bastantemente algunos de sus pueblos con la entrada de los franceses.
Cupo suerte aciaga a Leiría y Nazareth, habiendo sido igualmente
desdichada la de la ciudad de Évora. Era en Portugal difícil el
arreglo y unión de todas sus provincias por hallarse interrumpidas
las comunicaciones entre las del norte y mediodía, y arduo por tanto
establecer un concierto entre ellas para lidiar ventajosamente
contra los franceses. La junta de Oporto, animada de buen celo,
mas desprovista de medios y autoridad, procedía lentamente en la
organización militar, y de Galicia con escasez y tarde le llegaron
cerca de 2000 hombres de auxilio. La junta de Extremadura envió por su
lado una corta división a las órdenes de Don Federico Moreti, con cuya
presencia se fomentó el alzamiento del Alentejo en tal manera grave
a los ojos de Junot, que dio orden a Loison para pasar prontamente a
aquella provincia, desamparando la Beira, en donde este general estaba,
después de haber inútilmente pisado los lindes de Salamanca y las
orillas de Duero. Supieron portugueses y españoles que se acercaban
los enemigos, y al mando aquellos del general Francisco de Paula
Leite, [Marginal: Évora.] y los nuestros al del brigadier Moreti, los
aguardaron fuera de las puertas de Évora, dentro de cuyos muros se
había instalado la junta suprema de la provincia. Era el 29 de julio, y
las tropas aliadas no ofreciendo sino un conjunto informe de soldados
y paisanos mal armados y peor disciplinados, se dispersaron en breve,
recogiéndose parte de ellos a la ciudad. Los enemigos avanzaron, mas
tuvieron dentro que vencer la pertinaz resistencia de los vecinos y
de muchos de los españoles refugiados allí después de la acción, y
que, guiados por Moreti y sobre todo por Don Antonio María Gallego,
disputaron a palmos algunas de las calles. El último quedó prisionero.
La ciudad fue entregada por el enemigo a saco, desahogando este
horrorosamente su rabia en casas y vecinos. Moreti con el resto de su
tropa se acogió a la frontera de Extremadura. En ella y en la plaza
de Olivenza reunía los dispersos el general Leite. También al mismo
tiempo se ocupaba en el Algarbe el conde de Castromarín en allegar y
disciplinar reclutas; mas tan loables esfuerzos así de esta parte como
otros parecidos en la del norte de Portugal, no hubieran probablemente
conseguido el anhelado objeto de libertar el suelo lusitano de enemigos
sin la pronta y poderosa cooperación de la Gran Bretaña.
[Marginal: Expedición inglesa enviada a Portugal.]
Desde el principio de la insurrección española había pensado aquel
gobierno en apoyarla con tropas suyas. Así se lo ofreció a los
diputados de Galicia y Asturias en caso que tal fuese el deseo de las
juntas; mas estas prefirieron a todo los socorros de municiones y
dinero, teniendo por infructuoso, y aun quizá perjudicial, el envío de
gente. Era entonces aquella opinión la más acreditada, y fundábase en
cierto orgullo nacional loable, mas hijo en parte de la inexperiencia.
Daba fuerza y séquito a dicha opinión el desconcepto en que estaban
en el continente las tropas inglesas, por haberse hasta entonces
malogrado desde el principio de la revolución francesa casi todas
sus expediciones de tierra. Sin embargo al paso que amistosamente no
se admitió la propuesta, se manifestó que si el gobierno de S. M. B.
juzgaba oportuno desembarcar en la península alguna división de su
ejército, sería conveniente dirigirla a las costas de Portugal, en
donde su auxilio serviría de mucho a los españoles poniéndoles a salvo
de cualquier empresa de Junot.
Abrazó la idea el ministerio inglés, y una expedición preparada antes
de levantarse España, y según se presume contra Buenos Aires, mudó
de rumbo, y recibió la orden de partir para las costas portuguesas.
Púsose a su frente al teniente general Sir Arthur Wellesley, conocido
después con el nombre de duque de Wellington, y de quien daremos breve
noticia, siendo muy principal el papel que representó en la guerra de
la península.
[Marginal: Sir Arthur Wellesley.]
