A las seis de la mañana del 4 Don Tomás de Morla y el gobernador Don

Fernando de la Vera y Pantoja pasaron al cuartel general enemigo con

la minuta de la capitulación.[*] [Marginal: (* Ap. n. 6-8.)] Napoleón

la aprobó en todas sus partes con cortísima variación, si bien se

contenían en ella artículos que no hubieran debido entrar en un

convenio puramente militar.

El general Belliard después de las diez del mismo día entró en Madrid

y tomó sin obstáculo posesión de los puntos principales. Solo en el

nuevo cuartel de guardias de Corps se recogieron algunos con ánimo de

defenderse, y fue menester tiempo y la presencia del corregidor para

que se rindieran.

Silencioso quedó Madrid después de la entrega, y contra Morla se

abrigaba en el pecho de los habitantes odio reconcentrado. Tacháronle

de traidor, y confirmáronse en la idea con verle pasar al bando

enemigo. Solo hubo de su parte falta de valor y deshonroso proceder.

Murió años adelante ciego, lleno de pesares, aborrecido de todos.

Consiguiose con la defensa de Madrid si no detener al ejército francés,

por lo menos probar a Europa que a viva fuerza y no de grado se

admitía a Napoleón y a su hermano. Respecto de lo cual oportuna aunque

familiarmente decía Mr. de Pradt, capellán mayor del emperador, primero

obispo de Poitiers, y después arzobispo de Malinas, «que José había

sido echado de Madrid a puntapiés y recibido a cañonazos.»

[Marginal: Fáltase a la capitulación.]

El 6 se desarmó a los vecinos, y no se tardó en faltar a la

capitulación, esperanza de tantos hombres ciegos y sobradamente

confiados. Dieron la señal de su quebrantamiento los decretos que desde

Chamartín y a fuer de conquistador empezó el mismo día 4 a fulminar

Napoleón, quien arrojando todo embozo, y sin mentar a su hermano

mostrose como señor y dueño absoluto de España.

[Marginal: Decretos de Napoleón en Chamartín.]

Fue el primero contra el consejo de Castilla. Decíase en su contexto

que por haberse portado aquella corporación con _tanta debilidad como

superchería_, se destituían sus individuos considerándolos _cobardes

e indignos de ser los magistrados de una nación brava y generosa_.

Quedaban además detenidos en calidad de rehenes: por cuyo decreto

el artículo sexto de la capitulación con afán apuntado por los del

consejo, y según el cual debían conservarse «las leyes, costumbres y

tribunales en su actual constitución» se barrenaba y destruía.

Siguiéronse a este el de la abolición de la inquisición, el de la

reducción de conventos a una tercera parte, el de la extinción de los

derechos señoriales y exclusivos, y el de poner las aduanas en la

frontera de Francia. Varios de estos decretos, reclamados constantemente

por los españoles ilustrados, no dejaron de cautivar al partido del

gobierno intruso ciertos individuos enojados con los primeros pasos de

la central, dando a otros plausible pretexto para hacerse tornadizos.

Mas semejantes resoluciones de suyo benéficas aunque procedentes de

mano ilegítima, fueron acompañadas de otras crueles e igualmente

contrarias a lo capitulado. [Marginal: Españoles llevados a Francia.]

Se cogió y llevó a Francia a Don Arias Mon, decano del consejo, y a

otros magistrados. El príncipe de Castelfranco, el marqués de Santa

Cruz del Viso y el conde de Altamira o sea de Trastámara, comprendidos

en el decreto de proscripción de Burgos, fueron también presos y

conducidos a Francia, conmutándose la pena de muerte en la de perpetuo

encierro, sin embargo de que por los artículos primero, segundo y

tercero de la capitulación se aseguraba la libertad y seguridad de las

vidas y propiedades de los vecinos, militares y empleados de Madrid.

Igual suerte cupo en un principio al duque de Sotomayor de que le

libró especial favor. Estuvo para ser más rigurosa la del marqués de

San Simón, emigrado francés al servicio de España: fue juzgado por una

comisión militar, y condenado a muerte, habiendo defendido contra sus

compatriotas la Puerta de Fuencarral. Las lágrimas y encarecidos ruegos

de su desconsolada hija alcanzaron gracia, limitándose la pena de su

padre a la de confinación en Francia.

