A las dos en punto nos personamos en casa de Padul. Estaban ya allí casi

todos los convidados: las dos chicas de Enríquez, con su mamá y el novio

de una de ellas, Pepa y Joaquina Anguita (Ramoncita no había podido

venir por estar con jaqueca), Daniel Suárez y el presbítero don

Alejandro. Poco después llegaron Elena y su tío, y luego otro chico a

quien no conocía. No estaba Gloria en el patio, donde se hallaban

reunidos; pero tampoco vi a Isabel, y supuse que las dos se habían

juntado en las habitaciones interiores. Tardaron poco, en efecto, en

presentarse.

No me dirigió una mirada. Estaba grave contra su costumbre. Vestía un

traje de color rojo con encajes blancos, ligero y de poco valor, que le

sentaba de perlas. (¿Qué es lo que no le sentaba a aquella admirable

criatura?) Saludé primero efusivamente a Isabel, porque la actitud de

Gloria me imponía. Luego me aventuré a dar la mano a ésta, que me alargó

la suya con marcada frialdad, mirando hacia otro lado. Isabel me hizo

una mueca para indicarme que no tuviese miedo. Parecióme lo más prudente

observar una conducta reservada, digna, esperando los acontecimientos, y

me retiré hacia otra parte. Don Jenaro nos manifestó que se le había

ofrecido un quehacer perentorio y sentía no poder ser de la partida, que

íbamos bien autorizados por la señora de Enríquez, su prima Etelvina,

don Mariano (tío de Elenita) y don Alejandro.

--Ya sé cuál es el quehacer del conde... Una juerga--me dijo Pepita por

lo bajo.

--¿Cree usted?...

--¡Uf! Como si lo viera.

Las señoras en coche y los hombres a pie, nos trasladamos todos al

muelle, donde nos esperaba una espaciosa falúa entoldada, con cuatro

remeros sentados en la proa. El calor en aquel sitio era estupendo. El

reflejo de las piedras abrasaba el rostro. Parecía que estábamos

envueltos en una atmósfera de fuego. Ni los quitasoles, ni los sombreros

de paja, ni los trajes de dril podían librarnos de la ardiente saña de

aquel sol que desde lo alto del cielo amenazaba secar los árboles, el

cauce del río y hasta la vida de nuestros cerebros. Las señoras nos

aguardaron un rato sentadas a la popa. Cuando llegamos, nos acomodamos

como pudimos. Daniel Suárez fué a sentarse ¡el miserable! al lado de

Gloria, que le recibió con afectado regocijo. Villa y yo nos retiramos

hacia la proa, pero al instante fuímos llamados por las damas, que se

apresuraron a dejarnos sitio.

--Villa, aquí tiene usted asiento--dijo Isabel, con sonrisa dulce y como

avergonzada, señalándole un puesto a su lado.

El comandante vaciló un momento, pero fué a ocuparlo. Joaquinita también

me llamó. Hice como que no la oía, y fuí a sentarme entre la señora de

Enríquez y Etelvina, un par de setentonas.

Los remos, como grandes antenas, comenzaron a maniobrar sobre el agua

amarillenta. Pasamos al lado de grandes vapores, cuyos vientres

colosales, pintados de rojo, parecían que iban a aplastarnos. De lo alto

de ellos, algunos marineros nos miraban con curiosidad, y se decían

sonriendo frases que no llegaban a nuestros oídos. Detrás dejábamos el

gran puente de Triana, cuyos ojos se iban achicando lentamente. Pronto

salimos del atracadero de los barcos, y llegamos al recodo que guarnecen

los naranjos del jardín de las Delicias. El río hace una gran ese,

revolviendo hacia Triana. Las orillas están orladas de mimbres, en

primer término. Por detrás de ellos asoman algunas filas de álamos

blancos, cuyas hojas plateadas, heridas por la luz y agitadas por el

soplo blando de la brisa, despiden hermosos destellos. La falúa se

deslizaba suavemente, aguantando imperturbable los rayos solares. El

aire reseco había perdido sus condiciones de sonoridad. Sentíase en los

oídos un suave zumbido constante, al través del cual los ruidos llegaban

amortiguados y confusos. La vista no gozaba siquiera la voluptuosidad de

posarse en el agua, porque el río mismo despedía un aliento cálido. El

sol implacable lanzaba de una vez, en apretado haz, todos sus rayos

sobre nosotros, cual si quisiera aplastarnos, reducirnos a la nada, de

donde su calor vivificante nos había sacado. ¡Qué hermoso, qué vivo, y

qué omnipotente sol! Sólo en el Mediodía se siente su fuerza augusta y

acometen deseos de adorarle.

