Nací muy pobre,
¡oh qué dolor!
Bien, pobre aun soy,
mas esto es hoy
mañana no.
Que quien desprecia,
¡viva el valor!,
en lid la muerte,
al fin la suerte
lo coronó.
Lid haya y guerra
sí, ¡vive Dios!,
bien corra el dado,
y de soldado
a conde iré.
Navarro y otros,
¡son más de dos!,
soldados fueron,
por do subieron
yo subiré.
Mi Rey D. Carlos
¡entre en París!
y Dios y él solo
de polo a polo
han de reinar.
Y por premiarnos,
¡grano de anís!,
tal bizarría
ya Dios envía
de orbes un par.
Capitán tente,
¡bravo español!,
Pizarro aguarda
que una alabarda
falta al Perú.
Que lo que vale,
¡o miente el sol!,
un pica bravo,
¡oh insigne cabo!,
lo sabes tú.
Iré a esas tierras.
¡vamos allá!,
me haré de oro,
de algún rey moro
que venceré
O para colmo
¡gusto será!
de suerte tanta,
con una infanta
me casaré.
Tendré esclavillos,
¡ah!, ¡ah!, lá, lá,
rubís, topacios,
cuatro palacios
y un gran confín.
Y señor noble
¡lará, lará!
con mayorazgo,
de algún hartazgo
moriré al fin.
Al darle a tales coplas, cantadas, como suele decirse, a palo seco, sin
compás ni ayuda de instrumento alguno, y sólo con la buena o mala
compañía de su áspera garganta, hele ahí que asoma por alto de la senda
un galán y sobremanera bizarro caballero, que siendo el mismo que la
pasada noche se presentó en fiesta, todavía se ostentaba ahora con todos
los arreos de galas, plumas y argentería convenientes a la gentileza y
calidad de don Lope de Zúñiga.
El ciego con vista y lisiado sin manquedad, ahora nuevamente restaurado
en todo el valor de sus piernas y bien corregido y enmendado en el
desembarazo de sus miembros, así como vió llegar al caballero,
destocándose el sombrero y ahinojándose reverentemente, le comenzó a
decir:
--Perdón, perdón, y mil veces piedad para el buen Mateo del Cigarral,
soldado pica que fué de la compañía de Francisco Carvajal en Italia,
arcabucero después en el tercio de Zamudio, y después continuo de la
ilustre persona del ilustrísimo caballero don Lope de Zúñiga. Yo me
confieso, señor, que sin enmienda a los pasados yerros cobré a vuestra
orden los cien ducados en Gante del burgués Guillelmo Goffren:
confiésome asimismo que sin mandato, ni contraseña de maese de campo,
ni otro superior, con más arrojo que discreción los puse a lidiar,
usurpando el título que no tenía de señor de ellos, en aquel negro
negociado de palo y pinta. Confiésome (y es la peor confesión), que no
embargante mi pericia y consumada experiencia, fuí roto, vencido y dado
tan a merced, que a no ser por un real de a ocho que me dieron de
barato, sabe Dios lo que fuera de mi estómago, quiero decir de mi
persona. ¿Cómo, señor, después de tan infeliz jornada volveros a
presentar mi pecadora catadura? ¿Cómo llevaros a juicio mi conciencia
tan sucia, como limpias y escuetas las garduñas manos? Llorando mi
desgracia, recordando mis muchos merecimientos, teniendo los galardones
atrasados, doliéndome de los golpes futuros y despidiéndome en mente no
sólo de vos, sino de aquellos cautivos cien ducados, tan llorados como
perdidos, resolví volverme para España y buscar partido en esas
aventuras de las Indias.
No pagar feudo a mesones y hosterías, no siendo tan devoto para romero,
y sospechando que mi vestido de soldadesca me reclutase a fuerza viva
para esas banderas de Italia, resolví cobijarme uno de tantos disfraces
como aprendí y estudié con la noble caballería de la industria. Largas
han sido mis peregrinaciones, aventuras curiosas me han asaltado, y con
ellas os entretendré las horas de camino o los ocios de viaje, éstos por
mar o aquéllas por tierra, si es que merezco por mi atrición y
contrición _timore et tremore_, volver a tomar asiento en su servicio y
asistir cercano a su ilustre persona. Siempre cuento, con buena justicia
y equidad, que en contraria balanza de estos pecadillos y deslices, se
me pondrán en cuenta y data, no los servicios de soldado, pues para
premiar vos no sois Emperador, sino mi buen ingenio en el tiempo que os
serví, la grata voluntad que siempre os tuve y tantas cuchilladas como
dí a vuestro lado en diversas ocasiones. No os cargo nada ni aprecio en
pizca los últimos cintarazos de anoche, pues la salud que cobré
inopinadamente y la curación que se operó en mi lisiadura, las tomo y
apunto por buena, legítima y muy sobrada solvencia.
