--Con las señas que dió el loco El-Baici, y ayudado de la amabilidad de
carácter que me distingue--dijo el agradable Abu-el-Casín--, logré tomar
en los barrios inmediatos a la Alcazaba noticias ciertas del loco
recomendado. Supe que se llamaba Ben-Farding, y que habitaba en lo más
hondo de esos palacios subterráneos que se encuentran en la Alcazaba, y
que en otro tiempo fueron templos en donde se adoraban los ídolos de los
reyes Rumíes.
Ben-Farding está poseído de la locura más extraña que se puede imaginar.
Piensa que su gravedad específica es tal, que poco a poco y a fuerza de
años va horadando la tierra, tendido como se encuentra, y que así
llegará un día en que atravesará todo el globo, hallando su salida por
los opuestos antípodas. En los largos episodios que tendrá tan dilatado
viaje, irá aprendiendo todos los arcanos de la naturaleza, o, por mejor
decir, los irá sorprendiendo o conquistando, pues, o ella habrá de
suspender su acción, o en los ocultos elaboratorios de sus entrañas han
de tener sucesivamente en perdurable y estudiosa visita a tan curioso
como perseverante observador. Al salir por el opuesto agujero
Ben-Farding, saldrá tan sabio como Soleimán, y tan poderoso como Nemrod.
Será obedecido de los genios buenos y malos; mandará en los animales y
aves; el Simorgue vendrá a tomar sus órdenes e imperará sobre toda la
tierra.
Ben-Farding cree hallarse en lo hondo del subterráneo, en donde hoy
está, no por haber descendido allí en propios o ajenos pies, sino porque
la gravedad de su cuerpo ha taladrado ya la tierra hasta el lugar en que
se encuentra.
A este loco respetable bajé a ver para hacerle entender las órdenes de
mi señor, y para atravesar prontamente tan obscuras mansiones, hice
encender trescientas hachas, y por no encontrar éstas tan a punto, mandé
prender fuego a las tocas y vestidos de cincuenta cautivos, y echarlos
por delante de mí para alumbrarme el camino.
Ben-Farding no se admiró de mi intempestiva visita, y, antes por el
contrario, me manifestó punto por punto el objeto de ella: debe ser
también Zahorí, según mi cuenta.
Mas el transportarlo aquí ha sido imposible. A mis amigables
insinuaciones se mostraba tan impasible, que llegué a convencerme de que
entra en su locura el no temer la muerte, o que se cree intangible como
el viento, o invulnerable como si fuese de hierro. Yo me hubiera valido
de mi conocida destreza, y hubiera aplicado mis medicamentos infalibles
para que desistiese de su extraña terquedad, a no sospecharme que
nuestro Ben-Farding no pudiera resistir mi método curativo, o, por mejor
decir, mis medios de transporte...
--¿Conque no quiere venir?--gritó como un león el Sultán...
--Ahí está justamente el caso--respondió el amable capitán de la guardia
africana--. El no se opone a aparecer ante la noble presencia del
Príncipe de los creyentes; pero dice que él no puede separar a su
voluntad ni por un instante de la lentísima tarea en que se encuentra
afanado en dulce calma ya hace siete siglos. Un milésimo átomo del punto
más imperceptible que dejara por taladrar, apartándose voluntariamente
del sitio que ocupa, le fuera una falta imperdonable.
El labrar su escotillón es su primer deber; pero consiente en ser
transportado aquí en gracia del generoso, del nunca vencido, del sabio,
potente, querido de Alahí, vencedor, príncipe de los creyentes, mi
señor, si en el propio lecho en que espera su futura grandeza es
transportado en los hombros de ciento veinticinco...
--Será algún gigante--exclamó el Sultán--, pesado como una montaña; ya
comprendo el fundamento que tiene en su fantasía para presumir que puede
ir hundiendo la tierra poco a poco...
--Pues ahí está el caso--respondió el amable capitán de la guardia
africana--; es un gorgojo el tal Ben-Farding, que no llega a tres
palmos, y, salvo su cabeza, que es gorda como la Al-cuba de la
mezquita, y sus pies, que son como dos luengas y anchas hojas de
plátano, por lo demás se creería que su gravedad no llegase a veinte
adarmes.
