sus naturales de hacer de noche la guardia al rey cerca de su cuarto;
y cuya concesión, según cuentan,[*] sube a Don Sancho García, conde
de Castilla. Está situada en la ribera izquierda del Trueba, y los
españoles colocándose en el camino que viene de Valmaseda dejaron a
su espalda el río y la villa. En una altura elevada de difícil acceso
y a la siniestra parte pusiéronse los asturianos capitaneados por los
generales Acevedo, Quirós y Valdés. La 1.ª división y la reserva con
sus respectivos jefes Don Genaro Figueroa y Don Nicolás Mahy seguían en
la línea descendiendo al llano. El general Riquelme y su 3.ª división
ocupó en el valle lo más abierto del terreno, y la vanguardia, al
mando de Don Gabriel de Mendizábal con seis piezas de artillería
dirigidas por el capitán Don Antonio Roselló, se colocó en un altozano
a la derecha de Espinosa, desde donde se enfilaban las principales
avenidas. Por el mismo lado y más adelante en un espeso bosque y sobre
una loma estaba la división del norte que gobernaba el conde de San
Román, quedando no lejos de la artillería y algo detrás por su derecha
la 2.ª de Martinengo. La fuerza de los españoles no llegaba a 21.000
combatientes.
A la una de la tarde del 10 empezó a avistarse el enemigo, en número
de 25.000 hombres mandados por el mariscal Victor. Se había este
juntado con el mariscal Lefebvre en Valmaseda y separádose en la Nava,
dirigiéndose el segundo a Villarcayo y siguiendo el primero la huella
de Blake con esperanzas ambos de envolverle. Se empeñó la refriega por
donde estaban las tropas del norte, embistiendo el bosque el general
Pacthod. Durante dos horas le defendieron los nuestros con intrepidez,
mas cargando el enemigo en mayor número fue al fin abandonado. La
artillería, manejada con acierto por Roselló, dirigió entonces un fuego
muy vivo contra el bosque, y caminando por orden de Blake para sostener
a San Román la división de Riquelme, se encendió de nuevo la pelea.
Cundió por toda la línea, y aun la izquierda de los asturianos avanzó
para llamar la atención del enemigo. La derecha no solo se mantenía,
sino que volviendo a ganar terreno, estaban las tropas del norte
prontas a recuperar el bosque, cuando la oscuridad de la noche impidió
la continuación del combate, glorioso para los españoles, pero con tan
poca ventura que perdieron dos de sus mejores jefes, el conde de San
Román y Don Francisco Riquelme, mortalmente heridos.
Los españoles, si bien alentados con haber infundido respeto al
enemigo, ya no podían sobrellevar tanto cansancio y trabajos,
careciendo aun de las provisiones más precisas. Malas frutas habían
comido aquellos días, pero ahora apenas les quedaba tan menguado
recurso. Sus heridos yacían abandonados, y si algunos eran recogidos
no podía suministrárseles alivio en medio de sus quejidos y lamentos.
En balde se esmeraba el general en jefe, en balde sus oficiales en
buscar por Espinosa socorros para su gente. Los vecinos habían huido
espantados con la guerra; la tierra de suyo escasa estaba ahora con
aquella ausencia más empobrecida, aumentándose la confusión y el duelo
en medio de la lobreguez de la noche. A su amparo obligó el hambre a
muchos soldados a desarrancarse de sus banderas, particularmente a los
de la división del norte, que eran los que más habían padecido.
Al contrario los franceses, bien alimentados, retirados sus heridos
y puestos otros en lugar de los que el día 10 habían combatido, se
disponían a pelear en la mañana siguiente. Hubiera el general español
obrado con cordura, si atendiendo a las lástimas y apuros de sus
soldados hubiese a la callada y por la noche alzado el campo, y buscado
del lado de Santander o del de Reinosa bastimentos y alivio a los
males. Mas lisonjeándose de que el enemigo se retiraría y queriendo
sacar ventaja del esfuerzo con que sus soldados habían lidiado, se
inclinó a permanecer inmoble y exponerse a nuevo combate.