¡Quién sabe dónde hubieran ido los dislates, burlas y taravillas del
soldado Moyano del Cigarral, si D. Lope no le hubiese levantado con el
mayor afecto, abrazándole y conmenzándole a hablar de sus pasadas
peregrinaciones y aventuras!
En suma de cuento, ello es que D. Lope le endonó y perdonó a Cigarral
las atrasadas trabacuentas, inclusive los cien ducados del burgués
Goffren, lidiados y vencidos en el negro negociado de palo y pinta,
concluyendo aquella ceremonia con que la buena maula entrase de nuevo al
servicio de D. Lope.
Cigarral le añadió a éste por qué sucesos, caminando para Sevilla en
busca de flota para el Perú y en lenguas de su capitán Carvajal, había
llegado a aquella aldea, donde su disfraz mendigante, moviendo la
piadosa condición de María, dilató de un día a otro día su peregrinación
hasta aquel trance.
--No dudando yo--proseguía el soldado--, sirviéndome de disculpa para
este mal pensamiento los sucesos ahora acontecidos, y sin que sea visto
agraviar en un tilde la caridad de María, que para las obras pías
dispensadas al lisiado Cigarral han intervenido y valido en mucho los
merecimientos de D. Lope de Zúñiga, porque os hago saber, señor, que
allá relatando, aquí mintiendo, y siempre alterando la verdad, como hace
todo viajante, acerté a nombrar en una de tantas novelas vuestro
apellido y condición, y no hay duda que desde entonces merecí más
atención y agasajo, si no digo mayor caridad y limosna, de esa
hermosísima señora de vuestros pensamientos.
Luengo espacio confirieron los antes conocidos y ahora nuevamente
confirmados amo y escudero, sobre los medios de poner en práctica una
entrevista con María, ya indudablemente celada, y muy de cerca puesta en
custodia por Gerif, su tío, desde los sucesos de la noche.
La historia puesta ya en este punto, no será fuera de propósito advertir
qué circunstancias había, y qué pensamientos animaban a los más
principales de estos nuestros personajes.
Don Lope, alcanzada licencia del Emperador para enlazarse con la ilustre
cuanto hermosa doña María de Granada, así como llegó en las galeras de
Leiva y tomó tierra de España, no pensó sino en ser él mismo mensajero
de tan agradables nuevas; y con poco séquito e infinitas esperanzas
quiso llegar lo más luego a la aldea donde sabía asistir la amada suya.
Receloso de que el odio altivo de aquella familia destronada le burlase
sus anhelos y su amor, había querido interesar en todo al Emperador,
quien, por su parte, miraba con placer aquellos enlaces que pudieran
apartar de toda revuelta a los renuevos de los Granadas.
Los moriscos, siempre fija la vista en su independencia y su venganza,
no apartaban su cariño de aquella familia que por tantos años había
sostenido en España el vacilante poder de los árabes haciendo de Granada
la ciudad más hermosa del mundo. El descontento de la nación vencida
tuvo sus intercadencias según y como que la política de la Corte los
halagaba o los oprimía; pero siempre es cierto que mal avenidos con la
religión que habían abrazado a la fuerza, sentidos con las fardas y
gabelas con que eran pechados, ofendidos de las ordenanzas que les
pregonaban, y rabiosos con la altivez de los vencedores, no esperaban
sino ocasión adecuada para revolverse, tentando para ello los vecinos
reinos de Africa, y el nuevo y formidable poder que desde Constantinopla
amenazaba a toda la cristiandad.
Gerif, que alcanzó en pie en sus años primeros el Señorío de la
Alhambra, no podía separar de su memoria aquel esplendor pasado, como ni
de su alma la afición más vehemente por su nación desgraciada, mirando
gustoso por lo mismo las revueltas que tramaba su sobrino Muley.
