Mas al paso que tan dignamente se portaba con un oficial honrado y

benemérito, forzoso le fue, obrando como general, poner en práctica

cuantos medios estaban a su alcance para estorbar la evasión de

los españoles. Ya no era dado ejecutarlo por la violencia. Acudió

a proclamas y exhortaciones, esparciendo además sus agentes falsas

nuevas, y procurando sembrar rencillas y desavenencias. Pero ¡cuán

grandioso espectáculo no ofrecieron los soldados españoles en respuesta

a aquellos escritos y manejos! Juntos en Langeland, clavadas sus

banderas en medio de un círculo que formaron, y ante ellas hincados

de rodillas, juraron con lágrimas de ternura y despecho ser fieles

a su amada patria y desechar seductoras ofertas. No; la antigüedad,

con todo el realce que dan a sus acciones el transcurso del tiempo y

la elocuente pluma de sus egregios escritores, no nos ha transmitido

ningún suceso que a este se aventaje. Nobles e intrépidos sin duda

fueron los griegos cuando unidos a la voz de Jenofonte para volver a

su patria, dieron a las falaces promesas del rey de Persia aquella

elevada y sencilla respuesta [*] [Marginal: (* Ap. n. 5-9.)] «hemos

resuelto atravesar el país pacíficamente si se nos deja retirarnos

al suelo patrio, y pelear hasta morir si alguno nos lo impidiese.»

Mas a los griegos no les quedaba otro partido que la esclavitud o

la muerte; a los españoles, permaneciendo sosegados y sujetos a

Napoleón, con largueza se les hubieran dispensado premios y honores.

Aventurándose a tornar a su patria, los unos, llegados que fuesen,

esperaban vivir tranquilos y honrados en sus hogares; los otros, si

bien con nuevo lustre, iban a empeñarse en una guerra larga, dura y

azarosa, exponiéndose, si caían prisioneros, a la tremenda venganza del

emperador de los franceses.

[Marginal: Dan la vela para España.]

Urgiendo volver a España, y siendo prudente alejarse de costas

dominadas por un poderoso enemigo, abreviaron la partida de Langeland y

el 13 se hicieron a la vela para Gotemburgo en Suecia. En aquel puerto,

entonces amigo, aguardaron transportes, y antes de mucho dirigieron

el rumbo a las playas de su patria, en donde no tardaremos en verlos

unidos a los ejércitos lidiadores.

[Marginal: Trátase de reunir una junta central.]

Habiendo llegado los asuntos públicos dentro y fuera del reino a tal

punto de pronta e impensada felicidad, cierto que no faltaba para que

fuese cumplida sino reconcentrar en una sola mano o cuerpo la potestad

suprema. Mas la discordancia sobre el modo y lugar, las dificultades

que nacieron de un estado de cosas tan nuevo, y rivalidades y

competencias retardaron su nombramiento y formación.

[Marginal: Situación de Madrid.]

Perjudicó también a la apetecida brevedad; la situación en que quedó

a la salida del enemigo la capital de la monarquía. Los moradores

ausentes unos, y amedrantados otros con el duro escarmiento del 2 de

mayo, o no pudieron o no osaron nombrar un cuerpo que, a semejanza de

las demás provincias, tomase las riendas del gobierno de su territorio

y sirviese de guía a todo el reino. Verdad es que Madrid ni por su

población ni por su riqueza no habiendo nunca ejercido, como acontece

con algunas capitales de Europa, poderoso influjo en las demás

ciudades, hubiera necesitado de mayor esfuerzo para atraerlas a su voz

y acelerar su ayuntamiento y concordia. Con todo, hubiéranse al fin

vencido tamaños obstáculos si no se hubiera encontrado otro superior

en el consejo real o de Castilla; el cual, desconceptuado en la nación

por su incierta, tímida y reprensible conducta con el gobierno intruso,

tenía en Madrid todavía acérrimos partidarios en el numeroso séquito de

sus dependientes y hechuras. Aunque érale dado con tal arrimo proseguir

en su antigua autoridad, mantúvose quedo y como arrumbado a la partida

de los franceses; ora por temor de que estos volviesen, ora también por

la incertidumbre en que estaba de ser obedecido. Al fin y poco después

tomó bríos viendo que nadie le salía al encuentro, y sobre todo

impelido del miedo con que a muchos sobrecogió un sangriento desmán de

la plebe madrileña.