No tuvo que aguardar largo tiempo: desde el amanecer le renovaron los
franceses. Habían en la víspera notado que en la izquierda de los
españoles estaban tropas bisoñas, y también que la altura que ocupaban
como más elevada, era la llave de la posición. Así se determinaron a
empezar por allí el ataque, siendo el general Maison con su brigada
quien primero embistió a los asturianos. Resistieron estos con denuedo,
y a la voz de sus dignos jefes Acevedo, Quirós y Valdés conserváronse
firmes y serenos, no obstante su inexperiencia. Advirtió el general
enemigo el influjo de dichos jefes, y sobre todo que uno de ellos
montado en un caballo blanco, corriendo a los puntos más peligrosos,
exhortaba a su tropa con la palabra y el gesto. Sin tardanza [según
nos ha contado años adelante en París el mismo general] destacó
tiradores diestros, para que apuntando cuidadosamente disparasen contra
los jefes, y en especial contra el del caballo blanco, que era el
desgraciado Quirós. La orden causó grave mal a los españoles, y decidió
la acción. Los tiradores abrigados de lo irregular y quebrado del
terreno, esparcidos en diversos sitios, arcabuceaban, por decirlo así,
a nuestros oficiales, sin que recibiesen notable daño del fuego cerrado
de nuestras columnas. La poca práctica de la guerra y el escasear
de soldados hábiles, impidió usar del mismo medio que empleaban los
enemigos. A poco fue traspasado de dos balazos Don Gregorio Quirós,
heridos los generales Acevedo y Valdés, con otros jefes, entre los
que se contaron los distinguidos oficiales Don Joaquín Escario y
Don José Peón. La muerte y heridas de caudillos tan amados sembró
profunda aflicción en las filas asturianas, y flaqueando algunos
cuerpos siguiose en todos el mayor desorden. Quiso sostenerlos Blake
enviando a Don Gabriel de Mendizábal para que tomase el mando; mas ya
era tarde. La dispersión había comenzado y los franceses posesionándose
de la altura perseguían a los asturianos, cuyo mayor número huyendo se
enriscó por las asperezas del valle de Pas.
El centro del ejército español y su derecha, que en la noche se habían
agrupado alrededor del altozano donde estaba Roselló con la artillería,
tan luego como se dispersó la izquierda, se vieron acometidos por la
división francesa de Ruffin. Algún tiempo se mantuvieron nuestros
soldados en su puesto, aunque inquietos con la huida de los asturianos;
pero en breve comenzando unos a ciar y otros a desarreglarse, ordenó
el general Blake la retirada, sostenida por la reserva de Don Nicolás
Mahy y las seis piezas del capitán Roselló, perdidas luego en el paso
del Trueba. Hubiera a los nuestros servido de mucho en aquel trance
y en lo demás de la retirada la corta división con 400 caballos que
mandaba el marqués de Malespina, y a los que el general Blake había
ordenado pasar a Villarcayo. Temeroso dicho marqués de ser envuelto
por el mariscal Lefebvre que iba del mismo lado, en vez de aproximarse
a Espinosa tomó otro rumbo, y su división se unió después en diversas
partidas a distintos y lejanos ejércitos. La pérdida de los españoles
en las acciones de Espinosa fue muy considerable, su dispersión casi
completa. La de los franceses cortísima el 11, no dejó la víspera de
ser de importancia.
Señaló Don Joaquín Blake para reunión de sus tropas la villa de
Reinosa, en donde estaba el parque general de artillería y los
almacenes. Llegó el 12 con pocas fuerzas esperando poder rehacerse
algún tanto, y dar vida con las provisiones que allí había a sus
hambrientos y desmayados soldados. Pero la activa diligencia del
enemigo y las desgracias que se agolparon no le dejaron vagar ni
respiro.
[Marginal: Disposiciones de Napoleón.]
Desde que en 8 de noviembre había Napoleón entrado en Vitoria, se
sentía por doquiera su presencia. Servíanle como de mágico impulso
poder inmenso, bélico renombre, imperiosa y presta voluntad. Ya
contamos como de Bayona mismo había ordenado al 1.º y 4.º cuerpo
perseguir al general Blake. Y ahora poniendo particular conato
en enderezar sus pasos a Madrid, cuya toma resonaría en Europa
favorablemente a sus miras, arregló para ello y en breve un plan
general de ataque. Asegurada que fue su derecha por los mencionados
1.º y 4.º cuerpos, encargó al 3.º, del mando del mariscal Moncey, que
observase desde Lodosa el ejército del centro y de Aragón, dejando
además en Logroño a los generales Lagrange y Colbert, del 6.º cuerpo,
cuya principal fuerza, capitaneada por su mariscal Ney, debía caminar a
Aranda de Duero. Tomó el mando del 2.º cuerpo el mariscal Soult, y su
anterior jefe Bessières fue encargado de gobernar la caballería. Ambos,
con Napoleón al frente de la guardia imperial y la reserva, siguieron
el camino real de Madrid dirigiéndose a Burgos.
