16. Estaba tranquilo el Rio Uruguay, todas las cosas estaban

[Nota del Transcriptor: Este texto digital ha conservado todas las

irregularidades en puntuación, acentuación y ortografía del libro

original.]

DIARIO HISTORICO DE LA REBELION Y GUERRA DE LOS PUEBLOS GUARANIS,

SITUADOS EN LA COSTA ORIENTAL DEL RIO URUGUAY,

DEL AÑO DE 1754.

VERSION CASTELLANA DE LA OBRA ESCRITA EN LATIN POR

EL P. TADEO XAVIER HENIS, DE LA COMPAÑIA DE JESUS.

1836.

DISCURSO PRELIMINAR AL DIARIO DEL P. HENIS.

Los esfuerzos combinados de dos grandes potencias europeas no

bastaron para dar cumplimiento al tratado de 1750, que debia

deslindar sus vastos dominios en América. A las representaciones

respetuosas de los PP. de la Compañia de Jesus, que llevaban á

mal la cesion de sus misiones orientales, sucedieron los

alborotos, que pronto acabaron en una general insurreccion.

Los preliminares de este tratado habian sido ajustados

secretamente con el rey Juan V contra el voto de sus ministros,

que tenian por mucho mas importante la conservacion de la

Colonia del Sacramento, que la adquisicion proyectada en las

màrgenes del Uruguay. Pero Josè I, que se adheria à las miras de

su padre y predecesor, autorizó á Gomez Freyre de Andrade,

Gobernador y Capitan General de Rio Janeiro, para la entrega de

la Colonia; mientras que el Marques de Valdelirios llenaba los

compromisos contraidos por S.M. Católica, segundado por el P.

Altamirano, que venia tambien en clase de comisario.

Luego que se traslucieron en Còrdoba las clàusulas de este

tratado, el P. Barreda, provincial entonces, reuniò una consulta

para exponer al Virey y à la Audiencia los perjuicios que se

inferian à los derechos de la Corona, de la Compañia, y de los

pueblos. El P. Lozano, que fuè encargado de redactar este

oficio, nada omitiò para producir el convencimiento, y el P.

Quiroga, que disfrutaba del concepto de gran _cosmógrafo_, formó

un mapa, en que (segun se dijo) desfigurò el terreno, para hacer

mas irresistibles los argumentos de los consultores.

Estos manejos, y el poder de los PP. Misioneros sobre sus

neòfitos, los expusieron al cargo de haber fomentado, ó

favorecido la insurreccion de los indios. Concurrian á acreditar

esta especie los sucesos del Parà y del Marañon, donde un

comisario del Rey de Portugal, en circunstancias idénticas,

hallò los mismos obstáculos en el norte, que Valdelirios y

Freyre en el sud. No se llegó à empuñar las armas, porque no

habia pueblos que ceder, ni territorio que evacuar; pero se

negaron los auxilios, se trabaron las operaciones, dejando

yermos los parages por donde debian transitar los demarcadores.

Funes, que registró los archivos del vireinato, refiere, que en

la entrevista que tuvo el capitan Zavala con el cacique _Sepé

Tyaragú_ en el pueblo de San Miguel, dijo este "que circulaba en

aquellos pueblos una carta del Gobernador de Buenos Aires,

dirigida al Superior de las Misiones, ordenando à los indios _el

empleo de la fuerza_ en defensa de su territorio, y à no

permitir la entrada à ningun portugues: enfin, que _aquellas

eran las instrucciones que tenian de sus doctrineros_."[1]

Esta declaracion se halla confirmada en varios lugares del

diario de Henis, que descubren el error en que vivian los PP.,

que "los indios harian un gran servicio al Rey, si se defendian,

oponian y resistian con todas sus fuerzas, mientras llegaba de

Europa la providencia que se esperaba."[2]

En el mismo sentido se expresaba el P. Rávago, confesor del

imbecil Fernando VI, asegurando al Superior de los Misiones, que

el Rey, víctima de las intrigas de su consejero Carvajal, autor

del tratado, no se le habia opuesto hasta entonces por

pusilanimidad é ignorancia.

Entretanto la insurreccion, que cundia en los pueblos de

Misiones, no dejaba mas arbitrio que el de la fuerza para

sofocarla. En una junta que se celebró en la isla de Martin

Garcia entre Valdelirios, Gomez Freyre, y Andonaegui, Gobernador

de Buenos Aires, se acordò que, á mas de los cuerpos veteranos

de la guarnicion, se convocarian las milicias de Montevideo,

Santa Fé y Corrientes, á las que se reunirian 1,000 Portugueses

y un competente nùmero de vecinos, para llevar la guerra á los

pueblos insurreccionados.

En estos preparativos se invertieron algunos meses, hasta que á

principios de Mayo del año de 1754 se abriò la campaña, al mando

de Andonaegui, que debia ocupar el punto central de San Nicolas,

mientras Freyre, con otro trozo de tropas que se organizaban en

el Rio Grande, atacaria el pueblo de Santo Angel, situado en el

borde exterior del Yguy-guazù.

Para agotar todos los medios de conciliacion de que podia

hacerse uso sin menoscabo de la autoridad real, se hizo preceder

al ataque un parlamentario, que debia hacer las ùltimas

amonestaciones à los rebeldes, por medio del cura de Yapeyù à

quien fuè dirigido.

Pero el conductor de este oficio tuvo la desgracia de caer en

manos de una partida de sublevados, que lo inmolaron en compañia

de otros cinco hombres que lo escoltaban. Este crímen hizo

imposible todo avenimiento, y el ejèrcito, que habia hecho alto

en las costas del Ygarapey, avanzò hasta el Ibicuy, por caminos

intransitables, y en el rigor del invierno. La falta de pastos,

y la extenuacion que causó en los caballos, obligaron el

ejèrcito español à retroceder hasta el Salto-chico, y este

movimiento retrogrado, al romper las hostilidades, envalentonó à

los indios, que le salieron al frente para hostilizarle.

