Cuenta la Historia que el Sultán quiso presidir por sí mismo el cónclave
aquel de sabiduría, y aquel diván de inteligencia médica, y que sufrió
los ratos de más bostezante fastidio que imaginarse pueden.
Un wazir, profundo estadista, aseguraba que aquella catástrofe estaba
preparada por los enemigos, y que así era preciso desterrar a todos los
desafectos de la dinastía Nacerita; otro wazir, todavía más sagaz,
añadía que suponiendo este horrendo plan, el cual era patente como la
luz del día, debiera deducirse que los cristianos eran los autores de la
trama, como enemigos jurados de la gloria de la casa reinante, y que
debieran ponerse todos en tormento para que declarasen la verdad.
Otro, menos profundo y amigo de explicar las cosas por lo natural y
fácil, contradijo a sus compañeros, y probó lindamente, en un discurso
de dos horas y media, que la tragedia la había motivado sin duda alguna
la presencia de algún tremendo salteador que, burlando la vigilancia de
los guardias y venciendo los obstáculos que cercaban la real estancia y
sus jardines, había venido a despojar a la sultana del inestimable
collar que llevaba en la garganta.
--¿Cómo explicar de otro modo--decía ufano el parlante--el robo de esta
joya? Unos conjurados no piensan en robar; ¿qué tienen que ver--aquí
alzaba la voz, vanaglorioso con la distinción--los delitos comunes con
los políticos?
--Patarata--replicó un entendido naturalista desde los escaños de los
taalebs o núdicos en donde estaba sentado hechas sus piernas tres
dobleces--. Tal caso debe explicarse por causas naturales enteramente.
¿A qué acudir a móviles ridículos por lejanos, si el misterio por sí
mismo se revela? El magnífico cuanto peregrino espectáculo que ha herido
la imaginación aun infantil de nuestra linda y tierna sultana, sálvela
Alah, ¿no será explicación bastante para este desmayo o parasismo? ¿Pues
estos sentimientos llevados al último punto por el placer de verse la
noble esposa del más guerrero, generoso y amable de los sultanes--y aquí
añadía el orador una cáfila de alabanzas y epítetos, por supuesto sin
mezcla de lisonja médica--no es suficiente motivo para tal arrobamiento?
Roguemos al cielo, por el contrario, que tanta gloria no anonade y
absorba la luz de vida de ese frágil corazón.
Otros veinte picos de oro dijeron cosas muy buenas, diversas todas las
unas de las otras, sin haber disparate que no tuviese defensor, ni
extravagancia que no se encomiase llevándola a los cuernos de la luna.
Ya el Sultán, desesperado a fuerza de hastío, revolvía en su mente el
saludable proyecto de degollar con su propio alfanje tres o cuatro de
aquellos ruiseñores sapientes, eligiéndolos de entre los más floridos y
locuaces en su parla, cuando el famoso Aben-Jomiz, que había sido diez
años alfajeme, otros tantos boticario, siempre viajando y herbolizando,
algunas veces matando y jamás curando, y que había concluído por ser tan
entendido médico como consejero profundo, dió señales de hablar.
Todos callaron, y el Sultán, dejando para mejor lugar y ocasión su
resolución piadosa, se volvió hacia el meflez o asiento del sapientísimo
médico, y oyó que éste, con voz chirriadora y cascada, dijo:
--No hay Dios sino Dios, y Mahoma es su profeta. La sultana Híala está
afectada de una catalexis.
--Al menos--dijo el Sultán--este necio no nos ha quebrado la cabeza.
¡Catalexis!...
Los cortesanos se enamoraron del nombre de la enfermedad, y todos se
decían:
--La Sultana tiene una catalexis.
Todo el mundo se llenó de gozo al ver descifrado el enigma, y de los
cortesanos a los esclavos, y de éstos a los guardias, y del Sultán a la
madre, y de ésta a las esclavas, y de las mujeres del harén a otras
mujeres, bajó rodando de boca en boca desde la Alhambra de Granada el
mismo nombre de la enfermedad. ¡Catalexis!