[Marginal: Acción de Burgos, 10 de noviembre.]
En esta ciudad había comenzado a entrar el ejército de Extremadura
compuesto de unos 18.000 hombres distribuidos en tres divisiones, y a
su frente el conde de Belveder, mozo inexperto nombrado por la junta
central para reemplazar a Don José Galluzo. La 1.ª división estaba allí
desde el 7 de noviembre: se le juntó la 2.ª en la tarde del 9, quedando
todavía atrás y hacia Lerma la 3.ª Así que solo se contaban dentro de
la ciudad y cercanías 12.000 hombres, de ellos 1200 de caballería.
Fiado Belveder en algunas favorables y leves escaramuzas, vivía
tranquilo y de modo que a los oficiales de la 2.ª división que a su
llegada fueron a cumplimentarle, recomendoles el descanso, bastándole
por entonces, según dijo, las fuerzas de la 1.ª división para rechazar
a los franceses caso que le atacasen. Tan ignorante estaba de la
superioridad del enemigo, y tan olvidado de la endeble organización de
sus tropas.
Serían las seis de la mañana del 10 cuando el general Lasalle con
la caballería francesa llegó a Villafría, tres cuartos de legua de
Gamonal, a donde se había adelantado la 1.ª división de Belveder
mandada por Don José María de Alós. Los franceses, como no tenían
consigo infantería, retrocedieron para aguardarla a Ruvena, con lo que
alentados los nuestros resolvieron empeñar una acción. Lasalle rehecho
forzó a los que le seguían a replegarse otra vez a Gamonal, a cuyo
punto había ya acudido lo demás del ejército español. La derecha de
este ocupaba un bosque del lado del río Arlanzón, y la izquierda las
tapias de una huerta o jardín, cubriendo el frente algunos cuerpos
con dieciséis piezas de artillería. Las tropas más bisoñas se pusieron
detrás de las mejor enregimentadas, como lo eran un batallón de
guardias españolas, algunas compañías de valonas, el 2.º de Mallorca y
granaderos provinciales.
Fue pues aproximándose el ejército enemigo: y extendiéndose por
nuestra derecha el general Lasalle se colocó en un llano situado entre
el bosque y el río, al paso que la infantería veterana del general
Mouton intrépidamente acometió dicho bosque guarnecido por la derecha
española, la cual creyéndose envuelta por Lasalle comenzó en breve a
cejar, no obstante el vivo fuego que desde el frente hacían nuestros
cañones. La caballería guiada por Don Juan Henestrosa, hombre valiente,
pero más devoto que entendido militar, trató de dar una carga a la
enemiga. Henestrosa que en realidad mandaba también en jefe, invocando
a los santos del cielo y con tanta bravura como imprudencia, arremetió
contra los jinetes franceses, quienes fácilmente le repelieron y
desbarataron. Entonces fueron del todo deshechos los del bosque: y la
izquierda, aunque no atacada de cerca, comenzó a huir y desbandarse. La
pelea duró poco, y vencidos y vencedores entraron mezclados en Burgos.
El mariscal Bessières tirando por la orilla del río con la caballería
pesada, acuchilló a los soldados fugitivos y cogió varios cañones,
habiéndose perdido catorce y además otros que quedaron en el parque. La
pérdida de los españoles fue considerable, aunque mayor la dispersión
y el desorden; teniendo que arrepentirse, y dolorosamente, el general
Belveder de haberse empeñado con ligereza en acción tan desventajosa.
Entregaron los vencedores al pillaje la ciudad de Burgos apoderándose
de 2000 sacas de lana fina pertenecientes a ricos ganaderos. Llegó el
mismo día el conde de Belveder a Lerma con muchos dispersos, en donde
se encontró con la 3.ª división de Extremadura, ausente de la batalla.
