Cruz en cumplimiento de lo que se le mandaba fortificó según pudo el

convento de Capuchinos y el palacio cuyo edificio había de ser su

último refugio. No tardó en saber que iba a ser atacado, y de ello dio

aviso el 25 al general Grimarest. En efecto en la madrugada del 26

le acometieron los enemigos valerosamente rechazados por sus tropas.

Con más gente insistieron aquellos en su propósito a las nueve de la

mañana, y los nuestros replegándose al palacio no dieron oídos a la

intimación que de rendirse se les hizo. Renovaron varias veces los

franceses sus embestidas con 6000 infantes, con artillería y 700 u

800 caballos, y los de Cruz que no excedían de 1000 continuaron en

repelerlos hasta entrada la noche con la esperanza de que Grimarest,

según lo prometido, vendría en su auxilio. Los destacamentos de

Carcar y Sesma aunque lo intentaron no pudieron por su corta fuerza

dar ayuda. Amaneció el día siguiente, y sin municiones ni noticia

de Grimarest se vio forzado Cruz a capitular con el enemigo, quien

celebrando su valor y el de su gente, le concedió salir del palacio

con todos los honores de la guerra, debiendo después ser canjeados por

otros prisioneros. Brillante acción fue la de Lerín aunque desgraciada,

siendo los tiradores de Cádiz soldados nuevos, no familiarizados con

los rigores de la guerra. Censurose al Grimarest haber avanzado hasta

Lerín aquellas tropas para abandonarlas después a su aciaga suerte;

pues en vez de correr en su auxilio, con pretexto de una orden de La

Peña evacuó a Lodosa, y repasando el Ebro se situó en la torre de

Sartaguda.

O’Neille, más dichoso en aquellos días, obligó al enemigo a retirarse

de Nardues a Monreal: corta compensación de la anterior pérdida y de la

que se experimentó en Logroño. El mariscal Ney había atacado y repelido

el 24 los puestos avanzados de las tropas de Castilla, colocándose el

25 en las alturas que hacen frente a aquella ciudad del otro lado del

Ebro. El general Castaños, que entonces se encontraba allí, mandó a

Pignatelli que sostuviese el punto, a no ser que los enemigos cruzando

el río se adelantasen por la derecha, en cuyo caso se situaría en la

sierra de Cameros sobre Nalda. Ordenó también que el batallón ligero

de Campomayor fuese a reforzarle y desalojar al enemigo de las alturas

ocupadas. [Marginal: Retirada de los castellanos de Logroño.] Inútiles

prevenciones. Castaños volvió a Calahorra, y Pignatelli evacuó el 27

a Logroño con tal precipitación y desorden, que no parando hasta

Cintruénigo, dejó al pie de la sierra de Nalda sus cañones, y los

soldados desparramados, que durante veinticuatro horas le siguieron

unos en pos de otros. El pavor que se había apoderado de sus ánimos

era tanto menos fundado, cuanto que 1500 hombres al mando del conde de

Cartaojal, volviendo a Nalda, recobraron los cañones en el sitio en que

quedaron abandonados, y a donde no había penetrado el enemigo.

[Marginal: Arreglo que en su ejército hace el general Castaños.]

El general Castaños, justamente irritado contra Pignatelli, le quitó

el mando, e incorporando la colecticia gente de Castilla en sus otras

divisiones, hizo algunas leves mudanzas en su ejército. Por de pronto

formó una vanguardia de 4000 hombres de infantería y caballería,

regida por el conde de Cartaojal, la cual había de maniobrar por las

faldas de la sierra de Cameros desde el frente de Logroño hasta el

de Lodosa, y dio el nombre de 5.ª división a los 4500 valencianos y

murcianos repartidos entre Alfaro y Tudela, al mando de Don Pedro Roca.

[Marginal: Se sitúa en Cintruénigo y Calahorra.] Reconcentró la demás

fuerza en Calahorra y sus alrededores, y escarmentado con lo ocurrido

se resolvió antes de emprender cosa alguna a aguardar las demás tropas

que debían agregarse al ejército del centro, y respuesta del general

Blake al plan comunicado.

[Marginal: Napoleón.]