[Marginal: Asesinato de Viguri.]

Vivía en la capital retirado y oscurecido Don Luis Viguri, antiguo

intendente de la Habana y uno de los más menguados cortesanos del

príncipe de la Paz, cuya desgracia, según dijimos, le había acarreado

la formación de una causa. Parece ser que no se aventajaba a la pública

su vida privada, y que con frecuencia maltrataba de palabra y obra a

un familiar suyo. Adiestrado este en la mala escuela de su amo, luego

que se le presentó ocasión no la desaprovechó y trató de vengarse. Un

día, y fue el 4 de agosto, a tiempo que reinaba en Madrid una sorda

agitación, antojósele al mal aventurado Viguri desfogar su encubierta

ira en el tan repetidamente golpeado doméstico, quien encolerizado

apellidó en su ayuda al populacho, afirmando con verdad o sin ella

que su amo era partidario de José Napoleón. A los gritos arremolinose

mucha gente delante de las puertas de la habitación. Asustado Viguri

quiso desde un balcón apaciguar los ánimos; pero los gestos que hacía

para acallar el ruido y vocería, y poder hablar, fueron mirados por los

concurrentes como amenazas e insultos, con lo que creció el enojo; y

allanando la casa y cogiendo al dueño, le sacaron fuera e inhumanamente

le arrastraron por las calles de Madrid.

[Marginal: Consejo de Castilla.]

Atemorizáronse al oír la funesta desgracia consejeros y cortesanos,

estremeciéronse los de la parcialidad del intruso, y acongojáronse

hasta los pacíficos y amantes del orden. Huérfana la capital y

sin nueva corporación que la rigiese, fácil le fue al consejo,

aprovechándose de aquel suceso y aprieto, recobrar el poder que se

figuraba competirle. El bien común y público sosiego pedían, no hay

duda, el establecimiento de una autoridad estable y única: y lástima

fue que el vecindario de Madrid no la hubiera por sí formado; y

tal, que enfrenando las pasiones populares y atajando al consejo en

sus ambiciosas miras, hubiese aunado, repetimos, y concertado más

prontamente las voluntades de las otras juntas.

[Marginal: Sus manejos.]

No fue así; y el consejo destruyendo el impulso que Madrid hubiera

debido dar, acrecentó con sus manejos y pretensiones los estorbos y

enredos. Cuerpo autorizado con excesivas y encontradas facultades,

había en todos tiempos causado graves daños a la monarquía, y se

imaginaba que no solo gobernaría ahora a Madrid, sino que extendería

a todo el reino y a todos los ramos su poder e influjo. Admira

tanta ceguedad y tan desapoderada ambición en un tiempo en que

escrupulosamente se escudriñaba su porte con el intruso, y en que

hasta se le disputaba el legítimo origen de su autoridad. [Marginal:

