubierto algunas obras de batería, y apoderádose de los castillos

de Palma y San Martín, pudieron las autoridades prevalecer en su

opinión y capitularon, entrando el 27 de mañana en el Ferrol el general

Mermet. Fueron los términos de la rendición los mismos de la Coruña,

y por los que sometiéndose a reconocer a José, solo se añadieron

algunos artículos respecto de pagas, y de que no se obligase a nadie

a servir contra sus compatriotas. Don Pedro Obregón, preso desde el

levantamiento de mayo, fue nombrado comandante del departamento, en

cuya dársena, entre buenos y malos, había siete navíos, tres fragatas y

otros buques menores.

Que estas plazas se hubiesen rendido visto su mal estado y el desmayo

que causó el embarco de los ingleses, cosa natural era; pero no

que en una capitulación militar se estipulase el reconocimiento de

José, ejemplo no dado todavía por las otras partes del reino, ni por

la capital de la monarquía, de donde provino que las mencionadas

capitulaciones excitaron la indignación de la junta central, que

fulminó contra sus autores una declaración tal vez demasiadamente

severa.

[Marginal: Estado de Galicia.]

Aterrada Galicia con la pérdida de sus dos principales plazas, y

sobre todo con la retirada de los ingleses, apenas dio por algún

tiempo señales de vida. Hubo pocos pueblos que hiciesen demostración

de resistir, y los que lo intentaron fueron luego entrados por el

vencedor. A todas partes cundió el desaliento y la tristeza. [Marginal:

Paradero de Romana.] Solo en pie y en un rincón quedó Romana con

escasos soldados. Los franceses no le habían en un principio molestado;

pero posteriormente, yendo en su busca el general Marchand, trató de

atacarle en el punto de Bibey. Replegose a Orense el general español:

persiguiole el francés basta que continuando aquel hacia Portugal,

desistió el último de su intento, pasando poco después a Santiago, en

donde había entrado el 3 de febrero el mariscal Soult sin tropiezo y

camino de Tuy.

El marqués de la Romana luego que salió de Orense estableció su

cuartel general en Villaza, cerca de Monterrey, trasladándose después

a Oimbra. En los últimos días de enero celebró en el primer pueblo una

junta militar para determinar lo más conveniente, hallándose con pocas

fuerzas, sin recursos, y los ingleses ya embarcados. Opinaron unos por

ir a Ciudad Rodrigo, otros por encaminarse a Tuy; prevaleciendo el

dictamen que fue más acertado de no alejarse del país que pisaban, ni

de la frontera de Portugal.

[Marginal: Sucede a Soult el mariscal Ney.]

Mientras tanto tomó el mando de Galicia el mariscal Ney en lugar

de Soult, que moviéndose del lado de Tuy, según hemos indicado,

se preparaba a internarse en Portugal. Ocuparon fuerzas francesas

las principales ciudades de Galicia, y tranquila esta por entonces

puso también Ney su atención del lado de Asturias, cuyo territorio

afortunadamente había quedado libre en medio de tan general desdicha.

Más adelante hablaremos de lo que ocurrió en aquella provincia.

Ínstanos ahora volver la vista a Napoleón, a quien dejamos en Astorga.

[Marginal: Vuelta de Napoleón a Valladolid.]

Descansó allí dos días, hospedándose en casa del obispo a quien trató

sin miramiento. Y desasosegado con noticias que había recibido de

Austria, no creyendo ya necesario prolongar su estancia vista la

priesa con que los ingleses se retiraban, volvió atrás y se dirigió a

Valladolid, en cuya ciudad entró en la tarde del 6 de enero.

[Marginal: Áspero recibimiento que hace Napoleón a las autoridades.]