María temblaba con tales apariencias, pues su madre, que tomó el agua
del bautismo de aquel Arzobispo de Granada a quien por alabanza llamaron
el Santo los moriscos, imprimió a su hija el más tierno apego a la
religión cristiana. Empeñada en los amores de D. Lope, y éste, ausente
con el Emperador en la jornada de Alemania, vivía huérfana, lejos de los
palacios de Granada, alegrando con su presencia los cansados ojos del
anciano Gerif.
Muley, prendado de las gracias de su prima, él mismo se la había
destinado y nombrado de antemano para premio de sus anhelos y corona de
su trabajo desde que diese el grito de independencia, conociendo al
mismo tiempo que nada podría ejecutar más bien visto como este enlace
para aficionarse más y más las voluntades de sus moriscos.
Gerif, aunque de intento no apremiaba en nada a María por los amores de
Muley, con todo ello bien la demostraba el placer que habría viendo así
unidos los últimos vástagos de los Granadas, como decían los cristianos,
o de los Benezeritas, según los genealogistas árabes.
Don Lope, sospechando por lo menos alguna de tan capitales asechanzas,
ardía por verse con María para pintarle más vivamente lo que sólo apuntó
en el billete que llegó a sus blanquísimas manos por los peregrinos
medios que ya hemos relatado.
Estos y otros iguales pensamientos, ni más lisonjeros ni menos
recelosos, pasaban por la mente del caballero mancebo, durante el
coloquio de Cigarral, lo cual leído por la sagacidad escuderil de éste,
sin más tardar le habló a su amo de esta manera:
--Por cierto, señor, que muy mucho agraviáis mi alta capacidad, y en
bien poco tenéis mi ingenioso magín, si así os inquietáis por tan poca
cosa; dejad penas y sabed que en manos está el son que sabrán a buen
tiempo coger el compás. María pasa cotidianamente y a esta hora por este
mismo sitio, viniendo de los huertos que para su recreo tiene Gerif en
esas quiebras del valle. Si, como es presumible, viendo enemigos en
campaña, Gerif resuelve estar a la defensiva sin desamparar muy mucho
los muros de su casa, ya tiene encima corredores que le batan la estrada
muy de cerca; y si temeroso y cauto en demasía, ha determinado levantar
puentes y rastrillos y declararse en asedio formal, ya le he escurrido
entre los propios suyos tal espía, que muy presto nos informará de todo
movimiento enemigo. El mancebillo Mercado, muchacho despabilado y
despierto, avizora las rejas de María, y mi gozque, que lleva delantera
en esto de avisado, se encuentra en este propio instante donde vos
querríais hallaros, esto es, ante los ojos de la muy alta y muy ilustre
señora doña María de la Granada, otorgada esposa de... pero _hele, hele
por do viene_ nuestro mensajero el gozque, que nos dará lenguas de todo.
A más andar, corriendo y escarceando, llegó el adiestrado y entendido
perro, trayendo entre sus dientes un listón de ciertos colores
misteriosos. Amor y cita, y cita a la media noche, dijo Cigarral, si no
me mienten estos jeroglíficos amorosos; y diciendo esto, tomando con
maligna reverencia de boca del gozque aquel billete no escrito, le puso
en manos de don Lope, quien no reparó o quiso no reparar en las
socarronerías de aquella buena maula, ansiando por ver la noche rayar en
lo más alto de su carrera.
Eran las doce, y cercanos a las tapias de un jardín dilatado se miraban
dos hombres silenciosamente inmóviles y los rostros cubiertos con
misteriosos embozos. Un _can_, asentado tan calladamente como si
entendiese la alta ocasión en que se encontraba, avizoraba las celosías
de una reja, y el sosiego era tanto, que se percibían desprenderse las
hojas de los árboles, que derramándose de rama en rama se arrastraban
someramente por el suelo al blando céfiro del otoño.
En esto se oyeron gritar blanda y prolongadamente los quicios
indiscretos de la ventana, y María apareció tras de la reja, teniendo al
punto cerca de sí a su enamorado amante.
Si no hay pluma tan rápida que pueda seguir con su vuelo la elocuencia
animada de un coloquio amoroso, menos contento quedara de su intento
todavía si ensayara repetir punto por punto las primeras razones de dos
amantes, que separados por largos días, de pronto se ven juntos por uno
de tantos caprichos como tiene la fortuna; pues lo sentido de las
quejas, pues el fuego de las razones, pues la inflexión de la voz, y la
turbación, y el placer, y el desenojo, y los éxtasis y mil y mil otras
nonadas tan fugaces como deliciosas, más bien son para imaginadas y
sentidas que para concebirse y explicarse.
