El sosiego melancólico de aquel espectáculo formaba contraste con la

baraúnda que tenía a mi espalda. El aire caldeado no recogía del río

ninguna humedad. Sentíase igualmente abrasador, insufrible, que en medio

de la ciudad. La luz, al huirse, cambiaba poco a poco los colores del

cielo, repartiendo sobre él infinitos matices imposibles de nombrar.

Sobre la tierra derramaba una triste palidez que tornaba las cosas

incoloras y las confundía y las borraba. Allá, debajo del muro verde de

las Delicias, se amontonaban las sombras formando una masa espesa que se

iba dilatando rápidamente. Sobre Triana, de lo alto de la suave colina

donde se asienta Castilleja de la Cuesta, descendía igualmente la noche.

El aire resonó con un ronco silbido prolongado. Era un vapor que salía.

Vi su masa negra apartarse lentamente de la orilla, oí el ruido

estridente de las cadenas, algunas voces lejanas. Luego su quilla rompió

silenciosa el acerado espejo del río, y no tardé en perderle de vista a

lo lejos, al penetrar en el espeso montón de sombras que los bosques de

naranjos dejaban caer sobre el agua.

Placíame por las tardes ir a aquel sitio, a presenciar la puesta del

sol. La vista del paisaje que por lo variado y recogido, parecía un gran

lienzo panorámico, me infundía siempre un sentimiento de bienestar,

cierta deliciosa plenitud de vida, que sólo las grandes ciudades

meridionales poseen y saben transmitir al alma. Mas ahora sentíame

triste y solo. Aquel riente espectáculo, que parecía impregnado de la

gracia y la alegría de mi Gloria adorada, perdió de pronto su encanto.

El espíritu de belleza vivo y ardiente que lo animaba rechazaba el mío,

serio y contemplativo. Yo, que guiado por el amor había penetrado de

golpe en lo más íntimo y profundo de aquella naturaleza ardorosa,

perfumada, palpitante, dejando perderse en ella mi ser antiguo, grave y

soñador, de hombre del Norte; yo, que aspiraba y recogía por todos los

poros la vida andaluza, como si aquélla fuese mi patria verdadera y a la

cual fuera restituído después de muchos años de ausencia, me encontraba

ahora despegado, solitario. Faltaba el lazo que nos unía. Entre aquel

río, aquella Torre del Oro, aquellos bosques de naranjos, aquel

horizonte diáfano de tintas brillantes, y yo, no había nada ya de común.

No era frente a estas cosas más que un curioso, un _touriste_, como

ahora se dice, pero no tardaría en partir, acaso para siempre. ¡Partir!

¡ay! No se rían ustedes. Viendo centellear suavemente en lo alto del

cielo una estrellita azulada, sentí correr por las mejillas dos

lágrimas.

Después de enjugarlas cuidadosamente, volví de nuevo el rostro hacia los

transeuntes, buscando distracción a mi tristeza. Apenas lo había hecho,

enfilando la vista por el puente en dirección a la ciudad, veo a lo

lejos una colosal nariz que se oculta detrás de la gente, y vuelve a

ocultarse, y vuelve a aparecer, aproximándose siempre. Aquella nariz no

podía pertenecer lógicamente a otro que a Eduardito. Esta fué mi

convicción instantánea, que tuve el gusto de ver confirmada. Cruzó por

delante de mí con el sombrero en la mano, el paso desigual y

precipitado, más que nunca pálido y las facciones desencajadas.

--¡Eh! ¡eh! Eduardito.

Detúvose un instante, miró y vino hacia mí.

--¿Dónde va usted tan escapado, hombre de Dios?

--No lo sé, don Ceferino--me respondió, posando sobre mí sus ojos

vidriosos.

--¡Tiene gracia! ¿Y se iba usted como si le faltase medio minuto para

llegar a la cita?

--¡Oh, si supiera usted, don Ceferino!... ¡Me están pasando unas

cosas!... ¡Unas cosas!

La voz del sensible joven era temblorosa, apagada. Hacía tiempo que se

hallaba en un estado de debilidad extrema. Ahora parecía que hablaba

como si no hubiese tomado alimento desde hacía ocho días.

Miréle sorprendido y con curiosidad.

--¡Si supiera usted lo que me está pasando en este momento!

--¿Qué hay?

--Pues nada... Verá usted... Mi hermana acaba de darme un golpe

terrible... Fuí a casa... Verá usted... Por la mañana le dije que no

podía continuar de este modo... que era necesario resolver uno u otro...

