Juan O’Neille, que con los aragoneses acampaba desde la víspera al otro
lado de Tudela, empezó en la madrugada a pasar el puente, ignorándose
hasta ahora por qué dejó aquella operación para tan tarde. Aunque sus
batallones tenían obstruidas las calles de la ciudad, poco a poco las
evacuaron y se colocaron fuera ordenadamente. Estaba también allí la
quinta división regida por Don Pedro Roca y compuesta de valencianos
y murcianos. Se colocó esta en las inmediaciones y altura de Santa
Bárbara, situada enfrente de Tudela yendo a Alfaro. Por la misma parte
y siguiendo la orilla de Ebro se extendieron algunos aragoneses, pero
el mayor número de estos tiró a la izquierda y hacia el espacioso llano
de olivos que termina en el arranque de colinas que van a Cascante.
Ambas fuerzas reunidas constaban de 20.000 hombres. En el pueblo que
acabamos de nombrar estaba además la cuarta división de Andalucía con
su jefe La Peña, y en Tarazona la segunda del mando de Grimarest con la
parte que había de la primera y tercera. De suerte que la totalidad del
ejército se derramaba por el espacio de cuatro leguas que media entre
la última ciudad y la de Tudela.
Aquí se trabó la acción principal con la quinta división y los
aragoneses. Los que de estos habían ido por la orilla del río
repelieron al principio al enemigo, quien luego arremetió contra
los del llano, conceptuado centro del ejército español por formar
su izquierda las divisiones citadas de Cascante y Tarazona. Los
atacó el general Maurice Mathieu sostenido por la caballería de
Lefebvre-Desnouettes. Los enemigos subiendo abrigados del olivar a una
de las colinas en que el centro español se apoyaba, flanqueáronle,
pero acudiendo por orden de Castaños Don Juan O’Neille a desalojarlos,
y prolongando por detrás de la altura ocupada un batallón de
guardias españolas, se vieron los franceses obligados a retirarse
precipitadamente siguiendo los nuestros el alcance. Eran las tres de
la tarde y la suerte nos era favorable, a la sazón que el general
Morlot rechazando a los aragoneses de la derecha, avanzó orilla del
río hasta Tudela, con lo que la quinta división para no ser envuelta
abandonó la altura e inmediaciones de Santa Bárbara. También entonces
reparándose el general Maurice Mathieu y cargando de nuevo, comenzó a
flaquear nuestro centro, contra el que dando en aquella ocasión una
acometida la caballería de Lefebvre penetró por medio, le desordenó, y
aun acabó de desconcertar la derecha revolviendo contra ella. Castaños
a la misma hora pensó en dirigirse adonde estaba La Peña, pero envuelto
en el desorden y casi atropellado se recogió a Borja, punto en que se
encontraron varios generales, excepto Don José de Palafox que de mañana
se había ido a Zaragoza.
En tanto que se veía así atacada y deshecha la mitad del ejército
español, acometió a la división de La Peña junto a Cascante el general
Lagrange, trabose vivo choque, y tal que herido el último cejó su
caballería. Creíanse los españoles victoriosos, pero acudiendo gran
golpe de infantería rehiciéronse los jinetes enemigos, y fue a su vez
rechazado La Peña, y forzado a meterse en Cascante. Como espectadoras
se habían en Tarazona mantenido las otras fuerzas de Andalucía, y no
sabemos a qué achacar la morosidad y tardanza del general Grimarest,
quien a pesar de haber para ello recibido temprano orden de Castaños no
se aproximó a Cascante hasta de noche. Todas estas divisiones andaluzas
pudieron sin embargo retirarse ordenadamente hacia Borja conservando su
artillería. Excitó solamente algún desasosiego el volarse en una ermita
un repuesto de pólvora, recelándose que eran enemigos. Fue gran dicha
que no viniera de Soria según pudiera el mariscal Ney. Deteniéndose
este allí tres días para dar descanso a su gente o por otras causas,
dejó a los nuestros libre y franca la retirada.
Perdiéronse en Tudela los almacenes y la artillería del centro y
derecha del ejército, quedando 2000 prisioneros y muchos muertos.