[Marginal: Visita Napoleón el palacio real.]

Napoleón permanecía en Chamartín, y solo una vez y muy de mañana

atravesó a Madrid y se encaminó a palacio. Aunque se le representó

suntuosa la morada real, según sabemos de una persona que le

acompañaba, por nada preguntó con tanto anhelo como por el retrato

de Felipe II: detúvose durante algunos minutos delante de uno de los

más notables, y no parecía sino que un cierto instinto le llevaba a

considerar la imagen de un monarca que si bien en muchas cosas se le

desemejaba, coincidía en gran manera con él en su amor a exclusiva,

dura e ilimitada dominación, así respecto de propios como de extraños.

[Marginal: Su inquietud.]

La inquietud de Napoleón crecía según que corrían días sin recoger el

pronto y abundante esquilmo que esperaba de la toma de Madrid. Sus

correos comenzaban a ser interceptados, y escasas y tardías eran las

noticias que recibía. Los ejércitos españoles si bien deshechos, no

estaban del todo aniquilados, y era de temer se convirtiesen en otros

tantos núcleos, en cuyo derredor se agrupasen oficiales y soldados,

al paso que los franceses teniendo que derramarse enflaquecían sus

fuerzas, y aun desaparecían sobre la haz espaciosa de España. En

las demás conquistas dueño Napoleón de la capital lo había sido

de la suerte de la nación invadida: en esta ni el gobierno ni los

particulares, ni el más pequeño pueblo de los que no ocupaba se

habían presentado libremente a prestarle homenaje. Impacientábale

tal proceder, sobre todo cuando nuevos cuidados podrían llamarle a

otras y lejanas partes. Mostró su enfado al corregidor de Madrid que

el 16 de diciembre fue a Chamartín a cumplimentarle y a pedirle la

vuelta de José según se había exigido del ayuntamiento: [Marginal:

Contestación al corregidor de Madrid.] díjole pues Napoleón que por

los derechos de conquista que le asistían podía gobernar a España

nombrando otros tantos virreyes cuantas eran sus provincias. Sin

embargo añadió que consentiría en ceder dichos derechos a José, cuando

todos los ciudadanos de la capital le hubieran dado pruebas de adhesión

y fidelidad por medio de un juramento «que saliese no solamente de la

boca sino del corazón, y que fuese sin restricción jesuítica.»

[Marginal: Juramento exigido de los vecinos.]

Sujetose el vecindario a la ceremonia que se pedía, y no por eso

trataba Napoleón de reponer a José en el trono, cosa que a la verdad

interesaba poco a los madrileños, molestados con la presencia de

cualquier gobierno que no fuera el nacional. El emperador había dejado

en Burgos a su hermano, quien sin su permiso vino y se le presentó en

Chamartín, donde fue tan mal recibido que se retiró a la Monclova y

luego al Pardo, no gozando de rey sino escasamente la apariencia.

[Marginal: Van los mariscales franceses en perseguimiento de los

españoles.]

Más que en su persona ocupábase Napoleón en averiguar el paradero

de los ingleses, y en disipar del todo las reliquias de las tropas

españolas. El 8 de diciembre llegó a Madrid el cuerpo de ejército del

duque de Danzig, y con diligencia despachó Napoleón hacia Tarancón al

mariscal Bessières, dirigiendo sobre Aranjuez y Toledo al mariscal

Victor y a los generales Milhaud y Lasalle.

[Marginal: Total dispersión del ejército de San Juan.]

Por este lado y la vuelta de Talavera se había retirado Don Benito

San Juan, quien después de haber recogido en Segovia dispersos, y en

unión con Don José Heredia, se había apostado en el Escorial antes

de la entrega de Madrid. Pensaban ir ambos generales al socorro de

la capital, y aun instados por el vizconde de Gante que con aquel

objeto según vimos había ido a su encuentro, se pusieron en marcha.

