ENDECHAS

Galán que te marchas,

por muerto te cuenta,

que amores ausentes

no hay cosa más muerta.

Son, sí, los amantes

una vida entera,

dos cuerpos y un alma

que un nudo los sella.

Pero en los dos ellos

hay tal diferencia,

que muere el que es ido

y vive el que queda.

Acaso el estante,

porque bien parezca

duelos por tres días

al ido celebra.

El lienzo a los ojos

acerca o aleja,

mojado por ellos

en llanto de fuerza.

Por cumplir se viste

las tocas más negras,

tocas que al domingo

en galas se truecan.

Memorias pasadas

se van como niebla,

finezas del día

sol es que penetra.

Y airoso mancebo

que el coso pasea,

y tercia la capa

y ronda la reja.

Terceras mediando

(mal hayan terceras)

los ganados juros

del ausente hereda.

Las glorias presentes

el olvido engendran,

fabrican mudanzas

las nuevas ternezas.

Y en tanto el ausente

gime, llora y pena,

y en acento triste

cantando se queja:

_Mal haya quien fía

en mujer que queda._

La intención que el cantor dió a los últimos versos fué tan ahincada, el

acento tan blando y las circunstancias tan claras, que María, sin estar

más en sí, dejó asomar a sus ojos las lágrimas más tiernas y de más amor

y ternura; pero acaso al volver la cabeza, y al encontrar la airada

vista de Muley, que ni un átomo perdía del canto ni de las lágrimas, fué

tal el susto que sobrecogió a la ya tan combatida amante, que temerosa y

confundida se sintió tomar de tan cruel desmayo, que apenas tuvo tiempo

de dejarse caer en los brazos de las doncellas que alrededor estaban.

De un salto se hubiera puesto a los pies de la hermosa el rendido

caballero, si su voluntad no hubiera impedido un brazo vigoroso que le

sujetó, así como sucedió el desmayo, y se preparaba para acercarse a la

desmayada.

--¿Quién sois vos?--gritó con voz de tigre Muley--. ¿Quién sois vos para

venir a turbar los festejos de la gente principal, y poner asechanzas a

las esposas de quien vale más que vos?

--¿Quién ha de ser--dijo el usurero, que conociendo a su amo quería así

ganarle sagazmente el ánimo--, quien ha de ser, sino el noble caballero

don Lope Zúñiga Dávalos Guzmán y Pacheco, heredero ricamente en estos

contornos, señor de las villas de Alchor y Ferreyra, Merino que fué de

la Reina, paje del Rey, comandante de tu tercio, querido del Emperador,

y... no se oyó más; pues Muley, con un bote que tiró a don Lope,

principió el estruendo más espantoso.

Don Lope, que verse sujetado, apostrofado, desasirse, tirarse a fuera y

poner una daga en la mano, todo fué uno, no hubiera escapado de alguna

grave herida del furioso golpe de Muley, a no llevar vestido bajo la

ropa un fuerte jaco milanés. Reparado así tal golpe, la revuelta comenzó

encendidamente, pues los moriscos a una voz decían:

--_Favor a nuestro príncipe Muley, muerte a los castellanos._

Don Lope, aunque sin espada, manejaba la daga tan viva y diestramente,

que en derredor de su persona parecía haber abierto ancho foso en cuanto

alcanzaba su brazo armado, que le ponía a cubierto de los más briosos;

pero el furor de Muley le estrechaba mucho, y su peligro crecía a cada

instante. Los cristianos viejos que allí se encontraban, prevenidos por

la mano y no dispuestos para tal revuelta, apenas podían desembarazarse

de la multitud morisca, y de la estrechez del lugar. En esto, que todo

fué obrar en un átomo de tiempo, se oyó la voz del soldado, que dijo:

--Hermano Cigarral, la curación que principió María, conclúyala el

peligro de mi amo y señor.

