Era la misma hora, era el propio lugar y frontero al puente aquel roto,
debajo de los hermosos nogales y al lado mismo de aquella fuente clara,
se miraba un hombre sentado, pero de muy distinta traza a la del mendigo
ciego y lisiado con quien nos comunicamos en conocimiento al comienzo de
esta historia.
Este personaje, muy al contrario, parecía gozar de la mejor agilidad de
sus miembros, se hallaba en lo más duro y viril de los años, que no
llegaban a los cuarenta, y con muestras tales de robustez y fuerzas, que
si causara empacho viéndole saltar y defender delante de uno algún
puesto o calle, en trueque haría el más confiado del mundo a quien lo
trajese consigo y mirase al lado.
Unas calzas de gamuza muy traídas y llevadas, aunque todavía de buen
servicio, le tomaban aquellas piernas, antes tan de rúbrica y garabato;
unos follados de colores se sujetaban a una veste soldadesca, que
llegaba en medias mangas a la mitad del brazo, tomadas las vueltas
anchas con colorado tabí. La veste se cerraba sobre un coleto fuerte y
robusto, que abultando algún tanto las espaldas, concluía en la misma
muñeca defendiendo el brazo. Una valona azul, si no erizada, al menos
con mucho engrudo, le encanutaba el cuello; y un sombrero campanudo de
copa, galán con plumas, ancho de faldas, y éstas tomadas por delante con
cuatro puntos de sirgo dorado, ponían cabo y fin a la tal figura.
Estupenda filisberta toledana, tenía entre las rodillas, apoyándose las
manos en ella, una daga flamenca le parecía en la cintura, y en su traza
picaril y en su catadura aviesa y maligna, cualquiera le juzgara de la
genealogía y linaje de los famosos Rinconete y Cortadillo.
Sentado como se hallaba, así y en media voz, y ésta ronquilla, y más
asomada a lo bronco que a lo apacible, se entretenía cantando de esta
manera: