¡Crepúsculo hermoso el de la gran ciudad! Que otros vayan a gozarse

melancólicamente al bosque silencioso, y que miren al sol ocultarse

detrás de los montes lejanos, y que escuchen con placer las esquilas del

ganado y los dulces sones de la flauta pastoril; que corran a la playa

desierta y se deleiten contemplando el romper de las olas espumosas. Yo

gozo mirando las telas y las joyas deslumbrantes que se ostentan en los

escaparates. Pero gozo más cuando alguna bella, desde lo alto de un

coche, como una diosa sobre su trono móvil de seda, me lanza una

mirada. ¡Avergonzaos, ricas telas, ocultaos, joyas deslumbrantes!; el

sol, al partir, ha dejado en aquellos ojos toda su luz como un depósito

sagrado.

Con tranquilo placer mis pasos errantes se deslizan por la calle. La

muchedumbre se aprieta en torno mío. ¡Escuchad, escuchad esos gritos

gozosos; ved esa larga fila de carruajes que llevan sobre sus ruedas la

belleza, la juventud y la alegría de la villa! ¡Mirad a ese joven

tembloroso que se acerca, embargado de emoción, al borde de la acera, y

recoge al pasar la sonrisa de su amada y una señal de su mano adorada,

de esa mano que él besa furtivamente cuando en el Retiro la dama de

compañía se distrae..., o se hace la distraída! Mis canas me preservan

ya de estos temblores, mas, ¡ay!, no puedo menos de acordarme de ellos.

El tumulto crece por momentos. Todo se agita, todo se mueve. Los

caballos piafan de impaciencia, y las mamás, más impacientes aún,

quisieran estar ya delante de la mesa, donde humea la sopa confortable.

El río de la vida serpentea por las calles.

II

Súbito me lanzo sobre la plataforma de un tranvía que pasa. Este tranvía

me conduce al extremo oriental de la ciudad. Doy unos cuantos pasos

más, y me encuentro en plena campiña obscura y silenciosa. Mi alma se

había alejado de mí en la agitación febril de la vida, y allí se acerca

para decirme al oído algunas palabras misteriosas debajo de la gran

bóveda estrellada. Me siento sobre una piedra, y mis ojos se pasean por

el firmamento, escrutando sus profundos senos.

Allá va la _Lira_ a ocultarse en las lejanías del Poniente. ¡Oh dulce

_Vega_ de inmarcesible luz; tú fuiste el astro virginal de mis ensueños

infantiles! ¡Cuántas veces, al regresar a casa de la mano de mi padre,

mis ojos se levantaban hacia ti! Tú me decías algo divino e

inexplicable; mi pequeño corazón palpitaba, mi alma se llenaba de blanca

claridad como la tuya, y algunas lágrimas temblaban en mis pupilas.

Ahora con velocidad desciendes, arrastrada por tus corceles azulados, y

pronto desaparecerás. Mi infancia, ¡ay!, largo tiempo ha que se ha ido.

Pluguiera a Dios que al morir volase directamente a ti, y en alguno de

los mundos que iluminas volviese a hallar los dulces sueños que me

agitaban cogido de la mano de mi padre.

En lo alto del cenit brilla la hermosa _Capella_, la estrella de mi

adolescencia. Esparce su luz tranquila sobre la tierra, y, vestida de

rayos luminosos, lleva en su seno tesoros de amor. Mi frente pálida se

alzaba hacia ti en otro tiempo bien lejano, y allí ansiaba ir con la

niña de ojos azules, de cabellera de oro, que levantaba la punta de la

cortina de su ventana cuando yo venía de mi cátedra con los libros

debajo del brazo. Allí quisiera también ir cuando me muera.

_Aldebarán_ famoso avanza con rapidez y despliega su cabellera

resplandeciente entre las _Hiadas_. Su ojo fogoso placía a mi juventud,

porque le prometía las emociones cambiantes y violentas que ansía un

espíritu altanero. Yo amaba entonces las armas y la lucha, y soñaba con

la corona del vencedor. Ardiente como tú, avanzaba por la vida

arrebatado y sorprendido de mí mismo. ¿De dónde venía aquella embriaguez

que me impulsaba a destruir y crear al mismo tiempo? ¿Por qué temblaba

de ira, y un minuto después temblaba de amor? Quizás tú, desde lo alto

del espacio, enviabas a mi alma esa divina inquietud, ese tormento

delicioso que consumía mi corazón y lo hacía florecer. Entonces las

crestas azuladas de los montes murmuraban alegrías para mí, los rumores

del bosque y el silencio de la noche me infundían ansias locas de

voluptuosidades desconocidas, ardores insensatos de amor y de muerte.