--Pues bien--replicó el Sultán--, sábete, amable Abu-el-Casín, que me
voy enamorando de ese precioso Ben-Farding, y me desvivo por tenerle ya
ante mis ojos. Toma una manga de cincuenta y cinco ganapanes y otra de
setenta aljameles de los que portean cal y canto a las murallas que
ahora edifico en Fajalans, y que me lo traigan aquí al punto, en el
instante, dirigiendo tú mismo la maniobra.
--Pues ahí está el caso--volvió a replicar Abu-el-Casín--; y es que
Ben-Farding exige que esos aljameles y ganapanes hayan de ser
precisamente, exclusivamente de los ilustres dignatarios, magnates,
altos personajes, profundos estadistas, divinos oradores y sabios
consejeros de este diván.
--Dígote, amable Abu-el-Casín--exclamó alborozado el Sultán--, que ese
loco es lo más deliciosamente caprichoso que pueda idear la imaginación
más chistosa; me declaro por su favorecedor, y de él espero el feliz
desenlace de esta aventura.
Pero ¿qué hacen esas feas alimañas de mi consejo y diván que no se han
apresurado ya, que no han corrido para portear sobre sus lomos a mi buen
Ben-Farding, al libertador de mi esposa, al que ha de ser mi primer
amigo si sus obras corresponden a la graciosa extrañeza de sus
fantasías?
--Pues ahí está el caso--dijo Abu-el-Casín--; es que estas respetables
gentes no caen en la cuenta de que el encargado en la ejecución de los
mandatos del Príncipe de los creyentes y de las indicaciones
sapientísimas del gracioso habitador de la ratonera de la Alcazaba es
vuestro siervo, el agradable Abu-el-Casín, capitán de la guardia
africana.
--¡Hola, tropa!--dijo éste, volviéndose a aquellos venerables varones.
Y ellos, que hasta allí habíanse fingido los distraídos, cual si no
oyesen tan interesante diálogo, se encontraron sin saber cómo en pie,
cual si los hubiese movido un único y poderoso resorte. ¡Qué amabilidad!
Sólo quedó rellanando su cojín de terciopelo aquel wazir, de labios muy
expeditos, que explicó en su elocuente peroración con noble
independencia la diferencia extremada que hay de un robo a una
conjuración. Al notar el amable Abu-el-Casín la no perpendicularidad de
las piernas del wazir, se iba a llegar a él diciéndole con una voz
reprimida, que semejaba al silbido de una sierpe: "Ha criado raíces el
sabio y ennoblecido Mulesaif..." Cuando este discreto personaje,
entendiendo la granizada que se le acercaba, le respondió con acento muy
meloso:
--Sí, yo estoy pronto, amable Abu-el-Casín; pero me he mantenido en mi
rellanada postura, por estar más pronto a dar a mi persona más
súbitamente; es decir, más presto, una configuración más adecuada para
traer sobre los lomos a ese discreto Ben-Farding, que va a ser el mejor
amigo de nuestro Sultán.
--¡Sálvelos Alah a entrambos! Por ahora--le respondió gravemente el
agradable capitán de la guardia africana--, incorporaos e id, que si es
preciso, ya se os avisará del cómo y cuándo habéis de tomar posición a
cuatro patas con vuestros dignos cofrades.
Entretanto, el mismo Abu-el-Casín hizo alarde y reseña de todos aquellos
respetables wazires, ministros, cadíes, oradores, literatos y poetas que
componían sapientísimo diván, y encontró que, sumados cuidadosamente uno
por uno, y tomando sus nombres para evitar toda confusión, no se
hallaban más que ciento y doce sabios entre todos.
El Sultán, alarmado con tal contrariedad, que dejaba manco el número de
ganapanes y aljameles fijado por el caprichoso Ben-Farding para que lo
porteasen, se dirigió a Abu-el-Casín y le dijo:
--He aquí, amable capitán de la guardia africana, cómo llegan trances y
casos en que se echa de menos la sabiduría. ¿De qué traza nos valdremos
para llevar a debido cumplimiento las discretas exigencias de mi buen
amigo Ben-Farding?
