Reynoso no se movió. Se oyó el ruido del coche que se alejaba. Nadie
habló una palabra en algunos minutos. Al fin Escudero puso una mano
sobre el hombro de aquél y dijo con voz conmovida:
--¡Germán! ¡amigo mío! ¡valor!
Y por el rostro de aquel hombre que no parecía sensible más que a los
cheques y talones rodaban dos gruesas lágrimas. Reynoso se alzó y
tambaleándose como un beodo salió de la taberna seguido de sus amigos.
Cuando estuvieron en la calle se volvió hacia su cuñado y apretándole la
mano dijo:
--¡Tienes razón, Tristán, la vida es un asco!
Guardaron todos silencio y caminaron hacia el sitio en que habían dejado
el coche. Don Germán manifestó su resolución de volverse al Escorial.
Todos ellos se brindaron a acompañarle, particularmente Tristán, pero
opuso una enérgica negativa a sus instancias. Tampoco aceptó el coche de
Escudero que hablaba de añadir otros dos caballos a los que llevaban.
Nada, sólo pedía que le dejasen en la estación. Salía un tren a las
siete y sólo faltaba una hora. Acataron su voluntad aunque de mala gana.
--Os suplico que os volváis a vuestras casas y me dejéis ya--les dijo
cuando hubieron llegado--. Y llamando aparte a Tristán--: Cuida mucho
de Clara. Conozco su corazón y sé que este golpe puede hacerle mucho
daño. Os espero dentro de cuatro o cinco días. Hasta entonces dejadme
solo.
Tristán le miró con asombro.
--Pero ¿qué piensas hacer?
--Nada.
--¿No quieres castigar a ese miserable?
--No.
--Entonces voy yo a provocarle.
--Nada. No hagas nada, Tristán. En este mundo todo es nada, ¡nada, nada!
Y diciéndoles adiós con la mano y haciéndoles al mismo tiempo seña de
que no le siguiesen, se metió en la estación uniéndose a la multitud que
en aquella hora la llenaba.
--¡Nada! ¡nada! ¡nada!--murmuraba reclinado en el fondo de un coche
mientras la locomotora le arrastraba velozmente al través de los campos
adustos, melancólicos que cercan a Madrid. El humo se esparcía delante
del paisaje ocultándolo por momentos. El sol moría a lo lejos entre
resplandores carmesíes. Una dulce serenidad se desprendía del cielo
pálido. Reynoso dejó el rincón y puso su rostro enardecido al golpe
violento de la brisa que se iba haciendo más fresca según se aproximaban
a la sierra. Con los ojos atónitos sentía más que veía el raudo cruzar
de los objetos por delante. Todo huía, todo se escapaba causándole una
extraña impresión de desquiciamiento universal. El mundo se deshacía, se
evaporaba, rodaba vertiginosamente a los abismos de la nada.
--¡Todo es nada! ¡nada! ¡nada!--repetía sin cesar con voz ronca.
Cuando el tren se detuvo en la estación de Escorial, salió del coche sin
darse cuenta de ello y emprendió como un autómata el camino del Sotillo.
Estaba anocheciendo. En el cielo brillante e inmóvil centelleaban
algunas estrellas. A su espalda la mole de la sierra se ocultaba entre
cendales de un violeta profundo. Delante el inmenso horizonte de los
campos parecía cerrarse fundiéndose todo en un tenue vapor gris.
Alcanzó su casa y penetró en ella sin ruido, casi furtivamente como si
fuera un intruso. Uno de los criados se asombró de verle al cruzar un
pasillo y se excusó de no haber prevenido a los demás. Don Germán ordenó
que todos permaneciesen tranquilos. Se encerró en su despacho, sacó
legajos y papeles y estuvo trabajando largo rato. Llamaron a la puerta
humildemente y una doméstica preguntó si el señor bajaba a cenar.
Respondió que le subiesen a la habitación contigua caldo y algunos
fiambres y siguió trabajando. Al cabo se alzó del sillón y pasó al
saloncito contiguo donde ya le habían preparado la mesa. Ordenó en
seguida que todos se acostasen y volvió a su trabajo que aún duró mucho
tiempo. Cuando terminó eran las altas horas de la noche. Descansó unos
instantes y escribió una carta de pocas palabras que depositó sobre la
mesa en sitio visible. Luego sacó de uno de los cajones un revólver, lo
examinó con detenimiento, lo cargó con nuevas cápsulas, lo colocó sobre
la mesa y echó de nuevo la llave al cajón. Abrió la puerta del salón,
abrió la de la habitación contigua, que era el dormitorio matrimonial,
encendió un cigarro y se puso a pasear a lo largo de la crujía con
aparente calma.
