Fernando de la Vera y Pantoja pasaron al cuartel general enemigo con
la minuta de la capitulación.[*] [Marginal: (* Ap. n. 6-8.)] Napoleón
la aprobó en todas sus partes con cortísima variación, si bien se
contenían en ella artículos que no hubieran debido entrar en un
convenio puramente militar.
El general Belliard después de las diez del mismo día entró en Madrid
y tomó sin obstáculo posesión de los puntos principales. Solo en el
nuevo cuartel de guardias de Corps se recogieron algunos con ánimo de
defenderse, y fue menester tiempo y la presencia del corregidor para
que se rindieran.
Silencioso quedó Madrid después de la entrega, y contra Morla se
abrigaba en el pecho de los habitantes odio reconcentrado. Tacháronle
de traidor, y confirmáronse en la idea con verle pasar al bando
enemigo. Solo hubo de su parte falta de valor y deshonroso proceder.
Murió años adelante ciego, lleno de pesares, aborrecido de todos.
Consiguiose con la defensa de Madrid si no detener al ejército francés,
por lo menos probar a Europa que a viva fuerza y no de grado se
admitía a Napoleón y a su hermano. Respecto de lo cual oportuna aunque
familiarmente decía Mr. de Pradt, capellán mayor del emperador, primero
obispo de Poitiers, y después arzobispo de Malinas, «que José había
sido echado de Madrid a puntapiés y recibido a cañonazos.»
[Marginal: Fáltase a la capitulación.]
El 6 se desarmó a los vecinos, y no se tardó en faltar a la
capitulación, esperanza de tantos hombres ciegos y sobradamente
confiados. Dieron la señal de su quebrantamiento los decretos que desde
Chamartín y a fuer de conquistador empezó el mismo día 4 a fulminar
Napoleón, quien arrojando todo embozo, y sin mentar a su hermano
mostrose como señor y dueño absoluto de España.
[Marginal: Decretos de Napoleón en Chamartín.]
Fue el primero contra el consejo de Castilla. Decíase en su contexto
que por haberse portado aquella corporación con _tanta debilidad como
superchería_, se destituían sus individuos considerándolos _cobardes
e indignos de ser los magistrados de una nación brava y generosa_.
Quedaban además detenidos en calidad de rehenes: por cuyo decreto
el artículo sexto de la capitulación con afán apuntado por los del
consejo, y según el cual debían conservarse «las leyes, costumbres y
tribunales en su actual constitución» se barrenaba y destruía.
Siguiéronse a este el de la abolición de la inquisición, el de la
reducción de conventos a una tercera parte, el de la extinción de los
derechos señoriales y exclusivos, y el de poner las aduanas en la
frontera de Francia. Varios de estos decretos, reclamados constantemente
por los españoles ilustrados, no dejaron de cautivar al partido del
gobierno intruso ciertos individuos enojados con los primeros pasos de
la central, dando a otros plausible pretexto para hacerse tornadizos.
Mas semejantes resoluciones de suyo benéficas aunque procedentes de
mano ilegítima, fueron acompañadas de otras crueles e igualmente
contrarias a lo capitulado. [Marginal: Españoles llevados a Francia.]
Se cogió y llevó a Francia a Don Arias Mon, decano del consejo, y a
otros magistrados. El príncipe de Castelfranco, el marqués de Santa
Cruz del Viso y el conde de Altamira o sea de Trastámara, comprendidos
en el decreto de proscripción de Burgos, fueron también presos y
conducidos a Francia, conmutándose la pena de muerte en la de perpetuo
encierro, sin embargo de que por los artículos primero, segundo y
tercero de la capitulación se aseguraba la libertad y seguridad de las
vidas y propiedades de los vecinos, militares y empleados de Madrid.
Igual suerte cupo en un principio al duque de Sotomayor de que le
libró especial favor. Estuvo para ser más rigurosa la del marqués de
San Simón, emigrado francés al servicio de España: fue juzgado por una
comisión militar, y condenado a muerte, habiendo defendido contra sus
compatriotas la Puerta de Fuencarral. Las lágrimas y encarecidos ruegos
de su desconsolada hija alcanzaron gracia, limitándose la pena de su
padre a la de confinación en Francia.