El agradable Abu-el-Casín inclinó su frente y le respondió sonriéndose:
--Descuidad en cuanto a ese punto, Príncipe de los creyentes, pues en
tanto que a estos buenos amigos los dirijo hacia la Alcazaba, empinados
por ahora en sus dos patas posteriores, pasaré yo personalmente por el
colegio y la academia, daré una vuelta por las bibliotecas de Bek-Faral
y de Aben-Melij, y recogeré los trece varones que nos faltan para
completar el estupendo tiro que nos exige Ben-Farding, de entre los
venerables literatos que más allí trabajan y se fatigan por la felicidad
del mundo, fastidiando a la ciencia. Me lisonjeo de que esta inevitable
substitución nos la ha de agradecer el sapientísimo Ben-Farding.
--Ve y obra--dijo el Sultán.
--Oír y obedecer--respondió Abu-el-Casín.
En efecto, el amable capitán de la guardia africana entró primeramente
en el colegio que con grande apariencia y anchas escuelas y jardines de
apartada soledad y propios para el estudio, se miraba edificado a las
orillas del fertilísimo Darro. Allí encontró gran número de doctores y
alfaquíes que estudiaban noche y día en el libro bajado del cielo, en la
manifestación de los decretos de Alah, en una palabra, en las suras y
aleyas del divino Alcorán.
--¿Qué hacéis?--preguntó Abu-el-Casín a unos viejos venerables de blanca
y crecida barba, ancha y espaciosa frente, que se encontraban sentados
sobre el césped de la verde pradera y bajo una bóveda de laureles.
--Aquí--respondieron--estamos componiendo las oraciones que se han de
recitar mañana por las calles y campos para que Alah, el Altísimo, nos
envíe su lluvia, la fértil y placentera, y nos retire su langosta, la
voraz y devorante. Recitamos también sus alabanzas y altacabiras con
voz apacible y corazón limpio y conmovido.
--Y vosotros, ¿en qué os ocupáis?--preguntó también Abu-el-Casín a otros
vejetes de ojillos hundidos, frente estrecha, nariz roma y de gesto en
que a un tiempo se retrataba la envidia y la vanidad.
--Nosotros--contestaron--nos afanamos por descubrir en nuestro estudio y
fijar la noche en que Alah envió el libro santo y divino a su profeta y
favorecido Mohamad. Cuando hayamos determinado este punto tan esencial,
y sepamos en qué mes cae esta noche de misericordia, si es en el Remadán
o en el mes de Safer, habremos vencido a todos los doctores antiguos y a
cuantos en nuestra edad siguen ciegamente sus sentencias y decretos.
Entonces nos pondremos a la cabeza de todos ellos, nos obedecerán y nos
respetarán; empalaremos a algunos, los perseguiremos a todos y ganaremos
mucha honra y, sobre todo, gran provecho.
El amable Abu-el-Casín empuñó a cuatro de estos buenos amigos y los puso
en camino de la Alcazaba, y él se fué a la academia, en donde disputaban
muchos sabios sobre gramática, filosofía, dialéctica y otras ciencias.
--¿Quién es aquel buen amigo?--dijo el agradable Abu-el-Casín, viendo a
uno que en un ancho cerco de oyentes hablaba y gesticulaba con tanta fe
como placer propio.
--Aquel--le dijeron--es el famoso Frangis-el-Wadar, oráculo de nuestro
siglo, depósito de elocuencia, tesoro de frases lindas, urna de tropos y
figuras retóricas, y además--le añadieron en voz baja--, amplio cofre y
razonable tinajón de vanidad y presuntuosa candidez.
--El cree--añadió un estudiante de burlona catadura, allí estante y
presente al caso--que aprendiendo las irregularidades y variaciones de
los verbos cóncavos y enfermos, se aprende a conocer a los hombres, y
porfía y jura y perjura que el gobernar el Estado guarda necesaria
hilación con la métrica y el arte de los consonantes.
El agradable Abu-el-Casín, al escuchar tal reseña, dijo para sí: "Ya
tengo el centésimo vigésimo quinto aljamel que me faltaba para el
completo de mi cuenta"; y cogiendo al elocuente El-Wadar por la manga de
su aljuba le interrumpió en su agradable ejercicio, sintiendo tal
contratiempo aquel orador, no tanto por el puesto que iba a ocupar entre
los aljameles de Ben-Farding cuanto por el negro disgustillo y rabieta
de no oirse así propio en el vigésimo discurso que había ya principiado
a pronunciar a su auditorio, y que hubiera sido más torneado y salido
con más arrebol y afeites de palabrillas y colorines que las diez y
nueve pláticas restantes y trompeteadas por sus labios aquel día.
