Después de merendar nos fuimos al salón. Elenita se puso a teclear en

el piano antiquísimo, de voces cascadas y metálicas; un verdadero

trasto. Temblé que comenzase a cantar alguna de sus romanzas

sentimentales, y más cuando vi acercarse al presbítero y decirle algunas

palabras al oído; pero no fué así. La vivaracha joven tocó una tanda de

valses, y llamó al pollo desconocido, nombrado Lisardo, según creo, para

que le volviese las hojas. Don Alejandro, mientras tanto, paseaba a

grandes trancos por el salón, con aspecto sombrío.

--¿Qué, no se baila?--preguntó la chica al terminar, haciendo girar el

asiento para ponerse frente a nosotros--. Pues yo voy a dar el

ejemplo... Isabel, ven aquí, tócanos una mazurka.

Y sin más preámbulo se cogió a Lisardo y comenzaron a bailar, dando

fuertes taconazos sobre los azulejos, sin reparar en la mirada furiosa,

pulverizante que su maestro de música la dirigía.

Yo estaba sentado en uno de aquellos viejos sofás al lado de Gloria. Le

pregunté si quería bailar, y me respondió que no sabía. En Andalucía

casi todas las jóvenes saben los bailes del país, porque se les toma

maestro o maestra para enseñarles; pero a menudo ignoran los de sociedad

con ser mucho más fáciles.

--No importa, yo te enseñaré.

Y sin aguardar su respuesta, la cogí de las manos, obligándola a

levantarse, y la abracé por el talle.

--Uno... dos... Ahora con el izquierdo. Uno... dos... Vuelta con el

derecho...

Perdíamos el compás a cada momento, pero ¡qué importa! Cada traspié nos

hacía reir alegremente. Una vez Gloria me pisó.

--¡Uy! ¡uy!--exclamé fingiendo gran dolor--. ¡Cómo pesa la carne de

monja!

--¡Vaya una grasia mohosa!... Pero, hombre, ¿tienes la desvergüensa de

quejarte? ¿De cuándo acá el pie de una andalusa puede haser daño al de

un gallego?

Y era verdad. Aunque sus pies diminutos hubieran bailado sobre los míos,

creo que no me harían daño.

Por otra parte, nadie reparaba en nosotros, y podíamos bailar lo mal que

quisiéramos sin llamar la atención. Todos brincaban por el salón,

acometidos de un vértigo en el cual debían de tener alguna parte el

manzanilla y el amontillado que nos habían servido. Cuando nos cansamos,

fuimos de nuevo a sentarnos. Cogí su abanico, le dí aire fuertemente,

tan fuerte, que lo rompí, lo cual fué ocasión de nuevas bromas y risas.

No habíamos hablado nada de nosotros mismos. Nuestra conversación sólo

tenía por tema las cosas y los sucesos exteriores. No sé si era porque

el placer de hallarnos de nuevo juntos y enamorados nos bastaba en aquel

momento, o por el temor de hablar de asuntos en cuya apreciación

pudiéramos no estar de acuerdo.

Por supuesto, en cuanto el baile de sociedad fué cansando, vinieron a

escape las seguidillas. Gloria fué la primera invitada, porque Isabel

afirmó en voz alta que no había en Sevilla quien las bailase como ella.

No se hizo de rogar. Formáronse cuatro parejas, comenzó a sonar la

guitarra, chasquearon los palillos (en Andalucía la guitarra y los

palillos aparecen siempre, como si brotaran de la tierra), y el baile,

aquel baile animado, vibrante, gracioso, que produce escalofríos de

dicha y hace bullir el alma del más linfático, dió comienzo al son de

una copla cantada por el clérigo don Alejandro. Costó gran trabajo

reducirle a que lo hiciese.

Confieso que, aun placiéndome mucho, no me causó la impresión que en

Marmolejo. Gloria en hábito de monja, no diré que estaba mejor que ahora

con su vestido rojo, pero desde luego era aquello más original.