Por otra parte Gomez Freyre se habia enredado en los bosques del

Yacuì, donde supo la retirada de Andonaegui; mientras los

sublevados, cuyo mayor odio era contra los Portugueses, fueron à

desafiarlos hasta el rio Pardo. Estos ataques parciales, cuya

victoria se atribuian los gefes aliados, acabaron en un

armisticio que no tuvo á menos Gomez Freyre celebrar con los

caciques en su campamento del rio Yacuí.[3]

Irritado por tanta cobardia è impericia, el Brigadier D. Josè

Joaquin de Viana, Gobernador de Montevideo, volò al campamento

de Freyre á instarle para que rompiese cuanto antes estas

treguas vergonzosas. Las palabras de este bizarro oficial

despertaron el valor de sus compañeros, que, bajo su direccion y

auspicios, derrotaron en un primer choque à los indios cerca de

Batovì, en donde el mismo General derribó de un pistoletazo al

famoso caudillo _Sepé_.

Sucedió en el mando de los sublevados el corregidor, ó cacique

del pueblo de Concepcion, Nicolas Nanguirù, mas conocido en la

historia de estos tumultos bajo el nombre de NICOLAS I, que se

dijo haber tomado con el carácter de rey.

Viana, que despues de la accion de Batovì, marchaba al frente de

los españoles y lusitanos en nùmero de 2,500, volviò á arrollar

à los indios al pié del cerro de Caybaté, donde le aguardaban

con cerca de 2,000 combatientes. Al dia siguiente ocupò el

pueblo de San Miguel, ó mas bien sus escombros, por haber sido

desamparado y reducido à cenizas; y desde este punto intimò la

rendicion á los demas pueblos, que todos se sometieron, excepto

el de San Lorenzo, que solo cediò á la fuerza: confirmando con

este último rasgo de obstinacion las sospechas que se tenian

formadas sobre la cooperacion de los misioneros, siendo cura de

este pueblo el mismo P. Tadeo Xavier Henis, autor del diario,

cuyo autógrafo se halló en su escritorio.

De este modo terminó una guerra que inspirò vivas alarmas à las

cortes de Madrid y de Lisboa, acostumbradas á ver obedecidas

ciegamente sus òrdenes, y á mirar à los indìgenas como á la

clase mas abyecta de sus subditos. Despues del gran

levantamiento de los Araucanos al fin de la XVI.'ta centuria,

ningun acto de insubordinacion habia turbado las colonias, cuyo

sosiego se tenia por inalterable. Y realmente la resistencia de

los indios _Guaranís_ no arrancaba de un espíritu de sedicion,

sino de _un sentimiento de fidelidad_ que la hacia mas

obstinada. Así es que el autor del diario, hablando de los

rumores que circulaban en las Misiones durante la lucha,

esclama: _¿Quien creyera que las cosas de los indios estén en

tal estado, que para servir al Rey sea necesario tomar las armas

contra él mismo._[4]

Si los PP. Misioneros fueron autores, ò víctimas de este engaño,

no es facil decidirlo; pero las càbalas que ya empezaban à

urdirse contra la _Compañia_, deben inspirar desconfianzas hácia

todos los cargos que se le hicieron en aquella época. Cierto de

que ellos conservaron hasta el último desenlace la esperanza de

ver anulado el tratado, y continuaron arreglando los pueblos

como si nunca debieran abandonarlos. Cuando las tropas del Rey

entraron en San Luis se trabajaba en rematar los dos hermosos

gnomones que construyeron los PP. en el corredor de su huerta, y

en el pueblo de San Lorenzo quedó á medio dorar el altar de San

Antonio.[5]

Estos pormenores pueden servir para disculpar à los Jesuitas de

la complicidad que se les atribuye, y de un modo mas convincente

que la fastidiosa repeticion que hace Funes de las alteraciones

que notó Muriel en la version castellana de este diario

por Ibañez.

Si el concepto de la secreta oposicion del Rey al tratado no es

bastante justificacion para los que lo atacaron, tampoco podrán

librarles de la nota de rebeldes las correcciones tan

laboriosamente hacinadas por el continuador de Charlevoix para

restablecer el texto de Henis. Por mas que se comenten estas

_Efemerides_ nunca se llegará á desmentir por este lado lo que

tan candidamente expresa el autor en cada uno de sus párrafos.

Sin embargo, no es posible negar el mal uso que hizo Ibañez de

este documento, en la formacion de su obra, titulada: _El reino

jesuítico del Paraguay_.[6] Expulso del Colegio de Buenos Aires

poco despues de la celebracion del tratado de 1750, este

individuo se ofreció al Marques de Valdelirios para

suministrarle los conocimientos adquiridos sobre el estado de

las Misiones, y las miras de los que las administraban. En estas

revelaciones era natural que le guiase un espíritu de rencor, y

que acreditase, en cuanto le era posible, el plan de usurpacion

que se atribuia á los Jesuitas. Valdelirios, que estaba

prevenido contra ellos, sobre todo despues de la insurreccion de

sus pueblos, acogia con deferencia estas especies; y alentado

Ibañez por esta proteccion, atacò con mas descaro á sus antiguos

hermanos. No contento con la zizaña que habia sembrado en Buenos

Aires, pasó á Madrid, donde las recomendaciones que llevaba, y

los servicios que habia prestado, le pusieron en contacto con D.

Ricardo Wall, sucesor de Carvajal, y comprometido en todos

sus planes.

Las circunstancias no podian ser mas à propòsito para favorecer

las miras de este ex-claustrado. Sus cargos, que en cualquier

otra época se hubiesen mirado con el desprecio que inspira un

sentimiento de venganza, trillaron el camino á otros ataques,

que acabaron con la ruina de la Sociedad que le habia repudiado.

Pero no se consiguiò por esto dar cumplimiento al tratado; y se

tuvo por fin que echar mano de la fuerza para desalojar á los

Portugueses de la Colonia del Sacramento:[7] y del mismo

arbitrio se valieron los Lusitanos para apoderarse muchos años

despues de las Misiones Orientales.[8]

Entre tanto estas dos campañas, á las que los escritores

españoles dieron enfaticamente el nombre de _primera_ y _segunda

guerra guaranítica_, como si en algo se parecieran á las

_púnicas_, hicieron derramar mucha sangre, y costaron à la Corte

de Lisboa, (segun lo asegurò el Ministro Souza Coutiño en la

memoria que dirigió al gabinete de Madrid en Enero de 1776)

veintiseis millones de cruzados, y no creemos que fueron

inferiores los sacrificios de España.

