Mensajero,
corre y ve,
corre y ve presto y artero,
y de ausente caballero
llévale
a su amor
el billete más sincero.
No está lejos,
muy más fiel,
muy más fiel a tus consejos:
Busca ansioso los reflejos
de un clavel
que dejó
entre búcaros y espejos.
El gozque corría desesperadamente en torno de los festejantes; dió tres
vueltas, y a la tercera, cuando cesaba la cantinela de su amo, saltando
delante de María, provocando las caricias de ella con sus donaires y
juegos, no descansó hasta que aquellas blancas manos de espuma y armiño
viniesen halagosamente sobre su figura canina, y entonces, como si
tuviese un instinto superior a su naturaleza (tanto puede el arte), lo
dejó caer y depositó entre las manos de la doncella el billete que
tantas ansias y anhelos había arrancado a diversas personas.
María, que muy bien entendió la inteligencia del cantar, y que ni una
mínima palabra de él dejó ir de su memoria, viendo las señas casi
discretas del perro, recordando que por aquel mismo tiempo en que estaba
debería tener nuevas de su ausente, percibiendo en aquel punto un papel
entre sus manos, y, más que todo, sintiendo levantarse en su alma mil
esperanzas de contento y gusto, no pudo resistirse de tomar aquel
mensaje, y, lo que es más, de tomarle encubiertamente y sin dar sospecha
a nadie. Su discreción alcanzaba la tempestad que hubiera alzado si a la
borrascosa condición del primo, y al receloso natural del tío, y al odio
de todos los moriscos para con sus vencedores, hubiera venido a juntarse
una sospecha, verificada al punto con la prueba plena de un billete.
Muley o don Fernando (pues cualquiera de estos dos nombres no da ni
quita nada a lo riguroso y altivo de su condición) seguía con el alma,
que no con los ojos, todo el curso de aquella farsa; y si bien es verdad
que si no vió el embutir del billete en la boca del gozque, ni el pase
del tal depósito a las manos de María, siempre sospechó que allí
hubiese algo que se escondía de la atención común. Por lo mismo, y para
salir de tanta incertidumbre, puso en obra al punto el pensamiento que
le sugirió su recelosa sospecha.
--María--dijo dirigiéndose a la hermosa prima--, hoy es el día de tu
natalicio, y ésta la hora de media noche, hora en que tantos prodigios
suelen verificarse. Las doncellas de nuestra familia es fama que en tal
día y en igual hora pueden sacar ciertas maravillas del mundo invisible,
o curar alguna dolencia rebelde según quieran y según las fórmulas
sabias y poderosas que empleen. Pues bien, no hagas nada de prodigioso,
pero prueba (pues a ello debe moverte tu natural compasión), prueba,
repito, tal poder en ese lisiado pobre, y ya que, aunque cristiano
viejo, asiste a nuestros regocijos, saque de ellos, además de la
limosna, un bien que en balde querrían dárselo los suyos.
Así como habló Muley todos fueron de su parecer, y allí fué rogar a
María y Zaida, pues cada cual la nombraba según su mayor o menor afecto
a la religión santa, y muchos la llamaban por entrambos nombres.
María repugnaba honestamente tal empeño, pero las súplicas fueron
tantas, el objeto se lo presentaron por tan piadoso y tanto de
encarecimientos y halagos fueron y vinieron, que al fin, dándose por
rendida, y confiando en la negativa del soldado, que como cristiano
viejo no admitiría tales prácticas, replicó:
--Puesto que a despecho de mi gusto habréme de vencer a lo que se me
pide, todavía no me prestaré a ello si el mismo soldado no me lo permite
no callando, sino que quiero oirle yo misma la súplica de su boca.
--Hermosa María--le replicó alegre el soldado--, no sólo deseo que
toméis parte en este consuelo mío, sino que os lo suplico lo más
rendidamente posible, que aunque yo no tengo en mucho tales prácticas,
le doy en trueque tal encanto a la belleza, y tal fuerza y poder a la
intercesión de un ángel, que sólo con que vos pongáis mano en ello ya me
cuento por curado y franco y libre de lisiadura y de ceguera.
A esto oír se levantó María entre turbada y pesarosa, y desdoblando un
listón, lo pasó por la rodilla manca del soldado, aquélla que apoyaba
sobre el zoquete de madera, y asimismo, relatando en silencio unos como
versos o nóminas, ató luego los dos cabos del listón, diciendo:
--Mendigo, así te engarce tu rodilla como enlazados quedan estos dos
cabos; y decir esto y levantarse el soldado, arrojando el palitroque de
la rodilla, y repetir a gritos ¡milagro, milagro!, fué todo un punto.