Alojose en el palacio real, y al instante mandó venir a su presencia al

ayuntamiento, a los prelados de los conventos, al cabildo eclesiástico

y a las demás autoridades. Quería imponer ejemplar castigo por las

muertes de algunos franceses asesinados, y sobre todo por la de dos,

cuyos cadáveres fueron descubiertos en un pozo del convento de San

Pablo de dominicos. Iba al frente de los llamados el ayuntamiento,

corporación de repente formada en ausencia de los antiguos regidores,

que los más habían huido después de la rota de Burgos. Procurando

dicho cuerpo mantener orden en la ciudad, había preservado de la

muerte a varios extraviados del ejército enemigo, y puéstolos con

resguardo en el monasterio de San Benito, motivo por el que antes

merecía atento trato del extranjero que amargas reconvenciones. Sin

embargo el emperador francés recibiole con rostro entenebrecido, y le

habló en tono áspero y descompuesto echándole en cara los asesinatos

cometidos. De los presentes se atemorizaron con sus amenazas aun los

más serenos, y el que servía de intérprete no acertando a expresarse

impacientó a Napoleón, que con enfado le mandó salir del aposento donde

estaba, llamando a otro que desempeñase mejor su oficio. No menos

alterado prosiguió en su discurso el altivo conquistador, usando de

palabras impropias de su dignidad, hasta que al cabo despidió a las

corporaciones españolas, repitiendo nuevas y terribles amenazas.

[Marginal: Angustias del ayuntamiento de Valladolid.]

Triste y pensativo volvía el ayuntamiento a su morada cuando algunos de

sus individuos, queriendo echar por un rodeo para evitar el encuentro

de tropas que obstruían el paso, un piquete francés de caballería que

de lejos los observaba intimoles que iban presos, y que así fuesen por

el camino más recto. Restituidos todos a las casas consistoriales,

entró a poco por aquellas puertas un emisario del emperador con

orden que este le había dado, teniendo el reloj en la mano, de que

si para las doce de la noche no se le pasaba la lista de los que

habían asesinado a los franceses, haría ahorcar de los balcones del

ayuntamiento a cinco de sus individuos. Sin intimidarse con el injusto

y bárbaro requerimiento, reportados y con esfuerzo respondieron los

regidores que antes perecerían siendo víctimas de su inocencia, que

indicar a tientas y sin conocimiento personas que no creyesen culpables.

A las nueve de la noche presentose también repitiendo a nombre del

emperador la anterior amenaza Don José de Hervás, el mismo que en el

abril de 1808 había acompañado a Madrid al general Savary, y quien como

español se hizo más fácilmente cargo de las razones que asistían al

ayuntamiento. Sin embargo manifestó a sus individuos que corrían grave

peligro, mostrándose Napoleón muy airado. No por eso dejaron aquellos

de permanecer firmes y resueltos a sufrir la pena que arbitrariamente

se les quisiera imponer. Sacoles luego del ahogo, y por fortuna para

ellos, un tal Chamochín, de oficio procurador del número, el cual

habiendo sido en tan tristes días nombrado corregidor interino, quiso

congraciarse con el invasor de su patria delatando como motor de

los asesinatos a un adobador de pieles llamado Domingo que vivía en

la plaza mayor. Por desgracia de este encontráronse en su casa ropa

y otras prendas de franceses, ya porque en realidad fuera culpado,

o ya más bien, según se creyó, por haber dichos efectos llegado

casualmente a sus manos. [Marginal: Suplicio de algunos españoles, y

perdón de uno de ellos.] Fue preso Domingo con dos de sus criados y

condenados los tres a la pena de horca. Ajusticiaron a los últimos

perdonando Napoleón al primero, más digno de muerte que los otros si

había delito. Llegó el perdón estando Domingo al pie del patíbulo: le

obtuvo a ruego de personas respetables, del mencionado Hervás, y sobre

todo movidos varios generales de las lágrimas y clamores de la esposa

del sentenciado, en extremo bella y de familia honrada de la ciudad.

También contribuyeron a ello los benedictinos, de quienes Napoleón

hacía gran caso, recordando la celebridad de los antiguos y doctos de

la congregación de San Mauro de Francia. No así de los dominicos, cuyo

convento de San Pablo suprimió en castigo de los franceses que en él se

habían encontrado muertos.

[Marginal: Temores de guerra con Austria. Prepárase Napoleón a volver a

Francia.]