Cuarto hijo Sir Arthur del vizconde Wellesley, conde de Mornington,
había nacido en Irlanda en 1769, el mismo año que Napoleón. De Eton
pasó a Francia, y entró en la escuela militar de Angers para instruirse
en la profesión de las armas. Comenzó su carrera en la desastrada
campaña que en 1793 acaudilló en Holanda el duque de York, donde se
distinguió por su valor. Detenido a causa de temporales, no se hizo
a la vela para América en 95, según lo intentaba, y solo en 97 se
embarcó con dirección a opuestas regiones, yendo a la India oriental
en compañía de su hermano mayor el marqués de Wellesley, nombrado
gobernador. Se aventajó por su arrojo y pericia militar en la guerra
contra Tipoo-Saib y los Máratas, ganándoles con fuerzas inferiores la
batalla decisiva de Assaye. En 1805 de vuelta a Inglaterra tomó asiento
en la cámara de los comunes, y se unió al partido de Pitt. Nombrado
secretario de Irlanda, capitaneó después la tropa de tierra que se
empleó en la expedición de Copenhague. Hombre activo y resuelto al
paso que prudente, gozando ya de justo y buen concepto como militar,
sobremanera aumentó su fama en las venturosas campañas de la península
española.
[Marginal: Sale la expedición de Cork.]
Contaba ahora la expedición de su mando 10.000 hombres, los que bien
provistos y equipados dieron la vela de Cork el 12 de julio. Al
emparejar con la costa de España paráronse delante de la Coruña, en
donde desembarcó el 20 su general Wellesley. Andaba a la sazón aquella
junta muy atribulada con la rota de Rioseco, y nunca podrían haber
llegado más oportunamente los ofrecimientos ingleses en caso de querer
admitirlos. Reiterolos su jefe, pero la junta insistió en su dictamen,
y limitándose a pedir socorros de municiones y dinero, indicó como más
conveniente el desembarco en Portugal. Prosiguieron pues su rumbo,
y poniéndose de acuerdo el general de la expedición con Sir Carlos
Cotton, [Marginal: Desembarca en Mondego.] que mandaba el crucero
frente de Lisboa, determinó echar su gente en tierra en la bahía de
Mondego, fondeadero el más acomodado.
No tardó Wellesley en recibir aviso de que otras fuerzas se le
juntarían, entre ellas las del general Spencer, antes en Jerez y Puerto
de Santa María, y también 10.000 hombres procedentes de Suecia al mando
de Sir Juan Moore. Reunidas que fuesen todas estas tropas con otros
cuerpos sueltos, debían ascender en su totalidad a 30.000 hombres
inclusos 2000 de caballería; pero con noticia tan placentera recibió
otra el general Wellesley por cierto desagradable. Era pues que tomaría
el mando en jefe del ejército Sir H. Dalrymple, haciendo de segundo
bajo sus órdenes Sir H. Burrard. Recayó el nombramiento en el primero
porque habiendo seguido buena correspondencia con Castaños y los
españoles, se creyó que así se estrecharían los vínculos entre ambas
naciones con la cumplida armonía de sus respectivos caudillos.
No obstante la mudanza que se anunciaba, prevínose al general Wellesley
que no por eso dejase de continuar sus operaciones con la más viva
diligencia. Autorizado este con semejante permiso, y quizá estimulado
con la espuela del sucesor, trató sin dilación de abrir la campaña.
Desembarcadas ya todas sus tropas en 5 de agosto, y arribando con
las suyas el mismo día el general Spencer, pusiéronse el 9 en marcha
hacia Lisboa. El 12 se encontraron en Leiría con el general portugués
Bernardino Freire que mandaba 6000 infantes y 600 caballos de su
nación. No se avinieron ambos jefes. Desaprobaba el portugués la ruta
que quería tomar el británico, temeroso de que descubierta Coimbra
fuese acometida por el general Loison, quien de vuelta ya del Alentejo
había entrado en Tomar. Por tanto permaneció por aquella parte,
cediendo solamente a los ingleses 1400 hombres de infantería y 250 de
caballería que se les incorporaron. Wellesley prosiguió adelante, y el
15 avanzó hasta Caldas.
[Marginal: Estado de Junot y sus disposiciones.]
El desembarco de sus tropas había excitado en Lisboa y en todos los
pueblos extremado júbilo y alegría, enflaqueciendo el ánimo de Junot y
los suyos. Preveían su suerte, principalmente estando ya noticiosos de
la capitulación de Dupont y retirada de José al Ebro. Derramadas sus
fuerzas no ofrecían en ningún punto suficiente número para oponerse
a 15.000 ingleses que avanzaban. Tomó sin embargo Junot providencias
activas para reconcentrar su gente en cuanto le era dable. Ordenó a
Loison dirigirse a la Beira y flanquear el costado izquierdo de sus
contrarios, y a Kellermann que ahuyentando las cuadrillas de paisanos
de Alcácer do Sal y su comarca evacuase a Setúbal y se le uniese.
