77. Que á unos y otros, esto es, Santafecinos y Correntinos, se

les habian disparado los caballos, y se les habian perdido por

los inmensos campos: que por todas partes, y especialmente en

Buenos Aires, cada dia se morian y perecian á centenares; y por

esta razon algunos dudaban del eficaz progreso del ejército. No

obstante, aunque es cierto que la Corte no dudaba de la

iniquidad, y que tambien trabajaba en la disolucion ò nulidad de

los pactos, no obstante, como no enviasen algun cierto y

deliberado decreto sobre sì se habia de suspender ó continuar la

guerra, los Ministros de ambas Cortes que estan aquì, mueven con

mayor actividad las cosas de la guerra: y como los españoles,

con dificultad, y casi violentados, eran llevados à esta

expedicion y, como decian, eran obligados y constreñidos á ella

por solas unas razones políticas, procedian con lentitud, ó

procuraban irse despacio. Por esto, estando muy adelantado

Noviembre, aun estaban en la ciudad de Montevideo, y no sabian

si con sinceridad ò con doblez se divulgaban acà, donde yo

estaba, ciertos avisos secretos, que no deseaban otra cosa los

españoles sino que las fuerzas de los indios se les opusiesen, y

quemasen los campos por donde habian de pasar, para que se les

diese ocasion de dar por escusa el defecto de los pastos, y

retroceder, ó á lo menos retardarse, en tanto que llegase de la

Corte alguna cosa cierta. Aunque sea dudando, no sin fundamento,

de la posibilidad del expediente, porque los pastos maduros en

estas tierras, y la paja que es apta para el fuego, no lo son

para los animales, pero una vez quemadas, como poco despues

vuelven y reverdecen, con ansia los comen los caballos y los

gustan grandemente; asì se sospechó, y no vanamente, por

algunos, que era estratagema, y que bajo el pretesto de ponerles

miedo, se le pedia favor, y aun auxilio al enemigo:

especialmente siendo así que los campos y llanuras quemadas

mostrarian mejor el camino á los viajantes, cuando por lo

contrario estaria embarazado è impracticable, lleno de maleza.

78. Mas como ya no quedase duda alguna acerca de los

preparativos de la expedicion, y tardasen los navios de Europa,

se acordò que, estando desprevenida la provincia, para evitar

que fuese atacada de los enemigos, se preparasen aquí las cosas,

para su defensa, y se vigiasen con mas diligencia los caminos:

tambien pareció del caso que se incendiasen ó quemasen

los campos.

