Es esta villa muy conocida en España por el privilegio de que gozan

sus naturales de hacer de noche la guardia al rey cerca de su cuarto;

y cuya concesión, según cuentan,[*] sube a Don Sancho García, conde

de Castilla. Está situada en la ribera izquierda del Trueba, y los

españoles colocándose en el camino que viene de Valmaseda dejaron a

su espalda el río y la villa. En una altura elevada de difícil acceso

y a la siniestra parte pusiéronse los asturianos capitaneados por los

generales Acevedo, Quirós y Valdés. La 1.ª división y la reserva con

sus respectivos jefes Don Genaro Figueroa y Don Nicolás Mahy seguían en

la línea descendiendo al llano. El general Riquelme y su 3.ª división

ocupó en el valle lo más abierto del terreno, y la vanguardia, al

mando de Don Gabriel de Mendizábal con seis piezas de artillería

dirigidas por el capitán Don Antonio Roselló, se colocó en un altozano

a la derecha de Espinosa, desde donde se enfilaban las principales

avenidas. Por el mismo lado y más adelante en un espeso bosque y sobre

una loma estaba la división del norte que gobernaba el conde de San

Román, quedando no lejos de la artillería y algo detrás por su derecha

la 2.ª de Martinengo. La fuerza de los españoles no llegaba a 21.000

combatientes.

A la una de la tarde del 10 empezó a avistarse el enemigo, en número

de 25.000 hombres mandados por el mariscal Victor. Se había este

juntado con el mariscal Lefebvre en Valmaseda y separádose en la Nava,

dirigiéndose el segundo a Villarcayo y siguiendo el primero la huella

de Blake con esperanzas ambos de envolverle. Se empeñó la refriega por

donde estaban las tropas del norte, embistiendo el bosque el general

Pacthod. Durante dos horas le defendieron los nuestros con intrepidez,

mas cargando el enemigo en mayor número fue al fin abandonado. La

artillería, manejada con acierto por Roselló, dirigió entonces un fuego

muy vivo contra el bosque, y caminando por orden de Blake para sostener

a San Román la división de Riquelme, se encendió de nuevo la pelea.

Cundió por toda la línea, y aun la izquierda de los asturianos avanzó

para llamar la atención del enemigo. La derecha no solo se mantenía,

sino que volviendo a ganar terreno, estaban las tropas del norte

prontas a recuperar el bosque, cuando la oscuridad de la noche impidió

la continuación del combate, glorioso para los españoles, pero con tan

poca ventura que perdieron dos de sus mejores jefes, el conde de San

Román y Don Francisco Riquelme, mortalmente heridos.

Los españoles, si bien alentados con haber infundido respeto al

enemigo, ya no podían sobrellevar tanto cansancio y trabajos,

careciendo aun de las provisiones más precisas. Malas frutas habían

comido aquellos días, pero ahora apenas les quedaba tan menguado

recurso. Sus heridos yacían abandonados, y si algunos eran recogidos

no podía suministrárseles alivio en medio de sus quejidos y lamentos.

En balde se esmeraba el general en jefe, en balde sus oficiales en

buscar por Espinosa socorros para su gente. Los vecinos habían huido

espantados con la guerra; la tierra de suyo escasa estaba ahora con

aquella ausencia más empobrecida, aumentándose la confusión y el duelo

en medio de la lobreguez de la noche. A su amparo obligó el hambre a

muchos soldados a desarrancarse de sus banderas, particularmente a los

de la división del norte, que eran los que más habían padecido.

Al contrario los franceses, bien alimentados, retirados sus heridos

y puestos otros en lugar de los que el día 10 habían combatido, se

disponían a pelear en la mañana siguiente. Hubiera el general español

obrado con cordura, si atendiendo a las lástimas y apuros de sus

soldados hubiese a la callada y por la noche alzado el campo, y buscado

del lado de Santander o del de Reinosa bastimentos y alivio a los

males. Mas lisonjeándose de que el enemigo se retiraría y queriendo

sacar ventaja del esfuerzo con que sus soldados habían lidiado, se

inclinó a permanecer inmoble y exponerse a nuevo combate.

