Fue el primero que pisó el suelo de la capital con las tropas de

Valencia y Murcia Don Pedro González de Llamas que había sucedido a

Cervellón removido del mando. Atravesó la Puerta de Atocha con 8000

hombres a las seis de la mañana del día 13 de agosto. A pesar de hora

tan temprana inmenso fue el concurso que salió a recibirle y extremado

el entusiasmo. Pasó a frenesí al entrar el 23 por la misma puerta D.

Francisco Javier Castaños acompañado de la reserva de Andalucía. Sus

soldados adornados con los despojos del enemigo ofrecían en su variada

y extraña mezcla el mejor emblema de la victoria alcanzada. Pasaron

todos por debajo de un arco de sencilla y majestuosa arquitectura que

había erigido la villa de Madrid junto a sus casas consistoriales.

[Marginal: Proclamación de Fernando VII.] A estas entradas triunfales

siguiéronse otros festejos con la proclamación de Fernando VII, hecha

en esta ocasión por el legítimo alférez mayor de Madrid marqués

de Astorga. Mas no a todos contentaban tanto bullicio y fiestas,

pidiendo con sobrada razón que se pusiera mayor conato y celeridad en

perseguir al enemigo, y en aumentar y organizar cumplidamente la fuerza

armada. Daban particular peso a sus justas quejas y reclamaciones los

acontecimientos por entonces ocurridos en Vizcaya y Navarra.

[Marginal: Insurrección de Bilbao.]

Habíase en la primera provincia levantado Bilbao al anunciarse la

victoria de Bailén, y en 6 de agosto escogiendo su vecindario una

junta, acordó un alistamiento general, y nombró por comandante militar

al coronel Don Tomás de Salcedo. Sobremanera inquietó a los franceses

esta insurrección, ya por el ejemplo y ya también porque comprometida

su posición en las márgenes del Ebro, pudieran verse obligados a

estrecharse más contra la frontera. Creció su recelo a mayor grado con

asonadas y revueltas [Marginal: Movimiento en Guipúzcoa y Navarra.] que

hubo en Tolosa y pueblos de Guipúzcoa, y con las correrías que hacían y

gente que allegaban en Navarra Don Antonio Egoaguirre y Don Luis Gil.

Habían estos salido de Zaragoza en 27 de junio para alborotar aquel

reino. Después de algún tiempo Gil empezó a incomodar al enemigo por el

lado de Orbaiceta, se apoderó de muchas municiones de aquella fábrica,

y amenazó y sembró el espanto hasta el mismo pueblo francés de San

Juan de Pie de Puerto. Egoaguirre tampoco se descuidó en la comarca

de Lerín: formando un batallón con nombre de Voluntarios de Navarra

recorrió la tierra, y llamó tanto la atención que el general D’Agoult

envió una columna desde Pamplona para atajar sus daños y alejarle del

territorio de su mando.

José por su parte pensó en apagar prontamente la temible insurrección

de Bilbao. Para ello envió contra aquella población una división a

las órdenes del general Merlin. No era dado a sus vecinos sin tropa

disciplinada resistir a semejante acometimiento.[*] [Marginal: (*

Ap. n. 5-10.)] Apostáronse sin embargo con aquella idea a media

legua, y los franceses asomándose allí el 16 de agosto desbarataron y

dispersaron a los bilbaínos, pereciendo miserablemente y después de

haberse rendido prisionero el oficial de artillería Don Luis Power

distinguido entre los suyos. Los auxilios que de Asturias llevaba el

oficial inglés Roche llegaron tarde, y Merlin entró en Bilbao cuya

ciudad fue con rigor tratada. En su correspondencia blasonaba el

rey intruso de «haber apagado la insurrección con la sangre de 1200

hombres.» Singular jactancia y extraña en quien como José no era de

corazón duro ni desapiadado.

El contratiempo de Bilbao que en Madrid provocaba las reclamaciones de

muchos, difundiéndose por las provincias aumentó el clamor ya casi

universal contra generales y juntas, reparando que algunos de aquellos

se entregaban demasiadamente a divertimientos y regocijos, y que estas

con celos y rivalidades retardaban la instalación de la junta central.

