CAPITULO IV

Era la misma hora, era el propio lugar y frontero al puente aquel roto,

debajo de los hermosos nogales y al lado mismo de aquella fuente clara,

se miraba un hombre sentado, pero de muy distinta traza a la del mendigo

ciego y lisiado con quien nos comunicamos en conocimiento al comienzo de

esta historia.

Este personaje, muy al contrario, parecía gozar de la mejor agilidad de

sus miembros, se hallaba en lo más duro y viril de los años, que no

llegaban a los cuarenta, y con muestras tales de robustez y fuerzas, que

si causara empacho viéndole saltar y defender delante de uno algún

puesto o calle, en trueque haría el más confiado del mundo a quien lo

trajese consigo y mirase al lado.

Unas calzas de gamuza muy traídas y llevadas, aunque todavía de buen

servicio, le tomaban aquellas piernas, antes tan de rúbrica y garabato;

unos follados de colores se sujetaban a una veste soldadesca, que

llegaba en medias mangas a la mitad del brazo, tomadas las vueltas

anchas con colorado tabí. La veste se cerraba sobre un coleto fuerte y

robusto, que abultando algún tanto las espaldas, concluía en la misma

muñeca defendiendo el brazo. Una valona azul, si no erizada, al menos

con mucho engrudo, le encanutaba el cuello; y un sombrero campanudo de

copa, galán con plumas, ancho de faldas, y éstas tomadas por delante con

cuatro puntos de sirgo dorado, ponían cabo y fin a la tal figura.

Estupenda filisberta toledana, tenía entre las rodillas, apoyándose las

manos en ella, una daga flamenca le parecía en la cintura, y en su traza

picaril y en su catadura aviesa y maligna, cualquiera le juzgara de la

genealogía y linaje de los famosos Rinconete y Cortadillo.

Sentado como se hallaba, así y en media voz, y ésta ronquilla, y más

asomada a lo bronco que a lo apacible, se entretenía cantando de esta

manera:

Novelas y cuentos · 第 23 / 52 题