El general Galluzo, sucesor del desventurado San Juan, escogió la

orilla izquierda del Tajo como punto propio para detener en su marcha

a los franceses. Fue su primera idea guardar los vados y cortar los

principales puentes. Cuéntanse de estos cuatro desde donde el Tiétar

y Tajo se juntan en una madre hasta Talavera; y son el del Cardenal,

el de Almaraz, el del Conde y el del Arzobispo. El 2.º por donde cruza

el camino de Badajoz a Madrid mereció particular atención, colocándose

allí en persona el mismo Galluzo. La trabazón de su fábrica era tan

fuerte y compacta, que por entonces no se pudo destruir, y solo si

resquebrajarle en parte: 5000 hombres le guarnecieron. Don Francisco

Trías fue enviado el 15 de diciembre al del Arzobispo, del que ya

enseñoreados los enemigos, tuvo que limitarse a quedar en observación

suya. Los otros dos puentes fueron ocupados por nuestros soldados.

[Marginal: Su retirada.]

Los franceses se contentaron al principio con escaramuzar en toda

la línea hasta el día 24, en que viniendo por el del Arzobispo,

atacaron el frente y flanco derecho del general Trías, y le obligaron

a recogerse a la sierra camino de Castañar de Ibor. También fue

amagado en el propio día el del Conde, que sostuvo D. Pablo Morillo,

subteniente entonces, general ahora.

Noticioso Galluzo de lo ocurrido con Trías y también de que los

enemigos habían avanzado a Valdelacasa, se replegó a Jaraicejo, tres

leguas a retaguardia de Almaraz, dejando para guardar el puente los

batallones de Irlanda y Mallorca y una compañía de zapadores. Así como

los otros, fue luego atacado este punto, del que se apoderó al cabo

de una hora de fuego la división del general Valence, cogiendo 300

prisioneros.

Pensó Galluzo detenerse en Jaraicejo, pero creyéndose poco seguro

con la toma del puente de Almaraz, a las tres de la tarde del 25

ordenadamente emprendió su retirada a Trujillo, cuatro leguas distante.

Este movimiento y voces que esparcía el miedo o la traición, aumentaron

el desorden del ejército, y temíase otra dispersión. Por ello, y

la superioridad de fuerzas con que el enemigo se adelantaba, juntó

Galluzo un consejo de guerra [menguado recurso a que nuestros generales

continuamente acudían], y se decidió retirarse a Zalamea, 23 leguas de

Trujillo y del lado de la sierra que parte términos con Andalucía. El

28 llegó el ejército a su destino, si ejército merece llamarse lo que

ya no era sino una sombra. De la artillería se salvaron 17 piezas, 11

de ellas se enviaron de Miajadas a Badajoz, y 6 siguieron a Zalamea. A

este punto llegaron después y en mejor orden 1200 hombres de los del

puente del Conde y del Arzobispo.

Los franceses penetraron el 26 hasta Trujillo, quedando a merced suya

la Extremadura y muy expuesta y desapercibida la Andalucía. Otros

acontecimientos los obligaron a hacer parada y retroceder prontamente,

dando lugar a la junta central para reparar en parte tanto daño.

[Marginal: Continúa la central su viaje.]

El viaje de esta había continuado sin otra interrupción ni descanso que

el preciso para el despacho de los negocios. En todos los pueblos por

donde transitaba era atendida y acatada, contribuyendo mucho a ello los

respetables nombres de Floridablanca y Jovellanos, y la esperanza de

que la patria se salvaría salvándose la autoridad central. En Talavera,

en cuya villa la dejamos, celebró dos sesiones. Detúvose en Trujillo

cuatro días, y recibiendo en esta ciudad pliegos del general Escalante

enviado al ejército inglés, en los que anunciaba la ineficacia de sus

oficios con el general Sir Juan Moore para que obrase activamente en

Castilla; puesta la junta de acuerdo con el ministro británico Mr.

Frere, nombraron la primera a Don Francisco Javier Caro, individuo

suyo, y el segundo a Sir Carlos Stuart, a fin de que encarecidamente

y de palabra repitiesen las mismas instancias a dicho general; siendo

esencial su movimiento y llamada para evitar la irrupción de las

Andalucías.

Se expidieron también en Trujillo premiosas órdenes para el armamento

y defensa a los generales y juntas, y se resolvió no ir a Badajoz sino

a Sevilla como ciudad más populosa y centro de mayores recursos.

