habiendo levantado los reales ó campamentos, los apartaron
algunas leguas de la vista del enemigo. Entretanto, habiendo
enviado un Miguelista à desafiar á los Portugueses, fué muy bien
tratado por Gomez Freire, y habiéndole mandado sentar, lo regalò
con cena y cama, y fué rogado à quedarse á dormir en tanto que
escribia al cura del pueblo. Escribiò, y bien de mañana entregò
al enviado las cartas, y lo hizo volver en paz á los suyos.
Mientras este venia á donde estabamos, fueron vistas por los
Lorenzistas en el Yaguy, por aquella parte que divide las
tierras de San Lorenzo y San Luis, tres lanchas portuguesas, ó
talvez canoas, que navegaban rio arriba, bajaron los Lorenzistas
à las orillas de las riberas para impedir el tránsito al
enemigo, mas porque no estaban bien proveidos de armas, que
pudiesen ofender de lejos, llamaron algunos Juanistas fusileros.
Vinieron estos, y trayendo consigo tres cañones de caña
silvestre, bien retobados con cuero de buey, y llegando con
estos el capitan de la Concepcion: D. Nicolas Nenguirú con
algunos de los suyos, fijados los cañoncitos en las orillas del
rio y entre el monte, asaltaron á las canoas, y con cuatro tiros
atormentaron una, quebraron otras, y las obligaron á irse
precipitadamente por el rio, quedándose tres paradas. Corrieron
del campamento, rio abajo, algunos marineros Portugueses al
socorro, y armándose entre los indios y portugueses una
refriega, murieron algunos de estos últimos: se decia eran 26,
pero fué falso, solo fueron tres. Finalmente llegaron los
Luisistas á su campo y con buen aguero; porque en estas
embarcaciones venian con cuidado las cartas del Gobernador de
Buenos Aires, en las cuales le daban noticia de su retirada, y
lo mismo persuadia à los Portugueses. Habiendo pues leido Gomez
Freire las cartas, fué de admirar lo furioso que se puso, dando
en rostro á los Españoles su engaño y trato doble, y á los
indios el haber acometido á los suyos, lamentando tambien
haberse frustrado el trabajo, ó proyecto de 12 años. Despues el
dia 12 de Noviembre cargaron los bagajes en los campos, y
pareció que se disponian á la retirada. Mientras esto, pidió à
los indios le dejasen libre el camino, ni le molestasen en la
retirada, y para mas asegurar la cosa, habiendo llamado à
conferenciar à algunos caciques de San Luis, San Lorenzo y San
Angel, los cuales estaban entonces allí, porque los otros ya
habian caminado á los pueblos, acordàndose de sus mugeres y de
sus sementeras, cuyo último tiempo era necesario lograr, los
hizo jurar sobre los Santos Evangelios, y él mismo con juramento
firmó, ó hizo un escrito firmado con los nombres de los
principales de los indios y portugueses, en el cual promete. I.
Que ni la una ni la otra parte se harian daño, hasta tanto que
se diese la última y definitiva sentencia por los Reyes de
España y Portugal, acerca de las quejas dadas y perdon de los
indios, ó hasta tanto que el ejército español no volviese otra
vez à campaña. II. Que ambas partes se volverian à sus tierras,
y que ni una ni otra nacion pasaria el Rio Grande. III. Que los
indios serian cautivos si pasasen el rio, yendo à las tierras de
los Portugueses, y mútuamente los Portugueses lo serian de los
indios, si ellos intentasen pasar à sus tierras. IV. Pidieron
solamente se les dejase descansar algun tiempo en el rio Yobí,
mientras los animales recuperaban el aliento y fuerzas
perdidas.--Firmaron estas treguas de parte de los Portugueses,
el mismo Capitan General Gomez Freire de Andrade: Martin de
Echauri, español, Gobernador de Montevideo: Miguel Angelo
Velasco: Tomas Luis de Osorio: Francisco Xavier Cardoso de
Meneses y Sousa: Tomas Clarque: Sacerdote Secular, capellan de
Gomez, en cuyas manos se hizo juramento. De parte de los indios
firmaron, Cristoval Acatú: Fabian Guaqui: Francisco Antonio y
Bartolomé Candeyú: Santiago Pindo: D. Ignacio Tariguazú: D.