Allí quisiera también ir.

Descansando sobre el horizonte, el gigante _Orión_, amo del cielo,

ostenta con calma el tesoro de sus luces. Invencible y generoso _Orión_,

tú fuiste la envidia de mi edad viril: a ti demandaba el valor y la

abundancia, la paz y la sabiduría de que estaba sediento. Opulento y

feliz, gozas de la afluencia gloriosa de tus astros, posees todos los

bienes del cielo y conduces tu carro cargado de riquezas, alumbrando la

obscuridad de los espacios insondables. Tú eres el primero entre los

gigantes que cruzan el firmamento, y tus brazos poderosos se extienden a

una distancia que la mente humana apenas puede imaginar. Naces y brillas

en diferentes hogares, desarrollas tu inmortal poderío entre millones de

globos, y, animado siempre del mismo vigor, eres el símbolo de lo que ha

sido mi más constante anhelo en este mundo, eres el símbolo de la fuerza

en el reposo.

Pero ya se huyó también mi edad viril. Mi frente fatigada se inclina

hacia la madre tierra, mis fuerzas decaen, las luces de este mundo

palidecen, mis ojos se preparan a dormir. ¿Qué debo esperar cuando

despierte? Un sol mucho más grande, más santo, más luminoso que el que

nos alumbra, un sol maestro de pureza que no ilumine la traición, que

desvanezca la mentira, que acaricie al inocente y abrase al malvado, un

sol de amor y de justicia cuyo aliento envíe a sus hijos una eterna

primavera que derrita los hielos del egoísmo y de la envidia. ¡Helo allí

ese sol en la región lejana enganchando ya sus corceles para subir!

Debajo de _Orión_, el claro _Sirio_ comienza a rasar con sus fuegos el

horizonte. Allí quisiera ir, por fin.

III

Pero la noche agita ya sus alas rápidas, y a las sublimes emociones que

me embargan sucede el gozoso recuerdo de mi hogar. Me levanto y busco

de nuevo el tranvía, que me conduce rápidamente a él. Subo la escalera

de mi casa y abro silenciosamente la puerta; entro en mi gabinete de

trabajo, y en medio de él me detengo, contemplando con profundo

sentimiento de piedad el retrato de mis padres. Voy al dormitorio de mi

hijo, y le veo dormir, y escucho con placer el soplo sosegado de su

pecho. Después me dirijo al comedor. Mi esposa inclina su dulce rostro

infantil sobre la costura debajo de la lámpara. Por algunos momentos la

contemplo en silencio. En ella reposa mi corazón, y la paz serena del

amor me inunda de alegría en su presencia. Entonces me acuerdo de

aquellos astros suspendidos en el espacio, donde mi espíritu ansiaba

volar. Un estremecimiento de horror agita mi cuerpo. ¡Oh, no; no quiero

peregrinar solo por esos mundos resplandecientes, no quiero pasar a

vuestro lado, seres adorados, sin amaros, tal vez sin conoceros, no

quiero otras vidas siderales, no quiero ser el favorito de los dioses! A

vuestro lado he gozado horas felices que me envidiarían todas las

estrellas del cielo. ¡O con vosotros, amados de mi alma, o a la negra

fosa, y dormir allí para siempre!

LA PROCESIÓN DE LOS SANTOS

Más de una vez me aconteció penetrar en la vieja catedral gótica a la

caída de la tarde. Allá en el fondo hay una obscura capilla solitaria, y

allá en el fondo un Cristo solitario abre sus brazos doloridos entre dos

cirios que chisporrotean lúgubremente.

En pie frente a Él, le contemplo, le imploro y muchas veces también le

interrogo: "¿Quién te ha enseñado esas dulces palabras que salieron de

tus labios? ¿Por qué te has dejado matar? ¿Por qué no has luchado, por

qué no has herido y triunfado? ¿Eres Dios, o eres un iluso? ¿Por qué no

has sido egoísta y vano y cruel como yo lo he sido?"

El me escucha y murmura palabras de consuelo, y algunas veces sus ojos

se clavan en mí con severidad, y alguna vez me sonríen.

