--¡No basta, mal rayo que os parta, que hay un niño dentro
todavía!--rugió Perico.
Y en cuanto le echaron otra herrada de agua sobre la cabeza, se lanzó de
nuevo al interior.
¡Terrible momento de angustia! Todos los corazones latían con violencia.
Un segundo más...
Se escuchó un ruido espantoso. El techo se había venido abajo, y Perico
no volvió a parecer. Un grito de dolor salió de todos los pechos, y las
lágrimas corrían por todas las mejillas.
Al día siguiente se encontró su cadáver carbonizado abrazado al de una
criatura de pocos meses.
Se depositaron aquellos preciosos restos en un ataúd dorado. La
población entera, viejos y jóvenes, mujeres y niños, lo siguieron al
cementerio.
El ataúd, cubierto de coronas, marchaba deteniéndose a cada instante,
porque los hombres se disputaban el honor de llevarlo sobre los hombros
aunque fuese un minuto.
Cuando llegó, quedó literalmente sepultado entre flores.
El instinto popular no se había engañado. El alcalde de la villa,
interpretándolo, hizo grabar sobre su tumba estas sencillas palabras:
"AQUÍ YACE PERICO EL BUENO."
LAS BURBUJAS
Un hombre puede obrar como un
insensato en los desfiladeros de un
desierto, pero todos los granos de
arena parecen verle.
EMERSON.
El guapo Curro Vázquez, de tierra de Jaén, tuvo ocasión de comprobar
estas palabras del filósofo americano hace ya bastantes años.
Curro Vázquez, aunque no tenía corazón, estaba enamorado. Es ésta una
paradoja que se repite con frecuencia, gracias a la confusión lamentable
en que al Supremo Hacedor le plugo dejar lo físico y lo moral.
Pepita Montes, su novia, estaba completamente engañada respecto a él. Le
veía joven, hermoso, sonriente, humilde, rendido; y de esto deducía que
era un ángel sin alas. Le amó a despecho de sus padres, que apetecían
para ella un labrador acomodado, y no un mísero dependiente de un
chalán. Porque Curro era un pobrecito muchacho que hacía tiempo había
tomado a su servicio Francisco Calderón, el famoso tratante de caballos
de Andújar. Lo recogió, se puede decir, del arroyo cuando sólo tenía
catorce o quince años, le hizo su criado, y últimamente había llegado a
ser su hombre de confianza. Le pagaba con verdadera esplendidez, le
hacía frecuentes regalos, y gustaba de que vistiese con elegancia y
fuese bienquisto de las bellas.
Curro se aprovechaba de estas ventajas y las enamoraba, y las abandonaba
después de enamorarlas. Mas al llegar a Pepita Montes, quedó preso de
patas como una mosca en un panal de miel. ¿Cómo hacer para casarse con
ella, dada la oposición violenta del bruto de su padre? Este era el
objeto de sus meditaciones más profundas desde hacía tres o cuatro
meses.
Al cabo de ellas, no pudo sacar otra cosa en limpio más que la necesidad
imprescindible de hacerse rico, salir de su estado de criado más o menos
retribuído, negociar por su cuenta, etc.
Cuando un hombre siente la necesidad imperiosa de hacerse rico pronto y
no tiene corazón, está expuesto a hacer lo que hizo Curro Vázquez.
Era una tarde lluviosa de primavera. Francisco Calderón y su criado
regresaban de la feria de Córdoba y atravesaban la sierra sobre sus
jacos, envueltos en capotes de agua. Calderón estaba de alegrísimo humor
porque había vendido cinco caballos a buen precio. De vez en cuando
desataba el zaque que llevaba pendiente del arzón de la silla, bien
repleto de amontillado, bebía largamente, y daba de beber a Curro. Como
la lluvia arreciase, y pasasen cerca de una concavidad de la peña,
determinaron detenerse allí unos momentos y esperar a que escampase.
Descendieron de sus monturas, guareciéndolas también del mejor modo
posible. Curro desató su carabina de dos cañones y la puso cerca.
--¿Para qué has bajado la carabina?--le preguntó su amo sorprendido.
--Ya sabe usted que _el Casares_ y su partida merodean por aquí.
--_¡El Casares, el Casares!_... _El Casares_ merodea muy lejos de aquí,
y en su vida se le ha ocurrido venir por estos sitios.
