Justas como a primera vista parecían estas peticiones, no solo no

eran por entonces hacederas, sino que procediendo de un cuerpo tan

desopinado como lo estaba el consejo, achacáronse a odio y despique

contra las autoridades populares nacidas de la insurrección. Sobre los

generales y conocidos motivos, otros particulares al caso contribuyeron

a dar mayor valor a semejante interpretación. Pues en cuanto al primer

punto el consejo que ahora juzgaba ser harto numerosa la junta central,

había en agosto provocado a los presidentes de las de provincia para

que [*] [Marginal: (* Ap. n. 6-3.)] «no siendo posible adoptar de

pronto en circunstancias tan extraordinarias los medios que designaban

las leyes y las costumbres nacionales... diputasen personas de su mayor

confianza, que reuniéndose a las nombradas por las juntas establecidas

en las demás provincias y al consejo, pudiesen conferenciar... de

manera que partiendo todas las providencias y disposiciones de este

centro común fuese tan expedito como conveniente el efecto.» Por lo

cual si se hubiera condescendido con la voluntad del consejo, lejos

de ser menos en número los individuos de la central, se hubiera

esta engrosado con todos los magistrados de aquel cuerpo. Además la

citada ley de Partida en que estribaba la opinión para reducir los

centrales y la formación de regencia, puede decirse que nunca fue

cumplida, empezando por la misma minoridad de Don Fernando IV el

Emplazado, nieto del legislador que promulgó la ley, y acabando en la

de Carlos II de Austria. La otra petición del consejo de suprimir las

juntas provinciales, pareció sobradamente desacordada. Perjudicial la

conservación de estas en tiempos pacíficos y serenos, no era todavía

ocasión de abolirlas permaneciendo el enemigo dentro del reino, y solo

sí de deslindar sus facultades y limitarlas. Tampoco agradó, aunque en

apariencia lisonjera, la 3.ª petición de convocar la representación

nacional. Dudábase de la buena fe con que se hacía la propuesta;

habiéndose constantemente mostrado el consejo hosco y espantadizo a

solo el nombre de cortes, sin contar con que se requería más espacio

para convenir en el modo de su llamamiento, conforme a las mudanzas

acaecidas en la monarquía. Las insinuaciones del consejo se llevaron

pues tan a mal que, intimidado, no insistió por entonces en su empeño.

[Marginal: Dictamen de Jovellanos.]

Coincidía sin embargo hasta cierto punto con su dictamen el de algunos

individuos de la central, y de los más ilustrados, entre ellos el de

Jovellanos. Desde el día de la instalación y reuniéndose a puerta

cerrada mañana y noche, fue uno de los primeros acuerdos de la junta

nombrar una comisión de cinco vocales que hiciese su reglamento

interior. En ella provocó Jovellanos como medida previa, tratar de la

institución y forma del nuevo gobierno. No asintiendo los otros a su

parecer, le reprodujo el 7 de octubre en el seno de la misma junta,

pidiendo que se anunciase inmediatamente «a la nación que sería reunida

en cortes luego que el enemigo hubiese abandonado nuestro territorio,

y si esto no se verificase antes, para el octubre de 1810; que desde

luego se formase una regencia interina en el día 1.º del año inmediato

de 1809; que instalada la regencia quedasen existentes la junta central

y las provinciales; pero reduciendo el número de vocales en aquella a

la mitad, en estas a cuatro, y unas y otras sin mando ni autoridad,

y solo en calidad de auxiliares del gobierno.» Este dictamen, aunque

justamente apreciado, no fue admitido, suspendiéndose para más adelante

su resolución. Creían unos que era más urgente ocuparse en medidas de

guerra que en las políticas y de gobierno, y a otros pesábales bajar

del puesto a que se veían elevados. Era también dificultoso agradar

a las provincias en la elección de regencia: esta solamente había de

constar de 3 o 5 individuos, y no siendo por tanto dado a todas ellas

tener en su seno un representante, hubieran nacido de su formación

quejas y desabrimientos. Además el gobierno electivo y limitado de la

regencia, sin el apoyo de otro cuerpo más numeroso y que deliberase

en público como el de las cortes, no hubiera probablemente podido

resistir a los embates de la opinión tan varia y suspicaz en medio

de agitaciones y revueltas. Y la convocación de aquellas según hemos

insinuado pedía más desahogo y previa meditación: por cuyas causas y

la premura de los tiempos continuó la junta central en todo el goce y

poderío de la autoridad soberana.