79. Constaba suficientemente, no como al principio por mentiras,

que eran 1,500 Españoles, y con los socorros de las otras

ciudades, casi 2,000: que los Portugueses eran 3,000; por tanto

el total era 5,000: pero que uno y otro ejército todo junto

llegaria á 3,000, lo escribió el gefe de esta gente, (el

Gobernador de Montevideo, el que, como se decia, venia en lugar

del de Buenos Aires, y habia de tener cuidado de este negocio) á

cierto Jesuita amigo suyo, que algunas veces le fué piedra de

escándalo, y que ya no está en aquella ciudad: en verdad que el

testigo es idóneo, y vale por todos. Tambien se tenia por

cierto, que el ejército español habia de hacer el camino desde

el castillo de San Felipe, via recta, á las cabeceras del Rio

Negro, y hácia el pago de Santa Tecla, término y guardia de los

Miguelistas, y que de allí habia de penetrar, con grandes

rodeos, por provincias desiertas, hasta una fortaleza

portuguesa, situada en el rio Yacuy; la cual poco antes no tenia

nombre, y ahora, por la invasion que se les frustró á los

indios, la llaman (pero mal) el Fuerte de la Victoria: y que

finalmente, unidas las fuerzas, habian de caminar al pueblo de

San Angel. Así se determinó en el Consejo de ambas naciones, y

aunque estas determinaciones parecian á los baqueanos ó peritos

de los caminos muy violentas, y casi impracticables en la

ejecucion, con todo se tuvo por conveniente proveer todas las

cosas, y prevenirse contra los insensatos conatos ó esfuerzos de

los Portugueses. No debalde se juntaron los capitanes, corriendo

ya Enero, y aunque no se sentia movimiento alguno del enemigo,

determinaron no obstante muy de antemano, que toda la gente de

los pueblos vecinos se juntase y viniese al socorro. Y despues

despacharon cartas y un correo á los de la Concepcion y de Santo

Tomé, las que estos debian despachar mas adelante á los otros

pueblos, para que se acercasen mas, y pusiesen exploradores por

todas partes, y principalmente porque en los yerbales no sé que

hacian los enemigos: sospecho que los fuegos que se habian visto

no fuese que maquinasen alguna irrupcion, ó que componian los

caminos. Luego al punto se destinaron diez Juanistas, y casi

otros tantos de San Angel, para que fuesen hácia los montes,

adonde se haria alto; y del pueblo de San Miguel, un capitan del

campo que estaba de guardia en Santa Tecla, para que avisase á

los suyos el estado en que estaban las cosas: porque se decia

que por aquella parte amagaban los enemigos, y que ya habia dos

meses que caminaban, á saber, desde el 5 de Diciembre.

80. Cuando por este tiempo todo este aparato parecia se quedaba

en pareceres ó disposiciones, y por otra parte se confirmaba la

venida del enemigo con cuotidianos correos, y los curas se

estaban durmiendo ó en inaccion, hubo quien empezó á mover el

negocio, exponiendo que no se debia andar con negligencia, y que

se debian juntar tropas, ponerlas listas y despacharlas á los

términos de la jurisdiccion, para que no entrase el enemigo á

los campos remotos de las estancias ó crias, destrozándolas y

matando, sin ser castigado, y no estorbándoselo nadie. Con

dificultad se consiguió esto, despues de muchas razones que se

expusieron: es á saber, que llegaria tarde el ejército para

salir al encuentro desde casi 100 leguas de distancia, si

entonces se empezaban á juntar tropas, cuando ya el enemigo

acometiese: que el enemigo podia andarlo todo, y los reales

portugueses se andarían camino recto, por medio de las estancias

que destruirian: que cerrarian la comunicacion á los indios, y

les quitarian la comida, cuya falta ya se empezaba á sentir; y

finalmente que siempre es mejor atacar primero al enemigo que no

ser atacado de él. Por estas razones al fin se consiguió que se

despachasen nueve correos ó postas, los que por todas partes

avisáran y movieren á los confederados. Tambien el capitan de la

Concepcion estaba ya con una partida de 150 hombres en sus

estancias que confinan con las de San Miguel, y para completar

dicha partida se enriaron otros 60 del pueblo. Pusieron en

movimiento á los escuadrones auxiliares, que debian venir de los

pueblos de Santana, del de San Carlos y de los Angeles, 60, del

de los Mártires, 60, del de San Javier, y de Santa María, 30.

Arregladas de repente por aquella parte las cosas, repuesto el

capitan que poco antes lo habian quitado, habièndose vuelto á

sus casas sus gentes, que andaban esparcidas por diversos

pueblos, se creia que el Consejo doméstico habia obrado esta

mudanza, la que luego surtió buen efecto.

81. En los demas pueblos del Uruguay, como avisase el posta que

poco antes habia enviado y ya estaba de vuelta, que no habia

rumor, ni se sentia el enemigo, se daban prisa para esperarlo

los escuadrones de los otros pueblos. Mas, á 20 de Enero llegó

un correo impensadamente, que avisó que el dia 16 del mismo mes,

en las cabeceras del rio Negro, por aquella parte en que hay una

angosta entrada, entre los rios Negro y Yacuy, en las tierras de

San Miguel, la cual entrada ó puerta de la tierra llaman los

indios _Ibiroqué_, habia aparecido el ejército de los españoles

cuando menos se pensaba: que habiéndolo visto cinco

exploradores, les habian confesado que venian 2,000 españoles á

esperar á los portugueses. Marchaban formados en cuatro líneas

sencillas y no apretadas, formando un cuadro, en cuyo centro iba

una innumerable porcion de caballos, bueyes, carretas, y los

bagages de los Gobernadores, y tambien de los capitanes, con

órden. Muy cuidadosos estuvieron en preguntar á los cinco

exploradores, si por ventura algunos PP. Jesuitas estaban en el

ejército de los indios, y de qué número se componia? Les fué

respondido que aun no habian venido los PP., pero que vendrian:

