Favoreció a su empresa lo ocurrido en el hospital general, y una

equivocación afortunada de los enemigos, quienes queriendo encaminarse

al puente que comunica con el Arrabal, en vez de tomar la calle de

San Gil que tomó Calvo y es la directa, desfilaron por el arco de

Cineja, callejuela torcida que va a la Torrenueva. Aprovechándose los

aragoneses del extravío, los arremetieron en aquella estrechura y los

acribillaron y despedazaron. Obligoles a hacer alto semejante choque,

y en el entretanto volviendo Calvo del Arrabal con 600 hombres de

refresco y otros muchos que se le agregaron, desembocaron juntos y

de repente en la calle del Coso en donde estaba la columna francesa.

Embistió con 50 hombres escogidos, y el primero el anciano capitán

Cerezo, que ya vimos en la Aljafería, yendo armado [para que todo fuera

extraordinario] de espada y rodela, y bien unido con los suyos se

arrojaron todos como leones sobre los contrarios, sorprendidos con el

súbito y furibundo ataque. Acometieron los demás por diversos puntos,

y disparando desde las casas trabucazos y todo linaje de mortíferos

instrumentos, acosados los franceses y aterrados, se dispersaron y

recogieron en los edificios de San Francisco y hospital general.

Anocheció al cesar la pelea, y vueltos los españoles del primer

sobresalto supieron por experiencia con cuanta ventaja resistirían al

enemigo dentro de las calles y casas. Sosteníales también la firme

esperanza de que con el alba aparecería delante de sus puertas un

numeroso socorro de tropas, que así se lo había prometido su idolatrado

caudillo Don José de Palafox.

[Marginal: Salida de Palafox de Zaragoza.]

Había partido este de Zaragoza con sus dos hermanos a las doce del

día del 4, después que los franceses dueños del monasterio de Santa

Engracia estaban como atascados en las calles que daban al Coso.

Presumíase con fundamento que no podrían en aquel día vencer los

obstáculos con que encontraban; mas al mismo tiempo careciendo de

municiones y menguando la gente, temíase que acabarían por superarlos

si no llegaban socorros de a fuera, y si además tropas de refresco no

llenaban los huecos y animaban con su presencia a los tan fatigados

si bien heroicos defensores. No estaban aquellas lejos de la ciudad,

pero dilatándose su entrada pensose que era necesario fuese Palafox en

persona a acelerar la marcha. No quiso este sin embargo alejarse antes

que le prometiesen los zaragozanos que se mantendrían firmes hasta su

vuelta. Hiciéronlo así, y teniendo fe en la palabra dada convino en ir

al encuentro de los socorros.

Correspondió a la esperanza el éxito de la empresa. A últimos de junio

había desde Cataluña penetrado en Aragón el 2.º batallón de voluntarios

con 1200 plazas al mando del coronel Don Luis Amat y Terán, 500 hombres

de guardias españolas al del coronel Don José Manso, y además dos

compañías de voluntarios de Lérida, cuya división se había situado en

Gelsa, diez leguas de Zaragoza. Cierto que con este auxilio y un convoy

que bajo su amparo podría meterse en la ciudad sitiada, era dado

prolongar la defensa hasta la llegada de otro cuerpo de 5000 hombres

procedente de Valencia que se adelantaba por el camino de Teruel. El

tiempo urgía; no sobraba la más exquisita diligencia, por lo que, y a

mayor abundamiento, despachose al mismo Calvo de Rozas para enterar

a Palafox de lo ocurrido después de su partida y servir de punzante

espuela al pronto envío de los socorros. Alcanzó el nuevo emisario al

general en Villafranca de Ebro, pasaron juntos a Osera, cuatro leguas

de Zaragoza, en donde a las nueve de la noche entraron las tropas

alojadas antes en Gelsa y Pina.

