¡Ay de mí!
¡Ay de mí, dulce tesoro!
Por ti solo, a quien adoro,
dejo, sí,
gloria, lid, clarín sonoro.
El laurel,
el laurel de la victoria
no borró, no, nuestra historia,
ni amor fiel
nunca, nunca en mi memoria.
El azul,
el azul de bellos ojos
y la faz de albores rojos
a un gazul
no le curan sus enojos.
Que de allá,
que de allá región tan fría
con ilusa fantasía
volará
al jardín de Andalucía.
¡Ay, Dios!, quién;
¡Ay, Dios!, quién un sol no deja
por besar con blanda queja
de su bien
una mano por la reja.
Tú, clavel;
tú, clavel, con tus dos soles
me hallarás en tus crisoles,
el más fiel
de los nobles españoles.
Cuáles fueran los pensamientos y contrarias resoluciones que estos
acentos levantaron en los ya recelosos e inquietos corazones de las
diversas personas del festejo, no es cosa que se sujetaría a fácil
explicación: basta decir que María esperaba, que el soldado reía, que
amenazaba Muley, que Gerif se inquietaba, el usurero temía, y que todos,
ya curiosos, no ansiaban por mejor cosa que ver con los ojos aquella
persona que tan bien halagaba los oídos con su canto y su destreza.
Muchos se dispersaron diligentemente por ver quién primero introduciría
aquel cantor en el festejo; pero aunque tantos corrieron y rondaron la
casa, fué vana toda diligencia, y así se volvieron como habían ido.
Muley, disimulando el mal reprimido coraje que le hervía en el pecho,
venciéndose por aclarar sus sospechas, o reprimir las muestras de su
cólera, se acercó al estropeado ya medio sano, y en voz baja le dijo:
--Mira, soldado; en todo lo que aquí se pasa hay algo de oculto, que
conozco y no alcanzo: si yo me hubiera dejado ir a la mano de mi enojo,
ya hubiera descendido el castigo, antes que la discreción mía quisiera
satisfacerse de las artes que aquí se juegan; pero puesto que mi
discreción ha hablado, quiero oirte decirme qué mensajes tienes con
Zaida, con María quise decir, y quién puede ser esa persona que cantó
poco ha.
El soldado escuchó sin la menor turbación del mundo hasta el fin el
razonamiento de Muley, y sin dar importancia ni a lo que oyó, ni a lo
que él decía, respondió:
--María, como se llama (y no Zaida como tú la mal nombraste), es mi
bienhechora, y los agradecidos con los bienhechores tenemos ciertas
obligaciones que no se pueden revelar. No sé, aunque bien sospecho,
quién sea ese cantor que tanto te asusta; pero puesto que tú hablaste de
discreción, yo la tengo bastante para no afirmar sino aquello que no sé
ciertamente y sin duda alguna; mas siendo cierto que entrambos somos
discretos, callémonos y soseguémonos, que, o yo me equivoco mucho, o la
voz de ese cantor, de oirla hemos, no tan lejos y más a orilla de
nosotros.
Y haciendo una breve pausa el soldado para dirigir la vista hacia donde
aguzaba las orejas el gozque que al lado tenía, volviéndose con aire
maligno y de triunfo a Muley, que le miraba con dos ascuas de vidrio que
no con dos ojos, le dijo a éste riéndose:
--Hele ahí--Muley.
Y todos revolvieron la vista hacia las puertas de los huertos, y vieron
llegar airosa y sosegadamente, mitad de caballero y mitad de camino, al
mancebo más bizarro que pintarse pueda la imaginación. El talle era
galán, la estatura aventajada, el rostro hermoso, y con una gravedad en
él, y tal autoridad en su frente, que bien mostraba, con todo de estar
en sus floridos años, los cargos de cuenta que habría desempeñado. Una
ropa corta de fino paño pasada por los hombros le cubría hasta la
rodilla; las calzas eran a la francesa, que solían llamar de _Francisco
I_, y las botas eran de gamito de Flandes: todo mostraba que venía del
lado allá de Europa, y cuando no, bastaría a certificarlo su arpa
pequeña que traía en la mano, y ayudando a sostenerla por los hombros
con una banda encarnada.
--Caballeros y doncellas--dijo--: no os parecerá descortesía que un
pasajero, que a la dicha camina por aquí, haya osado turbar vuestro
regocijo con su presencia; pero bien se podrá perdonar a un español que
vuelve de tierras extrañas el deseo de gozarse en los festejos de los
suyos, y mucha nobleza me muestra este aparato para que no confíe hallar
agasajo en vuestra cortesanía.
--Caballero--le replicó el anciano Gerif--, seáis el bienvenido; y
puesto que nos honramos con vuestra persona, bien os podéis regocijar en
este concurso cuanto cumpla al gusto vuestro, pues el valor de vuestra
persona nos paga colmadamente favor tan corto.
Muley hubo de reportarse de nuevo con la hospitalidad concedida por el
tío al incógnito pasajero, y rabioso y despechado cuanto más se veía
obligado al disimulo, se derribó otra vez sobre el arrimo de las
columnas, atalayando como un neblí desde el cielo cuanto pasaba en
derredor suyo.
Nuevo y mayor aliento tomó el festejo con la llegada del caballero,
necesitándose de la turbación agradable de los sones de los acentos y de
la blanda algazara del festejo para que María pudiese esconder, bajo la
fuerza del disimulo, las más contrariadas impresiones que probaba en
aquel punto. Ella, clavando los suyos en el entrado, no hacía sino
seguir el corriente de cuantos hermosos ojos había en el concurso, que
unos por curiosidad y otros por afición, todos se fijaban en el
caballero; pero María miraba en él algo más que no un viajero vulgar.
La banda roja que sujetaba el arpa y un anillo que le vió brillar en la
siniestra mano, le bastara a probar que tenía delante a don Lope, si
ella ya con su vista no hubiera recogido aquella galana figura, para
conferirla con el retrato que llevaba en su corazón, sacando de todo en
claro que quien se hallaba delante era verdaderamente su antiguo y fiel
amante, tantas veces pregonado por la fama en Italia y Alemania, y tan
altamente estimado por el emperador Carlos V. Para mayor placer suyo,
pues ya sin duda alguna estaba bien segura de quién era, hubo de oirle
las endechas siguientes, que al mismo son del arpa cantó el caballero,
vencido de tanto encarecimiento como se le hacía.