El júbilo por tan dichoso hallazgo infundió el deseo de celebrarlo con
todas veras y estrépito, y así a los pocos instantes se escuchaban
doquier en la algazara más bulliciosa del mundo los gritos regocijados,
los acentos de los vivas y los ecos de los instrumentos. La palabra
catalexis se oía de cuando en cuando como tema de aquella alborotada
sinfonía y servía de incentivo para avivar el estruendo y la algazara.
--¿Y qué es la catalexis?--dijo con voz de trueno el Sultán al ver
pavonearse de vanagloria al inventor de la palabra, y que con ella
quedaban las cosas como antes y la Sultana tan enajenada y en peligrosa
situación.
A esta pregunta, y sobre todo al tono con que fué pronunciada, todos
cayeron en la cuenta que una palabra no es más que una palabra, y se
volvieron irritados y con vista airada al mismo Aben-Jomiz, que del
cénit de su vanidad vino de cabeza al valle de lágrimas de la humildad.
--¿Qué es la catalexis?--pregunta el Sultán; le dijeron.
Las cosas en tal punto, veo que aparece en la estancia Abu-el-Casín,
capitán de la guardia africana, y prosternándose diez veces ante el
Sultán, y tocando otras tantas la tierra con su frente, dijo:
--Príncipe de los creyentes, un loco que días ha vaga cantando y
danzando por la ciudad, habrá una hora que en medio del estupor que ha
causado la nueva de la catástrofe de la Sultana y del alboroto que ha
movido el descubrimiento de su enfermedad, púsose de nuevo a bailar en
el Zuc de los benimerines y en voz clara cantaba:
A la Sultana
nadie la cura,
si no es el rey
de la locura.
Y tu siervo, al oír esto, por si es blasfemia o delito que merezca la
muerte o falta que se purgue con la lengua cortada u otra semejante leve
concesión, lo he preso....
--¿Y quién es ese loco?--dijo el Sultán.
--Es--respondió el
capitán--Afmed-Ali-Ocnar-ben-abas-ben-oli-ben-Iahic-ben-Zatrin-el-Cubdi-el-Smercandi...
--Por el profeta--dijo el Sultán empuñando su alfanje--que al primero
que me asorde los oídos con esas taifas de nombres que atañen y tocan
sólo a uno de mis esclavos, que le envíe la cabeza de un tajo a la punta
nevada del Belet.
El capitán, cesando cuerdamente en su amplificación y exactitud
genealógicas, y besando otra vez la tierra, dijo:
--Príncipe de los creyentes... el loco es Afmed-el-Bayer.
--Ya lo conozco--replicó el Sultán--. Traédmele al punto.
--Oyendo y obedeciendo--contestó Abu-el-Casín.
Y salió de la estancia, abriendo y cruzando los brazos y bajando la
cabeza.
De allí a un instante cayó en medio del concurso un morillo mal andante
en sus vestidos, aunque no de traza desagradable, y que llevándose con
ahinco una su mano a cierta su oreja, daba a entender claramente ser
aquella el asa por donde lo había empuñado, para transportarlo, la
suavidad jurídica-militar del capitán Abu-el-Casín.
--¿Qué era lo que cantabas en el Zuc de los benimerines?--le dijo el
Sultán.
Y el loco, siempre con su oreja entre sus manos, y comenzando a bailar
con el mayor desenfado, cantó:
A la Sultana
nadie la cura,
si no es el rey
de la locura.
--Pues tú debes de ser--dijo Mohamad--el médico infalible de mi esposa:
nadie puede haber más loco que tú; en tres días has roto cinco mil
platos y escudillas; has hecho rodar por el suelo seis mil jarras y
otros cachivaches de la Rambla, y has llevado todos los chicos del
Albaycín a machacar esparto sobre las cargas de porcelana y cristal de
los mercaderes genoveses de la Albayciría. Se necesita todo el respeto
que profesamos a los llenos del espíritu de Dios para que no te hayamos
empalado.
