segundo, porque á medida que los soldados pasaban su caballo, se
lo tomaban para sí, y al amanecer, siendo los primeros aquellos
que en allegarse eran los últimos, tomaron una gran parte de los
caballos del enemigo, se volvieron los Juanistas, despues de
sepultados los dos muertos. Las partidas de los demas pueblos,
despues de haber cantado solemnemente ayer á visperas el
responsorio por el capitan y los soldados, en el valle en que
estaba su pastor de almas, y estándose ante él, comenzaron á
retroceder. Habiéndose caminado un poco, se presentó un
explorador, y dijo, que los Portugueses pedian sus caballos, y
prometian por su parte la libertad de los cautivos: mas aquellos
habian ya caminado tanto, que sino despues de visperas, pero ni
aun al dia siguiente se podian juntar: porque como los Juanistas
tuviesen muchísimos, que ya habian pasado el Rio Curutuy, muchos
Luisistas, que tambien habian caminado mucho, no pudieron
reunirse á la gente esparcida, y antes bien lo reusaban.
Llegaron á grandes pasos, ó con precipitada marcha en el mismo
dia cerca del Rio Curutuy, ó del Lavatorio, y se hizo en medio
dia el camino, que á la ida necesitó cuatro, porque siempre la
vuelta tiene los pies mas veloces. A la verdad, el pueblo ó
ejército habia concebido tanto temor del enemigo, que de ninguna
suerte se hallaba quien quisiese llevar á la presencia del
enemigo los caballos, si estuviesen á mano. Anduvo un capitan
dando vueltas para recogerlos, y viendo el último escuadron que
estaba parado cerca de la fortaleza del enemigo, no temió
manifestar claramente su miedo, y hablar á voces á los suyos de
esta suerte: "Caminemos, les dice, paisanos mios, porque
pereceremos con los otros." Los reales esta tarde se formaron
escondidos en un profundo valle, sobre un arroyito distante del
enemigo ocho leguas. Se hizo toda diligencia por redimir los
cautivos, pero en vano, y lo que mas se sentia era la cautividad
del capitan Sepé, comandante de la artilleria. Mas cuando estas
cosas se trataban, hé aquí, corrió un cierto rumorcillo, que el
capitan Sepé á pié seguia el ejército: despues, habiendo llegado
un muchacho, confirmó la venida, porque venia á llevar vestido y
caballo para el cautivo que se volvia, y por fin, se presenta el
mismo capitan Sepé apenas entró la noche, temblando con el frio
y la caminata, y sin negar la verdad, contó su suerte; es á
saber, que ayer, habiendo sido encerrado en el castillo enemigo,
y llegando la tarde, fué mandado montar á caballo sin armas, sin
espuelas, pero sí vestido, y cercado de 12 soldados armados, se
le mandó buscase los caballos que se habian perdido. Habíase ya
apartado un paso de la fortaleza, cuando un indiecillo, viendo
cautivo á su capitan, (no temiendo nada el simple) se llegó al
enemigo, y le avisó que ya los caballos habian sido llevados á
la otra parte del rio: lo cautivaron en premio. Comenzó otra vez
el capitan Sepé á pedir licencia para pasar el rio, y solicitar
la entrega de los caballos: mas los compañeros negaron el poder
hacer esto, sin saberlo el gobernador del castillo. Habiendo
sido consultado, se le rogó diese licencia, enviando un soldado
que le diese parte: pero trajo la negativa. Añadió el cautivo
capitan: "vosotros que deseais poseer los caballos, dadme
licencia para hablar con los mios, sino, aunque no querrais, me
irè, si me diere gana, y ayudaré á mis compañeros." Esta audacia
se recibió con risa, y le contestaron:--"estando cerca de 12
armados, ¿serás capaz de irte?"--Se promovió una controversia:
Sepé afirmando la huida, si la quisiese tomar, y los Portugueses
riyendo, porque la juzgaban imposible, y tenian por vanas sus
amenazas; pero el hecho las probó verdaderas: porque como una y
otra vez le preguntaron ¿como podia hacer esto? les dijo: veis
ahí; y asorando el caballo con la voz, con el azote y con
alaridos, se les escapó, y llevado en el pegaso, que parecia que
volaba, se encaminó hácia el rio y bosque, quedándose
espantados, y no atreviéndose á seguirle los soldados de á
caballo, porque aun las balas de los 12 fusiles con sus llamas,
parecia que no lo alcanzarian. Llegando empero Sepé á la orilla
del bosque, quitándole el freno al caballo, se escondió en los
árboles, y pasado á nado el rio al otro dia, siguiendo los
reales que se retiraban, fué recibido en ellos con gozo
increible. Esta misma noche se huyeron de las manos de los
enemigos dos mozos, los demas quedaron cautivos. Se trató otra
vez por medio del mismo capitan Sepé acerca de la lista de los
cautivos, ofreciendo los caballos y mulas de su pueblo, si los
que los tenian negasen los suyos á los Portugueses, y cierto es
que persistieron en negarlos. Tambien los Miguelistas no
asintieron en esto, antes bien no se hallaba alguno que se
atreviese á acompañar la lista, ó llevarlos á tierra del
enemigo, aunque estuviesen á mano. En verdad que ellos tenian
lastima de sus compatriotas, y especialmente de las mugeres, que
tan infelizmente habian quedado viudas, y de sus hijos
huérfanas. Mas ¿quien hay que crea al enemigo que una vez
engañó? A un amigo, si una vez mintió, no se le debe creer la
segunda, al enemigo empero nunca. La verdad es, que se temia no
fuese que acaso recibiese el enemigo con asechanzas, ó doblez á
los que trataban de la redencion de los suyos; y con la
artilleria y fusiles recobrasen los caballos y retuviesen los
cautivos, quedándose con unos y otros.