Mas en tanto otros cuidados de mayor gravedad llamaban la atención

de Napoleón. En su camino a Astorga había recibido un correo con

aviso de que el Austria se armaba: novedad impensada y de tal entidad

que le impelía a volver prontamente a Francia. Así lo decidió en

su pensamiento; mas parose en Valladolid diez días, queriendo antes

asegurarse de que los ingleses proseguían en su retirada, y también

tomar acerca del gobierno de España una determinación definitiva.

Cierto de lo primero apresurose a concluir lo segundo. [Marginal:

Recibe en Valladolid a los diputados de Madrid.] Para ello hizo venir a

Valladolid los diputados del ayuntamiento de Madrid y de los tribunales

que le fueron presentados el 16 de enero. Traían consigo el expediente

de las firmas de los libros de asiento que se abrieron en la capital,

a fin de reconocer y jurar a José: condición que para restablecer a

este en el trono había puesto Napoleón, pareciéndole fuerte abracijo

lo que no era sino forzada ceremonia. Recibió el emperador francés con

particular agasajo a los diputados españoles, y les dijo que accediendo

a sus súplicas verificaría José dentro de pocos días su entrada en

Madrid.

[Marginal: Opinión e intentos de Napoleón sobre España.]

Dudaron entonces algunos que Napoleón se hubiera resuelto a reponer

a su hermano en el solio, si no se hubiese visto amenazado de guerra

con Austria. En prueba de ello alegaban el haber solo dejado a José

después de la toma de Madrid el título de su lugarteniente, y también

el haber en todo obrado por sí y procedido como conquistador. No deja

de fortalecer dicho juicio la conversación que el emperador tuvo en

Valladolid con el exarzobispo de Malinas Mr. de Pradt. Había este

acompañado desde Madrid a los diputados españoles; y Napoleón antes

de verlos, deseoso de saber lo que opinaban y lo que en la capital

ocurría, mandó a aquel prelado que fuese a hablarle. Por largo

espacio platicaron ambos sobre la situación de la Península, y entre

otras cosas dijo Napoleón:[*] [Marginal: (* Ap. n. 7-2.)] «no conocía

yo a España: es un país más hermoso de lo que pensaba, buen regalo

he hecho a mi hermano, pero los españoles harán con sus locuras que

su país vuelva a ser mío: en tal caso le dividiré en cinco grandes

virreinatos.» Continuó así discurriendo e insistió con particularidad

en lo útil que sería para Francia el agregar a su territorio el de

España. [Marginal: Parte para Francia.] Intento que sin duda estorbó

por entonces el nublado que amagaba del norte, temeroso del cual partió

para París el 17 de enero de noche y repentinamente, haciendo la

travesía de Valladolid a Burgos a caballo y con pasmosa celeridad.

[Marginal: José en el Pardo. Pasa una revista en Aranjuez.]

En el intervalo que medió desde principios de diciembre hasta últimos

de enero disgustado José con el título de lugarteniente se albergaba

en el Pardo, no queriendo ir a Madrid hasta que pudiese entrar como

rey. Sin embargo esperanzado en los primeros días del año de volver

a empuñar el cetro, pasó a Aranjuez y revistó allí el primer cuerpo

mandado por el mariscal Victor, y con el cual procedente de Toledo se

pensaba atacar al ejército del centro, cuyas reliquias rehechas algo en

Cuenca, se habían en parte aproximado al Tajo.

[Marginal: Movimiento del ejército español del centro. Planes de su

jefe el duque del Infantado.]

El inesperado movimiento de los españoles era hijo de falsas noticias

y del clamor de los pueblos que expuestos al pillaje y extorsiones

del enemigo, acusaban a nuestros generales de mantenerse espectadores

tranquilos de los males que los agobiaban. Para acudir al remedio y

acallar la voz pública había el duque del Infantado, jefe de aquel

ejército, imaginado un plan tras otro, notándose en el concebir de

ellos más bien loable deseo que atinada combinación.

