VI

--Has de saber, hermano Mohamad--dijo Ben-Farding--, que debajo de estos

palacios de la Alhambra se encuentran ocultos los tesoros mayores de la

tierra, así en adirames y monedas de los reyes más antiguos Rumíes, como

en zequíes, doblas zahenes y dineros de oro bermejo de todos los

sultanes del Oriente y del Occidente. Además de esta inmensa cantidad de

moneda, que con la menor parte de ella se pudiera comprar veinte veces

toda la tierra si un honrado cadí la pusiese en almoneda, hay en esos

tesoros tanta suma de perlas, de aljófar, de diamantes, jacintos y toda

clase de pedrería, que sólo Dios, alto y poderoso, pudiera enumerarla.

En cuanto a joyeles, anillos, ajorcas, cadenas, brinquiños, sortijas y

estotras baratijas y juguetes mujeriles, basta decirte que si todos los

hombres del mundo tuvieran veinte y cinco hijas tontas y feas, y

quisieran casarlas con altos personajes por el aliciente de sus joyas,

alhajas y preseas llevadas en dote, no lograran todavía desocupar ni una

sola de las cuarenta mil estancias que se ven llenas de tales bagatelas

y fruslerías.

En la cámara más apartada de esas regiones, y que forma como una al-cuba

o media naranja de mil codos de travesía y cien mil de altura, se

guardan las tiaras y cetros de los reyes antecesores de Daud, los solios

de los antiguos reyes del Yemen, el arco y la maza de Nemrod, que eran

de oro y carbuncos, los siete sellos de Soleimán, las coronas de los

primeros Califas, y otros mil portentos y riquezas de los reinos del Sur

y del Septentrión.

Este espacioso camarín está labrado en lo más hondo de los palacios

mágicos y ocultos de la Alhambra: son necesarias veinte semanas para

descender a ellos por las dos escaleras: una, de mármol negro, y otra,

de jaspe blanco, que tienen en sus dos extremos. En los jardines crecen

árboles y plantas cuyas hojas y frutos son topacios, emeraldas, zafiros

y otras cien especies de piedras preciosas, según la familia y

naturaleza de cada planta y árbol. El Dauro riega estos verjeles

desconocidos por canales fabricados de cristales y beriles, y de entre

sus arenas, en redes de seda, sacan incesantemente los genios copiosos

granos de oro, que van atesorando en silos de inapreciable riqueza. De

los desperdicios de estas arenas son con los que ese hermoso río suele

enriquecer a los buenos muslines que en los placeres y remansos del

álveo buscan medios para remediar sus necesidades y dar limosna a los

pobres.

Pues has de saber, hermano Mohamad, que esos tesoros están encomendados

a la custodia de dos genios: el uno, malo, y de la especie de los

Alafrits, y el otro, bueno, de condición noble y de aspecto hermoso, que

se llama Najum-Hasam.

En esos tesoros hace muchos siglos que faltaban dos inestimables joyas,

que andaban todavía en manos de los hombres; la una era la mesa de

Salomón, hecha de una sola esmeralda, y la otra, y más preciosa, que era

el collar de perlas, que, conservado en tu ilustre familia, lo llevaba

ayer en su cuello de cisne por regalo de boda la bellísima Híala, que en

sueño profundo se encuentra recostada en ese riquísimo lecho.

Cuando el fundador de tu dinastía arrojó de estos países a los últimos

príncipes de los Almohades, no pudieron éstos, en el rebato de aquellos

sangrientos sucesos, transportar de aquí los inmensos tesoros de su

casa, tesoros que habían venido acreciendo y aumentándose incesantemente

de sultán en sultán y de dinastía en dinastía, ya por las herencias y

conquistas, y ya por las artes y maravillas de las ciencias ocultas, en

que eran muy versados. En el despecho de perder todo este imperio que la

fortuna regalaba a tu familia en fraude de la suya propia, los príncipes

Almohades dejaron invisibles todos sus tesoros y riquezas en las

mansiones subterráneas de estos inmensos alcázares y palacios, con tales

artes y por tales secretos cabalísticos, que sólo Soleimán, o quien su

anillo posea, pudiera haber a la mano y apoderarse de tanto encantado

tesoro.