Negose a prestarle ayuda Siniavin, almirante de la escuadra rusa,
fondeada en el Tajo, no queriendo combatir a no ser que acometiesen el
puerto los buques ingleses.
Tampoco descuidó Junot celar que se mantuviese tranquila la populosa
Lisboa, y para ello en nada acertó tanto como en dejar su gobierno al
cuidado del general Travot, de todos querido y apreciado por su buen
porte. Custodiáronse con particular esmero los españoles que yacían en
pontones, y se atendió a conservar libres las orillas del Tajo. Los
franceses allí avecindados se mostraron muy aficionados a los suyos, y
deseosos de su triunfo formaron un cuerpo de voluntarios. El conde de
Bourmont y otros emigrados, a quienes durante la revolución se habían
prodigado en Lisboa favores y consuelo, se unieron a sus compatriotas
solicitando con instancia el mencionado conde que se le emplease en el
estado mayor.
Tomadas estas disposiciones, pareciole a Junot ser ocasión de ponerse
a la cabeza de su ejército, e ir al encuentro de los ingleses. Pero
antes habían estos venido a las manos cerca de Roliça con el general
Delaborde, quien saliendo de Lisboa el 6 de agosto y juntándose en
Óbidos con el general Thomières y otros destacamentos, había avanzado a
aquel punto al frente de 5000 hombres.
[Marginal: Acción de Roliça.]
Eran sus instrucciones no empeñar acción hasta que se le agregasen
las tropas en varios puntos esparcidas, y limitarse a contener a los
ingleses. No le fue lícito cumplir aquellas, viéndose obligado a pelear
con el ejército adversario. Había este salido de su campo de Caldas en
la madrugada del 17, y encaminádose hacia Óbidos. Se extiende desde
allí hasta Roliça un llano arenoso cubierto de matorrales y arbustos
terminado por agrias colinas, las que prolongándose del lado de
Columbeira casi cierran por su estrechura y tortuosidad el camino que
da salida al país situado a su espalda. Delaborde tomó posición en un
corto espacio que hay delante de Roliça, pueblo asentado en la meseta
de una de aquellas colinas, y de cuyo punto dominaba el terreno que
habían de atravesar los ingleses. Acercábanse estos divididos en tres
trozos: mandaba el de la izquierda el general Ferguson, encargado de
rodear por aquel lado la posición de Delaborde y de observar si Loison
intentaba incorporársele. El capitán Trant con los portugueses debía
por la derecha molestar el costado izquierdo de los franceses, quedando
en el centro el trozo más principal, compuesto de cuatro brigadas y a
las órdenes inmediatas de Sir Arthur, de cuyo número se destacó por la
izquierda la del general Fane para darse la mano con la de Ferguson,
del mismo modo que por la derecha y para sostener a los portugueses se
separó la del general Hill.
Delaborde no creyéndose seguro en donde estaba, con prontitud y
destreza se recogió amparado de su caballería detrás de Columbeira,
en paraje de difícil acceso, y al que solo daban paso unas barrancas
de pendiente áspera y con mucha maleza. Entonces los ingleses variaron
la ordenación del ataque; y uniéndose los generales Fane y Ferguson
para rodear el flanco derecho del enemigo, acometieron su frente de
posición muy fuerte los generales Hill y Nightingale. Defendiéronse
los franceses con gran bizarría, y cuatro horas duró la refriega.
Delaborde herido y perdida la esperanza de que se le juntara Loison,
pensó entonces en retirarse, temeroso de ser del todo deshecho por
las fuerzas superiores de sus contrarios. Primeramente retrocedió a
Azambujeira, disputando el terreno con empeño. Hizo después una corta
parada, y al fin tomó el angosto camino de Runha, andando toda la noche
para colocarse ventajosamente en Montechique. Perdieron los ingleses
500 hombres, 600 los franceses. Gloriosa fue aquella acción para ambos
ejércitos; pues peleando briosamente, si favoreció a los últimos su
posición, eran los primeros en número muy superiores. Con la victoria
recobraron confianza los soldados ingleses, menguada por anteriores y
funestas expediciones; y de allí tomó principio la fama del general
Wellesley, acrecentada después con triunfos más importantes.