Después, el amable capitán de la guardia africana entró en la biblioteca
de Abu-Melik y de Ben-Farax, y en ésta encabestró a buen ojo cuatro
poetas que escribían sendas cásidas de versos, presumiendo con ello
dirigir al género humano, y en la otra atrailló a cuatro escritores
graves que refutando hechos, desmintiendo las crónicas viejas,
criticando los escritos antiguos, derramando la desconfianza y quitando
la fe en todo lo tradicional, hacían de la historia una miserable
controversia. Estas gentes daban en sus escritos, no el retrato fiel de
los pasados siglos, sino su peculiar y mezquino modo de ver y apreciar
las grandes acciones de los califas, sultanes y héroes, gloria y prez
del Islám. ¡Alah le sea agradable a todos!
Abu-el-Casín, entretanto, al encaminar tantos magnates hacia el
Alcazaba, decía regocijado:
--¡Qué tasia, qué tiro tan estupendo de sabiduría y de inteligencia!
Sólo un Ben-Farding, rey de la locura, puede tener tal idea; pero sólo
yo, agradable Abu-el-Casín, capitán de la guardia africana, puedo dar
vida a tal pensamiento, puedo llevarlo a cabo, puedo realizarlo con
todas sus consecuencias...
Y el redomado se reía como una canasta; en fin, llegó a la Alcazaba.
V
Cuenta la historia que a pocos momentos de ésta un inmenso gentío
llenaba cuantas calles y plazas dividían de la Alhambra el antiguo y
romano Alcazaba.
Los habitantes de las aldeas y alquerías inmediatas a Granada, rústicas
y pintorescas, pero cuyo número fuera imposible pasar en reseña, se
dejaron venir a esta ciudad de rosas, frescuras y perfumes, alborotados
con la relación de las aventuras que se contaban, y que por las puntas y
ribetes que dejaban traslucir de encantos y maravillas, provocaban más
vivamente la curiosidad pública.
Los matices y variados del Jaragüí y las flores vivísimas de sus huertos
y vergeles, eran más desmayados y menos ricos que los colores de las
marlotas y capellares de los mancebos, y que las sedas, velos y tocas de
las zagalas que acudían en tropel a entrar por la puerta de Elvira para
encontrarse en el espectáculo.
Acaso para dar más contento y cierto realce de abundancia y galanía al
regocijo, todos traían de sus cármenes y alquerías, para cambio o para
regalo, algo que ofrecer de agradable al gusto, al olfato o a la vista.
Aquí, las muchachas de velo blanco y de picante sesgo y talla, brindaban
con ramilletes de celindas, de mosquetas de olor y de diamelas rojas;
otras, allí, casando el blanco azahar con los capullos de los rosales de
Alejandría y los chiringos de cándidos racimos con las azucenas y
bermejos lirios, ofrecían símbolos y emblemas elocuentes de amor para
las hermosas y enamorados.
Por acá los chicos presentaban ramos de árboles cargados de frutos; aquí
la toronja y la dorada cidra; allá la amascena y la alloza; otros,
tejiendo en verdes mazas las espadañas y los lotos, y armados por
cuadrillas, según los barrios de la ciudad o de las rivales aldeas, se
acometían y lidiaban en escaramuzas de nueva especie; otros hacían
revolar multitud de jilgueros y verderoles sin hilo que los sujetase, y
siguiéndoles entre aquel inmenso concurso los pajarillos, y posándose en
los hombros del dueño infantil cuando se cansaban, jamás se equivocaban
en tanta confusión y bullicio.
Por aquella parte, las aldeanas ostentaban en canastillos de cañizo y
juncos, bajo mil figuras caprichosas, la miel y la harina, la alcorza y
el alfajó.
Las esclavas africanas vendían las confituras y bollos, hechos con el
caniamum y el ajonjo, que alegraban el espíritu, sin embriagarlo como el
vino.
Los esclavillos negros, en tallas de búcaro o en blanco y fino barro de
la Rambla, brindaban con el agua cristalina y fresquísima de las fuentes
más puras y nombradas.
Los mercaderes de poca monta desplegaban en sus azafates de paja de la
India las cintas y listones que, halagando el gusto y afición de las
muchachas, hacían caer en la tentación de comprarlas a los galanes y
mancebos.