Una tarde, de rodillas, apoyé la frente sobre el pedestal de la cruz.

Ignoro el tiempo que así estuve. Al cabo sentí que una mano se apoyaba

sobre mi hombro. Alcé la cabeza, y vi la figura blanca y radiosa de un

hombre por cuya frente corrían algunas gotas de sangre. El Cristo había

desaparecido de la cruz.

--Sígueme--me dijo con voz que penetró hasta lo más profundo de mi

corazón.

Al mismo tiempo, por detrás del altar surgieron otras figuras de hombres

y mujeres, y en un momento se pobló la capilla. La capilla era pequeña,

pero la muchedumbre era grande.

--Seguidme todos--dijo el Señor.

Y nos lanzamos a la puerta en pos de Él los que allí estábamos.

--¡Vamos al cielo!, ¡vamos al cielo!--oía murmurar a los que tenía

cerca.

Salimos al campo. La luna bañaba con su luz tibia los árboles, las

mieses, las praderas. La figura blanca del Cristo se destacaba más pura

y más bella que la de la luna. Marchaba delante, y sus pies parecía que

no tocaban la tierra. Cercanos a Él caminaban algunos hombres y mujeres

cuyas figuras creía reconocer. "Ese es Agustín, ése es Bernardo, ésa es

Teresa", me decía. Pero tan cerca de Él como éstos marchaban otros

hombres y mujeres completamente desconocidos para el mundo.

La campiña era de plata; el cielo, de oro. Los árboles inclinaban sus

penachos al paso del Señor, murmurando plegarias. El viento dormía. Nada

se escuchaba, ni el ladrido de un perro, ni el canto de un gallo, ni el

rumor lejano de la mar. La procesión caminaba en silencio.

Trasponíamos las colinas, trasponíamos los valles. La campiña era cada

vez más amena. Una brisa suave se alzaba del suelo cargada de aromas.

Las rosas abrían sus cálices fragantes; las estrellas dejaban caer sobre

ellos sus luces temblorosas.

Pero algunos íbamos quedando rezagados.

De vez en cuando el Señor se detenía, volvía su rostro hacia nosotros, y

nos hacía seña para que nos diéramos prisa. Los demás cumplen sus

órdenes; pero yo cada vez voy quedando más atrás. El cansancio se

apodera de mi cuerpo, y me place detenerme a menudo para contemplar la

belleza de una flor, para escuchar el canto de un pájaro.

Voy quedando solo. Entonces me salen al encuentro hombres guerreros, de

labios blasfemos, de ojos sarcásticos, que me cierran el camino. Lucho

con ellos; logro vencerlos. La procesión se aleja, y pienso con horror

que muy pronto la perderé de vista.

Pero el Señor no se olvida de mí. A menudo se detiene, se empina sobre

sus divinos pies para verme, y, por encima de las cabezas de la

muchedumbre, me insta con la mano para que camine.

--¡Maestro--le grité--, te sigo de lejos, pero te sigo!

Entonces una sonrisa bondadosa iluminó su rostro. El Señor sonreía de mi

petulancia y me hizo con la cabeza un signo de aprobación, permitiéndome

seguirle del modo que pudiera.

PERICO EL BUENO

Nuestros ideales no siempre se armonizan con las tendencias secretas de

nuestra naturaleza, como afirman los filósofos moralistas. Por el

contrario, he visto en muchos casos producirse una disparidad

escandalosa.

He conocido avaros que admiraban profundamente a los pródigos, que

hubieran dado todo en el mundo por parecérseles..., menos dinero. Había

un comerciante en mi pueblo que pasó toda su vida contándonos lo que

había derrochado en un viaje que había hecho a París, sus francachelas,

la cantidad prodigiosa de _luises_ que había esparcido entre las

bellezas mundanas. Se le saltaban las lágrimas de gusto al buen hombre

narrando sus aventuras imaginarias. Pero ésta es una historia que dejo

para otra ocasión.

Voy a contar ahora la de _Perico el Bueno_. Ni yo ni nadie en el pueblo

sabía de dónde le venía este sobrenombre. Pero menos que nadie lo sabía

él mismo, a quien enfadaba lo indecible. No había en el Instituto un

chico más díscolo y travieso. Era la pesadilla de los profesores y el

terror de los porteros y bedeles. En cuanto surgía en el patio un motín

o una huelga, podía darse por seguro que en el centro se hallaba _Perico

el Bueno_; si había bofetadas, era Perico quien las daba; si se

escuchaban gritos y blasfemias, nadie más que él los profería.