que el ejército por entonces no pasaba el número de 2,000 (así

pareció á los indios engañar al enemigo, siendo apenas 100, y si

se incorporaban los Concepcionistas que estaban cerca, serian

300), pero que habian de llegar á 5,000, luego que se

juntasen todos.

82. Apenas llegó esta noticia cierta al pueblo, que volaron los

correos, y se dió aviso á todos los pueblos, los cuales, ya

parecia que querian salir á campaña, ya que no querian: mas, se

juzgó no tardarian. El dia 21, habiendo hecho primeramente en la

capilla de Loreto una procesion de penitencia, y cantada en el

mismo lugar una misa solemne y votiva _pro gravi necessitate_,

salieron del pueblo de San Miguel 350 soldados, todos de

caballeria, los que pasarian del número de 400 en uniéndose con

aquellos que ya estaban de guardia. El mismo dia salieron de San

Angel 200, de San Lorenzo 50: el dia antes habian salido de San

Luis 150, de San Nicolas 200: el dia siguiente salieron de San

Juan 150, y de la Concepcion 200.

83. No obstante, todas las cartas que venian de las ciudades de

los Españoles anunciaban que habia grandísima esperanza: que por

dias se esperaba de Europa un navio de guerra que habia de

desbaratar todo el tratado; que todo el bienestar de los indios,

en este intermedio que se aguardaban las providencias, consistia

en la constante oposicion á los Ministros reales que estaban en

estas partes, los cuales trabajaban con ahinco en la ejecucion

del tratado, para que antes que viniese de la Corte el consuelo

á los pobres, las cosas estuviesen en tal estado que no

admitiesen remedio, estando una vez tomados algunos pueblos: y

por tanto, protestaban á los indios que harian al Monarca un

gran servicio, si se defendian, oponian y resistian con todas

sus fuerzas, mientras llegaba de Europa la providencia que se

esperaba. ¿Quien creyera esto? que las cosas de los indios esten

en tal estado, y se hallen en tal situacion que para servir al

Rey y prestarle fidelidad, sea necesario tomar contra el mismo

Rey las armas.

84. Marchaban ya sobre el enemigo las sobredichas tropas, pero

con paso tan remiso, como acostumbran para todas las cosas los

indios, que podia el enemigo ocupar facilmente todas las tierras

de la otra banda del Monte Grande. Pero como este tenia

necesidad de buscar los portugueses auxiliares, é irles al

encuentro, marchó hasta Santa Tecla por unos largos rodeos, y

así dió lugar á los indios para que 100 Miguelistas, que iban

con pasos mas acelerados con su capitan José Tiararú, se les

pusiesen á la vista.