Pudiera decirse que esta batalla se dividió en dos separadas acciones,
la de Tudela y la de Cascante, sin que los españoles se hubieran
concertado ni para la defensa, ni para el ataque. De lo que resulta
grave cargo a los caudillos que mandaban, como también de que no se
emplease una parte considerable de tropas, fuese culpa suya o de jefes
subalternos que no obedecieron. Igualmente quedó cortada, según veremos
después, una parte de la vanguardia que guiaba el conde de Cartaojal.
Cúmulo de desventuras que prueba sobrada imprevisión y abandono.
Después de la batalla las reliquias de los aragoneses, y casi todos
los valencianos y murcianos que de ella escaparon, se metieron en
Zaragoza, como igualmente los más de sus jefes. Castaños prosiguió
a Calatayud adonde llegó el 25 con el ejército de Andalucía. En
persecución suya entró el mismo día en Borja el general Maurice
Mathieu, y allí se le unió el 26 con su gente el mariscal Ney.
[Marginal: Retirada del ejército.] Hasta entonces no se había
encontrado en su retirada el ejército español con los franceses. En
Calatayud recibiendo aviso de la junta central de que Napoleón avanzaba
a Somosierra, y orden para que Castaños fuese al remedio, juntó este
los jefes de las divisiones y acordaron salir el 27 vía de Sigüenza,
debiendo hacer espaldas un cuerpo de 5000 hombres de infantería ligera,
caballería y artillería al mando del general Venegas. Luego vino este a
las manos con el enemigo. A dos leguas de Calatayud cerca de Bubierca
se apostó, según orden del general en jefe, para defender el paso y dar
tiempo a que se alejasen las divisiones. Con dobladas fuerzas asomó
el 29 el general Maurice Mathieu, trabándose desde la mañana hasta
las cuatro de la tarde un reñido y sangriento choque. Se pararon de
resultas en su marcha los franceses, y se logró que llegasen salvas
a Sigüenza nuestras divisiones. [Marginal: Su llegada a Sigüenza. La
Peña, general en jefe.] En esta ciudad, destinado el general Castaños
a desempeñar otras comisiones, se encargó interinamente del mando
del ejército del centro Don Manuel de la Peña. Y por ahora allí le
dejaremos para ocuparnos en referir otros acontecimientos de no menor
cuantía.
Derrotados o dispersos los ejércitos de la izquierda, Extremadura y
centro, creyó Napoleón poder sin riesgo avanzar a Madrid, mayormente
cuando los ingleses estaban lejos para estorbárselo, y no con
bastantes fuerzas para osar interponerse entre él y la frontera de
Francia. Urgíale entrar en la capital de España, así porque imaginaba
ahogar pronto con aquel suceso la insurrección, como también para
asombrar a Europa con el terrible y veloz progreso de sus armas.
Corto embarazo se ofrecía ya por delante al cumplimiento de su deseo.
La junta central después de la rota de Burgos había encargado a Don
Tomás de Morla y al marqués de Castelar atendiesen a la defensa
de Madrid, y de los pasos de Guadarrama, Fonfría, Navacerrada y
Somosierra. Como más expuesto se cuidó en especial del último punto,
enviando para guarnecerle a Don Benito San Juan con los cuerpos que
habían quedado en Madrid de la primera y tercera división de Andalucía
y con otros nuevos, a los que se agregaron reliquias del ejército de
Extremadura, en todo 12.000 hombres y algunos cañones. Endeble reparo
para contener en su marcha al emperador de los franceses.
Con todo a fin de asegurarla obró este precavidamente, tomando varias
y atentas disposiciones. Mandó a Moncey ir sobre Zaragoza, a Ney
continuar en perseguimiento de Castaños, a Soult tener en respeto al
ejército inglés, y a Lefebvre inundar por su derecha la Castilla,
extendiéndose hacia Valladolid, Olmedo y Segovia. Dejó consigo la
guardia imperial, la reserva y el primer cuerpo del mariscal Victor
para penetrar por Somosierra y caer sobre Madrid.
[Marginal: San Juan en Somosierra.]