Deseando el consejo aprovecharse de la irritación de los ánimos, y

valiéndose de los lazos que le unían con Don Gregorio de la Cuesta, su

antiguo gobernador, se concordó con este y discurrieron apoderarse del

mando supremo. [Marginal: Nuevos manejos del consejo.] Mas como Cuesta

carecía de la suficiente fuerza, fueles necesario tantear a Castaños,

entonces algo disgustado con la junta de Sevilla. Avistose pues con

el último Don Gregorio de la Cuesta, [Marginal: Propuesta de Cuesta a

Castaños.] y le propuso [según tenemos de la boca del mismo Castaños]

dividir en dos partes el gobierno de la nación, dejando la civil y

gubernativa al consejo, y reservando la militar al solo cuidado de

ellos dos en unión con el duque del Infantado. Era Castaños sobrado

advertido para admitir semejante proposición. Vislumbraba el motivo

porque se le buscaba, y conocía que separando su causa de la de las

juntas, quizá sería desobedecido del ejército, y aun de la división

misma que se alojaba en Madrid.

[Marginal: Consejo de guerra celebrado en Madrid.]

En tanto para acallar el rumor público se celebró en aquella capital

el 5 de septiembre un consejo de guerra. Asistieron a él los generales

Castaños, Llamas, Cuesta y La Peña, representando a Blake el duque del

Infantado y a Palafox otro oficial cuyo nombre ignoramos. Discutiéronse

largamente varios puntos, y Cuesta, llevado siempre de mira particular,

promovió el nombramiento de un comandante en jefe. No se arrimaron

los otros a su parecer, y tan solo arreglaron un plan de operaciones,

de que hablaremos más adelante. Cuesta aunque aparentó conformarse,

salió despechado de Madrid, y con ánimo más bien que de cooperar a la

realización de lo acordado de levantar obstáculos a la reunión de la

junta central: para lo cual y satisfacer al mismo tiempo su ira contra

la junta de León, [Marginal: Prende Cuesta a Valdés y Quintanilla.] de

la que, como hemos visto, estaba ofendido, arrestó a sus dos individuos

Don Antonio Valdés y vizconde de la Quintanilla, que iban de camino

para representar su voz en la central. Quiso tratarlos como rebeldes

a su autoridad, y los encerró en el alcázar de Segovia: tropelía que

excitó contra el general Cuesta la pública animadversión.

Vanos sin embargo salieron sus intentos, vanos otros enredos y

maquinaciones. Por todas partes prevaleció la opinión más sana, y

los diputados elegidos por las diversas juntas fueron poco a poco

acercándose a la capital. Llegó pues el suspirado momento de la reunión

de una autoridad central, [Marginal: Acaba el gobierno de las juntas

provinciales.] debiendo con ella cesar la particular supremacía de

cada provincia. Durante la cual no habiendo habido lugar ni ocasión

de hacer sustanciales reformas ni mudanzas en los diversos ramos de

la administración pública, tales como estaban dispuestos y arreglados

al disolverse, por decirlo así, la monarquía en mayo, tales o con

cortísima diferencia se los entregaron las juntas de provincia a la

central.

No disimulamos en el libro anterior ni en el curso de nuestro

narración los defectos de que dichas juntas adolecieron, las pasiones

que las agitaron. Por lo mismo justo es también que ahora tributemos

debidas alabanzas a su primera y grandiosa resolución, a su ardiente

celo, a su incontrastable fidelidad. Al acabar de su mando anublose por

largo tiempo la prosperidad de la patria; mas se dio principio a una

nueva, singular y porfiada lucha, en que sobre todo resplandeció la

firmeza y constancia de la nación española.

RESUMEN

DEL

LIBRO SEXTO.

_Instalación de la junta central en Aranjuez, 25 de septiembre. —

Número de individuos. — Su composición. — Floridablanca. — Jovellanos.

— Diversos partidos de la central. — Su instalación celebrada en las

provincias. — Contestación con el consejo. — Dictamen de Jovellanos.

— Forma interior de la central. — Don Manuel Quintana. — Primeras

providencias y decretos de la central. — Su manifiesto en 10 de

noviembre. — Distribución de los ejércitos. — Su marcha. — Marcha del

de Galicia. — Ocupa Bilbao. — Marcha del de Asturias. — Cuesta. — Su

conducta. — Le sucedieron Eguía y Pignatelli. — Marcha de Llamas.