Calderón rió a carcajadas del miedo de su criado.
Se sentaron, y fumaron tranquilamente un cigarro. Cuando Curro tiró la
colilla, se puso en pie, tomó la carabina, se la echó a la cara, y
apuntando a su amo, le dijo tranquilamente:
--Señor Francisco, prepárese usted a morir.
Calderón respondió que no le gustaban bromas con las armas de fuego.
--Rece usted el credo, señor Francisco.
--¿Qué estás diciendo?--exclamó tratando de alzarse.
Un tiro en el pecho le hizo caer de espaldas.
--¡Me has matado, miserable!
--Todavía no; pero voy a hacerlo--profirió Curro avanzando hacia él.
--¡Asesino, a ti te matarán también!
--Si hubiese testigos, no lo dudo.
--Las burbujas del agua serán testigos de este...
Otro tiro le cerró la boca para siempre.
Curro le registró los bolsillos y se apoderó de todo el dinero que
llevaba, cargó de nuevo su carabina, montó a caballo y se alejó al
galope.
Cuando hubo llegado a un sitio conveniente, se apeó de nuevo y enterró
cuidadosamente el dinero, dejando señal para encontrarlo. Después
atravesó su sombrero de un tiro, se descerrajó otro en la parte blanda
del muslo, y se presentó en el primer pueblo con señales de terror. La
partida del _Casares_ los había sorprendido cuando descansaban y se
disponían a emprender otra vez el camino. El estaba ya montado, y
gracias a eso había podido escapar. Su amo estaba aún a pie: no sabía si
le habían matado: había oído muchos tiros: a él mismo le habían herido
en su huída, etc.
Todo aquello dió que sospechar al juez, y después de curado en el
hospital, se le encarceló. Pero como no se le halló ningún dinero y no
había testigos, al cabo se le puso en libertad.
Pidió prestada una cantidad a un chalán de Sevilla, según dijo, y se
puso a trabajar en el mismo trato que su amo, y comenzó a prosperar.
Algo se murmuraba, y no faltaba quien sospechase la verdad; pero esto
acontece muchas veces en los pueblos, sin que tenga transcendencia.
Y como, en realidad, ya no había motivo que justificase la oposición, el
padre de Pepita Montes consintió al fin en la boda. Se celebró con
pompa, y la esplendidez del novio concluyó de captarle la benevolencia
pública.
El comercio marchó viento en popa. En poco tiempo Curro se hizo un
chalán de importancia, porque era inteligente y activo; pero, saciada
su pasión bestial, fué con la hermosa Pepita lo que era en realidad, un
perfecto infame. Sin motivo alguno, comenzó a maltratarla cruelmente de
palabra y de obra.
La pobre niña soportó aquel cambio más sorprendida que indignada. Como
estaba perdidamente enamorada de él, los cortos momentos de buen humor y
de expansión conyugal la indemnizaban de sus amarguras.
Pero estos momentos fueron cada vez más cortos, y la vida de Pepita se
hizo al cabo insoportable. En uno de ellos pasó lo que sigue:
Curro había hecho una magnífica venta de un jaco. Había engañado como a
un chino a un inglés. Estaba de alegrísimo temple, aunque el día fuese
de los más tristes que pueden verse en Andalucía, encapotado y lluvioso
como si estuviésemos en Santiago de Galicia. Había hecho traer dos
botellas de manzanilla, y habían almorzado, y habían retozado y charlado
por los codos. Curro encendió un tabaco y vino a apoyarse en el alféizar
de la ventana. Pepita, enternecida y mimosa, vino a apoyarse junto a él.
Ambos, con los ojos brillantes y el rostro inflamado, miraban caer la
lluvia pausadamente. Del techo de la casa corrían fuertes goteras, que
formaban ampollitas en el pavimento de la calle.
Curro dejó escapar resoplando una risita burlona.
--¿De qué te ríes?--le preguntó su mujer.
--De nada--respondió con el mismo semblante risueño.
--Sí, sí, guasón; te estás riendo de mí.
Y al mismo tiempo le dió con mimo un pellizquito cariñoso.
--Escucha, Pepa--siguió él, riendo--. ¿Te parece que las burbujitas del
agua pueden ser testigos en algún asunto?
--¡Qué ocurrencia!
--Pues el señor Francisco Calderón lo creía.
--¡El señor Francisco! ¿Qué tiene que ver aquí el señor Francisco?