Perseguido por los enemigos pasó a Aranda de Duero, y no seguro todavía
allí, prosiguió hasta Segovia, en cuya ciudad fue relevado del mando
por la junta central que nombró para sucederle a Don José de Heredia.
[Marginal: Resuelve Soult contra Blake.]
El mariscal Soult con la natural presteza de su nación, enviando del
lado de Lerma una columna que persiguiese a los españoles y otra camino
de Palencia y Valladolid, salió en persona el mismo 10 hacia Reinosa
con intento de interceptar a Blake en su retirada. Inútilmente había
este confiado en dar en aquella villa descanso a sus tropas, pues
noticioso de que por Villarcayo se acercaba el mariscal Lefebvre, ya
había el 13 movido su artillería con dirección a León por Aguilar de
Campóo. Iban con ella enfermos y heridos huyendo de un peligro sin
pensar en el otro, no menos terrible, con que tropezaron. Caminaban
cuando se les anunció le aparición por su frente de tropas francesas:
la artillería precipitando su marcha y usando de adecuados medios
pudo salvarse, mas de los heridos los hubo que fueron víctima del
furor enemigo. En su número se contó al general Acevedo. Encontráronle
cazadores franceses del regimiento del coronel Tascher, y sin
miramiento a su estado, ni a su grado, ni a las sentidas súplicas de
su ayudante Don Rafael del Riego, traspasáronle a estocadas. Riego, el
mismo que fue después tan conocido y desgraciado, quedó en aquel lance
prisionero.
Blake acosado y temiendo no solo a los que le habían vencido en
Espinosa, sino también a los mariscales Lefebvre y Soult, que cada
uno por su lado venían sobre él, no pudiendo ya ir a León por tierra
de Castilla, salió de Reinosa en la noche del 13, y se enriscó por
montañas y abismos, enderezándose al valle de Cabuérniga. Llegó allí
a su colmo la necesidad y miseria. El ánimo de Blake andaba del todo
contristado y abatido, mayormente teniendo que entregar a nuevo jefe de
un día a otro y en tan mal estado las pobres reliquias de su ejército,
lo cual le era de gran pesadumbre. La central había nombrado general en
jefe del ejército de la izquierda al marqués de la Romana. Noticioso
Blake en Zornoza del sucesor, no por eso dejó de continuar el plan de
campaña comenzado. Una indisposición, según parece, detuvo a Romana
en el camino, no uniéndose al ejército sino en Renedo, cuando estaba
en completa derrota y dispersión. En tal aprieto pareciole ser más
conveniente dejar a Blake el cuidado de la marcha, ordenándole que se
recogiese por la Liébana a León, en cuya ciudad y ribera derecha del
Esla debía hacer alto y aguardarle.
[Marginal: Diversas direcciones de los mariscales franceses.]
De su lado los mariscales franceses, ahuyentado Blake, tomaron
diversos rumbos. El mariscal Lefebvre con el cuarto cuerpo, después
de descansar algunos días, se encaminó por Carrión de los Condes a
Valladolid. El primer cuerpo, del mando de Victor, juntose en Burgos
con Napoleón, marchando Soult con el segundo a Santander; de cuyo
puerto hecho dueño, y dejando para guarnecerle la división de Bonnet,
persiguió por la costa los dispersos y tropas asturianas que se
retiraban a su país natal. Tuvo en San Vicente de la Barquera un choque
con 4000 de ellos al mando de Don Nicolás de Llano Ponte: los deshizo
y dispersó; y yendo por la Liébana en busca de Blake franqueando
las angosturas de la Montaña y despejándola de soldados españoles,
desembocó rápidamente en las llanuras de tierra de Campos.
[Marginal: Entrada en Burgos de Napoleón.]