[Marginal: Sucede Cuesta a Galluzo.]

Al pasar la junta por Mérida una diputación de la de aquella ciudad

le pidió en nombre del pueblo que eligiese por capitán general de

la provincia y jefe de sus tropas a Don Gregorio de la Cuesta, que

en calidad de arrestado seguía a la junta. No convino esta en la

petición dando por disculpa que se necesitaba _averiguar_ el dictamen

de la suprema de la provincia congregada en Badajoz, la cual sostuvo

a Galluzo, hasta que tan atropellada y desordenadamente se replegó

a Zalamea. Entonces la voz pública pidiendo por general a Cuesta,

bienquisto en la provincia en donde antes había mandado, uniose a su

clamor la junta provincial, y la central aunque con repugnancia accedió

al nombramiento. Cuesta llamó de Zalamea las tropas y estableció

su cuartel general en Badajoz, en cuya plaza empezó a habilitar

el ejército para resistir al enemigo, y emprender después nuevas

operaciones.

Mas en esta providencia, oportuna sin duda y militar, no faltó quien

viese la enemistad del general Cuesta con la junta central, quedando

abierta la Andalucía a las incursiones del enemigo, y por tanto Sevilla

ciudad que había el gobierno escogido para su asiento. Temerosa debió

de andar la misma junta ya de un ataque de los franceses, o ya de los

manejos y siniestras miras de Cuesta; pues antes de acabar diciembre

nombró al brigadier Don José Serrano Valdenebro para cubrir con

cuantas fuerzas pudiese los puntos de Santa Olalla y el Ronquillo y las

gargantas occidentales de Sierra Morena.

[Marginal: Llega a Sevilla la central en 17 de diciembre.]

La junta central entró en Sevilla el 17 de diciembre. Grande fue la

alegría y júbilo con que fue recibida, y grandes las esperanzas que

comenzaron a renacer. Abrió sus sesiones en el real alcázar el día

siguiente 18, y notose luego que mudaba algún tanto y mejoraba de

rumbo. Los contratiempos, la experiencia adquirida, [Marginal: Muerte

de Floridablanca.] los clamores y la muerte del conde de Floridablanca,

influyeron en ello extraordinariamente. Falleció dicho conde en el

mismo Sevilla el 28 de diciembre, cargado de años y oprimido por

padecimiento de espíritu y de cuerpo. Celebrose en su memoria magnífico

funeral, y se le dispensaron honores de infante de Castilla. Fue

nombrado en su lugar vicepresidente de la junta el marqués de Astorga,

grande de España, y digno, por su conducta política, honrada índole y

alta jerarquía, de recibir tan honorífica distinción.

[Marginal: Situación penosa de la central.]

El estado de las cosas era sin embargo crítico y penoso. De los

ejércitos no quedaban sino tristes reliquias en Galicia, León y

Asturias, en Cuenca, Badajoz y Sierra Morena. Algunas otras se habían

acogido a Zaragoza ya sitiada; y Cataluña aunque presentase una

diversión importante, no bastaba por sí sola a impedir la completa

ruina y destrucción de las demás provincias y del gobierno. [Marginal:

Sus esperanzas.] Dudábase de la activa cooperación del ejército inglés,

arrimado sin menearse contra Portugal y Galicia, y solo se vivía con

la esperanza de que el anhelo por repelerle del territorio peninsular

empeñaría a Napoleón en su seguimiento, y dejaría en paz por algún

tiempo el levante y mediodía de España, con cuyo respiro se podrían

rehacer los ejércitos y levantar otros nuevos, no solamente por medio

de los recursos que estos paises proporcionasen, sino también con los

que arribaron a sus costas de las ricas provincias situadas allende el

mar.

RESUMEN

DEL

LIBRO SÉPTIMO.