Opinión sobre aquel cuerpo.] Así era que unos decían «si en realidad

es el consejo, según pregona, el depositario de la potestad suprema

en ausencia del monarca, ¿qué ha hecho para conservar intactas las

prerrogativas de la corona? ¿qué en favor de la dignidad y derechos de

la nación? Sumiso al intruso ha reconocido sus actos, o por lo menos

los ha proclamado; y los efugios que ha buscado y las cortapisas que

a veces ha puesto, más bien llevaban traza de ser un resguardo que

evitase su personal compromiso que la oposición justa y elevada de la

primera magistratura del reino.» Otros subiendo hasta la fuente de su

autoridad, «nacido el consejo [decían] en los flacos y turbulentos

reinados de los Juanes y Enriques, tomó asiento y ensanchó su poderío

bajo Felipe II, cuando aquel monarca intentando descuajar la hermosa

planta de las libertades nacionales, tan trabajadas ya del tiempo de

su padre, procuraba sustentar su dominación en cuerpos amovibles a su

voluntad y de elección suya, sin que ninguna ley fundamental de la

monarquía ni las cortes permitiesen tal como era su establecimiento,

ni deslindasen las facultades que le competían. Desde entonces el

consejo, aprovechándose de los calamitosos tiempos en que débiles

monarcas ascendieron al solio, se erigió a veces en supremo legislador

formando en sus autos acordados leyes generales, para cuya adopción

y circulación no pedía el beneplácito ni la sanción real. Ingiriose

también en el ramo económico y manejó a su arbitrio los intereses de

todos los pueblos, sobre no reconocer en la potestad judicial límites

ni traba. Así acumulando en sí solo tan vasto poder, se remontaba a la

cima de la autoridad soberana; y descendiendo después a entrometerse

en la parte más ínfima, si no menos importante del gobierno, no podía

construirse una fuente ni repararse un camino en la más retirada aldea

o apartada comarca sin que antes hubiese dado su consentimiento. En

unión con la inquisición y asistido del mismo espíritu, al paso que

esta cortaba los vuelos al entendimiento humano, ayudábala aquel con

sus minuciosas leyes de imprenta, con sus tasas y restricciones. Y

si en tiempos tranquilos tanto perjuicio y tantos daños [añadían]

nos ha hecho el consejo, institución monstruosa de extraordinarias

y mal combinadas facultades, consentidas mas no legitimadas por la

voz nacional, ¿no tocaría en frenesí dejarle con el antiguo poder

cuando al mismo tiempo que la nación se libertaba con energía del

yugo extranjero, el consejo que blasona ser cabecera del reino se ha

mostrado débil, condescendiente y abatido, ya que no se le tenga por

auxiliador y cómplice del enemigo?»

Tales discursos no estaban desnudos de razón, aunque participasen algún

tanto de las pasiones que agitaban los ánimos. En su buen tiempo el

consejo se había por lo general compuesto de magistrados íntegros,

que con imparcialidad juzgaban los pleitos y desavenencias de los

particulares: entre ellos se habían contado hombres profundos como

los Macanaces y Campomanes, que con gran caudal de erudición y sana

doctrina se habían opuesto a las usurpaciones de la curia romana y

procurado por su parte la mejora y adelantamientos de la nación. Pero

era el consejo un cuerpo de solos 25 individuos, los cuales por la

mayor parte ancianos, y meros jurisperitos, no habían tenido ocasión

ni lugar de extender sus conocimientos ni de perfeccionarse en otros

estudios. Ocupados en sentenciar pleitos, responder a consultas y

despachar negocios de comisiones particulares, no solamente fallaba

a los más el saber y práctica que requieren la formación de buenas

leyes y el gobierno de los pueblos, sino que también escasos de

tiempo dejaban a subalternos ignorantes o interesados la resolución

de importantísimos expedientes. Mal grave y sentido de todos tan de

antiguo, que ya en 1751 propuso al rey el célebre ministro marqués de

la Ensenada despojar al consejo de lo concerniente a gobierno, policía

y economía, dejándole reducido a entender en la justicia civil y

criminal y asuntos del real patronato.

No le iba pues bien al consejo insistir ahora en la conservación de

sus antiguas facultades y aun en darles mayor ensanche. Con todo

tal fue su intento. Seguro ya de que su autoridad sería en Madrid

respetada, dirigiose a los presidentes de las juntas y a los generales

de los ejércitos: a estos para que se aproximasen a la capital; a

aquellos para que diputasen personas, que unidas al consejo tratasen

de los medios de defensa: «tocando solo a él [decía] resolver sobre

medidas de otra clase y excitar la autoridad de la nación y cooperar

con su influjo, representación y luces al bien general de esta.»

Ensoberbecidas las juntas con el triunfo de su causa, déjase discurrir

con qué enfado y desdén replicarían a tan imprudente y desacordada

propuesta. La de Galicia no solamente tachaba a cada uno de sus

miembros de ser adicto a los franceses, sino que al cuerpo entero le

echaba en cara haber sido el más activo instrumento del usurpador.