Napoleón en tanto se preparaba a destruir en su raíz la noble

resistencia de un pueblo cuyo ejemplo era de temer cundiese a las

naciones y reyes que gemían bajo su imperial dominación. En un

principio se había figurado que con las tropas que tenía en la

península podría comprimir los aislados y parciales esfuerzos de los

españoles, y que su alzamiento de corta duración pasaría silencioso

en la historia del mundo. Desvanecida su ilusión con los triunfos

de Bailén, la tenaz defensa de Zaragoza y las proezas de Cataluña y

Valencia, pensó apagar con extraordinarios medios un fuego que tan

grande hoguera había encendido. Fue anuncio precursor de su propósito

el publicar en 6 de septiembre en el _Monitor_ y por primera vez una

relación circunstanciada de las novedades de la península, si bien

pintadas y desfiguradas a su sabor.

[Marginal: Su mensaje al senado.]

Había precedido en 4 del mismo mes a esta publicación un mensaje del

emperador al senado con tres exposiciones, de las que dos eran del

ministro de negocios extranjeros Mr. de Champagny y una del de la

guerra Mr. Clarke. Las del primero llevaban fecha de 24 de abril y

1.º de septiembre. En la de abril después de manifestar Mr. Champagny

la necesidad de intervenir en los asuntos de España, asentaba que la

revolución francesa habiendo roto el útil vínculo que antes unía a

ambas naciones gobernadas por una sola estirpe, era político y justo

atender a la seguridad del imperio francés, y libertar a España del

influjo de Inglaterra; lo cual, añadía, no podría realizarse, ni

reponiendo en el trono a Carlos IV ni dejando en él a su hijo. En la

exposición de septiembre hablábase ya de las renuncias de Bayona, de

la constitución allí aprobada, y en fin se revelaban los disturbios

y alborotos de España, provocados según el ministro por el gobierno

británico que intentaba poner aquel país a su devoción y tratarle

como si fuera provincia suya. Mas aseguraba que tamaña desgracia nunca

se efectuaría estando preparados para evitarla 2.000.000 de hombres

valerosos que arrojarían a los ingleses del suelo peninsular.

[Marginal: Leva de nuevas tropas.]

Pronosticaban tan jactanciosas palabras demanda de nuevos sacrificios.

Tocó especificarlos a la exposición del ministro de la guerra. En ella

pues se decía, que habiendo resuelto S. M. I. juntar al otro lado

de los Pirineos más de 200.000 hombres, era indispensable levantar

80.000 de la conscripción de los años 1806, 7, 8 y 9, y ordenar que

otros 80.000 de la del 10 estuviesen prontos para el enero inmediato.

Al día siguiente de leídas estas exposiciones y el mensaje que las

acompañaba, contestó el senado aprobando y aplaudiendo lo hecho, y las

medidas propuestas; y asegurando también que la guerra con España era

«política, justa y necesaria.» A tan mentido y abyecto lenguaje había

descendido el cuerpo supremo de una nación culta y poderosa.

Por anteriores órdenes habían ya empezado a venir del norte de Europa

muchas de las tropas francesas allí acantonadas. A su paso por París

hizo reseña de varias de ellas el emperador Napoleón, pronunciando para

animarlas una arenga enfática y ostentosa.

[Marginal: Conferencias de Erfurt.]

No satisfecho este con las numerosas huestes que encaminaba a España,

trató también de asegurar el buen éxito de la empresa estrechando su

amistad y buena armonía con el emperador de Rusia. Sin determinar

tiempo se había en Tilsit convenido en que más adelante se avistarían

ambos príncipes. Los acontecimientos de España, incertidumbres sobre

la Alemania y aun dudas sobre la misma Rusia obligaron a Napoleón a

pedir la celebración de las proyectadas vistas. Accedió a su demanda el

emperador Alejandro, quien y el de Francia, puestos ambos de acuerdo

llegaron a Erfurt, lugar señalado para la reunión, el 27 de septiembre.

Concurrieron allí varios soberanos de Alemania, siendo el de Austria

representado por su embajador, y el de Prusia por su hermano el

príncipe Guillermo. Reinó entre todos la mayor alegría, satisfacción y

cordialidad, pasándose los días y las noches en diversiones y festines,

sin reparar que en medio de tantos regocijos no solo legítimos monarcas

sancionaban la usurpación más escandalosa, y autorizaban una guerra que

ya había hecho correr tantas lágrimas, sino que también tachando de

insurrección la justa defensa y de rebeldía la lealtad, abrían ancho

portillo por donde más adelante pudieran ser acometidos sus propios

pueblos y atropellados sus derechos. Ni motivos tan poderosos, ni tales

temores detuvieron al emperador Alejandro. Contento con los obsequios

de su aliado y algunas concesiones, reconoció por rey de España a

José, y dejó a Napoleón en libertad de proceder en los asuntos de la

península según conviniese a sus miras.