Parece que le estoy viendo, con un negro cigarro puro en la boca,

paseando con las manos en los bolsillos por los pórticos y arrojando

miradas insolentes a los bedeles.

--Señor Baranda--le decía uno cortésmente,--tenga usted la bondad de

quitar ese cigarro de la boca: el señor Director va a pasar de un

momento a otro.

--Dígale usted al señor Director que me bese aquí--respondía fieramente

Perico.

El bedel se arrojaba sobre él; le agarraba por el cuello para

introducirle en la carbonera, que servía de calabozo. Perico se

resistía; acudía el conserje: entre los dos, al cabo de grandes

esfuerzos, se lograba arrastrarlo y dejarlo allí encerrado.

Parece que le veo también en la clase de _Psicología_, _Lógica y Etica_

disparando saetas de papel y haciéndonos reir con sus muecas. El

profesor era un hombrecillo redondo y bondadoso que gustaba de los

símiles.

--Señor Baranda, a la manera que la manzana podrida se separa de las

otras para que no las contamine, me hará usted el favor de apartarse de

sus compañeros y sentarse en aquel rincón de la derecha.

Perico no se movía una pulgada de su puesto.

--Señor Baranda, hágame usted el favor de separarse--repetía el

profesor.

--¡Que se separen las manzanas sanas!--respondía Perico alzando los

hombros con ademán desdeñoso.

El profesor insistía, trataba con razones y amenazas de persuadirle.

Todo era en vano. Al cabo nos decía, un poco avergonzado:

--Vaya, vaya; tengan ustedes la bondad de separarse y dejarlo solo.

Y henos aquí a los treinta o cuarenta muchachos que componíamos la clase

levantándonos de nuestros asientos y apartándonos algunos metros del

rebelde.

Por supuesto, estoy en fe de que no se le formaba consejo de disciplina

y se le arrojaba para siempre del Instituto por respetos a su padre, don

Pedro Baranda. Este señor era un industrial que poseía una fábrica de

ladrillos en las afueras de la población, excelente persona y, además,

uno de los jefes del partido republicano. Como nos hallábamos en plena

revolución, ningún profesor osaba malquistarse con él.

Perico sufría horriblemente cada vez que se oía llamar _el Bueno_.

Rechinaba los dientes, y si era algún chico de su edad quien le

injuriaba de este modo, se arrojaba sobre él y le hinchaba las narices.

Porque es de saber que Perico era bravo, y, aunque no muy fuerte,

prodigiosamente ágil y diestro en toda clase de ejercicios. Nadie le

aventajaba en la carrera ni en el salto, ni nadie jugaba como él a las

_puentes_ y al _pido campo_. Recuerdo en que una tarde en que por

instigación suya hicimos novillos, y en vez de asistir a la clase de

Retórica y Poética, nos fuimos a poetizar al campo, como nos alejáramos

demasiado y se llegara el crepúsculo, tuvimos miedo de no estar al

Angelus en casa, como nuestros padres nos tenían prevenido. Nos

hallábamos cerca del puente por donde cruzaba la vía férrea. Perico ve

llegar el tren a toda marcha y, sin decirnos palabra, se encarama sobre

la barandilla y se arroja sobre una de las plataformas, logrando ganar

sano y salvo la población en pocos minutos.

¿Por qué no he de confesarlo? Yo le admiraba, y fuí su amigo sincero. El

me mostró siempre también particular predilección, y desahogaba conmigo

sus penas. Una de las mayores era aquel ridículo apodo que sobre él

pesaba. Le parecía el colmo de la degradación.

--¡Mira tú--me decía algunas veces sonriendo con amargura--que llamarme

a mí Perico _el Bueno_, cuando soy más malo que un dolor a media noche!

No podía sacarse esta espina del ojo.

Cuando nos hicimos bachilleres le perdí de vista. Yo me vine a Madrid, y

él se quedó en el pueblo. Algunos años después le hallé completamente

transformado. Había muerto su padre, y se había puesto al frente de la

fábrica, y se había metido en política. Era un hombre grave,

silencioso, pero siempre enérgico y dispuesto a encolerizarse por

cualquier bagatela. Sus ideas políticas, exageradamente radicales, casi

anarquistas, y cuando llegaba el momento, las expresaba con una

violencia y un cinismo que ponía en suspensión y espanto a los pacíficos

habitantes de nuestra villa. De religión no había que hablar: Perico se

había declarado enemigo nato del Supremo Hacedor, y al final de

cualquier francachela con sus amigos hablaba, como cosa natural y

sencilla, de beber la sangre del último rey en el cráneo del último

sacerdote.