Palafox en su respuesta con severidad le decía: «ese tribunal no ha

llenado sus deberes»; y Sevilla le acusaba ante la nación «de haber

obrado contra las leyes fundamentales... de haber facilitado a los

enemigos todos los medios de usurpar el señorío de España... de ser

en fin una autoridad nula e ilegal, y además sospechosa de haber

cometido antes acciones tan horribles que podían calificarse de delitos

atrocísimos contra la patria...» Al mismo son se expresaron todas las

otras juntas fuera de la de Valencia, la cual en 8 de agosto aprobó

los términos lisonjeros con que el consejo era tratado en un escrito

leído en su seno por uno de sus miembros. Mas aquella misma junta, tan

dispuesta en su favor, tuvo muy luego que retractarse mandando en 15

del propio mes «que ninguna autoridad de cualquier clase mantuviese

correspondencia directa ni se entendiese en nada con el consejo.» Dio

lugar a la mudanza de dictamen la presteza con que el último se metió a

expedir órdenes como si ya no existiese la junta. Mal recibido de todos

lados y aun ásperamente censurado, pareciole necesario al consejo dar

un manifiesto en que sincerase su conducta y procedimientos: penoso

paso a quien siempre había desestimado el tribunal de la opinión

pública. Mas no por eso desistió de su propósito, ni menos descuidó

emplear otros medios con que recobrar la autoridad perdida. Dábale

particular confianza la desunión que reinaba en las juntas y varias

contestaciones entre ellas suscitadas. Por lo que será bien referir las

mudanzas acaecidas en su composición, y las explicaciones y altercados

que precedieron a la instalación de un gobierno central.

[Marginal: Estado de las juntas provinciales.]

En la forma interior de aquellos cuerpos contadas fueron las

variaciones ocurridas. Habíase en Asturias congregado desde agosto una

nueva junta que diese más fuerza y legitimidad al levantamiento de

mayo, nombrando o reeligiendo sus concejos diputados que la compusiesen

con pleno conocimiento del objeto de su reunión. Ninguna alteración

sustancial había acaecido en Galicia; pero su junta convidó a la

anterior, para que de común con ella y las de León y Castilla formasen

todas una representación de las provincias del norte. Se habían las dos

últimas confundido y erigido en una sola después de la aciaga jornada

de Cabezón. Presidía a ambas el bailío Don Antonio Valdés, quien

estando al principio de acuerdo con Don Gregorio de la Cuesta acabó por

desavenirse con él y enojarse poderosamente. Reunidas en Ponferrada,

como punto más resguardado, se trasladaron a Lugo, en cuya ciudad debía

verificarse la celebración de juntas propuesta por la de Galicia. Esta

mudanza fue el origen y principal motivo del enfado de Cuesta, no

pudiendo tolerar que corporaciones que consideraba como dependientes de

su autoridad, se alejasen del territorio de su mando y pasasen a una

provincia con cuyos jefes estaba tan encontrado.

Concurrieron sin embargo a Lugo las tres juntas de Galicia, Castilla y

León. No la de Asturias, ya por cierto desvío que había entre ella y

la de Galicia, y también porque viendo próxima la reunión central de

todas las provincias del reino, juzgó excusado y quizá perjudicial

el que hubiese una parcial entre algunas del norte. Al tratarse de

la formación de esta hubo diversos pareceres acerca del modo de su

formación y composición. Quién opinaba por cortes, y quién soñaba un

gobierno que diese principio y encaminase a una federación nacional.

Adhería al primer dictamen Sir Carlos Stuart representante del gobierno

inglés, como medio más acomodado a los antiguos usos de España. Pero

las novedades introducidas en las constituciones de aquel cuerpo

durante la dominación de las casas de Austria y Borbón, ofrecían para

su llamamiento dificultades casi insuperables; pues al paso de ser

muchas las ciudades de León y Castilla que enviaban procuradores a

cortes, solo tenía una voz el populoso reino de Galicia y se veía

privado de ella el principado de Asturias, cuna de la monarquía.