No tuvo que aguardar largo tiempo: desde el amanecer le renovaron los

franceses. Habían en la víspera notado que en la izquierda de los

españoles estaban tropas bisoñas, y también que la altura que ocupaban

como más elevada, era la llave de la posición. Así se determinaron a

empezar por allí el ataque, siendo el general Maison con su brigada

quien primero embistió a los asturianos. Resistieron estos con denuedo,

y a la voz de sus dignos jefes Acevedo, Quirós y Valdés conserváronse

firmes y serenos, no obstante su inexperiencia. Advirtió el general

enemigo el influjo de dichos jefes, y sobre todo que uno de ellos

montado en un caballo blanco, corriendo a los puntos más peligrosos,

exhortaba a su tropa con la palabra y el gesto. Sin tardanza [según

nos ha contado años adelante en París el mismo general] destacó

tiradores diestros, para que apuntando cuidadosamente disparasen contra

los jefes, y en especial contra el del caballo blanco, que era el

desgraciado Quirós. La orden causó grave mal a los españoles, y decidió

la acción. Los tiradores abrigados de lo irregular y quebrado del

terreno, esparcidos en diversos sitios, arcabuceaban, por decirlo así,

a nuestros oficiales, sin que recibiesen notable daño del fuego cerrado

de nuestras columnas. La poca práctica de la guerra y el escasear

de soldados hábiles, impidió usar del mismo medio que empleaban los

enemigos. A poco fue traspasado de dos balazos Don Gregorio Quirós,

heridos los generales Acevedo y Valdés, con otros jefes, entre los

que se contaron los distinguidos oficiales Don Joaquín Escario y

Don José Peón. La muerte y heridas de caudillos tan amados sembró

profunda aflicción en las filas asturianas, y flaqueando algunos

cuerpos siguiose en todos el mayor desorden. Quiso sostenerlos Blake

enviando a Don Gabriel de Mendizábal para que tomase el mando; mas ya

era tarde. La dispersión había comenzado y los franceses posesionándose

de la altura perseguían a los asturianos, cuyo mayor número huyendo se

enriscó por las asperezas del valle de Pas.

El centro del ejército español y su derecha, que en la noche se habían

agrupado alrededor del altozano donde estaba Roselló con la artillería,

tan luego como se dispersó la izquierda, se vieron acometidos por la

división francesa de Ruffin. Algún tiempo se mantuvieron nuestros

soldados en su puesto, aunque inquietos con la huida de los asturianos;

pero en breve comenzando unos a ciar y otros a desarreglarse, ordenó

el general Blake la retirada, sostenida por la reserva de Don Nicolás

Mahy y las seis piezas del capitán Roselló, perdidas luego en el paso

del Trueba. Hubiera a los nuestros servido de mucho en aquel trance

y en lo demás de la retirada la corta división con 400 caballos que

mandaba el marqués de Malespina, y a los que el general Blake había

ordenado pasar a Villarcayo. Temeroso dicho marqués de ser envuelto

por el mariscal Lefebvre que iba del mismo lado, en vez de aproximarse

a Espinosa tomó otro rumbo, y su división se unió después en diversas

partidas a distintos y lejanos ejércitos. La pérdida de los españoles

en las acciones de Espinosa fue muy considerable, su dispersión casi

completa. La de los franceses cortísima el 11, no dejó la víspera de

ser de importancia.

Señaló Don Joaquín Blake para reunión de sus tropas la villa de

Reinosa, en donde estaba el parque general de artillería y los

almacenes. Llegó el 12 con pocas fuerzas esperando poder rehacerse

algún tanto, y dar vida con las provisiones que allí había a sus

hambrientos y desmayados soldados. Pero la activa diligencia del

enemigo y las desgracias que se agolparon no le dejaron vagar ni

respiro.

[Marginal: Disposiciones de Napoleón.]

Desde que en 8 de noviembre había Napoleón entrado en Vitoria, se

sentía por doquiera su presencia. Servíanle como de mágico impulso

poder inmenso, bélico renombre, imperiosa y presta voluntad. Ya

contamos como de Bayona mismo había ordenado al 1.º y 4.º cuerpo

perseguir al general Blake. Y ahora poniendo particular conato

en enderezar sus pasos a Madrid, cuya toma resonaría en Europa

favorablemente a sus miras, arregló para ello y en breve un plan

general de ataque. Asegurada que fue su derecha por los mencionados

1.º y 4.º cuerpos, encargó al 3.º, del mando del mariscal Moncey, que

observase desde Lodosa el ejército del centro y de Aragón, dejando

además en Logroño a los generales Lagrange y Colbert, del 6.º cuerpo,

cuya principal fuerza, capitaneada por su mariscal Ney, debía caminar a

Aranda de Duero. Tomó el mando del 2.º cuerpo el mariscal Soult, y su

anterior jefe Bessières fue encargado de gobernar la caballería. Ambos,

con Napoleón al frente de la guardia imperial y la reserva, siguieron

el camino real de Madrid dirigiéndose a Burgos.