Al fin, desahogados con tales pláticas algunos de los suspiros que a
entrambos pechos oprimían, y desanudados con el gusto algunos de los
suspiros engendrados en tanta ausencia, la hermosa morisca, oyendo los
intentos de su amante y pesando en contrarias balanzas lo que pedía el
amor con la situación de don Lope y la ilustre condición suya, así le
dijo:
--No os podré encarecer bastantemente, señor y esposo mío (pues tal
nombre me lo sugiere el amor y lo merecen vuestras finezas), no os podré
encarecer, repito, en cuánto os estimo tanta constancia y tanta
demostración galante y fina de vuestra voluntad; baste deciros que si el
amor no os hubiese ya dado, y tanto tiempo ha, toda la posesión de mi
albedrío, el agradecimiento sólo pudiera ser que me obligase para
abriros las puertas del alma mía; mas puesto que mi afición toda es por
amor, bueno será que lo debáis a éste antes que a otro cualquiera
sentimiento, que siendo aquél el más poderoso de los hijos del corazón,
a él obedecen todos, y todos los hermanos siguen ciegamente los fallos
de su voluntad.
Bien sabe mi Dios con cuánto gusto, obedeciendo la vuestra, que no es
otra que la mía, y siguiendo el mandato del Emperador, desde mañana os
daría la mano de esposa aun en la estrecheza de esta aldea; pero don
Lope, padre tenéis, y lo que el Rey manda bueno es que sea con
asentimiento de los que tienen natural y necesaria autoridad sobre
nosotros. No os ocultaré cuánto me disgusta dejaros de obedecer en esto,
por lo mismo que sé cuánto riesgo corremos de naufragar en nuestras
esperanzas. El desdén con que los castellanos comienzan a mirar a los de
la nación mía, y principalmente vosotros los hidalgos, cosa es tan dura,
que hace temblar de rabia al menor de los vencidos, y de noble furor a
la familia de los reyes. Si otra de menor condición que la mía pudiera
contentarse con ser admitida fríamente en linaje como el vuestro, lo que
debo a mis padres y el respeto que me tengo, me imponen la triste
obligación de rehusar cualquier alianza en que el orgullo castellano
crea únicamente dar una piadosa hospitalidad a la nieta de los reyes de
Granada.
Partid, don Lope, a vuestro palacio; alcanzad licencia de vuestro padre;
sepa yo que en mí querrá abrazar una hija y no mirar de reojo a la
esposa de su hijo; volved tan amante como ahora os mostráis, y vuestro
gusto y el mío se cumplirán colmadamente sabiendo que ni fuerzas
humanas podrán arrancar vuestra imagen del pecho mío durante tal
ausencia, y que ni el orbe entero me evitará un monasterio si el ser
quien soy me obliga a rehusar el amor vuestro.
A estas palabras y a las ideas que ellas resucitaban en su alma, la
hermosa morisca no pudo detener el llanto, y, aplicando en sus ojos un
blanco lienzo, se entregó por algunos instantes a lo más acerbo del
dolor.
En esto el gozque, alzando las orejas en ademán de inquietud, comenzó a
murmurar mirando hacia un cabo de las tapias, y a la luz de cierta
lámpara que ardía delante de una imagen apartada, se dibujó la negra
sombra de un bulto que observaba el jardín y la reja, y que viendo
ocupada la calle torció otro camino sin aguardar a ser alcanzado por los
pasos diligentes, si bien silenciosos, de Cigarral.
No estaban ociosos en tanto los ruegos del amante, ni sus lágrimas
escaseaban, ni sus encarecimientos disminuían; pero por más que
representó don Lope el peligro de que fuese ella importunada por Muley,
suplicada por Gerif y obligada por todos a cosa que aguase las
esperanzas de entrambos, con todo, pudieron más en María las
imaginaciones de ser mirada con menos valer que debiera por parte del
padre de su amante y de su linaje orgulloso.
Obligados al fin a separarse, los amantes aseguraron sus promesas,
poniendo al cielo por testigo de sus juramentos santos, quedando María
en aguardar y resistir, y don Lope en alcanzar de su padre y volver
antes de mucho a poner fin a tantas inquietudes y aflicciones.
