III

Cuenta la Historia que el Sultán quiso presidir por sí mismo el cónclave

aquel de sabiduría, y aquel diván de inteligencia médica, y que sufrió

los ratos de más bostezante fastidio que imaginarse pueden.

Un wazir, profundo estadista, aseguraba que aquella catástrofe estaba

preparada por los enemigos, y que así era preciso desterrar a todos los

desafectos de la dinastía Nacerita; otro wazir, todavía más sagaz,

añadía que suponiendo este horrendo plan, el cual era patente como la

luz del día, debiera deducirse que los cristianos eran los autores de la

trama, como enemigos jurados de la gloria de la casa reinante, y que

debieran ponerse todos en tormento para que declarasen la verdad.

Otro, menos profundo y amigo de explicar las cosas por lo natural y

fácil, contradijo a sus compañeros, y probó lindamente, en un discurso

de dos horas y media, que la tragedia la había motivado sin duda alguna

la presencia de algún tremendo salteador que, burlando la vigilancia de

los guardias y venciendo los obstáculos que cercaban la real estancia y

sus jardines, había venido a despojar a la sultana del inestimable

collar que llevaba en la garganta.

--¿Cómo explicar de otro modo--decía ufano el parlante--el robo de esta

joya? Unos conjurados no piensan en robar; ¿qué tienen que ver--aquí

alzaba la voz, vanaglorioso con la distinción--los delitos comunes con

los políticos?

--Patarata--replicó un entendido naturalista desde los escaños de los

taalebs o núdicos en donde estaba sentado hechas sus piernas tres

dobleces--. Tal caso debe explicarse por causas naturales enteramente.

¿A qué acudir a móviles ridículos por lejanos, si el misterio por sí

mismo se revela? El magnífico cuanto peregrino espectáculo que ha herido

la imaginación aun infantil de nuestra linda y tierna sultana, sálvela

Alah, ¿no será explicación bastante para este desmayo o parasismo? ¿Pues

estos sentimientos llevados al último punto por el placer de verse la

noble esposa del más guerrero, generoso y amable de los sultanes--y aquí

añadía el orador una cáfila de alabanzas y epítetos, por supuesto sin

mezcla de lisonja médica--no es suficiente motivo para tal arrobamiento?

Roguemos al cielo, por el contrario, que tanta gloria no anonade y

absorba la luz de vida de ese frágil corazón.

Otros veinte picos de oro dijeron cosas muy buenas, diversas todas las

unas de las otras, sin haber disparate que no tuviese defensor, ni

extravagancia que no se encomiase llevándola a los cuernos de la luna.

Ya el Sultán, desesperado a fuerza de hastío, revolvía en su mente el

saludable proyecto de degollar con su propio alfanje tres o cuatro de

aquellos ruiseñores sapientes, eligiéndolos de entre los más floridos y

locuaces en su parla, cuando el famoso Aben-Jomiz, que había sido diez

años alfajeme, otros tantos boticario, siempre viajando y herbolizando,

algunas veces matando y jamás curando, y que había concluído por ser tan

entendido médico como consejero profundo, dió señales de hablar.

Todos callaron, y el Sultán, dejando para mejor lugar y ocasión su

resolución piadosa, se volvió hacia el meflez o asiento del sapientísimo

médico, y oyó que éste, con voz chirriadora y cascada, dijo:

--No hay Dios sino Dios, y Mahoma es su profeta. La sultana Híala está

afectada de una catalexis.

--Al menos--dijo el Sultán--este necio no nos ha quebrado la cabeza.

¡Catalexis!...

Los cortesanos se enamoraron del nombre de la enfermedad, y todos se

decían:

--La Sultana tiene una catalexis.

Todo el mundo se llenó de gozo al ver descifrado el enigma, y de los

cortesanos a los esclavos, y de éstos a los guardias, y del Sultán a la

madre, y de ésta a las esclavas, y de las mujeres del harén a otras

mujeres, bajó rodando de boca en boca desde la Alhambra de Granada el

mismo nombre de la enfermedad. ¡Catalexis!