[Marginal: Visita Napoleón el palacio real.]
Napoleón permanecía en Chamartín, y solo una vez y muy de mañana
atravesó a Madrid y se encaminó a palacio. Aunque se le representó
suntuosa la morada real, según sabemos de una persona que le
acompañaba, por nada preguntó con tanto anhelo como por el retrato
de Felipe II: detúvose durante algunos minutos delante de uno de los
más notables, y no parecía sino que un cierto instinto le llevaba a
considerar la imagen de un monarca que si bien en muchas cosas se le
desemejaba, coincidía en gran manera con él en su amor a exclusiva,
dura e ilimitada dominación, así respecto de propios como de extraños.
[Marginal: Su inquietud.]
La inquietud de Napoleón crecía según que corrían días sin recoger el
pronto y abundante esquilmo que esperaba de la toma de Madrid. Sus
correos comenzaban a ser interceptados, y escasas y tardías eran las
noticias que recibía. Los ejércitos españoles si bien deshechos, no
estaban del todo aniquilados, y era de temer se convirtiesen en otros
tantos núcleos, en cuyo derredor se agrupasen oficiales y soldados,
al paso que los franceses teniendo que derramarse enflaquecían sus
fuerzas, y aun desaparecían sobre la haz espaciosa de España. En
las demás conquistas dueño Napoleón de la capital lo había sido
de la suerte de la nación invadida: en esta ni el gobierno ni los
particulares, ni el más pequeño pueblo de los que no ocupaba se
habían presentado libremente a prestarle homenaje. Impacientábale
tal proceder, sobre todo cuando nuevos cuidados podrían llamarle a
otras y lejanas partes. Mostró su enfado al corregidor de Madrid que
el 16 de diciembre fue a Chamartín a cumplimentarle y a pedirle la
vuelta de José según se había exigido del ayuntamiento: [Marginal:
Contestación al corregidor de Madrid.] díjole pues Napoleón que por
los derechos de conquista que le asistían podía gobernar a España
nombrando otros tantos virreyes cuantas eran sus provincias. Sin
embargo añadió que consentiría en ceder dichos derechos a José, cuando
todos los ciudadanos de la capital le hubieran dado pruebas de adhesión
y fidelidad por medio de un juramento «que saliese no solamente de la
boca sino del corazón, y que fuese sin restricción jesuítica.»
[Marginal: Juramento exigido de los vecinos.]
Sujetose el vecindario a la ceremonia que se pedía, y no por eso
trataba Napoleón de reponer a José en el trono, cosa que a la verdad
interesaba poco a los madrileños, molestados con la presencia de
cualquier gobierno que no fuera el nacional. El emperador había dejado
en Burgos a su hermano, quien sin su permiso vino y se le presentó en
Chamartín, donde fue tan mal recibido que se retiró a la Monclova y
luego al Pardo, no gozando de rey sino escasamente la apariencia.
[Marginal: Van los mariscales franceses en perseguimiento de los
españoles.]
Más que en su persona ocupábase Napoleón en averiguar el paradero
de los ingleses, y en disipar del todo las reliquias de las tropas
españolas. El 8 de diciembre llegó a Madrid el cuerpo de ejército del
duque de Danzig, y con diligencia despachó Napoleón hacia Tarancón al
mariscal Bessières, dirigiendo sobre Aranjuez y Toledo al mariscal
Victor y a los generales Milhaud y Lasalle.
[Marginal: Total dispersión del ejército de San Juan.]
Por este lado y la vuelta de Talavera se había retirado Don Benito
San Juan, quien después de haber recogido en Segovia dispersos, y en
unión con Don José Heredia, se había apostado en el Escorial antes
de la entrega de Madrid. Pensaban ir ambos generales al socorro de
la capital, y aun instados por el vizconde de Gante que con aquel
objeto según vimos había ido a su encuentro, se pusieron en marcha.
Acercábanse, cuando esparcida la voz de estar muy apretada la villa
y otras siniestras, empezó una dispersión horrorosa, abandonando los
artilleros y carreteros cañones y carruajes. Comenzó por donde estaba
San Juan, cundió a la vanguardia que mandaba Heredia, y ni uno ni otro
fueron parte a contenerla. Algunos restos llegaron en la madrugada
del 4 casi a tocar las puertas de Madrid, en donde noticiosos de la
capitulación, sueltos y a manera de bandidos, corrieron como los
primeros asolando los pueblos, y maltratando a los habitadores hasta
Talavera, punto de reunión que fue teatro de espantosa tragedia.