Lorenzo Mbaypé: D. Alonso Guayrayé. Concluidas estas cosas á 18
Noviembre en la media noche, los Portugueses que estaban de esta
parte del rio lo pasaron calladito, y juntos los batallones,
marcharon sin hacer ruido: al dia siguiente 19 se desaparecieron
del todo. Asimismo tambien nuestros ejércitos, habiendo dejado
unos pocos destacamentos por custodia y seguridad de las
circunvecinas tierras de San Luis, San Lorenzo y San Juan, se
retiraron à sus pueblos, no habiendo sido muerto indio alguno
por mano del enemigo: pero sí casi 100 Portugueses acabaron con
las armas de los indios. Arrimadas las lanzas, se empleaban en
la devocion de San Xavier, dàndole gracias por haberlos librado
de la tribulacion; y las legiones, en lugar de las armas,
tomaron con brio los arados, porque no se pasase el tiempo que
aun quedaba para la agricultura, recompensando siquiera algo en
este mes, (ya empezaba Diciembre) el que se habia desperdiciado
ó perdido en el espacio de tantos otros.
61. En este tiempo llegaron de Buenos Aires, ò de la ciudad del
Puerto, mas amenazas, porque el Marques de Valdelirios con mas
acrimonia escribió al Gobernador por su retirada. Tambien
nuestro Altamirano prohibia con mas rigor se trabajasen las
fábricas de pòlvora que ya tenia entredichas: no se dejò piedra
por mover, y lo que es mas, interponièndose la ayuda y arte del
P. Provincial. Estaba empeñado dicho Altamirano en remover del
lugar y oficio al Cura de San Juan, á quien por falsas
denuncias, y por su pasion, lo tenia entre ojos, porque le
atribuia toda la resistencia de los indios. Mas sus feligreses,
oponièndose otra vez, como lo habian hecho en otras ocasiones,
decian que ellos no sufririan que se le quitasen del todo, hasta
tanto que ellos recibiesen los preceptos de la boca del P.
Provincial, y que le pudiesen proponer las razones que militaban
por la parte contraria. Se frustró, pues, por tercera vez
el proyecto.
62. Se divulgaron tambien por este tiempo en los pueblos varios
escritos y cartas, que habian sido introducidas ocultamente, y
se les interceptaron parte à los Portugueses, parte à los
Españoles, y mesclados á estos los indios: las cuales todas
manifestaban que el ejèrcito portugues estaba intimidado
sumamente, y que no aflojaba la resistencia y obstinacion de los
indios en defender sus tierras. Aunque se portaban amigablemente
en los reales enemigos, y se mostraban blandos ó tratables, esto
lo hacian con doblez ò intencion dañada, porque cuantos salian
de los reales con pretesto de contrato, morian
irremediablemente, y no perdonaban á nadie, aunque fuese
desertor: y por esto los Españoles se quejaban de que el trato
de los Portugueses era doloso, ò nada sincero; y los
Portugueses, de haberles los indios protestado y dicho
claramente que jamas verian sus pueblos.
63. Corria la voz, que habia llegado á Montevideo un navio de
España, y se esperaba que traeria alegres noticias: pero el _run
run_ mezclaba una cosa bien sensible, y era que el P.
Provincial, acérrimo defensor de los afligidos, habia acabado su
trienio de gobierno, y se preparaba á volver à su provincia del
Perú, de la cual habia venido. No faltaban quienes afirmasen (no
se sabe si por sospecha ó algun rumor, ó si se fingió
maliciosamente) que Altamirano habia de tomar el gobierno, mas
no se diò crédito á tan clara mentira.
64. En el pueblo de Santa María iban las cosas de mal en peor,
porque el cura fuè á la Candelaria. Concluidos algunos negocios
del pueblo, siguieron los principales y pidieron al
vice-Superior otro cura, mas por la penuria de quienes supiesen
la lengua, porque casi todos los lenguaraces estaban detenidos y
custodiados por los indios en los pueblos del Uruguay, no se les
concediò lo que pedian. Acababa ya el año de 1754, siendo el
tercero de la persecucion y opresion de esta provincia, y el
primero de la guerra.
65. Los principios del año de 1755 parecieron tranquilos excepto
que, habiendo los Yapeyuanos elegido en el motin pròximo á su
capitan por alcalde, abusando despues este de su autoridad,
conspiraron juntamente con los de la Cruz, lo prendieron,
dàndole algunas heridas por haberse resistido, y lo enviaron
desterrado hácia el Paranà: mas al pasar por el pueblo de Santo
Tomè, sus moradores soltaron al preso, y lo restituyeron á su
libertad; cuyo caso se creyò que ocasionase algun disturbio.