_Salida de Napoleón de Chamartín. — Situación del ejército inglés. —

Dudas y vacilaciones del general Moore. — Consulta con Mr. Frere. —

Pasos e instancias de la junta central y de Morla para que avance. —

Resuélvese a ello. — Incidente que pudo estorbarlo. — Sale el 12 de

Salamanca a Valladolid. — Varía de dirección y se mueve hacia Toro y

Benavente. — Da de ello aviso a Romana. Mal estado del ejército de

este. — Parcialidad de escritores extranjeros. — Unión en Mayorga

de los generales Baird y Moore. — Situación del mariscal Soult. —

Aviso de la venida de Napoleón. Retíranse los ingleses a Benavente

y Astorga. — Marcha de Napoleón. Paso de Guadarrama. — Empieza a

relajarse la disciplina del ejército inglés. — Choque de caballería

en Benavente. — Sorprenden en Mansilla los franceses a los españoles.

— Retírase Romana de León. — Júntase en Astorga con los ingleses. —

Retírase Romana por Foncebadón. Moore por Manzanal. — Desgracias de

Romana en su retirada. — Desórdenes de los ingleses en su retirada. —

Llega Napoleón a Astorga. — Entrada del mariscal Soult en el Bierzo. —

Reencuentro en Cacabelos. — Retírase el general Moore de Villafranca.

— Van en aumento los desórdenes de los ingleses. — Llegan a Lugo. —

Prepárase Moore a aventurar una batalla. — Retírase después. — Llega

a la Coruña. — Batalla de la Coruña. — Embárcanse los ingleses. —

Entrega de la Coruña. — Del Ferrol. — Estado de Galicia. — Paradero

de Romana. — Sucede a Soult el mariscal Ney. — Vuelta de Napoleón a

Valladolid. — Áspero recibimiento que hace Napoleón a las autoridades.

— Angustias del ayuntamiento de Valladolid. — Suplicio de algunos

españoles, y perdón de uno de ellos. — Temores de guerra con Austria.

Prepárase Napoleón a volver a Francia. — Recibe en Valladolid a los

diputados de Madrid. — Opinión e intentos de Napoleón sobre España. —

Parte para Francia. — José en el Pardo. Pasa una revista en Aranjuez.

— Movimiento del ejército español del centro. Planes de su jefe el

duque del Infantado. — Ataque de Tarancón. — Avanza el mariscal Victor.

— Retírase Venegas a Uclés. — Batalla de Uclés. — Excesos cometidos

por los franceses en Uclés. — Retirada del duque del Infantado. —

Sucédele en el mando el conde de Cartaojal. — Entrada de José en

Madrid. — Sucesos de Cataluña. — La junta del principado se traslada

a Villafranca. — Excursiones de Duhesme. — Vives sucesor del marqués

del Palacio. — Ejército español de Cataluña. Su fuerza. — Situación

de Barcelona. — Tentativas de Vives contra aquella plaza. — Entrada

de Saint-Cyr en Cataluña. — Sitio de Rosas. — Honrosa resistencia de

los españoles. — Capitulación de Rosas. — Avanza Saint-Cyr camino de

Barcelona. — Vives y las divisiones de Reding y Lazán. — Orden singular

dada por Lecchi en Barcelona. — Trata Vives de seducirle a él y a

otros. — Ataques de Vives del 26 y 27 de noviembre en las cercanías

de Barcelona. — Del 5 de diciembre. — Reding y Vives van al encuentro

de Saint-Cyr. — Continúa Saint-Cyr su marcha. — Batalla de Llinas o

Cardedeu. — Son derrotados los españoles. — Se retiran al Llobregat.

— Llega Saint-Cyr a Barcelona. — Avanza al Llobregat. — Situación de

los españoles. — Batalla de Molins de Rey. — Derrota de los españoles

y tristes resultas. — Embarazosa también la situación de Saint-Cyr.

— Acontecimientos de Tarragona. — Sucede Reding a Vives. — Segundo

sitio de Zaragoza. — Preparativos de defensa. — Disposiciones de los

franceses. — Preséntanse delante de Zaragoza. — El mariscal Moncey

se apodera del monte Torrero. — Son rechazados los franceses en el

Arrabal. — Intimación a la plaza. — Bloqueo y ataques que preparan los

franceses. — Salida del general Butrón. — Reemplaza Junot a Moncey. —

Sale Mortier para Calatayud. — Empieza el bombardeo. — Ataques contra

San José y reducto del Pilar. — Manuela Sancho. — Resolución de los

moradores. — Enfermedades y contagio. — Temores de los franceses. —

Gente que perdieron en Alcañiz. — Llegada del mariscal Lannes. — Llama

a Mortier. — Dispersa este a Perena. — Asalto de los franceses al

recinto de la ciudad. — Muerte de Sangenís. — Estragos del bombardeo y

epidemia. — Intimación de Lannes. — Dicho de Palafox. — Resistencia en

casas y edificios. — Minas de los franceses. — Patriotismo y fervor de

algunos eclesiásticos. — Muerte del general Lacoste. — Murmuraciones

del ejército francés. — Embestida del Arrabal. — Los progresos del

enemigo en la ciudad. — Nuevas murmuraciones del ejército francés.