37. En este estado pues de cosas, pareció conveniente fortificar
con un presidio el residuo de tierra, que está entre los rios
Verde y Phacido, y para mayor seguridad de los presidarios,
pareció oponer un castillo al del enemigo. Se habló con los
Luisistas sobre dejar por ahora en esta tierra un presidio con
60 hombres, y hacer una fortalecita, de la cual cada semana
saliese un destacamento á correr toda la tierra; porque no fuese
que en algun escondrijo se estableciese el enemigo, y levantase
fortalezas difíciles de destruir á los indios, que no saben, ni
sufren el sitio ó combate. Empero no asentian los soldados, y no
se podia juntar facilmente quienes se atreviesen à trabajar.
Finalmente, dejando á cada cual lidiar con su genio, se señaló y
escogió el lugar para la fortaleza futura, por si acaso la
quisiesen hacer.
38. Comenzando hoy el mes de Marzo, se pasó con sumo trabajo el
rio Curutuy, y cerca de visperas, tambien el Yaguy, y caminadas
tres leguas mas, á grandes jornadas por via recta, con camino y
espacio de dos dias, llegamos al pié de la montaña de San Lucas,
y habiendo con realidad pasado la cercanía, aunque continuaban
las lluvias, y los rios estaban crecidísimos, apartándonos de
muchos arroyos pantanosos, á 8 de Mayo llegamos, sin ser
esperados, al pueblo de San Miguel, en el mismo dia de su
aparicion: y no sucedió en el camino otra cosa digna de memoria,
sino es que la tristeza puso en suma consternacion al pueblo.
Cada cual del ejército, que se habia dividido, se volvia á sus
estancias y pueblos, muy despacio, mirando por las cabalgaduras,
quedándose unos pocos por todas partes á explorar los
movimientos de los enemigos, sus discursos, y prohibirles sus
invasiones.
39. Cuando sucedian estas cosas con menos felicidad en los
límites de los Portugueses, se esparcian en las ciudades de los
Españoles nuevas amenazas y nuevas mentiras. En 28 de Febrero
habia llegado el navio llamado la _Aurora_, y tomó puerto, dando
noticia del obstinado ànimo del secretario del Rey, el que se
afirmaba cada vez mas en tan grandes injusticias. Tambien
avisaba que el confesor del Monarca, aunque muy bien conocia
aquella iniquidad, y de tal suerte era estimulado de su propia
conciencia, que recelaba se oyese llamar ante el juez y autor
supremo consejero de una cosa mala, con todo, desconfiando de la
pusilanimidad del Rey, y temiendo no fuere que cayese de ànimo
oyendo tan enorme maldad, llevado de humanos respetos, determinó
ocultar este negocio al príncipe; y antes bien pedir una y otra
vez dejacion de su oficio, pero que era detenido por las
lágrimas del Monarca: y que finalmente, con los estímulos de su
conciencia, se habia visto obligado á declararle cada cosa de
por sí. Así lo dicen las cartas escritas por el mismo confesor
del Rey, dirigidas al digno Superior de Misiones.