En los primeros momentos hablóse poco en la lancha. El calor era tan

intenso que aturdía. Todos los rostros estaban encendidos y sudorosos.

Los brazos no tenían brío para abanicarse. Pero la alegría no tardó en

renacer. Aquella insufrible molestia que sentíamos sirvió de pretexto

para bromear y reir. Uno de los pollos proponía un baño general, que nos

echásemos todos juntos al agua así que llegásemos a San Juan, cosa que

escandalizaba y hacía reir a un mismo tiempo a las damas. Elenita

sostenía que su tío no sudaba agua como los demás, sino café con leche;

y como todos los ojos se volvían, sonrientes, a mirarle, el buen señor

no podía ocultar su despecho. Cada cual comenzó a hablar con los que

tenía al lado. Isabel y Villa empezaron una conversación animada. La de

Enríquez y su novio, lo mismo. Elenita y el pollo desconocido, que ya se

habían saeteado bastante con los ojos, comenzaron a charlar por detrás

de la cabeza de jabalí del presbítero don Alejandro, que tenía las

enormes cejas temerosamente fruncidas, y el rostro contraído por una

expresión de dolor y de ira que ponía espanto. Finalmente, y esto era lo

que verdaderamente me interesaba, Gloria y Suárez no cerraban boca. La

infiel reía alegremente, harto alegremente quizá para que no hubiese en

ello cierta afectación, de los chistes (¡estúpidos, claro está!) del

malagueño. No quise disimular mi tristeza. Al contrario, forcé la nota

lúgubre, permaneciendo silencioso y cabizbajo, a pesar de los esfuerzos

que las dos viejas que tenía al lado, y Joaquinita, hicieron por sacarme

de mi éxtasis doloroso. Todos allí estaban ya al tanto de lo que me

ocurría.

Sentía, en verdad, una viva y profunda pena que me apretaba el pecho y

la garganta. Deploraba amargamente el haber venido. Las esperanzas que

Isabel me había dado, parecíanme ahora infundadas, ridículas,

engendradas sólo por su deseo frívolo de agradar a todo el mundo. Presa

de una angustia indecible, sofocado también por aquel ambiente

abrasador, al cual no estaba acostumbrado como los demás, me veía

desfallecer. Los oídos me zumbaban, y pasaban a menudo por delante de

mis ojos gasas negras flotantes, como si fuera a caerme. No suspiraba,

ni me movía, sin embargo. No sólo no temía perder el sentido, pero lo

apetecía, por huir de aquella amargura que inundaba mi alma. Deseaba que

el poderoso sol se filtrase por la lona del toldo y me abatiese,

aniquilase mi conciencia, me transformase en una piedra, en una planta,

en algo que no pensase ni sintiese.

Comprendía que mi actitud y mi semblante denotaban demasiado claro lo

que pasaba en mi espíritu, que me estaba poniendo en ridículo. Nada me

importaba. Allá, después de un cuarto de hora, cuando aún no estábamos a

mitad del camino, observé que Gloria me dirigió con el rabillo del ojo

una rapidísima mirada, como si tuviese curiosidad de ver lo que yo

hacía. No sé lo que pasó por mí. Sentíme de pronto revivir, como un

hombre medio ahogado a quien sacasen la cabeza fuera del agua. Erguíme y

aspiré con ansia el aire, dando un largo suspiro que hizo sonreir a la

señora de Enríquez y puso seria a Joaquinita. No tardó en venir otra

mirada igual, que me hizo el mismo bien. La mano invisible que me

apretaba cruelmente la garganta aflojaba los dedos. Luego vino otra, y

pude sacar el pañuelo y limpiarme el sudor. Luego otra, y tuve ya

fuerzas para sonreir. Aquellas miradas, aunque serias y rápidas,

penetraban hasta mi corazón y reían allí alegremente y sonaban como una

armonía celeste, y hasta pienso que olían como un perfume embriagador.

Cuanto más nos acercábamos al término de nuestro viaje, más frecuentes

eran, y si no me equivoco, más duraderas también. No dejaba por eso de

hablar con Suárez, pero cualquiera podía notar que no era con la misma

animación, que una leve sombra de gravedad y preocupación se había

esparcido por su rostro.

