92. Al dia siguiente, muy temprano, hé aquí que llegan 60

hombres valerosos de San Pablo, que eran los primeros que venian

al socorro ya tarde, y habiéndose formado con algunos Luisistas,

y enfurecidos algun tanto, se acercaron á caballo á la capilla,

y despues, poniendose á pié, con audacia se presentaron delante

de los PP., y habiendo hallado á los tres en la puerta de la

capilla, con un razonamiento imperioso y llenos de furor, les

dijeron:--"Que aquellas tierras eran totalmente suyas y de sus

nacionales, y no de los PP.; y por tanto que no tenian cosa

alguna de que disponer y dar á otros, especialmente á los

enemigos: que de los tales sabian ellos, y esto tambien les

constaba de una carta que habian interceptado, que los PP.

conspiraban con los enemigos, y que les querian entregar estas

tierras: y que así, sin demora se volviesen á su pueblo, que

ellos en el campo no los necesitaban para nada." Cuando así

hablaba el teniente de San Pablo con tan impertinente discurso,

tambien otro jóven noble, sin barbas, empezó á decir otras cosas

peores. Tres soldados Miguelistas, del mismo pueblo y asistentes

de los PP. que se habian llegado á la puerta de la capilla y de

la cerca, espantados de una audacia tan desvergonzada,

embistieron con las lanzas, y se atrevieron á echarlos con

entera y manifiesta temeridad. Viendo esto uno de los Padres, se

arrojó á las lanzas, y asiéndolas con las manos, detuvo el

impetu, y con palabras graves y nerviosas contuvo la audacia, y

hizo que se apartasen. Habiendose sosegado el tumulto, aunque

los aguaderos, cocineros y todos los muchachos de los PP. otra

vez anduviesen armados por la cocina, no se intentó cosa mayor.

Finalmente se tranquilizaron, habiendo todos los PP. reprendido

la temeraria audacia de los del pueblo de San Pablo, y habiendo

hecho demostracion que todas las cosas que hablaban eran falsas,

y la acusacion infundada. Se indagó que cosa dijese la carta,

quien fuese el autor, quien el testigo, y en que lugar se halló.

Pusieron ó presentaron en medio á cierto Luisista, el cual dijo

delante de todos, que él habia pillado la carta, la habia leido,

é interpretado, y finalmente la habia enviado á su superior ó

cacique. Preguntándoles que cosa habia comprendido de aquella

carta, dijo, que se pedian en ella pasas, garbanzos, habas y

otras legumbres para sustento de los capitanes de los enemigos,

cuyos nombres, puestos en la carta, yo mismo leí. Se les

demostró que habia entendido, ó interpretado mal la carta,

porque era del cura de San Miguel, quien pedia las sobredichas

legumbres para su cocina y la de sus compañeros, é insertó en

ella los nombres de los capitanes, para que supiesen los demas

PP. que los Generales estaban ya aquí con el ejército: por fin

se apaciguó la gente amotinada. Los capitanes de San Pablo,

habiendo pedido antes perdon á los PP. y á los Miguelistas que

estaban en su compañia, á los cuales tambien tenian por

sospechosos, se retiraron á sus reales, que desde antes de ayer

tenian puestos en un rio que corre al pié de la colina del pago,

ó estancia.

93. Despues de visperas, juzgando los PP. que todo estaba

sosegado, hé aquí otro alboroto: que iban llegando las reliquias

de los Luisistas, los que eran unos 20, que de la Matanza habian

quedado vivos, y mesclados con algunos otros soldados de los

otros pueblos; los cuales, apeándose de los caballos, se

entraron á la capilla de Santiago, y hecha oracion, cantaron

tambien un responso por los que habian muerto en la pelea. Y

habiendoles perorado uno de los capitanes una breve oracion

fúnebre, salieron de la capilla, pero con tan grave rostro y

furioso semblante, que no hablaron, ni saludaron á los PP. que

estaban presentes: antes bien despidieron prontamente al cura

que les hablaba, y diciendo que no tenian cosa alguna que

tratar, se fueron á la espalda de una huerta de duraznos, en

donde se acamparon, y despues, habiendo entrado en la huerta, se

hartaron de frutas, de que estaban cargados los árboles.