[Marginal: Forma interior de la central.]

En su virtud y para el mejor y más pronto despacho de los negocios,

arregló su forma interior y se dividió en otras tantas secciones

cuantos ministerios había en España, a saber: estado, gracia y

justicia, guerra, marina y hacienda, resolviendo en sesiones plenas las

providencias que aquellas proponían. [Marginal: Don Manuel Quintana.] Y

para reducir su acción a unidad, se creó una secretaría general a cuya

cabeza se puso al célebre literato y buen patriota Don Manuel Quintana:

elección que a veces sirvió al crédito de la central, pues valiéndose

de su pluma para proclamas y manifiestos, medía la muchedumbre por la

dignidad del lenguaje las ideas y providencias del Gobierno.

[Marginal: Primeras providencias y decretos de la central.]

Desgraciadamente estas no correspondieron a aquel durante los primeros

meses. Por de pronto y antes de todo ocupáronse los centrales en

honores y condecoraciones. Al presidente se le dio el tratamiento

de alteza, a los demás vocales el de excelencia, reservándose el de

majestad a la junta en cuerpo. Adornaron sus pechos con una placa que

representaba ambos mundos, se señalaron el sueldo de 120.000 reales, e

incurrieron por consiguiente en los mismos deslices que las juntas de

provincia, sin ser ya iguales las circunstancias.

No desdijeron otros decretos de estos primeros y desacertados. Mandose

suspender la venta de manos muertas, y aun se pensó en anular los

contratos de las hechas anteriormente. Permitiose a los exjesuitas

volver a España en calidad de particulares. Restableciéronse las

antiguas trabas de la imprenta, y se nombró inquisidor general; y

afligiendo y contristando así a los hombres ilustrados, la junta ni

contentó ni halagó al clero, sobradamente avisado para conocer lo

inoportuno de semejantes providencias.

Por otra parte, tampoco acallaba las hablillas y disgusto que aquellas

promovían con las que tomaba en lo económico y militar. Verdad es que

si algún tanto dependía su inacción de las vanas ocupaciones en que se

entretenía, gran parte tuvo también en ella el estado lastimoso de la

nación, la cual, habiendo hecho un extraordinario esfuerzo, ya casi

exhausta al levantarse en mayo, acabó de agotar sus recursos para hacer

rostro a las urgentes necesidades del momento. Y la administración

pública, de antemano desordenada, desquiciándose del todo con el gran

sacudimiento, yacía por tierra. Reconstruirla era obra más larga y no

propia de un gobierno como la central, cuya forma si bien imposible o

difícil de mejorarse entonces, no por eso dejaba de ser viciosísima

y monstruosa: puesto que cuerpo sobradamente numeroso como potestad

ejecutiva, resolvía lentamente por lo detenido y embarazoso de sus

deliberaciones, y escaso de vocales para ejercer la legislativa, ni

podían ilustrarse suficientemente las materias, ni buscar luces ni

arrimo en la opinión, teniendo que ser secretas sus disensiones por la

índole de su institución misma.

[Marginal: Su manifiesto en 10 de noviembre.]

Trató no obstante la central, aunque perezosamente, de bienquistarse

con la nación, circulando en 10 de noviembre un manifiesto, que llevaba

la fecha de 26 de octubre, y en el que con maestría se trazaba el

cuadro del estado de cosas y la conducta que la junta seguiría en su

gobierno. No solamente mencionaba en su contenido los remedios prontos

y vigorosos que era necesario adoptar, no solo trataba de mantener para

la defensa de la patria 500.000 infantes y 50.000 caballos, sino que

también daba esperanza de que se mejorarían para lo venidero nuestras

instituciones. Si este papel se hubiera esparcido con anticipación,

y sobre todo si los hechos se hubieran conformado con las palabras,

asombroso y fundado hubiera sido el concepto de la junta central. Mas

había corrido el mes de octubre, entrado noviembre, comenzado las

desgracias, y no por eso se veía que los ejércitos se proveyesen y

aumentasen.