El cauce del río nos conducía hacia la loma que cierra el contorno de

Sevilla por la parte del Sudoeste. A la falda de esta loma se encuentra

un pueblecillo llamado San Juan de Aznalfarache, adonde tardamos poco en

atracar, saltando a un tabladito que hace de muelle. Es una aldehuela

irregular, triste y de ruin caserío. Desde la ciudad ofrece vista muy

grata aquel blanco grupito de casas posado como una gaviota a la orilla

del río; pero una vez dentro de él, la ilusión se desvanece. Mirado

desde Sevilla, parece asentado en la falda misma de la colina, sin

terreno llano donde esparcirse. Después que se está en él, se observa

que hay en torno muy llanas y muy hermosas huertas de naranjos y olivos.

El malagueño dió la mano, para saltar, a Gloria, y esto me contrajo el

corazón fuertemente; pero apenas los diminutos pies de ésta se posaron

en el suelo, me lanzó una ojeada firme y rápida como un latigazo, y

volvió a dilatarse. Se descansó algunos minutos delante de una taberna,

y nos refrescamos con agua azucarada. Las damas se sentaron en las

sillas que sacaron del establecimiento. La mayor parte de los hombres

permanecimos en pie, sirviéndoles los panalitos. La verdad es que todos

estábamos necesitados de un rato de sombra verdadera, porque la del

toldo de la falúa dejaba mucho que desear. Joaquinita, que, por lo

visto, tenía ganas de mortificarme, me demandó un vaso de agua.

Sintiendo, más que viendo, que Gloria me observaba, fuí a buscarlo, pero

en la taberna se lo di a don Alejandro, diciéndole:

--Haga el favor de llevar este vaso a Joaquinita.

El presbítero se apresuró a cumplir el encargo, y yo salí después,

harto satisfecho de no dar pretexto a que pudiera pensarse que la

segunda de Anguita me inspiraba el más mínimo interés. Como diese

algunas vueltas por delante de las damas, dirigí distraídamente la

mirada a los pies de Pepita, y observé que traía las botas rotas. Al

instante lo advirtió.

--¿Qué, se fija usted en mis botas rotas?

--¿Se le han roto a usted al saltar?--repliqué.

--No, señor. Las traigo ya rotas de casa.

--¡Ah! No lo ha notado usted al ponerlas.

--Sí, señor, sí; lo he notado hace días. Las he puesto con todo

conocimiento.

No quise insistir, porque entendí que, si proseguía, iba a decirme que

no tenía dinero para comprar otras, con la poca aprensión, vecina de la

desfachatez, que la caracterizaba.

Isabel dió la señal de marcha. No sé a quién se le ocurrió subir al

monasterio antes de ir a la Palmera, y emprendimos, en efecto, la

ascensión. La comitiva se repartió en parejas. Yo, para hacer méritos a

los ojos de Gloria, viéndola emparejada con Suárez, me fuí solo delante.

El camino es corto, pero bastante agrio.

--Sanjurjo--me gritó Joaquinita, con el sano propósito de

desconcertarme,--muy melancólico anda usted hoy.

Me volví, y respondí sonriendo:

--Hay motivos.

--Cuéntenoslos usted.

--Nunca.

Y seguí adelante, muy contento de haber enviado a Gloria delicadamente

un testimonio de mi amor. No tardamos en llegar al monasterio. Está

situado en una meseta o cornisa que forma la falda de la colina, a una

altura bastante considerable ya sobre el nivel del río. El edificio no

es grande ni ofrece mucho de particular en el estado de abandono en que

se halla; pero delante de él hay una especie de terraza desde donde se

divisa uno de los paisajes más hermosos que pueden verse en ninguna

parte del mundo.