Allá en el fondo entre las camas de los esposos pendía un crucifijo. En
uno de los paseos los ojos de D. Germán tropezaron con él. Quedó
inmóvil, clavado al suelo, los ojos fijos en aquella imagen sangrienta.
¿Cuánto tiempo estuvo así? ¿Una hora? ¿Un minuto? Jamás pudo él mismo
saberlo. Al fin dejó escapar un suspiro, se tapó el rostro con las manos
y cayó de rodillas sollozando.
Cuando se puso en pie había recobrado el sosiego, todo el sosiego del
alma. Su resolución estaba tomada. Se dirigió con paso firme a su
despacho, guardó de nuevo el revólver y se puso a escribir algunas
cartas. Una larga para Tristán, otra para Cirilo. La última para su
mujer.
"Elena: Perdona que por última vez me dirija a ti. Es de absoluta
necesidad para tu futura existencia. Cuando recibas ésta me hallaré
lejos y jamás volveré a importunarte con mi presencia. Te dejo toda mi
fortuna: sólo me llevo lo necesario para vivir. Gasta todas las rentas
que te entregará Cirilo. Es el último favor que te pido y también que
disculpes mi ausencia. Puedes decir que estoy en América, donde tenía
comprometidos algunos intereses. Nada más. Que Dios te proteja y que a
mí no me abandone."
Cerró la carta y lo mismo que las otras la guardó en el bolsillo para
enviarlas al correo en la oportuna ocasión. Hizo después pedazos la que
había dirigido al juez y sacó otro cigarro y de nuevo se puso a pasear,
esta vez no con calma aparente sino bien verdadera. Por fin abrió el
balcón y salió a una pequeña terraza, recostándose de bruces sobre el
antepecho de mármol. La noche era caliente y poblada de estrellas. El
paisaje severo, erizado, dormía bajo su dosel alargando la sombra
inmensa de sus collados. Reynoso abría los ojos sin ver, tendía los
oídos sin oir, no viendo ni oyendo más que los latidos de su corazón
desgarrado. Este corazón latía y hablaba. ¿Qué importa todo? ¿Qué vale
cuanto existe en el mundo? Riqueza y miseria, grandezas y humillaciones,
desgracia o ventura todo cambia, todo se hunde al fin en los abismos de
la noche eterna... ¿También se hundirá el amor? ¿Nada quedará de esta
emoción incomprensible que parece transformarnos por momentos,
arrebatarnos de la tierra a otras esferas más altas? Don Germán
contempló el cielo largo rato, escrutando con avidez sus abismos
azulados, sus millones de luminarias maravillosas. Al fin los bajó de
nuevo murmurando: "¡No; el amor no se hundirá porque el amor es Dios!"
Paseó después su mirada por el campo. Allá, hacia el oriente, en los
confines del horizonte un tenue reflejo del firmamento señalaba el sitio
donde se asentaba Madrid. Apartó los ojos con horror. Del cielo viene el
rayo que nos abate, del mar viene la ola que nos traga, del campo la
dentellada de la fiera o la puñalada del bandido. ¡Pero de allí!... ¡ah,
de allí viene el daño que no puede explicarse, la agonía sin muerte, el
dolor increíble!
Permaneció algún tiempo perdido enteramente en una meditación profunda.
Era un torrente de pensamientos graves, de sensaciones confusas que
atravesaba su cerebro y su corazón. Apenas guardaba la conciencia de que
fuesen suyos. Una ola de olvido le envolvía poco a poco; una voz bien
alta subía invitándole a mirar hacia arriba y a despreciar lo de abajo.
Después haciendo un esfuerzo alzó sus codos de la baranda, contempló
todavía con distracción el horizonte oscuro, sacó del bolsillo su
llavero, del llavero un lápiz y escribió tres palabras sobre el mármol.
Entró en sus habitaciones, se dirigió a su armario y tomando de allí la
ropa y los objetos más indispensables los empaquetó en una maleta.
Cuando la tuvo hecha bajó cautelosamente hasta la puerta del jardín y
salió de casa. Atravesó el parque, atravesó el bosque y en pocos minutos
se encontró a campo raso. Emprendió por los senderos el camino de
Zarzalejo para montar allí en el primer tren que le alejase de Madrid.