Cuando salimos a tomar el fresco a los jardines, el sol ya se había

puesto y andaba cerca de llegarse la noche. La sociedad se diseminó por

el gran bosque de naranjos. Gloria, en cuanto vió un columpio, se empeñó

en subirse, y me pidió que le moviese, lo cual hice, como debe

suponerse, con extremado placer. Por entre los árboles vi reunidos a

Suárez y Joaquinita, que nos miraban con sonrisa despechada y maligna.

No hice caso; pero Gloria, que también acertó a divisarlos, se puso

seria repentinamente y no tardó en bajarse. Volvimos a reunirnos al

grupo mayor. Observé que mi novia procuraba, por cuantos medios podía,

demostrar a Daniel el mayor desprecio, como si tuviese contra él algún

grave motivo de odio. Yo era tan feliz que compadecía sinceramente a mi

enemigo, y hallaba la conducta de ella demasiado cruel. Nos sentamos al

fin sobre el césped, no lejos de Isabel y Villa, que charlaban

animadamente. Hubo un rato de silencio. Temía, por lo que ya he dicho,

volver a las conversaciones íntimas, y no se me ofrecía en aquel

instante objeto de que tratar. Noté que Gloria me miraba con frecuencia,

sonreía levemente, bajaba la vista y otra vez volvía a mirarme y

sonreir, moviendo los labios un poco, cual si le viniesen deseos de

decirme algo y no se atreviese. Una de las veces sus ojos chocaron

francamente con los míos, y los dos sonreímos sin saber por qué. Bajólos

al fin, y mostrando vergüenza, dijo en voz baja:

--Ya sé que me has llamao... (aquí pronunció a medias la palabra fea que

yo había dicho a Suárez en la memorable conferencia de la taberna).

Debí empalidecer terriblemente, y murmuré rechinando los dientes:

--¡Infame!

--No te apures, hijo--se apresuró a decirme, sin caérsele la sonrisa

avergonzada de los labios.--Ya ves qué enojada estoy. ¿No te he dicho

que a mí me gusta que me peguen en los nudiyos?... Además, eso me ha

probao que no se te pasea el alma por el cuerpo, como yo creía. Cuando

me has llamao tal cosa, es que me quieres.

Algún reparo podría ponerse en buena lógica a esta conclusión; pero la

verdad es que entonces era legítima.

--Sí que te quiero... ¡Más de lo que tú te figuras!

--¡Mira que me figuro mucho!

--Pues más aún... pero el decirte semejante porquería es una indignidad

que ese canalla me ha de pagar.

--Déjalo de mi cuenta, tonto. Vosotros no sabéis castigar esas cosa...

Ya verás cómo yo sé tocarle en lo vivo.

Y tenía razón, porque supo tan bien manifestar su desdén, que a ninguno

de la partida se le ocultó la vergonzosa derrota del malagueño.

Volvió a quedar silencioso mi dueño, y volvió a dirigirme rápidas

miradas y a sonreir, esta vez con malicia.

--Te he visto--me dijo al cabo--pasear de noche por mi calle.

--¿Sí? ¿Cuándo?

--Estas noches pasaas, mientras hemos estao regañaos... y te he visto

además hacer una cosa...

--¿Qué cosa?--pregunté, poniéndome ya colorado.

--Besar las rejas de mi ventana... Vamos, no te pongas colorao, porque

estuvo muy bien hecho.

--¿Dónde estabas tú?

--Pues detrás de las cortinas.

--¡Ah, cruel! ¡Y no has tenido siquiera corazón para abrir y darme las

gracias!--exclamé con tristeza.

--¡Qué quieres, hijo!--respondió ruborizándose a su vez--. Bien me

apetesió... pero la honrilla... la negra honrilla... ¿sabes?... No vaya

a creerse ese tío lila, dije para mí, que le estoy asechando los paso.