66. Tambien llegaron de Buenos Aires algunos rumores ciertos con
otros inciertos: que las cosas en la Corte estaban muy turbadas;
que Carvajal, autor de estos males, el dia 2 de Abril del año
pasado, con una muerte repentina habia partido al tribunal del
recto juez, Jesu-Cristo, Señor Nuestro, habièndole citado para
aquel lugar tres dias antes un varon de conocida santidad, el
Padre Burke, del Colegio de Escoceses. Que el lugar de este lo
habia ocupado un Irlandes, llamado W... Que el Marques de la
Ensenada, primer Ministro, habia sido removido y privado de su
empleo, y otros 16 ministros con èl, y que todos habian sido
desterrados á diferentes ciudades. Que del primero se habian
confiscado inmensos caudales, y que en lugar de estos, se le
habia consignado 8,000 pesos anuales. Hasta aquí es lo cierto
pero las cosas inciertas que añadia la fama, eran: que la causa
del destierro de tantos Ministros habia sido un oculto tratado
con el Rey de Nápoles, à quien unos dicen querian elevarlo al
Reino, depuesto el que actualmente estaba, y otros para que,
elevado al trono, se opusiese à este tratado; y esta màquina ò
traicion, muchos la atribuian à los Jesuitas. De aquì fingian
unos que el confesor del Rey habia caido de la gracia, otros
tambien que estaba preso. Por horas se esperaba de Europa algun
navio que trajese algunas noticias. Entretanto los españoles
fueron llamados por Gomez Freire à reiterar la guerra en el
próximo Marzo, y añadia, que si no lo hacian asì, tendria por
sospechosa la fé de los españoles, y daria de mano al negocio.
Tambien el Marques de Valdelirios con mayor fervor movia las
cosas de la guerra, habiendo sido llamados para unirse los
Paraguayos: mas ellos poco ànimo mostraban para emprender esto.
Tambien los vecinos de Santa Fé con mas eficacia negaban poder
dar ellos otra vez tropas auxiliares, aunque el teniente de
Gobernador se obstinaba en ello. No obstante de principiar ya
Marzo, no se sentia movimiento alguno. La ciudad de Buenos Aires
padecia graves males; es à saber: hambre é invasiones de los
gentiles, que habitaban hàcia el sur: en una de las cuales
perdieron 30 carretas, que iban à las Salinas, con crecido
nùmero de gente que fué muerta, ni con todo eso se arrepentian:
y aunque claramente esperimentaban que la divina justicia estaba
por la causa de la Compañia, en nada se enmendaban por eso;
antes bien con mas dureza se empeñaban en odios contra la
Compañia, y la llenaban de quejas, achacando à los Jesuitas ser
causa de todos los males y revoluciones.
67. De Lisboa se divulgò tambien un verdadero aviso, que el
primer Ministro de aquella Corte, y familiar del Rey, habia
caido al mismo tiempo que en España aquel principal Ministro,
por un caso inopinado, y habia sido enviado del mismo modo que
el otro, y que todo el Consejo real desde entonces andaba
vacilando, y estaba dividido en diversos dictámenes; y por esto
ya se creia, que todo este tratado se volveria en humo. Acabado
Marzo, los Españoles pedian se difiriese la expedicion para el
estío, porque sería entonces menos molesta á las tropas, y mejor
para los animales. Por tanto se suspendiò, y en todos los tres
meses no se oia casi hablar de otra cosa que de los aprestos de
guerra, y alistamiento de soldados, de los cuales no obstante
venian pocos, y con tibieza.
68. Entretanto todos los pueblos de los indios, y tambien
nuestros colegios en las ciudades de los españoles, imploraban
con mayor confianza el patrocinio de los Santos, è instaban con
oraciones: y especialmente por este tiempo sobrepujó à todos el
Colegio de la ciudad de Santa Fé, dedicando y ofreciendo al
taumaturgo de Bohemia, San Juan Nepomuceno, una funcion el dia
de su fiesta: y cumpliò sus votos con una solemnidad, que casi
no habrá habido en estas tierras otra mayor: porque en la
iglesia se erigió un altar hecho por mano de los indios, y con
grande aplauso, concurso y devocion de toda la ciudad, colocò en
él una grande y elegante estàtua, que habia sido hecha en uno de
estos afligidos pueblos, es à saber, en él de San Lorenzo. La
vispera, pues, se repicaron à mediodia las campanas de toda la
ciudad, las cuales, de moto-propio y no siendo convidados,
mandaron repicar los curas y prelados de las religiones.