[Marginal: Distribución de los ejércitos.]

Estos habían sido divididos por decreto suyo en cuatro grandes y

diversos cuerpos. 1.º Ejército de la izquierda que debía constar del de

Galicia, Asturias, tropas venidas de Dinamarca, y de la gente que se

pudiera allegar de las montañas de Santander y país que recorriese. 2.º

Ejército de Cataluña compuesto de tropas y gente de aquel principado,

de las divisiones desembarcadas de Portugal y Mallorca, y de las que

enviaron Granada, Aragón y Valencia. 3.º Ejército del centro que

debía comprender las cuatro divisiones de Andalucía y las de Castilla

y Extremadura con las de Valencia y Murcia, que habían entrado en

Madrid con el general Llamas. También había esperanzas de que obrasen

por aquel lado los ingleses en caso de que se determinasen a avanzar

hacia la frontera de Francia. 4.º Ejército de reserva, compuesto de

las tropas de Aragón y de las que durante el sitio de Zaragoza se les

habían agregado de Valencia y otras partes. Nombrose también una junta

general de guerra, y presidente de ella al general Castaños, aunque por

entonces debía seguir al ejército. Mas estas providencias no tuvieron

entero y cumplido efecto, impidiéndolo en parte otras disposiciones, y

los contratiempos y desastres que sobrevinieron, en cuya relación vamos

a entrar.

[Marginal: Su marcha.]

Ya antes de la instalación de la central y en el consejo militar

celebrado en Madrid en 5 de septiembre de que hicimos mención, se había

acordado que al paso que el general Llamas con las tropas de Valencia y

Murcia marchase a Calahorra, y Castaños con las de Andalucía a Soria,

se arrimaran Cuesta y las de Castilla al Burgo de Osma, y Palafox con

las suyas a Sangüesa y orillas del río Aragón; recomendando además a

Galluzo que mandaba las de Extremadura el ir a unirse a las que se

encaminaban al Ebro. Blake por su lado debía avanzar con los gallegos

y asturianos hacia Burgos y provincias vascongadas. Descabellado

como era el plan, desparramando sin orden en varios puntos y en

una línea extendida, escasas, mal disciplinadas y peor provistas

tropas, se procedió despacio en su ejecución, no habiéndose nunca del

todo realizado. Nuevas disputas y pasiones contribuyeron a ello, y

principalmente lo mal entendido y combinado del mismo plan, falta de

recursos, desorden en la distribución y aquella lentitud característica

al parecer de la nación española, y de la que según el gran Bacon había

ya en su tiempo nacido el proverbio:[*] [Marginal: (* Ap. n. 6-4.)]

«_Me venga la muerte de España_, porque vendría tarde.»

[Marginal: Marcha del de Galicia.]

Con todo, el ejército de Galicia después de la rota de Rioseco,

habiéndose algún tanto organizado en Manzanal y Astorga, emprendió su

marcha a las órdenes de su general Don Joaquín Blake en los últimos

días de agosto, y dividido en tres columnas se dirigió por la falda

meridional de la cordillera que separa a León y a Burgos de Asturias

y Santander. Al promediar el mes se hallaban las tres columnas en

Villarcayo, punto que se tuvo por acomodado y central para posteriores

operaciones. Ascendía su número a 22.728 infantes y 400 caballos

distribuidos en cuatro divisiones. La cuarta al mando del marqués de

Portago se movió la vuelta de Bilbao para asegurar la comunicación con

aquella costa, y esperando sorprender a los franceses. Mas avisados

estos por los tiros indiscretos de una avanzada española, pudieron con

corta pérdida retirarse y desocupar la villa. No la guardaron mucho

tiempo nuestras tropas, porque revolviendo sobre ellas con refuerzo el

mariscal Ney, recién llegado de Francia, obligó a Portago a recogerse

por Valmaseda sobre la Nava. [Marginal: Ocupa Bilbao.] Insistió días

después el general Blake en recuperar Bilbao, y acudiendo en persona

con superiores fuerzas, necesario le fue al general francés Merlin

evacuar de nuevo dicha villa en la noche del 11 de octubre.