--Pues no te lo perdono.

--¿Que no me lo perdonas?--dijo propinándome un soberano pellizco en el

brazo.

--No--repetí riendo y quejándome a un mismo tiempo.

--¿No?--preguntó de nuevo, intentando darme otro.

--No--repuse con firmeza, levantándome y echando a correr por el bosque.

Ella me siguió, jugamos un rato al escondite entre los árboles. A cada

instante me preguntaba: "¿No?"--"No" respondía yo, cada vez con más

decisión. Observé que se iba impacientando, y que su voz estaba ya

alterada. Por fin se quedó inmóvil y silenciosa. Entonces me acerqué, y

vi que sus ojos estaban nublados de lágrimas. Me recibió con una

granizada de denuestos. Después, como yo procurase templarla mostrándome

arrepentido, cambió repentinamente, y mirándome con ojos suplicantes...

tornó a repetirme:

--¿Me perdonas?

Costóme trabajo impedir que se pusiera de rodillas. Había llegado a

persuadirse de que lo que había hecho era un grave delito.

La noche estaba ya encima. Se trató de partir, pero la mayoría de los

jóvenes decidió, contra la minoría de los viejos, que nos estuviésemos

aún otro ratito. Se jugó todavía al "escondite", a "la gallina ciega", y

nos divertimos en ver furioso al tío de Elenita, que a todo trance

quería marchar. Cuando lo hicimos se veía muy poco: cuando saltamos a la

falúa, en el pequeño embarcadero de madera de San Juan, era ya noche

cerrada.

Yo, que no me había separado un instante de Gloria después de nuestra

reconciliación, tampoco lo hice entonces, como es fácil de presumir.

Sentéme a su lado en la popa, teniendo cerca a Isabel y Villa, que

tampoco habían andado muy apartados durante la excursión. Frente a

nosotros estaba la de Enríquez con su novio, más allá la mamá y la tía

Etelvina, y en medio de ellas don Alejandro, más sombrío y ojeroso que

nunca.

Elenita charlaba por los codos con el pollo Lisardo. Joaquinita y Suárez

hablaban, aunque no tan animadamente, allá lejos, cerca de los

marineros, y Pepita se encargaba de darnos matraca a todos. Lo cierto es

que el malagueño soportaba su derrota con más filosofía que yo lo había

hecho.

El firmamento se había poblado de estrellas. La luna aún no parecía.

Apartámonos de la orilla y los remos comenzaron a chapotear dulcemente

sobre el agua. El calor había cedido, pero no cesaba. El aire, inflamado

por los rayos del sol, nos envolvía como una onda tibia, acariciando

nuestras sienes y penetrándonos de una languidez invencible. Los mimbres

y álamos esparcían por las orillas sombras flotantes que temblaban y

desaparecían a nuestro paso. Impresionados todos por el silencio de la

noche, el blando vaivén de la barca sobre la superficie elástica del río

y el suave rumor de los insectos que cantaban en las praderas de las

márgenes, comenzamos, sin darnos cuenta, a bajar la voz. Al poco rato no

se oía en la falúa más que cuchicheos y rumor de risas comprimidas.

Nuestros ojos sonreían, cambiando largas miradas impregnadas de pasión;

nuestros labios murmuraban frases de amor; nuestras manos se buscaban en

la oscuridad y se oprimían, tan pronto viva como débilmente. Gloria me

preguntaba aún muy bajito si la perdonaba. Yo respondía que sí y que la

adoraba. Ella replicaba que sólo se adora a Dios y a los santos, que le

bastaba ser querida, pero muy querida, y que la única ambición de su

vida era ser mi mujercita, que yo la tomase y la llevase donde bien

quisiera, "aunque fuese a Galicia". Viendo sus ojos posarse sobre los

míos anhelantes, escuchando su dulce acento enternecido, cualquiera

diría que estaba profundamente enamorada de mí. Yo no lo digo, por

modestia.