Salió el 28 de Aranda de Duero, y el 29 sentó en Boceguillas su cuartel
general. Don Benito San Juan se preparaba a recibirle. En lo alto
del puerto había levantado aceleradamente algunas obras de campaña, y
colocado en Sepúlveda una vanguardia a las órdenes de Don Juan José
Sarden. Con ella se encontraron los franceses en la madrugada del 28,
acometiéndola 4000 infantes y 1000 caballos. En vano se esforzaron por
romperla y hacerse dueños de la posición que defendía. Al cabo de horas
de refriega se retiraron y dejaron el campo libre a los nuestros; mas
de poco sirvió. Temores y voces esparcidas por la malevolencia forzaron
a los jefes a replegarse a Segovia en la noche del 29, dejando a San
Juan desamparado y solo en Somosierra con el resto de las fuerzas.
[Marginal: Pasan los franceses el puerto.]
Siendo estas escasas no era aquel paso de tan difícil acceso como se
creía. Dominado el camino real hasta lo alto del puerto por montañas
laterales que le siguen en sus vueltas y sesgos, y enseñoreada la
misma cumbre por cimas más elevadas, era necesario o cubrir con tropas
ligeras los puntos más eminentes, o exponerse, según sucedió, a que el
enemigo flanquease la posición. Densa niebla encapotaba las fraguras al
nacer del 30, en cuya hora atacando a nuestro frente con seis cañones
y una numerosa columna el general Senarmont, desprendiéronse otras dos
también enemigas por derecha e izquierda para atacar nuestros costados.
Repeliose con denuedo por el frente la primera embestida a tiempo que
Napoleón llegó al pie de la sierra. Irritado este e impaciente con la
resistencia mandó entonces soltar a escape por la calzada y contra la
principal batería española los lanceros polacos y cazadores de la
guardia al mando del general Montbrun. Los primeros que acometieron
cubrieron el suelo con sus cadáveres, y en una de las cargas quedó
gravemente herido de tres balazos Mr. Felipe de Segur, estimable autor
de la historia de la campaña de Rusia. Insistiendo de nuevo en atacar
la caballería francesa, y a la sazón que sus columnas de derecha e
izquierda se habían a favor de la niebla encaramado por los lados,
empezaron los nuestros a flaquear abandonando al cabo sus cañones, de
que se apoderaron los jinetes enemigos. San Juan queriendo contener el
desorden de los suyos, recorrió el campo con tal valor y osadía, que
envuelto por lanceros polacos se abrió paso, llegando por trochas y
atajos y herido en la cabeza a Segovia, en cuya ciudad se unió a Don
José Heredia que juntaba dispersos.
[Marginal: Situación de la central.]
Con semejante desgracia Madrid quedaba descubierto, y el gobierno
supremo en sumo riesgo, si de Aranjuez no se transfería en breve a
paraje seguro. Ya al promediar noviembre y a propuesta de Don Gaspar
Melchor de Jovellanos se había pensado en ello, mas con tal lentitud
que fue menester que el 28 se dijese haber asomado hacia Villarejo
partidas enemigas para ocuparse seriamente en el asunto. El compromiso
de la junta era grande, y mayor por un incidente ocurrido en aquellos
días. Figurándose el enemigo que con la ruina y descalabros padecidos
podría entrarse en acomodamiento, había convidado por medio de los
ministros de José a las autoridades supremas a que se sometiesen y
evitasen mayores males con prolongar la resistencia. [Marginal:
Cartas de los ministros de José.] Al propósito escribieron aquellos
tres cartas concebidas en idéntico y literal sentido, una al conde
de Floridablanca, y las otras dos al decano del consejo real y al
corregidor de Madrid. La central sobremanera indignada decretó en 24
de noviembre que dichos escritos fuesen quemados por mano del verdugo,
declarando infidentes y desleales a sus autores, y encargando a la
sala de alcaldes la sustanciación y fallo de la causa. Con lo cual
se respondió a la propuesta, e igualmente al decreto de proscripción
de Napoleón, aunque no tan militar ni arbitrariamente. Mas semejante
resolución metiendo a la junta en nuevos comprometimientos, la impelía
a atender a su propia seguridad.