Es el caso que el collar maravilloso de Híala estuvo antiguamente entre

los tesoros de los Almohades, y mientras allí estuvo, por el prodigioso

poder y virtud de tal joya, el imperio y la ventura de aquella dinastía

fueron en aumento, no habiendo comenzado a eclipsarse su gloria hasta

extinguirse, cual ya sabes, sino desde el punto en que por una aventura

de amores, que no es del caso entretenerte ahora con ella, salió el

collar de aquella familia, y vino a posesión de la tuya, que desde

entonces comenzó a engrandecerse en la corriente de los años y con los

favores de la fortuna.

Pues el Alafrit, que es guarda de esos tesoros, que es favorecedor

eterno de la familia de los Almohades, así como enemigo jurado de la

tuya, sabe las virtudes del collar maravilloso. Según los decretos de

los sabios y magos que lo ligaron a la vigilante custodia de tanta

riqueza por las fórmulas y figuras nigrománticas de las ciencias

ocultas, preveía que estando en continuo acecho pudiera ofrecerse

ocasión oportuna y valedera para volver a poseer la inestimable joya del

collar. El Alafrit deseaba tal favor de la fortuna para quedar libre y

franco de esa centinela continua, que desempeña con honores también de

escucha y de atalaya trescientos años hace, y poder así volar a las

montañas de Kaf, su habitual residencia.

Es el caso que allí trata de amores con una muchacha de su especie, algo

pequeña de persona, pues no tiene más que tres farasangas del tobillo a

la frente, pero no fea. Su nariz es bien encantada y tornátil, así como

la Giralda de Esbilia; sus ojos son algo rasgados, pero que cada uno

será mayor que la bahía de Gadir; sus cejas son dos hermosas selvas de

robles y jarales, y todos sus demás adherentes a este tenor. La muchacha

quiere casarse, el Alafrit otro que tal, y tu imprevisión le ha llevado

la sopa a la miel, el bocado a la boca.

Tú deberías saber que ese collar maravilloso, esperanza de tu porvenir,

así como ha sido origen de la grandeza de tu familia, hace perfecta

balanza y forma, por inseparable, con tu famoso alfanje Dul-Cahir, que

fué un tiempo la victoriosa espada de Alí, bendígalo Alá. Si tú hubieses

llevado el collar, si Híala siquiera llevara el alfanje, ya que

pensabas separarte de su lado, la catástrofe no tuviera lugar; pero te

separaste, o, por mejor decir, apartaste por un momento a Dul-Cahir del

collar, y la ocasión se le presentó al Alafrit por el copete, no siendo

él ni necio, ni manco para dejar de asirlo de buena manera. El fué quien

envió a la mariposa azul para provocar a Híala y a su esclava Encirnún a

que para cazarla y perseguirla se desviase de su séquito y comitiva, y

se acercasen a sitio conveniente para el sobresalto.

A propósito de esto te recordaré, hermano Mohamad, el olvido en que como

monarca has tropezado respecto a la hermosa Encirnún, esclava, que puede

ser reina en cualquier parte en donde se dé culto a la hermosura. El

Alafrit, en cuanto la vió, si con la una mano empuñó el collar, con la

otra engarfió a la hermosísima persiana, aficionado de su donosa figura,

como tú pudieras estarlo si te encontraras jugando entre las flores con

unos esclavillos tamaños como alfileres. Aquel jayán piensa llevarle

presente tan cuco a la señora que le está otorgada en las montañas de

Kaf, para que montando a Encirnún sobre su oreja siniestra, la rasque

mansamente con un almocafre aquel lado de la cabeza, operación que la

halaga muy dulcemente. Encirnún se resignó desde luego a fracaso tan

grande, como debe hacerlo todo esclavo que cae por su culpa en situación

tan triste; pero, o yo me equivoco mucho, o esta muchacha ha de volver

loco al noble Najum-Hasam, el genio que con el Alafrit guarda los

tesoros, y no será extraño que de esclava se convierta en Reina de las

Hadas. Esto, por otra parte, a ti te estaría bien, hermano Mohamad, pues

así tendrías esperanzas de recobrar tu collar por el buen afecto de la

esclava; pues te advierto, hermano mío, que faltando de tu familia esta

joya maravillosa, este talismán de tanta virtud, tarde o temprano ha de

perder el imperio. Pero volvamos a Híala.