Habituados a la rapiña y al crimen las mal llamadas tropas, pesábales
volver a someterse al orden y disciplina militar. Su caudillo D. Benito
San Juan no era hombre para permitir más tiempo la holganza y los
excesos encubiertos bajo la capa del patriotismo, de lo cual temerosos
los alborotadores y cobardes, difundieron por Talavera que los jefes
los habían traidoramente vendido. Con lo que apandillándose una banda
de hombres y soldados desalmados, se metieron en la mañana del 7 en el
convento de Agustinos, y guiados por un furibundo fraile penetraron
en la celda en donde se albergaba el general San Juan. Empezó este
a arengarlos con serenidad, y aun a defenderse con el sable, no
bastando las razones para aplacarlos. [Marginal: Muerte cruel de este
general.] Desarmáronle y viéndose perdido, al querer arrojarse por una
ventana tres tiros le derribaron sin vida. Su cadáver despojado de los
vestidos, mutilado y arrastrado, le colgaron por último de un árbol
en medio de un paseo público, y así expuesto, no satisfechos todavía
le acribillaron a balazos. Faltan palabras para calificar debidamente
tamaña atrocidad, ejecutada por soldados contra su propio jefe, y
promovida y abanderizada por quien iba revestido del hábito religioso.
[Marginal: Ejército del centro. Sus marchas y retirada a Cuenca.]
No tan relajado aunque harto decaído estaba por el lado opuesto el
ejército del centro. El hambre, los combates, el cansancio, voces
de traición, la fuga, el mismo desamparo de los pueblos, uniéndose
a porfía y de tropel, habían causado grandes claros en las filas.
Cuando le dejamos en Sigüenza estaba reducido su número a 8000 hombres
casi desnudos. Mas sin embargo determinaron los jefes cumplir con
las órdenes del gobierno, e ir a reforzar a Somosierra. Emprendió la
infantería su ruta por Atienza y Jadraque, y la artillería y caballería
en busca de mejores caminos tomaron la vuelta de Guadalajara siguiendo
la izquierda del Henares. No tardaron los primeros en variar de rumbo,
y caminar por donde los segundos con el aviso de Castelar recibido en
la noche del 1.º al 2 de diciembre, de haber los enemigos forzado el
paso de Somosierra. Continuando pues todo el ejército a Guadalajara,
la 1.ª y 4.ª división entraron por sus calles en la noche del 2
junto con la artillería y caballería. Casi al propio tiempo llegó
a dicha ciudad el duque del Infantado; y el 3, avistándose con La
Peña y celebrando junta de generales, se acordó: 1.º Enviar parte de
la artillería a Cartagena, como se verificó; y 2.º dirigirse con el
ejército por los altos de Santorcaz, pueblecito a dos leguas de Alcalá
y a su oriente, y extenderse a Arganda para que desde aquel punto, si
ser pudiere, se metiese la vanguardia con un convoy de víveres por
la Puerta de Atocha. En la marcha tuvieron noticia los jefes de la
capitulación de Madrid, y obligados por tanto a alejarse, resolvieron
cruzar el Tajo por Aranjuez y guarecerse de los montes de Toledo. Plan
demasiadamente arriesgado y que por fortuna estorbó con sus movimientos
el enemigo sin gran menoscabo nuestro. Caminaron los españoles el 6
y descansaron en Villarejo de Salvanés. Allí les salió al encuentro
Don Pedro de Llamas, encargado por la central de custodiar con pocos
soldados el punto de Aranjuez, que acababa de abandonar forzado por
la superioridad de fuerzas francesas. Interceptado de este modo el
camino, se decidieron los nuestros a retroceder y pasar el Tajo por las
barcas de Villamanrique, Fuentidueña y Estremera, y abrigándose de las
sierras de Cuenca sentar sus reales en aquella ciudad, paraje acomodado
para repararse de tantas fatigas y penalidades. Así y por entonces
se libraron las reliquias del ejército del centro de ser del todo
aniquiladas en Aranjuez por el mariscal Victor, y en Guadalajara por la
numerosísima caballería de Bessières, y el cuerpo de Ney que entró el
6 viniendo de Aragón. No hubo sino alguno que otro reencuentro, y haber
sido acuchillados en Nuevo Baztán los cansados y zagueros.