Acercábanse, cuando esparcida la voz de estar muy apretada la villa

y otras siniestras, empezó una dispersión horrorosa, abandonando los

artilleros y carreteros cañones y carruajes. Comenzó por donde estaba

San Juan, cundió a la vanguardia que mandaba Heredia, y ni uno ni otro

fueron parte a contenerla. Algunos restos llegaron en la madrugada

del 4 casi a tocar las puertas de Madrid, en donde noticiosos de la

capitulación, sueltos y a manera de bandidos, corrieron como los

primeros asolando los pueblos, y maltratando a los habitadores hasta

Talavera, punto de reunión que fue teatro de espantosa tragedia.

Habituados a la rapiña y al crimen las mal llamadas tropas, pesábales

volver a someterse al orden y disciplina militar. Su caudillo D. Benito

San Juan no era hombre para permitir más tiempo la holganza y los

excesos encubiertos bajo la capa del patriotismo, de lo cual temerosos

los alborotadores y cobardes, difundieron por Talavera que los jefes

los habían traidoramente vendido. Con lo que apandillándose una banda

de hombres y soldados desalmados, se metieron en la mañana del 7 en el

convento de Agustinos, y guiados por un furibundo fraile penetraron

en la celda en donde se albergaba el general San Juan. Empezó este

a arengarlos con serenidad, y aun a defenderse con el sable, no

bastando las razones para aplacarlos. [Marginal: Muerte cruel de este

general.] Desarmáronle y viéndose perdido, al querer arrojarse por una

ventana tres tiros le derribaron sin vida. Su cadáver despojado de los

vestidos, mutilado y arrastrado, le colgaron por último de un árbol

en medio de un paseo público, y así expuesto, no satisfechos todavía

le acribillaron a balazos. Faltan palabras para calificar debidamente

tamaña atrocidad, ejecutada por soldados contra su propio jefe, y

promovida y abanderizada por quien iba revestido del hábito religioso.

[Marginal: Ejército del centro. Sus marchas y retirada a Cuenca.]

No tan relajado aunque harto decaído estaba por el lado opuesto el

ejército del centro. El hambre, los combates, el cansancio, voces

de traición, la fuga, el mismo desamparo de los pueblos, uniéndose

a porfía y de tropel, habían causado grandes claros en las filas.

Cuando le dejamos en Sigüenza estaba reducido su número a 8000 hombres

casi desnudos. Mas sin embargo determinaron los jefes cumplir con

las órdenes del gobierno, e ir a reforzar a Somosierra. Emprendió la

infantería su ruta por Atienza y Jadraque, y la artillería y caballería

en busca de mejores caminos tomaron la vuelta de Guadalajara siguiendo

la izquierda del Henares. No tardaron los primeros en variar de rumbo,

y caminar por donde los segundos con el aviso de Castelar recibido en

la noche del 1.º al 2 de diciembre, de haber los enemigos forzado el

paso de Somosierra. Continuando pues todo el ejército a Guadalajara,

la 1.ª y 4.ª división entraron por sus calles en la noche del 2

junto con la artillería y caballería. Casi al propio tiempo llegó

a dicha ciudad el duque del Infantado; y el 3, avistándose con La

Peña y celebrando junta de generales, se acordó: 1.º Enviar parte de

la artillería a Cartagena, como se verificó; y 2.º dirigirse con el

ejército por los altos de Santorcaz, pueblecito a dos leguas de Alcalá

y a su oriente, y extenderse a Arganda para que desde aquel punto, si

ser pudiere, se metiese la vanguardia con un convoy de víveres por

la Puerta de Atocha. En la marcha tuvieron noticia los jefes de la

capitulación de Madrid, y obligados por tanto a alejarse, resolvieron

cruzar el Tajo por Aranjuez y guarecerse de los montes de Toledo. Plan

demasiadamente arriesgado y que por fortuna estorbó con sus movimientos

el enemigo sin gran menoscabo nuestro. Caminaron los españoles el 6

y descansaron en Villarejo de Salvanés. Allí les salió al encuentro

Don Pedro de Llamas, encargado por la central de custodiar con pocos

soldados el punto de Aranjuez, que acababa de abandonar forzado por

la superioridad de fuerzas francesas. Interceptado de este modo el

camino, se decidieron los nuestros a retroceder y pasar el Tajo por las

barcas de Villamanrique, Fuentidueña y Estremera, y abrigándose de las

sierras de Cuenca sentar sus reales en aquella ciudad, paraje acomodado

para repararse de tantas fatigas y penalidades. Así y por entonces

se libraron las reliquias del ejército del centro de ser del todo

aniquiladas en Aranjuez por el mariscal Victor, y en Guadalajara por la

numerosísima caballería de Bessières, y el cuerpo de Ney que entró el

6 viniendo de Aragón. No hubo sino alguno que otro reencuentro, y haber

sido acuchillados en Nuevo Baztán los cansados y zagueros.