En dicho pueblo de Osera celebrose consejo de guerra, a que

asistieron los tres Palafoxes con su estado mayor, el brigadier Don

Francisco Osina, el coronel de artillería Don J. Navarro Sangrán

[estos dos procedentes de Valencia] y otros jefes. Informados por el

intendente Calvo del estado de Zaragoza, sin tardanza se determinó

que el marqués de Lazán con los 500 hombres de guardias españolas,

formando la vanguardia se metiese en la ciudad en la madrugada del

5, que con la demás tropa le siguiese Don José de Palafox, y que

su hermano Don Francisco quedase a la retaguardia con el convoy de

víveres y municiones custodiado también por Calvo de Rozas. Acordose

asimismo que para mantener con brío a los sitiados y consolarlos

en su angustiada posición, partiesen prontamente a Zaragoza como

anunciadores y pregoneros del socorro el teniente coronel Don Emeterio

Barredo y el tío Jorge, cuya persona rara vez se alejaba del lado de

Palafox, siendo capitán de su guardia. Partiéronse todos a desempeñar

sus respectivos encargos, y la oportuna llegada a la ciudad de los

mencionados emisarios, desbaratando los secretos manejos en que andaban

algunos malos ciudadanos, confortó al común de la gente y provocó el

más arrebatado entusiasmo.

[Marginal: Vuelve Lazán el 5 con socorros.]

A ser posible, hubiera crecido de punto con la entrada, pocas

horas después, del marqués de Lazán. Retardose la de su hermano y

la del convoy por un movimiento del general Lefebvre-Desnouettes,

quien mandaba en jefe en lugar del herido Verdier. Habíanle avisado

la llegada de Lazán y quería impedir la de los demás, juzgando

acertadamente que le sería más fácil destruirlos en campo abierto que

dentro de la ciudad. Palafox, desviándose a Villamayor, situado a

dos leguas y media, en una altura desde donde se descubre Zaragoza,

esquivó el combate y aguardó oportunidad de burlar la vigilancia del

enemigo. Para ejecutar su intento con apariencia fundada de buen

éxito, mandó que de Huesca se le uniese el coronel Don Felipe Perena

con 3000 hombres que allí había adiestrado, y después dejando a estos

en las alturas de Villamayor para encubrir su movimiento, [Marginal:

El 8, Palafox con otro nuevo.] y valiéndose también de otros ardides

engañó al enemigo, y de mañana y con el sol entró el día 8 por las

calles de Zaragoza. Déjase discurrir a qué punto se elevaría el júbilo

y contentamiento de sus moradores, y cuán difícil sería contener sus

ímpetus dentro de un término conveniente y templado.

Los franceses, si bien sucesivamente habían acrecentado el número de

su gente hasta rayar en el de 11.000 soldados, estaban descaecidos de

espíritu, visto que de nada servían en aquella lid las ventajas de

la disciplina, y que para ir adelante menester era conquistar cada

calle y cada casa, arrancándolas del poder de hombres tan resueltos y

constantes. Amilanáronse aún más con la llegada de los auxilios que en

la madrugada del 5 recibieron los sitiados, y con los que se divisaban

en las cercanías.

[Marginal: Continúan los choques y reencuentros.]

No por eso desistieron del propósito de enseñorearse de todos los

barrios de la ciudad, y destruyendo las tapias, formaron detrás líneas

fortificadas, y construyeron ramales que comunicasen con los que

estaban alojados dentro.

Desde el 5 hubo continuados tiroteos, peleábase noche y día en casas

y edificios, incendiáronse algunos y fueron otros teatro de reñidas

lides. En las más brilló con sus parroquianos el beneficiado Don

Santiago Sas, y el tío Jorge. También se distinguió en la Puerta de

Sancho otra mujer del pueblo llamada Casta Álvarez, y mucho por todas

partes Doña María Consolación de Azlor, condesa de Bureta. A ningún

vecino atemorizaba ya el bombardeo, y avezados a los mayores riesgos

bastábales la separación de una calle o de una casa para mirarse

como resguardados por un fuerte muro u ancho foso. Debieran haberse

eternizado muchos nombres que para siempre quedaron allí oscurecidos,

pues siendo tantos y habiéndose convertido los zaragozanos en denodados

guerreros, su misma muchedumbre ha perjudicado a que se perpetúe su

memoria.

[Marginal: Los franceses reciben el 6 orden de retirarse.]