[Marginal: Rebelión del oficial Santiago.]
A los males enumerados y al encarnizado seguimiento del enemigo
agregáronse en su marcha al ejército del centro discordias y
conspiraciones. El 7 de diciembre estando en Belinchón el cuartel
general, se mandó ir a la villa de Yebra a la 1.ª y 4.ª división
que regía entonces el conde de Villariezo. A mitad del camino y en
Mondéjar, Don José Santiago, teniente coronel de artillería, el mismo
que en mayo fue de Sevilla para levantar a Granada, se presentó al
general de las divisiones diciéndole, que estas en vez de proseguir
a Cuenca, querían retroceder a Madrid para pelear con los franceses,
y que a él le habían escogido por caudillo; pero que suspendía
admitir el encargo hasta ver si el general, aprobando la resolución,
se hacía digno de continuar capitaneándolos. Rehusó Villariezo la
inesperada oferta, y reprendiendo al Santiago, encomendole contener
el mal espíritu de la tropa: singular conspirador y singular jefe.
La artillería, como era de temer, en vez de apaciguarse se apostó en
el camino de Yebra, y forzó a la otra tropa que iba a continuar su
marcha a volver atrás. Intentó Villariezo arengar a los sublevados
que aparentaron escucharle, mas quiso que de nuevo prosiguiesen su
ruta; y gritando unos «_a Madrid_» y otros «_a Despeñaperros_», tuvo
que desistir de su empeño y despachar al coronel de Pavía, príncipe
de Anglona, para que informase de lo ocurrido al general en jefe, el
cual creyó prudente separar la infantería y alejarla de la caballería
y artillería. Los peones dirigiéndose a Illana debían cruzar el vado y
barcas de Maquilón; los jinetes y cañones con solos dos regimientos de
infantería, Órdenes y Lorca, las de Estremera: mandando a los primeros
el mismo Villariezo y a los segundos Don Andrés de Mendoza. Ciertas
precauciones y la repentina mudanza en la marcha suspendieron algún
tiempo el alboroto; mas el día 8 al querer salir de Tarancón encrespose
de nuevo, y sin rebozo se puso Santiago a la cabeza.
Pareciéndole al Mendoza que el carácter y respetos del conde de
Miranda, comandante de carabineros reales, que allí se hallaba, eran
más acomodados para atajar el mal que los que a su persona asistían,
propuso al conde, y este aceptó, sustituirle en el mando. Llamado don
José Santiago por el nuevo jefe, retúvole este junto a su persona;
y hubo vagar para que adoptadas prontas y vigorosas providencias se
continuase, aunque con trabajo, la marcha a Cuenca. El Santiago fue
conducido a dicha ciudad, y arcabuceado después en 12 de enero con un
sargento y cabo de su cuerpo.
[Marginal: Nómbrase por general en jefe al duque del Infantado.]
Mas el mal había echado tan profundas raíces y andaban las voluntades
tan mal avenidas, que para arrancar aquellas y aunar estas, juzgó
conveniente Don Manuel de la Peña celebrar un consejo de guerra
en Alcázar de Huete, y desistiéndose del mando proponer en su
lugar por general en jefe al duque del Infantado. Admitiose la
propuesta, consintió el duque, y aprobolo después la central, con
que se legitimaron unos actos que solo disculpaba lo arduo de las
circunstancias.
La mayor parte del ejército entró en Cuenca en 10 de diciembre. Mas
remisa estuvo, y llegó en desorden la 2.ª división al mando del general
Grimarest, que fue atacada en Santa Cruz de la Zarza en la noche del
8, y ahuyentada por el general Montbrun. Y el terror y la indisciplina
fueron tales, que casi sin resistencia corrió dicha división
precipitadamente y a la primera embestida camino de Cuenca.