Callaron á estas cosas los PP., porque no fuese que, entrando ya

la noche, intentasen los amotinados ofenderles, ó hacerles algun

daño: y así se mandó estuviesen en vela, y armados á la puerta

de la capilla, todos los Miguelistas compañeros de los PP.

Pasóse toda la noche, y habiendo hecho estos una junta, pensaron

era mejor ceder al desenfrenado furor de la gente, y retirarse á

la seguridad del pueblo. Llegada, pues, la mañana, montaron á

caballo y se fueron al pueblo, llegando este dia al pago ó

estancia de San José.

94. Hallaron aquí un escuadron de Miguelistas, que iba al

socorro de los suyos, y consternados con los nuevos avisos que

habian venido la noche pasada, que el enemigo ya habia ocupado

el Monte Grande, no sabian determinar lo que habian de hacer. El

capitan de este escuadron (era teniente del pueblo), habiendo

recibido despues un aviso, se volvió aquella misma noche á dicho

pueblo, y mandó que todos los moradores de él, y principalmente

los de edad y sexo mas débil, se presentasen para huir. De tal

suerte arredró tambien con este aviso á las partidas auxiliares

de los otros pueblos que encontró en el camino, que varios de

ellos retrocedieron y se volvieron á sus pueblos. Mas, despues

que se desvaneció este rumor falso, y reconocida la falsedad del

caso, los capitanes determinaron que debian esperar á los

enemigos, de esta parte de la montaña, y cuando estuviesen

empeñados en penetrar los montes á la vista de sus pueblos,

habian de pelear hasta dar el último aliento. Por lo dicho habia

corrido en los pueblos un terror pánico y turbacion: mas, como

el enemigo no solamente no se acercase á las montañas de San

Miguel, sino que se declinaba de las estancias de Santa Catalina

hácia el oriente, en las tierras de San Luis, mudaron de

pensamiento, y siendo los primeros los Miguelistas, pasaron el

bosque, se acamparon á su entrada, y enviaron fieles

exploradores, que observasen con cuidado los movimientos

del enemigo.

95. Entretanto, de todas partes venian, movidos con nuevos

avisos, nuevos escuadrones, y bastantemente numerosos, los que

ya antes habian sido pedidos y se esperaban, y que, con el falso

rumor del vecino enemigo y de las muestras, vacilaban y

titubeaban. Despues de tanta tardanza, los primeros que volaron

al lugar de la mortandad que acababa de hacerse, fueron 130

Guanoas, gentiles confederados; quienes, viendo el destrozo ó

estrago de los suyos, y el campo sembrado de cadáveres,

gimieron, y tambien derramaron lágrimas. Despues vinieron los

del pueblo de Santo Tomé, y asimismo los de San Borja, y despues

los de casi todos los demas pueblos del Uruguay, excepto los de

San José y San Carlos: y así habia junto cuatro ejércitos de

soldados, y se esperaba que restaurarian todo el negocio, á no

haber sucedido que las discordias domésticas otra vez dividiesen

é hiciesen desparramar como agua á tan numerosos ejércitos antes

que se juntasen.

96. Los primeros que se retiraron de la reunion fueron los

Borjistas; porque estos, despues de haber visto el lugar de la

matanza, y los montones de muertos, acaso horrorizados con aquel

espectáculo, ó exasperados de alguna palabrilla, (porque ahora

era la primera vez que venian, cuando ya las cosas iban

perdidas) se volvieron á su pueblo, dejando dudoso el motivo.

Los Tomistas, por la misma razon ó por alguna contienda, tambien

se volvieron, y se decia que habian muerto á un noble

Miguelista, porque jamas apareció.