No había Loison acudido a unirse con Delaborde receloso de comprometer
la suerte de su división. Sabía que los ingleses habían llegado a
Leiría, le observaban de cerca los portugueses y unos 1500 españoles
que de Galicia había traído el marqués de Valladares; el país se
mostraba hostil, y así no solo juzgó imprudente empeñarse en
semejante movimiento, sino que también abandonando a Tomar, siguió
por Torres Novas a Santarén y el 17 se incorporó en Cercal con Junot.
Los portugueses luego que le vieron lejos, entraron en Abrantes y se
apoderaron de casi todo un destacamento que allí había dejado.
Junot por su parte, según acabamos de indicar, se había ya adelantado.
El 15 de agosto después de celebrar con gran pompa la fiesta de
Napoleón, por la noche y muy a las calladas había salido de Lisboa.
Falsas nuevas y el estado de su gente le retardaron en la marcha, y
no le fue dado antes del 20 reunir sus diversas y separadas fuerzas.
Aquel día aparecieron juntas en Torres Vedras, y se componían de 12.000
infantes y 1500 caballos. Quedaban además las competentes guarniciones
en Elvas, Almeida, Peniche, Palmela, Santarén y en los fuertes de
Lisboa. Mandaba la 1.ª división francesa el general Delaborde, la 2.ª
Loison, y Kellermann la reserva. La caballería y artillería se pusieron
al cuidado de los generales Margaron y Taviel, y en la última arma
mandaba la reserva el coronel entonces, y después general Foy, célebre
y bajo todos respectos digno de loa.
[Marginal: Socorros llegados al ejército inglés.]
Era más numeroso el ejército inglés. Se le habían nuevamente
agregado 4000 hombres a las órdenes de los generales Anstruther y
Acland, y constaba en todo de más de 18.000 combatientes. Carecía
de la suficiente caballería, limitándose a 200 jinetes ingleses y
250 portugueses. Después de la acción de Roliça no había Wellesley
perseguido a su contrario. Para proteger el desembarco en Maceira de
los 4000 hombres mencionados, había avanzado hasta Vimeiro, en donde
casi al propio tiempo se le anunció la llegada con 11.000 hombres de
Sir Juan Moore. A este le ordenó que saltase con su gente en tierra en
Mondego, y que yendo del lado de Santarén cubriese la izquierda del
ejército. No tardó tampoco en saberse la llegada de Sir H. Burrard
nombrado segundo de Dalrymple en el mando: noticia por cierto poco
grata para el general Wellesley, que esperaba por aquellos días coger
nuevos laureles. Su plan de ataque estaba ya combinado. Con pleno
conocimiento del terreno, tomando un camino costero, escabroso y
estrecho, pensaba flanquear la posición de Torres Vedras, y colocándose
en Mafra interponerse entre Junot y Lisboa. Había escogido aquellos
vericuetos y ásperos sitios por considerarlos ventajosos para quien
como él andaba escaso de caballería. Al aviso de estar cerca Burrard
suspendió Wellesley su movimiento y se avistó a bordo con aquel
general. Conferenciaron acerca del plan concertado, y juzgando
Burrard ser arriesgada cualquier tentativa en tanto que Moore no se
les uniese, dispuso aguardarle y que permaneciese su ejército en la
posición de Vimeiro.
Tuvo empero la dicha el general Wellesley de que Junot, no queriendo
dar tiempo a que se juntasen todas las fuerzas británicas, resolvió
atacar inmediatamente a las que en Vimeiro se mantenían tranquilas.
[Marginal: Batalla de Vimeiro, 21 de agosto.]
Está situado aquel pueblo no lejos del mar en una cañada por donde
corre el río Maceira. Al norte se eleva una sierra cortada al oriente
por un escarpe en cuya hondonada está el lugar de Toledo. En dicha
sierra no habían al principio colocado los ingleses sino algunos
destacamentos. Al sudoeste se percibe un cerro en parte arbolado
que por detrás continúa hacia poniente con cimas más erguidas. Seis
brigadas inglesas ocupaban aquel puesto. Había otras dos a la derecha
del río en una eminencia escueta y roqueña que se levanta delante
de Vimeiro. En la cañada o valle se situaron los portugueses y la
caballería.