Resonaron de lo alto de la torre intrumentos músicos, es á
saber, chirimias, trompetas, cajas y otros instrumentos de este
género: ademas se dispararon los cañones de hierro, y los
morteros con su gran ruido llenaron el aire. Fuera de esto, á
las dos de la tarde toda la compañía formò en procesion delante
de la casa de cierto noble varon, llamado D. Melchor Echagüe, el
cual á uso del pais fué elegido mayordomo del Santo. Y
habiéndose reunido allì un numeroso concurso del cléro, y de los
hijos de Santo Domingo, estaba sobre andas adornadamente la
estàtua del Santo, como se dirà despues. Se ordenó la procesion,
cargando la estàtua del Santo el clero, mesclado con los PP. de
la Compañía, que alternaban con los PP. Dominicos hasta que se
llegó á la iglesia parroquial, que es la principal de la ciudad,
resonando continuamente las armas de fuego, cohetes y la armonia
de la música. Luego que se llegó á la iglesia que, toda adornada
con primor de luces y lamparas muy hermosas, relucia iluminada
interiormente, hecha señal con la campana para visperas, y
colocado el Santo en el mismo presbiterio sobre una mesa, que
para esto estaba adornada, se cantaron por punto las visperas en
que oficiaron nuestros mejores músicos, asistiendo á ellas todo
el clèro y los PP. Jesuitas y Dominicos: concluidas las
ceremonias, en el mismo òrden, aparato y solemnidad, fué llevado
el simulacro del Santo à nuestra iglesia, en donde se cantó el
_Te-Deum_ solemnemente, resonando los cañones de fuego, y
música, y tambien las campanas: y dicha la oracion acostumbrada,
se terminó por este dia la solemnidad acordada. Despues á las
Ave-Marias y final de la fiesta, se encendieron algunos cientos
de lámparas, se iluminó la torre parroquial, y tambien la
nuestra tenia muchas banderas, que con hermosura batian el
viento y se mesclaban con las làmparas. Estando la noche mas
oscura iluminaron el aire los cohetes voladores y se oyò el
estrépito de las armas.
69. Al dia siguiente, desde la aurora, los sacerdotes que no
eran de casa, digeron misa hasta las 9, y mas adelante, estando
siempre la iglesia llena de pueblo de todo género, de condicion
y estado. Despues cantó la misa solemne el Dr. Leiva, párroco de
la ciudad, la que mucho antes habia pedido por un singular
beneficio recibido: lo que llevò pesadamente el Vicario. Un
sugeto de nuestra Compañìa predicó, y muy bien. Estuvo desde
ayer, y todo el tiempo de la misa, la imàgen del Santo sobre el
altar mayor, en un rico trono de oro y plata, reluciendo todo el
altar con este metal, y la efigie del Santo, y principalmente la
mesita donde estaba, toda cubierta de piedras preciosas, perlas
y diamantes. Y aunque todas las matronas de Santa Fé juntaron
sus riquezas para este ornato, con todo, sobrepujò cierta noble
muger, advenediza del reino de Chile, que habia venido á esta
ciudad: la cual, como ya no hubiese lugar en el altar, colocò
bajo de las gradas del presbiterio una mesita con un niño Jesus,
en quien lucian cosas tan preciosas, en oro, diamantes, y
tambien por el arte singular con que las habia dispuesto, que à
todos arrebataba, dejando muy atras à las demas Señoras
patricias. Concluida la solemnidad de la misa, que durò hasta el
mediodia, se sacò del altar mayor la efigie del Santo, y cantado
otra vez el _Te-deum_ los Padres de Santo Domingo, fué colocada
(con increible gozo y alegria de todo el pueblo y ciudad, y
principalmente de nuestros Padres, de que fueron testigo los
reiterados y solemnes repiques de campanas) en su altar propio,
que le habian preparado los afligidos indios; el cual, fuera de
su propia hermosura, estaba grandemente adornado con alhajas de
los vecinos. Se concluyó finalmente la solemnidad, pero no la
devocion: porque ademas de ocurrir nuestros Jesuitas cada dia
con mayor fervor al poderoso patronicio del Santo contra los
murmuradores, tambien no era pequeño el concurso de los de toda
la ciudad en las aflicciones y calumnias que por todas partes se
suscitaban contra los indios, que han sido cometidos por Dios à
nuestra fé y doctrina, y por eso mismo tambien contra nosotros,
como defensores de esta justa causa.