97. Los de San Angel, desde que salieron de su pueblo, ya venian

enfurecidos, y cuando encontraban á los Miguelistas, los

despojaban de los caballos y armas, en venganza, decian, de que

en sus tierras habian perecido tantos de sus parientes: y

habiéndose ido al pueblo, que poco há se habia quemado en la

montaña, allí se arrancharon; y aunque repetidas veces se les

pidió, y convidó á que se uniesen con la demas gente que estaba

en Santa Catalina, no se pudo conseguir. En este interin cuantas

cosas encontraban, las pisoteaban ó destruian: es á saber,

mataron las ovejas, desbarataron el techo de la casa de los PP.,

que por su teja y ladrillo habia quedado en piè, y sacando las

cosas que estaban enteras, las hacian como tributo, ó paga de

alguna culpa. Movidos finalmente los Miguelistas con estas

cosas, como ya tambien ellos se volviesen, habiendose

desparramado algunos, despues de alguna contienda de palabras,

vinieron á las armas y los embistieron cercándolos, porque

estaban á caballo, y aquellos á pié: de una y otra parte hubo

heridas, pero no pasó adelante la cosa.

98. Los Juanistas, Luisistas y Lorenzistas fueron volando á las

entradas de su bosque, ó á las abras de las montañas, por la

parte que mira á sus estancias, porque hácia aquella parte como

dijimos, el enemigo habia declinado. El capitan de la

Concepcion, Neenguirú, habiendo enterrado los muertos, se retirò

á sus estancias, los de San Nicolas á las suyas, y los otros á

otras partes.

99. Cuando las cosas sucedian á los indios tan poco favorables

para con el enemigo, llegó de Europa lo mas fatal: porque ahora

debemos tratar de cartas, escritos y edictos. Diremos

primeramente ¿qué contenian las cartas que vinieron de los

reales de los enemigos? Estando, pues, acampado el enemigo en

los campos de San Luis, á la orilla del rio Guacacay, se recogió

todo el ganado de este pueblo que ya estaba disminuido con la

guerra, y se tomó sin ningun impedimento, y una parte de él

envió á las tierras de los Portugueses, reservando lo demas para

su sustentacion ó mantenimiento. Despues de esto, envió á sus

casas algunos cautivos de cada uno de los pueblos, con dos

cartas de un mismo tenor para cada pueblo: una venia en idioma

español y otra en guaraní: en ambas exageraba su clemencia, y

principalmente en el cuidado de los heridos, y que con su paso

tardo queria mover la barbaridad de los indios, causa de tantos

desastres, y que con tantas muertes de sus parientes se

mostraban inmobles á los llantos de tantas viudas y pupilos; que

si no venian con sus curas y cabildos humillados, y pedian

perdon, habian de sufrir el último rigor y suplicios. Estas

cartas se enviaron con otras que trageron, y se entregaron á los

pueblos: no respondieron á ellas.