--Sí; antes de rematarlo de un tiro, me dijo que las burbujitas del agua
serían los testigos que me acusaran.
--Pero ¿has sido tú?...
--Debiste de haberlo presumido, hija. ¿Piensas que las monedas que están
en el bolsillo de un hombre pasan al bolsillo de otro por sí mismas,
como en las funciones de escamoteo?
Y, acometido de súbito e irresistible deseo de confesión, narró a su
esposa el crimen con todos sus detalles.
La mujer estaba horrorizada; pero supo disimular su turbación. Por un
lado el miedo, por otro la pasión frenética que aquel hombre todavía le
inspiraba, lograron acallar los gritos de su conciencia.
Curro describía la escena de su horrible crimen con la misma
tranquilidad que si refiriese los incidentes de una cacería.
Transcurrieron los días, y Pepita hacía enormes esfuerzos por olvidar
aquel terrible secreto, que semejaba para ella una pesadilla. Era
imposible. Curro, por su parte, pesaroso de haberlo dejado escapar, la
miraba receloso y sombrío. Un abismo parecía abierto entre los dos.
La cortísima afición que por ella conservaba se había huído con el
temor. Llegó a aborrecerla cordialmente. Sin embargo, se abstuvo desde
entonces de maltratarla.
Una noche, estando en la cama, sacó la navaja que tenía debajo de la
almohada, le puso la punta en el cuello, y le dijo:
--Si se te escapa una palabra de _aquello_, puedes estar segura de que
te siego el cuello como a una gallina.
Pepita no pensaba en semejante cosa.
Pero el odio hizo al cabo su tarea. Cierto día, por un pormenor
insignificante de la comida, Curro se arrojó sobre su esposa, la apaleó
bárbaramente, y tal vez hubiera acabado con su vida (lo que en el fondo
de su alma sin duda deseaba), si la desgraciada no hubiera logrado
escapar de sus manos, lanzándose a la calle y refugiándose en casa de su
cuñado.
Este, al verla en tal estado, no pudo menos de exclamar:
--¡Pero ese bandido quería matarte!
--¡Sí; quería matarme, como al señor Francisco Calderón!
--¡Ah! ¿Le ha matado él?
--Sí, sí; le ha matado...
Y narró puntualmente la escena, tal como se la había descrito. Después
quiso volverse atrás; pero ya no era tiempo. Su cuñado, que aborrecía
de muerte a Curro, la dejó encerrada en su habitación y se fué desde
allí a ver al juez.
Se le encarceló de nuevo.
El juez, cuyas sospechas, nunca desaparecidas, se trocaban ahora en
certidumbre, trabajó el asunto con tanto celo y energía, que al fin le
obligó a cantar de plano.
Algunos meses después subía al patíbulo en la plaza de Sevilla. Cuando
se le puso al cuello la corbata fatal, murmuraba sin cesar:
--¡Las burbujas! ¡Las burbujas!
Los que le rodeaban creían que el terror le hacía desvariar.
OBRAS DE A. PALACIO VALDES
Y
OPINIONES
DE LA
CRÍTICA ESPAÑOLA Y EXTRANJERA
OBRAS DE PALACIO VALDÉS
4 PESETAS TOMO
EL SEÑORITO OCTAVIO, un tomo.
MARTA Y MARÍA, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al sueco, al
ruso y al tcheque.
EL IDILIO DE UN ENFERMO, un tomo. Traducida al francés y al tcheque.
AGUAS FUERTES (novelas y cuadros, un tomo). Traducidas al francés, al
inglés, al alemán, al holandés, al sueco y al tcheque. Edición española
con notas y vocabulario en inglés.
JOSÉ, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán, al holandés,
al sueco, al tcheque y al portugués. Edición española con notas en
inglés para el estudio del español en Inglaterra y E. U. A.
RIVERITA, un tomo. Traducida al francés.
MAXIMINA (segunda parte de _Riverita_), un tomo. Traducida al inglés.
EL CUARTO PODER, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al holandés.
LA HERMANA SAN SULPICIO, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al
holandés, al ruso, al sueco y al italiano.
LA ESPUMA, un tomo. Traducida al inglés.
LA FE, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al alemán.
EL MAESTRANTE, un tomo. Traducida al francés y al inglés.
EL ORIGEN DEL PENSAMIENTO, un tomo. Traducida al francés y al inglés.