El júbilo por tan dichoso hallazgo infundió el deseo de celebrarlo con

todas veras y estrépito, y así a los pocos instantes se escuchaban

doquier en la algazara más bulliciosa del mundo los gritos regocijados,

los acentos de los vivas y los ecos de los instrumentos. La palabra

catalexis se oía de cuando en cuando como tema de aquella alborotada

sinfonía y servía de incentivo para avivar el estruendo y la algazara.

--¿Y qué es la catalexis?--dijo con voz de trueno el Sultán al ver

pavonearse de vanagloria al inventor de la palabra, y que con ella

quedaban las cosas como antes y la Sultana tan enajenada y en peligrosa

situación.

A esta pregunta, y sobre todo al tono con que fué pronunciada, todos

cayeron en la cuenta que una palabra no es más que una palabra, y se

volvieron irritados y con vista airada al mismo Aben-Jomiz, que del

cénit de su vanidad vino de cabeza al valle de lágrimas de la humildad.

--¿Qué es la catalexis?--pregunta el Sultán; le dijeron.

Las cosas en tal punto, veo que aparece en la estancia Abu-el-Casín,

capitán de la guardia africana, y prosternándose diez veces ante el

Sultán, y tocando otras tantas la tierra con su frente, dijo:

--Príncipe de los creyentes, un loco que días ha vaga cantando y

danzando por la ciudad, habrá una hora que en medio del estupor que ha

causado la nueva de la catástrofe de la Sultana y del alboroto que ha

movido el descubrimiento de su enfermedad, púsose de nuevo a bailar en

el Zuc de los benimerines y en voz clara cantaba:

A la Sultana

nadie la cura,

si no es el rey

de la locura.

Y tu siervo, al oír esto, por si es blasfemia o delito que merezca la

muerte o falta que se purgue con la lengua cortada u otra semejante leve

concesión, lo he preso....

--¿Y quién es ese loco?--dijo el Sultán.

--Es--respondió el

capitán--Afmed-Ali-Ocnar-ben-abas-ben-oli-ben-Iahic-ben-Zatrin-el-Cubdi-el-Smercandi...

--Por el profeta--dijo el Sultán empuñando su alfanje--que al primero

que me asorde los oídos con esas taifas de nombres que atañen y tocan

sólo a uno de mis esclavos, que le envíe la cabeza de un tajo a la punta

nevada del Belet.

El capitán, cesando cuerdamente en su amplificación y exactitud

genealógicas, y besando otra vez la tierra, dijo:

--Príncipe de los creyentes... el loco es Afmed-el-Bayer.

--Ya lo conozco--replicó el Sultán--. Traédmele al punto.

--Oyendo y obedeciendo--contestó Abu-el-Casín.

Y salió de la estancia, abriendo y cruzando los brazos y bajando la

cabeza.

De allí a un instante cayó en medio del concurso un morillo mal andante

en sus vestidos, aunque no de traza desagradable, y que llevándose con

ahinco una su mano a cierta su oreja, daba a entender claramente ser

aquella el asa por donde lo había empuñado, para transportarlo, la

suavidad jurídica-militar del capitán Abu-el-Casín.

--¿Qué era lo que cantabas en el Zuc de los benimerines?--le dijo el

Sultán.

Y el loco, siempre con su oreja entre sus manos, y comenzando a bailar

con el mayor desenfado, cantó:

A la Sultana

nadie la cura,

si no es el rey

de la locura.

--Pues tú debes de ser--dijo Mohamad--el médico infalible de mi esposa:

nadie puede haber más loco que tú; en tres días has roto cinco mil

platos y escudillas; has hecho rodar por el suelo seis mil jarras y

otros cachivaches de la Rambla, y has llevado todos los chicos del

Albaycín a machacar esparto sobre las cargas de porcelana y cristal de

los mercaderes genoveses de la Albayciría. Se necesita todo el respeto

que profesamos a los llenos del espíritu de Dios para que no te hayamos

empalado.