Napoleón al propio tiempo y después de la jornada de Gamonal, había
sentado su cuartel general en Burgos. Los vecinos habían huido de la
ciudad, y soledad y silencio no interrumpido sino por la algazara del
soldado vencedor, fue el recibimiento que ofreció al emperador de
los franceses la antigua capital de Castilla. Mas él poco cuidadoso
del modo de pensar de los habitantes, [Marginal: Su decreto de 12 de
noviembre.] revistadas las tropas y tomadas otras providencias, dio
el 12 de noviembre un decreto, en el que concedía en nombre suyo y
de su hermano _perdón general y plena y entera amnistía_ a todos los
españoles que en el espacio de un mes, después de su entrada en Madrid,
depusieran las armas y renunciasen a toda alianza y comunicación con
los ingleses, inclusos los generales y las juntas. Eran exceptuados
de aquel beneficio los duques del Infantado, de Híjar, de Medinaceli,
de Osuna, el marqués de Santa Cruz del Viso, los condes de Fernán
Núñez y de Altamira, el príncipe de Castelfranco, Don Pedro Cevallos
y el obispo de Santander, a quienes se declaraba enemigos de España y
Francia y traidores a ambas coronas; mandando que, aprehendidas sus
personas, fuesen entregados a una comisión militar, pasados por las
armas, y confiscados todos sus bienes, muebles y raíces que tuviesen
en España y reinos extranjeros. Si bien admira la proscripción de unos
individuos cuyo mayor número, si no todos, había pasado a Francia por
engaño o mal de su grado, y prestado allí un juramento que llevaba
visos de forzado, crece el asombro al ver en la lista al obispo
de Santander, que nunca había reconocido al gobierno intruso, ni
rendido obediencia a José ni a su dinastía. Es también de notar que
este decreto de Napoleón fue el primero de proscripción que se dio
entonces en España, no habiendo todavía las juntas de provincia ni la
central ofrecido semejante ejemplo; aunque estuvieran como autoridades
populares más expuestas a ser arrastradas por las pasiones que
dominaban. Siguieron después los gobiernos de España el camino abierto
por Napoleón: camino largo y que solo tiene término en el cansancio, en
las muchas víctimas, o en el recíproco temor de los partidos.
[Marginal: Ejército inglés.]
En Burgos dudó algún tiempo el emperador de los franceses si revolvería
contra Castaños, o si prosiguiendo por la anchurosa Castilla iría al
encuentro del ejército inglés, que presumía se adelantaba a Valladolid.
Mas luego supo que aquel no daba indicio de moverse de los contornos
de Salamanca. Había allí venido desde Lisboa al mando de Sir Juan
Moore, sucesor del general Dalrymple, llamado a Londres según vimos
a dar cuenta de su conducta por la convención de Cintra. El gobierno
inglés, aunque lentamente, había decidido que 30.000 infantes y 5000
caballos de su ejército obrarían en el norte de España; para lo cual se
desembarcarían de Inglaterra 10.000 hombres, sacándose los otros de los
que había en Portugal, en donde solo se dejaba una división. Conforme
a lo determinado, y en cumplimiento de orden que se le comunicó en
26 de octubre, salió de Lisboa el general Moore, y marchando con la
principal fuerza sobre Almeida y Ciudad Rodrigo, llegó a Salamanca el
13 de noviembre. La mayor parte de la artillería y caballería, con 3000
infantes a las órdenes de Sir Juan Hope, la envió por la izquierda de
Tajo a Badajoz a causa de la mayor comodidad de los caminos, debiendo
después pasar a unírsele a Castilla. De Inglaterra había arribado a
la Coruña el 13 de octubre Sir David Baird con los 10.000 hombres
indicados; mas aquella junta insistiendo en no querer su ayuda,
impidió que desembarcasen bajo el pretexto de que necesitaba la venia
de la central. Con tal ocurrencia, otros motivos que se alegaron y la
destrucción de una parte de los ejércitos españoles, no solo retardaron
los ingleses su marcha, sino que también apareció que tenían escasa
voluntad de internarse en Castilla.
Napoleón penetrando pues su pensamiento, hizo correr la tierra llana
por 8000 caballos, así para tener en respeto al inglés como para
aterrar a los habitantes, y resolvió destruir al ejército español del
centro antes de avanzar a Madrid.
[Marginal: Ejército del centro.]