Todos nos quedamos extasiados en su contemplación. Lo que primero atraía

la vista era la ciudad. La hermosa sultana del Mediodía reposaba del

lado de allá del río, con blancura deslumbradora que le da carácter

africano. Eran las cuatro de la tarde. El sol la bañaba con sus rayos

oblicuos, pero vivos aún y ardorosos. Sus innumerables torrecillas

mudejares de pizarra y azulejos brillaban como diamantes, y sobre todas

ellas descollaba la formidable y esbelta Giralda, el antiguo y severo

alminar de los árabes, con fuerte color anaranjado. El espacio que ocupa

en la vega donde está asentada es grande. Todavía detrás de ella, sin

embargo, nuestros ojos percibían extensa llanura verde y dorada, cerrada

por una leve ondulación del terreno. "Allí está Alcalá de Guadaira, me

dijeron; allí Carmona." No conseguí verlas. Del lado de acá, por la

parte del Sur, la gran ese del río brillaba a los rayos del sol,

desarrollándose entre huertas de naranjos y olivos. A cierta distancia

éstas cesaban, y la campiña se extendía llana, desnuda, con un color

dorado, hasta tocar en el cielo en los confines del horizonte. En aquel

espléndido paisaje mis ojos no veían la riqueza infinita de matices de

mi Galicia. El esplendor irresistible de la luz los borra y los confunde

todos. La impresión, a pesar de eso, o por eso quizá, era más viva. A

falta de colores, había destellos. El suelo y el aire ardían como una

iluminación universal. Luego los contornos de los objetos, lo mismo los

próximos que los lejanos, eran tan puros, tan claros, que algunos, como

la Giralda, parecían dibujados en un gran lienzo con mano dura. Los

mismos bosquecillos que rodean la ciudad no formaban masas verdes o

manchas, sino que veíamos los árboles separados con admirable precisión.

Por una atracción de que no me daba cuenta, mi vista se fijaba con

persistencia en el espacio azul. La luz ejercía sobre mí en aquel

momento la misma fascinación que sobre las mariposas. Sentía un placer

inmenso, un deleite casi sensual en sumergir la mirada en aquel aire

transparente y límpido, y me acometían vagos anhelos, ansias

indefinibles que me producían una especie de desvanecimiento. Por un

instante se me borró hasta la noción de la existencia, hasta el

pensamiento de Gloria, que tenía a cuatro pasos de distancia. Si hubiera

tenido alas, me hubiese lanzado al infinito luminoso, sin acordarme de

ella, aunque esto parezca una contradicción inverosímil. Esta especie de

enajenación desapareció cuando oí la voz de Pepita a mi espalda.

--¡Considera, alma cristiana, en esta primera estación!...

Volví la cabeza riendo, y mis ojos tropezaron con los de Gloria, que los

apartó al instante. No cabía duda; me estaba mirando.

Bajamos de nuevo al pueblo, y advertí que Suárez, por más que hizo, no

consiguió emparejarse con ella. Se había cogido al brazo de su tía

Etelvina, y hablaba animadamente sin hacer caso de él, hasta que,

despechado al fin, se acercó a acompañar a una de las de Enríquez.

"Bueno va", dije para mí, con viva alegría que me brotaba a la cara.

Isabel y Villa no se habían separado. Consideré con tristeza al pobre

comandante preso de nuevo en las redes de aquel amor imposible, cuando

Joaquina se me acercó diciendo:

--¿Mira usted a Villa? ¿Verdad que parece imposible que un hombre formal

se ponga en ridículo hasta ese punto?

Me encogí de hombros y sonreí. ¡Ponerse en ridículo! ¿Qué le importa al

que ama de veras ponerse en ridículo? Quien se admire de esto, ni ha

amado nunca, ni sabe lo que es amor. A riesgo de parecer grosero,

alejéme de Joaquinita. Su compañía en aquel momento podía echar a perder

un fausto suceso que veía en lontananza.

Atravesamos de nuevo el pueblo, y salimos por la parte del Sur a las

huertas y jardines que lo circundan. Al través de las puertas enrejadas,

veíamos las casitas de campo, con persianas verdes cuidadosamente

echadas, enteramente solitarias. Sus habitantes, si es que los había,

debían de estar resguardados del calor hasta la hora en que el sol se

pusiese. Próxima ya a la falda de la colina, estaba la Palmera. Era la

más amplia en territorio y la que poseía casa más grande y suntuosa.

Desde la puerta de salida hasta el edificio había una ancha avenida

orlada de palmeras, en suave declive. A entrambos lados se extendía un

bosque inmenso de naranjos. El jardín de la casa estaba ya tallado en la

colina. Para subir a aquélla había tres escalinatas adornadas con

macetas. En los tres decansos se veían jardinillos bastante descuidados,

pero que tenían ese encanto misterioso y poético que la naturaleza

presta a los lugares que el hombre la abandona. Los arbustos habían

crecido desmesuradamente y tejían sus ramas formando bosquecillos

impenetrables. Las flores eran escasas y crecían donde los arbustos no

les quitaban la luz.