Tal desarreglo pedía para su enmienda más tiempo y sosiego de lo

que entonces permitían las circunstancias. Por su parte la junta de

Galicia, sabedora de la idea de la federación, quería esquivar en sus

vistas con las de León y Castilla, el tratar de la unión de un solo

y único gobierno central. Mas la autoridad de Don Antonio Valdés,

que todas tres habían elegido por su presidente, pudiendo más que el

estrecho y poco ilustrado ánimo de ciertos hombres, y prevaleciendo

sobre las pasiones de otros, consiguió que se aprobase su propuesta

dirigida al nombramiento de diputados que en representación de las tres

juntas acudiesen a formar con las demás del reino una central. Con tan

prudente y oportuna determinación se evitaron los extravíos y aun

lástimas que hubiera provocado la opinión contraria.

Asimismo cortaron cuerdos varones varias desavenencias movidas entre

Sevilla y Granada. Pretendía la primera que la última se le sometiese,

olvidada de la principal parte que habían tenido las tropas de su

general Reding en los triunfos de Bailén. La rivalidad había nacido

con la insurrección, no siendo dable fijar ni deslindar los límites de

nuevas y desconocidas autoridades; y en vez de desaparecer aquella,

tomó con la victoria alcanzada extraordinario incremento. Llegó a tal

punto la exaltación y ceguera que el inquieto conde de Tilly propuso

en el seno de la junta sevillana, que una división de su ejército

marchase a sojuzgar a Granada. Presente Castaños y airado, a pesar de

su condición mansa, levantose de su asiento, y dando una fuerte palmada

en la mesa que delante había, exclamó: «¿quién sin mi beneplácito se

atreverá a dar la orden de marcha que se pide? No conozco [añadió]

distinción de provincias; soy general de la nación, estoy a la cabeza

de una fuerza respetable y nunca toleraré que otros promuevan la

guerra civil.» Su firmeza contuvo a los díscolos, y ambas juntas se

conformaron en adelante con una especie de concierto concluido entre la

de Sevilla y los diputados de Granada, Don Rodrigo Riquelme, regente de

su chancillería, y el oidor Don Luis Guerrero, nombrados al intento y

autorizados competentemente.

Diferían tan lamentables disputas la reunión del gobierno central,

y como si estos y otros obstáculos naturales no bastasen por sí,

nuevos intereses y pretensiones venían a aumentarlos. Recordará el

lector los pasos que en Londres dio en favor de los derechos de su

amo a la corona de España el príncipe de Castelcicala embajador del

rey de las Dos Sicilias, y la repulsa que recibió de los diputados.

No desanimado con ella su gobierno, ni tampoco con otra parecida que

le dio el ministerio inglés, por julio envió a Gibraltar un emisario

que hiciese nuevas reclamaciones. El gobernador Dalrymple le impidió

circular papeles y propasarse a otras gestiones. [Marginal: Llegada

a Gibraltar del príncipe Leopoldo de Sicilia.] Mas tras del emisario

despachó el gobierno siciliano al príncipe Leopoldo, hijo segundo del

rey, a quien acompañaba el duque de Orléans. Fondearon ambos el 9 de

agosto en la bahía de Gibraltar; pero no viéndose apoyados por el

gobernador, pasó el de Orléans a Inglaterra y quedó en el puerto de

su arribada el príncipe Leopoldo. Entretenía este la esperanza de que

a su nombre y conforme quizá a secretos ofrecimientos, no tardaría en

recibir una diputación y noticia de haber sido elevado a la dignidad

de regente. Pero vano fue su aguardar; y era en efecto difícil que

un príncipe de edad de 18 años, extranjero, sin recursos ni anterior

fama, y sin otro apoyo que lejanos derechos al trono de España, fuese

acogido con solícita diligencia en una nación en que era desconocido,

y en donde para conjurar la tormenta que la azotaba se requerían otras

prendas, mayor experiencia y muy diversos medios que los que asistían

al príncipe pretendiente.

Hubo no obstante quien esparció por Sevilla la voz de que convenía

nombrar una regencia compuesta del mencionado príncipe, del arzobispo

de Toledo cardenal de Borbón, y del conde del Montijo. Con razón se

atribuyó la idea a los amigos y parciales del último, quien conservando

todavía cierta popularidad a causa de la parte que se le atribuía en la

caída del príncipe de la Paz, procuraba aunque en vano subir a puesto

de donde su misma inquietud le repelía. Mas los enredos y marañas de

ciertos individuos eran desbaratados por la ambición de otros o la

sensatez y patriotismo de las juntas.