Viejas de mala catadura cruzaban de aquí para allá, llevando en la mano
alguna sortija o joyel; se acercaban a éste o al otro corro de beldades
enveladas, o entraban en una o en otra casa, dando una cita, entregando
un billete, recibiendo una flor de amoroso significado, sin que el Argos
más celoso pudiera advertir ni sorprender su misión misteriosa.
Los caballeros mozos de la ciudad, llevando en sus manos pomos de aguas
odoríferas y de esencias, los derramaban allí en donde hallaban a sus
amadas y queridas, sacándolas y reconociéndolas en tanta confusión por
los colores que vestían.
Los juglares y saltimbanquis aquí y allá entretenían la curiosidad del
bajo pueblo con mil suertes maravillosas y estupendas: aquí mandaban y
se hacían obedecer de las alimañas y fieras traídas del interior del
Africa; allí, a una voz, hacían salir de la tierra árboles que crecían,
se cubrían de hojas y flores, madurando sus frutos, que los incrédulos
cogían y gustaban. Allá improvisaban entre las piedras, y con una
palabra sola, alguna cascada y juegos pintorescos de agua, y por doquier
multiplicaban los prodigios y los encantos.
Acaso algún cristiano hecho cautivo en la frontera, de condición noble,
o algún caballero de los mal contentos y fugitivos de la corte de
Castilla, se paseaban también entre aquella turba, recordando en su
corazón las veladas de Sevilla y de Córdoba, y los vergeles y festejos
del Guadalquivir.
Los moedines gritaban en las torres de las mezquitas en son grave y
acompasado, y los devotos y faquires repetían cantando las aleyas y las
altacabiras, en tanto que el bullicio de la alborotada y curiosa gente
se dirigía hacia la Alcazaba, en donde tenía su madriguera el misterioso
Ben-Farding.
Todos ansiaban por pasar y repasar sus ojos por la figura y talle de tan
maravilloso cuanto extraño personaje.
Los curiosos en las calles se empinaban, y las mujeres y muchachos desde
las ventanas y azoteas hilaban de pescuezo y sacaban la cabeza a más
poder, para divisar lo más pronto posible el autorizado acompañamiento
que debería preceder al habitador de los subterráneos de la Alcazaba.
En fin, se dejaron ver veinticuatro disformes sayones, que eran como la
vistosa comparsa del agradable capitán de la guardia africana
Abu-el-Casín, que venían con sendos látigos en las manos, sacudiendo a
derecha e izquierda para despejar el terreno y mantener en razonable
distancia a los curiosos e impertinentes.
Incontinenti se miraban a los ciento y doce prohombres del Estado e
individuos sapientísimos del Diván, que con el apéndice y añadidura de
sus trece compañeros, elegidos a pierna entre los más distinguidos
poetas, oradores, alcatibes y oradores de los colegios, bibliotecas y
academias, tiraban de una enorme máquina, en la que habíase instalado el
loco Ben-Farding en su lecho de ponderoso hierro, ni más ni menos que un
galápago en una abrumadora concha.
Como toda curiosidad pública vivamente excitada, no se satisfizo aquélla
completamente, pues para que Ben-Farding no sufriese con la luz del día
la impresión dolorosa de que estaban amenazados unos ojos como los
suyos, que tantos años habían estado sepultados en las obscuridades de
aquellos subterráneos, habían enratonado o empastelado su persona en un
alcartaz o cucurucho de papel de figura piramidal, bordadas en él
algunas flores con puntas de alfileres, para que por tan leves
hendiduras pudiese respirar aquel loco empapelado.
--Dígote, amigo Jargul--exclamó por lo bajo uno de los curiosos que
estaban viendo el extraño espectáculo en la calle de Elvira, volviéndose
a otro moro que al lado tenía--, que en menos de veinticuatro horas
hemos visto dos procesiones caprichosas, sin alcanzar a ver las dos
misteriosas personas conducidas en ellas. La primera era, según dicen,
una linda rapaza; éste aseguran que es un loco; de aquélla no vimos más
que las andas, y de éste el papelón en que viene embutido. ¡Jamás
nosotros, los del menudo pueblo, vemos más que la corteza de las cosas!