[Marginal: Acción de Burgos, 10 de noviembre.]

En esta ciudad había comenzado a entrar el ejército de Extremadura

compuesto de unos 18.000 hombres distribuidos en tres divisiones, y a

su frente el conde de Belveder, mozo inexperto nombrado por la junta

central para reemplazar a Don José Galluzo. La 1.ª división estaba allí

desde el 7 de noviembre: se le juntó la 2.ª en la tarde del 9, quedando

todavía atrás y hacia Lerma la 3.ª Así que solo se contaban dentro de

la ciudad y cercanías 12.000 hombres, de ellos 1200 de caballería.

Fiado Belveder en algunas favorables y leves escaramuzas, vivía

tranquilo y de modo que a los oficiales de la 2.ª división que a su

llegada fueron a cumplimentarle, recomendoles el descanso, bastándole

por entonces, según dijo, las fuerzas de la 1.ª división para rechazar

a los franceses caso que le atacasen. Tan ignorante estaba de la

superioridad del enemigo, y tan olvidado de la endeble organización de

sus tropas.

Serían las seis de la mañana del 10 cuando el general Lasalle con

la caballería francesa llegó a Villafría, tres cuartos de legua de

Gamonal, a donde se había adelantado la 1.ª división de Belveder

mandada por Don José María de Alós. Los franceses, como no tenían

consigo infantería, retrocedieron para aguardarla a Ruvena, con lo que

alentados los nuestros resolvieron empeñar una acción. Lasalle rehecho

forzó a los que le seguían a replegarse otra vez a Gamonal, a cuyo

punto había ya acudido lo demás del ejército español. La derecha de

este ocupaba un bosque del lado del río Arlanzón, y la izquierda las

tapias de una huerta o jardín, cubriendo el frente algunos cuerpos

con dieciséis piezas de artillería. Las tropas más bisoñas se pusieron

detrás de las mejor enregimentadas, como lo eran un batallón de

guardias españolas, algunas compañías de valonas, el 2.º de Mallorca y

granaderos provinciales.

Fue pues aproximándose el ejército enemigo: y extendiéndose por

nuestra derecha el general Lasalle se colocó en un llano situado entre

el bosque y el río, al paso que la infantería veterana del general

Mouton intrépidamente acometió dicho bosque guarnecido por la derecha

española, la cual creyéndose envuelta por Lasalle comenzó en breve a

cejar, no obstante el vivo fuego que desde el frente hacían nuestros

cañones. La caballería guiada por Don Juan Henestrosa, hombre valiente,

pero más devoto que entendido militar, trató de dar una carga a la

enemiga. Henestrosa que en realidad mandaba también en jefe, invocando

a los santos del cielo y con tanta bravura como imprudencia, arremetió

contra los jinetes franceses, quienes fácilmente le repelieron y

desbarataron. Entonces fueron del todo deshechos los del bosque: y la

izquierda, aunque no atacada de cerca, comenzó a huir y desbandarse. La

pelea duró poco, y vencidos y vencedores entraron mezclados en Burgos.

El mariscal Bessières tirando por la orilla del río con la caballería

pesada, acuchilló a los soldados fugitivos y cogió varios cañones,

habiéndose perdido catorce y además otros que quedaron en el parque. La

pérdida de los españoles fue considerable, aunque mayor la dispersión

y el desorden; teniendo que arrepentirse, y dolorosamente, el general

Belveder de haberse empeñado con ligereza en acción tan desventajosa.

Entregaron los vencedores al pillaje la ciudad de Burgos apoderándose

de 2000 sacas de lana fina pertenecientes a ricos ganaderos. Llegó el

mismo día el conde de Belveder a Lerma con muchos dispersos, en donde

se encontró con la 3.ª división de Extremadura, ausente de la batalla.