A la puerta nos recibieron los criados, que habían ido por la mañana con

los víveres. El que estaba al frente de la finca nos acompañaba desde la

puerta de hierro. Era una casa del siglo pasado, espaciosa, fresca, y un

poco desmantelada. Hacía tiempo que los dueños no iban allí sino por un

día o dos. Excitada la curiosidad de todos, quisimos recorrerla luego

que hubimos descansado unos minutos, y lo hicimos en tropel entrando y

saliendo por las vastas habitaciones solitarias, turbándolas con

nuestros gritos y risas. En la planta baja había un gran salón, de techo

elevadísimo, con pavimento de azulejos colocados en caprichoso mosaico.

Los muebles eran severos; el damasco encarnado de las sillas y cortinas

había empalidecido extremadamente. Los muros tenían pintado al fresco

un gran zócalo que llegaba hasta la mitad; de allí arriba, enjalbegados

como la casa de un menestral; pendían de ellos varios retratos al óleo,

de caballeros y damas del siglo diez y ocho. Estos retratos, que eran

los de los antepasados de Isabel, llamaron poderosamente la atención de

los convidados. Particularmente las damas, no acababan de asombrarse de

que se gastasen tales tocados y vestidos, como si no pudiera ponerse un

pero a los que ellas llevaban. Había además un comedor espacioso, con

grandes armarios de caoba, bien provistos de vajilla. En el piso alto

nos llamó la atención un gabinete muy lindo, en cuyos balcones habían

puesto por capricho cristales de todos colores. Nos detuvimos bastante

rato contemplando la campiña al través de cada uno. Aquellos paisajes

azules, rojos, amarillos, que alguna vez se ven en sueños, hacían

prorrumpir en exclamaciones de alegría o disgusto a mis compañeros.

--Voy a enseñarles a ustedes la salida del manantial--nos dijo Isabel.

Bajamos, guiados por ella, a la planta baja, atravesamos un patio, abrió

un criado una puertecita verde y entramos en un recinto semejante a una

gruta. La atmósfera estaba impregnada de humedad. Escuchábase el rumor

del agua, pero no la veíamos, porque estaba oscuro. Cuando los ojos se

fueron acostumbrando, observamos allá en el fondo, brotando de la peña,

un raudal enorme, verdadero río que caía en un estanque cerrado

toscamente por piedras. El sitio era el más grato que pudiera hallarse

en tal instante. La frescura singular que se sentía dilató nuestros

pechos, harto oprimidos, y nos hizo prorrumpir en exclamaciones de

bienestar. Nadie quería salir de allí. Sin embargo, fué preciso al fin,

porque se llegaba la hora de confortar los estómagos. Isabel había

dejado a Villa y tenía abrazada a Gloria por la cintura. Ambas fueron

quedando rezagadas a la salida. Cuando iba a trasponer la puerta, Isabel

me llamó.

--Oiga usted una palabrita, Sanjurjo.

Al mismo tiempo se retiró hacia el fondo de la gruta, arrastrando a

Gloria. El corazón me dió un vuelco, y las piernas me flaquearon.

Llegaba el momento crítico que había de resolver de mi suerte. Haciendo

un esfuerzo sobre mí mismo, acerquéme sonriente a las jóvenes. Debía de

estar, o muy rojo, o muy pálido. Isabel no me dejó pronunciar una

palabra. Si me hubiese dejado, no sé si hubiera sido capaz de hacerlo.

--Sanjurjo, mi opinión es que debe concluir _eso_ que hay entre Gloria y

usted. Ustedes se quieren. ¿Por qué han de pasar el tiempo en monerías?

¡Pasar el tiempo en monerías! Declaro que nada me ha parecido, ni antes,

ni después, tan lógico, tan convincente como esta sencilla proposición.

Y como nos quedásemos turbados, ella roja, yo rojo también, mirándonos

con ojos brillantes, la condesita nos dijo en tono protector:

--Vamos, dense ustedes la mano, y no haya más regaños.

Me apresuré a coger la mano de mi adorada, y la aprisioné entre las mías

largamente, pero sin acertar a decir palabra. La presencia de Isabel me

estorbaba ya terriblemente. Al fin, la emoción venció a la vergüenza, y

comencé a verter una serie de frases incoherentes, apasionadas,

estúpidas, protestando de mi cariño. Estaba loco. Tantos disparates debí

decir, que Gloria soltó su mano bruscamente y echó a correr hacia el

fondo. Isabel me hizo con los ojos seña de que la siguiese.

