La carrera del Darro es la que, arrancando de la Plaza Nueva, va a dar
en la rambla del Chapizo, subida del Sacro Monte de Granada.
Por el siniestro lado se levantan edificios de magnífica traza, cortados
por los fauces de las calles que bajan de lo más alto del Albaicín, y a
la derecha mano, por su álveo profundo, copioso en invierno, nunca
exhausto en el estío y siempre sonante y claro, viene el Darro
ensortijándose por los anillos que le ofrecen los puentes pintorescos
que lo coronan. De ellos, el principal es el de Santa Ana, en cuyo
ámbito, y de la misma mampostería del puente, hay asientos o sitiales
siempre llenos de curiosos, que en las noches calurosas de junio y julio
se empapan allí del ambiente perfumado y voluptuoso que en pos de sí
lleva la corriente.
Eran las vacaciones, y mi amigo y compañero don Carlos, cerradas ya
nuestras tertulias, nos citábamos en tal sitio a cierta hora para ir
juntos, y después de girar y vagar otros momentos al rayo de la luna,
retirarnos a nuestra posada, a repasar los estudios que tanto nos
afanaban y que después tan poco nos valieron.
Una noche (ya muy cercana a su partida para pasar el verano con sus
padres) dieron las doce sin haber acudido al sitio acostumbrado. Ya
principiaba yo a tomar cuidado por su tardanza, cuando lo vi llegar más
alegre y estruendosamente que nunca, y apoderándose de mi mano con el
afecto más cordial, se me excusó de su descuido, y, como siempre,
enderezamos hacia nuestra posada.
Aquella noche fuéme imposible hacerle entablar discurso alguno de
interés, y mucho menos de nuestras tareas académicas.
--Estudiemos por placer y no por obligación--me decía--. ¿Piensas que se
apreciarán nuestros desvelos aunque descollemos en la Universidad y
logremos todos los lauros de Minerva? Si tal sucediera, ¿cómo quedarían
los necios?; y ya está decidido que ellos han de campear siempre por el
mundo.
Así diciendo--proseguía--, de hoy en adelante discurramos por pláticas
más sabias y no de tanto enfado, y ya que no podemos atraer el sueño,
ahora olvidemos las pandectas y los códigos.
Diciendo esto, comenzó a presentarme sus proyectos, que no fueran
mayores ni más espléndidos si hubiera a mano un millón de pesos, y por
sus adquisiciones futuras y por las haciendas que me había de regalar, y
por los viajes que inseparablemente habíamos de emprender, lo dejé por
loco o como hombre que se entretenía en fantasear las horas del sueño y
del descanso.
Al día siguiente, bien de mañana, estaba ya en su bufete, sumando y
figurando cantidades de un valor inmenso, y sin embargo de tener a mano
el dinero que su familia le envió para el viaje, me rogó que le prestase
tres monedas que fuesen de una a otra mayores en otro tanto.
Respondíle que las monedas pocas que poseía no guardaban tal proporción;
pero que para gastarlas nada importaba aquella para mí circunstancia muy
extraña.
Se levantó sin replicarme ni un eco, y fuése por la casa en demanda de
monedas tan peregrinas, y a poco volvió diciendo:
--Es mucho que nadie ha podido cumplirme el gusto sino la persona que
menos hubiera querido; pero la fuerza ha sido contentarse con su buena
obra. La vieja Carja me ha dado tres monedas con el requisito que yo
pedía: son tres doblas, la primera de dos pesos, la segunda de cuatro y
la tercera de ocho, y esta última preciso es que la tenga guardada
muchos lustros ha, puesto que es de oro macuquino o cortado.
Y esto hablando me enseñó la dobla, que por el reverso tenía los nombres
de Fernando y de Isabel.
--La vieja Carja--prosiguió mi camarada--, por muy dulzaina que se
muestre para conmigo, siempre me es de mal agüero desde que el otro día,
diciéndome la buenaventura cierta gitanilla que conoces, me vaticinó
que mis gustos se me habían de aguar por manos viejas; pero en el asunto
que ahora trato no sé qué mal pueda inducirme.
Nos separamos sobre el anochecer y quedamos, como siempre, citados en el
puente de Santa Ana. Llegada la hora, y aun no había dado el cuarto para
las doce, cuando con paso vacilante y con el aire más melancólico se me
acercó, y tomándome por la mano, fría como el granizo, tiró de mí para
la posada, yendo yo tan confuso como espantado.