Una parte de la historia de estas desavenencias se halla en la

correspondencia oficial de los Comisarios de las dos Coronas, y

otra en el diario que publicamos, valièndonos de una version

distinta de la que emprendió y publicò Ibañez. La debemos á la

amistad del Señor Dr. D. Leon Vanegas, que la conservaba inèdita

entre sus papeles.

_Buenos-Aires, 2 de Setiembre de 1837._

PEDRO DE ANGELIS.

DIARIO DE HENIS.

1. A mediado del mes de Enero del año de 1754, confederados á

los Guaranis los Guanoas gentiles, que diligentemente egercian

el oficio de exploradores, hicieron saber á todos los habitantes

de los pueblos, que à las cabeceras del Rio Negro se veia un

numeroso escuadron de Portugueses. Con esta noticia se tocò al

arma por todas partes, se despacharon por los pueblos presurosos

correos, se hicieron cabildos, se tomaron pareceres, y

unánimemente proclamaron que debian defenderse.

2. El dia 27 de dicho mes salieron armados del pueblo de San

Miguel 200 soldados á caballo à recoger la demas gente de sus

establos, ò estancias, hasta llegar al nùmero de 900. Despues

siguieron 200 del pueblo de San Juan, y otros tantos de los

pueblos de San Angel, San Luis y San Nicolas, con 80 de San

Lorenzo: de suerte que todos eran 1,500, y fueron repartidos

para defender los confines de sus tierras.

3. Mientras se disponian estas cosas cuidadosamente, el dia 8 de

Febrero se avisò de las estancias vecinas de San Juan, que estan

á las orillas del Rio Grande, por los indios de Santo Tomè que à

la sazón en sus montes fabricaban la yerba segun acostumbran,

que no lejos de ellos habia gran número de gente portuguesa, y

que amenazaba de muy cerca á los pueblos, porque apenas distaban

20 leguas de ellos.

4. Casi al mismo tiempo avisaron de las estancias mas remotas de

San Luis, las cuales estan à las orillas del mismo Rio Grande,

lìmite antiguo de division entre las tierras guaranis y

portuguesas, que se veia un trozo de enemigos portugueses, que

ya habian pasado el rio en algunas barcas y canoas, y que en un

bosque vecino habian construido dos grandes galpones, y que

tenian tambien muchos caballos y armas. Habiendo yo sido

llamado, marché al socorro de los estancieros de los

circunvecinos campos y de otros pueblos, y tambien para que se

transfiriese á tiempo à aquel parage el egército que habia

salido de los pueblos contra los invasores, y estar así

apercibidos para resistir unánimemente á todos los enemigos.

5. Tambien se esparció por entonces cierta voz, que así como

alegró los ànimos de los soldados, los encendió y levantó à

esperanzas de mayores cosas. Decia esta, que doce carros con

alguna gente, pertrechos y caballos, habian pasado el Rio

Uruguay, en el paso que llaman _de las Gallinas_, pero que por

los confederados bàrbaros, Charruas y Minuanes, parte habian

sido heridos, parte dispersos y muertos: que los animales habian

sido retirados lejos y los carros quemados. Parece que dicho

rumorcillo no era del todo vano: porque, volviendo un alcalde de

Santo Angel de las tierras de sus estancias, lo contaba así como

lo habia oido á algunos de los confederados vencedores, que

acabàban de llegar.

6. Alegres y alentados con uno y otro aviso, se alistaron nuevos

reclutas; y despues de haberse fortalecido con el sacramento de

la penitencia y de la eucaristia, por espacio de tres ó cuatro

dias, 200 del pueblo de Santo Angel, (porque á estos amenazaba

el peligro de mas cerca) revolvian las antiguas memorias, de que

pocos años antes por este mismo camino, cierto portugues habia

penetrado hasta su pueblo, à quien, aunque los estancieros

compatriotas conocian, ahora sospechaban que fuese espia.

Tambien salieron armados casi 200 de cada uno de los otros

pueblos, y hallaban 100 del pueblo de Santo Tomè en el mismo

sitio haciendo yerba, y 60 del de San Lorenzo juntos en la misma

faena, que con los estancieros vecinos componian un ejèrcito de

casi 1,200 hombres.

7. Mientras se preparaban á esta expedicion el domingo de

Septuagésima, (era muy de mañana) uno me habló en nombre del

capitan del ejército, y pidiò fuese con ellos por procurador y

médico espiritual. Me escusé de esta carga por las conocidas

calumnias, que los Portugueses y Españoles acostumbran forjar,

como poco há me lo habia enseñado la experiencia: empero,

considerando que si acaso alguno del ejército adolesciese en el

camino de alguna grave enfermedad, ò se postrase con alguna

herida, habia de ir luego al punto á confesarlo, si me llamasen,

condescendí, por tener la cierta y suprema vicaria potestad de

Christo. Juzgaron los capitanes que tenian en sí dicha

autoridad, para que ninguna alma sea privada de los sacramentos,

y salvacion sin culpa proporcionada, y así disponian la

expedicion, limpiàndose de las manchas internas de los pecados.

8. Finalmente, habiendo salido de sus pueblos hácia los montes

de los yerbales, à tres dias de camino los mas cercanos, otros

llegaron de partes mas remotas: mas luego que oyeron que el

rumor del enemigo habia sido falso, habiendo enviado

exploradores, corrieron estos toda la tierra, y no habiendo

hallado vestìgios algunos de enemigos, sino solamente algunos

fogoncillos, dejados de los bàrbaros, y habiendo averiguado que

el rumor sobredicho habia sido esparcido mañosamente por los

indios fugitivos de Santo Tomè que estaban haciendo yerba, se

restituyeron à sus propios pueblos: aunque es de advertir que

despues los mismos Portugueses confesaron que 200 Paulistas de

los pueblos circunvecinos se habian acercado: pero que vista de

las copas de los àrboles la multitud de los indios, se

habian retirado.