Por fin decidiose ante todo dicho general a despejar la orilla

izquierda del Tajo de unos 1500 caballos enemigos que corrían la

tierra. Nombró para capitanear la empresa al mariscal de campo Don

Francisco Javier Venegas que mandaba la vanguardia compuesta de 4000

infantes y 800 caballos, y al brigadier Don Antonio Senra con otra

división de igual fuerza. Debía el primero posesionarse de Tarancón,

y al mismo tiempo enseñorearse el segundo de Aranjuez, en cuyos dos

puntos tenía el enemigo, antes de que viniese el mariscal Victor, lo

principal de sus destacamentos. Venegas no aprobó el plan, visto el mal

estado de sus tropas; mas trató de cumplir con lo que se le ordenaba.

Senra dejó de hacerlo pareciéndole imprudente ir hasta Aranjuez,

teniendo franceses por su flanco en Villanueva del Cardete: disculpa

que no admitió el general en jefe por haber ya contado con aquel dato

en la disposición del ataque.

[Marginal: Ataque de Tarancón.]

Venegas por su parte situado en Uclés determinó atacar en la noche del

24 al 25 de diciembre a los franceses de Tarancón. El número de estos

se reducía a 800 dragones. Distribuyó el general español su gente en

dos columnas una al mando de Don Pedro Agustín Girón debía amenazar por

su frente al enemigo, otra capitaneada por el mismo general en persona

y más numerosa había de interponerse en el camino que de Tarancón

va a Santa Cruz de la Zarza, con objeto de cortar a los franceses la

retirada, si querían huir del ataque de Girón, o encerrarlos entre dos

fuegos en caso de que resistiesen. La noche era cruda, sobreviniendo

tras de nieve y ventiscas espesa niebla: lo cual retardó la marcha de

Venegas, y fue causa del extravío de casi toda su caballería. Girón

aunque salió más tarde llegó sin tropiezo al punto que se le había

señalado, ya por ser mejor y más corto el camino, y ya por su cuidado y

particular vigilancia.

Espantados los dragones franceses con la proximidad de este general,

huían del lado de Santa Cruz, cuando se encontraron con algunas

partidas de carabineros reales que iban a la cabeza de la tropa

de Venegas y los atacaron furiosamente, obligándolos a abrigarse

de la infantería. Hubiera podido esta desconcertarse, cogiéndola

desprevenida, si afortunadamente un batallón de guardias españolas

y otro de tiradores de España puestos ya en columna no hubiesen

rechazado a los enemigos, desordenándolos completamente. Hizo gran

falta la caballería, cuya principal fuerza extraviada en el camino no

llegó hasta después: y entonces su jefe Don Rafael Zambrano desistió

de todo perseguimiento por juzgarlo ya inútil y estar sus caballos

muy cansados. La pérdida de los franceses entre muertos, heridos y

prisioneros fue de unos 100 hombres. Hubo después contestaciones entre

ciertos jefes, achacándose mutuamente la culpa de no haber salido con

la empresa. Nos inclinamos a creer que la inexperiencia de algunos

de ellos y lo bisoño de la tropa fueron en este caso como en otros

muchos la causa principal de haberse en parte malogrado la embestida,

sirviendo solo a despertar la atención de los franceses.

[Marginal: Avanza el mariscal Victor.]

Recelosos estos de que engrosadas con el tiempo las tropas del ejército

del centro y mejor disciplinadas, pudieran no solo repetir otras

tentativas como la de Tarancón, mas también en un rebate apoderarse

de Madrid, cuya guarnición por atender a otros cuidados a veces se

disminuía, pensaron seriamente en destruirlas y cortar el mal en su

raíz. Para ello juntaron en Aranjuez y revistaron, según hemos dicho,

las fuerzas que mandaba en Toledo el mariscal Victor, las cuales

ascendían a 14.000 infantes y 3000 caballos. Sospechando Venegas los

intentos del enemigo comunicó el 4 de enero sus temores al duque

del Infantado, opinando que sería prudente, o que todo el ejército

se aproximase a su línea, o que él con la vanguardia se replegase a

Cuenca. No pensó el duque que urgiese adoptar semejante medida, y ya

fuese enemistad contra Venegas, o ya natural descuido, no contestó

a su aviso, continuando en idear nuevos planes que tampoco tuvieron

ejecución.

[Marginal: Retírase Venegas a Uclés.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5) · 第 14 / 27 段