[Marginal: Correspondencia con el gobierno inglés.]

Mas al propio tiempo y para aparentar deseos de paz, cuando después de

lo estipulado era imposible ajustarla, determinaron entablar acerca de

tan grave asunto correspondencia con Inglaterra. Ambos emperadores

escribieron en una y sola carta al rey Jorge III, y sus ministros

respectivos pasaron notas con aviso de que plenipotenciarios rusos se

enviarían a París para aguardar la respuesta de Inglaterra: los que en

unión con los de Francia concurrirían al punto del continente que se

señalase para tratar.

En contestación, Mr. Canning escribió el 28 de octubre dos cartas a los

ministros de Rusia y Francia, acompañadas de una nota común a ambos.

Al primero le decía, que aunque S. M. B. deseaba dar respuesta directa

al emperador su amo, el modo desusado con que este había escrito le

impedía considerar su carta como privada y personal, siendo por tanto

imposible darle aquella señal de respeto sin reconocer títulos que

nunca había reconocido el rey de la Gran Bretaña. Que la proposición de

paz se comunicaría a Suecia y a España. Que era necesario estar seguro

de que la Francia admitiría en los tratos al gobierno de la última

nación, y que tal sin duda debía de ser el pensamiento del emperador de

Rusia, según el vivo interés que siempre había mostrado en favor del

bienestar y dignidad de la monarquía española; lo cual bastaba para no

dudar que S. M. I. nunca sería inducido a sancionar por su concurrencia

o aprobación usurpaciones fundadas en principios no menos injustos que

de peligroso ejemplo para todos los soberanos legítimos. En la carta

al ministro de Francia se insistía en que entrasen como partes en la

negociación Suecia y España.

El mismo Mr. Canning respondió ampliamente en la nota que iba para

dichos dos ministros a la carta autógrafa de ambos emperadores.

Sentábase en ella que los intereses de Portugal y Sicilia estaban

confiados a la amistad y protección del rey de la Gran Bretaña, el cual

también estaba unido con Suecia, así para la paz como para la guerra.

Y que si bien con España no estaba ligado por ningún tratado formal,

había sin embargo contraído con aquella nación a la faz del mundo

empeños tan obligatorios como los más solemnes tratados; y que por

consiguiente el gobierno que allí mandaba a nombre de S. M. C. Fernando

VII, debería asimismo tomar parte en las negociaciones.

El ministro ruso replicó no haber dificultad en cuanto a tratar con los

soberanos aliados de Inglaterra; pero que de ningún modo se admitirían

los plenipotenciarios de los insurgentes españoles [así los llamaba],

puesto que José Bonaparte había ya sido reconocido por el emperador

su amo como rey de España. Menos sufrida y más amenazadora fue la

contestación de Mr. Champagny ministro de Francia.

[Marginal: Fin de la correspondencia.]

Diose fin a la correspondencia con nuevos oficios en 9 de diciembre de

Mr. Canning, concluyendo este con repetir al francés, «que S. M. B.

estaba resuelto a no abandonar la causa de la nación española y de la

legítima monarquía de España; añadiendo que la pretensión de la Francia

de que se excluyese de la negociación el gobierno central y supremo que

obraba en nombre de S. M. C. Fernando VII, era de naturaleza a no ser

admitida por S. M. sin condescender con una usurpación que no tenía

igual en la historia del universo.»

[Marginal: Discurso de Napoleón al cuerpo legislativo.]

Contaba Napoleón tan poco con esta negociación, que volviendo a París

el 18 de octubre, y abriendo el 25 el cuerpo legislativo, después de

tocar en su discurso muy por encima el paso dado en favor de las paces,

dijo: «parto dentro de pocos días para ponerme yo mismo al frente de

mi ejército, coronar con la ayuda de Dios en Madrid al rey de España,

y plantar mis águilas sobre las fortalezas de Lisboa.» Palabras

incompatibles con ningún arreglo ni pacificación, y tan conformes

con lo que en su mente había resuelto, que sin aguardar respuesta de

Londres a la primera comunicación, partió de París el 29 de octubre

llegando a Bayona en 3 de noviembre.

[Marginal: Fuerza y división del ejército francés.]