40. Que cosa dicho navio haya traido á los gobernadores de estas
provincias, acerca de este iniquísimo tratado, no se sabe; pero
es cierto haberse entonces convenido por entrambas partes en la
isla de Martin Garcia; aunque mucho antes estaba destinada para
esto, y haberse allí acordado, que á 15 de Julio el ejército
español hostilizase, sugetase y obligase á obedecer los mandatos
al pueblo de San Nicolas, y el Portugues, al de San Angel. Llegó
esta sentencia á mediado de Mayo, y tambien con esta, de parte
del Comisionado general, una nueva amenaza del último
exterminio; y finalmente, por la importunidad de este, fué
sacada por fuerza del Provincial de la provincia la declaracion
de estar muerta ó perdida toda esperanza. No obstante, llegó
tambien un secreto aviso del mismo Provincial, por segura y
duplicada via, que se dirijia particularmente, y habia de
intimarse á los que fuesen capaces de secreto: que no se
arredrasen con estas amenazas, ni aun con las suyas, aunque
pareciese no tenian límite, porque eran vanos y brutales todos
estos rayos, y que no habian espirado del todo las esperanzas
que se tenian, antes bien que estaba muy cerca el
remedio.--Añadia á estas cosas una carta de un cierto asesor del
consejo, que decia: "Que todo este aparato de la junta de la
isla de Martin Garcia, y las amenazas hechas, eran patrañas ó
chismes." Fortalecidos con este aviso, los enemigos Uruguayenses
esperaban la feral sentencia, cuando se ponian amarillos, se
turbaban y se consumian con el miedo los del Paraná. Pero esta
jamas vino, estando ya Junio muy avanzado. Se sospechó entonces
que habia sido suprimida, y que, pareciendo del todo frustranea
ó vana su intencion, por no ser expedida del Consejo, tambien
habia peligro que no hubiese sido pillada y extraviada por los
indios, conmoviese sus ánimos, levantasen nuevas tropas, y las
concitasen contra el mismo Provincial, exasperando y echando á
perder todas las cosas.
41. La gente de Yapeyú avisaba aun, que 160 familias del mismo
pueblo se habian ido al Rio Negro, otras tantas al paso de las
Gallinas, ó al rio Guéguay, á servir de presidio á sus tierras y
de impedimento al enemigo, si las infestasen. Se decia que los
de la Cruz habian acometido las estancias de los españoles
Taraguis, ó Correntinos; y habiendo hecho huir los vecinos, les
habian quitado un gran número de caballos y otros animales.
Corria la voz de que los Nicolasistas tambien habian traido
cautivas algunas mugeres del rio de Santa Lucia; y aunque ya el
término de la transmigracion se pasaba, ni el año para acabarse
distaba del 15 de Julio mas que una semana, no se sentia
movimiento alguno del enemigo, aunque corria un falso rumorcillo
que los Españoles habian esparcido, de que unos exploradores
españoles habian entrado hasta los sembrados de un pueblo, y que
habian hallado desamparados los campos, y vacío el mismo pueblo:
que tambien los Portugueses no distaban de San Angel mas que
veinte leguas; sin que por el mismo tiempo faltasen varias
cartas secretas, las cuales daban indudable esperanza de que
pasaria la tempestad. Treinta Luisistas armados, con el capitan
del pueblo, salieron contra los Portugueses que estaban en el
rio Verde, para mudar sus centinelas por causa del invierno, que
con las lluvias todo lo inundaba. Cuarenta Lorenzistas asimismo
se fueron á los últimos términos de sus tierras, á fabricar un
propugnáculo en el castillo del mismo rio Phacido, volviéndose
otros tantos en lugar de aquellos. Fueron tambien enviados
exploradores, rio Uruguay arriba, porque hácia aquella parte se
vieron estos dias humear los campos, á ver si por ventura por
aquella parte se quisiese explicar el enemigo. Entretanto, vino
antes de ayer un cierto español, que decia tenia órden para
averiguar ¿porqué los indios eran tratados como esclavos y no
como libres, diciendo que la corte le habia dado esta comision?
Pero no enbalde se creia impostura ó fábula, porque no mostraba
nada de su potestad por escrito, como despues se vió claramente:
sobre todo, porque no buscaba otra cosa que hacer trato, porque
deseaba vender una gran cantidad de hierro por precio bastante
bajo, y pedia á estos pueblos muchos caballos, vacas y bueyes
para la guerra. Pero fuè en vano, porque los indios, azorados
con la guerra, antes buscaban ellos caballos y mulas que
comprar, que darlas á vender. Cuando sucedian estas cosas, Junio
se pasaba, y la fama descaramente mentia, ó fingia, que 3,000
Españoles habian salido de Buenos Aires, y otros tantos
Portugueses, de la Colonia del Sacramento, con los Capitanes
Generales de las Provincias.