Las horas ya eran contadas. El 30 exploradores enemigos se habían
divisado en Móstoles, y el 1.º de diciembre muy de mañana súpose lo
acaecido en Somosierra. Con afán y temprano el mismo día congregó
el presidente a los individuos de la junta para que se enterasen de
los partes recibidos. Pensose inmediatamente en abandonar Aranjuez,
pero antes se encaminaron a la capital los recursos disponibles, se
acordaron otras providencias, y se resolvió elegir diferentes vocales
que fuesen a inflamar el espíritu de las provincias. Deliberose
en seguida acerca del paraje en que el gobierno debería fijar su
residencia. Variaron los pareceres, señalose al fin Badajoz. Para
mayor comodidad del viaje se dispuso que los individuos de la junta
se repartiesen en tandas, y para el fácil despacho de los negocios
urgentes se escogió una comisión activa compuesta de los señores
Floridablanca, Astorga, Valdés, Jovellanos, Contamina y Garay.
[Marginal: Abandona la central Aranjuez.] Unos en pos de otros salieron
todos de Aranjuez en la tarde y noche del 1.º al 2 de diciembre. Apenas
con escolta, en medio de tales angustias tuvieron la dicha de que los
pueblos no los molestaran, y de que los franceses no los alcanzasen y
cogiesen. Libres de particular contratiempo llegaron a Talavera de la
Reina en donde volveremos a encontrarlos.
[Marginal: Situación de Madrid.]
En tanto reinaba en Madrid la mayor agitación. Don Tomás de Morla y
el capitán general de Castilla la Nueva marqués de Castelar habían
discurrido calmarla, y aun por orden de la central promulgaron edictos
que pintaban con amortiguados colores las desgracias sucedidas. Sin
embargo no fue dado por más tiempo ocultarlas, acudiendo prófugos de
todos lados. Alterada a su vista la muchedumbre se agolpó a casa de
Castelar que disfrutaba de la confianza pública, y pidió el 30 de
noviembre con gran vocería que se la armase. Así lo prometió, y desde
entonces con mayor diligencia y ahinco se atendió a fortificar la
capital y distribuir a sus vecinos armas y municiones. Madrid no era
en verdad punto defendible, y las obras que se trazaron levantadas
atropelladamente, no fueron tampoco de grande ayuda. Redujéronse a
unos fosos delante de las puertas exteriores, en donde se construyeron
baterías a barbeta que artillaban cañones de corto calibre. Se
aspilleraron las tapias del recinto, abriéndose cortaduras o zanjas en
ciertas calles principales como la de Alcalá, carrera de San Jerónimo
y Atocha. También se desempedraron muchas de ellas, y acumulándose
las piedras en las casas, se parapetaron las ventanas con almohadas y
colchones. Todos corrían a trabajar, siendo el entusiasmo general y
extremado.
En 1.º de diciembre se confió el gobierno político y militar a una
junta que se instaló en la casa de Correos. A su cabeza estaba el
duque del Infantado como presidente del consejo real, y eran además
individuos el capitán general, el gobernador y corregidor, como también
varios ministros de los consejos y regidores de la villa. La defensa de
la plaza se encargó exclusiva y particularmente a Don Tomás de Morla,
que gozaba de concepto de oficial más inteligente que el gobernador Don
Fernando de la Vera y Pantoja. En Madrid no había sino 300 hombres de
guarnición y dos batallones con un escuadrón de nueva leva. Corrió la
voz aquel día de que el enemigo estaba a cinco leguas, y el vecindario
lejos de amilanarse se inflamó con ímpetu atropellado. Repartiéronse
8000 fusiles, chuzos y hasta armas viejas de la armería. Y para guardar
orden se citó a todos por la tarde al Prado, desde donde a cada uno
debía señalarse destino. Escasearon los cartuchos, y aun para muchos
faltaron. Pedíanlos los concurrentes con instancia, mas respondiendo
Morla que no los había, y dentro de algunos habiéndose encontrado
en vez de pólvora arena, creció la desconfianza, lanzáronse gritos
amenazadores, y todo pronosticaba estrepitosa conmoción.
[Marginal: Muerte del marqués de Perales.]
Había entendido como regidor el marqués de Perales en la formación
de los cartuchos, y contra él y su mayordomo se empezó a clamar
desaforadamente. Este marqués era antes el ídolo de la plebe madrileña;
presumía de imitarla en usos y traeres; con nadie sino con ella se
trataba, y aun casi siempre se le veía vestido a su manera con el traje
de majo. Pero acusado con razón o sin ella de haber visitado a Murat
y recibido de este obsequios y buen acogimiento, cambiose el favor
de los barrios en ojeriza. Juntose también para su desdicha la ira y
celos de una antigua manceba a quien por otra había dejado. Tenía el
marqués por costumbre escoger sus amigas entre las mujeres más hermosas
y desenfadadas del vulgo, y era la abandonada hija de un carnicero.