Por entonces empezó a susurrarse la victoria de Bailén. Daban crédito

los sitiados a noticia para ellos tan plausible, y con desdén y

sonrisa la oían sus contrarios, cuando de oficio les fue a los últimos

confirmada el día 6 de agosto. Procurose ocultar al ejército, pero

por todas partes se traslucía, mayormente habiendo acompañado a la

noticia la orden de Madrid de que levantasen el sitio y se replegasen

a Navarra. Meditaban los jefes franceses el modo de llevarlo a efecto,

[Marginal: Contraorden poco después.] y hubieran bien pronto abandonado

una ciudad para sus huestes tan ominosa si no hubieran poco después

recibido contraorden del general Monthion desde Vitoria, a fin de que

antes de alejarse aguardasen nuevas instrucciones de Madrid del jefe de

estado mayor Belliard. Permanecieron pues en Zaragoza, y continuaron

todavía unos y otros en sus empeñados choques y reencuentros. Los

franceses con desmayo, los españoles con ánimo más levantado.

[Marginal: Resolución magnánima de los zaragozanos.]

Así fue que el 8 de agosto, luego que entró Palafox, congregose un

consejo de guerra, y se resolvió continuar defendiendo con la misma

tenacidad y valentía que hasta entonces todos los barrios de la ciudad,

y en caso que el enemigo consiguiese apoderarse de ellos, cruzar el

río, y en el Arrabal perecer juntos todos los que hubiesen sobrevivido.

Felizmente su constancia no tuvo que exponerse a tan recia prueba,

[Marginal: 13, orden definitiva dada a los franceses de retirarse.]

pues los franceses, sin haber pasado del Coso, recibieron el 13 la

orden definitiva de retirarse. Llegó para ellos muy oportunamente,

porque en el mismo día caminando a toda priesa, y conducida en carros

por los naturales del tránsito la división de Valencia al mando del

mariscal de campo Don Felipe Saint-March, [Marginal: Llegada a Zaragoza

de una división de Valencia.] corrió a meterse precipitadamente en la

ciudad invadida. Y tal era la impaciencia de sus soldados por arrojarse

al combate, que sin ser mandados y en unión con los zaragozanos

embistieron a las seis de la tarde desaforadamente al enemigo.

Hallábase este a punto de desamparar el recinto, y al verse acometido

apresuró la retirada volando los restos del monasterio de Santa

Engracia. En seguida se reconcentró en su campamento del monte Torrero,

y dispuesto a abandonar también aquel punto, [Marginal: Aléjanse

los franceses de Zaragoza el 14.] prendió por la noche fuego a sus

almacenes y edificios, clavó y echó en el canal la artillería gruesa,

destruyó muchos pertrechos de guerra, y al cabo se alejó al amanecer

del 14 de las cercanías de Zaragoza. La división de Valencia con otros

cuerpos siguieron su huella, situándose en los linderos de Navarra.

[Marginal: Fin del sitio.]

Terminose así el primer sitio de Zaragoza, que costó a los franceses

más de 3000 hombres y cerca de 2000 a los españoles. Célebre y sin

ejemplo, más bien que sitio pudiera considerársele como una continuada

lucha o defensa de posiciones diversas, en las que el entusiasmo y

personal denuedo llevaba ventaja al calculado valor y disciplina de

tropas aguerridas. Pues aquellos triunfos eran tanto más asombrosos

cuanto en un principio y los más señalados fueron conseguidos, no por

el brazo de hombres acostumbrados a la pelea y estrépitos marciales,

sino por pacíficos labriegos que ignorando el terrible arte de la

guerra, tan solamente habían encallecido sus manos con el áspero y

penoso manejo de la azada y la podadera.

[Marginal: Alegría de los aragoneses. Estado de la ciudad.]

Al cerciorarse de la retirada de los franceses prorrumpieron los

moradores de Zaragoza en voces de alegría con loores eternos al

Todopoderoso y gracias rendidas a la Virgen del Pilar, que su devoción

miraba como la principal protectora de sus hogares. No daba facultad

el gozo para reparar en qué estado quedaba la ciudad: triste era

verdaderamente. La parte ocupada por los sitiadores arruinada, los

tejados de la que había permanecido libre hundidos por las granadas y

bombas. En unos parajes humeando todavía el fuego mal apagado, en otros

desplomándose la techumbre de grandes edificios, y mostrándose en todos

el lamentable espectáculo de la desolación y la muerte.