9. La noticia de haber tomado aquellos doce carros y cañones no

se confirmaba, la mentira con el tiempo se iba olvidando, y

ninguna confirmacion venia de las estancias de San Luis.

10. El dia tres de Mayo por la noche llegó un correo que avisò,

que los soldados de San Luis y San Juan, habian acometido á los

fuertes que los Portugueses tenian ya hechos de estacas en el

Rio Grande: pero que les saliò mal su intento, porque habiendo

los nuestros acometido al amanecer del veinte y tres de Febrero

el pago de los Portugueses que ya estaba fortificado, estos

huyeron al principio, pero habiendo despues vuelto sobre los

indios que estaban entretenidos en los despojos, mataron á

escopetazos à 14 Juanistas y á 12 Luisistas, y los obligaron à

huir, habiendo muerto tambien algunos de los Portugueses. Cuando

se retiraron los indios, volvieron à oir por otra parte los

fusilazos, y sospecharon que los lorenzistas estaban en accion.

Se esperaba mas estensa noticia de todo, pero despues se

esparciò por los pueblos un rumor lamentable.

11. Tambien por este tiempo se avisò que en los campos de Yapey

se veian 800 españoles, y que habiendo huido los estancieros, se

habian apoderado de los rebaños de ovejas. Se dudó de la verdad

de este caso, y los capitanes de los demas pueblos se juntaron

en consejo con el de la Concepcion (que era entonces el

supremo): mas, lo que se acordó, quedò ignorado.

12. Ya se hablaba con mas fundamento de la accion de los

Luisistas, de cinco años à esta parte, en un extremo de las

tierras de San Luis: entre los rios Grandes, Verde, Yacuí y

Guacacay, los Portugueses se habian establecido en un bosque, y

habian edificado un pueblo de bastante nùmero de casas, sin

noticia de los dueños de la tierra, que á corta distancia

apacentaban sus ganados: y aunque muchas veces habian sido

enviados á explorar tierras, nunca llegaron à aquellos tèrminos,

ya por lo vasto de aquel territorio, ya por su innata pereza.

Ahora finalmente en esta variedad de cosas, habiendo descubierto

los mas vigilantes dicha colonia enemiga, y habièndola

explorado, fueron à atacarla 110 Luisistas, y casi 200

Juanistas. Emprendieron la expugnacion el dia 22 de Febrero; la

noche del 23 se arrimaron à ella, y hecha irrupcion al amanecer

facilmente pusieron en huida à los moradores, que estaban

desprevenidos. Habièndose apoderado del pueblecito, entraron en

las casas, y se ocuparon del botin, dejando las armas.

Entretanto el enemigo que habia huido, volviò sobre los que

estaban entretenidos en el saqueo y sin armas, y les obligò á

ceder otra vez el pago, porque con el rocìo de la noche, y con

haber pasado los rios á nado, se habian inutilizado las

escopetas, no pudiendo tampoco manejar las lanzas por la

espesura del bosque. Sacadas pues de las casas sus armas,

atacaron á los indios, y les obligaron á cederles el paso, para

retirarse à sus reales. Murieron de una y otra parte algunos: de

los indios 22, entre los cuales fué uno el Alferez Real de San

Luis (capitan valeroso de los indios) que, desamparado de los

suyos y peleando valerosamente hasta el ùltimo, fuè aprisionado

por la muchedumbre, y habièndole atado las manos, murió lanzeado

por los enemigos que cargaron sobre él. De los Portugueses

parece que murieron 12, quedando los demas heridos levemente, y

de los nuestros salieron heridos 26. Volvieron 16 Luisistas para

observar el movimiento del enemigo y tambien para enterrar los

muertos, aunque fuese por fuerza. Los demas se retiraron à sus

tierras y poblaciones, esperando nuevos socorros. Tambien el

resto de los Luisistas volvió à su pueblo, no sé si de

verguenza, si de temor, ó por alguna mùtua disencion.

13. Despues en el mismo pueblo se alistaron nuevas reclutas, y

porque acaso, como los prisioneros que perecieron en la guerra,

no fuesen desamparados de médico espiritual, llamaron para el

socorro de sus almas à aquel que por el mismo tiempo habia hecho

la mision de Cuaresma en aquel mismo lugar. Consintió este á tan

piadosas súplicas, recargado sin duda de los remordimientos de

su propia conciencia, y tomando á su cuidado la vida y almas de

aquellos indios que estaban en peligro. Luego que volviò à su

pueblo, se previno para el camino, y partió á las estancias que

estan á la falda de la montaña. El dia 3 de Marzo le siguió

despues un escuadron armado, aunque con paso lento, atendiendo à

la debilidad y fatiga de los jumentos, y formó el campo à 12 de

Abril en los rios Guacacay, Grande y Chico. Pasaron el rio los

capitanes de San Luis con los de San Juan cerca de su boca, para

avisar à los de San Miguel, que viniesen en su auxilio, porque

era necesario cargar al enemigo con mucha gente, ya que por la

situacion era superior y mas fuerte. Pero, discordando los

confederados, redujeron su negocio é interes comun á contienda,

porque estos desde su colonia de San Juan, todavia resentidos de

los Luisistas, por un reciente escàndalo ó tropiezo, y por no

haberles pedido y rogado la alianza para el asalto que se

acababa de hacer; y ofendidos ahora por el modo en que los

habian convocado, se arrojaban mútuamente chispas de discordias.

Aquellos reprochaban à los mismos dueños de las tierras el

haberse realizado casi toda la sobredicha invasion poco

favorablemente, por haber sido los primeros que habian huido, y

dejado en el peligro á sus compañeros; y por lo mismo reusaban

volver otra vez à probar fortuna.