85. Los primeros á quien este capitan acometió fueron 16

españoles con su alferez, los cuales fueron á reconocer las

tierras de San Agustin. Habiendo con sus soldados atacado á

estos, facilmente los desbarató, y los despedazó todos, como si

fuera uno solo. A otros 20 no lejos de los Cerros Calvos, que

los indios llaman _Mbatobí_ con la misma fortuna los acabó,

excepto uno que se escapó huyendo: con estas dos matanzas se

hicieron los españoles mas cautos, y así despues escudrinaban ó

exploraban las tierras con tropas mas crecidas: y á la verdad á

fines de Enero, habiendo salido un numeroso escuadron, enviaron

adelante cinco exploradores, á los que, habiendo el capitan José

acometido con poquitos de los suyos, como no hicieren

resistencia, los persiguió y mató á cuatro: mas el quinto,

escapándose por la ligereza del caballo, llegó corriendo á los

españoles, que estaban emboscados detras de las cabeceras llenas

de bosque del Rio Vacacay, y esto, acometiendo con un numeroso

escuadron al sobredicho capitan, y á pocos de los suyos, como

por defecto del caballo cayese en una fosa que habian hecho los

toros, le rodearon ó cercaron, y tambien á algunos indios que

iban corriendo al socorro del capitan; á quien primero con una

lanza, y despues con una pistola, mataron. Y habiéndole muerto,

sus subditos, aunque cercados, rompieron á fuerza los

escuadrones del enemigo, y se pusieron en salvo, quedando muerto

uno, si no me engaño, y otro herido: arrojaron el cuerpo ya

despojado de todo, y como algunos dicen, lo quemaron con

pólvora, mientras aun estaba espirando, y lo martirizaron de

otras maneras. Enterraron (con los sagrados cánticos y himnos

que se acostumbran en la iglesia, pero sin sacerdote) el cuerpo

de su buen, pero muy arrojado capitan, en una vecina selva,

habiéndole buscado de noche los suyos con gran dolor, á la

medida del amor que le tenian.

86. Fué de admirar cuanto cayeron de ánimo los indios con la

muerte tan intempestiva de su capitan, en cuyo valor, prudencia

y arte, tenian puesta toda su esperanza: y por esto, despues de

algunos reencuentrillos que hubo tras el rio Vacacay, desde

visperas hasta la noche, es que cuentan los indios una cosa

particular: que cierto portugues, hijo de Pinto, Gobernador de

la recien construida fortaleza en el Yobí, ó sobrino de parte de

su padre, el cual fué muerto por los indios con una bala para

vengar dicha muerte, en un caballo elegante, y bien armado de

fusil, pistolas y alfange, un Lorenzista, á quien el mozo tiraba

á matar, corriendo confiado á caballo hàcia él, lo traspasó por

la espalda con un tiro de pistola, y como por fuerza del dolor

cayese del caballo, se pusiese otra vez en pié, y se preparase á

pelear con el alfange, lanceado por el mismo indio, finalmente

murió. Despues de estas cosas, retrocedieron los indios,

atendiendo á su corto número, y siguiendo el consejo de su

finado capitan.