[Marginal: Rebelión del oficial Santiago.]

A los males enumerados y al encarnizado seguimiento del enemigo

agregáronse en su marcha al ejército del centro discordias y

conspiraciones. El 7 de diciembre estando en Belinchón el cuartel

general, se mandó ir a la villa de Yebra a la 1.ª y 4.ª división

que regía entonces el conde de Villariezo. A mitad del camino y en

Mondéjar, Don José Santiago, teniente coronel de artillería, el mismo

que en mayo fue de Sevilla para levantar a Granada, se presentó al

general de las divisiones diciéndole, que estas en vez de proseguir

a Cuenca, querían retroceder a Madrid para pelear con los franceses,

y que a él le habían escogido por caudillo; pero que suspendía

admitir el encargo hasta ver si el general, aprobando la resolución,

se hacía digno de continuar capitaneándolos. Rehusó Villariezo la

inesperada oferta, y reprendiendo al Santiago, encomendole contener

el mal espíritu de la tropa: singular conspirador y singular jefe.

La artillería, como era de temer, en vez de apaciguarse se apostó en

el camino de Yebra, y forzó a la otra tropa que iba a continuar su

marcha a volver atrás. Intentó Villariezo arengar a los sublevados

que aparentaron escucharle, mas quiso que de nuevo prosiguiesen su

ruta; y gritando unos «_a Madrid_» y otros «_a Despeñaperros_», tuvo

que desistir de su empeño y despachar al coronel de Pavía, príncipe

de Anglona, para que informase de lo ocurrido al general en jefe, el

cual creyó prudente separar la infantería y alejarla de la caballería

y artillería. Los peones dirigiéndose a Illana debían cruzar el vado y

barcas de Maquilón; los jinetes y cañones con solos dos regimientos de

infantería, Órdenes y Lorca, las de Estremera: mandando a los primeros

el mismo Villariezo y a los segundos Don Andrés de Mendoza. Ciertas

precauciones y la repentina mudanza en la marcha suspendieron algún

tiempo el alboroto; mas el día 8 al querer salir de Tarancón encrespose

de nuevo, y sin rebozo se puso Santiago a la cabeza.

Pareciéndole al Mendoza que el carácter y respetos del conde de

Miranda, comandante de carabineros reales, que allí se hallaba, eran

más acomodados para atajar el mal que los que a su persona asistían,

propuso al conde, y este aceptó, sustituirle en el mando. Llamado don

José Santiago por el nuevo jefe, retúvole este junto a su persona;

y hubo vagar para que adoptadas prontas y vigorosas providencias se

continuase, aunque con trabajo, la marcha a Cuenca. El Santiago fue

conducido a dicha ciudad, y arcabuceado después en 12 de enero con un

sargento y cabo de su cuerpo.

[Marginal: Nómbrase por general en jefe al duque del Infantado.]

Mas el mal había echado tan profundas raíces y andaban las voluntades

tan mal avenidas, que para arrancar aquellas y aunar estas, juzgó

conveniente Don Manuel de la Peña celebrar un consejo de guerra

en Alcázar de Huete, y desistiéndose del mando proponer en su

lugar por general en jefe al duque del Infantado. Admitiose la

propuesta, consintió el duque, y aprobolo después la central, con

que se legitimaron unos actos que solo disculpaba lo arduo de las

circunstancias.

La mayor parte del ejército entró en Cuenca en 10 de diciembre. Mas

remisa estuvo, y llegó en desorden la 2.ª división al mando del general

Grimarest, que fue atacada en Santa Cruz de la Zarza en la noche del

8, y ahuyentada por el general Montbrun. Y el terror y la indisciplina

fueron tales, que casi sin resistencia corrió dicha división

precipitadamente y a la primera embestida camino de Cuenca.