Celebráronse el 25 magníficas exequias por los que habían fallecido

en defensa de su patria, de quienes nunca mejor pudiera repetirse con

Pericles, «que en brevísimo tiempo y con breve suerte habían sin temor

perecido en la cumbre de la gloria.»[*] [Marginal: (* Ap. n. 5-5.)]

Concedió Palafox a los defensores muchos privilegios, entre los que

con razón algunos se graduaron de desmedidos. Mas este y otros desvíos

desaparecieron y se ocultaron al resplandor de tantos e inmortales

combates.

[Marginal: Cataluña.]

No desdijeron de aquella defensa las esclarecidas acciones que por

entonces y con el mismo buen éxito que las primeras acaecieron en

Cataluña. El Ampurdán había imitado el ejemplo de los otros distritos

de su provincia, y estaba ya sublevado cuando los franceses

acometieron infructuosamente a Gerona la vez primera. El movimiento de

sus somatenes fue provechoso a la defensa de aquella plaza, [Marginal:

Bloqueo de Figueras por los somatenes.] molestando con correrías las

partidas sueltas del enemigo e interrumpiendo sus comunicaciones.

Llevaron más allá su audacia, y apoyados en algunos soldados de la

corta guarnición de Rosas, bloquearon estrechamente el castillo de

San Fernando de Figueras, defendido por solos 400 franceses con

escasas vituallas. Despechados estos de verse en apuro por la osadía

de meros paisanos, quisieron vengarse incomodando con sus bombas a la

villa y arruinándola sin otro objeto que el de hacer daño. [Marginal:

Socorre la plaza el general Reille.] Mas hubiéranse quizá arrepentido

de su bárbara conducta, si estando ya casi a punto de capitular no

los hubiera socorrido oportunamente el general Reille. Ayudante

este de Napoleón, había por orden suya llegado a Perpiñán y reunido

precipitadamente algunas fuerzas. Con ellas y un convoy tocó el 5 de

julio los muros de Figueras y ahuyentó a los somatenes.

Persuadido Reille que Rosas, aunque en parte desmantelada, atizaba el

fuego de la insurrección y suministraba municiones y armas, intentó el

11 del mismo julio tomarla por sorpresa, pero le salió vano su intento

habiendo sido completamente rechazado. A la vuelta tuvo que padecer

bastante, acosado por los somatenes, que en varios otros reencuentros,

señaladamente en el del Alfar, desbarataron a los franceses. [Marginal:

Don Juan Clarós.] Era su principal caudillo Don Juan Clarós, hombre de

valor y muy práctico en la tierra.

[Marginal: Vuelve Duhesme a Gerona.]

Duhesme, por su parte, luego que volvió a Barcelona después de

habérsele desgraciado su empresa de Gerona, no descansaba ni vivía

tranquilo hasta vengar el recibido agravio. Juntó con premura los

convenientes medios, y al frente de 6000 hombres, un tren considerable

de artillería con municiones de boca y guerra, escalas y demás

pertrechos conducentes a formalizar un sitio, salió de Barcelona el 10

de julio.