100. Por entonces se fulminó de España la última decretoria

sentencia, la que, como se decia, trajo un navio por el mes de

Febrero: el tenor de ella es este:--"Que de lo alegado y probado

en el modo posible está cierto el Rey, que los individuos de la

Compañía unicamente tenian la culpa de la resistencia de los

indios: por tanto, que diesen corte para que el tratado real se

ejecutase á la letra, y el negocio se cumpliese

indispensablemente. Ni aquella severidad, ni la del Marques de

Valdelirios, intimada al Prelado de la Provincia, sirvió de

algo, enviándole espuestas las cosas que estan dichas antes: y

así despues rigorosamente prohibia toda apelacion, è

imperiosamente mandaba al P. Provincial, que inmediatamente

pasase á las Misiones á componer las cosas: y no haciéndolo así,

declaraba á los PP. reos de lesa magestad, y prevenia que se

aplicaria el castigo competente á semejante crímen, segun ambos

derechos." Tambien nuestro Comisario renovó las censuras,

preceptos y amenazas, de que antes hemos hecho muchas veces

memoria. Que el confesor del Rey, aunque en público habia sido

despachado honoríficamente, pero que en oculto, con una

reprension severa habia sido privado, y que toda la Compañía

habia incurrido en la indignacion real. Que habian de venir en

el próximo Mayo 1,000 soldados veteranos, y mas, si fuesen

necesarios, y cuantos se pidiesen para avivar la guerra. Por

tanto, que se mandaba á los generales que prosiguiesen la

guerra, y que si por las dificultades de los caminos no pudiesen

llegar, que invernasen y fortificasen los reales, mientras

llegasen los socorros que se esperaban. Con estas cartas vino

tambien poco despues otra semejante del P. Provincial de la

Provincia, renovando los preceptos y mandatos. Y junto con ella

otra del mismo que habia respondido al Marques, en la que decia:

que habia entendido todas las cosas, y que la apelacion que se

le habia entredicho ó negado al Rey de la tierra, la habia de

pedir con tanta mayor confianza al Rey del cielo, de cuya

apelacion ninguno ha de ser privado. Despues se escusaba de no

poderse poner en camino por su poca salud, y hallarse próximo á

la muerte; y le añadia, que renovaba todos los mandatos

anteriores, y que imponia á los PP. todos los preceptos que

podia: aunque sabia que todo habia de ser vano, como que ni él

ni ellos tuviesen dominio sobre tantas y tan libres y tan varias

voluntades de los indios: y que si en su voluntad de tal suerte

estuviesen incluidas las de los indios, como en la de Adam, las

de sus descendientes, ó á lo menos como la de los PP.

Misioneros, por medio de la santa obediencia, no dudaria del

efecto: mas siendo así, que no esperaba cosa alguna, que el

Marques con su agudo juicio le sugiera modo con que esto con mas

eficacia pueda ejecutarse, ó que obligue al Sr. Obispo, que

andaba en visita en las inmediatas ciudades, se llegue á estas

inmediaciones, y que con su autoridad y suavidad los persuada.

Que él así lo juzgaba, y tendria á bien; y lo que es mas, que èl

así se lo pediria, dejando en libertad á los afligidos pueblos,

en que ya no habia impedimento. Aunque despues de publicadas, no

faltaron altercaciones ò movimientos, especialmente siendo

compelidos otra vez los PP. á dejar los indios, y á una retirada

imposible.

101. Como estas palabras tan severas, no menos que inicuas y

nunca esperadas, arredraban los ánimos de toda la provincia,

sabiéndolas los indios, algunos se obstinaron, mas otros

avisados y exhortados de los PP., se rendian ya; porque los

Luisistas, Lorenzistas y los de Santo Angel estaban cargando sus

cosas, especialmente cuando por segunda vez llegaron á los

pueblos otras cartas del Capitan General del ejército, en las

cuales (eran dos) trataba á los indios con blandura, llamándolos

hermanos, amigos, engañados por los malos consejos de un ánimo

codicioso; y por tanto que no creyesen á otro sino á él; que ya

sus PP. habian caido de la gracia del Rey, de lo que era señal

haber repudiado su confesor, y que el Monarca en adelante daria

muchos argumentos de su severidad: que conociesen su buen ánimo,

y quisiesen confiarse de él, y que, egecutando prontos lo que

les mandaba, mejorarian su situacion.

102. Con los PP. empero usaba de amenazas, y exageraba la

matanza, echándoles á ellos la culpa; porque siendo así, que en

otras ocasiones conseguian de los indios todas las cosas, ahora

que tanto interesaba á la fé ó palabra real, y á sus intereses,

se estaban remisos en mano sobre mano. Que habia la esperanza de

conseguir la real clemencia, si persuadian á los indios, y los

PP. mismos en persona viniesen á él con los caciques y cabildos

rendidos y humillados: porque si no lo hacian así, luego al

punto habia de egecutar todo lo contrario, vistas y oidas

las cosas.