--Calla y mira, Albolalit--le replicó el otro--. ¿Qué sacarás tú con ver
lo que no te importa o lo que no pudieras conocer? En tanto, solázate
conmigo en ver a esos wazires y cadíes, que nos mandan y nos fustigan, y
a esos vocingleros oradores, escritorzuelos y poetas que nos engañan y
entontecen, cómo van en recua porteando sobre sus lomos la locura y lo
que es peor, bajo la agradable dirección del amable Abu-el-Casín,
capitán de la guardia africana. El menudo pueblo no tiene más placer
saludable que cuando alcanza a ver humillados a los que lo humillan a él
cotidianamente. Cuando tal manjar se nos presenta, todos debemos dar en
él con cucharones de azumbre y media, hasta hartarnos y tomar nuestro
desquite. Mira entretanto qué punta les ha arrimado con el látigo a los
venerables Abu-el-Seid y Abentomiz, para que ahilen con los demás de la
recua, el agradable Abu-el-Casín, capitán de la guardia africana. Ahora
recuerdo hasta con gusto las bastonadas que estos señores me mandaron
arrimar por no sé qué medida de cercenada economía que yo solía aplicar
en el pan que vendo en el mercado todas las mañanas.
Era ya anochecido cuando aquella segunda procesión entraba en la
Alhambra, sirviéndole de bastonero el agradable Abu-el-Casín, capitán de
la guardia africana, quien, pasando a la estancia en que sobre su solio
aguardaba el Sultán, le dijo a éste, tocando antes diez veces la tierra
con su frente:
--Príncipe de los creyentes, ya llega el loco sobre los lomos de la
sabiduría.
El Sultán se deshacía en muestras de regocijo y de la más íntima
alegría.
La anchísima estancia, iluminada con mil lámparas arabescas, se llenó
primero con todos los miembros del diván; segundo, con el apéndice de
los trece coadjutores elegidos y cazados por Abu-el-Casín, y, además,
con el catafalco aquel donde, como en empanada, se albergaba el
caprichoso Ben-Farding.
--Quitad--dijo el Sultán--ese capirote de papelón, y venga a mis brazos
mi mejor amigo, el príncipe de los disparates, el rey de la locura.
Cuarenta oficiosos wazires, con sus ochenta manos y ochocientos dedos,
se precipitaban en tropel a poner en ejecución la voluntad del Sultán,
cuando una vocecilla gangozuela, pero no del todo desapacible, que se
dejaba escuchar dentro de aquel cascarón, como algunas veces el piar del
polluelo en su huevo, dijo ahincadamente:
--No haga tal, hermano mío, poderoso Mohamad. Antes que me descubran y
descapiroten, fuerza es que se apaguen todas esas luces. Abu-el-Casín
así me ha hablado: cuando llegó a mí, hubo de echar al agua para
apagarlos a los esclavos que él sabiamente convirtió en hachones
encendidos. La obscuridad es lo que me conviene por ahora.
--Lo entiendo--respondió el Sultán--. Hágase como tú lo dices.
Y en un instante quedó la estancia en la obscuridad más completa: cada
consejero o wazir dió un soplo tan fuerte a la antorcha más inmediata,
que la mató en un punto, y tanto viento agitado hizo vibrar las puertas
como si hubiese un terremoto.
--Entonces--dijo Ben-Farding--, hermano Mohamad, ya pueden destocarme de
esta caperuza que me cobija, que por cierto ya me incomoda.
--Serás obedecido, rey de la locura--replicó el Sultán.
Y él mismo, levantándose de su solio como a tientas, quitó la cobertera
de papelón, añadiendo:
--Respira y solázate, rey de la locura.
--No soy por cierto el rey de la locura--respondió Ben-Farding.
--¿Cómo no?--articuló turbado el Sultán.
Y a encontrarse con alguna claridad el regio aposento, se le hubiera
visto de color del panal y con baño de amarillo azufre.
Sin duda, el Príncipe de los creyentes debió decir para sus adentros:
"Si este avechucho no es el rey de la locura, y después de tantos afanes
y extravagancias no hemos encontrado más que un loco de los adocenados,
un loco de insulsa mediocridad, será preciso entregarse al despecho y la
desesperación."
No se sabe adónde hubieran ido a dar las imaginaciones del desconcertado
Sultán, cuando, en medio de aquella oscuridad, se dejó escuchar la voz
del caprichoso Ben-Farding, diciendo:
--Querido Mohamad, ¿por qué te he de engañar revistiéndome con
titulillos que no he ganado todavía? ¡Pues qué! ¿No hay más que ser el
rey de la locura? Pero no por eso te inquietes, ni desconfíes de
encontrar remedio a tanto daño, alivio a los males y buen desenlace a
tanta contrariedad.