Todos quedaron absortos; unos dudaban, los más se afirmaban en la verdad
de aquellas prácticas, y María, apartada al lado, y espantada de
semejante maravilla, se deshacía en protestas, de que ella no tenía
parte en aquella máquina diabólica, prometiendo no repetir más nunca tan
pernicioso ejemplo, y asegurándose con la mano puesta en la cruz del
joyel, parecía que ella buscaba un testigo que certificase de su
inocencia. Entretanto, el soldado, a voz de contrapunto, clamaba así:
--Otra palabra, bella María, y de todo punto desaparece mi triste
lisiadura, y otra y última intercesión, y desaparece mi ceguera.
Los del baile aplaudían, muchos preguntaban, todos respondían, gritaba
el soldado y saltaba y latía estruendosamente el perro. Todo era
algazara, todo confusión; de repente ábrense las puertas de la calle, y
vense entrar por ellas el Ayuntamiento de los cristianos viejos con todo
el aparato de justicia; el alguacil Molino, de vanguardia, y la dueña
Bermúdez, en la rezaga.
--Mirad--dijo ésta--, ¡oh, reverenda justicia!, dónde están mis
endotrinadas; huyen mi enseñanza saludable, y se entregan a sus zambras,
y no advierten en traer con ellas a la prudencia y virtud personificadas
en una dueña; los luengos mantos espantan a los almaizares y alcandoras;
vigilancia, alerta, reverenda justicia.
--Callad, dueña Bermúdez--dijo el alguacil--; aquí hay algo de mayor
cuantía que vuestros chismes dueñescos; aquí hay prácticas, aquí
nóminas; luego debe haber multas.
--_Utique_--replicó el notario.
--Pues mirad ahí, por sí mismo--prosiguió el honrado alguacil--, la
pierna de palo del soldado Cigarral, curado de golpe y por persona que
no tiene ni puede tener título para ello. ¿Qué es esto, señor? Es
fuerza ver fin y punto a las contemplaciones; también suenan ciertos
rumores de moros berberiscos saltados en la playa, y que se abrigan en
estos contornos. ¿Qué es esto, señor, no hay justicia? ¿Se han de
permitir por más plazo los tratos y contratos de los rebeldes, la
murmuración y las sediciones? ¿Qué es esto, señor? ¿Señor, dónde
estamos?
Nadie sabe dónde hubieran llegado los apóstrofes y acriminaciones del
multador alguacil Molino, corchete ganzúa, según el buen dictado e
intitulación del soldado, si una inesperada peripecia no le cortara el
rápido vuelo de su elocuencia.
El suceso fué un bien asentado golpe de revés en la pecadora boca, que
dió con el orador y su elocuencia en tierra, y volviéndose el caído y
todo el concurso a ver de qué mano se había disparado el ballestazo,
vieron salir por delante de todos el airado cuanto venerable Gerif,
quien buscando con la vista al alcalde para encomendarle sus quejas, así
como tropezó con él, así le dijo:
--No creyera yo que donde estáis vos tomara, en son de reprimenda, la
palabra persona tan mezquina de condición como de menos valer por su
ejercicio, y tanto más tratándose de agravio con persona de mi calidad.
Yo, por ser quien soy, por alcalde del Ayuntamiento de los míos, si vos
lo sois de los cristianos viejos, y por las honras que el Rey quiere que
sean guardadas a los hijos y parientes de los reyes, bien puedo
festejar a quien se me antoje, no admitiendo en mi compañía sino a quien
me iguale, o a los que por estrecho de amistad me obliguen a ello.
Fué interrumpido aquí el ilustre Gerif por el alcalde del Ayuntamiento
viejo por mil excusas y cortesías, las que subieron de punto así que vió
a María ser como el astro que presidía aquel sarao.
--Bien habéis hecho--añadió a Gerif--en corregir de tal modo al alguacil
por su demasía, siendo mi venida por curiosidad y festejo, y de modo
alguno por enmienda ni admonición.
Calmóse entonces la alarmada ira de los unos y el odio ardiente de los
otros, vistiéndose otra vez los aceros de las espadas y dagas, ya casi
desnudas y prestas a encender en fuego aquella que principió dulce y
apacible fiesta.