--Gloria--le dije en voz baja, acercándome suavemente--, ¿sigues

enfadada conmigo?

Por toda contestación se llevó el dedo a los labios, diciéndome con

fingido enojo:

--Cargante, ¿no tenías tiempo de desirme esas guasitas cuando

estuviéramos solos?

No pude contenerme. Me acerqué más a ella y la estreché fuertemente

contra mi corazón. Una tosecilla seca de Isabel, cuya figura tapaba la

puerta, nos avisó de que nos veía y que juzgaba aquello un poco

descomedido. Gloria me rechazó; pero yo, tomándole las manos, preguntéle

con acento conmovido:

--¿Por qué me has hecho sufrir tanto?

--También yo he sufrido; calla.

Y se dirigió a la puerta llevándome a su lado. Isabel dió algunos pasos

hacia nosotros, y sonriendo maliciosamente nos dijo:

--Veo que la reconciliación ha sido completa.

Luego abrazó a Gloria y le dijo al oído algunas palabritas. Esta soltó

una carcajada y la besó con efusión repetidas veces. Después, sin saber

cómo, la risa se tornó en llanto: ocultó el rostro en el pecho de su

prima y comenzó a sollozar perdidamente. Comprendí que aquellas lágrimas

no eran de dolor, pero me apresuré a preguntarle:

--¿Qué te pasa, Gloria? ¿Te sientes mal?

Sin levantar la cabeza me hizo seña con la mano de que me fuese. Yo, sin

hacer caso, volví a preguntar:

--¿Estás indispuesta?

Entonces, levantando la frente, con los ojos nublados de lágrimas y

sonrientes a la vez, exclamó con rabia:

--¡Vete, payaso, vete! No quiero que me veas llorar.

Muchas veces después me he oído llamar payaso por Gloria, y siempre se

lo he agradecido; pero nunca este calificativo me hizo experimentar una

sensación más feliz, un transporte tan delicioso como entonces. Salí por

la puertecita en un estado de turbación que hubiera hecho reir a

cualquiera. Llegué al comedor, y no comprendí por qué Suárez me dirigía

una mirada tan glacial. Yo de buena gana le hubiera abrazado como a todo

el mundo. Si no abrazos, por lo menos empecé a repartir sonrisas a

todos, porque me parecía que todos habían contribuído a mi felicidad. Lo

único que me sorprendió, al cabo de algunos momentos, fué que no me

preguntasen por Gloria. Dios mío, ¿cómo se podía vivir sin Gloria? Pero

Gloria no tardó en llegar, las mejillas inflamadas, los ojos enrojecidos

y brillantes. No me miró al entrar. Comprendí que sin mirarme me veía,

y esperé.

--A la mesa, a la mesa--dijo Isabel.

Vi que el malagueño se acercaba a Gloria y le decía algunas palabras, y

vi que ella hacía una mueca de indiferencia y le volvía la espalda. ¡Qué

criatura tan inteligente! Vi que, como quien no quiere la cosa, se iba

acercando hacia el sitio donde yo estaba; y vi que se llevaba las dos

manos al pelo y se daba unos toquecitos nerviosos para arreglárselo; y

vi que cogía una silla y la separaba para sentarse; y vi que apoyaba su

mano en la contigua... Y no quise ver más. Fuí allá, y me senté

resueltamente a su lado.

No recuerdo los manjares que nos sirvieron, ni creo que los recordaría

entonces, después de haberlos comido. Me parece que eran la mayor parte

fiambres de fonda, y que había gran profusión de confites. Lo que

retengo en la memoria admirablemente es que Gloria me sirvió almíbar de

azahar, diciéndome que era cosa exquisita, y que yo no lo encontré tanto

y que ella se enfadó y me dijo que era un simple y un desaborío, y que

yo, para cortar la discusión, le dije que si me la sirvieran a ella en

ese almíbar, la comería, pero otra cosa no, y que ella me respondió,

riendo, que yo "era un gaditano con más conchas que un galápago". En

cambio, cinco yemas de San Leandro, que me hizo comer una tras otra, me

parecieron deliciosas, y alabé las manos de las monjas, y a Dios que las

había criado.

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