Más de veinte veces quise pedirle a Fernanda la conversación... pero

cuando iba a hacerlo, se me ponía un nudo aquí en la garganta... Usted

no sabe... aunque me matasen, no podía... vamos, no podía... Si yo

tuviese tanto pico como mi hermana... ¡Maldita sea!... Le dije que me

hiciese el favor de decírselo a Fernanda de mi parte, y que me la diese

o me desengañase de una vez... Pues bien, verá usted... quedó en

decírselo esta tarde... ¡Yo no puedo continuar así, don Ceferino, crea

usted que no puedo continuar!... Pues bien, quedó en decírselo. Esta

tarde debía venir Fernanda a casa. Matilde me dijo después de almorzar

que saliese y no volviese hasta el oscurecer... y que cuando volviese

estaría todo arreglado, o poco había de poder. Mi hermana se pinta para

estas comisiones. Obedecí. Dí más de mil vueltas por Sevilla, y cuando

vi que oscurecía me fuí a casa. Crea usted, don Ceferino, que me

temblaban las piernas. Cuando llamé a la puerta estaba más muerto que

vivo. Salió Matilde a la cancela, y al verme se puso hecha una hiena:

"¿Qué vienes a hacer aquí? ¡Márchate! ¡Vete ahora mismo!" Creí que el

mundo caía sobre mí... No sé cómo pude salir del portal, ni sé cómo he

llegado hasta aquí...

--¿Y no es más que eso?... Pues se apura usted por bien poco. Es que las

ha sorprendido usted en el momento de la conferencia. Estoy seguro de

que nada malo le sucederá... Fernanda le quiere a usted... Me consta.

--¡Oh, no!--exclamó el apasionado joven.

--Sí; le quiere a usted, hombre... Ya verá usted.

Estuve por decirle: "¿Cómo no ha de quererle, siendo vieja y fea y no

teniendo a nadie que la mire a la cara?" Pero me contuve.

--¡Ay, don Ceferino, qué bien me está usted haciendo!--exclamó, dándome

un abrazo y rozando con su estupenda nariz mi oreja izquierda.

--Nada, váyase usted tranquilo. Dé usted algunas vueltas por ahí, y

luego, dentro de una media horita, cuando ya Fernanda se haya ido, entra

usted en casa. Estoy seguro de que Matildita tiene para usted una buena

noticia.

Eduardito me contempló un momento con sus ojos pequeños, insípidos; y

algo avergonzado, con ansioso acento, me dijo:

--Si usted quisiera, don Ceferino, dar una vueltecita antes por allí...

y luego salir a avisarme...

--Amigo mío--le respondí con tono triste y desengañado--, en este

momento me hallo en igual caso que usted... Dentro de unos momentos voy

a saber también si mi novia me quiere o me manda con la música a otra

parte... Esto último será lo más probable. Conque ya puede usted

dispensarme.

--Pero ¿cree usted que Fernanda?...--replicó con egoísmo feroz, sin

tomar en cuenta para nada mi confidencia.

--Sí, hombre, sí; váyase usted tranquilo.

No se habían pasado diez minutos desde que el mancebo y su gran

cartílago se alejaron, cuando apareció, por la boca del puente, Paca. En

la primera mirada que me dirigió comprendí que todo se había perdido.

--No ha querido contestar, ¿verdad?--le pregunté sin saludarla,

esforzándome por sonreir.

--¡Uf! ¡Cómo está con uté, señorito! Ni por un Señor Crucificao ha

querío tomar la carta. Me ha dicho: "Paca, si no quieres que riña

contigo, no vuervas en tu vía a hablarme de ese..."

--¿De ese qué?--pregunté, viendo que se detenía.

--De ese _tío_--agregó avergonzada--. Uté dispense, señorito.

--Está bien, Paca--dije, aparentando sosiego, pero con voz alterada por

la emoción--. Muchas gracias por el interés que se ha tomado usted por

mí...

Hubo unos instantes de silencio.

--Lo siento de too corasón, señorito. Yo creo que ustedes dos pareaban

mu bien...

Pocas palabras más hablamos. No podía ocultar mi tristeza y desaliento.

Los consuelos de la cigarrera no penetraban siquiera en mis oídos.

Antes de despedirse quiso darme la carta, que no había podido entregar.

Yo la tomé, y sin rasgarla la arrojé al río, sonriendo tristemente.

