Causaba su presencia desagradable impresión, y tuvieron los ingleses

que velar noche y día para que no se perturbase la tranquilidad de

Lisboa. No tanto ofendía a sus habitantes la franca salida que por la

convención se daba a sus enemigos, cuanto el poco aprecio con que en

ella eran tratados el príncipe regente y su gobierno. No se mentaba ni

por acaso su nombre, y si en el armisticio había cabido la disculpa de

ser un puro convenio militar, en el nuevo tratado en que se mezclaban

intereses políticos no era dado alegar las mismas razones. De aquí se

promovió un reñido altercado entre la junta de Oporto y los generales

ingleses. Al principio quisieron estos aplacar el enojo de aquella;

[Marginal: Restablecen los ingleses la regencia de Portugal.] mas al

fin desconocieron su autoridad y la de todas las juntas creadas en

Portugal. Restablecieron en 18 de septiembre conforme a instrucción

de su gobierno la regencia que al partir al Brasil había dejado el

príncipe Don Juan, y tan solo descartaron las personas ausentes o

comprometidas con los franceses. Portugal reconoció el nuevo gobierno y

se disolvieron todas sus juntas.

El 13 de septiembre dio la vela Junot y su nave dirigió el rumbo a La

Rochelle. El 30 todas sus tropas estaban ya embarcadas, y unas en pos de

otras arribaron a Guiberon y Lorient. Faltaban las de las plazas, para

cuya salida hubo nuevos tropiezos. [Marginal: Elvas sitiada por los

españoles.] El general español Don José de Arce por orden de la junta

de Extremadura había asediado el 7 de septiembre a Elvas, y obligado

al comandante francés Girod de Novilars a encerrarse en el fuerte de

La Lippe. Sobrado tardía era en verdad la tentativa de los españoles,

y llevaba traza de haberse imaginado después de sabida la convención

entre franceses e ingleses. Despacharon estos para cumplirla en aquella

plaza un regimiento, pero Arce y la junta de Extremadura se opusieron

vivamente a que se dejase ir libres a los que sus soldados sitiaban.

Cruzáronse escritos de una y otra parte, hubo varias y aun empeñadas

explicaciones, mas al cabo se arregló todo amistosamente con el coronel

inglés Graham. [Marginal: Almeida, por los portugueses.] No anduvieron

respecto de Almeida más dóciles los portugueses, quienes cercaban la

plaza. Hasta primeros de octubre no se removieron los obstáculos que

se oponían a la entrega, y aun entonces hubo de serles a los franceses

harto costosa. Libres ya y próximos a embarcarse en Oporto, sublevose

el pueblo de aquella ciudad con haber descubierto entre los equipajes

ornamentos y alhajas de iglesia. Despojados de sus armas y haberes

debieron la vida a la firmeza del inglés Sir Roberto Wilson que mandaba

un cuerpo de portugueses, conteniendo a duras penas la embravecida

furia popular.

Con el embarco de la guarnición de Almeida quedaba del todo cumplida

la convención llamada de Cintra. Fue penosa la travesía de las tropas

francesas, maltratado el convoy por recios temporales. Cerca de 2000

hombres perecieron, naufragando tripulaciones y transportes: 22.000

arribaron a Francia, 29.000 habían pisado el suelo portugués. Pocos

meses adelante los mismos soldados aguerridos y mejor disciplinados

volvieron de refresco sobre España.

[Marginal: Desaprobación general de la convención de Cintra en

Inglaterra.]

La convención no solamente indignó a los portugueses y fue censurada

por los españoles, sino que también levantó contra ella el clamor de

la Inglaterra misma. Llenos de satisfacción y contento habían estado

sus habitantes al eco de las victorias de Roliça y Vimeiro. De ello

fuimos testigos, y de los primeros. Traemos a la memoria que en 1.º de

septiembre y a cosa de las nueve de la noche asistiendo a un banquete

en casa de Mr. Canning, se anunció de improviso la llegada del capitán

Campbell portador de ambas nuevas. Estaban allí presentes los demás

ministros británicos, y a pesar de su natural y prudente reserva, con

las victorias conseguidas desabrocharon sus pechos con júbilo colmado.