— Toma del Arrabal. — Furioso ataque que los franceses preparan. —

Deplorable estado de la ciudad. — Enfermedad de Palafox. — Propone la

junta capitular. — Conferencia con Lannes. — Capitulación. — Palabra

que da Lannes. — Firma la junta la capitulación. — Quebrántase por

los franceses horrorosamente. — Mal trato dado a Palafox. — Muerte de

prisioneros. De Boggiero y Sas. — Entrada de Lannes en Zaragoza. — P.

Santander. — Junot sucede otra vez a Lannes. — Pérdidas de unos y de

otros. — Ruinas de edificios y bibliotecas. — Juicio sobre este sitio._

HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.

LIBRO SÉPTIMO.

[Marginal: Salida de Napoleón de Chamartín.]

Napoleón permanecía en Chamartín. Allí afanado y diligente, agitado

su corazón como mar por vientos bravos, ocupábale España, Francia,

Europa entera, y más que todo averiguar los movimientos y paradero del

ejército inglés. Posponía a este los demás cuidados. Avisos inciertos

o fingidos le impelían a tomar encontradas determinaciones. Unas veces

resuelto a salir vía de Lisboa se aprestaba a ello: otras suspendiendo

su marcha aguardaba de nuevo posteriores informes. Pareció al fin

estar próximo el día de su partida, cuando el 19 de diciembre a las

puertas de la capital pasó reseña a 70.000 hombres de escogidas tropas.

Así fue: dos días después, el 21, habiendo recibido noticia cierta

de que los ingleses se internaban en Castilla la Vieja, en la misma

noche con la rapidez del rayo acordó oportunas providencias para que

el 22, dejando en Madrid 10.000 hombres, partiesen 60.000 la vuelta de

Guadarrama.

[Marginal: Situación del ejército inglés.]

Era en efecto tiempo de que atajase los intentos de contrarios tan

temibles y que tanto aborrecía. Sir Juan Moore vacilante al principio

había por último tomado la ofensiva con el ejército de su mando. Ya

hablamos de su llegada a Salamanca el 23 de noviembre. Apenas había

sentado allí sus reales, empezaron a esparcirse las nuevas de nuestras

derrotas, funestos acontecimientos que sobresaltaron al general inglés

con tanto mayor razón cuanto sus fuerzas se hallaban segregadas y entre

sí distantes. Hasta el 23 del propio noviembre no acabaron de concurrir

a Salamanca las que con el mismo general Moore habían avanzado por el

centro: de las restantes las que mandaba Sir David Baird estaban el 26

unas en Astorga, otras lejos a la retaguardia, no habiendo aún en aquel

día las de Sir Juan Hope atravesado en su viaje desde Extremadura las

sierras que dividen ambas Castillas.

[Marginal: Dudas y vacilaciones del general Moore.]

Como exigía tiempo la reconcentración de todas estas fuerzas, era de

recelar que los franceses libres de ejércitos españoles, avanzando e

interponiéndose con su acostumbrada celeridad, embarazasen al de los

ingleses y le acometiesen separadamente y por trozos: en especial

cuando este, si bien lucido en su apariencia, maravillosamente

disciplinado, bizarrísimo en un día de batalla, flaqueaba del lado de

la presteza.

Motivos eran estos para contener el ánimo de cualquier general

atrevido, mucho más el del general inglés, hombre prudente y a quien

los riesgos se representaban abultados; porque aunque oficial consumado

y dignísimo del buen concepto que entre sus compatriotas gozaba,

adoleciendo por desgracia de aquel achaque entonces común a los

militares de tener por invencibles a Napoleón y sus huestes, juzgaba la

causa peninsular de éxito muy dudoso, y por decirlo así la miraba como

perdida: lo cual no poco contribuyó a su irresolución e incertidumbre.