14. Se negoció con unos y otros: con estos de palabra, con

aquellos por escrito, para que se concordasen y uniesen sus

ànimos y las armas, casi con este cúmulo de razones: "Que no era

tiempo de civiles disenciones, estando un enemigo extrangero à

la puerta: que los hermanos las mas veces discordan para

deshonra suya, cuando mas urge el mal que los amaga: que se

debian unir las fuerzas para que cada una de por sí no fuese

otra vez desecha, y por una funesta disencion creciese al

enemigo vencedor la audacia y soberbia: que las saetas una por

una son fáciles de romper, pero no siendo unidas: cuando se

quema la casa vecina, todo ciudadano acude al socorro, y así

como abrasándose una casa, toda la ciudad se volveria á cenizas

si los ciudadanos ó vecinos no las defendiesen, asì les sucedia

á ellos." Estas y otras cosas semejantes les fueron propuestas,

y pareciò que se apaciguasen los ànimos. Añadió no poco peso una

carta que llegò del cabildo de San Juan, la que persuadia á la

union, y à la obediencia á entrambos capitanes.

15. Se esperaba de los Miguelistas, ó un escuadron auxiliar, ó

sus respuestas. Tambien se decia, que los Nicolasistas y

Concepcionistas ya venian: los Lorenzistas se escusaban de no

haber venido antes de ayer, atribuyéndolo á la larga distancia:

los demas preparaban sus armas, y habiendo sido enviados algunos

á explorar, observaron la marcha y movimientos del enemigo, y

con ansia pedian se juntasen prontamente todas las legiones.

Mientras esto se decia, se avanzaban hácia el Rio Grande, á

quien los indios llaman _Igay_, esto es, amargo.

16. Estaba tranquilo el Rio Uruguay, todas las cosas estaban en

silencio de parte de los Españoles, y aquel grande aparato

bélico se quedò en proyecto; ni el invierno que ya habia

empezado, permitia otra cosa. De la junta reciente que se habia

celebrado, salieron por embajadores á los de Yapeyú, de cada uno

de los pueblos de la otra banda del Uruguay, y tambien á algunos

mas remotos, los principales caciques: porque como corrió la

fama que los ánimos de aquellos moradores estaban discordes, y

que unos con los pròceres, se inclinaban con unánime sentir à la

confederacion para reprimir al enemigo, y otros con el capitan

del pueblo, no querian tomar las armas, fueron allí para renovar

y promover la alianza, y atraer à su partido al capitan con todo

el pueblo. A la verdad que estuvo oculto el egèrcito, pero esta

embajada llenó de gozo á una y otra curia ó consejo: uniò los

pròceres con el capitan, y al pueblo con los próceres, y

portàndose á su modo magníficamente, se volvieron à sus propios

lugares, formada y pactada la confederacion: y juntamente

contaron por cierto, que no se veia enemigo alguno, y sí

solamente algunos ladrones y espias, que habian sido muertos y

despojados de todas sus caballerias.

17. Por este tiempo el cura de San Borja, habiendo sido llamado

poco há por los superiores, y habiendo sido enviado al de la

Trinidad, se decia que tambien habia bajado por el Paranà á las

ciudades de los españoles, y que otro habia sido puesto en su

lugar; despues que primero el cura de San Josè por algun tiempo

cumplió allì una comision y pesquiza secreta. Estas cosas

sucedian en la frontera de los Españoles.

18. Y volviendo á los nuestros, y á los Portugueses, se

acercaban ya los Miguelistas con su capitan, que poco há se

habia retirado de los otros pueblos, (este era Alejandro,

vice-gobernador de San Miguel) y la cierta venida de aquellos la

publicaba la fama, y la confirmaba ò testificaba Sepé, uno de

los mas famosos centuriones.

19. Entretanto se celebraba en el campo la semana santa con la

devocion posible; y cumplidas las ceremonias y ritos de la

iglesia, que el lugar y tiempo permitian, de la Conmemoracion de

la Pasion Santìsima del Señor, al tiempo que en las iglesias

cantan solemnemente el _Alleluya_, aparecieron dos piezas de

artilleria con sus guardas y custodias. Bajando despues de los

collados, y formados los escuadrones debajo de seis banderas,

presentaron mas de 200 hombres. Saliéronles al encuentro los

escuadrones Luisistas con sus dos banderas, y saludándose

mútuamente, llevando su Santo Patron y otras imàgenes de santos,

(los que esta gente acostumbra traer siempre consigo) à una

capilla hecha de ramos de palma, y habiendo corrido los

caballos, y hecho á su usanza ejercicio de las armas, se fueron

à un parage cercano, y se acamparon en lugar señalado para

los reales.

20. El dia siguiente, que era el de la Resurreccion del Señor, y

12 de Abril, celebrada antes la solemnidad, (es à saber, con

procesion y misa solemne) uno de los capitanes se fué à los

Juanistas, los que, aunque estaban vecinos, no acabàban de

llegar, y dijo, que vendrian al dia siguiente, esto es, el

tercero de Pascua. Impacientes los Miguelistas de la tardanza, y

estimulados con las antiguas disenciones, reusaban esperar, y

estuvieron firmes en tomar solos con los Luisistas el camino

hácia los enemigos.

21. Se les exhortò con razones ya sagradas, ya politicas: es à

saber, ser dèbiles las fuerzas que no corrobora la concordia:

que esta nunca la habria si se buscaban nuevos motivos de

desavenencia; que no se debia solamente confiar en las propias

fuerzas contra un enemigo que, aunque inferior en nùmero, les

aventajaba en el sitio, la destreza de las armas de fuego y la

experiencia: que eran vanas tambien todas las fuerzas de los

hombres, y vana la multitud, si el Señor de los ejèrcitos que

nos fortalece no las protege: que entonces no hay esperanza

ninguna de victoria: que Dios aborrece las enemistades: que se

ahuyenta con las discordias, y se enajena ó pone uraño con las

disenciones. El mismo predicador puso por egemplo su

sufrimiento, que habia esperado por espacio de dos meses; y así

esperasen un dia, los que habian sido esperados por meses.

Callaron los capitanes, y consintieron esperar hasta el dia

postrero de Pascua.