Amaneció un día turbio y revuelto como ya del corazón del otoño, y don
Lope disponía su viaje para aquella misma tarde. Un guía debiera bajarle
a Marbella, para desde allí tomar una fusta y remar hasta Motril, y
luego caminar a Granada, huyendo así lo más posible de los abanderizados
monfiis, que eran salteadores moriscos. Entre esta ocupación y los
pensamientos de amor dividía sus imaginaciones, cuando entrando Cigarral
le dijo:
--Tomad, señor, este papel, que Mercado os trae de la parte de Muley, el
aprisionado en casa del alcalde.
Don Lope, abriéndolo, leyó de esta manera:
"_Un príncipe de Granada a un castellano_: Si mi palabra y mi honra no
me hubieran tenido preso donde mis manos no podían vengar mis injurias,
anoche mismo hubiera bañado con tu sangre las rejas de María.
"Yo quiero, o probar tu hierro de Flandes, o hacerte probar mi acero de
Damasco; mas para ello tú solo puedes procurarnos tal placer sacándome
hoy mismo al fiado de esta prisión, cosa por cierto fácil a tu
autoridad. Quiero vengarme con todo ese aparato que vosotros, menos
sentidos y más artificiosos que nosotros, llamáis generosidad y
caballería.
"Para inflamar tu cólera te diré que a despecho del mundo tu amada será
mi esposa; pero esto es poco para un árabe si no ve el color de la
sangre de su rival. A la tarde espero estar libre y al anochecer verme
contigo a la ribera opuesta del puente entre los árboles del
bosque.--_Muley._"
Aun todavía D. Lope no había segundado la lectura del enfurecido
billete, cuando entró de nuevo el soldado diciendo:
--Día es de postas y correos: mi gozque, que ha corrido el campo, ya a
esta hora trae este billete, que si no es de María, deberá ser de algún
pintor, pues ni el famoso Lucas, ni Iciar, ni otro alguno de los de la
péndola hará ni más ni bien asentada letra, ni más delicados perfiles.
Confuso y turbado D. Lope rompió la nema, y vió que así decía el papel:
"Lo que anoche mismo os negaba, hoy os lo suplica encarecidamente María.
No sólo me quieren apartar de vos, sino de esta mi tierra querida de
España, llevándome a esas costas de Africa. Muley con los suyos me
arrancará esta noche de los brazos de mi tío, quien no podrá o no querrá
oponerse a tal violencia por amor a Muley y al ahinco con que desea
conservar los derechos de nuestra familia. Dos galeazas tunecinas
esperan para esta facción y rondan en los ancones de la playa.
"Aunque de vos me ayude para desviar de mí riesgos tan grandes, sólo
será para que me dejéis en un monasterio, el más a mano, hasta que de
vuelta de Granada o me saquéis de él para ser vuestra, o me dejéis allí
para ser de Dios.
"Al principiar la noche me aguardaréis cerca del puente, y todo pronto
para acercarnos a parte de que no perdamos valor.--_María._"
Perdido de cólera don Lope, y entre los dos terribles escollos de la
honra y del amor, revolvía en su alma mil medios para poder asistir al
desafío de Muley y amparar los miedos tan bien fundados de su señora.
Resuelto al fin, llama a su escudero y le presenta el estado de las
cosas.
Cigarral, que no se turbara ni por venir rodando de una torre abajo, le
dijo:
--Todo es no nada y asunto ninguno. Aunque mejor fuera poder sacar de
esta aldea seis o cuatro buenos arcabuceros, la gente cristiana de ella
es tan poco belicosa, que sólo el Boticario es quien maneja cosa de
guerra, y eso son las espátulas; pero vuestros dos criados parecen gente
de punta; a ella agregaremos ese muchacho, Mercado, que más talle tiene
de paje ahora y luego de alférez, que no de andar entre badajos y
candelillas, y con estos tres y nosotros dos bien podemos desafiar a
veinte. El camino de aquí a Ronda es corto, la priesa que nos daremos
mucha, y si vos os tomáis el cargo de abrir un par de puntos a la cabeza
medio bautizada de Muley, después mientras se emparcha y acuden los
suyos, ya nosotros estaremos en salvo puerto, a no ser que encomendéis a
la punta de vuestra espada visite bien visitado el pecho de ese jayán, y
lo dejéis, y esto sería lo mejor, de manera que no piense en moverse de
aquí hasta el día del juicio.