Perseguido por los enemigos pasó a Aranda de Duero, y no seguro todavía

allí, prosiguió hasta Segovia, en cuya ciudad fue relevado del mando

por la junta central que nombró para sucederle a Don José de Heredia.

[Marginal: Resuelve Soult contra Blake.]

El mariscal Soult con la natural presteza de su nación, enviando del

lado de Lerma una columna que persiguiese a los españoles y otra camino

de Palencia y Valladolid, salió en persona el mismo 10 hacia Reinosa

con intento de interceptar a Blake en su retirada. Inútilmente había

este confiado en dar en aquella villa descanso a sus tropas, pues

noticioso de que por Villarcayo se acercaba el mariscal Lefebvre, ya

había el 13 movido su artillería con dirección a León por Aguilar de

Campóo. Iban con ella enfermos y heridos huyendo de un peligro sin

pensar en el otro, no menos terrible, con que tropezaron. Caminaban

cuando se les anunció le aparición por su frente de tropas francesas:

la artillería precipitando su marcha y usando de adecuados medios

pudo salvarse, mas de los heridos los hubo que fueron víctima del

furor enemigo. En su número se contó al general Acevedo. Encontráronle

cazadores franceses del regimiento del coronel Tascher, y sin

miramiento a su estado, ni a su grado, ni a las sentidas súplicas de

su ayudante Don Rafael del Riego, traspasáronle a estocadas. Riego, el

mismo que fue después tan conocido y desgraciado, quedó en aquel lance

prisionero.

Blake acosado y temiendo no solo a los que le habían vencido en

Espinosa, sino también a los mariscales Lefebvre y Soult, que cada

uno por su lado venían sobre él, no pudiendo ya ir a León por tierra

de Castilla, salió de Reinosa en la noche del 13, y se enriscó por

montañas y abismos, enderezándose al valle de Cabuérniga. Llegó allí

a su colmo la necesidad y miseria. El ánimo de Blake andaba del todo

contristado y abatido, mayormente teniendo que entregar a nuevo jefe de

un día a otro y en tan mal estado las pobres reliquias de su ejército,

lo cual le era de gran pesadumbre. La central había nombrado general en

jefe del ejército de la izquierda al marqués de la Romana. Noticioso

Blake en Zornoza del sucesor, no por eso dejó de continuar el plan de

campaña comenzado. Una indisposición, según parece, detuvo a Romana

en el camino, no uniéndose al ejército sino en Renedo, cuando estaba

en completa derrota y dispersión. En tal aprieto pareciole ser más

conveniente dejar a Blake el cuidado de la marcha, ordenándole que se

recogiese por la Liébana a León, en cuya ciudad y ribera derecha del

Esla debía hacer alto y aguardarle.

[Marginal: Diversas direcciones de los mariscales franceses.]

De su lado los mariscales franceses, ahuyentado Blake, tomaron

diversos rumbos. El mariscal Lefebvre con el cuarto cuerpo, después

de descansar algunos días, se encaminó por Carrión de los Condes a

Valladolid. El primer cuerpo, del mando de Victor, juntose en Burgos

con Napoleón, marchando Soult con el segundo a Santander; de cuyo

puerto hecho dueño, y dejando para guarnecerle la división de Bonnet,

persiguió por la costa los dispersos y tropas asturianas que se

retiraban a su país natal. Tuvo en San Vicente de la Barquera un choque

con 4000 de ellos al mando de Don Nicolás de Llano Ponte: los deshizo

y dispersó; y yendo por la Liébana en busca de Blake franqueando

las angosturas de la Montaña y despejándola de soldados españoles,

desembocó rápidamente en las llanuras de tierra de Campos.

[Marginal: Entrada en Burgos de Napoleón.]