Confiado en el éxito de esta nueva expedición contra Gerona,

públicamente decía: _el 24 llego, el 25 la ataco, la tomo el 26 y el

27 la arraso_. Conciso como César en las palabras no se le asemejó en

las obras. Por de pronto fue inquietado en todo el camino. Detuvieron a

sus soldados entre Caldetas y San Pol las cortaduras que los somatenes

habían abierto, y cuyo embarazo los expuso largo tiempo a los fuegos de

una fragata inglesa y de varios buques españoles. Prosiguiendo adelante

se dividieron el 19 en dos trozos, tomando uno de ellos la vuelta de

las asperezas de Vallgorguina, y el otro la ruta de la costa. De este

lado tuvieron un reñido choque con la gente que mandaba Don Francisco

Miláns, y por el de la Montaña, vencidos varios obstáculos, con

pérdidas y mucha fatiga llegaron el 20 a Hostalrich, cuyo gobernador

Don Manuel O’Sullivan, de apellido extranjero pero de corazón español

y nacido en su suelo, contestó esforzadamente a la intimación que de

rendirse le hizo el general Goulas. Volviéronse a unir las dos columnas

francesas después de otros reencuentros, y juntas avanzaron a Gerona,

en donde el 24 se les agregó el general Reille con más de 2000 hombres

que traía de Figueras. Aunque a vista de la plaza, no la acometieron

formalmente hasta principios de agosto, y como el no haber conseguido

el enemigo su objeto dependió en mucha parte de haberse mejorado la

situación del principado con los auxilios que de fuera vinieron, y con

el mejor orden que en él se introdujo, será conveniente que acerca de

uno y otro echemos una rápida ojeada.

[Marginal: Junta de Lérida.]

Habíase congregado en Lérida a últimos de junio una junta general

en que se representaron los diversos corregimientos y clases del

principado. Fue su primera y principal mira aunar los esfuerzos, que

si bien gloriosos, habían hasta entonces sido parciales, combinando

las operaciones y arreglando la forma de los diversos cuerpos que

guerreaban. Acordó juntar con ellos y otros alistados el número de

40.000 hombres, y buscó y encontró en sus propios recursos el medio de

subvenir a su mantenimiento. Para lisonjear sin duda la opinión vulgar

de la provincia, adoptó en la organización de la fuerza armada la forma

antigua de los miqueletes. Motejose con razón esta disposición como

también el que dándoles mayor paga disgustase a los regimientos de

línea. Los miqueletes, según Melo, se llamaron antes almogávares, cuyo

nombre significa gente del campo, que profesaba conocer por señales

ciertas el rastro de personas y animales. Mudaron su nombre en el de

_miquelets_ en memoria, dice el mismo autor, de Miquelot de Prats,

compañero del famoso César Borja. Pudo en aquel siglo y aun después

convenir semejante ordenación de paisanos, aunque muchos lo han puesto

en duda; mas de ningún modo era acomodada al nuestro faltándole la

conveniente disciplina y subordinación.

[Marginal: Tropas de Menorca mandadas por el marqués del Palacio.]

Acudieron también a Cataluña, por el propio tiempo, parte de las tropas

de las islas Baleares. Al principio se habían negado sus habitantes a

desprenderse de aquella fuerza, temerosos de un desembarco. Pero en

julio, más tranquilos, convinieron en que la guarnición de Mahón con

el marqués del Palacio, que mandaba en Menorca desde el principio de

la insurrección, se hiciese a la vela para Cataluña. Dicho general, si

bien había suscitado alteraciones de que hubieran podido resultar males

y abierta división entre las dos islas de Mallorca y Menorca, habíase

sin embargo mantenido firmemente adicto a la causa de la patria, y

contestado con dignidad y energía a las insidiosas propuestas que le

hicieron los franceses de Barcelona y sus parciales.

El 20 de julio salió pues de Menorca la expedición, compuesta de

4630 hombres, con muchos víveres y pertrechos, y el 23 desembarcó en

Tarragona. Dio su llegada grande impulso a la defensa de Cataluña,

y trasladándose sin tardanza de Lérida a aquel puerto la junta del

principado, nombró por su presidente al marqués del Palacio, y se

instaló solemnemente el 6 de agosto.

Se empezó desde entonces en aquella parte de España a hacer la guerra

de un modo mejor y más concertado. Al principio, sin otra guía ni apoyo

que el valor de sus habitantes, redújose por lo general a ser defensiva

y a incomodar separadamente al enemigo. Con este fin determinó el nuevo

jefe tomar la ofensiva, reforzando la línea de somatenes que cubría la

orilla del Llobregat. Escogió para mandar la tropa que enviaba a aquel

punto al brigadier conde de Caldagués, quien se juntó con el coronel

Baguet, jefe de los somatenes. La presencia de esta gente incomodaba

a Lecchi, comandante de Barcelona en ausencia de Duhesme, mayormente

cuando por mar le bloqueaban dos fragatas inglesas, de una de las

cuales era capitán el después tan conocido y famoso Lord Cochrane.