La luna apareció por encima de las azoteas de la ciudad cuando ya

estábamos próximos al muelle. Inicié un aplauso a la diosa de la noche,

y todos me secundaron con vivo palmoteo. Isabel manifestó que era

lástima meternos en casa, y nos propuso dar la vuelta y pasearnos un

rato, lo cual hicimos, contra la voluntad expresa del tío de Elenita.

Otra vez perdimos de vista la negra silueta de Sevilla y nos hallamos en

medio del río, mecidos entre sus riberas sombrías, sobre la faja de

plata que extendía la luna en el agua. Esta faja nos servía de camino.

Era un sendero soñado, glorioso, que se prolongaba a lo lejos, se perdía

entre los negros contornos de las orillas, conduciéndonos en apoteosis

al través de la noche desierta. Brillaban sobre la espalda del río mil

escamas argentadas, mil ampollitas lucientes, que parecían estrellas

caídas del alto cielo dormido. Sumergí los dedos en el agua, y la hallé

tibia. Se lo dije a Gloria, y se inclinó para hacer lo mismo. Después

nuestras manos mojadas cambiaron un dulce y corto apretón que nadie vió.

Volvimos a sentirnos acariciados por la onda silenciosa de la noche. Las

palabras que nos murmurábamos volvieron a tener un sentido íntimo, un

sabor secreto que nos inundaba de alegría. Los acentos de Gloria, al

salir de sus labios húmedos, no quedaban en el oído, sino que corrían

por mis venas con dulzura infinita, y sus negros ojos brillantes me

interrogaban sobre aquel misterioso y divino sabor que ella notaba

también sin saber de dónde venía. Escuchábase el _glu glu_ cristalino

del agua; la falúa oscilaba dejando escapar una suave queja monótona.

Los marineros habían levantado los remos, a nuestra instancia, y nos

dejaban marchar arrastrados por la imperceptible corriente.

Duró poco aquel sopor lánguido y voluptuoso, que a todos nos había

embargado. Pepita, después de rasguear primorosamente la guitarra tres o

cuatro veces, se la pasó a Gloria, diciendo:

--Hija mía, basta de pichoneo... A ver si nos cantas alguna copliya

salaíta de esas que tú sabes.

Quiso resistirse, pero todos la instaron, afirmando que estábamos lejos

ya del muelle, que nadie, más que nosotros, la oiría, y se vió

precisada a ceder. Observé siempre que Gloria estaba más dispuesta a

bailar que a cantar.

Punteó y rasgueó la guitarra un momento, y de improviso lanzó el grito

prolongado, vibrante, apasionado, con que comienzan los cantos

andaluces. El aire dormido se estremeció, y sobre sus alas invisibles

arrastró aquel grito al través de la campiña desierta. Yo sentí un vivo

escalofrío, un fuerte estremecimiento, como si hubiera tocado en el

botón de una máquina eléctrica. Aquella nota se fué apagando, apagando,

hasta que murió en su garganta como un blando suspiro. Luego cantó

rápidamente y con brío los dos primeros versos de la copla, y guardó

silencio.

--¡Ole, mi niña! ¡Bueno! ¡Viva tu salero!--gritaron algunas voces.

Gloria, sin pestañear, la mirada fija y abstraída, los rasgos de su

fisonomía levemente alterados, como le acontece a quien pone en el canto

buena parte de su alma, concluyó la copla, bajando la voz hasta

convertirla en murmullo vago, gorjeo suave que, al morir, semejaba un

sollozo.

Por qué en aquel momento, en que mi amor por Gloria se convertía en

delirio y embriaguez, en que todo me sonreía y tocaba al logro de mis

deseos, sentí el alma inundada de tristeza y apetecí la muerte, no puedo

explicarlo; pero así fué. Quizá tengan razón los que creen que el amor y

la muerte son dos cosas que se identifican y confunden allá en el centro

misterioso de la vida universal. Dejé resbalar mis lágrimas por las

mejillas, sin cuidar si me miraban. Gloria volvió a entonar otra copla,

y luego otra, y luego otra. No se cansaban de pedirle más y ella de

complacerles.