87. Siguieron los enemigos bien de mañana (era Domingo, despues

de la Purificacion, 8 de Febrero) y los obligaron á esconderse

en un monte, que ellos llaman _Largo_: el dia siguiente pusieron

sus reales dichos indios cerca de la laguna llamada del

Cocodrilo, ó _Yacaré-pitú_, entre dos zanjones que las aguas

habian hecho: y para estar allí mas seguros, y detener algun

poco al enemigo, determinaron que cerrasen la puerta otros fosos

hechos con arte y por sus manos. Pero como seguia el enemigo el

rastro, de modo que ni en toda la noche podian perfeccionar ó

concluir los fosos y parapetos de tierra, habiendo acampado à la

vista, descansó aquella noche. Desde muy de mañana, (el 10 de

Febrero) formados en batalla los escuadrones, marchó contra los

indios, quienes tomando las armas y saliendo fuera del foso, se

opusieron audaces al enemigo: pero no bastantemente prevenidos,

porque todos los mas, excepto 50, estaban á piè, engañados con

la inmediata funcion, y juzgando que el negocio mas se habia de

decidir con palabras y cartas que con la espada. Algunos

persuadian que se siguiese el consejo del capitan difunto, Josè,

y que se debian retirar hasta las montañas, si tardaren los

aliados: pero prevaleció el dictamen del nuevo capitan Nicolas,

que pensó que debian pelear, si fuese necesario, y de ningun

modo ceder. Este pues en persona, con Pascual, alferez real de

San Miguel, saliendo de sus líneas, se acercó á las del enemigo,

y preguntó, lo que querian? Se le respondió, que ellos iban á

los pueblos de los indios, y que así se apartasen y no

impidieren el camino. Asalarió entonces á un Miguelista, llamado

Fernando, para que fuese á los Generales enemigos y les

preguntase la causa de su venida: con dificultad se halló quien

fuera, pero finalmente marchó, y siendo llevado ante el General

español, habièndole expuesto las cosas que sus PP., ó los

Jesuitas, y las que tambien sus mismos compatriotas habian

padecido para obedecer al Rey, hasta haber muerto ó quedado en

la demanda, le pidió en nombre de sus capitanes y pueblo, que

desistiesen del intento, porque de otra suerte estaba dispuesta

la gente á pelear, y defender lo que era suyo. Dijó el General

español y Gobernador de la Provincia, que habia de ir adelante,

aunque no quisiesen los indios, y que á él y á los suyos habia

de perseguirlos hasta sugetar todos los pueblos, segun el

decreto del Rey: y que sabia muy bien que tres PP. estaban en un

vecino lugarcito, Colonia de San Miguel; y que asì fuese, y les

dijese en su nombre, que él esperaria tres dias (porque

preguntados los baqueanos, dijeron que eran necesario este

tiempo para llevar el aviso, siendo así que el pueblecito dista

del lugar dia y medio de camino, ó casi 30 leguas) y que

viniesen los PP. con los cabildos del suyo y de los otros

pueblos, y al nombre del Rey diesen la obediencia al Capitan

General. Salió de los reales el dicho Miguelista, Fernando, y

refiriendo á sus caciques que estaban esperando algunas pocas

cosas de las que á ellos pertenecian, tomó el camino sin parar,

entre los escuadrones que despues habian de pelear, hácia el

pueblo de San Javier, en donde dichos PP. esperaban de oficio,

parte para precaver los daños de sus ovejas, parte, y

especialmente, para atender al bien de las almas de los indios,

que se disponian al combate. Y como una multitud de soldados

indisciplinados y libres puede acoger cualquier sospecha,

tomando á mal esta retirada de Fernando los soldados de otros

pueblos, pensaron que este, los PP. y todos los Miguelistas

maquinaban insidias y traiciones. Cuatro pues de á caballo (no

sé de que pueblo) conclamaron, y unidos siguieron á Fernando, é

intentaron darle muerte: el que, estando para ser degollado,

pudo librarse huyendo, y al cabo de cuatro dias con dificultad

llegó á los PP. que ya estaban á la otra parte del Monte Grande,

y detalladamente contó en la estancia de Santiago sus peligros,

que la fama mucho antes (como suele) habia divulgado y abultado

con los mas vivos colores.

88. Pero mientras Fernando padecia entre los suyos estas cosas,

el pueblo sufrió de los enemigos un gran estrago: porque apenas

el enviado salió del campo contrario, cuando vió que se formaban

en batalla, se aprontaban las armas y ponian al frente la

artilleria. Se adelantaron cuatro capitanes, y dijeron á voces,

que se apartasen los indios, y diesen lugar para que pasase el

ejército español y portugues, que no querian los Generales

matar, ni quitar las vidas, sino tomar camino libre. Engañada la

plebe sencilla de los indios con este pregon tan falaz, unos se

disponian á retirarse, otros lo comenzaron á hacer: pero otros

mas esforzados y advertidos, rogaban con ardor no se rindiesen,

que ya no era tiempo de rendirse, sino de valerse hasta lo

último de las fuerzas y valor: que convenia morir peleando, y no

huyendo. Alistados pues seis cañones cargados de mucha metralla,

y hecha señal, empezaron los españoles el combate con poco

efecto: porque algunos indios á la primera descarga se

escondieron en los fosos que antes habian hecho, los cuales no

defendian lo bastante á los que se agachaban: otros persistian

peleando, otros retrocedian. Viendo la caballeria del enemigo,

dividido en tres partes el ejército de los indios, con un

movimiento rápido cortó á la que retrocedia de la que peleaba, y

así un trozo, siguiendo á los rendidos, los puso en fuga, y

mató: mas, la otra, unida con la infanteria por la retaguardia,

atacó á los que peleaban, y con ferocidad los destrozó; y

finalmente, con dificultad hizo cesar el General la matanza.

Aprisionaron 150 indios de los que peleaban, y se juzga que casi

son 600 los muertos que quedaron por los campos: los demas se

desparramaron huyendo.