LOS MAJOS DE CÁDIZ, un tomo, Traducida al holandés.
LA ALEGRÍA DEL CAPITÁN RIBOT, un tomo. Traducida al francés, al inglés,
al sueco y al holandés. Edición española con notas y vocabulario en
inglés.
LA ALDEA PERDIDA, un tomo.
TRISTÁN O EL PESIMISMO, un tomo. Traducida al inglés.
SEMBLANZAS LITERARIAS (_Los oradores del Ateneo, Los novelistas
españoles, Nuevo viaje al Parnaso_), un tomo.
PAPELES DEL DOCTOR ANGÉLICo, un tomo. Traducidos al alemán.
_La alegría del capitán Ribot_, la última novela de Armando Palacio
Valdés, es toda una obra de arte, de arte dominado con maestría;
composición delicada y graciosa, de un espiritualismo natural, sencillo
y sobrio. En este libro se ve al maestro dueño de sí mismo y del
instrumento, tan admirable por lo que dice como por lo que calla, por lo
que _economiza_.
CLARIN
_La Hermana San Sulpicio_ es una novela honrada y alegre. Es una novela
picaresca y de buena compañía. Es una novela llena de incidentes y
admirablemente compuesta. Los episodios, infinitamente múltiples y
variados, se hallan tan bien ligados a la aventura principal y como
entrelazados con ella que no la hacen olvidar jamás; hacen, al
contrario, que se experimente más placer cuando se la vuelve a encontrar
e ilustran el margen de la narración sin sobrecargarla ni oscurecerla.
Además, la parte pintoresca es excelente. Leyendo este libro se vive en
Sevilla de día y de noche como si allí se estuviese y se desea de todo
corazón habitar allí realmente. Se experimenta tristeza al terminar el
libro, como si en realidad tomásemos el billete a fin de Octubre para
volver a Francia.
Y a gran diferencia de la mayor parte de nuestras novelas francesas,
leyendo ésta no nos aburrimos en compañía perpetua de tres o cuatro
personajes, siempre los mismos, que conocemos a fondo desde la quinta
página, y de los cuales el autor parece que nos repite sin cesar:
"¡Miradlos bien, estudiadlos todavía; estáis muy lejos de conocerlos;
son inmensos!" _En La Hermana San Sulpicio_ se ven pasar y repasar cerca
de cuarenta personajes que son todos, o por lo menos casi todos, muy
precisos, muy de relieve.
EMILE FAGUET,
_De la Academia Francesa._
Palacio Valdés es una de mis grandes admiraciones literarias, y todo
cuanto signifique homenaje al hombre y su obra, tiene por adelantado mi
adhesión.
Le conocí al través de sus libros, hace muchos años, cuando era yo
estudiante en la Universidad de Valencia, y a las horas de clase
aprendía el Derecho en un verde ribazo de la huerta o sentado en la
arena del Mediterráneo, con una novela sobre las rodillas. Palacio
Valdés fué el autor de texto que estudié con más ahinco, en aquella
época feliz de ingenuos entusiasmos y sinceras admiraciones.
Han pasado los años: vientos de destrucción han soplado sobre mi fe
juvenil: muchas de mis antiguas admiraciones ruedan por el suelo; pero
la imagen del artista creador de _Marta y María y La Hermana San
Sulpicio_ sigue en pie, firme, cada vez más adornada con votos de
adoración.
Después he conocido al hombre. Nos hemos visto pocas veces. El es un
solitario por reflexión: yo comienzo a huir de las gentes por miedo a la
expansión. Pero declaro que el hombre vale tanto como la obra.
Palacio Valdés es un verdadero artista. Tengo la certeza de que no lleva
escrita ni una sola página por industrialismo literario. Ni busca
elogios, ni adula a nadie para sostener su fama. Durante algunos años,
la Prensa, que dispone de columnas para todas las necedades que se
vierten en el Congreso, no tuvo más que silencio y olvido para su obra
literaria. Ahora llegan tiempos de justicia, y el gran novelador recibe
merecidos homenajes.
¡Salud, maestro!
Al admirar su serenidad de artista, su desprecio por el éxito
circunstancial y momentáneo, su trabajo firme mirando al porvenir,
pienso en Esquilo, insensible a las amarguras y las injusticias,
escribiendo al frente de sus obras, como suprema apelación, esta
dedicatoria que muy pocos se atreven a trazar: "Al tiempo."