42. Finalmente, no sabiéndose nada de cierto, llegó el 15 de
Julio, aquel término fatal, como decian: y hé aquí que por ambas
partes habia un profundo silencio, aunque se decia que el
Gobernador de Buenos Aires á 5 de Mayo habia salido de aquella
ciudad á los reales españoles que estaban en el paso del
Uruguay, que se dice de las Gallinas; que tambien Gomez Freire,
Gobernador Portugues del Rio Janeiro, habia movido sus reales
hácia el Rio Grande, asegurando la voz y fama, que 60 marineros
con ocho ó diez lanchas, cuyo capitan era Juan de Echavarria,
subian por el Uruguay, con el fin (como se decia) y precepto,
que poco ha se habia acordado en la isla de Martin Garcia, que á
15 de Julio acometiese el ejército español al pueblo de San
Nicolas, el lusitano el de San Angel, y las lanchas armadas por
el rio, para que estas impidiesen los socorros del Paraná, y
aquellas obligasen á transmigrar, ó mudarse á los habitadores de
estos, ó los destruyesen á fuego y hierro si se resistiesen.
Porque decian así:--que los indios y los Padres, luego que
viesen que se obraba deveras, y comenzasen á experimentar la
guerra, habian de amedrentarse, y salir al encuentro de los
ejércitos mas inmediatos, rogando ó pidiendo la paz, y con
profunda humildad entregarian las armas, les pedirian perdon de
la resistencia, y entonces se les concederia en nombre del
Monarca: pero con estas condiciones; que, se permitiese á los
ejércitos ir y discurrir por donde quisiesen: luego al punto
llevarian, ó enviarian las cosas móvibles y semovientes, dejando
á los Portugueses la tierra, campos, pueblos y pagos: pero si
hiciesen al contrario, infaliblemente todos, como si fuera uno,
habian de ser muertos á hierro y fuego. Estas amenazas, aunque
siempre pareciesen locuras á todos los de ánimo esforzado, lo
uno por el pequeño número de la tropa (porque ahora bajaba de
punto la fama su mentira) no siendo ya los Portugueses mas de
1,600: lo segundo, porque los Españoles marchaban desarmados, y
esto despues de haber pasado un desierto de 200 leguas por
tierra, en tiempo de invierno, contra 20,000 armados, (si todos
los varones tomasen las armas) que se les habian de oponer en
sus tierras: con todo, temian algunos, y clamaban los
pusilánimes _finis venit_. Estas cosas, vuelvo á decir, aunque
las divulgase la fama, ya casi se tocaba al 15 de Julio, y otro
correo trajo la noticia de que el Gobernador de Buenos Aires se
habia vuelto á dicha ciudad cercano á la muerte; que muchísimos
españoles se habian desertado; que innumerables caballos con el
invierno habian perecido; que toda la ciudad de Buenos Aires
padecia una gran seca; que algunos millares de indios del sud
(llámanse Aucás, Tueles y Pueles,) habian venido á invadir la
ciudad, y finalmente que, sabiendo esto los cristianos, estaban
ya prevenidos á obrar contra los indios. Que los lusitanos
estaban consternados por 200 de los suyos que habian sido
muertos (no sé donde) por mano de los indios. A mas de esto,
tambien que el Gobernador del castillo, que en el Yobí poco há
habia sido invadido de los indios, habia manifestado al General
Gomez, que con dificultad el habia resistido á esta invasion,
con el castillo y guarnicion, porque eran audaces y temerarios
los indios, y no temian el fuego, ni el número de soldados: por
tanto que viese con quien se ponia, y con quienes emprendia la
guerra; y que el mismo Gomez Freire ya pensaba en la paz. Que el
Provincial tambien habia pedido las mulas para venir á estos
pueblos, lo que no haria sino hubiera esperanza de paz, habiendo
mantenido, y probado muy bien en Roma, que él apenas se creia
capaz de cargar con el peso de esta provincia, estando tan
turbada. Y finalmente corria por entonces cierto rumor, que
habiendo vuelto los exploradores de Yapeyú, los cuales rio abajo
vigiaban los movimientos de los españoles, habian dicho, sin
asegurarlo, que aquel su perseguidor habia sido llevado á Lima,
_nande moangeio hare ogucrhaima Lima yape_. Se espera mas cierta
noticia de esto.