Sus suspiros me lastimaban sobremanera, y al tocar los umbrales de la
puerta me dijo:
--¡Qué maravillas vas a saber de mí!
Retirados a nuestro aposento, y yo más curioso que nunca, y temiendo el
espíritu arriscado y de aventuras de mi amigo, me senté sobre el borde
de la cama y esperé a que comenzase, como comenzó así su razonamiento:
--Ayer, al asomar la noche, recogía el fresco por el puente último que
lleva el Avellano, y donde viene también a dar la senda que conduce a
las espaldas de la Alhambra. Solitario el sitio, y la hora a propósito,
me dejaba ir en alas de mis devaneos, cuando una voz cercana a mí en
extremo, me sacó de mis ensueños, diciéndome: "¿Eres valiente? ¿Quieres
hacer fortuna?..." Volví los ojos y me encontré a dos pasos con un
soldado de más que alta estatura, con morrión de cresta, con gola y
vestes azules, con el rostro no desagradable, pero pálido y ceniciento,
y con la voz, si bien honda y tristísima, nada desapacible. Llevaba
terciada la espada del hombro, y en la mano apoyaba la pica obscura,
pero de hierro muy luciente.
Considerándolo un breve espacio, y porque no dudase de mi valor, le dije
que estaba resuelto a todo, y ordenándome que le siguiese, fuíme en pos
de él, ya casi perdido todo recelo por haberme largado la pica en que se
apoyaba para que yo la condujese. El astil era tan pesado, que casi la
llevaba arrastrando, y sin falta me prestaba la cualidad de invisible,
puesto que encontrándome con varios conocidos y amigos que volvían de su
paseo, ninguno hizo reparo en mi persona. Ya cercano al bosque, me dijo
el soldado:
--Cuando lleguemos a las ruinas de los torreones (y cuenta con no
equivocarte), haz lo contrario de lo que yo te mande.
Prometílo así, y emparejamos con el baluarte de la puerta de hierro, por
donde se dice que Boabdil salió huyendo de la furia de los caballeros
Abencerrajes por la muerte de sus parientes.
Allí me dijo el misterioso guía que tocase con la lanza, lo que me
guardé mucho de ejecutar; pero cuando llegamos a la torre aislada de las
almenas y me ordenó que no llamase, entonces la levanté y di con ella un
gentil bote contra la muralla, la cual maravillosamente se abrió de par
en par, no dudando yo de seguir al soldado por aquellas obscuridades.
En la estancia donde nos paramos no encontré más adornos que enormes
tinajas enclavadas en la tierra, y sentándose y haciéndome sentar el
soldado sobre las tapas de hierro que las cubría, me relató el encanto y
el prodigio más estupendo que puede forjar la imaginación más
maravillosa.
Me dijo que desde la conquista de Granada estaba preso en aquella torre,
custodiando los crecidos tesoros que los moros habían rescatado y
escondido de los cristianos, cuyo empleo enojoso lo cumplía
enfadosamente. Que le estaba permitido el salir de tres en tres años
para procurar su libertad, y que en distintos trances se había dejado
ver de algunos, para que le facilitasen su rescate, pero que nunca logró
el cabo y el fin deseado, pues de ellos, a unos les faltó el valor,
otros desmayaron en la mitad del camino y muchos no llenaron los
requisitos y condiciones que se les habían impuesto, perdiendo así el
premio de su trabajo; y al decir esto levantó la tapa y sacó de la
tinaja más cercana, como por muestra, el puño lleno de la arena más fina
de oro, que era lo que reposaba en aquellos vasos.
Yo entonces--prosiguió mi amigo--le aseguré al soldado mi buen deseo y
le ofrecí la fineza y esmero más extremado, y que pudiera disponer de mí
a su buen albedrío, sin que los peligros pudieran arredrarme.
El soldado me respondió que no sería necesario arriesgar mi persona, y
que para dar comienzo a la obra volviese a verle a la noche siguiente
(por hoy), con tres monedas pedidas, pensadas y dobladas.
Pedíle la clave de este enigma, y me dijo que las tres monedas habían de
ser rogadas y tomadas de un amigo que, ignorando el fin misterioso de su
destino, pensase que eran para el uso mío, y que últimamente fueran el
doble la una de la otra. Bien encomendadas a mi memoria todas estas
circunstancias, me despedí del soldado, quien para llamarlo cuando la
ocasión llegase me dió las señas de tres palmadas, con tres palabras que
hará una hora que recité y ya las he olvidado con mayor espanto mío.