89. No es de admirar que los indios huyesen, y hayan sido

vencidos, así como no es gloriosa para los españoles la

victoria: porque con 3,000 bien armados, con armas de fuego, y

muchísimos bien disciplinados, peleando contra 1,300 que no

tienen sino arcos, flechas, hondas y lanzas, y que no sufren

disciplina, ni conocen gefes, sino en el nombre, hubieran puesto

un gran borron, ó deshonra al nombre español si hubiesen sido

vencidos. No obstante, con inhumanidad usaron de esta victoria:

porque para hacer mas cruda y feroz la guerra, dicen los indios,

que se encarnizaron, _encendiendo de nuevo lo quemado_, y así á

la tarde volvieron á reiterar los lanzazos en casi todos los

muertos, por si acaso algunos estuviesen vivos, y sacando los

reales un poco mas allá del lugar de la matanza. Este dia los

fijaron fuera de los cadáveres.

90. Al dia siguiente, el primero de los fugitivos que llegó á

las montañas, fué un noble Miguelista, llamado Bernabé Paravé,

el que pasando los montes con marcha violenta ó paso acelerado,

trajo á su pueblo la mas triste noticia, aunque de tan lejos,

(esta en realidad ya se esperaba) la que, habiéndola esparcido

tambien á la entrada de las fronteras entre los suyos, llegó, ya

crecido el dia, al pueblo de San Xavier, anunciándole que todos

los indios habian muerto, habiéndose escapado pocos en la huida.

Confirmaron lo mismo otros dos nobles ciudadanos del mismo

pueblo, que llegaron adonde estábamos. Puestos, pues, los PP. en

una gran consternacion, habiendo hecho junta, y determinado huir

del enemigo que ya estaba inmediato, (porque la fama, como es

una embustera, y crece con el miedo, divulgaba que ya en el paso

del Ibicuy, distante de donde estábamos seis ó siete leguas, se

veia un escuadron enemigos, hecho formidable con dos cañones de

artilleria, y que venia á tomar por fuerza á los PP.) se

disponian estos á desamparar el pueblo, y quemar todas las cosas

que no permitia llevar el tiempo. La falta de carretas fué un

gran obstáculo: los indios cargaban los carros con las alhajas

de casa, y á toda prisa acomodaban todos los trastes: los

muchachos y mugeres montaron todos los caballos que habian

quedado á la mano, y caminaron hácia las montañas. En el mismo

dia, un carro, grande del P. que moraba en dicho pueblito, y que

por un incendio de la casa é iglesia, que poco há habia

sucedido, vivia debajo de unos cueros y pabellon, (aun el dia

que llegaron los PP. que habian de tener cuidado de las almas de

los soldados) caminó por adentro y hácia los pueblos, al cual,

como el peso y volumen, como v.g.: dos tachos grandes de metal

colado, siete campanas, casi treinta cañones de fusil, que se

sacaron del incendio, una caja llena de instrumentos de hierro,

y otras cosas de este género, le impidiesen caminar, las

primeras cosas las enterraron en el vecino bosque, otras en la

huerta, y otras en el mismo relente ó canal. Finalmente,

habiendo salido de las chacras todos los moradores, se puso

fuego á las casas, y todo el pueblo ardió; y montando á caballo

ultimamente los PP., siguieron al pueblo.

91. Al ponerse el sol llegóse á la montaña llena de bosque, y

porque el temor del enemigo que se acercaba los tenia

desasosegados, habíase intentado pasar el monte: mas, como la

estrechez y escabrosidades del camino no permitiesen que pasasen

todos, una parte paró á la entrada de la selva, y la otra á la

cumbre de los montes, entre las llanuras de las selvas:

ultimamente, llegaron los PP. por medio de tigres que rugian y

de onzas, de terrible magnitud, en el silencio de la media

noche. Fueron despues de mediodia al pago y estancia de

Santiago, para estarse allí, mientras llegaba una detallada y

segura noticia de la mortandad, y se explorase el movimiento y

intencion del enemigo.

Diario histórico de la rebelion y guerra de los pueblos Guaranis situados en la costa oriental del Rio Uruguay, del año de 1754 · 第 5 / 7 段