El Sultán se consoló algo con palabras tan explícitas, y dijo para sí:
"Pues está visto; el rey de la locura es algún ser fabuloso a fuerza de
ser disparatado; contentémonos con éste, que será un loco de los graves
y encumbrados, y uno como capitán de una numerosa y escogida taifa de
los más rematados. Entretanto, la condición del tal Ben-Farding es llana
y fácil por todo extremo; me trata como a su igual y camarada..."
--¿Y la muchacha?--prorrumpió el loco.
--La Sultana--replicó algo amostazado el Sultán--prosigue en su
paroxismo, y yo aguardo tus infalibles recetas para verla en la completa
posesión de su hechicero espíritu, de sus facultades casi sobrehumanas y
de su celeste hermosura.
--Pues que me la traigan, hermano Mohamad--respondió el loco
Ben-Farding.
--¡Que se la traigan!--exclamó el Sultán.
Y cien postillones, avivados por las insinuaciones del agradable
Abu-el-Casín, capitán de la guardia africana, salieron disparados con
tal orden a la apartada recámara en donde se encontraban las dos
sultanas.
A poco entraban en la estancia del obscuro diván las doce tinieblas
personificadas del Sennaar, que conducían en un rico palanquín, y entre
almohadones de ormesí y sedas, a la desmayada cuanto hermosísima Híala.
En cuanto los esclavos pusieron en tierra el precioso depósito, y que
sólo se oía en el silencioso aposento el murmurador bisbisar de los
wazires y consejeros y alguno que otro suspiro del inquieto Sultán, se
incorporó el loco Ben-Farding, acercándose al lecho en que descansaba,
como en un encanto, la linda Sultana, y exclamó en alta voz y fuera de
sí:
--¡Perfección divina! ¡Portento sin igual! ¡Asombro de la naturaleza!...
El Sultán, que en aquella tenebrosa obscuridad que envolvía la estancia
estaba en ayunas de lo que pasaba en derredor de sí, exclamó impaciente:
--Querido Ben-Farding, ¿has dado ya en el encanto, conoces el sortilegio
que embarga los sentidos de mi esposa? ¡Habla, habla!...
El loco proseguía en sus encarecimientos, diciendo:
--¡La boca es un anillo! ¡La garganta es de un cisne! ¡Pues y estos ojos
y estas mejillas! Sus cabellos son una madeja de azabache; sus pies son
dos nonadas, dos mentirillas: ¡qué madeja! Su nariz es un perfil de
realce y el más perfecto de nieve...
--¡Vive Alá!--exclamó, rugiendo el Sultán--. Que si no temiera tropezar
con alguno de estos marmolillos de mis consejeros, me levantara y
dividiera en dos partes iguales tu desigual locura: ¿te he traído yo de
siete estados debajo de tierra para que pregones y me hagas almoneda de
las perfecciones de mi esposa?...
--Hermano Mohamad--respondió sosegadamente Ben-Farding--, no te ahumes
ni montes tan pronto en cólera: éste es el poder de la hermosura que
arrebata hasta a los mismos seres subterráneos como yo, y enloquece a
la misma locura; vista perspicaz de neblí has tenido para divisar y
coger tan presto presa tan deliciosa, hermano Mohamad. ¡Es tan tierna!
Por otra parte, me era preciso acercarme a esa beldad para conocer la
fuerza del poder que la tiene enajenada. En fin, todo está conocido;
todo se remediará.
Estas palabras apagaron la hirviente cólera del Sultán; y ya, más
sereno, y tomando un tono blando y de indulgencia, le rogó a Ben-Farding
que hablase, y éste, en tono regocijado, le dijo:
--Voy al punto, Príncipe de los creyentes; pero antes déjame que vuelva
a contemplar la muchacha, y que me goce en este privilegio que tienen
mis ojos de poder admirar la belleza entre las tinieblas. ¡Oh, qué boca
de rubíes!--volvió a repetir--. ¡Qué frente! ¡Qué pies y qué madeja!...
Después, el loco, reclinándose en su portátil huronera, principió así su
extraordinario relato.