A las ocho de la mañana del 21 de agosto se divisaron los franceses
viniendo de Torres Vedras. Imaginose Wellesley ser su intento atacar
la izquierda de su ejército, que era la sierra al norte; y como estaba
desguarnecida encaminó a aquel punto, una tras de otra, cuatro de
las seis brigadas que coronaban las alturas de sudoeste y que era
su derecha. No había sido tal el pensamiento de los franceses. Mas
observando su general dicho movimiento, envió sucesivamente para
sostener a un regimiento de dragones, hacia allí destacado, dos
brigadas al mando de los generales Brenier y Solignac.
No por eso desistió Junot de proseguir en el plan de ataque que había
concebido, y cuyo principal blanco era la eminencia situada delante
de Vimeiro, en donde estaban apostadas, según hemos dicho, dos
brigadas inglesas, las cuales se respaldaban contra otras dos que aún
permanecían en las alturas de sudoeste.
Rompió el combate el general Delaborde, siguió a poco Loison, y por
instantes arreció la pelea furiosamente. La reserva bajo las órdenes
de Kellermann, viendo que los suyos no se apoderaban de la eminencia,
fue en su ayuda, y en uno de aquellos acometimientos hirieron a Foy.
Rechazaban los ingleses a sus intrépidos contrarios, aunque a veces
flaqueaba alguno de sus cuerpos. Junot en la reserva observaba y
dirigía el principal ataque sin descuidar su derecha. Mas en aquella no
tuvieron ventura los generales Solignac y Brenier, habiendo sido uno
herido y otro prisionero.
A las doce del día, después de tres horas de inútil lucha y disminuido
el ejército francés con la pérdida de más de 1800 hombres, determinaron
sus generales retirarse a una línea casi paralela a la que ocupaban los
ingleses. Estos con parte de su fuerza todavía intacta consideraron
entonces como suya la victoria, habiéndose apoderado de 13 cañones, y
solo contando entre muertos y heridos unos 800 hombres. Parecía que
era llegado el tiempo de perseguir a los vencidos con las tropas de
refresco. Tal era el dictamen de Sir Arthur Wellesley, sin que ya fuese
dueño de llevarle a cabo. Durante la acción había llegado al campo el
general Burrard, a quien correspondía el mando en jefe. Con escrúpulo
cortesano dejó a Wellesley rematar una empresa dichosamente comenzada.
Pero al tratar de perseguir al enemigo, recobrando su autoridad,
opúsose a ello, e insistió en aguardar a Moore. De prudencia pudo
graduarse semejante opinión antes de la batalla: tanta precaución ahora
si no disfrazaba celosa rivalidad, excedía los límites de la timidez
misma.
Los franceses por la tarde sin ser incomodados se fueron a Torres
Vedras. El 22 celebró Junot consejo de guerra, en el que acordaron
abrir negociaciones con los ingleses por medio del general Kellermann,
no dejando de continuar su retirada a Lisboa. [Marginal: Armisticio
entre ambos ejércitos.] Así se ejecutó; pero al tocar el negociador
francés las líneas inglesas, había desembarcado ya y tomado el mando
Sir H. Dalrymple. Con lo que en menos de dos días tres generales se
sucedieron en el campo británico: mudanza perjudicial a las operaciones
militares y a los tratos que siguieron, apareciendo cuán erradamente a
veces proceden aun los gobiernos más prácticos y advertidos. Propuso
Kellermann un armisticio, conformose el general inglés y se nombró para
concluirle a Sir Arthur Wellesley. Convinieron los negociadores en
ciertos artículos que debían servir de base a un tratado definitivo.
Fueron los más principales: 1.º Que el ejército francés evacuaría
a Portugal, siendo transportado a Francia con artillería, armas y
bagaje por la marina británica. 2.º Que a los portugueses y franceses
avecindados no se les molestaría por su anterior conducta política,
pudiendo salir del territorio portugués con sus haberes en cierto
plazo: y 3.º Que se consideraría neutral el puerto de Lisboa durante
el tiempo necesario y conforme al derecho marítimo, a fin de que la
escuadra rusa diese la vela sin ser a su salida incomodada por la
británica. Señalose una línea de demarcación entre ambos ejércitos,
quedando obligados recíprocamente a avisarse 48 horas de antemano en
caso de volver a romperse las hostilidades.