Afmed, sin dejar su baile, ni soltar su oreja, prosiguió cantando así:

Grados diversos

ha la locura,

ser rey en ella

fortuna es mucha,

aprendiz sólo

soy.....................

--Déjate de esa versa y canturia fastidiosa--prorrumpió encolerizado el

Sultán--y responde por lo natural y llano a mis preguntas, porque si no

¡vive el cielo! que te saque enredada en la punta de mi espada gran

parte de tus dislates y locuras.

El-Bayer, al halago de tal insinuación, dió una cabriola en el aire, y

sacando los pies hacia adelante, se dejó caer verticalmente sobre sus

nalgas, bajando y doblando al propio tiempo su cabeza hasta injertarla

entre sus muslos; pero con tal arte, que ponía duda, si en su reverencia

y salutación había más burla que respeto al Príncipe de los creyentes,

dijo al demente:

--Yo soy un loco principiante, y como aprendiz no puedo dar en el hito

del arcano de la Sultana; pero con un guijarro en la mano y poniéndome a

ochenta pasos la frente de uno de estos sabios, te la abriré

perfectamente, si es que allí presumes hablar y leer...

--Canalla--replicó el Sultán--no has entendido que por encontrar vacías

esas frentes, acudo en apelación a tu locura. ¿Hay otro más loco que tú?

--Poderoso Mohamad--dijo el-Bayer--, lo hay en Granada, y ese podrá

acaso satisfacer tu curiosidad.

--¿Dónde se halla esa perla peregrina?--dijo el Sultán.

--En los subterráneos de la Alcazaba--replicó el aprendiz de la locura.

Y al decir esto, levantándose como una pulga del pavimento de la

estancia, dando otra cabriola, haciéndole una higa al Sultán, y dando

cuatro papirotes a los más graves del cónclave o diván, se deslizó por

entre las guardias, repitiendo siempre:

A la Sultana

nadie la cura,

si no es el rey

de la locura.

--Dejadlo ir--dijo el Sultán--, y tú, agradable Abu-el-Casín, vuela a la

Alcazaba y registra el último agujero de sus murallas y subterráneos,

hasta dar con ese loco recomendado por el otro loco.

--Oyendo y obedeciendo--respondió el capitán de la guardia, y

desapareció abriendo y cerrando los brazos y bajando la cabeza.

Entretanto los sabios, consejeros, wazires y taalies, reunidos en el

diván, se decían, en voz baja, unos a otros: "¡Qué diablos quiere el

Sultán! Más loco debe él estar ya, que no el oráculo que busca; si se

muere la Sultana, la juventud y belleza de cien ciudades de aquende y

allende el mar le brindarán con otras mil beldades, y si la Sultana

vive, tanto mejor si la posee muda y convertida en estatua. Esto será

poseer una mariposa en estado de crisálida.... tanto mejor poseer la

belleza sin alas."

Al propio tiempo venían nuncios y embajadores de los aposentos de las

sultanas, siempre con las tristes nuevas de que Híala permanecía en su

misma enajenada situación.

El Sultán, en profunda meditación, se hallaba fantaseando sobre lo

extraño de aquellas aventuras, reclinado en su alfarir o solio de

púrpura, cuando apareció ante sus ojos el amable Abu-el-Casín, capitán

de la guardia africana.

--¡Amir-el-Mumenin--le dijo éste--, maravilla y más maravillas! He

encontrado al loco a quien el otro loco recomendó, y el loco recomendado

es el loco más inconmensurable que hallarse puede. Es el inmenso pájaro

Roc de la locura; es el mar más insondable de los disparates; éste o

ninguno debe ser el Rey de la locura.

--¡Que me place!--dijo el Sultán--. ¿Y dónde está ese Rey tan deseado?

¿Por qué no entra? Que venga, traédmelo aquí, luego, al punto...

--Pues ved ahí el caso--dijo Abu-el-Casín.

--Habla--replicó el Sultán.

Y el capitán comenzó su relato de esta manera:

Novelas y cuentos · 第 28 / 52 题