Trocada en sosiego la inquietud pasada, las cosas volvieron a su orden
primero, recobrando la fiesta la turbada alegría. Los nuevos entrantes
tomaron su lugar, según y conforme a su calidad y condición, logrando al
fin la dueña Bermúdez el verse presidiendo la banda de aquellas palomas,
no tan blandas y obedientes como ella quisiera.
El buen Antúnez, el usurero honrado, también fué de los entrados de
antuvión, buscando medio, si no para hallar el perdido envoltorio, al
menos para dar parte de todo a María, y conferir con ella qué artes
podrían trazarse para recobrar cosa de tanto interés. El, pensando tan
ahincadamente en ello, manifestaba a los que le conocieran su flaco,
cuánto esmero ponía aquel vampiro de la hacienda ajena para ver
aprobadas sus cuentas, y que las diese su amo y señor don Lope por de
buena data.
Así que, ganando un lugar y deslizándose por aquí, y pasando por acullá,
haciéndose el poste a veces, afirmándose otras, y siempre mejorando de
puesto, ello es que al fin se puso a tiro silencioso del objeto de su
viaje, término y blanco del correo perdido, la hermosa María. Esta, que
en algún intervalo se procuró tiempo para leer el billete, ya se miraba
por él instruída de la venida de su amante a Algeciras, y de cuán
próximamente habría de llegar oculto a la aldea. Así que al punto que el
perdidoso le habló de su desgracia, la morisca le consoló con la noticia
de que ya el papel estaba en sus propias manos, que no fué menos que
volver el alma al cuerpo de aquel pobre y restañar la herida por donde
sospechaba él que perdiera su hacienda, y con ella la vida.
Ya iba el usurero, como quien por el sedal busca el pez, a preguntar de
dónde vino el hallazgo del billete, para introducir al punto la petición
de su bolsa perdida, sus papeles y apuntamientos: tal iba a preguntar,
cuando de pronto o como viniendo de los cercos huertos, se dejaron oír
las puntadas más blandas y dulces, y el instrumento más celestial que
aquellos habitadores habían oído; tal era la extrañeza y la dulzura de
la música.
--Alto allá--dijo para sí el soldado--; esto que suena es arpa, y quien
la toca, fuera de ser de los diestros, ha cursado mucho por los
castillos y torres góticas de Alemania.
Entretanto, cesando de sonar sola y señera el arpa, sus tonos llegaron
de nuevo a la fiesta, casados con las razones de esta.