En esta ciudad reunido el ejército del centro y abrigado de la fragosa
tierra que se extendía a su espalda, terminó su retirada de 86 leguas,
emprendida desde las faldas del Moncayo, memorable sin duda, aunque
costosa; pues al cabo, en medio de tantos tropiezos, reencuentros,
marchas y contramarchas, escaseces y sublevaciones, salvose la
artillería y bastante fuerza para con su apoyo formar un nuevo
ejército, que combatiendo al enemigo o trabajándole le distrajese de
otros puntos y contribuyese al bueno y final éxito de la causa común.
[Marginal: Conde de Alacha. Su retirada gloriosa.]
Descansaban pues y se reponían algún tanto aquellos soldados, cuando
con asombro vieron el 16 entrar por Cuenca una corta división
que se contaba por perdida. Recordará el lector como después del
acontecimiento de Logroño incorporada la gente de Castilla en el
ejército de Andalucía, se formó una vanguardia de 4000 hombres al mando
del conde de Cartaojal, destinada a maniobrar en la sierra de Cameros.
El 22 de noviembre, según orden de Castaños, se había retirado dicho
jefe por el lado de Ágreda a Borja, y después de una leve refriega
con partidas enemigas prosiguiendo a Calatayud, se había allí unido
al grueso del ejército, de cuya suerte participó en toda la retirada.
Mas de este cuerpo de Cartaojal quedó el 21 en Nalda separado y como
cortado un trozo a las órdenes del conde de Alacha.
No desanimándose ni los soldados ni su caudillo, aconsejado de buenos
oficiales al verse rodeados de enemigos, y ellos en tan pequeño número,
emprendieron una retirada larga, penosa y atrevida. Por espacio de
veinte días acampando y marchando a dos y tres leguas del ejército
francés, cruzando empinados montes y erizadas breñas, descalzos y casi
desnudos en estación cruda, apenas con alimento, desprovistos de todo
consuelo, consiguieron, venciendo obstáculos para otros insuperables,
llegar a Cuenca conformes y aun contentos de presentarse no solo
salvos, sino con el trofeo de algunos prisioneros franceses. Tanta
es la constancia, sobriedad e intrepidez del soldado español bien
capitaneado.
[Marginal: La Mancha.]
Pero la estancia en Cuenca del ejército del centro, si bien por una
parte le daba lugar para recobrarse y le ponía más al abrigo de una
acometida, por otra dejaba a la Mancha abierta y desamparada. Es cierto
que sus vastas llanuras nunca hubieran sido bastantemente protegidas
por las reliquias de un ejército a cuya caballería no le era dado hacer
rostro a la formidable y robusta de las huestes enemigas. Así fue que
el mariscal Victor, sentando ya en 11 de diciembre su cuartel general
en Aranjuez y Ocaña, desparramó por la Mancha baja gruesas partidas
que se proveían de vituallas en sus feraces campiñas, y pillaban y
maltrataban pueblos abandonados a su rapacidad por los fugitivos
habitantes.
[Marginal: Toledo.]
Habían contado algunos con que Toledo haría resistencia. Mas
desapercibida la ciudad y cundiendo por sus hogares el terror que
esparcían la rota y dispersión de los ejércitos, abrió el 19 de
diciembre sus puertas al vencedor; habiendo antes salido de su recinto
la junta provincial, muchos de los principales vecinos, y despachado a
Sevilla 12.000 espadas de su antigua y celebrada fábrica.
[Marginal: Muertes violentas.]
Ciertos y contados pueblos ofrecieron la imagen de la más completa
anarquía, atropellando o asesinando pasajeros. Doloroso sobre todo
fue lo que aconteció en Malagón y Ciudad Real. Por el último pasaba
preso a Andalucía Don Juan Duro, canónigo de Toledo y antiguo amigo
del príncipe de la Paz: ni su estado, ni su dignidad, ni sus súplicas
le guarecieron de ser bárbaramente asesinado. La misma suerte cupo en
el primer pueblo a Don Miguel Cayetano Soler, ministro de hacienda de
Carlos IV, que también llevaban arrestado: atrocidades que hubieran
debido evitarse no exponiendo al riesgo de transitar por lugares
agitados personajes tan aborrecidos.