Un suceso inesperado vino a destruir el arrobamiento en que todos

estábamos. Los marineros, que también participaban de él, se habían

descuidado, y la falúa, abandonada a sí misma, se acercó a la orilla y

embarrancó. En vez de susto, lo que aquel lance produjo fué risa y

algazara. Los marineros se remangaron los pantalones y se echaron al

agua, y al momento nos pusieron a flote. Pero la paciencia del tío de

Elenita había tocado a su fin. Tropezando de ira, nos dirigió frases de

mal gusto, verdaderos insultos, que nosotros acogíamos con ¡bravos! y

palmadas. Sin embargo, las señoras se pusieron de su parte, y no hubo

más remedio que dar la vuelta.

La barca siguió de nuevo el argentado sendero del río, que fulguraba

como el éter. Todo dormía, lo mismo la sombra que la luz, con un sueño

profundo y sosegado. El aire tibio nos traía de las márgenes vagos

aromas de frutos maduros, de flores marchitas, de musgo y tierra, que

eran el hálito de la naturaleza dormida. La profunda negrura de las

riberas, donde las sombras se acumulaban, hacía más brillante y glorioso

nuestro camino. Parecía que marchábamos, suspendidos en las tinieblas,

sobre un rayo de luna. Del firmamento caía una lluvia de estrellas que

no llegaban al suelo jamás, y las praderas elevaban hacia él su voz

suave y monótona, formada por los suspiros de millones de insectos que

en el fondo de sus pequeños agujeros también se estremecían como yo de

amor y de dicha.

¡Hermosa noche andaluza, mientras me quede un soplo de vida vivirás

impresa en mi corazón!

TRISTÁN O EL PESIMISMO

Don Germán Reynoso, nacido en el Escorial, había labrado una

fortuna inmensa en América. A su llegada a España se había

enamorado de Elena, hija del farmacéutico del Escorial y se casó

con ella. Elena era una joven bellísima, buena, inocente, pero

bastante aturdida. Reynoso un hombre de cuarenta años, inteligente,

noble, generoso. Fué un matrimonio feliz. Poseían un magnífico

hotel en el Escorial y otro en el paseo de la Castellana de Madrid.

Reynoso tenía una hermana, Clara, mucho más joven que él, casada

recientemente con Tristán Aldama. Sus amigos más íntimos eran

Escudero, rico banquero, tío de Tristán, y Barragán, hombre

estrafalario de terrible y fea catadura pero de gran corazón. Como

la fortuna de los esposos les había hecho entrar en relación con la

sociedad elegante de Madrid, Elena conoció en ella a un distinguido

pintor llamado Núñez, hombre ingenioso, mordaz y escéptico. Este

comenzó a galantearla asiduamente. Elena se resistió mucho tiempo

porque amaba a su marido en realidad, pero debido a su temperamento

ligero y sobre todo empujada por algunas perversas amigas, concluyó

por sucumbir.

¡CORAZON, ARRIBA!

Elena se mostraba reacia aquel verano para ir al Escorial. Con el

pretexto de esperar la terminación de unos muebles que había encargado

para su salón iba retrasando días y días el traslado definitivo, por más

que solía pasar allá uno que otro. Reynoso ya no podía más. Su amor y su

prudencia le retenían de tomar la iniciativa, pero empezaba a mostrar en

su semblante la impaciencia que le dominaba. Elena lo comprendió y le

propuso que se fuese antes que ella, aguardándola allí los pocos días

que faltaban ya para que el ebanista y el tapicero dejasen terminada la

reforma del salón. Aceptó gustoso contando que solamente una semana

tardaría su esposa en juntarse con él. Transcurrió la semana, corrían ya

los últimos días del mes de Julio y Elena no daba aviso de su partida.