22. Los Lorenzistas volvieron otra vez con sus escusas,

esponiendo la debilidad y cansancio de sus caballos, y por tanto

decian, que enviarian 30 soldados al socorro, que ellos se

defenderian por sus tierras, y por otra parte pelearian con el

enemigo. Pareció frívola la escusa, porque los otros habian

andado mas largos caminos en caballos asimismo cansados; ni

parecia que se debia contemporizar con los animales, estando en

peligro la tierra. Y por tanto no se admitió la escusa, y se les

avisò que si tardaban, custodiasen ellos sus casas, y mirasen á

lo porvenir. Tampoco pareció oportuno esperarlos, porque como

estuviesen los demas distantes ò retirados, habian de causar una

tardanza perjudicial, ni tan poquita gente (eran cerca de 60)

podia dar tanto socorro para indemnizar el daño que se juzgaba

causaria su tardanza.

23. Era ya el dia que debian llegar los Juanistas, y aun se

habia pasado, y con todo no parecian, no obstante su campo

apenas distaba tres ò cuatro leguas. Poco despues de mediodia,

llegò del paso de San Juan el Alcalde de primer voto, que era

enviado por el cabildo y los pueblos, para que tomase el

gobierno en lugar del alferez real, quien mandaba su

destacamento, y era el cabeza y caudillo de las disenciones; lo

que ya se habia hecho saber à aquellos que mandaban en el

pueblo. Luego al punto fué despachado, y se le encomendò diese

priesa á los suyos: vino finalmente con algunos de ellos despues

de visperas, y fué recibido como antes de ayer, de los

Miguelistas. Pero se traslucia en todos su mal ánimo, porque

venian sin banderas, sin pompa, y con un triste silencio; y la

misma alma de la guerra, que son los tambores y trompetas,

apenas resonaban. Con eso se ajustaron despues de visperas, y

cada uno dió sus consejos, y pareció que todos conspiraban à una

misma cosa.

24. Despues al dia siguiente, que era el 17 de Abril, al salir

el sol, invocaron el Santo Espíritu del Señor con una misa

solemne, y del modo que permitia el tiempo: no faltaron quienes

se fortaleciesen con el sacramento de la penitencia y comunion.

Despues hecha señal, enlazaron los caballos, los ensillaron,

quitaron las tiendas, fueron à la capilla, y se ofrecieron al

Señor con las oraciones y ritos que acostumbra esta gente.

Finalmente á la falda del collado se formaron los escuadrones,

pasaron revista, los numeraron, y no pareciò estaba entero ò

cumplido el ejército, porque aun no habian pasado el rio los

escuadrones de San Juan, ni los que estaban allí salian de sus

reales, demostrando su ànimo no aplacado bastantemente. Los que

entonces estaban presentes, pareciò que llegaban al nùmero de

200, debiéndose aumentar á 500 mas, luego que se juntasen todos.

Entretanto se emprendiò el camino con alborozos, à son de

trompetas y cajas.

25. Pasado el rio Guacacay Chico, al pié de las mismas montañas,

se hizo noche siete leguas distantes de la estancia de San

Borja: la siguiente se hizo pasados los cerros de _Araricá_.

Habiendose llegado á este sitio, salieron al encuentro los

exploradores, los que allì fijaron un palo, y trajeron por

novedad que el enemigo habia fortificado el bosque con faginas y

garitas de tierra, y que no pasaban el número de 50 hombres:

empero apenas supieron decir cosa cierta. Se les mandó

expusiesen todo lo que sabian; y habièndoseles pedido despues à

los capitanes su parecer, dijeron que nada importaba, que ellos

irian intrèpidamente confiados en el divino auxilio, en la

justicia de su causa, en la muchedumbre de su gente, y tambien

en la calidad de su artilleria, mayor que la del enemigo. Se

hizo alto en el mismo lugar. Con todo eso, la sospecha que

recientemente se tenia de algunos de los pueblos, (es à saber

que habia entre los Luisistas uno que tenia secreto comercio con

el enemigo) parece que se confirmaba: porque la noticia de las

cosas exploradas del enemigo, habiendo solo distancia de casi

tres dias de camino; las continuas quemazones de los campos,

hechas por los exploradores hàcia los enemigos, y la misma

tardanza en el andar de aquí, daban algun crédito à lo que se

decia. Pareciò á los capitanes que debian acreditar esta

sospecha, lo que se egecutó. Mas los Luisistas dieron claro

indicio de su disgusto, cuando al dia siguiente, despues que se

hizo el camino de casi siete leguas, acampamos en las orillas

del rio Yaquí ò Phacito; porque entonces el capitan de aquel

pueblo ofreciò que èl formaria el último escuadron, y mas

distante del rio, y de esta suerte mejor se cortaria à los suyos

cualquiera comunicacion que tuviesen con el enemigo. La

disposicion fuè buena, pero la razon que se dió, manifestó el

ànimo resentido del que la alegaba, porque "así (añadiò) mejor

se conocerà cual sea nuestra culpa."

26. En el mismo lugar se presentò uno de los que mandaban la

artilleria, y dijo no haber provision de pólvora mas que para

cuatro tiros de artilleria: y este aviso causó no poco cuidado,

porque pedir ahora la pòlvora á los pueblos, parecia imposible,

estando distantes 100 leguas; y era verguenza, estándose ya

cerca del enemigo, faltar el alma de los cañones, y mostrar las

piezas mudas que no tronarian mas que una vez. Se pidió el

parecer del capitan superior, mas este afirmaba que habia 17

cargas, y para cada cañon cuatro; y aun mas, fueron traidas:

entonces se vió claramente la mentira del artillero; con todo se

sentia la poca providencia que se habia tenido en esto.

27. El sàbado _in albis_ se empezó á pasar el rio Phacido ó

Yaguì, y fué hallado mayor que lo que se habia pensado: porque

en aquel lugar es mas ancho que todos los rios que corren entre

estos pueblos, si se exceptuan el Paranà y el Uruguay: por tanto

se tardò en pasarlo, y apenas este dia lo transitaron los

Miguelistas.

28. Al otro dia, por una grande lluvia, con dificultad pasaron

los Luisistas; y los Juanistas, como todavia esperasen socorro

de los suyos, determinaron pasar con el ùltimo escuadron, y asì

impedidos el lunes con la misma lluvia, cerca del anochecer lo

vadearon à nado, llevando à hombro sus cosas.