Lo primero que se me ocurrió caminando a casa fué marcharme al día

siguiente sin ver a nadie ni despedirme. Pero después consideré que

debía hacerlo, cuando menos, de Isabel y su padre, a quienes debía

hartas atenciones, y me decidí a ir a esperarlos al día siguiente a la

estación. Además, abrigaba todavía esperanza de que la condesita

interviniese de un modo beneficioso en mis enredados asuntos amorosos.

Me costaba trabajo creer que Gloria se negase en absoluto a dar

explicaciones de su conducta.

Al entrar en casa me encontré, sin saber cómo, en los brazos de

Eduardito, y otra vez sentí en la oreja el cosquilleo de su nariz

indómita. Mi profecía se había cumplido. Matildita obtuvo un éxito tan

satisfactorio en su dificilísima gestión diplomática, que Fernanda había

concedido a su enamorado trovador el permiso de ir a hablarla por la

reja los martes, jueves y sábados. Eduardito osaba esperar que, andando

el tiempo, obtendría el mismo señalado favor los lunes, miércoles y

viernes. Llegó a la sazón Matildita, y Eduardito, presa de un rapto de

amor fraternal, se abrazó a ella y la restregó el rostro con la nariz

repetidas veces en testimonio de gratitud eterna. El _Colibrí_, con

aquel éxito se había crecido, y entornaba la cabecita a un lado y a otro

con más petulancia, si cabe. Decía que la indiscreción del chinchoso de

su hermanito, llegando justamente en el momento en que estaba tratando

con su amiga los puntos más delicados, por poco hace fracasar las

negociaciones. El hermanito empalidecía escuchando aquel horrible

peligro que había corrido sin saberlo.

Aquella noche tuve la flaqueza, que acaso el lector encuentre

perdonable, de irme a eso de las once y media hacia la calle de Argote

de Molina. Cuando emprendí el camino, no sabía fijamente qué es lo que

allí iba a hacer. Muy pronto quedó determinado en mi cerebro. Avancé

cautelosamente por ella, y al llegar al recodo desde donde podía verse

la casa de Gloria me detuve. El corazón me daba saltos. Estiré el

cuello, asomé la cabeza como un miserable espía y... nadie. A la reja no

había nadie. Un goce intensísimo bañó todo mi ser como un bálsamo

celestial. A este goce sucedió ansia indefinible de cerciorarme de que

los ojos no me engañaban, que a la reja no había nadie, absolutamente

nadie. Marché resueltamente por la calle y pasé por delante de la casa a

paso lento, y hasta me parece que me detuve un instante frente a ella.

Era verdad; ¡qué verdad tan sublime! Allí no estaba el malagueño. La

calle desierta, las ventanas herméticamente cerradas. Pero era necesario

que me convenciese bien, que gozase plenamente de aquella grande y

sabrosa verdad. Y para eso estuve dando paseos por las calles hasta las

dos de la madrugada, y cada poco tiempo pasaba por aquélla con toda

lentitud y me detenía algunos instantes a ver si la ventana se abría y

el aborrecido rival llegaba. No fué así. Me consideré dichoso, como si

fuese gran fortuna. Una de las veces que por allí crucé me sentí tan

tiernamente apasionado y aun agradecido, que me acerqué a la reja, y

después de convencerme de que nadie me observaba, besé los hierros donde

mi saladísimo dueño había puesto tantas veces sus manos.

Retiréme contento a casa. Aquel feliz estado de espíritu me hizo de

nuevo ver las cosas de color de rosa. Al día siguiente me enteré de la

hora a que llegaba el tren de Cádiz, y fuí a esperar al conde y a la

condesita del Padul, prometiéndomelas muy felices. Era la hora del

oscurecer. En el andén estaban Pepita Anguita y otras cuatro amigas de

Isabel. Dos de ellas eran las de Enríquez, a quienes ya conocía de

vista. Mientras llegaba el tren, paseamos y departimos alegremente,

riendo bastante con las ocurrencias de Pepita. Cuando el cuerno del

guardaagujas anunció la llegada, nos abalanzamos presurosos al borde del

andén, y tuvimos el gusto de ver a la ventanilla de un coche a la

condesita, que nos saludó con el pañuelo, muy regocijada y agradecida.

Antes de salir de la estación, ya las de Enríquez la invitaron a ir con

ellas aquella noche al teatro. Isabel manifestó que estaba cansada; pero

no cedieron, y tanto empeño formaron, que al fin consintió en que la

viniesen a buscar después de comer. El coche del conde y el de las de

Enríquez los esperaban. Mas antes de que entraran en ellos tuve ocasión

para quedarme un momento detrás con Isabel, y explicarle en cuatro

palabras lo que sucedía. Maravillóse en extremo, e hizo sin vacilar la

misma afirmación de Paca; esto es, que debía de haber una intriga o mala

inteligencia. No pudimos hablar más, porque llegamos a la puerta de

salida y era preciso montar en carruaje. Yo no quise hacerlo, aunque me

invitaron con insistencia. La condesita me dijo al darme la mano:

--Váyase usted esta noche por el teatro, ya hablaremos.