Empezaban ya entonces a tener cumplida ejecución las providencias

que había acordado para sujetar y domeñar en poco tiempo la altiva

España. Sus tropas acudían de todas partes a la frontera, y variando

por decreto de septiembre la forma que tenía el ejército de José, le

incorporó al que iba a reforzarle, dividiendo su conjunto en ocho

diversos cuerpos a las órdenes de señalados caudillos, cuyos nombres y

distribución nos parece conveniente especificar.

1.er Cuerpo. Mariscal Victor, duque de Bellune.

2.º Cuerpo. Mariscal Bessières, duque de Istria.

3.er Cuerpo. Mariscal Moncey, duque de Cornegliano.

4.º Cuerpo. Mariscal Lefebvre, duque de Danzig.

5.º Cuerpo. Mariscal Mortier, duque de Treviso.

6.º Cuerpo. Mariscal Ney, duque de Elchingen.

7.º Cuerpo. El general Saint-Cyr.

8.º Cuerpo. El general Junot, duque de Abrantes.

A veces, según iremos viendo, se sustituyeron nuevos jefes en lugar de

los nombrados. El total de hombres, sin contar con enfermos y demás

bajas, ascendía a 250.000 combatientes, pasando de 50.000 los caballos.

De estos cuerpos el 7.º estaba destinado a Cataluña, el 5.º y 8.º

llegaron más tarde. Los otros en su mayor parte aguardaban ya a su

emperador para inundar, a manera de raudal arrebatado, las provincias

españolas.

[Marginal: Cruza Napoleón el Bidasoa.]

Napoleón cruzó el Bidasoa el 8 de noviembre acompañado de los

mariscales Soult y Lannes, duques de Dalmacia y de Montebello. Llegó

el mismo día a Vitoria, donde estaba José y el cuartel general. Las

tropas francesas habían conservado del lado de Navarra y Castilla casi

las mismas posiciones que ocuparon después de las jornadas de Lerín

y Logroño. No así por el de Vizcaya. Inquieto el mariscal Lefebvre,

sucesor del general Merlin, de los movimientos del ejército de Don

Joaquín Blake, había pensado con el 4.º cuerpo arrojarle de Zornoza.

Firme el general español desde el 25 de octubre en conservar aquel

sitio, celebró en 28 un consejo de guerra. Los más prudentes estuvieron

por replegarse: hubo quien opinó por acometer sin dilación al enemigo.

Andaba indeciso el general en jefe, no pareciéndole acertado el último

dictamen, y receloso de abrazar el primero en una sazón en que los

pueblos tildaban de traidor al general que los dejaba con su retirada

a merced del enemigo. [Marginal: Acción de Zornoza, 31 de octubre.]

Entre dudas llegó el 31 de octubre, día en que el mariscal Lefebvre

atacó a los españoles. La fuerza que este tenía era de 26.000 hombres,

la nuestra 16.500. Había también contado Blake con que apoyaría su

derecha la división de Martinengo con algunos caballos mandados por

el marqués de Malespina, y una de Asturias gobernada por Don Vicente

María de Acevedo. Mas avanzando ambas hasta Villaró y Dima, se vieron

separadas del cuerpo principal del ejército por fragosas sierras y

caminos intransitables. Grande inadvertencia ordenar un movimiento sin

cabal noticia del terreno.