Afmed, sin dejar su baile, ni soltar su oreja, prosiguió cantando así:
Grados diversos
ha la locura,
ser rey en ella
fortuna es mucha,
aprendiz sólo
soy.....................
--Déjate de esa versa y canturia fastidiosa--prorrumpió encolerizado el
Sultán--y responde por lo natural y llano a mis preguntas, porque si no
¡vive el cielo! que te saque enredada en la punta de mi espada gran
parte de tus dislates y locuras.
El-Bayer, al halago de tal insinuación, dió una cabriola en el aire, y
sacando los pies hacia adelante, se dejó caer verticalmente sobre sus
nalgas, bajando y doblando al propio tiempo su cabeza hasta injertarla
entre sus muslos; pero con tal arte, que ponía duda, si en su reverencia
y salutación había más burla que respeto al Príncipe de los creyentes,
dijo al demente:
--Yo soy un loco principiante, y como aprendiz no puedo dar en el hito
del arcano de la Sultana; pero con un guijarro en la mano y poniéndome a
ochenta pasos la frente de uno de estos sabios, te la abriré
perfectamente, si es que allí presumes hablar y leer...
--Canalla--replicó el Sultán--no has entendido que por encontrar vacías
esas frentes, acudo en apelación a tu locura. ¿Hay otro más loco que tú?
--Poderoso Mohamad--dijo el-Bayer--, lo hay en Granada, y ese podrá
acaso satisfacer tu curiosidad.
--¿Dónde se halla esa perla peregrina?--dijo el Sultán.
--En los subterráneos de la Alcazaba--replicó el aprendiz de la locura.
Y al decir esto, levantándose como una pulga del pavimento de la
estancia, dando otra cabriola, haciéndole una higa al Sultán, y dando
cuatro papirotes a los más graves del cónclave o diván, se deslizó por
entre las guardias, repitiendo siempre:
A la Sultana
nadie la cura,
si no es el rey
de la locura.
--Dejadlo ir--dijo el Sultán--, y tú, agradable Abu-el-Casín, vuela a la
Alcazaba y registra el último agujero de sus murallas y subterráneos,
hasta dar con ese loco recomendado por el otro loco.
--Oyendo y obedeciendo--respondió el capitán de la guardia, y
desapareció abriendo y cerrando los brazos y bajando la cabeza.
Entretanto los sabios, consejeros, wazires y taalies, reunidos en el
diván, se decían, en voz baja, unos a otros: "¡Qué diablos quiere el
Sultán! Más loco debe él estar ya, que no el oráculo que busca; si se
muere la Sultana, la juventud y belleza de cien ciudades de aquende y
allende el mar le brindarán con otras mil beldades, y si la Sultana
vive, tanto mejor si la posee muda y convertida en estatua. Esto será
poseer una mariposa en estado de crisálida.... tanto mejor poseer la
belleza sin alas."
Al propio tiempo venían nuncios y embajadores de los aposentos de las
sultanas, siempre con las tristes nuevas de que Híala permanecía en su
misma enajenada situación.
El Sultán, en profunda meditación, se hallaba fantaseando sobre lo
extraño de aquellas aventuras, reclinado en su alfarir o solio de
púrpura, cuando apareció ante sus ojos el amable Abu-el-Casín, capitán
de la guardia africana.
--¡Amir-el-Mumenin--le dijo éste--, maravilla y más maravillas! He
encontrado al loco a quien el otro loco recomendó, y el loco recomendado
es el loco más inconmensurable que hallarse puede. Es el inmenso pájaro
Roc de la locura; es el mar más insondable de los disparates; éste o
ninguno debe ser el Rey de la locura.
--¡Que me place!--dijo el Sultán--. ¿Y dónde está ese Rey tan deseado?
¿Por qué no entra? Que venga, traédmelo aquí, luego, al punto...
--Pues ved ahí el caso--dijo Abu-el-Casín.
--Habla--replicó el Sultán.
Y el capitán comenzó su relato de esta manera: