Nada más natural que explicar en aquel trance el giro continuo de los
matices de la novena perla.
Híala, por lo mismo, se entregaba dulcemente a sus ensueños de
felicidad, y al través de su velo sutil, o por sus miradas de reojo,
veía llover flores y rosas por donde pasaba; miraba las calles
alfombradas de ricas alcatifas, cubiertas las azoteas de elegantes
doseles y sobrecielos para templar la viveza de la luz; muchos
esclavillos agitando enormes ventalles y abanicos de pluma y papiro para
mover y refrescar el aire, y gran número de pebeteros en los ajimeces y
ventanas que poblaban el ambiente de los olores más exquisitos.
Detrás cerraban la marcha tres mil cenetes montados en caballos negros,
y tres mil bereberes cabalgando en caballos blancos.
Cuando llegaron los primeros del acompañamiento a la puerta de la
justicia, que era la principal entrada de la Alhambra, se fueron
derramando, aunque en orden, por aquellas inmensas alamedas de álamos y
almeces, hasta que los doce eunucos del Sennaar entraron por las puertas
del Alcázar el tesoro, o más bien dicho, la divinidad que conducían.
En aquel recinto regio fueron muy pocos los que alcanzaron entrar,
bajando todas las esclavas a recibir a su nueva señora con las
demostraciones más ardientes de regocijo; unas danzaban al son de los
albogues y adufes, y otras le cantaban al antiguo uso de Córdoba y del
Cairo estas lisonjeras cásidas de versos:
Entra aquí,
entra aquí en estos jardines
de arrayán, rosa y jazmines,
entra, sí,
cual reina por sus confines.
El poder,
el poder te da su imperio,
que el rendir feudo al misterio
del placer
no es mengua ni vituperio.
Por tu amor,
por tu amor ya arde la Alhambra,
rejas torres, Vivarrambra,
el fulgor
de cañas, juegos y zambra.
La Sultana madre, al ver desde sus miradores acercarse la comitiva
regia, se apresuró a venir al recibimiento de su nueva hija,
encontrándola en el patio de los Laureles en medio de las esclavas, ya
con el velo alzado y enseñoreándose todavía en el palanquín de los
eunucos negros. La bajó entre su brazos, ayudada en tan cariñoso
obsequio por el Sultán su hijo, que para ello se derribó gallardamente
del caballo Ebn-Nur, quien dobló al efecto tan gentil como humildemente
sus rodillas.
La madre instaló a la bellísima nuera en su propia cámara, formada de
cristales y espejos, hasta que llegase el instante de las bodas; y en
tanto que el Sultán recibía los homenajes y plácemes de sus alcaides,
wazires y walíes, las Sultanas salieron a solazarse con las esclavas por
los espaciosos y mágicos jardines, trasunto del imperio de Flora y
compendio aventajado del Paraíso, por quien tanto suspiran los creyentes
en el Islám.
Híala, que por su condición viva y regocijada había tomado en fastidio
tanta circunspección y compostura, quiso aprovechar ocasión tan feliz de
solazarse a todo su albedrío; y mientras la Sultana madre se entretenía
en reñir en un estanque a varias esclavas que se bañaban con mucho de
algazara y escarceo y algún poco de desenvoltura, se perdió por entre un
laberinto de mosquetas, rosas y celindas, acompañada sólo de Encirnún,
una su esclava, persiana de nacimiento y de singular belleza y
discreción.
Cuenta la historia que así como Híala y Encirnún salieron de aquellas
intrincadas calles de rosales y verduras encontraron en un prado sobre
una flor la mariposa más extremada en hermosura, así por sus colores
como por la brillantez de sus penachos.
--Princesa--dijo Encirnún--, esta mariposa sólo se encuentra entre los
tulipanes y anémones de mi hermoso país; capricho raro ha tenido este
insecto en llegar hasta aquí; ¿queréis que tratemos de hacerla nuestra
cautiva?
Con el asenso de Híala comenzaron entrambas a procurar dar caza a la
mariposa; pero el insecto, burlando las trazas de sus lindas
perseguidoras, las fué llevando hacia los bosques inmediatos, ya
parándose en un pimpollo o en una rama, ya alzando el vuelo con presteza
y maravilloso instinto.
La Sultana vieja seguía de lejos, y presidiendo la banda de sus lindas
esclavas, la afanosa tarea de Híala y de Encirnún, y las vió, riéndose
de su loca empresa, trasponer por entre las calles de negros árboles que
daban entrada al bosque.
Al poco tiempo de haber desaparecido las dos lindas cazadoras, se oyó un
grito agudo dentro del bosque, en el que, así la Sultana vieja como
todas las esclavas, conocieron la voz de Híala.
Cuál fuera la admiración y el espanto que tal grito infundiera en la
Sultana y en las esclavas, es fácil concebirlo.
Al punto se dejó escuchar un coro de gritos y voces en todos los tonos y
con toda la discordancia que para tales y semejantes casos tiene
reservados el diapasón femenil.
Acudieron por de pronto los esclavos y eunucos negros del harén y
principiaron a moverse en todas direcciones con aquel acuerdo que se
acostumbra en los trances apurados.
A los de más edad, y casi ciegos por los años, se les mandaba que
entrasen en el bosque a inquirir y ver las circunstancias de aquella
presunta catástrofe; a los cojos se les daba prisa para que fuesen a
llamar los guardias, y a los mudos se les conminaba para que fuesen a
relatar al Sultán los pormenores de tamaña desventura. Todo era
desorden, todo confusión.
En esto se presentó el Sultán a la cabeza de sus continuos y más
allegados, y sin detenerse a oír los pormenores del caso, ni las
sospechas que sobre él podrían concebirse, ni los diversos planes que
debieran formarse para averiguar el origen de tal atentado, y poniendo
al lado los consejos, las reflexiones, los dictámenes y las sabias
medidas que sus entendidos consejeros le proponían, y dejándolos a éstos
en sus entretenidas disensiones y reyertas, se precipitó por las calles
del bosque, frenético de rabia y lleno de zozobras.
El Sultán corrió todos aquellos laberintos de verduras y malezas sin
hallar más que algún pájaro que revolaba entre las ramas o alguna tímida
liebre que se deslizaba entre la hierba.
En tanto volvió en sí y se miró solo, pues sus cortesanos en vano le
habían querido seguir en su rápida y pesquisidora excursión.
En fin, el Sultán llegó a cierto lugar del bosque en donde los árboles
clareaban, alzándose en lo más desembarazado un hermoso peral cargado de
fruta. Una fuente pintoresca, que se despeñaba por el fauce de una
retorcida cueva, completaba aquel delicioso paisaje.
Al llegar aquí el Sultán se encontró a todos sus wazires y cortesanos
que formaban un ancho corro, con el un pie levantado, el otro adelante y
la cabeza todavía más avanzada, como si mirasen algún hondísimo aljibe
que se les hubiere abierto delante de su ojos. Tanto era el saludable
temor que los detenía.
Ello era que allí habían encontrado a la hermosa Híala debajo de aquel
poderoso árbol sumergida en un profundo parasismo.
Nadie se atrevía a adelantarse, y aunque en el desorden de las
vestiduras se dejaba ver la punta de una leve chinela de tafilete y oro,
como no se hallaba a mano ningún tenacero de plata de longuísimos mangos
para remediar aquel preciosísimo desgaire, necesario fué dejar las cosas
en su primitivo estado por no probar, el que indiscreto anduviera
tocando lo que no debía, la agradable aventura de verse dividido en dos
partes, como algunos capítulos del Alcorán.
A la aparición del Sultán se desvaneció como si fuesen de fugaces ondas
aquel círculo de curiosos y cortesanos. Y el Sultán sin reparar siquiera
en ellos se acercó a la desmayada esposa.
Los suspiros del coronado amante lograron volver en sí a la Princesa,
pero para causar más lástima y desesperación. Sus ojos se abrieron y su
voz articuló algunos sonidos, pero éstos no fueron más que suspiros y
sollozos, y aquéllos giraban desordenadamente, o se fijaban ni más ni
menos que como pudieran estar los ojos de una estatua.
El Sultán, traspasado de dolor, condujo al palacio a su desventurada
esposa, llevando detrás de sí y a respetuosa distancia a toda la
comitiva.
La Princesa fué colocada en un mullido cuanto ostentoso rimero de
almohadones y cojines, y dejándola bajo la custodia de la Sultana madre
y de gran número de esclavas, el Sultán salió del que hubo de ser
nupcial aposento, y era ahora teatro de escenas lastimosas, para
conferenciar con los sabios y médicos de la corte sobre lo peregrino de
la aventura.
Al Sultán sólo se le escuchaba de vez en cuando estas palabras:
--Falta el collar de perlas.
Y los cortesanos en voz baja se hacían el eco diciendo:
--Entre otras cosas que pueden faltarle a la Princesa, se echa de menos
el collar de perlas.