VICENTE BLASCO IBAÑEZ
Esta indiferencia del público español hacia la literatura, la cual ha
hecho decir a un novelista vivo que una persona de buena posición en
Madrid gasta con más gusto su dinero en fuegos artificiales o en
naranjas que en un libro, ha sido al cabo vencida hasta cierto punto por
un escritor que no solamente es admirado y distinguido, sino
positivamente popular, el cual, sin sacrificar su estilo, ha logrado
conquistar al desdeñoso público español. Este escritor es Armando
Palacio Valdés.
EDMUND GOSSE,
Vicepresidente de la _Sociedad Real
de Literatura del Reino Unido._
Vive Palacio Valdés en un discreto apartamiento. No busca el aplauso ni
lo rehusa; no abomina del trato humano ni se exhibe en tertulias y
fiestas. Contempla plácida y serenamente cómo se desliza la vida. Su
prosa es clara y limpia; ni la prosa incolora de los escritores
desarraigados de la tradición, ni la empalagosamente afectada de los
falsos puristas. Ama y siente el paisaje; escudriña las delicadezas
psicológicas. En el arte literario ha llegado al arte supremo; a la
sencillez, a la simplicidad de expresión, a la evocación de una realidad
tenue, inefable, ideal, que está por encima de la realidad violenta y
vulgar que todos ven.
AZORIN
Las novelas de nuestro poeta son extraídas de la realidad. Pinta a los
hombres tales como son, tales como él los ve con sus ojos penetrantes
que descubren las alturas y las profundidades de la sociedad, a sus
caudillos y a sus bestias de carga. No es un escritor melindroso. Sus
personajes no sólo tienen la parte anterior, sino también la posterior,
que a algunos parecerá escandalosa. Sin embargo, no es un disecador
naturalista de la vida y de la sociedad, sino un artista. En todas sus
novelas brilla el sol del ideal.
De este realismo poético unido al genio filosófico del novelista se
deduce su tendencia a plantear en sus obras problemas morales y
religiosos. Pero esta tendencia no implica prejuicios ni sectarismos; no
confunde la religión y la ética, la moralidad y la vida social como un
impertinente maestro de escuela. Palacio Valdés es católico; no oculta
su modo de pensar y sentir. Sin embargo, su catolicismo nada tiene que
ver con la Inquisición y los _autos de fe_. Es un catolicismo leal,
intrépido: no vacila en esgrimir el látigo de su sátira sobre los
extravíos de la pasión religiosa y sobre las flaquezas del clero. "Es
necesario--ha dicho él mismo--que las ideas salgan de los hechos y no se
añadan a ellos como reflexiones abstractas."
Una cosa hace aún sus obras superiores a las de sus colegas españoles, y
es una cierta jovialidad preciosa como el oro que refresca el corazón.
Palacio Valdés se llama modestamente en el círculo de sus amigos
"novelista de ocasión". Este novelista de ocasión, no obstante, es el
escritor español, después de Cervantes, más traducido a lenguas
extranjeras.
Su última obra, _Papeles del Doctor Angélico_, es un libro original y
precioso; no es una novela; es un libro poético-filosófico, un breviario
escrito para los hombres que no viven en el barranco, sino en las
alturas del espíritu. Se compone de luminosos artículos filosóficos,
novelitas y bocetos. Profundísimas meditaciones científicas sobre las
grandes cuestiones políticas, sociales y religiosas alternan con
deleitosas producciones poéticas. Voy a leeros un boceto titulado _La
procesión de los Santos_, que es una especie de visión religiosa
verdaderamente encantadora. Quizá sea lo más grande en materia de poesía
religiosa que haya aparecido desde los días de la Edad Media.
La poesía no está muerta, sino viva, en la patria de Cervantes. El campo
de la literatura española no es ningún páramo desierto, sino tierra
fecunda, jardín fértil y ameno. El carácter más notable en la moderna
literatura española es Armando Palacio Valdés. Grande es el número de
sus admiradores en Inglaterra, Francia y América. Alemania tiene que
reparar su yerro. Que no tardemos mucho en oir hablar de una Sociedad
constituída en nuestro país para honrar al amable poeta y pensador
español.
AUSTIN TRAPET
(Discurso pronunciado ante la Sociedad Científica de Coblenza.)