43. Fenecia el mes de Julio, cuando unos correos de Yapeyú,
volando ó corriendo, avisaron que en el salto del Uruguay se
veian 20 lanchas de españoles: que los exploradores cruzeños se
habian encontrado con los exploradores españoles, y que les
habian oido decir, que por mandado de los generales del ejército
se acercaban: que cuatro religiosos, de la familia del Seráfico
Padre San Francisco, habian de venir á Yapeyú, à las fiestas del
gran Padre San Ignacio, á mover con actividad las cosas de la
transmigracion: y habiendo llegado el teniente del corregidor de
San Nicolas, habia traido cartas del Capitan General _D. Nicolas
Ñenguirú_, corregidor de los Concepcionistas, que pedian
socorros militares ó gente armada: se determinó que despues de
la fiesta de la Asumpcion de Nuestra Señora, partiesen las
tropas de cada pueblo. Entretanto, la fama con tres correos
consecutivos consolaba los tristes, porque decia que en los
campos de Yapeyú habia llegado un escuadron de españoles, á un
pequeño pago, llamado de Jesus María, que está situado cerca de
los saltos del Uruguay: pero habiéndolo mandado parar el indio
superior del pago, y que se volviese á sus tierras, y habiendo
afirmado que sus compatriotas de ninguna suerte se habian de
mudar, y que ni los otros pueblos habian de permitir la
transmigracion, ofendidos de la libertad del indio que se
resistia, habiéndolo amarrado, lo llevaron con los suyos al
resto del ejército. Esparcido este rumor por los vecinos
estancieros, los excitó á tomar las armas, y habiendo llamado y
convocado las tropas de Charruas, Minuanes y Guanoas gentiles,
que andaban vagando por estos campos en lo mas intempestivo de
la noche, acometieron á todas las tropas de los españoles: á
algunos despojaron (se dijo que fueron 50), á otros obligaron á
huir, quitaron toda una caballada, y pusieron en libertad á los
prisioneros. Estas cosas sucedian en el Uruguay.
En el rio Phacido, los exploradores Luisistas salieron de su ya
destruida fortaleza, y acercándose á la de los Portugueses,
hicieron huir tres guardas de los caballos, que los apacentaban
junto á la misma fortaleza; y habiéndoles tirado en vano un
cañonazo desde el castillo, quitaron al enemigo una tropa de
14 caballos.
44. De Europa avisaron por Lima, que el confesor del Rey,
vencido al fin de los estímulos de su conciencia, habia
declarado al Monarca _in totum_ el estado de las cosas de los
indios: que se habia horrorizado su Magestad, y que luego al
punto habia mandado juntar el Consejo de los Proceres, y que
habia tambien convocado las Universidades á junta, para que
dijesen y examinasen, si los indios, que sin armas y de su
propio _motu_, por la sola predicacion se habian sujetado, y
rendido á su proteccion sus tierras, y si estos, así libremente
sujetos, pudiesen ser lícitamente despojados de sus tierras, y
algunos otros puntos. Todavia no se sabe el fallo de los
consejeros, pero se espera que la justicia de la causa obligará
á los jueces á dar una justa sentencia.
45. Entretanto, los pueblos situados á la otra banda del
Uruguay, con los de San Nicolas que estan de esta, juntaron á
toda prisa 11 partidas contra los Españoles que se iban
acercando: á saber, los Concepcionistas, las Nicolasistas, los
Tomistas, y finalmente los de la Cruz, los de los Apóstoles, con
los de San Carlos y San José, los de San Xavier, y tambien los
de San Borja: pero, habiendo mudado de parecer, se apresuraban á
unirse á los de Yapeyú. Demas de esto, los de los Martires, que
ahora poco há, persuadidos del cura, se habian resuelto á
marchar, se quedaron atras: así decian, pero falsamente, porque
se fueron despues en canoas por el rio Uruguay. Solo un indio,
único del pueblo de Santa María, que poco há habia sido depuesto
del cargo de capitan de dicho pueblo, con algunos pocos
compañeros, se fué á los reales de los suyos á aumentarlos, no
en número sino en ànimo: se contaban 150 de cada pueblo, y no es
bastantemente cierto si se juntaron tantos ó menos. De los demas
pueblos de la otra banda del Uruguay, se juntaron tropas
auxiliares de 25 hombres de á caballo, y 60 á pié del pueblo de
San Miguel; mas un nuevo caso ó suceso, y otros nuevos avisos,
obligaron á quedar en sus límites.