— Detención de Castaños en Madrid. — Su salida. — Plan concertado

con Palafox. — Situación del ejército del centro y del de Aragón. —

Fuerza de los ejércitos españoles. — Situación de José y del ejército

francés. — Exposición de sus ministros. — Fuerza del ejército francés.

— Movimiento de los españoles. — Acción de Lerín, 26 de octubre. —

Retirada de los castellanos de Logroño. — Arreglo que en su ejército

hace el general Castaños. — Se sitúa en Cintruénigo y Calahorra.

— Napoleón. — Su mensaje al senado. — Leva de nuevas tropas. —

Conferencias de Erfurt. — Correspondencia con el gobierno inglés. — Fin

de la correspondencia. — Discurso de Napoleón al cuerpo legislativo. —

Fuerza y división del ejército francés. — Cruza Napoleón el Bidasoa.

— Acción de Zornoza, 31 de octubre. — De Valmaseda, 4 de noviembre. —

Reconocimiento hacia Güeñes en 7 de noviembre. — Batalla de Espinosa,

10 y 11 de noviembre. — Disposiciones de Napoleón. — Acción de Burgos,

10 de noviembre. — Revuelve Soult contra Blake. — Diversas direcciones

de los mariscales franceses. — Entrada en Burgos de Napoleón. — Su

decreto de 12 de noviembre. — Ejército inglés. — Ejército del centro.

— Don Francisco Palafox enviado por la central. — Diversos planes. —

Marcha Lannes contra dicho ejército. — Repliégase Castaños. — Batalla

de Tudela, 23 de noviembre. — Retirada del ejército. — Su llegada

a Sigüenza. — La Peña general en jefe. — San Juan en Somosierra. —

Pasan los franceses el puerto. — Situación de la central. — Cartas de

los ministros de José. — Abandona la central a Aranjuez. — Situación

de Madrid. — Muerte del marqués de Perales. — Napoleón delante de

Madrid. — Ataque de Madrid. — Conferencia de Morla con Napoleón. —

Capitulación. — Fáltase a la capitulación. — Decretos de Napoleón

en Chamartín. — Españoles llevados a Francia. — Visita Napoleón el

palacio real. — Su inquietud. — Contestación al corregidor de Madrid.

— Juramento exigido de los vecinos. — Van los mariscales franceses

en persecución de los españoles. — Total dispersión del ejército de

San Juan. — Muerte cruel de este general. — Ejército del centro:

sus marchas y retirada a Cuenca. — Rebelión del oficial Santiago.

— Nómbrase por general en jefe al duque del Infantado. — Conde de

Alacha. — Su retirada gloriosa. — La Mancha. — Toledo. — Muertes

violentas. — Villacañas. — Sierra Morena. — Juntas de los cuatro

reinos de Andalucía. — Campo Sagrado. — Marqués del Palacio. — Marchan

los franceses a Extremadura: estado de la provincia. — Excesos. —

General Galluzo. — Su retirada. — Continúa la central su viaje. — Sus

providencias. — Sucede Cuesta a Galluzo. — Llega a Sevilla la central

en 17 de diciembre. — Muerte de Floridablanca. — Situación penosa de la

central. — Sus esperanzas._

HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.

LIBRO SEXTO.

No resueltas las dudas que se habían suscitado sobre el lugar más

conveniente para la reunión de un gobierno central, tocábase ya al

deseado momento de su instalación, y aún subsistía la misma y penosa

incertidumbre. Los más se inclinaban al dictamen de la junta de Sevilla

que había al efecto señalado a Ciudad Real, o cualquier otro paraje

que no fuese la capital de la monarquía, sometida según pensaba al

pernicioso influjo del consejo y sus allegados. El haberse en Aranjuez

incorporado a los diputados de dicha junta los de otras varias, puso

término a las dificultades, obligando a los que permanecían en Madrid

vacilantes en su opinión, a conformarse con la de sus compañeros,

declarada por la celebración en aquel sitio de las primeras sesiones.

Antes de abrirse estas y juntos unos y otros tuvieron conferencias

preparatorias, en las que se examinaron y aprobaron los poderes, y se

resolvieron ciertos puntos de etiqueta o ceremonial.

[Marginal: Instalación de la junta central en Aranjuez, 25 de

septiembre. (* Ap. n. 6-1.)]