No era dado a dicho ejército ni por su calidad ni por su fuerza
competir con las aguerridas y numerosas tropas del enemigo. Sus
filas solamente se habían reforzado con una parte de la 1.ª y 3.ª
división de Andalucía y algunos reclutas, empeorándose su situación
con interiores desavenencias. Porque censurado su jefe Don Francisco
Javier Castaños de lento y sobradamente circunspecto, los que no eran
parciales suyos, y aun los que anhelaban por mayor diligencia sin
atender a las dificultades, procuraron y consiguieron que se enviasen a
su lado personas que le moviesen y aguijasen. [Marginal: Don Francisco
Palafox enviado por la central.] Recayó la elección en Don Francisco
de Palafox, hermano del capitán general de Aragón e individuo de la
junta central, autorizado con poderes extensos, y a quien acompañaban
el marqués de Coupigny y el conde del Montijo. Siendo el Palafox hombre
estimable, pero de poco valer; Coupigny extranjero y mal avenido desde
Bailén con Castaños; y el del Montijo, más inclinado a meter cizaña
que a concertar ánimos, claro era que con los comisionados en vez de
alcanzarse el objeto deseado, solo se aumentarían tropiezos y embarazos.
[Marginal: Diversos planes.]
Todos juntos y en 5 de noviembre, agregándoseles otros generales y
Don José Palafox que vino de Zaragoza, celebraron consejo de guerra
en el que se acordó, no muy a gusto de Castaños, atacar al enemigo,
a pesar de lo desprovisto y no muy bien ordenado del ejército
español. Disputas y nuevos altercados dilataron la ejecución, hasta
que del todo se suspendió con las noticias infaustas que empezaron a
recibirse del lado de Blake. Proyectáronse otros planes sin resulta;
y agriados muchos contra Castaños, alcanzaron que la junta central
diese el mando de su ejército al marqués de la Romana, a quien antes
se había conferido el de la izquierda. Y en ello se ve cuán a ciegas y
atribulada andaba entonces la autoridad suprema, no pudiéndose llevar
a efecto su resolución por la lejanía en que estaba el marqués y la
priesa que se dio el enemigo a acometer y dispersar nuestros ejércitos.
En esto corrió el tiempo hasta el 19 de noviembre, en que por los
movimientos de los franceses sospechó el general Castaños ser peligrosa
y crítica su situación. No se engañaba. El mariscal Lannes, duque de
Montebello, a quien una caída de caballo había detenido en Vitoria, ya
restablecido se adelantaba, encargado por Napoleón de capitanear en
jefe las tropas de los generales Lagrange y Colbert del sexto cuerpo,
en unión con las del tercero del mando del mariscal Moncey, a las que
debía agregarse la división del general Maurice Mathieu recién llegada
de Francia, y componiendo en todo 30.000 hombres de infantería, 5000 de
caballería y 60 cañones. Se juntaron estas fuerzas desde el 20 al 22 en
Lodosa y sus cercanías. Con su movimiento había de darse la mano otro
del cuerpo de Ney, que constaba de más de 20.000 hombres, cuyo jefe,
destrozado que fue el ejército de Extremadura, avanzaba desde Aranda
de Duero y el Burgo de Osma a Soria, donde entró el 21. De esta manera
trataban los franceses, no solo de impedir al ejército del centro su
retirada hacia Madrid, sino también de sorprenderle por su flanco y
envolverle.
[Marginal: Repliégase Castaños.]
Don Francisco Javier Castaños conservó hasta el 19 su cuartel general
en Cintruénigo, y la posición de Calahorra que había tomado después de
las desgracias de Lerín y Logroño. Juzgó entonces prudente replegarse
y ocupar una línea desde Tarazona a Tudela, extendiéndose por las
márgenes del Quedes y apoyando su derecha en el Ebro. Sus fuerzas, si
se unían con las de Aragón, escasamente ascendían a 41.000 hombres,
entre ellos 3700 de caballería. De las últimas estaba la mayor parte
en Caparroso, y rehusaban incorporarse sin expresa orden del general
Palafox. Felizmente llegó este a Tudela el 22, y con anuencia suya se
aproximaron, celebrándose por la noche en dicha ciudad un consejo de
guerra. Los Palafoxes opinaron por defender a Aragón, sosteniendo que
de ello pendía la seguridad de España. Con mejor acuerdo discurría
Castaños en querer arrimarse a las provincias marítimas y meridionales,
de cuantiosos recursos; no cifrándose la defensa del reino en la de una
parte suya interior, y por tanto más difícil de ser socorrida. Nada
estaba resuelto, según acontece en tales consejos, cuando temprano en
la mañana hubo aviso de que se descubrían los enemigos del lado de
Alfaro.
[Marginal: Batalla de Tudela, 23 de noviembre.]