Cuando hubo caminado algún tiempo se detuvo y volvió los ojos hacia su
casa. Allí quedaba, silencioso, tranquilo, el que había sido su paraíso
en la tierra. Jamás, jamás volvería a entrar en él. ¡Cuánta felicidad
deshecha en un instante! Tomó la maleta que había dejado caer al suelo y
emprendió de nuevo la carrera. Los sollozos le rompían el pecho, las
lágrimas le cegaban. Así marchaba aquel hombre al través de la noche
desierta en busca de Dios.
PAPELES DEL DOCTOR ANGÉLICO
UN TESTIGO DE CARGO
Hay personas que no pasean jamás sino por calles céntricas. Hay otras
que gustan de las excéntricas y solitarias, en los barrios extremos de
Madrid, lindantes con la campiña. Las hay, por fin, que no pasean ni por
unas ni por otras, y sólo encuentran alegría midiendo el pasillo de su
casa a trancos, y acercándose de vez en cuando a la estufa para
calentarse las manos.
Pues bien; declaro que yo pertenezco a la segunda categoría, aunque
también me agrada recorrer una y otra vez mi pasillo con las manos en
los bolsillos, particularmente cuando llueve, y dar unas cuantas vueltas
por las calles de Alcalá y Sevilla a las horas de más tránsito. Cuando
esto último acaece, procuro que mi rostro vaya fruncido y aborrascado
para adaptarse al medio ambiente; pero es contra mi gusto, bien lo sabe
Dios, porque mi fisonomía, por naturaleza, es plácida y sentimental.
Así, que experimento más placer en pasearme por las afueras, donde
encuentro rostros alegres que me miran sin hostilidad. Sólo allí me
desarrugo y soy exteriormente lo que Dios quiso hacerme. Y he pensado
algunas veces que si trasladásemos las caras de las afueras al centro, y
las del centro las enviásemos a paseo, Madrid ofrecería a los ojos de
los extranjeros un aspecto más hospitalario, más risueño y, sobre todo,
más humano que el que ahora tiene.
No sucede lo mismo con los perros. Encuentro, generalmente, los del
centro apacibles y corteses; los de los barrios extremos, agresivos,
quimeristas y mucho más descuidados en el aseo de su individuo. Sin
duda, la cultura, que ejerce una influencia tan triste en la raza
humana, suaviza y mejora la canina.
Ignoro si el perro con quien tropecé cierto día en una de las calles más
extraviadas del barrio de Chamberí era quimerista y agresivo como sus
convecinos; pero sí puedo dar fe de su escandalosa suciedad.
Flaco, lanudo como esos bohemios que no se recortan jamás la barba y la
dejan crecer por donde salga, cubierto de polvo y con un pegote de barro
en cada pelo, se acercó a mí este repugnante animal moviendo el rabo y
mirándome con ojos humildes.
Yo dí un salto atrás, porque la experiencia me ha enseñado que se puede
mover el rabo humildemente y ser en el fondo malísimo sujeto. Pronto me
convencí de que no había nada que temer. Aquel pobre perro había venido
tan a menos, se hallaba tan desamparado y abatido, que los últimos
rescoldos de su carácter agrio, si alguna vez lo había tenido, se
habían apagado por completo.
Hice sonar con los dedos una leve castañeta, correspondiendo al meneo
vertiginoso de su rabo, y me dispuse a proseguir mi camino. Pero él
agradeció aquella fría castañeta como nadie me agradeció en la vida el
saludo más cordial y cariñoso. Comenzó a brincar delante de mí, y a
retorcerse, y a lanzar suaves e insinuantes aullidos, expresando tanto
gozo como gratitud.
No se agradecen así los saludos en este bajo mundo--me dijo nuevamente
la experiencia--si no se teme o se espera algo. Este perro no tiene amo,
o ha sido arrojado por él de su casa. ¡Pobre animal! Me interesó su
desgracia, y de nuevo hice sonar la castañeta con alguna mayor efusión,
y él con esto renovó las señales de gratitud hasta querer descoyuntarse.
Inmediatamente tomó la resolución de seguirme hasta el fin del mundo.
Yo le veía detrás varias veces, dándome escolta; otras, delante,
sirviéndome de heraldo. Por momentos se detenía, levantaba hacia mí su
hocico peludo, y me miraba con afectuosa sumisión, cual si me quisiera
decir que estaba dispuesto a obedecerme como amo y señor. La desgracia
de aquel animal me conmovió. Era tan feo, que no había motivo para
admirarse de que su dueño le hubiese abandonado.