Napoleón al propio tiempo y después de la jornada de Gamonal, había

sentado su cuartel general en Burgos. Los vecinos habían huido de la

ciudad, y soledad y silencio no interrumpido sino por la algazara del

soldado vencedor, fue el recibimiento que ofreció al emperador de

los franceses la antigua capital de Castilla. Mas él poco cuidadoso

del modo de pensar de los habitantes, [Marginal: Su decreto de 12 de

noviembre.] revistadas las tropas y tomadas otras providencias, dio

el 12 de noviembre un decreto, en el que concedía en nombre suyo y

de su hermano _perdón general y plena y entera amnistía_ a todos los

españoles que en el espacio de un mes, después de su entrada en Madrid,

depusieran las armas y renunciasen a toda alianza y comunicación con

los ingleses, inclusos los generales y las juntas. Eran exceptuados

de aquel beneficio los duques del Infantado, de Híjar, de Medinaceli,

de Osuna, el marqués de Santa Cruz del Viso, los condes de Fernán

Núñez y de Altamira, el príncipe de Castelfranco, Don Pedro Cevallos

y el obispo de Santander, a quienes se declaraba enemigos de España y

Francia y traidores a ambas coronas; mandando que, aprehendidas sus

personas, fuesen entregados a una comisión militar, pasados por las

armas, y confiscados todos sus bienes, muebles y raíces que tuviesen

en España y reinos extranjeros. Si bien admira la proscripción de unos

individuos cuyo mayor número, si no todos, había pasado a Francia por

engaño o mal de su grado, y prestado allí un juramento que llevaba

visos de forzado, crece el asombro al ver en la lista al obispo

de Santander, que nunca había reconocido al gobierno intruso, ni

rendido obediencia a José ni a su dinastía. Es también de notar que

este decreto de Napoleón fue el primero de proscripción que se dio

entonces en España, no habiendo todavía las juntas de provincia ni la

central ofrecido semejante ejemplo; aunque estuvieran como autoridades

populares más expuestas a ser arrastradas por las pasiones que

dominaban. Siguieron después los gobiernos de España el camino abierto

por Napoleón: camino largo y que solo tiene término en el cansancio, en

las muchas víctimas, o en el recíproco temor de los partidos.

[Marginal: Ejército inglés.]

En Burgos dudó algún tiempo el emperador de los franceses si revolvería

contra Castaños, o si prosiguiendo por la anchurosa Castilla iría al

encuentro del ejército inglés, que presumía se adelantaba a Valladolid.

Mas luego supo que aquel no daba indicio de moverse de los contornos

de Salamanca. Había allí venido desde Lisboa al mando de Sir Juan

Moore, sucesor del general Dalrymple, llamado a Londres según vimos

a dar cuenta de su conducta por la convención de Cintra. El gobierno

inglés, aunque lentamente, había decidido que 30.000 infantes y 5000

caballos de su ejército obrarían en el norte de España; para lo cual se

desembarcarían de Inglaterra 10.000 hombres, sacándose los otros de los

que había en Portugal, en donde solo se dejaba una división. Conforme

a lo determinado, y en cumplimiento de orden que se le comunicó en

26 de octubre, salió de Lisboa el general Moore, y marchando con la

principal fuerza sobre Almeida y Ciudad Rodrigo, llegó a Salamanca el

13 de noviembre. La mayor parte de la artillería y caballería, con 3000

infantes a las órdenes de Sir Juan Hope, la envió por la izquierda de

Tajo a Badajoz a causa de la mayor comodidad de los caminos, debiendo

después pasar a unírsele a Castilla. De Inglaterra había arribado a

la Coruña el 13 de octubre Sir David Baird con los 10.000 hombres

indicados; mas aquella junta insistiendo en no querer su ayuda,

impidió que desembarcasen bajo el pretexto de que necesitaba la venia

de la central. Con tal ocurrencia, otros motivos que se alegaron y la

destrucción de una parte de los ejércitos españoles, no solo retardaron

los ingleses su marcha, sino que también apareció que tenían escasa

voluntad de internarse en Castilla.

Napoleón penetrando pues su pensamiento, hizo correr la tierra llana

por 8000 caballos, así para tener en respeto al inglés como para

aterrar a los habitantes, y resolvió destruir al ejército español del

centro antes de avanzar a Madrid.

[Marginal: Ejército del centro.]