Desde mis tiempos de estudiante, mucho antes de soñar con ser literato,
profeso por D. Armando Palacio Valdés una profunda admiración, cada día
más grande, porque con los años le comprendo mejor. Pero con ser tanta
mi admiración al escritor, casi la supera mi admiración al hombre grave
y esquivo ante el frágil y adocenado aplauso de la crítica y de la
Prensa.
RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN
Desearíamos tenerle en nuestro país, y podría nombrar varios novelistas
americanos por los cuales alegremente le cambiaría y aun daría de buen
grado encima dos o tres poetas. Pienso que encontraríamos en él algo
semejante a nuestro decantado humor americano y además otras cosas que
no podemos con justicia reclamar, como una cierta dulzura, una amable
espiritualidad, un amor de la pureza y la bondad por sí mismas y un
conocimiento profundo de los misterios del alma.
Nosotros los americanos imaginamos que porque hemos hecho pedazos a los
barcos españoles somos superiores a los españoles; pero aquí en este
terreno, donde reina la paz, ellos son superiores a nuestros maestros.
WILLIAM DEAN HOWELLS,
Presidente de la _Academia Americana_.
En sus novelas y en las de Pérez Galdós aprendí lo que en mí puede haber
de gusto literario a la moderna. De uno y otro escritor me sería
imposible dar al público un juicio razonado; son para mí de los
escritores que han penetrado más hondo que en la inteligencia y las
cosas del corazón no se discuten ni se razonan.
JACINTO BENAVENTE
Se sabe que Palacio Valdés, el más reputado y difundido de los
novelistas españoles que ha compendiado en una monografía definitiva, es
el autor de obras pintorescas, emocionantes o cómicas, cuyas ediciones
se cifran por centenares de miles, y entre las cuales basta citar
_José_, La Fe, _El idilio de un enfermo_, _El origen del pensamiento_,
_La Hermana San Sulpicio_, _Marta y María_ y la maravillosa historia
_Tristán o el pesimismo_. Este admirable escritor, del cual una
reputación mundial aureola los cabellos blancos, es, no obstante, el más
modesto de los hombres.
EMILE MOREAU
_(La Liberté.)_
Después de haber gustado el goce de esas lecturas, tuve el de conocer y
tratar a Palacio Valdés, y entonces, al conocer al hombre, encontré al
escritor. Como que éste depende en este caso más aún que en otros, de
aquél. Al conocer y tratar a Palacio Valdés, comprendí el encanto de sus
escritos y el aroma de honradez de propósito y de bondad de corazón que
de ellos se desprende.
En nuestra literatura no abunda, ni mucho menos, la nota íntima y
recogida, el tono de apacible entrañabilidad. Casi todo es exterior, y
casi todo, en el fondo, violento. Y así me explico que Palacio Valdés
sea uno de nuestros escritores más gustosos, de los de hoy el más
gustado tal vez, en países donde es una verdad efectiva la vida del
hogar y donde los hombres saben recogerse en él mejor que nosotros.
MIGUEL DE UNAMUNO
Considerando la popularidad que la novela rusa ha adquirido entre
nosotros en los últimos años, es extraño que los novelistas españoles no
hayan sido igualmente acogidos. Por lo menos uno de ellos, nombrado
Valdés, es digno de un lugar entre Turgueneff, Dostoievsky y Tolstoi. La
razón de habérsele negado tanto tiempo se hallará en que no ha querido
adoptar una _pose_. El público se deja generalmente seducir por la
_pose_, y Valdés ha renunciado a ella.
Su estilo es equilibrado, sencillo y espontáneo. Es un novelista vaciado
en el molde más amplio. Su observación se extiende a todo y la vida se
ofrece ante él como un libro abierto. Demostraría menos valor si no se
atreviese a describir todas las escenas que a su imaginación se ofrecen.
Que los noveles escritores estudien a Armando Palacio Valdés. Este
escritor se halla en la primera media docena de los grandes novelistas.
(_Daily Chronicle_.--10 Agosto de 1894.)
Palacio Valdés es un gran observador, no ya de las costumbres españolas
de su tiempo, sino también de lo que hay de íntimo en el alma de
nuestros contemporáneos. Así se explica que el insigne novelista tenga
tan alta personalidad en nuestra patria como en el extranjero.
TORCUATO LUCA DE TENA