Y, sin embargo, yo he visto algunas señoras ricas que acariciaban y
mimaban con apasionados transportes de amor a otros perros más feos que
éste, y he visto también a algunos jóvenes elegantes acariciar y mimar
a estas mismas señoras, más feas aún que sus perros.
Me representaba a aquel pobre animal, arrojado ignominiosamente de su
casa, volviendo a ella a demandar gracia, aullando tristemente a la
puerta; le veía marchar errante y hambriento por aquellas calles
solitarias, introducirse en alguna tienda en busca de una piltrafa,
salir de ella molido a palos, seguir a los transeuntes hasta que éstos
le despedían a puntapiés o pedradas.
La compasión se filtraba en mi pecho, y cuando el animal se paraba a
mirarme, le hacía una seña de afectuosa consideración. Entonces se
acercaba a mí rebosando de agradecimiento, y yo, sin temor a mancharme
las manos, como los santos caritativos de la leyenda, le acariciaba la
cabeza.
Pero a medida que transcurría el tiempo, se apoderaba de mí un vago
malestar. ¿Qué iba a hacer de aquel desdichado? A un perro no se le
puede dar una limosna, ni recomendarle a un concejal amigo para que le
coloque de peón en los trabajos de la villa. Necesitaba llevármelo a
casa. Esto era grave. ¿Qué diría el portero, qué dirían los vecinos, qué
diría, sobre todo, mi familia al ver entrar aquel bicho feo y asqueroso?
¡Vaya unas protestas, vaya una zambra, vaya una risa que se armaría en
mi casa! Se me puso la carne de gallina.
Comprendí inmediatamente todo lo falso de mi situación.
Entonces hice con el perro lo que conmigo hacen los amigos cuando mi
presencia les molesta; me hice el distraído. Cuando me miraba con sus
ojos afectuosos, volvía la cara hacia otro sitio; si se acercaba a mí,
fruncía el entrecejo como si no le viese, y seguía mi camino. En fin,
adopté un continente tan glacial como significativo. Pero él no vió la
significación, o no quiso verla. Sin darse por enterado, persistía en
sus muestras de adhesión incondicional, teniéndose siempre por mi
protegido.
Una de las veces que mi mirada se cruzó con la suya, vi en sus ojos una
expresión de sorpresa y de súplica tal, que el corazón se me apretó. Sin
embargo, lo que pedía no era posible.
Mi inquietud iba en aumento, y ya pensaba en la barbarie de arrojarlo de
mi lado violentamente, cuando observo que viene hacia nosotros un
tranvía. Entonces, cautelosamente me agarro a él y monto. Desde la
plataforma veo a mi perro que camina tranquilo y confiado, vuelve de
pronto la cabeza, queda sorprendido, olfatea el aire con desesperación,
y, por fin, baja de nuevo su cabeza hacia la tierra, resignado, como los
seres que han conocido todo el dolor de este mundo y saben lo que se
puede esperar de la existencia.
Jamás pude olvidarlo. Y al acordarme de él, no puedo menos de pensar que
cuando algún día me vea ante el supremo tribunal de Dios, y se juzguen
todos los actos de mi vida, y se cuenten mis faltas y desaciertos, he de
verle aparecer, con su hocico peludo y su aspecto dolorido, a dar fe de
mi cruel egoísmo.
VIDA DE CANÓNIGO
Las ideas de mi tío don Sebastián acerca del ascetismo de los canónigos
eran mucho más decididas que las de Pachón de la Quintana de Arriba.
Nada de vacilaciones en este punto: ya sabía a qué atenerse. Para él la
imagen de un canónigo evocaba un sin fin de representaciones cómodas,
deleitosas y suculentas.
No es extraño. Si se hablaba de un vino añejo bien confortable, le oía
llamar "vino de canónigo"; si se trataba de un chocolate exquisito,
"chocolate de canónigo"; si de un colchón blando y relleno, "colchón de
canónigo"; etc.
Toda su vida había sentido una envidia ruin por el alto clero, y
deploraba amargamente que su padre no le hubiese dedicado al estado
eclesiástico, en vez de dejarle al frente del comercio de ferretería que
tenían en la planta baja de la casa. Porque si le hubiese enviado al
Seminario, tal vez a estas horas sería canónigo. ¿Por qué no? ¿No lo era
su primo Gaspar, que pasaba por un zote en la escuela? ¡Y nada menos que
arcediano de la santa iglesia catedral de León!