Se acrecentaron sus temores al entrar en España, no columbrando en los

pueblos señales extraordinarias de entusiasmo, como si la manifestación

de un sentimiento tan vivo pudiera sin término prolongarse, y como si

la disposición en que veía a todos los habitantes de no querer entrar

en pacto ni convenio con el enemigo, no fuera bastante para hacerle

fundadamente esperar que ella sola debía al cabo producir larga y

porfiada resistencia.

Desalentado por consiguiente el general Moore, y no contemplando ya

en esta guerra sino una lucha meramente militar, empezó a contar

bajo dicho respecto sus recursos y los de los españoles, y habiendo

en gran parte desaparecido los de estos con las derrotas, y siendo

los suyos muy inferiores a los de los franceses, pensó en retirarse

a Portugal. Tal fue su primer impulso al saber las dispersiones de

Espinosa y Burgos. Mas conservándose aún casi intacto el ejército

español del centro, repugnábale volver atrás antes de haberse empeñado

en la contienda y de ser estrechado a ello por el enemigo. [Marginal:

Consulta con Mr. Frere.] En medio de sus dudas resolvió tomar consejo

con Mr. Frere, ministro británico cerca de la junta central, quien no

estaba tan desesperanzado de la causa peninsular como el general Moore,

porque, ministro ya de su corte en Madrid en tiempo de Carlos IV,

conocía a fondo a los españoles, tenía fe en sus promesas, y antes bien

pecaba de sobrada afición a ellos que de tibieza o desvío. Su opinión

por tanto les era favorable.

Pero Sir Juan Moore noticioso el 28 de noviembre de la rota de Tudela,

sin aguardar la contestación de Mr. Frere, determinó retirarse. En

consecuencia encargó al general Baird que se encaminase a la Coruña

o a Vigo, previniéndole solamente que se detuviera algunos días para

imponer respeto a las tropas del mariscal Soult que estaban del lado

de Sahagún, y dar lugar a que llegase Sir Juan Hope. Se unió este con

el cuerpo principal del ejército en los primeros días de diciembre, no

habiendo condescendido, al pasar su división por cerca de Madrid, con

los ruegos de Don Tomás de Morla, dirigidos a que entrase con aquella

en la capital y cooperase a su defensa.

[Marginal: Pasos e instancias de la junta central y de Morla para que

avance.]

La junta central recelosa por su parte de que los ingleses abandonasen

el suelo español, y con objeto también de cumplimentar a sus jefes,

había enviado al cuartel general de Salamanca a Don Ventura Escalante

y a Don Agustín Bueno que llegaron a la sazón de estar resuelta

la retirada. Inútilmente se esforzaron por impedirla, bien es que,

fundando muchas de sus razones en los falsos rumores que circulaban por

España, en vez de conmover con ellas el ánimo desapasionado y cauto del

general inglés, no hacían sino afirmarle en su propósito.

También por entonces Don Tomás de Morla no habiendo alcanzado lo que

deseaba de Sir Juan Hope, despachó un correo a Salamanca pidiendo al

general en jefe inglés que fuese al socorro de Madrid, o que por lo

menos distrajese al enemigo cayendo sobre su retaguardia. Tampoco

hubiera suspendido este paso la resolución de Moore, si al mismo tiempo

Sir Carlos Stuart, habitualmente de esperanzas menos halagüeñas y a

los ojos de aquel general testigo imparcial, no le hubiese escrito

manifestándole que creía al pueblo de Madrid dispuesto a recia y

vigorosa resistencia.

[Marginal: Resuélvese a ello.]

Empezó con esto a titubear el ánimo de Moore, y cedió al fin en vista

de los pliegos que en respuesta a los suyos recibió el propio día de

Mr. Frere: quien expresando en su contenido ardiente anhelo por asistir

a los españoles, añadía ser político y conveniente que sin tardanza se

adelantase el ejército británico a sostener el noble arrojo del pueblo

de Madrid. Lenguaje digno y generoso de parte de Mr. Frere, propio para

estimular al general de su nación, pero cuyos buenos efectos hubiera

podido destruir un desgraciado incidente.

[Marginal: Incidente que pudo estorbarlo.]