No menor se mostró en todas las ciudades y pueblos de la gran Bretaña.

Pero enturbiole bien luego la capitulación concedida a Junot, creciendo

el enojo a par de lo abultado de las esperanzas. Muchos decían que

los españoles hubieran conseguido triunfo más acabado. Tan grande era

el concepto del brío y pericia militar de nuestra nación, exagerado

entonces, como después sobradamente deprimido al llegar derrotas y

contratiempos. Aparecía el despecho y la ira hasta en los papeles

públicos, cuyas hojas se orlaban con bandas negras, pintando también

en caricaturas e impresos a sus tres generales colgados de un patíbulo

afrentoso. Cundió el enojo de los particulares a las corporaciones,

y las hubo que elevaron hasta el solio enérgicas representaciones.

Descolló entre todas la del cuerpo municipal de Londres. No en vano

levanta en Inglaterra su voz la opinión nacional. A ella tuvieron que

responder los ministros ingleses, nombrando una comisión que informase

acerca del asunto, y llamando a los tres generales Dalrymple, Burrard

y Wellesley para que satisficiesen a los cargos. Hubo en el examen

de su conducta varios incidentes, mas al cabo conformándose S. M. B.

con el unánime parecer de la comisión, declaró no haber lugar a la

formación de causa, al paso que desechó los artículos de la convención,

cuyo contenido podría ofender o perjudicar a españoles y portugueses.

Decisión que a pocos agradó, y sobre la que se hicieron justos reparos.

Nosotros creemos que si bien hubieran podido sacarse mayores ventajas

de las victorias de Roliça y Vimeiro, fue empero de gran provecho el

que se desembarazase a Portugal de enemigos. Con la convención se

consiguió pronto aquel objeto; sin ella quizá se hubiera empeñado una

lucha más larga, y España embarazada con los franceses a la espalda no

hubiera tan fácilmente podido atender a su defensa y arreglo interior.

[Marginal: Declaración de S. M. B. de 4 de julio.]

Estas pues habían sido las victorias conseguidas por las armas aliadas

antes del mes de septiembre en el territorio peninsular, con las que se

logró despejar su suelo hasta las orillas de Ebro. Por el mismo tiempo

fueron también de entidad los tratos y conciertos que hubo entre el

gobierno de S. M. B. y las juntas españolas, los cuales dieron ocasión

a acontecimientos importantes.

Hablamos en su origen del modo lisonjero con que habían sido tratados

los diputados de Asturias y Galicia. Se habían ido estrechando aquellas

primeras relaciones, y además de los cuantiosos auxilios mencionados

y que en un principio se despacharon a España, fueron después otros

nuevos y pecuniarios. Creciendo la insurrección y afirmándose

maravillosamente, dio S. M. B.[*] [Marginal: (* Ap. n. 5-8.)] una

prueba solemne de adhesión a la causa de los españoles, publicando en 4

de julio una declaración por la que se renovaban los antiguos vínculos

de amistad entre ambas naciones. Realmente estaban ya restablecidos

desde primeros de junio; pero a mayor abundamiento quísose dar a la

nueva alianza toda autoridad por medio de un documento público y de

oficio.

[Marginal: Peticiones y reclamaciones que se hacen a los diputados

españoles.]

La unión franca y leal de ambos paises, y el tropel portentoso de

inesperados sucesos habían excitado en Inglaterra un vivo deseo de

tomar partido con los patriotas españoles. No se limitó aquel a

los naturales, no a aventureros ansiosos de buscar fortuna. Cundió

también a extranjeros y subió hasta personajes célebres e ilustres.