70. Cuando estas cosas sucedian por Mayo en la ciudad de Santa
Fè en honor del taumaturgo de Bohemia, el pueblo de San Miguel,
distinguièndose entre todos, se preparaba á cumplir con otro
semejante altar (excepto las riquezas) sus promesas hechas á
Nuestra Señora de Loreto, cuya descripcion omitimos, por haber
referido la anterior: pero despues por su òrden se referirá,
cuando hayamos hablado de lo que sucediò por Julio; habiéndose
pasado casi tranquilamente el resto de Mayo, y tambien Junio.
71. Dijimos casi tranquilamente, porque no hubo hostilidad
alguna: aunque no por esto dejaron los enemigos de maquinarlas,
pues siempre su descanso es una asechanza, y aunque no hagan
hostilidades, las estan disponiendo y proyectando. Por esta
causa, para privar á la confederacion de los auxilios que debian
dar à los Guaranis las infieles tropas de Guanoas gentiles, (las
que deben ser tenidas como enemigas, aun cuando son amigas, pues
à ninguno, ni aun à Dios, guardan fé) llamaron á ciertos
caciques de ellos, y los llevaron á un castillo que estaba mas
inmediato, para persuadirles lo que querian:--lo que es facil de
conseguir de una gente pobre, y deseosa de donecillos, regalos y
vestidos de ante ò coletos. Fueron algunos à dicho fuerte por
las dàdivas, y tambien (lo que entre cristianos es abominable y
vedado por excomunion) casi los violentaron con las armas, y se
dijo que tambien los habian corrompido ó sobornado. Así lo
contaron despues á nuestros Miguelistas otros caciques de los
Minuanes, que habian participado de los dones ó regalos. Que
algunos de los suyos habian sido pagados para la guerra, y
principalmente uno llamado Moreira, para que en la siguiente
expedicion custodiase los bagages de los Portugueses con su
gente. Que tenian mucha ropa, armas, y se veian armados, y estar
instruidos con alfanges para este fin. Fuera de esto que los
Portugueses, confiados en esta esperanza, erigian un fuertecillo
que habia de servir de oportuno presidio à los reales que se
habian de formar en las montañas de San Miguel, cercanos à las
estancias de Santa María, las que se llaman de Yacegua: pero que
tambien otros caciques de la nacion se escusaban, y que por
tanto avisaban con anticipacion á los amigos lo que se habia
tratado. Por esto fueron despues señalados exploradores
católicos ò cristianos del pueblo de San Miguel, los cuales con
la guarnicion que estaba en los últimos términos de la
jurisdiccion, debian correr la tierra. Recorriéronla, y avisaron
que no parecia enemigo alguno, y reconviniendo al mismo Moreira,
afeándole su hecho, confesò que verdaderamente él habia sido
llamado de los Portugueses, y solicitado con dones por las cosas
sobredichas, pero que de ninguna suerte habia consentido: por lo
cual se habia retirado, habiendo los Lusitanos con furor,
hèchole muchas amenazas. Esto decia èl, mas si fuese verdad lo
que decia se esperaba lo probase el efecto, si se ofreciese la
ocasion; mas por entonces así se creyó.
72. Tambien esparcieron los Portugueses con estas cosas no pocas
mentiras contra los indios, y principalmente que muchísimos se
habian pasado à ellos, y que numerosas cuadrillas á menudo se
iban huyendo de la tirania de los PP., y que ya se contaban y
numeraban algunos cientos de los dichos. Fingian estas cosas con
el fin de provocar á los Españoles á volver à emprender la
guerra, pero despues se descubrieron reos ó autores de la
mentira, cuando por mano del Provincial de la provincia del
Brasil enviaron la lista de los indios que moraban entre ellos:
de los cuales algunos estaban casados, y otros lo pedian: pero
no contaban mas de 50, de los cuales muchos tenian apellidos del
pueblo de San Borja, pero discrepaban en los nombres. Se hallò
tambien que otros, que estaban insertos en dicha lista por su
nombre y apellido, ya se habian restituido otra vez à sus
pueblos. Los Portugueses andaban solícitos en persuadir á los
Españoles estas cosas, mas à los indios les constaban otras: es
á saber, que el Padre Ràbago, (en quien ponian los indios en lo
humano alguna esperanza de su patrocinio) habia sido privado del
confesionario del Rey, que habia caido de gracia, y à mas de
esto, que estaba preso: pero despues avisaron de Europa, que era
impostura y mentira de los Portugueses.