29. Por este tiempo, pasado el Domingo, nuestros exploradores, à

quienes por seguridad se mandó vigiar el campo, hallaron cinco

exploradores Lorenzistas, que llegaron á los reales despues de

visperas. Dijeron que tambien los suyos pasaban el rio unas

pocas leguas distantes de aquì; y que tambien ellos habian de

ser compañeros del ejèrcito en el camino. Uno de estos, à la

primera noche, cuando todos dormian cerca del bosque, llegò

herido terriblemente en la cara por un tigre: curósele, y

habiendo sido enviado al pueblo, los demas se fueron à los suyos

á avisarles la llegada del ejército.

30. El Martes, habiéndose disipado el granizo y la niebla, se

encaminaron ocho leguas, desde las orillas del Rio Yaguí hasta

el Rio Curutuy; y allí se acampó á la vista de un peñasco del

monte San Miguel, llamado del Lavatorio por los Ibiticaray. La

figura de este peñasco es del todo admirable, porque como desde

su raiz se eleva suavemente, de repente se levanta hasta la

cumbre, y en el remate se endereza á manera de pared.

31. Miercoles 22 de Abril: aunque estuviese malo con garua y

nubes, vistas las orillas del rio, lo hallamos crecido de tal

suerte, que no teniendo en otras ocasiones apenas cinco pasos de

anchura la puente que era indispensable echarle, se debia

estenderlo á sesenta. Se fabricó dicho puente con palos clavados

en el arroyo, afianzados estos pértigos con varas, y sobre estas

se entretejieron otras á lo largo: y así dieron paso á la gente.

Por este puente, fabricado á toda priesa, las cuatro piezas de

artilleria se transportaron primeramente en hombros de los

indios, y despues todo el tren de armas y caballos: hubieras

visto con risa á un muchacho indio pasar á la otra parte su

perro sobre los hombros. Pero la mayor dificultad y trabajo fué

pasar las tropas de caballos, bueyes y vacas, que eran mas de

3,000; porque como el arroyo era rápido, y poblado en el medio

de muchas malezas y arbolillos, á los que nadaban, ó del todo

los arrebataba, ó los enredaba, y tambien los sorbia y ahogaba.

Se echaron pues al arroyo, por una y otra parte, veinte

nadadores, que impelian, arrimaban y forzaban con las voces y

manos á los caballos, mulas y otros animales, hasta tanto, que

todo aquel gran número hubo pasado el rio. Al mediodia estuvo ya

todo el egército en la otra banda, y caminadas aun el mismo dia

dos ó tres leguas, cuando se habia ya campado, 30 Lorenzistas,

que seguian el ejército, lo aumentaron en algo, aunque menos de

lo que se esperaba.

32. Seguíase despues la fiesta de San Marcos, y se invocò el

auxilio de todos los moradores celestiales, con la misa, y

letanias que se acostumbran en la iglesia, dentro del toldo ó

pabellon, porque el mucho heno ó yerba, con la lluvia y

tempestad de toda la noche, impidió la procesion, y porque

todavia amenazaban las nubes un próximo aguacero. Hasta el

mediodia estuvieron separados: mas tomadas las medidas

militares, aunque un denso rocio humedecia la tierra, se

caminaron tres leguas, y quizá cuatro. Esta noche el ejército se

mantuvo en sus reales, porque los exploradores que fueron

enviados antes de ayer no habian vuelto. El mismo supremo

capitan habia determinado ir á buscarlos, y habiéndolos

encontrado despues de entrada la noche, y pedidoles cuenta de lo

que habian visto, ninguna cosa cierta digeron, sino que casi en

este lugar y á la vista estaba el enemigo. Esta noche, y en

adelante, se puso silencio á las trompetas y cajas, para que el

enemigo no sintiese la venida del ejército: tambien la estrella

llamada Sirio serenó la noche, y asimismo el dia siguiente.

33. Al rayar este dia se caminaron casi tres leguas, porque no

se habia de pasar adelante, si no es que incauto el ejèrcito se

acercase demasiadamente al enemigo, y se presentase á su vista:

fijáronse los reales, no en circulo como otras veces, sino en

dos líneas, en órden de batalla, distante solamente dos leguas

de los contrarios. Habiendo sido enviado por el rio Azul arriba,

hácia el norte, algunos que sondasen las aguas, por si acaso se

hallase un vado mas facil, porque en verdad no convenia pasar

por el paso nuevo, ni tampoco por el que tenian fortificado con

centinelas los Portugueses, para que de esta suerte el enemigo

fuese acometido mas inopinadamente, y toda la tropa vadease el

rio sin obstáculo y repugnancia, mas facilidad y desahogo.

Tambien algunos baqueanos fueron por espacio de una legua y

media á esplorar la fortaleza del enemigo, de modo que

distásemos solamente media legua, del otro lado de un rincon ó

ensenada de un bosque. Se conoció, que habia dejado su primera

situacion, y quemadas las primeras cabañas ò ranchos, se habia

situado poco mas arriba, en un collado lleno de monte, el cual,

por la parte que mira y toca los dos rios, Phacido y Azul,

acabando todo en un ángulo con el bosque, mostraba la tierra

hácia la llanura: pero estaba esta fortificada con una estacada

desde una punta del bosque hasta la opuesta: en el medio se

veian palos clavados en la tierra para los ranchos, y algunos

galpones del todo acabados. Se oyó tambien el tiro de una

escopeta, al tiempo que se exploraban estas cosas, mas no se

juzgó fuese señal del enemigo que estuviese vigiando. Tambien se

vió en el campo, de esta parte del rio, entro una alta maciega,

algo que corria velozmente: se sospechó que fuese espia del

enemigo, pero otros mas probablemente la juzgaron avestruz.

Despues de visperas, se halló que ya no habia para el sustento

del ejército mas que un poco de cecina cocida, de modo que no

habia víveres sino para un dia, por la ninguna providencia que

acostumbran los indios. Se mandó que al dia siguiente se

depachase un mensagero á traer reses, y que entretanto se

diminuyese la racion á la tropa. Esta disposicion, sinembargo,

no podia ser bastante para que el ejército por algunos dias no

padeciese hambre. En el sitio de la vigia ó atalaya se mantuvo,

con algunos soldados escogidos, el mismo capitan Sepé,

miguelista.