Templa por dicha la amargura de tales excesos la conducta de otras
poblaciones, que empleando dignamente su energía y cediendo al noble
impulso del patriotismo antes que a los consejos de la prudencia,
detuvieron y escarmentaron a los invasores. [Marginal: Villacañas.]
Señalose la villa de Villacañas una de las comprendidas en el gran
priorato de San Juan. Varias partidas de caballería enemiga que
quisieron penetrar por sus calles fueron constantemente rechazadas en
diferentes embestidas que dieron en los días del 20 al 25 de diciembre.
Alabó el gobierno y premió la conducta de Villacañas, cuya población
quedó, durante algún tiempo, libre de enemigos, en medio de la Mancha
inundada de sus tropas.
[Marginal: Sierra Morena.]
Estas antes de terminar diciembre se habían extendido hasta Manzanares
y amagaban aproximarse a las gargantas de Sierra Morena. Muchos
oficiales y soldados del ejército del centro se habían acogido a
aquellas fraguras. Unos obligados de la necesidad; otros huyendo
vergonzosamente del peligro. Sin embargo como estos eran los menos
túvose a dicha su llegada, porque daba cimiento a formar y organizar
centenares de alistados que acudían de las Andalucías y la Mancha.
[Marginal: Juntas de los cuatro reinos de Andalucía.]
Las juntas de aquellos cuatro reinos, vista la dispersión de los
ejércitos y en dudas del paradero de la central, trataron de reunirse
en la Carolina, enviando allí dos diputados de cada una que las
representasen, invitando también a lo mismo a la de Extremadura y
a otra que se había establecido en Ciudad Real. Pero la central,
fuese previsión o temores de que se le segregasen estas provincias,
[Marginal: Campo Sagrado.] había comisionado a Sierra Morena al
marqués de Campo Sagrado, individuo suyo, con orden de promover los
alistamientos y de poner en estado de defensa aquella cordillera.
El 6 de diciembre ya se hallaba en Andújar, como asimismo [Marginal:
Marqués del Palacio.] el marqués del Palacio encargado del mando en
jefe del ejército que se reunía en Despeñaperros, habiendo sido antes
llamado de Cataluña según en su lugar veremos. De Sevilla enviaron los
útiles y cañones necesarios para fortificar la sierra, a donde también
y con felicidad retrocedieron desde Manzanares 14 piezas que caminaban
a Madrid. Por este término se consiguió al promediar diciembre, que
en la Carolina y contornos se juntasen 6000 infantes y 300 caballos,
cubriéndose y reforzándose sucesivamente los diversos pasos de la
sierra.
Cortos eran en verdad semejantes medios si el enemigo con sus poderosas
fuerzas hubiera intentado penetrar en Andalucía. Pero distraída su
atención a varios puntos, y fija principalmente en el modo de destruir
al ejército inglés, único temible que quedaba, trató de seguir a este
en Castilla y obrar además del lado de Extremadura, como movimiento que
podría ayudar a las operaciones de Portugal en caso que los ingleses se
retirasen hacia aquel reino.
[Marginal: Marchan los franceses a Extremadura. Estado de la provincia.]
Para lograr el último objeto marchó sobre Talavera el 4.º cuerpo del
mando del mariscal Lefebvre, compuesto de 22.000 infantes y 3000
caballos. La provincia de Extremadura, aunque hostigada y revuelta con
exacciones y dispersos, se mantenía firme y muy entusiasmada. Mas el
despecho que causaban las desgracias convirtió a veces la energía en
ferocidad. [Marginal: Excesos.] Fueron en Badajoz el 16 de diciembre
inmolados dos prisioneros franceses, el coronel de milicias Don
Tiburcio Carcelén y el ex tesorero general Don Antonio Noriega, antiguo
allegado del príncipe de la Paz. También pereció en la villa de Usagre
su alcalde mayor. Los asesinos descubiertos en ambos pueblos fueron
juzgados y pagaron su crimen con la vida. Estas muertes, con las que
hemos contado, y alguna otra que relataremos después, que en todo
no pasaron de doce, fueron las que desdoraron este segundo periodo
de nuestra historia, en el cual, rompiéndose de nuevo en ciertas
provincias los vínculos de la subordinación y el orden, quedó suelta la
rienda a las pasiones y venganzas particulares.