103. Los Luisistas fueron los primeros que enviaron nuncios con

cartas para el Capitan general, en las cuales prometian que se

habian de mudar como les volviesen los cautivos, y les señalasen

tierras á propósito, las que en vano antes habian buscado. Los

Lorenzistas reusaban semejante legacia, pero se sugetaban al

parecer de uno. Los de Santo Angel ya habian hecho otra

semejante carta, y enviaron 20 hombres al Monte Grande, hácia el

pueblo de San Javier, á disponer el camino. Pero despues se

perturbaron todas las cosas por la pertinacia y sugestiones de

los demas pueblos, y porque diez caciques de la Concepcion

vinieron acá donde estabamos. Hicieron arrepentirse á los

Luisistas de su sumision, y mucho mas el enviado que volvió del

Gobernador, el que se resintió del semblante demasiadamente

sèrio con que fué recibido, y á mas de esto, por no haber

conseguido se les diesen sus cautivos; y mas que todo, porque la

carta de respuesta no se habia remitido á los indios, sino al

cura, y esta sobradamente seca é insipida. "No es esta la

respuesta, decian, por la cual se ha de entrar á la clemencia

del Rey. Debíase omitir que el cura con sus feligreses saliese

humillado, por estar esto bastantemente insinuado, envano

esperado, y no haber otro remedio." Ofendidos, pues, con estas

cosas, volvieron á la antigua obstinacion, y así dispusieron

nuevas tropas contra el enemigo, en número de 400.

104. Los Lorenzistas tambien, amedrentados por sus soldados que

habian vuelto, mudaron de parecer, ó por mejor decir, lo

suspendieron. Los de Santo Angel empero, habiendo quitado por

fuerza las cartas al correo en el paso del Iguy, en donde los

militares superiores estaban fabricando un fuerte, y pasando

despues al pueblo, embistieron armados, y pidieron para deponer

al corregidor, ó cabeza del cabildo, el que era autor de dichas

cartas. No obstante se apaciguaron los amotinados, emprendieron

otra cosa, sino solamente que los que estaban abriendo la selva,

con amenazas se les mandó cesar en el trabajo. Se recogieron

pues en todas partes nuevas tropas, que se aprontaron despues

contra el enemigo.

105. Entretanto que los indios disponian estas cosas en sus

pueblos, el enemigo se acercó á las ásperas montañas, llenas de

bosques, en aquella parte donde está el camino mas árduo, y para

las carretas, casi imposible. No halló resistencia alguna,

despues de algunos pequeños reencuentros de casi ningun momento,

fuera de uno ú otro. El uno fué, que al paso de un monte, en

donde los indios se habian fortificado con empalizadas, fueron

desalojados con una numerosa porcion de tiros. El otro, que

queriendo los enemigos entrar al bosque ó selva, un indio de á

caballo, que era tenido por cobarde entre sus compañeros, (era

Lorenzista) acometió al cuerpo del enemigo, y dejándole este

entrar corriendo por medio de los escuadrones que se habian

abierto, y disparándole todos, volvió á los suyos sin lesion.

Pero, siendo pocos los que debian defender el camino, aunque

insuperable, ocupó el enemigo el Monte Grande, y trepando la

caballeria, hasta pasar las asperezas de las montaña, se mantuvo

en el desfiladero de la salida, y así quedó seguro el bosque

para la infanteria.

106. Puesta ya en salvo esta, se empeñó el enemigo en un trabajo

improbo, de hacer volar con minas los peñascos durísimos:

dividió en piezas las carretas, arrastró las ruedas con tornos,

y trasportó todas las demas cosas en hombros de negros, y de los

indios cautivos, con el trabajo de un mes, y aun quizas mas. Se

trabajó tanto, que al tercer dia de Pascua todo el ejército

estuvo en el pago, ó estancia de San Martin. Estando aquí el

enemigo, los Miguelistas le entregaron dos cartas, en las cuales

les protestaban que ellos de ningun modo habian de ceder sus

tierras, sino que se habian de resistir todo lo que pudiesen.