La planta de la empresa resuelta, pizca más pizca menos, de esta manera,
don Lope cuidó de que Muley pudiese estar en libertad al momento
preciso, y su confidente y escudero fué para armar a Mercado, alicionar
a los criados y tenerlo todo a punto, como experimentado maese de campo.
La tarde se cerró temerosamente en lluvias y ventisca, tomándola por la
mano así antes de tiempo las sombras de la noche. Las nubes aglomeradas
y empinándose en las cumbres, levantaban unas como montañas cenicientas
que juntaban la tierra con el cielo, resaltando más y más aquel color
pálido con otras nubes espantosas que volaban inciertamente por la
agitada atmósfera. Las crecientes de las sierras se despeñaban por las
quiebras desesperadamente, convirtiendo en mar el río que caminaba por
aquellas hondas negruras del Tajo, donde y en lo más alto se alzaba el
puente destruído. El mugir de aquel abismo llegaba a los oídos sobre
todo el formidable estruendo que revolvía entonces la naturaleza, cual
el rugido del león, venciendo poderosamente el aullido de las otras
fieras, él sólo hiela y desmaya más al extraviado caminante.
Tímida María, dejaba entonces los umbrales de su casa, encaminándose
hacia el sitio de la cita, y tres veces tuvo que arrancarse de ellos con
toda la fuerza de su alma: tal repugnancia probaba y oculto horror al
emprender aquella aventura. Al fin, animada y más resuelta con el
peligro de verse arrebatada al Africa, y allí mirarse combatida
ferozmente en su amor y en su religión, se arrancó del querido hogar y
atravesó los jardines y huertos, llena de amargura y zozobras.
La tempestad aumentaba, y María iba entre la obscuridad y los árboles
hacia el puente destruído, asustada con mil imágenes y fantasmas.
Para colmo de amargura, no tardó en sentirse seguida del anciano Gerif,
quien receloso de alguna resolución peligrosa, pues ya conocía cuán a
disgusto de María era el emprender la fuga al Africa, no apartaba los
ojos de ella. Por lo mismo, así como ella salió por los jardines, no iba
Gerif lejos de sus huellas.
El desgraciado anciano, que fiaba en su sobrina hermosa la dicha de los
breves días que le quedaban sobre la tierra, no acertaba a vivir sin
ella ni un solo instante. Arrastrado más que no convencido por las
furias de Muley, ya se arrepentía de haber dado por su culpa razón a
María para creerse arrebatada de España. El desvalido anciano, ora aquí,
ora allá, pensaba ver los blancos velos de su sobrina revolar entre las
sombras, y entonces, alzando su desmayada voz, la decía:
--No me huyas, mi Zaida; no me huyas, mi María (pues yo te daré el
hombre que tú mejor escojas). ¡Por qué huir así de tu viejo tío! ¡Quién
me acertara a predecir este tan amargo trance! Cuando sola y huérfana
quedaste, yo fuí tu apoyo, yo tu amorosa madre, y ahora, que me ves
anciano y desvalido, escoges este momento para dejarme; húndeme antes en
el sepulcro, y luego vete, que así cumpliendo antes conmigo, podrás
cumplir mejor y a salvo con el gusto tuyo. ¡Con el gusto tuyo, que bien
quiera Dios no convertírtelo en amargo acíbar! ¿Quién te ha dicho que
esos castellanos mirarán nunca con amor a la sangre mora? Deja, deja que
ese que te me roba conozca el hastío de amarte, y pronto encontrarás los
desdenes del señor. ¿Y cómo piensas tú que los suyos te tratarán? El
menor de ellos piensa hombrearse con los reyes. Mira, mira lo que pasa
en todo el mundo; cada castellano es un rey, y buscan otros mundos antes
desconocidos para mandar y esclavizar. ¡Ay, si tú hubieras visto los
tuyos reinando en la Alhambra, con cuánto desdén no mirarías ese amante,
esos hidalgos!... ¡Ay, si tú los vieras a los castellanos matando los
tuyos, ultrajando los tuyos, y llenos de sangre insultar nuestros
palacios y nuestras mujeres!!! Pero no me huyas, María. Ya ves cómo te
llamo cual tú lo quieres; no me huyas, María; tú tan piadosa para los
extraños, ¿serás dura sólo para los tuyos, y guardarás la más inaudita
crueldad para tu tío, para quien fué tu apoyo y amorosa madre? Pues esto
último quiero repetírtelo.