Verdad era que el trato que sus hermanas le daban no era a propósito
para ahuyentar de su carne los apetitos concupiscentes. Eran feroces
aquellas dos hermanas que su padre le había dejado con el comercio de
ferretería. No se sabe si se habían propuesto hacerse ricas a costa de
las susodichas carnes de su hermano, o es que pensaban con terror en la
muerte de éste y en la necesidad de traspasar el comercio, o, ¡quién
sabe!, tal vez en su matrimonio. Porque, si bien mi tío don Sebastián no
había mostrado jamás veleidades matrimoniales, el día menos pensado
podía atraparle cualquier pelafustana. La mujer que se casa con un
hombre que tiene dos hermanas solteronas, siempre es una pelafustana. De
todas suertes, estas dos hermanas le escatimaban el pan, la carne y el
vino, el betún para las botas, las toallas para secarse, y hasta el agua
para lavarse.
Y así habían traspasado los tres la edad de cuarenta años. Don
Sebastián, a quien la Naturaleza había dotado de un temperamento muelle
y voluptuoso, se autorizaba cuando podía, a escondidas de aquellas dos
fatales euménidas, algunos regalos. Un día se iba con don Hermenegildo
el piloto al Moral para comerse una cesta de percebes y beberse algunos
litros de sidra, otro se colaba bonitamente a las once en la tienda de
la Cazana y tomaba una rosquilla rellena y media botella de vino de
Rueda, o bien entraba por la tarde en el café Imperial y pedía un
sorbete de fresa.
Pero de todos estos atentados tenían noticia al día siguiente las dos
vírgenes agrias. Su policía era más exacta y más fiel que la del Sultán
de Turquía. ¡Cielos, qué escándalo!, ¡qué pataleo!, ¡qué imprecaciones
temerosas! En cierta ocasión, una de ellas llegó a darle un formidable
escobazo en la cabeza.
De todos estos ultrajes supo vengarse bien y de una vez mi tío don
Sebastián. No tenéis más que preguntarlo a cualquier viejo de la
población, y os lo contará medio sofocado por la risa. El caso fué como
sigue:
Un día subió don Sebastián de la tienda con una carta en la mano. Era
del primo Gaspar. En ella le decía que se hallaba en Oviedo pasando una
temporada con el señor obispo, que antes de ser preconizado, había sido
su compañero y amigo íntimo en León; al mismo tiempo le hacía saber que
en la diligencia del día siguiente iría a hacerles una visita y pasar un
par de días con ellos.
La turbación que esta noticia produjo en las dos solteronas fué
indescriptible. ¡Tener por huésped al arcediano de León, a un amigo
íntimo del señor obispo, a cuya mesa se sentaba y a quien tuteaba en
secreto, según se decía! Ya no se acordaban de aquel primo Gaspar a
quien recosían los pantalones para que su madre no le zurrase la badana
si llegaba con ellos rotos a casa, y a quien habían dado bastantes
pescozones llamándole animal. Para ellas ya no existía más que un
personaje eminente rebosando de teología y respetabilidad.
Pasada la primer impresión de estupor, hizo explosión en ambas
solteronas una cantidad imponente de actividad doméstica. Se quitaron
el corsé, se liaron un pañuelo a la cabeza, y dieron comienzo por sí
mismas a la limpieza y arreglo del "cuarto de respeto". La gran cama de
palosanto, con pabellón y colcha de damasco encarnado, fué objeto de un
minucioso reconocimiento. Se batió bien el colchón de miraguano y las
almohadas de pluma, se le pusieron sábanas de fina batista, bordadas,
que jamás de memoria de hombre habían salido del armario, y a su lado un
hermoso tapiz que les había traído de Manila otro primo ya fallecido.
La criada fué expedida en diferentes direcciones. A la confitería de
Nepomuceno, para encargar una tarta, mitad de almendra y borraja, a casa
de Facunda, la pescadera, para que buscase algunas docenas de ostras y
se las llevase a las once en punto de la mañana, a la fábrica de
vidrios, para recabar de don Napoleón, el contramaestre, que saliese de
madrugada a cazar unas arceas; etc., etc.