Los diputados españoles careciendo de la competente facultad se

negaron constantemente a escuchar semejantes solicitudes. Sería

prolijo reproducir aun las más principales. Contentarémonos con

hacer mención de dos de las más señaladas. Fue una la del general

Dumourier: [Marginal: Dumourier.] con ahinco solicitaba trasladarse a

la península, y tener allí un mando, o por lo menos ayudar de cerca

con sus consejos. Figurábase que ellos y su nombre desbaratarían las

huestes de Napoleón. Tachado de vario e inconstante en su conducta,

y también de poco fiel a su patria, mal hubiera podido merecer la

confianza de otra adoptiva. De muy diverso origen procedía la segunda

solicitud, y de quien bajo todos respectos y por sus desgracias y las

de su familia merecía otro miramiento y atención. [Marginal: Conde de

Artois.] Sin embargo no les fue dado a los diputados acceder al noble

sacrificio que quería hacer de su persona el conde de Artois [hoy

Carlos X de Francia] partiendo a España a pelear en las filas españolas.

Acompañaron a estas gestiones otras no dignas de olvido. Pocos días

habían corrido después de la llegada a Londres de los diputados de

Asturias, cuando el duque de Blacas [entonces conde] se les presentó

[Marginal: Luis XVIII.] a nombre de Luis XVIII, ilustre cabeza de

la familia de Borbón, con objeto de reclamar el derecho al trono

español que asistía a la rama de Francia, extinguida que fuese la

de Felipe V. Evitando tan espinosa cuestión por anticipada, se

respondió de palabra y con el debido acatamiento a la reclamación de

un príncipe desventurado y venerable, lejos todavía de imaginarse

que la insurrección de España le serviría de primer escalón para

recuperar el trono de sus mayores. Más secamente se replicó a la nota,

que al mismo propósito escribió a los diputados [Marginal: Príncipe

de Castelcicala.] en favor de su amo, el príncipe de Castelcicala,

embajador de Fernando IV, rey de las dos Sicilias. Provocó la

diferencia en la contestación el modo poco atento y desmañado con que

dicho embajador se expresó, pues al paso que reivindicaba derechos

de tal cuantía, estudiosamente aun en el estilo esquivaba reconocer

la autoridad de las juntas. La relación de estos hechos muestra la

importancia que ya todos daban a la insurrección de España, deprimida

entonces y desfigurada por Napoleón.

Pero si bien eran lisonjeros aquellos pasos, no podían fijar tanto

la atención de los diputados como otros negocios que particularmente

interesaban al triunfo de la buena causa. Para su prosecución se

agregaron en primeros de julio a los de Galicia y Asturias los

diputados de Sevilla el teniente general Don Juan Ruiz de Apodaca y el

mariscal de campo Don Adrián Jácome. Unidos no solamente promovieron

el envío de socorros, sino que además volvieron la vista al Norte de

Europa. Despacharon a Rusia un comisionado, mas ya fuese falta suya o

que aquel gabinete no estuviese todavía dispuesto a desavenirse con

Francia, la tentativa no tuvo ninguna resulta. Mas dichosa fue la que

hicieron para libertar la división española que estaba en Dinamarca

a las órdenes del marqués de la Romana, merced al patriotismo de sus

soldados, y a la actividad y celo de la marina inglesa.

[Marginal: Tropa española en Dinamarca.]

Hubiérase achacado a desvarío pocos meses antes el figurarse siquiera

que aquellas tropas a tan gran distancia de su patria y rodeadas del

inmenso poder y vigilancia de Napoleón, pisarían de nuevo el suelo

español burlándose de precauciones, y aun sirviéndoles para su empresa

las mismas que contra su libertad se habían tomado. Constaba a la

sazón su fuerza de 14.198 hombres, y se componía de la división que

en la primavera de 1807 había salido de España con el marqués de la

Romana, y de la que estaba en Toscana y se le juntó en el camino. Por

agosto de aquel año y a las órdenes del mariscal Bernadotte, príncipe

de Ponte-Corvo, ocupaban dichas divisiones a Hamburgo y sus cercanías,

después de haber gloriosamente peleado algunos de los cuerpos en el

sitio de Stralsunda. Resuelto Napoleón a enseñorearse de España,

juzgó prudente colocarlos en paraje más seguro, y con pretexto de

una invasión en Suecia los aisló y dividió en el territorio danés.