La menor de estas razones destrozaban los más íntimos secretos del
blando pecho de la infeliz María: derramaba lágrimas, y caminaba,
lloraba y corría hacia el puente, asustada siempre por la fuga al
Africa, y por el horror de la apostasía.
Gerif, que arrastrando y volando (pues estos nombres encontrados
merecían sus desiguales pasos), habiendo mejorado algún tanto su
carrera, alcanzó por dicha a ver más distintamente a la fugitiva
sobrina.
--No me huyas--la repetía--, no me huyas, y dame tu brazo para
sostenerme, pues de cansado me desmayo, y no acierto a dar un paso. Ven,
ven, mi María, yo te libraré de que te arrebaten para el Africa; si tú
tienes tanto apego a esta tierra infeliz, también ¡ay! yo le tengo por
mi mal. Ven, ven, María, yo te daré todo gusto fuera de separarme de ti;
yo quiero ser contigo, verte conmigo, y bajar a la tierra entre los
brazos tuyos. Mírame como lloro; no hayas pena de que ya abogue por
Muley; concédeme tú el no dejarme, y yo alzo la mano en mis súplicas.
Mira, yo quería verte unida con quien es tu sangre, y con quien te amara
como a sus ojos; pero ahora ya te pido lo contrario, pues no es aquella
tu voluntad: tampoco quiero que mates el gusto tuyo arrojando esos
amores; ama a ese cristiano; pero, por Dios, no dejes a tu tío: mírame,
mírame cómo desfallezco.
El gozque, que estaba en el puente y en la mitad opuesta del arco, como
esperando a su bienhechora, comenzó a latir gozoso, percibiéndola entre
las sombras y los árboles. Ya se disponía saltando a recibirla, cuando
María, oyendo las razones lastimosas de Gerif, anudada de dolor la
garganta, y ahogando el pecho con mil suspiros y angustias, vacila y se
detiene, y olvidada de todo, resuelve volver al querido tío, abrazarlo y
no desampararlo. Tales quejas le habrían quebrantado un pecho que
tuviese de pedernal, no que el suyo tan lleno de agradecimiento y
piedad. Ya volvía amorosa y anhelante, cuando al dar el primer paso oye
en la ribera opuesta el reñir de las espadas. Muley, ya suelto de su
prisión, medía furioso su acero con el rival que le había libertado.
María atiende, escucha, y ve entre la obscuridad las pálidas centellas
de los aceros. Adivina lo que puede ser; indecisa, no acierta a qué
parte correr primero: en esto oye un profundo gemido, y cree ¡oh dolor!
ser el acento de su amante. Esto lo vence todo; despavorida, retorna al
puente, atraviesa ligera la mitad del arco, encuentra la horrible
brecha; como siempre, da el peligroso salto; mas en esto el gozque,
impaciente con tal tardanza, se avanzó descompuestamente por la parte
opuesta, impidiendo que el breve pie asentase donde debiera para no
caer.
María vacila un instante; su agilidad repara tal peligro, afianzando los
ramos de espadaña que al lado crecían, un instante más y era salva; pero
un torbellino de aire que subía de aquellos senos obscuros, contrastando
con tantos obstáculos, vuelve a inclinar el ligero cuerpo, y por esta
vez todo auxilio fué en balde. En vano el gozque, trizando con los
dientes las vestiduras, pugnó por salvar a su bienhechora, evitando tan
infeliz fracaso. Las fuerzas de la infeliz vencieron y la arrebataron al
horrible abismo, que proseguía siempre en su mugir incesante.
Un agudo gemido se oyó, y el aire los desapareció al punto.
El amante (ya vencido y herido Muley, pues de éste fué aquel grito
lastimero) venía a recibir a María, avisado por los ladridos del perro,
llegando al borde del puente al propio punto de la cruel catástrofe,
para sufrir así el agudísimo tormento de ver morir ante sus ojos, y no
salvar al único consuelo de su vida, y al blanco de sus deseos,
concluyendo en un punto y tan lastimosamente con todas sus dichas y
esperanzas. Desesperado, y viendo desaparecer a su amada por aquel tajo,
llega a la brecha, y furiosamente se derriba también por él, queriendo
concluir su existencia allí donde verdaderamente había ya perdido su
vida.