Para vengar esta lo que reputaba ultraje, no solo dio pábulo al cuento
de ser el marqués autor de los cartuchos de arena, sino que también
inventó haber él mismo pactado con los franceses la entrega de la
Puerta de Toledo. Sabido es que entre el bajo pueblo nada halla tanto
séquito como lo que es infundado y absurdo. Y en este caso con mayor
facilidad, saliendo de la boca de quien se creía depositaria de los
secretos del marqués. Vivía este en la calle de la Magdalena, inmediata
al barrio del Avapies [de todos el más desasosegado], y sus vecinos
se agolparon a la casa, la allanaron, cosieron al dueño a puñaladas,
y puesto sobre una estera le arrastraron por las calles. Tal fue el
desastrado fin del marqués de Perales, víctima inocente de la ceguedad
y furor popular, pero que ni era general, ni anciano, ni había nunca
sido mirado como hombre respetable según lo afirma cierto historiador
inglés, empeñado en desdorar y ennegrecer las cosas de España. La
conmoción no fue más allá: personas de influjo y otros cuidados la
sosegaron.
[Marginal: Napoleón delante de Madrid.]
En la mañana del 2 aparecieron sobre las alturas del norte de Madrid
las divisiones de dragones de los generales La Tour Maubourg y
La Houssaye: antes solo se habían columbrado partidas sueltas de
caballería. A las doce Napoleón mismo llegó a Chamartín y se alojó
en la casa de campo del duque del Infantado. Aniversario aquel día
de la batalla de Austerlitz y de su coronación, se lisonjeaba sería
también el de su entrada en Madrid. Con semejante esperanza no tardó en
presentarse en sus cercanías e intimar por medio del mariscal Bessières
la rendición a la plaza. Respondiose con desdén, y aun corrió peligro
de ser atropellado el oficial enviado al efecto. No había la infantería
francesa acabado de llegar, y Napoleón recorriendo los alrededores de
la villa meditaba el ataque para el siguiente día. En este no hubo
sino tiroteos de avanzadas y correrías de la caballería enemiga, que
detenía, despojaba y a veces mataba a los que inhábiles para la defensa
salían de Madrid. Con más dicha y por ser todavía en la madrugada
oscura y nebulosa, pudo alejarse el duque del Infantado comisionado por
la junta permanente para ir hacia Guadalajara en busca del ejército del
centro, al que se consideraba cercano. Por la noche el mariscal Victor
hizo levantar baterías contra ciertos puntos, principalmente contra
el Retiro: y a las doce de la misma el mariscal Berthier, príncipe
de Neuchâtel, mayor general del ejército imperial, repitió nueva
intimación, valiéndose de un oficial español prisionero, a la que se
tardó algunas horas en contestar.
[Marginal: Ataque de Madrid.]
Amaneció el 3 cubierto de niebla, la cual disipándose poco a poco,
aclaró el día a las nueve de la mañana, y apareció bellísimo y
despejado. Napoleón preparado el ataque, dirigió su especial conato a
apoderarse del Retiro, llamando al propio tiempo la atención por las
puertas del Conde-duque y Fuencarral, hasta la de Recoletos y Alcalá, y
colocándose él en persona cerca de la fuente Castellana. Mas barriendo
aquella cañada y cerros inmediatos una batería situada en lo alto de la
escuela de la veterinaria, cayeron algunos tiros junto al emperador,
que diciendo: _estamos muy cerca_, se alejó lo suficiente para librarse
del riesgo. Gobernaba dicha batería un oficial de nombre Vasallo, y
con tal acierto que contuvo a la columna enemiga que quería meterse
por la puerta de Recoletos para coger por la espalda la de Alcalá. Los
ataques de las otras puertas no fueron por lo general sino simulados,
o no hubo sino ligeras escaramuzas, señalándose en la de los Pozos una
cuadrilla de cazadores que se había apostado en las casas de Bringas
allí contiguas. También hubo entre la del Conde-duque y Fuencarral
vivo tiroteo, en los que fue herido en el pie de una bala el general
Maison. Mas el Retiro, cuya eminencia dominando a Madrid es llave de
la posición, fue el verdadero y principal punto atacado. Los franceses
ya en tiempo de Murat habían reconocido su importancia. Los generales
españoles, fuese descuido o fatal acaso, no se habían esmerado en
fortificarle.