Estrecholos así entre el mar y su ejército. Napoleón determinó que

ejecutasen aquel movimiento en marzo de 1808. Cruzó la vanguardia el

pequeño Belt y desembarcó en Fionia. La impidió atravesar el gran

Belt e ir a Zelandia la escuadra inglesa que apareció en aquellas

aguas. Lo restante de la fuerza española detenida en el Schleswig, se

situó después en las islas de Langeland y Fionia y en la península

de Jutlandia. Así continuó, excepto los regimientos de Asturias y

Guadalajara que de noche y precavidamente consiguieron pasar el gran

Belt y entrar en Zelandia. Las novedades de España aunque alteradas y

tardías habían penetrado en aquel apartado reino. Pocas eran las cartas

que los españoles recibían, interceptando el gobierno francés las que

hablaban de las mudanzas intentadas o ya acaecidas. Causaba el silencio

desasosiego en los ánimos, y aumentaba el disgusto el verse las tropas

divididas y desparramadas.

En tal congoja recibiose en junio un despacho de Don Mariano Luis de

Urquijo para que se reconociese y prestase juramento a José, con la

advertencia «de que se diese parte si había en los regimientos algún

individuo tan exaltado que no quisiera conformarse con aquella soberana

resolución, desconociendo el interés de la familia real y de la nación

española.» No acompañaron a este pliego otras cartas o correspondencia,

lo que despertó nuevas sospechas. También el 24 del mismo mes había

al propio fin escrito al de la Romana el mariscal Bernadotte. El

descontento de soldados y oficiales era grande, los susurros y

hablillas muchos, y temíanse los jefes alguna seria desazón. Por tanto

adoptáronse para cumplir la orden recibida convenientes medidas, que

no del todo bastaron. En Fionia salieron gritos de entre las filas

de Almansa y Princesa de _viva España_ y _muera Napoleón_, y sobre

todo el tercer batallón del último regimiento anduvo muy alterado.

Los de Asturias y Guadalajara abiertamente se sublevaron en Zelandia,

fue muerto un ayudante del general Fririon, y este hubiera perecido

si el coronel del primer cuerpo no le hubiese escondido en su casa.

Rodeados aquellos soldados fueron desarmados por tropas danesas. Hubo

también quien juró con condición de que José hubiese subido al trono

sin oposición del pueblo español. Cortapisa honrosa y que ponía a salvo

la más escrupulosa conciencia, aun en caso de que obligase un juramento

engañoso, cuyo cumplimiento comprometía la suerte e independencia de la

patria.

[Marginal: Marqués de la Romana.]

Mas semejantes ocurrencias excitaron mayor vigilancia en el gobierno

francés. Aunque ofendidos e irritados, calladamente aguantaban los

españoles hasta poder en cuerpo o por separado libertarse de la mano

que los oprimía. El mismo general en jefe viose obligado a reconocer al

nuevo rey, dirigiéndole, como a Bernadotte, una carta harto lisonjera.

La contradicción que aparece entre este paso y su posterior conducta se

explica con la situación crítica de aquel general y su carácter; por lo

que daremos de él y de su persona breve noticia.

Don Pedro Caro y Sureda marqués de la Romana, de una de las más

ilustres casas de Mallorca, había nacido en Palma, capital de aquella

isla. Su edad era la de 46 años, de pequeña estatura, mas de complexión

recia y enjuta, acostumbrado su cuerpo a abstinencia y rigor. Tenía

vasta lectura no desconociendo los autores clásicos latinos y griegos,

cuyas lenguas poseía. De la marina pasó al ejército al empezar la

guerra de Francia en 1793, y sirvió en Navarra a las órdenes de

su tío Don Juan Ventura Caro. Yendo de allí a Cataluña ascendió a

general, y mostrose entendido y bizarro. Obtuvo después otros cargos.

Habiendo antes viajado en Francia, se le miró como hombre al caso

para mandar la fuerza española que se enviaba al Norte. Faltábale la

conveniente entereza, pecaba de distraído, cayendo en olvidos y raras

contradicciones. Juguete de aduladores, se enredaba a veces en malos

e inconsiderados pasos. Por fortuna en la ocasión actual no tuvieron

cabida aviesas insinuaciones, así por la buena disposición del marqués,

como también por ser casi unánime en favor de la causa nacional la

decisión de los oficiales y personas de cuenta que le rodeaban.