El soldado y los demás sirvientes llegaron sólo para escuchar el
murmullo de las aguas al tragarse los miembros del infeliz don Lope.
El desgraciado Gerif, que tanto tiempo le conservó el cielo la vida para
presenciar tamañas infelicidades, acertó a venir cuando aún duraba el
primer espanto de los continuos de don Lope. La desesperación del
anciano infeliz, que engañaba en el cariño de María las memorias de su
esplendor pasado y del poder de su familia, dando espantosos gritos,
rasgándose los vestidos y arrancándose la barba, manifestaba su
intensísimo dolor, sin acordarse de Muley, que, exánime y bañado en su
sangre, se revolcaba a poco trecho de él.
Dado el grito de alarma, toda la aldea, moriscos y cristianos, chicos y
grandes, hombres y mujeres, corrieron al puente, y bajaron en todo lo
largo de la orilla, cuál con hachas encendidas, cuál con cuerdas, cuál
con tablas, y todos con voluntad de arriesgar su vida a trueque de
salvar a la infeliz María. Pero todo fué en balde: a la mañana
siguiente, batidas bien ambas orillas, sólo se encontró el miserable
gozque, todavía teniendo en su boca alguna parte de la vestidura blanca
de María.
El soldado, con las lágrimas en los ojos, recogiendo en su pecho aquella
prenda de dolor, iba inquiriendo de piedra en piedra por el río, y
preguntando a cuantos aldeanos encontraba:
--¿Has visto a María?
Al final de la tarde y en el desagüe para el Guadiana, un miserable
pescador le dijo que la noche anterior, a cierta hora, oyó dar por el
río unos acentos lastimeros, estremeciéndose tanto con ellos, que había
afirmado las puertas de su choza, temiéndose alguna prodigiosa
aparición.
No volvió a saberse más de los amantes. La credulidad morisca,
pintoresca e imaginativa como la de los griegos, supuso que andaban
encantados por las cuevas que se abrían por las paredes de aquellos
abismos, cuya subida o bajada, siendo inaccesibles, daban mano por este
mismo misterio a mil cuentos y supersticiones, y muchos afirmaron
haberlos visto suspendidos en medio de aquellos tajos.
Muley, más afortunado que su vencedor y María, sanando de sus heridas al
fin, prosiguió en sus proyectos de revueltas y rebelión, que si no los
realizó por sus propias manos, gracias al temor que inspiraba el
Emperador Carlos V, los vió puestos en práctica años después por un hijo
suyo, que fué uno de los reyezuelos de las Alpujarras.
Gerif no logró alcanzar ni aquel suspiro de la libertad morisca, ni el
terrible castigo que en los suyos se verificó, pues triste, pensativo y
con el nombre de María en los labios, tardó poco tiempo en seguir a la
luz de los ojos suyos.
El soldado, perdido ya todo consuelo y dando al olvido su condición
andariega y de aventuras, no pensó ni en más flotas, ni en más Indias,
ni en más empresas. Trocando el disfraz de mendigo y el vestido gentil
de soldado por un sayal de ermitaño, hizo su habitación de aquel mismo
sitio, testigo de la catástrofe, y pensando siempre en su desgraciada
bienhechora y en su infeliz señor, todos los días sacaba aquel velo,
única prenda que le quedaba de María, y besándolo respetuosamente, y
agolpado el llanto a los ojos, volvía a encerrarlo tiernísimamente en su
pecho.
Mercado, cansado de la vida que llevaba en la aldea, y ya alterado con
las relaciones arriscadas que había escuchado del antiguo soldado, se
resolvió a dejar a España y a probar fortuna. Prevenido con las lenguas
que le dió su amigo para Francisco Carvajal y otros soldados de cuenta,
se embarcó en Sevilla con otros mancebos aventureros, y pasó a las
tierras del Sur de América, donde ganó gran nombre bajo el título del
Capitán Mercado.
Acaso en aquellas soledades, al resplandor de las hogueras, y cercado de
aquellos hombres que dejando a España no pensaban sino en España,
entretenía las horas de la noche relatándoles las desavenencias de los
moriscos y cristianos y el triste fin de don Lope y de María.