46. Era el dia de la fiesta de la Asumpcion, cuando tres
Luisistas, que poco há con astucia y perfidia habian sido
cautivados en el Rio Verde, (ó como dicen los Portugueses,
_Pardo_, siendo por ellos mas conocido con este nombre) el dia
antes de la fiesta se aparecieron en este puerto, cuando menos
los esperaban. Estos contaban las siguientes cosas, es á saber:
que despues de haber pasado dos semanas de cautiverio en la
fortaleza del Rio Pardo, los llevaban rio abajo en una lancha á
otro fuerte de los Portugueses, situado en la boca del Rio
Grande, y de aquel grande estanque, para que fuesen presentados
al Virey y autor de todos estos males--el iniquísimo Gomez
Freire. Eran 50 los cautivos, custodiados por 15 ó 16
Portugueses que los acompañaban. Por lo que, vista tan pequeña
guardia, y incitados por algunos españoles que iban allí, los
cuales dijeron que los llevaban á matar, conspiraron en matar la
guardia, y ponerse en libertad, y no prevalecieron los pareceres
de algunos que no aprobaban el motin por defecto de armas y
discordia de los ánimos. La última deliberacion fué contra los
Portugueses, y así inopinadamente acometieron à los guardas, que
acaso iban gobernando los remos y velas; y habiendo muerto al
capitan y otros dos soldados (aunque las cartas de Gomez Freire
numeraban diez, como se verá despues) salieron los demas, y
habiendo atacado con armas á los que estaban desarmados,
obligaron á muchísimos á arrojarse al agua. Navegaban por medio
del gran rio, por lo que ahogados algunos por las rápidas olas
de aquel, casi otros 20, que iban nadando, perecieron á
escopetazos. Quedaron vivos solamente 16, (no sé por que causa)
los que fueron llevados á la fortaleza, en donde, habiendo sido
examinados por Gomez Freire, los mandó volverse á sus pueblos,
con cartas llenas de quejas y amenazas. Los dos españoles que
iban presos y encadenados, no sé por que delito, fueron mandados
que acompañasen á los indios, y llevasen las cartas, y trajesen
las respuestas, si viviesen. Los primeros que llegaron con estas
noticias fueron tres Luisistas, despues otros tantos
Lorenzistas; dos Juanistas se quedaron en sus estancias, y así
mismo seis Miguelistas, de los cuales uno enfermó en el castillo
de los Portugueses, de viruelas (peste cruelísima para los
indios): otro murió de la misma enfermedad en las estancias de
San Lorenzo, en donde tambien aquellos dos españoles, como se
pensaba, acabaron la vida, lanceados. Los otros cuatro, porque
no fuese que trajesen la peste al pueblo, se les mandó se
estuviesen en los campos de sus estancias: y ya comenzaba á
cundir, porque, habiéndose muerto algunos Lorenzistas, los
Miguelistas, tomando con ansia los vestidos, trajeron la peste.
47. Demas de esto, avisaron estos recien venidos, que Gomez
Freire habia llegado al rio Verde con 30 piezas, nueve
barquillos, 2,000 soldados y 2,000 caballos: mas parecia del
todo increible este número, aunque lo afirmasen los Portugueses
con la ponderacion que acostumbran los soldados: y que otros
2,000 estaban listos en el Rio Grande ó en los Pinales; los que
se componian de hombres Paulistas, (que tienen propiedad y
costumbre de vender lo que no es suyo, á los que en el país
llaman _Gauderios_). Empero los indios, testigos oculares,
decian que apenas llegaban los soldados al número de 600 ó 700:
lo mismo referian otras cartas de algunos capitanes españoles,
que militaban entre los Portugueses, que no pasaban del número
de 1,150; que muchos caballos se les habian muerto, y
probablemente se les habian de morir todos con la seca; y que
una embarcacion de algunos artilleros se la habia tragado el
mar. Contaron ademas, que entre los soldados se iba entrando la
peste, de camaras de sangre y viruelas; tambien por este tiempo
corria el rumor, y no falso, de que seis españoles habian
llegado de Buenos Aires con nueve cartas, al pago de San Pedro,
que es de los de Yapeyú; mas que los estancieros, habiéndoles
quitados las cartas, habian muerto tres, salvándose los demas
con la huida, y estaba entre los muertos un hijo de un regidor,
que es ahora, y en otro tiempo fué Teniente General de la Ciudad
de las Corrientes, como se supo por las cartas del padre, que
inconsideradamente pedia se le diese sepultura eclesiástica, y
los arreos del caballo.