[Marginal: Marcha del de Asturias.]

En el mismo día, y ocupando Quincoces, orilla izquierda del Ebro,

se incorporaron al ejército de Galicia las tropas de Asturias,

capitaneadas por Don Vicente María de Acevedo. Había este sucedido en

el mando, desde 28 de junio, al marqués de Santa Cruz de Marcenado, a

cuyo patriotismo e instrucción no acompañaban las raras prendas que

pide la formación de un ejército nuevo y allegadizo. El Acevedo militar

antiguo, firme y severo, y adornado de luces naturales y adquiridas,

había conseguido disciplinar bastantemente 8000 hombres, con los que

resolvió salir a campaña. Iban en dos trozos, uno le regía Don Cayetano

Valdés, otro Don Gregorio Quirós. Jefe de escuadra el primero, le vimos

en Mahón mandando a principios de año la fuerza naval surta en aquel

puerto, y ya antes la nación le había distinguido y colocado entre sus

mejores y más arrojados marinos. Al ruido del alzamiento de Asturias

había acudido a esta provincia, cuna de su familia. El segundo,

natural de ella y oficial de guardias españolas, era justamente tenido

por hombre activo, inteligente y bizarro. Unidas pues las tropas de

Asturias y Galicia, concertaron sus movimientos, y el 25 de octubre se

situó el general Blake con parte de ellas entre Zornoza y Durango.

[Marginal: Cuesta, su conducta.]

Al propio tiempo Don Gregorio de la Cuesta antes que en cumplir

lo acordado en 5 de septiembre en Madrid, pensó en satisfacer sus

venganzas. Referimos cómo de vuelta de la capital había detenido y

preso en el alcázar de Segovia a los diputados de León Don Antonio

Valdés y vizconde de Quintanilla. Adelante con su propósito quería

juzgarlos como rebeldes a su autoridad en consejo militar, escogiendo

para fiscal de la causa al conde de Cartaojal. Dispuso también que

la ciudad de Valladolid nombrase en su lugar otros dos vocales

por Castilla, con lo que hubieron de aumentarse los choques y

la confusión. Felizmente no halló Cuesta abrigo en la opinión, y

desaprobando la central su conducta, le mandó comparecer en Aranjuez,

y previno a Cartaojal que soltase los presos. Obedecieron ambos,

[Marginal: Le suceden Eguía y Pignatelli.] y puesto el ejército de

Castilla bajo las órdenes de su segundo jefe Don Francisco Eguía, se

acercó a Logroño en donde definitivamente le sucedió y tomó el mando

Don Juan Pignatelli. Mas estas mudanzas y trasiego de jefes menguó y

desconcertó la tropa castellana, llena sí de entusiasmo y ardor, pero

bisoña y poco arreglada. Su número no pasaba de 8000 hombres con pocos

caballos.

[Marginal: Marcha de Llamas.]

Por su parte y deseoso de poner en práctica el plan resuelto, partió

de Madrid el primero de todos y en septiembre Don Pedro González de

Llamas. Mandaba a los valencianos y murcianos con que había entrado en

la capital, y salió de ella con unos 4500 hombres infantes y jinetes.

Enderezó su marcha a Alfaro, orilla derecha de Ebro, y situó en

primeros de octubre su cuartel general en Tudela. Siguiéronle de cerca

la 2.ª y 4.ª división de Andalucía regidas ambas por el general Don

Manuel de la Peña, y cuya fuerza ascendía a 10.000 hombres. Castaños

permaneció en Madrid y no faltaba quien motejase su tardanza, en la que

tuvieron principal parte manejos y tramas del consejo, y celos, piques

y desavenencias de la junta de Sevilla.