Mi tío don Sebastián seguía estos preparativos con respetuosa atención,
pero sin osar emitir ninguna palabra. Bastaría la más corta frase para
oirse llamar ganso, y no tenía deseo alguno de servir de pretexto a este
símil zoológico.
Al día siguiente por la mañana se acicaló convenientemente, y a las once
y media salió a esperar la diligencia de Oviedo, que llegaba siempre a
las doce. La mesa estaba ya puesta; una mesa deslumbrante, con antigua y
rica vajilla atestada de confites y frutas en almíbar.
A las doce y cuarto llegó don Sebastián con la cabeza baja, diciendo que
el primo Gaspar no había llegado en la diligencia de Oviedo. El
abatimiento más profundo se pintó en el rostro de las dos hermanas.
Transcurrieron algunos instantes de silencio doloroso. Al cabo, don
Sebastián profirió con tono fúnebre:
--Yo pienso que habrá perdido la diligencia de la mañana. Seguramente,
llegará en la de la tarde.
Bastaron estas sencillas y razonables palabras para que sus dos hermanas
se encarasen con él como dos fieras y le llamasen... ¿A qué decir cómo
le llamaron?
De todos modos, no hubo más remedio que sentarse a la mesa y comer. Don
Sebastián lo hizo lindamente. Sus hermanas charlaban como dos cotorronas
que eran, haciendo sobre el caso los más disparatados comentarios. El
engullía en silencio, pausada y sabiamente, alegrando los bocados
exquisitos con un trago de vino de las Navas. Después de los postres se
levantó de la silla como si hubiese cumplido con un penoso deber, y
salió, como siempre, para el Casino. Así que dió la vuelta a la esquina
de la calle, encendió un cigarro puro de los que había comprado para el
arcediano, y chupándolo voluptuosamente, se fué a jugar su partida de
tresillo.
En la diligencia de las siete tampoco llegó el canónigo. Don Sebastián
comunicó la infausta nueva a sus hermanas con la misma cara que si les
leyese la sentencia de muerte. La consternación les paralizó a todos la
lengua. No hubo comentarios, no hubo protestas y lamentaciones. Un
silencio funeral cayó sobre aquella afligida familia.
Pero la mesa estaba puesta. Salmón, arceas estofadas, riñones al jerez,
pechuga de gallina a la besamela, compota de membrillo, bizcochos
borrachos, fresas con crema. Don Sebastián dirigía miradas furtivas y
ansiosas a tales riquezas. Las hermanas, presas de muda desesperación,
no daban señales de acercarse a ellas.
--Vaya, vamos a cenar... De todos modos, el gasto está ya hecho...
Estas palabras provocaron una crisis de lágrimas, pasada la cual se
sentaron los tres a la mesa. Ellas comían a la fuerza y exhalando
suspiros dolorosos. El comía con fuerza y absorbiendo tragos exquisitos.
Cuando se levantaron, don Sebastián se tambaleaba. El dolor suele
producir estos efectos deprimentes. Para esparcirlo un poco, dijo que
iba a dar una vuelta por el muelle. Cuando dobló la esquina, volvió a
encender otro de los magníficos habanos destinados al arcediano, y fué a
sentarse en uno de los bancos del parque, donde se estuvo hasta que el
fresquecillo le echó hacia casa.
Sus hermanas se habían encerrado ya en el dormitorio. La casa estaba
silenciosa y triste, como si se hallase bajo el peso de una desgracia.
Mi tío don Sebastián se desnudó lentamente, pero en vez de meterse en su
cama, tomó la palmatoria en la mano, se asomó con ella al pasillo, y
después de cerciorarse de que nadie le veía, salvó con gran sigilo la
distancia que le separaba del "cuarto de respeto" y se deslizó dentro
del gran lecho de palosanto.
¡Oh dulce y blando colchón!, ¡oh tiernas almohadas!, ¡oh sábanas
finísimas!
Mi tío don Sebastián se sentía inundado de una felicidad celestial. Dió
un soplo a la luz, cerró los ojos, y murmuró sonriendo a las tinieblas:
--Ya no me muero sin saber lo que es la vida de canónigo.
UNA MIRADA A LO ALTO
I
En las primeras horas de la noche me place discurrir por las calles
céntricas. Uno tras otro los arcos voltaicos se encienden, y mantienen a
distancia las tinieblas que la huída del sol convida a descender. Los
coches regresan del paseo, y los nobles brutos que los arrastran se
muestran impacientes ante la muchedumbre que obstruye la vía.