Píntate en tu imaginación, hermano Mohamad, cuál se quedaría tu

bellísima y tierna esposa al ver súbito delante de sí al jayán de ese

descomunal Alafrit con su disforme estatura, casi doble que la de la

novia, cuya descripción te he hecho; con sus ojos semejantes, cada cual

al corral de Belet, si estuviese ardiendo con azufre; con los hornillos

de sus narices iguales a dos caleras humeantes e hirvientes; con sus dos

piernas de figura salomónica, cada una formada de dos enormes

serpentones enroscados; con su barba tejida de breñales y raíces de

antiquísimos árboles, y con otros primores de tal jaez. La muchacha

hubiera expirado en el punto, si la virtud poderosa del collar no la

hubiese asistido. El collar resistió en parte la fascinación infernal de

aquel demonio; pero como al punto fué arrebatado del blanquísimo cuello,

Híala cayó, no muerta, pero sí desvanecida, en profundo paroxismo, pero

conservando en el desmayo su interior conocimiento.

En suma, Híala, cuando no duerme en el mismo desvanecimiento en que se

encuentra sumergida, oye, entiende y conoce. Todas las demás facultades

de su mente están en suspenso, pero el lograr que vuelvan al manso curso

que animaba regaladamente esa infantil, y casi divina existencia, es lo

difícil, es lo casi imposible; pero en manos está el adufe, Mohamad

hermano, que bien lo sabrá repicar.

Si tuviéramos a mano una pluma de los pájaros de rosa que vuelan en el

paraíso, sólo con halagar con ella un poco la nariz de nieve de la

desmayada, estornudaría tres veces y despertara contenta y salva como de

un sueño desapacible; pero como esto no es posible, fuerza será optar

entre dos remedios solos que restan. Si quieres, hermano Mohamad, ver

entrar a la muchacha por estos salones, danzando y triscando como una

hurí celeste, con sus frescas mejillas hechas rosas, y dos soles por

ojos, cantando como un ruiseñor y parlando como una mujer hecha y

derecha, deja que me la lleve por tres días...

--Eso no--respondió el Sultán.

--¡Eso no! ¡¡Eso no!!--dijo Ben-Farding algo enfadado--. Pues, entonces,

la cura será en toda forma; esto es, que será larga y bien fastidiosa.

Es necesario, pues, si así lo quieres, hermano Mohamad, que Híala todas

las mañanas sea conducida media hora antes que despunte el sol al propio

sitio, junto a aquella fuente y debajo del mismo frondoso peral, en

donde se encontró desmayada después de la catástrofe. Allí se le darán

a oler, en matizados ramilletes, de todas las flores del Generalife, y

aun se la acercará a los labios fruta del peral y raudales de la fuente,

para que tales aromas y tan regalados como sencillos manjares produzcan

en la hermosa Sultana el mágico efecto que me figuro. Después, en aquel

mismo lugar, formando un cerco con cojines y almohadones de seda, y

alfombrado el suelo con alcatifas de Persia, y de manera que las pueda

oír la lindísima Híala, contarán sendas historias por el estilo que

mejor puedan o sepan los esclavos, esclavas o personas que sobresalgan

en tan peregrino como envidiable talento. Si las historias o cuentos que

se relatan son por lo prodigioso y de maravillas, y la hermosa desmayada

da alguna señal de admiración, o si por lo trágico y lastimoso la

arrancan alguna lágrima, o siendo de donaires y chistes mueven la

celestial sonrisa de Híala; Híala está salvada, y poco a poco volverá en

sí dando un leve suspiro y entreabriendo sus ojos de paloma. A tu

diligencia oficiosa, a la buena voluntad de estos heroicos sabios que

aquí me escuchan, mis mozos de silla o porteadores, y, sobre todo, al

buen arte del agradable Abu-el-Casín, capitán de la guardia africana,

les toca y atañe exhumar, buscar y hallar muchos de tales recontadores

de jadices e historias, o noveladores trágicos o cuenteros festivos, y

que de entre ellos salga alguno que sepa por las maravillas de su

relato, por las gracias de su decir o por las galas de su invención y

sales de sus chistes, poner en juego las sensibles cuanto delicadas

facultades del ánimo de la simpar Híala.

Y con esto me despido,

que vivo lejos,

hermano Mohamad, haciendo gracia por ahora de las ceremonias y procesión

con que aquí se me condujo, y del andamio, atalajes, cuadrigas y tiros

con que se me porteó, pues ya está harta la locura de ir en cuestas de

la sabiduría.

Diciendo esto Ben-Farding, saltó de su huronera, dió tres o cuatro

carrerillas por la estancia, sacudió de papirotes y sardinetes a los

deslumbrados wazires, cadíes y altos dignatarios del diván, y salió

rehilando de la Alhambra, como Bodoque disparado por fuerte brazo de

bien templada ballesta.

Novelas y cuentos · 第 30 / 52 题