Pensaba ya D. Germán en volverse a Madrid y renunciar a sus placeres

campestres cuando recibió un telegrama urgente de Tristán concebido en

los siguientes términos: "Vente en el primer tren. Urge mucho tu

presencia aquí."

Justamente acababa de almorzar; eran las doce y media y el primer tren

para Madrid salía a la una. Mandó enganchar a toda prisa y se trasladó a

la estación. El telegrama le había trastornado. No sabía lo que pensar,

pero sentía una zozobra inmensa. Lo primero que le había venido al

pensamiento era que Elena estuviese enferma, le hubiese ocurrido

cualquier accidente. Sin embargo, no parecía natural que le avisasen en

aquella forma enigmática. Luego pensó en Clara, en el niño. Tampoco

imaginaba que era forma adecuada de darle la noticia. Al fin, presa de

la mayor congoja, llegó a Madrid. Cuando puso el pie en el andén y vió a

Tristán acompañado de Escudero y de Barragán le dió un salto terrible el

corazón. Se dirigió corriendo a ellos.

--¿Qué pasa? ¿Elena está enferma?... ¿Clara?

--Las dos están buenas--respondió Tristán gravemente--. Vamos a tomar

el coche y allí te hablaremos del asunto que me ha obligado a

telegrafiarte.

Estas palabras causaron un frío singular en el corazón de Reynoso.

Vagamente adivinó una desgracia mayor que la enfermedad, mayor que la

muerte misma, y quedó paralizado sin osar decir otra palabra. Siguió

dócilmente a sus amigos, cuyas caras largas, contristadas, eran aún más

inquietantes que las palabras de Tristán. Fuera de la estación les

esperaba el _landau_ de Escudero.

--A la Moncloa--dijo Tristán al lacayo.

La mayor estupefacción se pintó en los ojos de Reynoso, pero guardó

silencio. Prontamente el coche dejó las cercanías de la estación del

Norte y se internó en el largo y umbroso paseo de la Moncloa, que se

hallaba en aquella hora completamente solitario. Tristán, con los ojos

bajos y voz levemente enronquecida, principió al cabo a hablar.

--He vacilado mucho, muchísimo, antes de darte el susto que te he dado y

hacerte pasar por una prueba bien triste... Hubiera querido, aun a costa

del sacrificio más grande, ahorrártela. Conozco tu corazón confiado,

noble, afectuoso y sé perfectamente la herida profunda que ha de abrir

en él un desengaño... Pero... yo no puedo olvidar que eres mi hermano,

que mi mujer lleva tu nombre y que tengo el sagrado deber de velar por

que este nombre no sea arrastrado por el suelo... Yo no quiero--añadió

exaltándose--que este nombre, que ha de llevar también mi hijo, sirva de

burla y escarnio a la gente. Antes que eso suceda estoy resuelto a

hacer justicia por mi propia mano...

Reynoso horriblemente pálido le contemplaba atónito, sin pestañear.

--Antes de dar este paso he consultado con tus amigos más fieles, con

los que te quieren como un hermano, y ellos han visto como yo que era de

todo punto necesario esta operación dolorosa. Ten valor, pues...

Prepárate a saber que se ha hecho befa de tus sentimientos más íntimos,

que se ha olvidado infamemente tu nobleza y tu generosidad, que se ha

pisoteado tu corazón y tu nombre... Elena...

Un grito áspero y extraño mezcla de rugido y de lamento salió de la

garganta de Reynoso.

--¡La prueba! ¡la prueba!

Tristán, Escudero, Barragán quedaron aterrados viendo la palidez

cadavérica de aquel hombre, su mirada centellante de fiera acorralada.

--¡La prueba! ¡la prueba!--repitió apretando el brazo de su cuñado.

--Dentro de pocos momentos la tendrás.