Por fin el 25 de septiembre en Aranjuez y en su real palacio instalose

solemnemente el nuevo gobierno, bajo la denominación de junta suprema

central gubernativa del reino.[*] Compuesta entonces de veinticuatro

individuos creció en breve su número, y se contaron hasta treinta y

cinco nombrados en su mayor parte por las juntas de provincia, erigidas

al alzarse la nación en mayo. [Marginal: Número de individuos.] De

cada una vinieron dos diputados. Otros tantos envió Toledo sin estar

en igual caso, y lo mismo Madrid y reino de Navarra. De Canarias solo

acudió uno a representar sus islas. Fue elegido presidente el conde de

Floridablanca diputado por Murcia, y secretario general Don Martín de

Garay que lo era por Extremadura.

[Marginal: Su composición.]

Los vocales pertenecían a honrosas y principales clases del estado,

contándose entre ellos eclesiásticos elevados en dignidad, cinco

grandes de España, varios títulos de Castilla, antiguos ministros y

otros empleados civiles y militares. Sin embargo casi todos antes de la

insurrección eran como repúblicos, desconocidos en el reino, fuera de

Don Antonio Valdés, del conde de Floridablanca y de Don Gaspar Melchor

de Jovellanos. El primero muchos años ministro de marina mereció, al

lado de leves defectos, justas alabanzas por lo mucho que en su tiempo

se mejoró y acrecentó la armada y sus dependencias. Los otros dos de

fama más esclarecida requieren de nuestra pluma particular mención, por

lo que haremos de sus personas un breve y fiel traslado.

[Marginal: Floridablanca.]

A los ochenta años cumplidos de su edad Don José Moñino, conde de

Floridablanca, aunque trabajado por la vejez y achaques, conservaba

despejada su razón y bastante fortaleza para sostener las máximas

que le habían guiado en su largo y señalado ministerio. De familia

humilde de Hellín en Murcia, por su aplicación y saber había ascendido

a los más eminentes puestos del estado. Fiscal del consejo real,

y en unión con su ilustre compañero el conde de Campomanes, había

defendido atinada y esforzadamente las regalías de la corona contra

los desmanes del clero y desmedidas pretensiones de la curia romana.

Por sus doctrinas y por haber cooperado a la expulsión de los

jesuitas se le honró con el cargo de embajador cerca de la _Santa

Sede_, en donde contribuyó a que se diese el breve de supresión de

la tan nombrada sociedad, y al arreglo de otros asuntos igualmente

importantes. Llamado en 1777 al ministerio de estado, y encargado a

veces del despacho de otras secretarías, fue desde entonces hasta la

muerte de Carlos III, ocurrida en 1788, árbitro, por decirlo así, de

la suerte de la monarquía. Con dificultad habrá ministro a un tiempo

más ensalzado ni más deprimido. Hombre de capacidad, entero, atento

al desempeño de su obligación, fomentó en lo interior casi todos los

ramos, construyó caminos, y erigió varios establecimientos de pública

utilidad. Fuera de España si bien empeñado en la guerra impolítica

y ruinosa de la independencia de los Estados Unidos, emprendida

según parece mal de su grado, mostró a la faz de Europa impensadas y

respetables fuerzas, y supo sostener entre las demás la dignidad de la

nación. Censurósele y con justa causa el haber introducido una policía

suspicaz y perturbadora, como también sobrada afición a persecuciones,

cohonestando con la razón de estado tropelías hijas las más veces del

deseo de satisfacer agravios personales. Quizá los obstáculos que la

ignorancia oponía a medidas saludables irritaban su ánimo poco sufrido:

ninguna de ellas fue más tachada que la junta llamada de estado, y por

la que los ministros debían de común acuerdo resolver las providencias

generales y otras determinadas materias. Atribuyósele a prurito de

querer entrometerse en todo y decidir con predominio. Sin embargo la

medida en sí y los motivos en que la fundó, no solo le justificaban

sino que también por ella sola se le podría haber calificado de

práctico y entendido estadista. Después del fallecimiento de Carlos

III continuó en su ministerio hasta el año de 1792. Arredrado entonces

con la revolución francesa, y agriado por escritos satíricos contra

su persona, propendió aún más a la arbitrariedad a que ya era tan

inclinado. Pero ni esto, ni el conocimiento que tenía de la corte y sus

manejos, le valieron para no ser prontamente abatido por Don Manuel

Godoy, aquel coloso de la privanza regia, cuyo engrandecimiento, aunque

disimulaba, veía Floridablanca con recelo y aversión. Desgraciado

en 1792, y encerrado en la ciudadela de Pamplona, consiguió al cabo

que se le dejase vivir tranquilo y retirado en la ciudad de Murcia.