No era dado a dicho ejército ni por su calidad ni por su fuerza

competir con las aguerridas y numerosas tropas del enemigo. Sus

filas solamente se habían reforzado con una parte de la 1.ª y 3.ª

división de Andalucía y algunos reclutas, empeorándose su situación

con interiores desavenencias. Porque censurado su jefe Don Francisco

Javier Castaños de lento y sobradamente circunspecto, los que no eran

parciales suyos, y aun los que anhelaban por mayor diligencia sin

atender a las dificultades, procuraron y consiguieron que se enviasen a

su lado personas que le moviesen y aguijasen. [Marginal: Don Francisco

Palafox enviado por la central.] Recayó la elección en Don Francisco

de Palafox, hermano del capitán general de Aragón e individuo de la

junta central, autorizado con poderes extensos, y a quien acompañaban

el marqués de Coupigny y el conde del Montijo. Siendo el Palafox hombre

estimable, pero de poco valer; Coupigny extranjero y mal avenido desde

Bailén con Castaños; y el del Montijo, más inclinado a meter cizaña

que a concertar ánimos, claro era que con los comisionados en vez de

alcanzarse el objeto deseado, solo se aumentarían tropiezos y embarazos.

[Marginal: Diversos planes.]

Todos juntos y en 5 de noviembre, agregándoseles otros generales y

Don José Palafox que vino de Zaragoza, celebraron consejo de guerra

en el que se acordó, no muy a gusto de Castaños, atacar al enemigo,

a pesar de lo desprovisto y no muy bien ordenado del ejército

español. Disputas y nuevos altercados dilataron la ejecución, hasta

que del todo se suspendió con las noticias infaustas que empezaron a

recibirse del lado de Blake. Proyectáronse otros planes sin resulta;

y agriados muchos contra Castaños, alcanzaron que la junta central

diese el mando de su ejército al marqués de la Romana, a quien antes

se había conferido el de la izquierda. Y en ello se ve cuán a ciegas y

atribulada andaba entonces la autoridad suprema, no pudiéndose llevar

a efecto su resolución por la lejanía en que estaba el marqués y la

priesa que se dio el enemigo a acometer y dispersar nuestros ejércitos.

En esto corrió el tiempo hasta el 19 de noviembre, en que por los

movimientos de los franceses sospechó el general Castaños ser peligrosa

y crítica su situación. No se engañaba. El mariscal Lannes, duque de

Montebello, a quien una caída de caballo había detenido en Vitoria, ya

restablecido se adelantaba, encargado por Napoleón de capitanear en

jefe las tropas de los generales Lagrange y Colbert del sexto cuerpo,

en unión con las del tercero del mando del mariscal Moncey, a las que

debía agregarse la división del general Maurice Mathieu recién llegada

de Francia, y componiendo en todo 30.000 hombres de infantería, 5000 de

caballería y 60 cañones. Se juntaron estas fuerzas desde el 20 al 22 en

Lodosa y sus cercanías. Con su movimiento había de darse la mano otro

del cuerpo de Ney, que constaba de más de 20.000 hombres, cuyo jefe,

destrozado que fue el ejército de Extremadura, avanzaba desde Aranda

de Duero y el Burgo de Osma a Soria, donde entró el 21. De esta manera

trataban los franceses, no solo de impedir al ejército del centro su

retirada hacia Madrid, sino también de sorprenderle por su flanco y

envolverle.

[Marginal: Repliégase Castaños.]

Don Francisco Javier Castaños conservó hasta el 19 su cuartel general

en Cintruénigo, y la posición de Calahorra que había tomado después de

las desgracias de Lerín y Logroño. Juzgó entonces prudente replegarse

y ocupar una línea desde Tarazona a Tudela, extendiéndose por las

márgenes del Quedes y apoyando su derecha en el Ebro. Sus fuerzas, si

se unían con las de Aragón, escasamente ascendían a 41.000 hombres,

entre ellos 3700 de caballería. De las últimas estaba la mayor parte

en Caparroso, y rehusaban incorporarse sin expresa orden del general

Palafox. Felizmente llegó este a Tudela el 22, y con anuencia suya se

aproximaron, celebrándose por la noche en dicha ciudad un consejo de

guerra. Los Palafoxes opinaron por defender a Aragón, sosteniendo que

de ello pendía la seguridad de España. Con mejor acuerdo discurría

Castaños en querer arrimarse a las provincias marítimas y meridionales,

de cuantiosos recursos; no cifrándose la defensa del reino en la de una

parte suya interior, y por tanto más difícil de ser socorrida. Nada

estaba resuelto, según acontece en tales consejos, cuando temprano en

la mañana hubo aviso de que se descubrían los enemigos del lado de

Alfaro.

[Marginal: Batalla de Tudela, 23 de noviembre.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5) · 第 9 / 27 段