Había sido portador de los pliegos el coronel Charmilly, emigrado

francés, y que por haber presenciado en 1.º de diciembre el entusiasmo

de los madrileños, pareció sujeto al caso para dar de palabra puntuales

y cumplidos informes. Pero la circunstancia de ser francés dicho

portador, y quizá también otros siniestros y anteriores informes,

lejos de inspirar confianza al general Moore, fueron causa de que le

tratase con frialdad y reserva. Achacó el Charmilly recibimiento tan

tibio a la invariable resolución que había formado aquel de retirarse,

y pensó oportuno hacer uso de una segunda carta que Mr. Frere le

había encomendado. La escribió este ministro ansioso de que a todo

trance socorriese su ejército a los españoles, y sin reparar en la

circunspección que su elevado puesto exigía, encargó al Charmilly la

entregase a Moore caso que dicho general insistiese en volver atrás

sus pasos. Así lo hizo el francés, y fácil es conjeturar cuál sería

la indignación del jefe británico al leer en su contexto que antes

de emprender la retirada «se examinase por un consejo de guerra al

portador de los pliegos.» Apenas pudo Sir Juan reprimir los ímpetus

de su ira; y forzoso es decir que si bien había animado a Mr. Frere

intención muy pura y loable, el modo de ponerla en ejecución era

desusado y ofensivo para un hombre del carácter y respetos del general

Moore. Este sin embargo sobreponiéndose a su justo resentimiento,

contentose con mandar salir de los reales ingleses al coronel

Charmilly, y determinó moverse por el frente con todo su ejército,

cuyas divisiones estaban ya unidas o por lo menos en disposición de

darse fácilmente la mano.

Próximo a abrir la marcha, fue también gran ventura que otros avisos

llegados al propio tiempo no la retardasen o la impidiesen. Había antes

el general inglés enviado hacia Madrid al coronel Graham a fin de que

se cerciorase del verdadero estado de la capital. Mas dicho coronel

sin haber pasado de Talavera, cuyo rodeo había tomado a causa de las

circunstancias, se halló de vuelta en Salamanca el 9 de diciembre, y

trajo tristes y desconsoladas nuevas. Los franceses según su relato,

eran ya dueños del Retiro y habían intimado la rendición a Madrid.

[Marginal: Sale el 12 de Salamanca a Valladolid.]

Por grave que fuese semejante acontecimiento no por eso influyó en

la resolución de Sir Juan Moore, y el 12 levantó el campo marchando

con sus tropas y las del general Hope camino de Valladolid, y con la

buena fortuna de que ya en la noche del mismo día un escuadrón inglés

al mando del brigadier general Carlos Stewart, hoy Lord Londonderry,

sorprendió y acuchilló en Rueda un puesto de dragones franceses.

El 14 se entregaron en Alaejos al general Moore pliegos cogidos en

Valdestillas a un oficial enemigo, muerto por haber maltratado al

maestro de postas de aquella villa. Iban dirigidos al mariscal Soult,

a quien después de informarle de hallarse el emperador tranquilo

poseedor de Madrid, se le mandaba que arrinconase en Galicia a los

españoles y que ocupase a León, Zamora y tierra llana de Castilla. Del

contenido de tales pliegos si bien se infería la falta de noticias en

que estaba Napoleón acerca de los movimientos de los ingleses, también

con su lectura pudieron estos cerciorarse de cuál fuese en realidad la

situación de sus contrarios, y cuáles los triunfos que habían obtenido.

[Marginal: Varía de dirección y se mueve hacia Toro y Benavente.]

Con este conocimiento alteró su primer plan Sir Juan Moore, y en vez de

avanzar a Valladolid tomó por su izquierda del lado de Toro y Benavente

para unirse con los generales Baird y Romana, y juntos deshacer el

cuerpo mandado por el mariscal Soult antes que Napoleón penetrase en

Castilla la Vieja. Estaba el general inglés ejecutando su movimiento

a la sazón que el 16 de diciembre se avistaron con él en Toro Don

Francisco Javier Caro y Sir Carlos Stuart, enviados desde Trujillo, uno

por la junta central de que era individuo, y otro por Mr. Frere con

el objeto de hacer un nuevo esfuerzo y evitar la tan temida retirada.

Afortunadamente ya esta se había suspendido, y si las operaciones del

ejército inglés no fueron del todo conformes a los deseos del gobierno

español, no dejaron por lo menos de ser oportunas y de causar diversión

ventajosa.

[Marginal: Da de ello aviso a Romana. Mal estado del ejército de este.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5) · 第 12 / 27 段