Treinta piezas de artillería dirigidas por el general Senarmont
rompieron el fuego contra la tapia oriental. Sus defensores que no
eran sino paisanos, y un cuerpo recién levantado a expensas de Don
Francisco Mazarredo, resistieron con serenidad, hasta que los fuegos
enemigos abrieron un ancho boquerón por donde entraron sus tiradores y
la división del general Villatte. Entonces los nuestros decayendo de
ánimo fueron ahuyentados, y los franceses derramándose con celeridad
por el Prado, obligaron a los comandantes de las puertas de Recoletos,
Alcalá y Atocha a replegarse a las cortaduras de sus respectivas e
inmediatas calles. Pero como aquellas habían sido excavadas en la parte
más elevada, quedaron muchas casas y edificios a merced del soldado
extranjero que las robó y destrozó. Tocó tan mala suerte a la escuela
de mineralogía calle del Turco, en donde pereció una preciosísima
colección de minerales de España y América, reunida y arreglada al cabo
de años de trabajo y penosa tarea.
La pérdida del Retiro no causó en la población desaliento. En
todos los puntos se mantuvieron firmes, y sobre todo en la calle
de Alcalá en donde fue muerto el general francés Bruyère. Castelar
en tanto respondió a la segunda intimación pidiendo una suspensión
de armas durante el día 3 para consultar a las demás autoridades y
ver las disposiciones del pueblo, sin lo cual nada podía resolver
definitivamente. Eran las doce de la mañana cuando llegó esta
respuesta al cuartel general francés, e invadido ya el Retiro desistió
Napoleón de proseguir en el ataque, prefiriendo a sus contingencias el
medio más suave y seguro de una capitulación. Pero para conseguirla
mandó al de Neuchâtel que diese a Castelar una réplica amenazadora
diciendo: «Inmensa artillería está preparada contra la villa, minadores
se disponen para volar sus principales edificios... las columnas ocupan
la entrada de las avenidas... mas el emperador siempre generoso en el
curso de sus victorias, suspende el ataque hasta las dos. Se concederá
a la villa de Madrid protección y seguridad para los habitantes
pacíficos, para el culto y sus ministros, en fin olvido de lo pasado.
Enarbólese bandera blanca antes de las dos, y envíense comisionados
para tratar.»
La junta establecida en correos mandó cesar el fuego, y envió al
cuartel general francés a Don Tomás de Morla y a Don Bernardo Iriarte.
Abocáronse estos con el príncipe de Neuchâtel quien los presentó a
Napoleón: vista que atemorizó a Morla, hombre de corazón pusilánime,
aunque de fiera y africana figura. [Marginal: Conferencia de Morla
con Napoleón.] Napoleón le recibió ásperamente. Echole en cara su
proceder contra los prisioneros franceses de Bailén, sus contestaciones
con Dupont, hasta le recordó su conducta en la guerra de 1793 en el
Rosellón. Por último díjole: «vaya usted a Madrid, doy de tiempo para
que se me responda de aquí a las seis de la mañana. Y no vuelva usted
sino para decirme que el pueblo se ha sometido. De otro modo usted y
sus tropas serán pasados por las armas.»
Demudado volvió a Madrid el general Morla, y embarazosamente dio
cuenta a la junta de su comisión. Tuvo que prestarle ayuda su
compañero Iriarte, más sereno aunque anciano y no militar. [Marginal:
Capitulación.] Hubo disenso entre los vocales: prevaleció la opinión
de la entrega. El marqués de Castelar no queriendo ser testigo de
ella partió por la noche, con la poca tropa que había, camino de
Extremadura. También y antes el vizconde de Gante que mandaba la Puerta
de Segovia salió subrepticiamente del lado del Escorial en busca de San
Juan y Heredia.