Las recibió con escarnio ó mofa, y se les respondió, que les

convenia obrar al ejemplo de los de San Luis. Y aunque los

vecinos de Santa Fé, y los de las demas ciudades decian, que

ellos marchaban forzados, con todo, ambos generales, español y

portugues, con su presencia urgian el viage.

107. Por esta razon, el Domingo despues de Resurreccion,

movieron los reales, se encaminaron hácia los pueblos, y

llegaron á la estancia de San Bernardo, que es del pueblo de

Santo Angel, al Domingo siguiente, con marcha de una semana,

siendo en otras ocasiones camino de un dia, y en las cercanias

de esta estancia los esperaba escondidos y en silencio el

ejército de los indios, por consejo de los gentiles Guanoas

y Minuanes.

108. Despues del segundo Domingo, dia 3 de Mayo, como bajasen de

la estancia de San Bernardo á las cabeceras del arroyo llamado

_Ibabiyú_, que está á la vista de la estancia de San Ignacio, de

la jurisdiccion de San Miguel, salieron de repente 2,000 indios

de los escondrijos, en donde se ocultaban, y se estendieron por

las cumbres de los opuestos collados, y se formaron en media

luna: los de á pié se mantuvieron en las colinas; pero la

caballeria, capitaneada por los gentiles, á toda carrera

acometió al enemigo. Este, juntando sus carros en círculo, formó

una fuerte trinchera, y á la frente estendió sus escuadrones, y

porque estaba defendido con artilleria y armas de fuego, la

vanguardia se empeñó en el combate, mantenièndose así hasta la

noche. Mataron algunos españoles, mas no se sabe el número:

porque unos dicen que fueron muchos, otros doce, y otros menos.

De los indios murieron seis de Santo Angel, un Nicolasista, un

Miguelista, y no mas.

109. Al acabar la noche siguiente, se arrimaron los indios á la

trinchera del enemigo, y si hubieran hecho las cosas con

silencio, les hubiera salido bien su estratagema: mas como se

acercasen de repente con griteria, los sintió todo el ejército:

entonces despertándose el enemigo, se puso sobre las armas, y

casi por todo el dia duró la guerrilla, pero sin especial

ventaja; salvo que los de la Cruz quitaron una tropa de caballos

al enemigo, habiendo muerto tres de los que la custodiaban: de

parte de los indios solo murió un gentil.

110. El dia 5 de Mayo los indios debian repetir el ataque, mas

el enemigo en el silencio de la noche, fingiendo retirarse, como

viese que los indios habian ido á ocupar los caminos que tenian

por la espalda ó retaguardia, de repente se dirigió hácia los

pueblos y marchó formado en batalla. Con cuya repentina astucia,

quedàndose perplejos los indios, volaron por los atajos que

ellos sabian, al paso ó vado de un riachuelo, llamado

_Chuniebí_, el cual no dista del pueblo de San Miguel, sino

escasamente cinco leguas. Aquí fortificaron el vado, y orillas

del rio con estacadas, y habiendo sacado del pueblo de San

Miguel dos cañones de hierro, y fabricados á toda priesa otros

cinco de madera durísima, (llámanla _Tajibo_, y los indios

_Tayí_) se apostaron los Miguelistas para defender el referido

paso. Los demas insensiblemente se volvian á sus pueblos

vecinos, á cuidar, como decian, de salvar á mugeres, hijos

é hijas.