Y decir esto, y arrojarse de sobre las muletas, y despejarse con la una

mano este ojo enfermizo, y garfiarse con la otra, y arrojar aquel negro

parche, y tirar por el caballete de la una muleta, y sacar una terrible

espada, y tirar del otro palo, y repetir otro igual acero, fué cosa

hecha antes que vista.

--En vuestra ayuda soy, y a vuestro lado me tenéis, don Lope--dijo el

soldado--; acordémonos de Pormán y cierra España.

Con esto, y por esto, aquellos que parecían miembros tan doblados,

enrevesados y encogidos, mostraron tal elasticidad y vigor, que

abriéndose calle el soldado con tanto desenfado como bizarría, revuelta

una capa al brazo se le vió, sin saber cómo, al lado del valiente

caballero, ya armado éste con una de aquellas espadas de máquina que

sacó el soldado.

Era de ver, en tanto, la confusa gritería, las lástimas de las mujeres,

los parasismos de éstas, los ruegos de aquéllas y los llantos y

aflicciones de todas. Cuáles caían, cuáles se apresuraban por coger a

hurto las puertas, buscando seguridad en la fuga, y cuáles, éstas eran

las más principales, formando corro alrededor de María, manifestaban

querer dividir una suerte común, rogando a unos y suplicando a otros que

difieriesen para otro caso tanto encono y tanta pelea.

Dos espadas tan diestra y poderosamente manejadas pronto ladearon la

victoria a la banda cristiana. Muley, a despecho de todos, contenía a

los suyos, reparándose y mejorándose como más a cuento podía; pero un

enemigo, con quien no contaba, le puso a la merced de sus contrarios. El

pícaro gozque, como si entendiese el peligro en que se encontraban los

suyos, o porque estuviese adiestrado también para jugar tales piezas,

ello es que desde el comienzo de la danza no se entretenía sino en pasar

y repasar, enredar y tropezarse entre los pies de los moriscos,

derribando a muchos, embarazando a no pocos y procurando al fin la

prisión de Muley, pues atravesándose muy al propósito a las espaldas del

moro, cuando éste rompía en retirada, se enredó miserablemente y cayó en

tierra, sin más poderse recuperar. Todos cargaron sobre él; pero las

espadas de sus dos contrarios, ya amigables custodios, le libertaron de

todo insulto.

--Levantaos--le dijo don Lope.

--No hará tal--replicó el alcalde--sino para entregarse a merced de la

justicia, tanto y más cuanto que corren voces de venir don Fernando

Muley de las costas de Berbería.

El Gerif, a cuyo desplacer tuvo principio tan grande revuelta, y que por

más demostraciones que hizo no pudo apaciguarla, quiso interponer su

respeto para excusar de la prisión a su sobrino; pero todo fué en balde,

pues las sospechas de que andaban en tratos de rebelión, y apellidarle

Príncipe durante la refriega, eran capítulos de no fácil enmienda. Sin

embargo, la autoridad de don Lope alcanzó el que Muley asistiese como

prisión en la propia casa del alcalde, mientras él acallaba los unos y

podía prestar favor a los otros.

Hecha cata y cala de los botes, fendientes, estocadas, tajos y mandobles

de la revuelta, resultó como casi siempre, ser mayor la salva que el

provecho; quiero decir que todo se redujo a no muchos levantes de

espadas y a cuatro abolladuras de cabeza. El miedo de ofender a las

mujeres no permitía a los combatientes herir con el acierto que hubieran

empleado a medirse cuerpo a cuerpo y en campo raso. Sin embargo de

ello, se dejaban sentir unos lamentos tan tristes, que todo el mundo

creyó haber acontecido mayor desgracia; pero tales duelos y lastimerías

no eran más que los sollozos de la Bermúdez y los gritos del usurero: de

aquélla, por otras tocas que acababa de perder, y de éste, por mirarse

roto y manchado en todas las galas.

Novelas y cuentos · 第 22 / 52 题