Bien pronto en efecto se les ofreció ocasión de justificar los nobles

sentimientos que los animaban. Desde junio los diputados de Galicia y

Asturias habían procurado por medio de activa correspondencia ponerse

en comunicación con aquel ejército; mas en vano: sus cartas fueron

interceptadas o se retardaron en su arribo. También el gobierno inglés

envió un clérigo católico de nombre Robertson, el que si bien consiguió

abocarse con el marqués de la Romana, nada pudo entre ellos concluirse

ni determinarse definitivamente. Mientras tanto llegaron a Londres Don

Juan Ruiz de Apodaca y Don Adrián Jácome, y como era urgente sacar,

por decirlo así, de cautiverio a los soldados españoles de Dinamarca,

concertáronse todos los diputados y resolvieron que los de Andalucía

enviasen al Báltico a su secretario, [Marginal: Lobo.] el oficial de

marina Don Rafael Lobo, sujeto capaz y celoso. Proporcionó buque el

gobierno inglés, y haciéndose a la vela en julio arribó Lobo el 4 de

agosto al gran Belt, en donde con el mismo objeto se había apostado a

las órdenes de Sir R. Keats parte de la escuadra inglesa que cruzaba en

los mares del Norte.

Don Rafael Lobo ancló delante de las islas dinamarquesas, a tiempo que

en aquellas costas se había despertado el cuidado de los franceses

por la presencia y proximidad de dicha escuadra. Deseoso de avisar

su venida empleó Lobo inútilmente varios medios de comunicar con

tierra. Empezaba ya a desesperanzar, [Marginal: Fábregues.] cuando

el brioso arrojo del oficial de voluntarios de Cataluña Don Juan

Antonio Fábregues, puso término a la angustia. Había este ido con

pliegos desde Langeland a Copenhague. A su vuelta con propósito de

escaparse, en vez de regresar por el mismo paraje, buscó otro apartado,

en donde se embarcó mediante un ajuste con dos pescadores. En la

travesía columbrando tres navíos ingleses fondeados a cuatro leguas

de la costa, arrebatado de noble inspiración tiró del sable y ordenó

a los dos pescadores, únicos que gobernaban la nave, hacer rumbo a la

escuadra inglesa. Un soldado español que iba en su compañía ignorando

su intento, arredrose y dejó caer el fusil de las manos. Con presteza

cogió el arma uno de los marineros, y mal lo hubiera pasado Fábregues,

si pronto y resuelto este, dando al danés un sablazo en la muñeca,

no le hubiese desarmado. Forzados pues se vieron los dos pescadores

a obedecer al intrépido español. Déjase discurrir de cuánto gozo se

embargarían los sentidos de Fábregues al encontrarse a bordo con Lobo,

como también cuánta sería la satisfacción del último cerciorándose de

que la suerte le proporcionaba seguro conducto de tratar y corresponder

con los jefes españoles.

No desperdiciaron ni uno ni otro el tiempo que entonces era a todos

precioso. Fábregues a pesar del riesgo se encargó de llevar la

correspondencia, y de noche y a hurtadillas le echó en la costa de

Langeland un bote inglés. Avistose a su arribo y sin tardanza con el

comandante español, que también lo era de su cuerpo, Don Ambrosio de la

Cuadra, confiado en su militar honradez. No se engañó porque asintiendo

este a tan digna determinación, prontamente y disfrazado despachó al

mismo Fábregues para que diese cuenta de lo que pasaba al marqués de

la Romana. Trasladose a Fionia en donde estaba el cuartel general, y

desempeñó en breve y con gran celo su encargo.

Causaron allí las nuevas que traía profunda impresión. Crítica era

en verdad y apurada la posición de su jefe. Como buen patricio

anhelaba seguir el pendón nacional, mas como caudillo de un ejército

pesábale la responsabilidad en que incurriría si su noble intento

se desgraciaba. Perplejo se hubiera quizá mantenido a no haberle

estimulado con su opinión y consejos los demás oficiales. [Marginal:

Dispónense a embarcarse las tropas del Norte.] Decidiose en fin al

embarco, y convino secretamente con los ingleses en el modo y forma de

ejecutarle. Al principio se había pensado en que se suspendiese hasta

que noticiosas del plan acordado las tropas que había en Zelandia y

Jutlandia, se moviesen todas a un tiempo antes de despertar el recelo

de los franceses. Mas informados estos de haber Fábregues comunicado

con la escuadra inglesa, menester fue acelerar la operación trazada.