Separado de él anoche, tenía ante mis ojos la opulencia más rica, y en
mi mano el hacerte feliz y poderoso, y ya reparaste la loca alegría que
me dominaba.
No perdiendo tiempo, me procuré las monedas misteriosas, que, al ver
mío, llenaban los puntos acondicionados, y esta misma noche volé al
torreón arruinado, y dando las tres palmadas y pronunciando las tres
palabras que ya olvidé, se abrió al punto la muralla, dejándose ver el
soldado, con el rostro más triste y lastimado.
--Todo lo hemos perdido--me dijo--; sé que has hecho cuanto tu buen
deseo te sugirió y cuanto estuvo en tu mano; pero si bien las monedas
son dobladas, la mayor tiene el mal de pertenecer a los Reyes
conquistadores de este suelo, Fernando e Isabel, y para los usos que
debieron servir no perdonan los genios que aquí mandan ni el nombre ni
la efigie de entrambos héroes. Mira en prueba, me dijo, a qué se redujo
cuanto estos vasos contenían; y destapándolos sucesivamente no me mostró
sino ceniza; y estas urnas, prosiguió, llenas de piedras preciosas, que
por fineza mía y adehala debida a tu buena voluntad te destinaba, todas
se han vuelto de carbón; y era así como él decía, siendo las urnas como
aquellos jarrones de porcelana que se conservan en los Adarves, y fueron
hallados en el aposento de las ninfas llenos de amatistas, topacios y
esmeraldas.
El soldado se despidió tristemente de mí, diciéndome que aun pudiera
tener esperanza dentro de los tres años, plazo necesario para que su
visión pudiera repetirse, sin temer yo nada por la seguridad de los
tesoros, pues estaban a salvo enteramente en tanto que estuviesen en su
custodia.
Salí de la muralla, y volviendo los ojos no vi sino el lienzo liso y sin
lesión alguna, yendo a buscarte con el desconsuelo que puedes imaginar,
pudiendo decir sólo que nada en el mundo podrá aliviarme el pesar de
haber perdido la mayor dicha y opulencia que puede esperar el hombre,
habiéndolas tenido a tiro de la mano.
Por mucho que me parecieran disparatadas las razones de mi amigo,
todavía lo vi tan cordialmente afligido y con abatimiento tal, que tuve
a mejor partido el consolarle con otros discursos no de más compás que
los suyos, y procuré que durmiendo recogiese con el sosiego algún poco
de más de seso. Las horas de la noche las pasó sin descanso alguno y
como en delirio, que llegó al frenesí más subido cuando a la siguiente
mañana nos dijeron que la vieja Carja había desaparecido, dejando muy
mal olor de sus acciones, que quién las calificaba de hechiceras, quién
las presentaba por de un espíritu malo. Con esta aventura, mi amigo no
hacía sino repetir el vaticinio de la gitana, y nada podía, no ya
distraerle, pero ni aun picarle la curiosidad ni despertarle el gusto.
En fin, partió para su país (cantón inmediato de las Alpujarras), donde
le vi ir con gozo mío, por parecerme que allí dejaría el peso de sus
cavilaciones, confesando la irritación de su fantasía. Las cartas que me
escribió casi me lo daban ya por restablecido, cuando un veredero que
llegó una tarde a más andar me trajo de la parte de mi desgraciado amigo
el encargo encarecido de que fuese a darle el último adiós, si es que
quería verle antes de morir.
Por mucha diligencia que puse en mi viaje por aquellas montañas, no
llegué al lecho del moribundo sino a la segunda tarde, cuando ya mi
pobre y delirante compañero tocaba en la agonía. Al verme, me tendió la
mano, y con lágrimas en los ojos me dijo:
--Querido amigo, no he podido ser superior a mi desgracia. El que tuvo
ante la vista y destinadas para él tantas riquezas y tal poder y se le
escaparon de la mano, no debe sobrevivir. No te olvides que la dicha
tuya hubiera acompañado a la felicidad de tu amigo. ¡Adiós!...
¡Adiós!...
Desde entonces no volvió a abrir los ojos, y a pocos momentos expiró,
siempre repitiendo:
--¡Los tesoros de la Alhambra!... ¡Los tesoros de la Alhambra!...