[Marginal: Detención de Castaños en Madrid.]

Dijeron algunos que también se detenía, esperanzado en que la central

le nombraría generalísimo, en remuneración de lo que había trabajado

por instalarla. Apoyaban la conveniencia de semejante medida Sir

Carlos Stuart, que de Galicia había venido a Madrid y Aranjuez, y lord

William Bentinck, enviado desde Portugal por el general Dalrymple

para concertarse con Castaños acerca de las operaciones militares.

El pensamiento era, sin duda, útil para la unión y conformidad en la

dirección de los ejércitos; pero a su cumplimiento se oponían las

rivalidades de otros generales, las que reinaban dentro de la misma

junta central y el temor de que no tuviese Castaños la actividad y

firmeza que aquellos tiempos requerían.

[Marginal: Su salida.]

Salió este al fin de Madrid el 8 de octubre, y el 17 llegó a Tudela.

Convidado por Palafox pasó a Zaragoza, y allí acordaron el 20,

[Marginal: Plan concertado con Palafox.] como continuación de lo antes

resuelto, que el ejército del centro con el de Aragón amenazase a

Pamplona, poniéndose una división a espaldas de esta plaza al mismo

tiempo que el de Blake, a quien se enviaría aviso, marchase por la

costa a cortar la comunicación con Francia.

Al último le dejamos entre Zornoza y Durango; los dos primeros, o sea

más bien la parte de ellos que se había acercado al Ebro, estaba por

entonces así distribuida. A Logroño le ocupaban los 8000 castellanos

al mando de su general Don Juan de Pignatelli; a Lodosa Don Pedro

Grimarest con la 2.ª división de Andalucía, estando la 4.ª a las

órdenes de Don Manuel de la Peña en Calahorra, y siendo ambas de

10.000 hombres, según queda dicho. Los 4500 valencianos y murcianos

permanecían situados en Tudela y a su frente D. Pedro Roca, sucesor

de Llamas, encargado de otro puesto cerca del gobierno supremo. Del

ejército de Aragón había en Sangüesa 8000 hombres que regía Don Juan

O’Neille, enviado de Valencia con un corto refuerzo, y a su retaguardia

en Egea otros 5000 al mando de Don Felipe Saint-March. Con tan contadas

fuerzas y en línea tan dilatada, juzgaron los prudentes y entendidos

ser desacertado el plan convenido en Zaragoza para tomar la ofensiva;

puesto que el total de soldados españoles, [Marginal: Fuerza de los

ejércitos españoles.] avanzados a mediados de octubre hasta Vizcaya y

orillas de Ebro, no llegaba a 70.000 hombres, teniendo Blake 30.000

asturianos y gallegos [los de Romana todavía no estaban incorporados],

y Castaños unos 36.000 entre castellanos, andaluces, valencianos,

murcianos y aragoneses. Parecerá tanto más arreglado a la razón aquel

dictamen, si volviendo la vista al enemigo examinamos su estado, su

número, su posición.

[Marginal: Situación de José y del ejército francés.]

José Bonaparte después de haber salido de Madrid había permanecido en

los lindes de la provincia de Burgos o en Vitoria. Allí se entretuvo

en dar algunos decretos, en trazar marchas y expediciones que no

tuvieron cumplido efecto, y en crear una orden militar. Sus ministros

apremiados por las circunstancias presentaron un escrito [Marginal:

