En un alazán brioso,
por entre bravos jarales,
huyendo, huyendo Jarifa,
en grupas va con su Zaide.
El caballo va contento,
contentos van los amantes:
el corcel, por ir saltando;
los dos, por ir a gozarse.
Cabalgan los dos, cabalgan
por entre obscuros breñales,
que quien a hurto camina
de ocultas sendas se vale.
La vuelta van de la playa,
huyendo el odio de un padre,
para echarse en un esquife
y en Tremecén repararse.
Ya llegan a la alta cumbre,
ya ven azular los mares,
ya ven mecerse las velas,
ya piensan hollar la nave.
Mira, mira, dice el moro;
mira, mi amada, cuál salen
inquiriendo nuestras huellas
los jinetes del algarbe.
No temas, ella responde;
no temas, mi bien, mi Zaide,
que un encanto aquí me asiste
que presto a los dos nos salve.
Es un listón prodigioso,
fadado con hados tales,
que dos que con él se ciñan
cierto invisible se hacen.
Probemos, Zaide, probemos;
usemos mágicas artes,
y en su insensata pesquisa
nuestros verdugos se cansen.
Desdobla el listón Jarifa,
con él se anuda a su amante,
cuando de presto, ¡oh, qué espanto!,
ven una sierpe soltarse.
El fiero dragón se enrosca,
los ciñe en negros dogales,
el pecho para oprimirles
y los pies por cautivarles.
Que tal listón receloso
dar hizo a Jarifa el padre
para que hallase la muerte
donde sus gustos buscase.
Llega el rey enfurecido,
vibrando el sangriento alfanje,
y abrióle el pecho a Jarifa
y el cuello dividió a Zaide.
La algazara en los plácemes y vivas fué grande, los instrumentos
redoblaron sus ecos y las bendiciones llovían sobre doncella tan
hermosa, tan coronada y cumplida con cuantas dotes halagan los sentidos
y cautivan el alma.
El soldado no podía resistirse en tanto a la admiración que le movía
aquella estancia y aquella riqueza; allá en su imaginación todo lo
confería con las mejores y más ricas cosas del mundo que había
contemplado, y para sí decía:
"Estos moros denles agua, y os sacarán verdura de una peña; denles
verdura, y os darán un jardín, y con jardines y su idea allí os
levantarán una alhambra donde mismo se os antoje el pedirla. Ellos dicen
que su paraíso no es sino verjeles; pero entretanto, y por lo que
acontecer puede, no son sus moradas sino otros tantos paraísos.
¡Descreídos! ¡Y nosotros siempre astrosos y sin tener un árbol donde
gozar la sombra y la frescura!"
Mientras esto él imaginaba, un suelto mancebo danzaba en medio del cerco
lo más galanamente posible. Hería el suelo tan blandamente, que no
parecía sino que se deslizaba por sobre el pavimento, o que algunos
hilos invisibles le sostenían de arriba y le columpiaban al son de la
música. Con la mano diestra mostraba un adufe revuelto con listones de
colores, y que engarzando mil campánulas y pequeñuelos y sonantes
címbalos, correspondían, ya viva, ya suavemente, con la armonía de los
músicos. A veces el danzador, en medio de su carrera, pasaba y repasaba
ligeramente el adufe por debajo de sus hombros, a veces lo lanzaba
perdidamente por los hombres, y como si estuviese atado a la voluntad
del mancebo, siempre le venía a las manos limpia y galanamente. Los ojos
se perdían en tantas ruedas, sesgos y revueltas; involuntariamente todos
seguían el cadencioso moverse del que danzaba, y todos, inmóviles en sus
asientos, todavía se engañaban fantásticamente, creyendo cada uno ser el
bailador, que no el que real y ciertamente llevaba la danza.
Cada cual de aquel concurso, tanto hermosas como galanes, fué dando,
para contento de todos, cumplidas muestras, aquéllas de sus gracias y
éstos de sus destrezas, aplaudiendo siempre y cordialmente el soldado a
todo, como si tuviese mayor placer en ello, por lo mismo que recogía
aquellas visualidades por el encogido arcaduz de un ojo sólo, y éste
también lisiado y enfermizo. Pero también tuvo que ponerse en plaza y
público anfiteatro, pues no faltando quien adivinase las buenas gracias
del gozque, los chistes del amo y las retahilas que relataba, todos
apremiaron al estropeado para que divirtiese la fiesta, no pudiendo
excusarse éste de tanto ruego, ya por la demanda y ganancia que pudiera
haber, ya por cierta idea que le bullía en su magín.
Ello es que todo era hacerse consejos y consultas sobre aquel negro
billete del don Lope, y de ver cómo podría hacerle llegar a verdadero
recaudo, según y conforme al deseo de su dueño.
Según las veras y ahinco con que trazaba esta trama el soldado, bien
parecía tener alguna estrecha obligación que le inducía a ello; pero de
ello, quier que fuese, es cierto que pidió la vihuela, y después de
acordada y de dar las palmadas a su gozque, comenzó éste a saltar de
buena manera y el amo a tocar por la escuela más extremada del mundo;
hubo lo del Rey de Francia, lo del saludo al Emperador, el besar las
plantas de la más hermosa, el señalar las que estaban de boda y otros
donaires de tal parecer.
En todas las gracias del gozque se veía una preferencia señalada por su
bienhechora María, no habiendo vuelta en que no diese muestras de
sumisión o contento cuando pasaba cabe la hermosa morisca. Cuando la
señaló por la más bella nadie paró atención en ello, pues cada cual en
su imaginación aprobaba lo mismo, y era fácil imaginarse que el gozque
estaba ya adiestrado en el donaire; pero cuando la señaló también por
estar de boda, y que como queriendo huir de ella y como buscando otra en
quien hacer señalamiento, y no encontrándola, volvió a María, y la
señaló definitivamente, el gozque dejó entonces escapar un gemido tan
lastimoso, que erizó el cabello a todo el concurso. Pero esta impresión
fué pasajera y como relámpago en noche serena; así pasó como fué
olvidado enteramente en la memoria.
El soldado, llamando a sí el perro, prosiguió:
--Ahora, don Gozque, vais a ser mensajero del amor, oficio que requiere
examen de destreza y título de fidelidad; cuidado con trocar los frenos,
que de tan lastimoso descuido suelen provenir grandes desaciertos, y en
ello vuestro buen nombre debe quedar a salvo de cargo y responsabilidad.
Tomad la posta, y tanto dure vuestro viaje como la música y letra de
vuestro amo.
Y esto diciéndole, y pasándole la mano por la boca, como si le pusiese
algo en ella, y después inclinándose a su oreja como para encomendarle
alguna cosa, lo dejó ir, agarrándose él a la vihuela, la que, rasgueando
diestramente, cantó con ella.