En esta ciudad reunido el ejército del centro y abrigado de la fragosa

tierra que se extendía a su espalda, terminó su retirada de 86 leguas,

emprendida desde las faldas del Moncayo, memorable sin duda, aunque

costosa; pues al cabo, en medio de tantos tropiezos, reencuentros,

marchas y contramarchas, escaseces y sublevaciones, salvose la

artillería y bastante fuerza para con su apoyo formar un nuevo

ejército, que combatiendo al enemigo o trabajándole le distrajese de

otros puntos y contribuyese al bueno y final éxito de la causa común.

[Marginal: Conde de Alacha. Su retirada gloriosa.]

Descansaban pues y se reponían algún tanto aquellos soldados, cuando

con asombro vieron el 16 entrar por Cuenca una corta división

que se contaba por perdida. Recordará el lector como después del

acontecimiento de Logroño incorporada la gente de Castilla en el

ejército de Andalucía, se formó una vanguardia de 4000 hombres al mando

del conde de Cartaojal, destinada a maniobrar en la sierra de Cameros.

El 22 de noviembre, según orden de Castaños, se había retirado dicho

jefe por el lado de Ágreda a Borja, y después de una leve refriega

con partidas enemigas prosiguiendo a Calatayud, se había allí unido

al grueso del ejército, de cuya suerte participó en toda la retirada.

Mas de este cuerpo de Cartaojal quedó el 21 en Nalda separado y como

cortado un trozo a las órdenes del conde de Alacha.

No desanimándose ni los soldados ni su caudillo, aconsejado de buenos

oficiales al verse rodeados de enemigos, y ellos en tan pequeño número,

emprendieron una retirada larga, penosa y atrevida. Por espacio de

veinte días acampando y marchando a dos y tres leguas del ejército

francés, cruzando empinados montes y erizadas breñas, descalzos y casi

desnudos en estación cruda, apenas con alimento, desprovistos de todo

consuelo, consiguieron, venciendo obstáculos para otros insuperables,

llegar a Cuenca conformes y aun contentos de presentarse no solo

salvos, sino con el trofeo de algunos prisioneros franceses. Tanta

es la constancia, sobriedad e intrepidez del soldado español bien

capitaneado.

[Marginal: La Mancha.]

Pero la estancia en Cuenca del ejército del centro, si bien por una

parte le daba lugar para recobrarse y le ponía más al abrigo de una

acometida, por otra dejaba a la Mancha abierta y desamparada. Es cierto

que sus vastas llanuras nunca hubieran sido bastantemente protegidas

por las reliquias de un ejército a cuya caballería no le era dado hacer

rostro a la formidable y robusta de las huestes enemigas. Así fue que

el mariscal Victor, sentando ya en 11 de diciembre su cuartel general

en Aranjuez y Ocaña, desparramó por la Mancha baja gruesas partidas

que se proveían de vituallas en sus feraces campiñas, y pillaban y

maltrataban pueblos abandonados a su rapacidad por los fugitivos

habitantes.

[Marginal: Toledo.]

Habían contado algunos con que Toledo haría resistencia. Mas

desapercibida la ciudad y cundiendo por sus hogares el terror que

esparcían la rota y dispersión de los ejércitos, abrió el 19 de

diciembre sus puertas al vencedor; habiendo antes salido de su recinto

la junta provincial, muchos de los principales vecinos, y despachado a

Sevilla 12.000 espadas de su antigua y celebrada fábrica.

[Marginal: Muertes violentas.]

Ciertos y contados pueblos ofrecieron la imagen de la más completa

anarquía, atropellando o asesinando pasajeros. Doloroso sobre todo

fue lo que aconteció en Malagón y Ciudad Real. Por el último pasaba

preso a Andalucía Don Juan Duro, canónigo de Toledo y antiguo amigo

del príncipe de la Paz: ni su estado, ni su dignidad, ni sus súplicas

le guarecieron de ser bárbaramente asesinado. La misma suerte cupo en

el primer pueblo a Don Miguel Cayetano Soler, ministro de hacienda de

Carlos IV, que también llevaban arrestado: atrocidades que hubieran

debido evitarse no exponiendo al riesgo de transitar por lugares

agitados personajes tan aborrecidos.