Exposición de sus ministros. (* Ap. n. 6-5.)] en el que [*] «exponiendo

que el interés de España exigía no confundir su buena armonía y amistad

para con la Francia, con su cooperación a los fines y planes de mayor

extensión en que se hallaba empeñado el jefe de ella...» indicaban

que... «convenía poder anunciar a la nación que aunque gobernada por

el hermano del emperador conforme a los tratados de Bayona, fuese libre

de ajustar una paz separada con la Inglaterra... que esto calmaría las

fundadas zozobras sobre las posesiones de América... etc., etc.» El

escrito se creyó digno de ser presentado a Napoleón, y para llevarle y

apoyarle de palabra fueron en persona a París los ministros Azanza y

Urquijo. Por loables que fuesen las intenciones de los que escribieron

la exposición, no se hace creíble dieran aquel paso con probabilidad

de buen éxito conociendo a Napoleón y su política, o si tal pensaron,

forzoso es decir que andaban harto desalumbrados. Mas el emperador

de los franceses no paró mientes en los discursos de los ministros

españoles de José, y solo se ocupó en mejorar y reforzar su ejército.

Este, en los primeros tiempos de su retirada, había caído en gran

desánimo, y los más de sus soldados, excepto los del mariscal

Bessières, iban al Ebro casi sin orden ni formación. Perseguidos

entonces e inquietados, fácilmente hubieran sido del todo desranchados

y dispersos, o por lo menos no se hubieran detenido hasta pisar

tierra de Francia. Pero los españoles descansando sobre los laureles

adquiridos, flojos, escasos también de recursos, les dieron espacio

para repararse. Así fue que los franceses ya más serenos y engrosados

con gente de refresco, [Marginal: Fuerza del ejército francés.] se

distribuyeron en tres grandes cuerpos, el del centro mandado por el

mariscal Ney, que ya dijimos acababa de llegar de Francia, y los de la

izquierda y derecha gobernados cada uno por los mariscales Moncey y

Bessières. Había además una reserva compuesta en parte de soldados de

la guardia imperial, y en donde estaba José con el mariscal Jourdan,

su mayor general, enviado de París últimamente para desempeñar

aquel cargo. De suerte, que todos juntos componían en septiembre una

masa compacta de más de 50.000 combatientes, entre ellos 11.000 de

caballería, con la particular ventaja de estar reconcentrados y prontos

a acudir por el radio a cualquier punto que fuese acometido, cuando

los nuestros para darse la mano tenían que recorrer la extendida y

prolongada curva que formaban en torno de los enemigos, quienes sin

contar con los de Cataluña y guarniciones de Pamplona y San Sebastián

estaban también respaldados por fuerzas que mandaba en Bayona el

general Drouet, y con la confianza de recibir de su propio país por la

inmediación todo género de prontos y eficaces auxilios.

[Marginal: Movimiento de los españoles.]

A pesar de eso y de aumentarse sus filas cada día con nuevas tropas,

manteníanse los franceses quietos y sobre la defensiva, a tiempo que

los españoles trataron de ejecutar el plan adoptado en Zaragoza. Era

el 27 de octubre el señalado para dar comienzo a la empresa, mas

días antes ya habían los nuestros con su impaciencia movídose por su

frente. Los castellanos desde Logroño, sentado a la margen derecha del

Ebro, cruzando a la opuesta, se habían adelantado a Viana, y Grimarest

extendídose desde Lodosa a Lerín. Los aragoneses por el lado de

Sangüesa también avanzaron acompañados de muchos paisanos. Y tan grande

fue el número de estos, que Moncey sobresaltado dio cuenta a José,

quien destacó del cuerpo de Bessières dos divisiones para reforzar las

tropas que estaban por la parte de Aragón y Navarra.

El 20 de octubre mandó el general Grimarest a Don Juan de la Cruz

Mourgeon ocupar Lerín con los tiradores de Cádiz, una compañía de

voluntarios catalanes y unos cuantos caballos. Para apoyarle quedaron

en Carcar y Sesma otros destacamentos. Cruz tenía orden de retirarse

si le atacaban superiores fuerzas, y habiendo expuesto lo difícil de

ejecutar dicha orden caso de que el enemigo se posesionase con su

caballería de un llano que se extiende de Lerín camino de Lodosa, le

ofreció Grimarest sostenerle con oportuno socorro.

[Marginal: Acción de Lerín, 26 de octubre.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5) · 第 7 / 27 段