Reynoso paseó su mirada anhelante por el rostro de sus amigos, y viendo

que los dos bajaban la cabeza confirmando las palabras de Tristán, se

llevó ambas manos crispadas a los cabellos mesándoselos con furor. Fué

un acceso de loca desesperación. Gritos, sollozos, interjecciones,

movimientos convulsivos. Sus amigos turbados y confusos hacían vanos

esfuerzos por calmarle. No duró mucho tiempo, sin embargo, aquel ataque.

Dejó al cabo caer la cabeza contra el rincón, se tapó con una mano los

ojos y extendiendo la otra hacia Tristán dijo con voz débil:

--Habla. Quiero saberlo todo.

--Todo está dicho ya--repuso Tristán visiblemente afectado--. ¿Para qué

necesitas más palabras? Ahora mismo te llevaremos a un sitio donde

puedes quedar bien persuadido... ¡Manuel!--añadió sacando la cabeza por

la ventanilla--da la vuelta y llévanos a la calle de Atocha. Para

delante de la iglesia de San Sebastián. ¡Vivo!

Obedeció el cochero, entrando en la ciudad y llegaron al punto designado

en pocos minutos. Se apearon allí y dieron orden de que el carruaje les

esperase. Dejaron la calle de Atocha y se internaron por una de sus

travesías laterales. Tristán marchaba delante con Escudero, detrás

Barragán con Reynoso. Este no había despegado los labios, pero pocos

momentos después de caminar los acercó al oído del paisano.

--¿Quién es?

--Núñez--murmuró Barragán apretando al mismo tiempo con afectuosa

ternura la mano de su amigo.

Tristán y Escudero se detuvieron delante de una taberna, abrieron la

puerta e invitaron a los otros a entrar con ellos. Reynoso se dejaba

conducir dócilmente. Tristán, que parecía haber estado ya allí algunas

veces, hizo ademán de sentarse a una mesa próxima al escaparate. Tenía

éste doble cierre de cristales y a su través se veía perfectamente la

calle, que era estrecha. Enfrente había una casa de reciente

construcción que hacía contraste con las del resto de la calle, casi

todas viejas.

--¡Ahí dentro están!--dijo en voz baja apuntando hacia ella.

Reynoso levantó los ojos y volvió a bajarlos rápidamente. Barragán pidió

unos vasos de vino. El chico de la taberna los sirvió prontamente

mirando al mismo tiempo con temor y curiosidad las barbas insólitas y el

rostro espantable del paisano. Nadie más que él llevó a los labios el

vaso. Aguardaron allí largo rato. Reynoso con los ojos en la mesa y la

mano en la mejilla permanecía en una actitud de indiferencia

desesperada. Barragán, Escudero y Tristán hablaban en voz baja espiados

por la tabernera y el chico que mostraban en su rostro inquietud.

Aquella conferencia misteriosa de cuatro señores en su tienda y sobre

todo la traza de bandido que uno tenía les intrigaba. Quizá se les

pasara por la mente que estaban fraguando un crimen.

Al cabo de una hora, lo menos, Tristán, que no cesaba de echar ojeadas

impacientes a la casa de enfrente, exclamó:

--¡Ya salen!

Reynoso levantó la cabeza y su faz se puso lívida viendo salir del

portal a su esposa en compañía de Núñez. Dieron unos cuantos pasos

precipitadamente por la calle y se metieron en un coche de punto que un

poco más allá les esperaba. El rostro de Elena en aquel instante parecía

turbado y pálido y sus ojos miraban con espanto a todos lados. Esta fué

la impresión que les produjo. Reynoso quiso levantarse de la silla al

verla, pero cayó de golpe otra vez en ella y metió la cabeza entre las

manos. Tristán se llevó la suya al bolsillo y dejando asomar la culata

de un revólver profirió con reconcentrada ira:

Páginas escogidas(#39444) · 第 15 / 19 段