Allí estaba en el mayo de la insurrección, y noblemente respondió

al llamamiento que se le hizo, siendo falsas las protestas que la

malignidad inventó en su nombre. Afecto en su ministerio a ensanchar

más y más los límites de la potestad real rompiendo cuantas barreras

quisieran oponérsele, había crecido con la edad el amor a semejantes

máximas, y quiso como individuo de la central que sirviesen de norte al

nuevo gobierno, sin reparar en las mudanzas ocasionadas por el tiempo,

y en las que reclamaban escabrosas circunstancias.

[Marginal: Jovellanos.]

Atento a ellas y formado en muy diversa escuela seguía en su conducta

la vereda opuesta Don Gaspar Melchor de Jovellanos, concordando sus

opiniones con las más modernas y acreditadas. Desde muy mozo había sido

nombrado magistrado de la audiencia de Sevilla: ascendiendo después

a alcalde de casa y corte y a consejero de órdenes, desempeñó estos

cargos y otros no menos importantes con integridad, celo y atinada

ilustración. Elevado en 1797 al ministerio de gracia y justicia, y

no pudiendo su inflexible honradez acomodarse a la corrompida corte

de María Luisa, recibió bien pronto su exoneración. Motivola con

particularidad el haber procurado alejar de todo favor e influjo a

Don Manuel Godoy, con quien no se avenía ningún plan bien concertado

de pública felicidad. Quiso al intento aprovecharse de una coyuntura

en que la reina se creía desairada y ofendida. Mas la ciega pasión de

esta, despertada de nuevo con el artificioso y reiterado obsequio de

su favorito, no solo preservó al último de fatal desgracia, sino que

causó la del ministro y sus amigos. Desterrado primero a Gijón, pueblo

de su naturaleza, confinado después en la cartuja de Mallorca, y al fin

atropelladamente y con crueldad encerrado en el castillo de Bellver

de la misma isla, sobrellevó tan horrorosa y atroz persecución con la

serenidad y firmeza del justo. Libertole de su larga cautividad el

levantamiento de Aranjuez, y ya hemos visto cuán dignamente al salir

de ella desechó las propuestas del gobierno intruso, por cuyo noble

porte y sublime y reconocido mérito le eligió Asturias para que fuese

en la central uno de sus dos representantes. Escritor sobresaliente y

sobre todo armonioso y elocuentísimo, dio a luz como literato y como

publicista obras selectas, siendo en España las que escribió en prosa

de las mejores si no las primeras de su tiempo. Protector ilustrado

de las ciencias y de las letras fomentó con esmero la educación de

la juventud, y echó en su instituto asturiano, de que fue fundador,

los cimientos de una buena y arreglada enseñanza. En su persona y

en el trato privado ofrecía la imagen que nos tenemos formada de la

pundonorosa dignidad y apostura de un español del siglo XVI, unida al

saber y exquisito gusto del nuestro. Achacábanle afición a la nobleza

y sus distinciones; pero sobre no ser extraño en un hombre de su edad

y nacido en aquella clase, justo es decir que no procedía de vano

orgullo ni de pueril apego al blasón de su casa, sino de la persuasión

en que estaba de ser útil y aun necesario en una monarquía moderada el

establecimiento de un poder intermedio entre el monarca y el pueblo.

Así estuvo siempre por la opinión de una representación nacional

dividida en dos cámaras. Suave de condición, pero demasiadamente

tenaz en sus propósitos, a duras penas se le desviaba de lo una

vez resuelto, al paso que de ánimo candoroso y recto solía ser

sorprendido y engañado, defecto propio del varón excelente que [como

decía Cicerón,[*] [Marginal: (* Ap. n. 6-2.)] su autor predilecto]

«dificilísimamente cae en sospecha de la perversidad de los otros.» Tal

fue Jovellanos, cuya nombradía resplandecerá y aun descollará entre las

de los hombres más célebres que han honrado a España.

[Marginal: Diversos partidos en la central.]