El mariscal Lefebvre al amanecer del 31 empezó su embestida a favor

de una densa niebla. Las vanguardias de ambos ejércitos estaban a un

lado y otro de la hondonada que forma el monte de San Martín y la

altura arbolada de Bernagoitia, por donde atraviesa el camino real. La

vanguardia española, regida por el brigadier Don Gabriel de Mendizábal,

enseñoreaba la última posición de las nombradas, que fue acometida

primeramente por la división del general Villatte. Apoyaron y siguieron

a este las divisiones de los generales Sebastiani y Leval, y empeñada

toda nuestra vanguardia peleó largo rato esforzadamente. Causábale gran

daño la artillería enemiga, sin que a sus fuegos pudiera responder

careciendo de igual arma. Rota al fin se recogió al amparo de la 1.ª

y 4.ª división apostadas en el monte de San Miguel. La 1.ª, del mando

de Don Genaro Figueroa, oficial sabio y bizarro, repelió con su vivo

y acertado fuego al enemigo, impidiéndole apoderarse de un mogote que

ocupaba en dicho monte; pero la 4.ª, falta de cañones como lo demás del

ejército, fue arrollada, habiendo el enemigo avanzado su artillería por

el camino real, y sosteniéndola con infantería y caballería. Entonces

Blake conociendo su desventaja determinó retirarse, para lo que

poniéndose a la cabeza de los granaderos provinciales, y siguiéndole

la reserva mandada por Don Nicolás Mahy, contuvo al enemigo y dio

lugar a que todas las fuerzas, reuniéndose en las faldas del monte de

Santa Cruz de Bizcargui, emprendiesen la retirada. La 3.ª división, al

mando de Don Francisco Riquelme, estuvo alejada de las otras y en la

orilla opuesta del río, en donde sosteniendo un choque del enemigo, se

replegó separadamente no siéndole dado unirse al grueso del ejército.

Los franceses, atentos a la aspereza de la tierra y a que los nuestros

se retiraban en bastante buen orden, dejaron de perseguirlos de

cerca y molestarlos. La pérdida fue corta de ambas partes: quizá la

victoria hubiera sido más dudosa si el general español no se hubiera de

antemano despojado de la artillería, enviándola camino de Bilbao. Ha

habido quien le disculpe con el propósito que tenía de retirarse; pero

ciertamente fue descuido quedarse del todo desprovisto de tan necesaria

ayuda enfrente de un enemigo activo y emprendedor. Blake continuó por

la noche su marcha, y sin detenerse en Bilbao más que para acopiar

algunas vituallas, uniéndose después con Riquelme, tomaron juntos la

vuelta de Valmaseda. El mariscal Lefebvre los siguió de lejos hasta

Güeñes, en donde habiendo dejado para observarlos al general Villatte

con 7000. hombres, retrocedió a Bilbao.

José, aunque desaprobaba como precipitada la tentativa de aquel

mariscal, no siendo ya dueño de evitarla, mandó de Vitoria que una

división del primer cuerpo del mariscal Victor se extendiese por el

valle de Orduña para favorecer los movimientos de Lefebvre, y que otra

del 2.º cuerpo se dirigiese a Berberena, ya para unirse con la primera,

o ya para perseguir a Blake si se retiraba del lado de Villarcayo. La

del valle de Orduña se encontró en su marcha con los generales Acevedo

y Martinengo, que vimos separados del ejército en Villaró. Inciertos

estos jefes de la suerte de Blake, e informados tarde y confusamente

de la acción de Zornoza, creyeron arriesgada su posición y trataron

de alejarse por Oquendo, Miravalles y Llodio. En el camino y cerca

de Menagaray fue su encuentro con la mencionada división francesa.

Presentáronle los nuestros firme rostro, e imaginándose los contrarios

haber tropezado con todo el ejército de Blake, no insistieron en atacar

y se replegaron a Orduña. Los españoles entonces mejoraron su posición

colocándose en una altura agria cerca de Orrantia.

Blake el 3 de noviembre se había reconcentrado en la Nava, dos leguas

más allá de Valmaseda yendo de Bilbao. Poco antes se le incorporó la

mayor parte de la fuerza que había venido de Dinamarca y que estaba a

las órdenes del conde de San Román, y en el mismo Nava otra división

de Asturias a las de Don Gregorio Quirós, componiendo en todo los que

se reunieron de 8 a 9000 hombres. La caballería venida del norte,

hallándose desmontada, había partido al mediodía de España para

proveerse de caballos. Reforzado así el ejército de Blake, y enterado

este del aprieto de Acevedo y Martinengo, sin tardanza determinó

librarlos. Moviose pues hacia Valmaseda cuyo punto debía acometer la

4.ª división, ahora mandada por Don Esteban Porlier, en tanto que la

de San Román se dirigía al Berrón una legua distante; la 3.ª y la

asturiana de Quirós a Arciniega, y lo demás de la fuerza a Orrantia, en

donde era de presumir permaneciesen las divisiones comprometidas. No se

engañaron, encontrándose luego unos y otros con inexplicable gozo.

[Marginal: De Valmaseda, 4 de noviembre.]

Fue en aquel mismo instante cuando se rompió el fuego por los que se

habían adelantado a Valmaseda, cuyo camino corre al pie de las alturas

que ocupaban las divisiones extraviadas. Atacado impensadamente el

general francés Villatte, retirose con demasiada priesa, hasta que

volviendo en sí juntó su gente a la ribera izquierda del Salcedón.