¡Y, sin embargo, en la población seguía nombrándosele _Perico el Bueno_!

Claro está que era por la espalda, pues cara a cara nadie hubiera osado

darle este apodo infamante.

Pronunciaba conferencias en el Centro Obrero y arengaba a las masas en

todas las manifestaciones republicanas con mucho más calor que

elocuencia. Su espíritu no se nutría más que de los artículos de fondo

de los periódicos radicales y de los libros de los filósofos

materialistas de última hora. El de Büchner _Fuerza y materia_ era su

evangelio. Pero en los últimos tiempos, poco antes de llegar yo al

pueblo, habían caído en sus manos algunas obras de Federico Nietzsche y

las había devorado con verdadera glotonería, y sin digerirlas muy bien,

hacía uso de ellas para aterrar a sus convecinos. Todas las virtudes

eran para él objeto de feroces sarcasmos: la bondad no significaba más

que impotencia; la humildad, bajeza; la paciencia, cobardía. Exaltaba,

en cambio, la crueldad, la astucia, la audacia temeraria, el carácter

agresivo, como instintos preciosos que aumentan nuestra vitalidad y

hacen la vida más bella y más intensa. "¡Es menester decir "sí" al mal y

al pecado!", repetía a cada instante en el Casino, en medio de la

estupefacción de los burgueses que le escuchaban. Hablaba de demoler los

hospitales, los asilos y hospicios, como centros de putrefacción donde

se guarda con esmero la podredumbre humana, que luego se esparce y nos

envenena a todos; se entusiasmaba con la costumbre espartana de despeñar

a los niños mal configurados, y hasta hallaba razonable la de sacrificar

a los viejos e impotentes... En fin, un verdadero horror.

Si alguno de los circunstantes quería atajarle y responder a tales

atrocidades, Perico se encrespaba, y chillaba tanto y tan alto, que

había que dejarle.

Cierta tarde, en el Casino, se complacía en atacar y burlarse de la

santidad, repitiendo las paradojas del filósofo que le había sorbido el

seso:

--Existen ciertos hombres--decía--que sienten una necesidad tan viva de

ejercitar su fuerza y su tendencia a la dominación, que, a falta de

otros objetos, o porque han fracasado siempre, concluyen por tiranizar

alguna parte de su propio ser. La santidad, en último término, es

cuestión de vanidad.

Un ilustrado profesor del Instituto tuvo la mala ocurrencia de

replicarle:

--Pero, señor Baranda, ¿hay hombre alguno sobre la tierra tan

desprovisto de fuerza, que no pueda hacerla sentir de algún modo a sus

semejantes? Yo he conocido mendigos tullidos, enfermos, seres sumidos en

la más profunda abyección, que dejaban cerillas encendidas en los

pajares y ponían cristales en los caminos para que se hiriesen los

transeuntes.

Perico reprimió con trabajo su cólera y trató de hablar con calma.

--Le digo a usted que es cuestión de vanidad y, además, de pasión. Bajo

la influencia de una emoción violenta, el hombre puede determinarse, lo

mismo a una venganza espantosa, que a un espantoso aniquilamiento de su

necesidad de venganza. En un caso o en otro, sólo se trata de descargar

la emoción.

--Pero la pasión no es más que la exaltación del sentimiento--manifestó

el catedrático--. Para que exista la emoción religiosa capaz de producir

el ascetismo, es necesario que haya existido antes el sentimiento

religioso. No es, pues, la pasión religiosa la que usted nos debe

explicar, sino el sentimiento de donde procede. Que el hombre, acometido

y dominado por una excesiva emoción, puede determinarse a obrar de un

modo monstruoso y hasta contrario, no ofrece duda. Pero el "porqué" y el

"cómo" se ha producido tal emoción es lo que debemos investigar. Si en

algunos casos los efectos del amor y del odio pueden ser los mismos,

porque el fuego de la exaltación consuma y borre las diferencias, no por

eso dejarán de ser radicalmente sentimientos distintos y contrarios.