34. Entró la noche con un horrible aspecto hácia el sud: toda

estuvo frigidísima, y tambien el dia siguiente, 27 de Abril: con

todo volvieron los exploradores que habian ido por una y otra

parte. Estos digeron, que no se veia en la frontera movimiento

ninguno del enemigo. Aquellos aseguraron que el vado que se

habia hallado no estaba muy distante de los rios, ni del sitio

del enemigo. Al amanecer, pues, se arrimó hácia allí todo el

ejèrcito, y abriendo camino con las hachas, por medio del

bosque, que está de una y otra parte, se movieron al mediodia

los reales hácia aquel sitio, dejando atras solamente algunos

enfermos, con el custodio de sus almas, ó sacerdote.

35. El dia 28 (Domingo) todo el ejército se ocupó en armar un

puente, tal cual se hizo en el rio Lavatorio, aunque este era

mayor, y necesitó el trabajo de todo un dia. Entretanto,

llevaron todos los caballos á un valle, que con amenidad se

estiende por las riberas del rio Verde, y tambien hicieron pasar

allí al pastor de sus almas, con los demas, para que estuviesen

seguros. Al ponerse la luna, en lo mas intempestivo de la noche,

marcharon contra el pago de los Portugueses, avanzaron á cuatro

casas, mataron dos negros, habièndose escapado en el bosque

inmediato dos portugueses con sus mugeres, los que de allí

fueron á la fortaleza á dar noticia del enemigo que los

acometia: tambien quitaron al enemigo una partida de caballos

que pasteaban en aquel mismo lugar, quedando muerto un

Lorenzista. Demas de esto, al amanecer se acercaron á la

fortaleza, haciéndoles la niebla mas fácil el acceso, y lo que

era de admirar, que estando en otras partes clara sobre el

fuerte, estuvo mas espesa para los que la miraban y asechaban

desde el alto, lo que dió esperanza de victoria. Mas á la

verdad, no sé porque caso ó desgracia, no supo aprovechare de

ella el pueblo. Asaltó una y otra vez, y sufrió por casi dos

horas mas de mil tiros de fusil, y cien de ocho piezas, siendo

dos de las mayores: pero sin daño particular, porque nunca

avanzaron del todo. Mientras el gefe principal de los indios,

valerosamente mandaba y animaba á los suyos, salieron tres

negros por una oculta abertura de la tierra, y uno de ellos

atravesó por el pecho al supremo capitan llamado Alejandro, del

pueblo de San Miguel: no obstante dos de ellos pagaron con la

vida su atrevimiento. Despues, acercándose mas á la artilleria,

y sin cautela, á otro soldado Lorenzista lo mató un balazo: pero

no murieron mas que estos tres. Fué herido gravemente un

Luisista con seis Miguelistas, y su capitan levemente. Creo que

ningun Juanista fuese herido, porque la mayor parte, mientras se

estaba en el conflicto, se mantuvo en la otra parte del rio,

comiendo sus ollas y asados, y el capitan de ellos, entrandose

desde el principio en el bosque, no se sabe donde fué á parar.

Finalmente retrocedieron los nuestros, y por esto, animándose el

enemigo, salió de la fortaleza, en número de 200, trayendo

consigo dos piezas: por lo cual, aturdida la gente, comenzó á

desparramarse, y dejó por despojos al enemigo el mayor cañon

que tenia.

Se llegaron á razones: primeramente dijeron: haya paz entre

nosotros y cese la guerra, porque en nuestros corazones no

abrigamos enemistades contra vosotros, ni poseemos

temerariamente esta tierra, sino por mandado de vuestro Rey, y

del Gobernador que en su lugar las gobierna, y tambien con

consentimiento de vuestros padres, (juzgo que entendian aquel

que de Europa vino á este negocio) y de algunos de vuestra

gente: dejadnos gozar de esta tierra, cuando por otra parte no

nos esperimentais molestos (si es que se puede dar crédito á

estas razones): volvednos tan solamente los caballos que nos

habeis tomado. Sepé, aquel célebre capitan de los Miguelistas,

el cual entonces mandaba la artilleria, y sabia hablar algun

tanto español, y era un poco conocido de uno de los Portugueses,

porque ahora poco èl estuvo en los límites de las tierras de San

Miguel con los demarcadores, se allegó mas cerca, convivado por

ellos à entrar en la fortaleza á tratar de la paz y de los

caballos que habian de volverse. Hé aquí! (¡quien lo creyera!)

que se dejó engañar de los enemigos, reclamándole, y

disuadiéndoles los capitanes amigos, y se cuenta, que fué

recibido honorificamente, presentándole las armas. Despues,

viendo que lo habian recibido con tanto honor, 14 subditos de su

jurisdiccion, todos de á caballo, y con el ejemplo de estos,

seis Luisistas, un Juanista, (porque acaso no habia mas) dos

Lorenzistas, no siendo llamados ni forzados, y mas

probablemente, afirman algunos, que los primeros fueron

cautivados con otros 14, á la manera que un incauto ratoncillo

se vá á la trampa, le siguieron como una manada de cabras, que

estando ciego el chivato, que sirve de capitan al rebaño, perece

con todas ellas.

No bien habian entrado, cuando ya por todas partes fueron

cercados del enemigo armado, y se hallaron cautivos. Hallándose

con este hecho perpleja la demas turba, aunque alguna parte se

mantenia constantemente á la vista, finalmente volvió las

espaldas, y se retiró á la tarde á sus reales: aunque no

enteramente, porque temerosa la fama, anunciaba la entrada del

capitan con alguna gente, pero temia promulgar que estaba

cautivo. Luego al punto se mandó dos y tres veces, que volviesen

á pasar el rio los caballos que se habian quitado, y que no

tardasen, por si acaso por esto tuviesen cautivos á los soldados

que habian de ser redimidos.

Diario histórico de la rebelion y guerra de los pueblos Guaranis situados en la costa oriental del Rio Uruguay, del año de 1754 · 第 1 / 7 段