111. El enemigo entretanto estuvo detenido los cuatro dias

siguientes en el pago ó estancia, dicha _Ibicuá_, parte por las

lluvias, parte por otras razones. Aunque estaba ya tan vecino el

enemigo, no se podian bastantemente persuadir los indios de

salvar sus cosas. Finalmente por la mañana se juntaron los

Miguelistas á llevar las alhajas mas preciosas del templo hacia

el arrojo Piratiní, á una hermita hecha de cespedes, de un

pueblo antiguo, y con esta ocasion se persuadió lo mismo á los

de San Lorenzo, y despues à los Juanistas y Angelotes. Pero con

flojedad llevaban las dichas cosas, y no á mayor distancia que

la de dos leguas del pueblo.

112. El dia 10 de Mayo se acercaron los enemigos al rio: pero

recibidos con la artilleria que estaba oculta en la selva,

fueron muertos, segun dicen, 64, incluyendo en este número los

que mataron los gentiles en los reencuentros. No obstante,

pasaron adelante, retrocediendo los que defendian las orillas

del riachuelo.

113. El dia 11, entrando algunos Nicolasistas con otros soldados

al pueblo de San Miguel, sacaron toda la gente del sexo y edad

mas débil, y así salieron las mugeres y casi todos los niños,

que se desparramaron por los campos hácia el Piratiní.

114. Dia 12. Habiéndose el enemigo acampado en las canteras del

pueblo, distante casi tres leguas de él, y ya á la vista, al

caer de la tarde, los PP. del pueblo de San Miguel se fueron

huyendo tambien al dicho Piratiní, no salvando nada del pueblo

de San Miguel, sino que escondidas acá y acullá, y enterradas

las cosas, se fueron. Esto se hizo por falta de bueyes y de

caballos que llevasen los trastes en carros; porque en estos

dias, moviéndose, como es costumbre, una disencion entre los

indios, no sé porque sospecha, originada de que se hubiesen dado

caballos á un paisano, llamado _Tary_, que se habia pasado á los

enemigos, que aquel los tenia bastantemente gordos, viniendo los

demas españoles en flacos y exaustos, como los soldados de los

otros pueblos, quitaron á los pobrecitos Miguelistas casi todos

los caballos y bueyes. De aquí nació que, despues de la salida

de los PP., los soldados de los otros pueblos, especialmente los

de San Nicolas, los Angelotes y Tomistas, pillaron todos los

bagages y el bastimento que se habia dejado en el pueblo,

habiendo hecho pedazos las puertas, y aporreado al portero, se

llevaron cuanto encontraron: y despues de saqueada la casa de

los PP., le pegaron fuego: el que, tomando cuerpo en los techos,

descubrió muchas cosas que estaban escondidas en los entablados,

dejando por presa de los indios lo que no consumia. Tambien

pegaron fuego al pueblo, pero la gran lluvia que cayó esta noche

apagó el incendio, quemándose toda la casa de los PP., mas no la

iglesia, á la que perdonaron las llamas, dudándose si atajado

por el Santo Patrono San Miguel, ó por sus altos paredones

de piedra.

115. Entretanto, los PP., con toda la gente del pueblo, pasaron

la noche muy lluviosa en el campo, sin tiendas. No obstante, las

trageron al dia siguiente, 13 de Mayo, y en el pueblo,

habiéndose quedado encerradas en su claustro las mugeres, que

llaman _recogidas_, como viesen las llamas, y sospechasen lo que

era, golpearon fuertemente las puertas, y al cabo los del lugar

las soltaron, y los de San Angel las llevaron á su pueblo. Los

moradores de los demas que estaban aquí, midiendo ya su mal por

el ageno, empezaron con mucha actividad á poner en salvo las

cosas del pueblo.

[Footnote 1: _Ensayo de la historia civil del Paraguay_, etc.,

tom. III, pág. 58.]

[Footnote 2: Diario de Henis, pág. 46.]

[Footnote 3: El dia 14 de Noviembre de 1754.]

[Footnote 4: Pàgina 46.]

Diario histórico de la rebelion y guerra de los pueblos Guaranis situados en la costa oriental del Rio Uruguay, del año de 1754 · 第 6 / 7 段