--Bien; pues aunque no fuese cuestión de vanidad y de pasión, yo no

puedo menos de despreciar profundamente a esos castrados--repuso con

tono y gesto despectivos Perico--. Después de todo, esos eunucos,

incapaces de gozar de la vida, sólo tratan de hacerla más llevadera

sometiéndose vilmente a una voluntad extraña o a una regla. Son en el

fondo unos epicureístas, aunque bien ridículos.

--¡Rara manera de hacer la vida dulce el obedecer a un superior

caprichoso, colérico o estúpido!--exclamó el profesor--. Y aunque por un

esfuerzo de la voluntad lograsen no sentir el resquemor de las

humillaciones, ¿cómo evitar el sufrimiento que producen las

incomodidades físicas? ¿Es más ligera la vida para el que no tiene un

instante suyo, a quien se obliga a comer manjares que le repugnan, velar

cuando tiene sueño, dormir cuando no lo tiene, viajar cuando se halla

fatigado y reposar cuando siente necesidad de movimiento, que quien

dispone libremente de su actividad? El filósofo Epicuro se maravillaría,

ciertamente, de que considerasen discípulos suyos a San Antonio y San

Francisco. Porque si para él la serenidad intelectual y moral

significaba el placer más grande de la vida, juzgaba igualmente el

bienestar físico como condición para la tranquilidad moral, y los

placeres del cuerpo, sobre todo el del vientre, como raíz de los

placeres del alma.

Los tertulios se pusieron de parte del catedrático, y con esto Perico se

enfureció y comenzó a disputar a gritos y a soltar interjecciones

soeces, como tenía por costumbre desde niño. De tal modo, que su

interlocutor, impacientado, al fin, alzó los hombros con desdén y no

quiso continuar la discusión.

Pocas semanas después de esto, hallándose bastante gente paseando por la

acera de la plaza de la Constitución, se declaró un violento incendio en

el Círculo Tradicionalista. Ocupaba éste en la misma plaza una casa que

constaba de un solo piso. A esta hora, que era la del crepúsculo, había

pocos socios, que se echaron a la calle prontamente. El conserje había

salido a un recado. La multitud se apiñó delante del edificio y

comenzaron los trabajos de extinción, que se redujeron a que subiesen

algunos a los tejados contiguos con cántaros de agua para impedir que el

fuego prendiese a las otras casas. Se esperaba a los bomberos, pero no

acababan de llegar.

El fuego era terrible, y las llamas salían ya por las ventanas. De

pronto se escuchan lamentos desgarradores en la calle. Una mujer

desgreñada, pálida como una muerta, corría hacia la casa, gritando:

--¡Mis hijos!, ¡mis hijos!

Era la esposa del conserje, que habitaba en los altos de la casa. Nadie

se había dado cuenta de que en ella había encerradas cuatro criaturas,

la mayor de siete años. Quiso lanzarse a la puerta, pero la sujetaron

algunas manos: la escalera estaba ya invadida, y marchaba a una muerte

cierta.

--¿Dónde están sus hijos?--le preguntó Perico Baranda, que la tenía

agarrada por un brazo.

--¡Allí!, ¡allí!--gritaba la infeliz mujer, señalando a la derecha del

edificio--. ¡Soltadme, por Dios!

Perico Baranda la soltó, pero fué para lanzarse a las ventanas enrejadas

del cuarto bajo y escalar con la agilidad de un mono los balcones del

primero. Se le vió desaparecer: un minuto después aparecía con una niña

entre los brazos. De la muchedumbre partió un grito de alegría. Se

arrimó una escala, y varias manos recogieron a la criatura.

Perico se lanzó de nuevo intrépidamente al interior. Poco después salía

con otra niña. Se le vió con la ropa chamuscada, el rostro ennegrecido.

--¡Refrescadme, voto a Dios! ¡Refrescadme, refrescadme!--gritó con voz

ronca.

Desde los tejados contiguos se le arrojaron algunos cubos de agua, pero

no llegaron a él. Un hombre subió por la escala con una herrada, y se la

vertió sobre la cabeza.

Perico se lanzó otra vez al interior, a pesar de que las llamas salían

ya por todas partes y era inminente el derrumbamiento del techo.

Poco después asomaba con otro niño.

--¡Refrescadme, refrescadme!

Esta vez venía tan desfigurado, que apenas se le podría reconocer. A

simple vista se notaba que tenía heridas las manos y el rostro. Parecía

que iba a caer exánime.

--¡Refrescadme, refrescadme!

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