Fija de antemano la atención nacional en los dos respetables varones

de que acabamos de hablar, siguieron los individuos de la central el

impulso de la opinión, arrimándose los más a uno u a otro de dichos

dos vocales. Pero como estos entre sí disentían, dividiéronse los

pareceres, prevaleciendo en un principio y por lo general el de

Floridablanca. Con su muerte y las desgracias, no dejó más adelante

de triunfar a veces el de Jovellanos, ayudado de Don Martín de Garay,

cuyas luces naturales, fácil despacho y práctica de negocios le dieron

sumo poder e influjo en las deliberaciones de la junta.

Pero a uno y otro partido de los dos, si así pueden llamarse, en

que se dividió la central, faltábales actividad y presteza en las

resoluciones. Floridablanca anciano y doliente, Jovellanos entrado

también en años y con males, avezados ambos a la regularidad y pausa de

nuestro gobierno, no podían sobreponerse a la costumbre y a los hábitos

en que se habían criado y envejecido. Su autoridad llevaba en pos de

sí a los demás centrales, hombres en su mayoría de probidad, pero

escasos de sobresalientes o notables prendas. Dos o tres más arrojados

y atrevidos, entre los que principalmente sonaba Don Lorenzo Calvo de

Rozas, acreditado en el sitio de Zaragoza, querían en vano sacar a

la junta de su sosegado paso. No era dado a su corto número ni a su

anterior y casi desconocido nombre vencer los obstáculos que se oponían

a sus miras.

Así fue que en los primeros meses siguiendo la central en materias

políticas el dictamen de Floridablanca, y no asistiéndole ni a él ni a

Jovellanos para las militares y económicas el vigor y pronta diligencia

que la apretada situación de España exigía, con lástima se vio que

el nuevo gobierno obrando con lentitud y tibieza en la defensa de la

patria, y ocupándose en pormenores, recejaba en lo civil y gubernativo

a tiempos añejos y de aciaga recordación.

[Marginal: Su instalación celebrada en las provincias.]

Mas antes y al saberse en las provincias su instalación, fue celebrada

esta con general aplauso y desoídas las quejas en que prorrumpieron

algunas juntas, señaladamente las de Sevilla y Valencia: las cuales

pesarosas de ir a menos en su poder habían intentado convertir los

diputados de la central en meros agentes sometidos a su voluntad y

capricho, dándoles facultades coartadas. Pasose, pues, por encima de

las instrucciones que aquellas habían dado, arreglándose a lo que

prevenían los poderes de otras juntas, y según los que se creaba una

verdadera autoridad soberana e independiente y no un cuerpo subalterno

y encadenado. Y si en ello pudo haber algún desvío de legitimidad, el

bien y unión del reino reclamaban que se tomase aquel rumbo, si no se

quería que cada provincia prosiguiese gobernándose separadamente y a su

antojo.

[Marginal: Contestación con el consejo.]

Tampoco faltaron como era de temer desavenencias con el consejo

real. En 26 de septiembre le había dado cuenta la junta central de su

instalación, previniéndole que prestado que hubiesen sus individuos

el juramento debido, expidiese las cédulas, órdenes y provisiones

competentes para que obedeciesen y se sujetasen a la nueva autoridad

todas las de la monarquía. Por aquel paso, desaprobado de muchos,

persuadido tal vez el consejo de que la junta había menester su apoyo

para ser reconocida en el reino, cobró aliento, y después de dilatar

una contestación clara y formal, al cabo envió el 30 con el juramento

pedido una exposición de sus fiscales, en la que estos se oponían a que

se prestase dicho juramento, reclamando el uso y costumbres antiguas.

Aunque el consejo no había seguido el parecer fiscal, le remitió no

obstante a la junta acompañado de sus propias meditaciones, dirigidas

principalmente a que se adoptasen las tres siguientes medidas: 1.ª

Reducir el número de vocales de la central, por ser el actual contrario

a la Ley 3.ª, Partida 2.ª, título 15, en que hablándose de las

minoridades en los casos en que el rey difunto no hubiese nombrado

tutores, dice: «que los guardadores deben ser uno o tres o cinco, e non

más.» 2.ª La extinción de las juntas provinciales; y 3.ª La convocación

de cortes conforme al decreto dado por Fernando VII en Bayona.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5) · 第 6 / 27 段