Mientras tanto Junot había el 23 entrado en Lisboa, en donde los ánimos
andaban muy alterados. Con la noticia de la acción de Roliça hubiérase
el 20 conmovido la población a no haberla contenido con su prudencia
el general Travot. Mas permaneciendo viva la causa de la fermentación
pública, hubieron los franceses de acudir a precauciones severas, y
aun al miserable y frágil medio de esparcir falsas nuevas, anunciando
que habían ganado la batalla de Vimeiro. De poco hubieran servido
sus medidas y artificios si oportunamente no hubiera llegado con su
ejército el general Junot. A su vista forzoso le fue al patriotismo
portugués reprimir ímpetus inconsiderados.
Por otra parte el armisticio tropezaba con obstáculos imprevistos. El
general Bernardino Freire agriamente representó contra su ejecución,
no habiendo tenido cuenta en lo estipulado ni con su ejército, ni con
la junta de Oporto, ni tampoco con el príncipe regente de Portugal,
cuyo nombre no sonaba en ninguno de los artículos. Aunque justa hasta
cierto punto, fue desatendida tal reclamación. No pudo serlo la de
Sir C. Cotton, comandante de la escuadra británica, quien no quiso
reconocer nada de lo convenido acerca de la neutralidad del puerto
y de los buques rusos allí anclados. Tuvieron pues que romperse las
negociaciones.
Mucho incomodó a Junot aquel inesperado suceso; y escuchando antes que
a sus apuros a la altivez de su pecho engreído con no interrumpida
ventura, dispúsose a guerrear a todo trance. Mas sin recursos,
angustiados los suyos y reforzados los contrarios con la división de
Moore y un regimiento que el general Beresford traía de las aguas de
Cádiz, se le ofrecían insuperables dificultades. Aumentábanse estas
con el brío adquirido por la población portuguesa, la que después de
las victorias alcanzadas, de tropel acudía a Lisboa y estrechaba las
cercanías. Carecía también de la conveniente cooperación del almirante
ruso, indiferente a su suerte y firme en no prestarle ayuda. Tal porte
enfureció tanto más a Junot, cuanto la estancia de aquella escuadra
en el Tajo había sido causa del rompimiento de las negociaciones
entabladas. Así mal de su grado, solo y vencido de la amarga situación
de su ejército, [Marginal: Convenio del almirante ruso con el inglés.
(* Ap. n. 5-6.)] cedió Junot y asintió a la famosa convención concluida
en Lisboa el 30 de agosto entre el general Kellermann y J. Murray,
cuartel-maestre del ejército inglés. El ruso ajustó por sí en 3 de
septiembre un convenio con el almirante inglés,[*] según el cual
entregaba en depósito su escuadra al gobierno británico hasta seis
meses después de concluida la paz entre sus gobiernos respectivos,
debiendo ser transportados a Rusia los jefes, oficiales y soldados que
la tripulaban.
[Marginal: Convención de Cintra. (* Ap. n. 5-7.)]
La convención entre francesas e ingleses llamose malamente de Cintra,
por no haber sido firmada allí ni ratificada.[*] Constaba de 22
artículos y además otros tres adicionales, partiendo de la base
del armisticio antes concluido. Los franceses no eran considerados
como prisioneros de guerra, y debían los ingleses transportarlos a
cualquier puerto occidental de Francia entre Rochefort y Lorient. En
el tratado se incluían las guarniciones de las plazas fuertes. Los
españoles detenidos en pontones o barcos en el Tajo, se entregaban a
disposición del general inglés, en trueque de los franceses que sin
haber tomado parte en la guerra hubieran sido presos en España. No
eran por cierto muchos, y los más habían ya sido puestos en libertad.
Entre los que todavía permanecían arrestados soltó los suyos la junta
de Extremadura, condescendiendo con los deseos del general inglés.
[Marginal: Españoles de Portugal.] El número de españoles que gemían en
Lisboa presos ascendía a 3500 hombres, procedentes de los regimientos
de Santiago y Alcántara de caballería, de un batallón de tropas ligeras
de Valencia, de granaderos provinciales y varios piquetes; los cuales
bien armados y equipados desembarcaron en octubre a las órdenes del
mariscal de campo Don Gregorio Laguna en la Rápita de Tortosa y en los
Alfaques. Los demás artículos de la convención tuvieron sucesivamente
cumplido efecto. Algunos de ellos suscitaron acaloradas disputas: sobre
todo los que tenían relación con la propiedad de los individuos. Esto,
y falta de transportes, dilataron la partida de los franceses.