[Marginal: Correspondencia entre las juntas.]

Así fue que a pesar del desencadenamiento de pasiones y de los

obstáculos nacidos con la misma insurrección o causados por la

presencia del enemigo, ya desde junio había llamado la atención de las

juntas: 1.º La formación de un gobierno central; 2.º Un plan general

con el que más prontamente se arrojase a los franceses del suelo

patrio. Al propósito entablose entre ellas seguida correspondencia. Dio

la señal la de Murcia, dirigiendo con fecha de 22 de junio una circular

en que decía: «Ciudades de voto en cortes, reunámonos, formemos un

cuerpo, elijamos un consejo que a nombre de Fernando VII organice

todas las disposiciones civiles, y evitemos el mal que nos amenaza que

es la división... Capitanes generales... de vosotros se debe formar

un consejo militar de donde emanen las órdenes que obedezcan los que

rigen los ejércitos...» Propuso también Asturias en un principio la

convocación de cortes con algunas modificaciones, y hasta Galicia [no

obstante la mencionada federación de algunos proyectada] comisionó

cerca de las juntas del mediodía a Don Manuel Torrado, quien ya en

últimos de julio se hallaba en Murcia, después de haberlas recorrido,

y propuesto una central formada de dos vocales de cada una de las de

provincia. En el propio sentido y en 16 de dicho julio había la de

Valencia pasado a las demás su opinión impresa, lo que también por

su parte y al mismo tiempo hizo la de Badajoz. No fue en zaga a las

otras la junta de Granada, la cual apoyando la circular de Valencia,

se dirigió a su competidora la de Sevilla, y desentendiéndose de

desavenencias, señaló como acomodado asiento para la reunión la última

ciudad.

No por eso se apresuraba esta, ostentando siempre su altanera

supremacía. Pesábale en tanto grado descender de la cumbre a que

se había elevado, que hubo un tiempo en que prohibió la venta y

circulación de los papeles que convidaban a la apetecida concordia.

Apremiada en fin por la voz pública y estrechada por el dictamen de

algunos de sus individuos entendidos y honrados, publicó con fecha

de 3 de agosto un papel en el que examinando los diversos puntos que

en el día se ventilaban, proponía la formación de una junta central

compuesta de dos vocales de cada una de las de provincia. Anduvo

perezosa no obstante en acabar de escoger los suyos. Pero adhiriendo

las otras juntas a las oportunas razones de su circular, cuyo

contenido en sustancia se conformaba con la opinión que las más habían

mostrado antes de concertarse, y que era la más general y acreditada,

fueron todas sucesivamente escogiendo de su seno personas que las

representasen en una junta única y central.

[Marginal: Proceder del consejo.]

Por su parte el consejo todavía esperaba recuperar con sus amaños y

tenaz empeño el poder que para siempre querían arrebatarle de las

manos. Mas no por eso y para cautivar las voluntades de los hombres

ilustrados, mudó de rumbo, adoptando un sistema más nuevo y conforme

al interés público y al progreso de la nación. Asustándose a la menor

sombra de libertad, encadenó la imprenta con las mismas y aun más

trabas que antes; redujo a dos veces por semana la diaria publicación

de la Gaceta de Madrid; persiguió y aun llegó a formar causa a algunas

personas que tenían en su poder papeles de las juntas, mayormente de la

de Sevilla, y en fin resucitó en cuanto pudo su trillada, lenta y añeja

manera de gobernar. Persuadiose que todo le era lícito a trueque de

dar ciertos decretos de alistamiento y acopio de medios que mostrasen

su interés por la causa de la independencia que tan mal había antes

defendido. Y sobre todo cobró esperanza con la llegada a Madrid de

varios generales en quienes presumía poder con buen éxito emplear su

influjo.

[Marginal: Entrada en Madrid de Llamas y Castaños.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5) · 第 5 / 27 段