Dieron principio a ella los que estaban en Langeland enseñoreándose de

la isla. Prosiguió Romana y se apoderó el 9 de agosto de la ciudad de

Nyborg, punto importante para embarcarse y repeler cualquier ataque

que intentasen 3000 soldados dinamarqueses existentes en Fionia. Los

españoles acuartelados en Swendborg y Faaborg al mediodía de la misma

isla, se embarcaron para Langeland también el 9, y tomaron tierra

desembarazadamente. Con más obstáculos tropezó el regimiento de

Zamora, acantonado en Fridericia: [Marginal: Kindelán.] engañole Don

Juan de Kindelán, segundo de Romana, que allí mandaba. Aparentando

desear lo mismo que sus soldados dispúsose a partir y aun embarcó su

equipaje; pero en el entretanto no solo dio aviso de lo que ocurría al

mariscal Bernadotte, sino que temiendo que se descubriese su perfidia,

cautelosamente y por una puerta falsa se escapó de su casa. Amenazados

por aquel desgraciado incidente apresuráronse los de Zamora a pasar

a Middlefahrt, y sin descanso caminaron desde allí por espacio de

veintiuna horas, hasta incorporarse en Nyborg con la fuerza principal,

habiendo andado en tan breve tiempo más de dieciocho leguas de España.

Huido Kindelán y advertidos los franceses, parecía imposible que se

salvasen los otros regimientos que había en Jutlandia: con todo lo

consiguieron dos de ellos. Fue el primero el de caballería del Rey.

Ocupaba a Aarhus, y por el cuidado y celo de su anciano coronel,

fletando barcas salvose y arribó a Nyborg. Otro tanto sucedió con

el del Infante, también de caballería, situado en Manders y por

consiguiente más lejos y al norte. No tuvo igual dicha el de Algarbe,

único que allí quedaba. Retardó su marcha por indecisión de su coronel,

y aunque más cerca de Fionia que los otros dos, fue sorprendido por las

tropas francesas. En aquel encuentro el capitán Costa que mandaba un

escuadrón, al verse vendido prefirió acabar con su vida tirándose un

pistoletazo. Imposible fue a los regimientos de Asturias y Guadalajara

acudir al punto de Corsoer que se les había indicado como el más vecino

a Nyborg desde la costa opuesta de Zelandia. Desarmados antes, según

hemos visto, y cuidadosamente observados, envolviéronlos las tropas

danesas al ir a ejecutar su pensamiento. Así que entre estos dos

cuerpos el de Algarbe de caballería, algunas partidas sueltas y varios

oficiales ausentes por comisión o motivo particular, quedaron en el

norte 5160 hombres, y 9038 fueron los que unidos en Langeland y pasada

reseña se contaron prontos a dar la vela. Abandonáronse los caballos

no habiendo ni transportes ni tiempo para embarcarlos. Muchos de los

jinetes no tuvieron ánimo para matarlos, y siendo enteros y viéndose

solos y sin freno, se extendieron por la comarca y esparcieron el

desorden y espanto.

[Marginal: Kindelán y Guerrero.]

Don Juan de Kindelán había en el intermedio llegado al cuartel general

de Bernadotte, y no contento con los avisos dados, descubrió al capitán

de artillería Don José Guerrero, encargado por Romana de una comisión

importante en el Schleswig. Arrestáronle, y enfurecido con la alevosía

de Kindelán apellidole traidor delante de Bernadotte, quedando aquel

avergonzado y mirándole después al soslayo los mismos a quienes servía:

merecido galardón a su villano proceder. Salvó la vida a Guerrero la

hidalga generosidad del mariscal francés, quien le dejó escapar y aun

en secreto le proporcionó dinero.

[Marginal: Juramento de los españoles en Langeland.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5) · 第 4 / 27 段