Visto lo cual por el general Acevedo, se aproximó con cuatro cañones de

montaña a una de las dos eminencias que forman el valle de Valmaseda,

y enviando por un rodeo dos batallones para que estrechasen a los

franceses por retaguardia, sobrecogió a estos, que desbaratados huyeron

en el mayor desorden hasta Güeñes. Perdieron un cañón, carros de

municiones y muchos equipajes, entre los que se contaba el del general

Villatte. Debiose principalmente la victoria al acierto y pronta

decisión de Don Vicente María de Acevedo.

Napoleón supo en Bayona los ataques ocurridos desde el 31, y

desagradole que el mariscal Lefebvre hubiese comenzado a guerrear

antes de su llegada, y aun también que José le prestase ayuda: ya

porque juzgase expuesto un movimiento parcial y aislado, o ya más bien

porque no quisiese que empezasen triunfos y victorias antes de que él

en persona capitanease su ejército. Sin embargo temeroso de alguna

desgracia, mandó prontamente que el mariscal Lefebvre con el 4.º cuerpo

continuase desde Bilbao en perseguir a Blake, y que el mariscal Victor

con el 1.º marchase por Orduña y Amurrio contra Valmaseda, formando un

total de 50.000 hombres.

[Marginal: Reconocimiento hacia Güeñes en 7 de noviembre.]

Avanzaban ambos mariscales a la propia sazón que Blake queriendo

aprovecharse de la ventaja alcanzada en Valmaseda y reconocer las

fuerzas del enemigo, iba el 7 la vuelta de San Pedro de Güeñes. La

víspera había el general español enviado sobre su izquierda a Sopuerta

la 4.ª división, que no pudiendo reincorporarse al ejército se

retiró por Lanestosa a Santander. El mismo día, no queriendo tampoco

Blake dejar descubierta su derecha, dirigió camino de Villarcayo y

de Medina de Pomar al marqués de Malespina con los 400 caballos que

había y algunos infantes. Por su lado el general en jefe se encontró

con el mariscal Lefebvre; peleando los españoles con bizarría,

particularmente la división de Figueroa y el batallón de estudiantes

de Santiago, apellidado literario. Al caer la noche hubieron los

nuestros de replegarse vista la superioridad del enemigo, y a pesar de

ser el tiempo muy lluvioso, prosiguieron ordenadamente su retirada,

ocupando el 8 a Valmaseda y pueblos vecinos.

La tarde de dicho día, agolpándose del lado de Orduña y de Bilbao todas

las fuerzas de los mariscales Victor y Lefebvre que caminaban a unirse,

levantaron los nuestros su campo dirigiéndose a la Nava. Quedaron a

la retaguardia para proteger el movimiento algunos batallones de la

división de Martinengo y asturianos al mando de Don Nicolás de Llano

Ponte, quien poco avisado, dejándose cortar por el enemigo, nunca se

volvió a incorporar con el grueso del ejército, yéndose del lado de

Santander. Los mariscales franceses se juntaron en Valmaseda, y Blake

llegó el 9 en la tarde a Espinosa de los Monteros.

Disminuíase su ejército teniendo desde el 31 que pelear a la continua

con el enemigo, la lluvia, el frío, el hambre, la desnudez. Rigurosa

suerte aun para soldados veteranos y endurecidos; insoportable para

bisoños y poco disciplinados. La escasez de víveres fue extrema,

viéndose obligados hasta los mismos jefes a mantenerse con mazorcas

de maíz y malas frutas. Provenía miseria tanta del mal arreglo en

el ramo de hacienda, y de haber contado el general en jefe con ser

abastecido por la costa, sin cuidar convenientemente de adoptar otros

medios: enseñando la práctica militar, como ya decía Vegecio «que [*]

[Marginal: (* Ap. n. 6-6.)] la penuria más veces que la pelea acaba con

un ejército, y que el hambre es más cruel que el hierro del enemigo.»

Acosado nuestro ejército por tantos males, pensábase que el general

Blake no se aventuraría a combatir contra un enemigo más numeroso,

aguerrido y bien provisto. Esperanzado sin embargo en que le asistiese

favorable estrella, determinó probar la suerte de una batalla delante

de Espinosa de los Monteros.

[Marginal: Batalla de Espinosa, 10 y 11 de noviembre. (* Ap. n. 6-7.)]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5) · 第 8 / 27 段