Templa por dicha la amargura de tales excesos la conducta de otras

poblaciones, que empleando dignamente su energía y cediendo al noble

impulso del patriotismo antes que a los consejos de la prudencia,

detuvieron y escarmentaron a los invasores. [Marginal: Villacañas.]

Señalose la villa de Villacañas una de las comprendidas en el gran

priorato de San Juan. Varias partidas de caballería enemiga que

quisieron penetrar por sus calles fueron constantemente rechazadas en

diferentes embestidas que dieron en los días del 20 al 25 de diciembre.

Alabó el gobierno y premió la conducta de Villacañas, cuya población

quedó, durante algún tiempo, libre de enemigos, en medio de la Mancha

inundada de sus tropas.

[Marginal: Sierra Morena.]

Estas antes de terminar diciembre se habían extendido hasta Manzanares

y amagaban aproximarse a las gargantas de Sierra Morena. Muchos

oficiales y soldados del ejército del centro se habían acogido a

aquellas fraguras. Unos obligados de la necesidad; otros huyendo

vergonzosamente del peligro. Sin embargo como estos eran los menos

túvose a dicha su llegada, porque daba cimiento a formar y organizar

centenares de alistados que acudían de las Andalucías y la Mancha.

[Marginal: Juntas de los cuatro reinos de Andalucía.]

Las juntas de aquellos cuatro reinos, vista la dispersión de los

ejércitos y en dudas del paradero de la central, trataron de reunirse

en la Carolina, enviando allí dos diputados de cada una que las

representasen, invitando también a lo mismo a la de Extremadura y

a otra que se había establecido en Ciudad Real. Pero la central,

fuese previsión o temores de que se le segregasen estas provincias,

[Marginal: Campo Sagrado.] había comisionado a Sierra Morena al

marqués de Campo Sagrado, individuo suyo, con orden de promover los

alistamientos y de poner en estado de defensa aquella cordillera.

El 6 de diciembre ya se hallaba en Andújar, como asimismo [Marginal:

Marqués del Palacio.] el marqués del Palacio encargado del mando en

jefe del ejército que se reunía en Despeñaperros, habiendo sido antes

llamado de Cataluña según en su lugar veremos. De Sevilla enviaron los

útiles y cañones necesarios para fortificar la sierra, a donde también

y con felicidad retrocedieron desde Manzanares 14 piezas que caminaban

a Madrid. Por este término se consiguió al promediar diciembre, que

en la Carolina y contornos se juntasen 6000 infantes y 300 caballos,

cubriéndose y reforzándose sucesivamente los diversos pasos de la

sierra.

Cortos eran en verdad semejantes medios si el enemigo con sus poderosas

fuerzas hubiera intentado penetrar en Andalucía. Pero distraída su

atención a varios puntos, y fija principalmente en el modo de destruir

al ejército inglés, único temible que quedaba, trató de seguir a este

en Castilla y obrar además del lado de Extremadura, como movimiento que

podría ayudar a las operaciones de Portugal en caso que los ingleses se

retirasen hacia aquel reino.

[Marginal: Marchan los franceses a Extremadura. Estado de la provincia.]

Para lograr el último objeto marchó sobre Talavera el 4.º cuerpo del

mando del mariscal Lefebvre, compuesto de 22.000 infantes y 3000

caballos. La provincia de Extremadura, aunque hostigada y revuelta con

exacciones y dispersos, se mantenía firme y muy entusiasmada. Mas el

despecho que causaban las desgracias convirtió a veces la energía en

ferocidad. [Marginal: Excesos.] Fueron en Badajoz el 16 de diciembre

inmolados dos prisioneros franceses, el coronel de milicias Don

Tiburcio Carcelén y el ex tesorero general Don Antonio Noriega, antiguo

allegado del príncipe de la Paz. También pereció en la villa de Usagre

su alcalde mayor. Los asesinos descubiertos en ambos pueblos fueron

juzgados y pagaron su crimen con la vida. Estas muertes, con las que

hemos contado, y alguna otra que relataremos después, que en todo

no pasaron de doce, fueron las que desdoraron este segundo periodo

de nuestra historia, en el cual, rompiéndose de nuevo en ciertas

provincias los vínculos de la subordinación y el orden, quedó suelta la

rienda a las pasiones y venganzas particulares.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5) · 第 11 / 27 段