73. Ya fenecia Julio, cuando en el puerto de Montevideo apareciò
una embarcacion mercantil el dia 27 de Julio, la cual traia 150
soldados presidarios para aquel castillo, y 70 Misioneros de la
Compañia, 40 para la provincia de Chile, y 31 para la nuestra;
quedàndose en España los demas, que casi eran otros tantos, con
el procurador que reside en la Corte, y tiene à su cuidado los
negocios de la Provincia y Misiones. En verdad que no causò à
todos poco consuelo esta noticia, especialmente por haberse
llenado la provincia de noticias prósperas, y tambien de cartas
que anunciaban todo favorablemente. Parecia que estaba el
negocio concluido, que la Corte habia desecho el inicuo tratado,
que se regocijaba ò deleitaba con nuestra fidelidad y
obediencia, que habia aceptado la apelacion por parte de los
pueblos, que mandaba se suspendiesen las cosas. Asì se decia à
los principios: mas como las noticias tristes suelen seguirse à
las pròsperas, los Comisarios reales de este negocio divulgaron
todo lo contrario: que estaba aprobada la guerra hecha à los
rebeldes, como ellos decian; que tambien se daban las gracias á
los Ministros por el celo y gasto hecho para sugetar á los
contumaces; que las cosas que se habian dicho favorables, habian
salido de charcos, y no de la fuente; que se habia de proseguir
la guerra y se habia de hacer mas cruda. Para este fin fueron
expedidos nuevos decretos é intimaciones á nuestro Prelado
inmediato, fulminando estragos, y amenazando llevarlo todo á
sangre y fuego, sino se rendian los pueblos.
74. Remitiò estas intimaciones al Gobernador de la Concepcion,
Nenguirù, la Curia, Consejo ó junta doméstica, porque de otro
modo se desconfiaba que se pudiesen publicar: para que este,
interponiendo la autoridad que tiene entre ellos, pasando el
rio, las intimase y promulgase à las provincias y pueblos
obligados à mudarse. Mas este, no confiando del pueblo airado, y
previendo y conociendo que no habia de hacer otra cosa que
aumentar tropas de amotinados, volvió otra vez à remitir à la
Curia todos los papeles, suplicando à los Prelados no diesen
lugar á que la provincia, poco apaciguada, se alborotase aun
todavia mas; ni tampoco obligasen à su cabeza, ó Gobernador, á
exponerse à peligro cierto de muerte. Se aquietaron, y
despreciadas dichas amenazas, se esperaba lo que habia
de suceder.
75. Entretanto por todo Agosto, Septiembre y Octubre, se
reclutaban soldados en las ciudades de españoles y portugueses:
pero en las nuestras no habia sino paz y quietud, y se proveia
que, en tanto que se aquietasen las cosas, se despachasen para
todas partes exploradores como en otro tiempo, y que estuviesen
con mas vigilancia.
76. A fines de Octubre, ó por mejor decir á principios de
Noviembre, el Gobernador de Buenos Aires, pasando el ancho álveo
del rio, llegò á la ciudad de Montevideo, en donde debia
juntarse todo el ejército de Españoles. Tambien se decia que
caminaban hácia Montevideo 200 soldados que habian sido
despachados de la ciudad de las Corrientes, y otros tantos de la
de Santa Fè; pero si esto es cierto ó no, el tiempo lo dirá: que
de los 200 Correntinos no habian quedado sino 80, y que los
demas se habian desertado. Asimismo, que entre los desertores se
habian vuelto à su casa algunos Abipones que el Comandante habia
traido como exploradores, siendo muy baqueanos. Tambien en Santa
Fé, habiendo el teniente convidado para la liga á los Mocobís,
se negó el cacique bàrbaro, y no diò respuesta de tal, porque
dijo:--que él no habia abrazado la ley de Cristo para hacer
guerra contra inocentes cristianos, y que antes bien favoreceria
à los oprimidos, à no ser que se lo impidiese aquel gran rio.