Temíase el francés cualquier tentativa, y creció su cuidado luego que

supo haber los somatenes recobrado el 31 a Mongat con la ayuda de dicho

Cochrane, y capitaneados por Don Francisco Barceló.

[Marginal: El conde de Caldagués va en socorro de Gerona.]

No queriendo desperdiciar la ocasión, y valiéndose de la inquietud y

sobresalto del enemigo, pensó el marqués del Palacio en socorrer a

Gerona. Al efecto y creyendo que por sí y los somatenes podría distraer

bastantemente la atención de Lecchi, dispuso que el conde de Caldagués

saliese de Martorell el 6 de agosto con tres compañías de Soria y

una de granaderos de Borbón, alrededor de cuyo núcleo esperaba que

se agruparían los somatenes del tránsito. Así sucedió, agregándose

sucesivamente Miláns, Clarós y otros al conde de Caldagués, que se

encaminó por Tarrasa, Sabadell y Granollers a Hostalrich. El 15 se

aproximaron todos a Gerona, y en Castellá, celebrándose un consejo de

guerra y de concierto con los de la plaza, se resolvió atacar a los

franceses al día siguiente. Contaban los españoles 10.000 hombres, por

la mayor parte somatenes.

Veamos ahora lo que allí había ocurrido desde que el enemigo la había

embestido en los últimos días de julio. El número de los sitiadores,

si no se ha olvidado, ascendía a cerca de 9000 hombres; el de los

nuestros, dentro del recinto, a 2000 veteranos, y además el vecindario,

muy bien dispuesto y entusiasmado. Los franceses, fuese desacuerdo

entre ellos, fuesen órdenes de Francia, o más bien el trastorno que

les causaban las nuevas que recibían de todas las provincias de

España, continuaron lentamente sus trabajos sin intentar antes del

12 de agosto ataque formal. [Marginal: Atacan los franceses a Gerona

el 13 de agosto.] Aquel día intimaron la rendición, y desechadas que

fueron sus proposiciones rompieron el fuego a las doce de la noche del

13. Aviváronle el 14 y 15, acometiendo con particularidad del lado de

Monjuich, nombre que se da, como en Barcelona, a su principal fuerte.

Adelantaban en la brecha los enemigos, y muy luego hubiera estado

practicable, si los sitiados, trabajando con ahinco y guiados por los

oficiales de Ultonia, no se hubiesen empleado en su reparo.

Apurados, sin embargo, andaban a la sazón que el conde de Caldagués,

colocado con su división en las cercanías, [Marginal: Son derrotados

el 16.] trató, estando todos de acuerdo, de atacar en la mañana del 16

las baterías que los sitiadores habían levantado contra Monjuich. Mas

era tal el ardimiento de los soldados de la plaza, que sin aguardar

la llegada de los de Caldagués, y mandados por Don Narciso de la

Valeta, Don Enrique O’Donnell y Don Tadeo Aldea, se arrojaron sobre las

baterías enemigas, penetraron hasta por sus troneras, incendiaron una,

se apoderaron de otra y quemaron sus montajes. Hízose luego general la

refriega: duró hasta la noche quedando vencedores los españoles, no

obstante la superioridad del enemigo en disciplina y orden. [Marginal:

Levantan el sitio.] Escarmentados los franceses abandonaron el sitio,

y volviéndose Reille al siguiente día a Figueras, enderezó Duhesme sus

pasos camino de Barcelona. Pero este no atreviéndose a repasar por

Hostalrich ni tampoco por la marina, ruta en varios puntos cortada y

defendida con buques ingleses, se metió por en medio de los montes

perdiendo carros y cañones, cuyo transporte impedían lo agrio de la

tierra y la celeridad de la marcha. Llegó Duhesme dos días después a

la capital de Cataluña con sus tropas hambrientas y fatigadas y en

lastimoso estado. Terminose así su segunda expedición contra Gerona, no

más dichosa ni lucida que la primera.

[Marginal: Portugal.]

Llevada en España a feliz término esta que podemos llamar su primer

campaña, será bien volver nuestra vista a la que al propio tiempo

acabaron los ingleses gloriosamente en Portugal.

[Marginal: Estado de aquel reino y de su insurrección.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (2 de 5) · 第 2 / 27 段