Comí con premura, me vestí y me eché a la calle en el momento que

entraba Villa.

--Hombre--le dije con imperdonable ligereza y egoísmo (lo mismo que

Eduardito conmigo)--, ¿cómo no ha ido usted a esperar a Isabel?

Le vi inmutarse, y me respondió turbado que había tenido que hacer en el

cuartel.

Llegué al teatro de San Fernando cuando sólo había dentro de la sala dos

docenas de personas a lo sumo. Aún tardó, en poblarse, larga media hora.

Se representaba una función extraordinaria, a beneficio de no sé qué

desgraciados, por la compañía de ópera que había actuado en Cádiz y

regresaba a Madrid. La sala del teatro es amplia, elegante, bien

decorada. Pero el verdadero adorno de ella son los rostros expresivos de

las niñas indígenas, que allí pueden verse con más comodidad y espacio

que en ninguna otra parte. Es el teatro aristocrático de Andalucía. Las

damas que allí asisten, vestidas con esplendidez y gusto, pueden mirar

sin bajar la cabeza a las abonadas del teatro Real de Madrid. Los

hombres, por el afectado descuido de su persona y por su desmedida

afición al _flamenquismo_, no son dignos de figurar al lado de ellas.

Isabel y sus amiguitas las de Enríquez fueron de las últimas en llegar,

y se acomodaron en un palco bajo. La condesita estaba radiante de

belleza y elegancia. Observé que todas las miradas, lo mismo de los

hombres que de las señoras, se volvían hacia ella con frecuencia, al

tenor de lo que había pasado en la tertulia de Anguita la noche en que

la conocí. Y como entonces, la joven recibía aquel homenaje con perfecta

naturalidad, sin ruborizarse ni envanecerse, sonriendo franca y

bondadosamente, lo que prestaba a su rostro encanto irresistible. Si

aquella expresión era hija del cálculo, hay que confesar que Isabel

había ascendido a lo más delicado y exquisito del arte de agradar.

Saludóme graciosa y familiarmente con la mano, con lo cual todos los

ojos que estaban fijos en ella se tornaron hacia el sitio donde yo

estaba. En cualquiera otra ocasión esto me hubiera halagado. Ahora me

hallaba tan inquieto por el resultado de mis amores, que me fué

indiferente, y aun me pesó de la distinción, por la curiosidad de que

fuí objeto. Seguro estoy de que muchos me diputaron, sin más, por su

novio.

En cuanto el segundo acto terminó, un acto larguísimo de _I Puritani_,

me levanté para ir a saludarla. Pero al cruzar el pasillo de butacas,

sentí que me llamaban por mi nombre.

--¡Qué encandilao va, hermano!

Era Raquel, la dama de Ecija, que se alojaba en la misma casa que yo.

Teníamos gran confianza. Estaba con su esposo, quien cada día

simpatizaba más conmigo.

--¿Dónde va usted tan escapao?

--A saludar a unas señoritas ahí a un palco.

--Bien, pues antes salúdeme usted a mí. Siéntese un ratito.

Me indicó una butaca desocupada a su lado, y, por no parecer grosero, me

senté.

La belleza "en colosal" y llamativa de la dama había atraído hacia aquel

sitio a algunos pollastres que la miraban fijamente. Ella, comprendiendo

el efecto que en los tales causaban sus grandes ojos de ternera y

enérgico seno, se esponjaba y hablaba alto, para decir, por supuesto,

mil simplezas, que el bueno de Torres escuchaba sin pestañear,

aletargado en su butaca bajo el peso de la peluca, impuesta como un

castigo. No tardé en ver entre aquellos admiradores a Oloriz,

atusándose, por variar, la barba y dirigiendo miradas lánguidas a

Raquel. Se conoce que luchó un poco con el temor, pero que al fin se

decidió a saludarla. Llegóse, pues, y se quitó el sombrero, dejando al

descubierto su magnífica cabellera rubia, peinada cual si viniese

directamente de la peluquería. Preguntóle por la salud, y luego hizo lo

mismo con su esposo. Pero éste, sea porque se hallase distraído, o bien

por la aversión concentrada que le tuviese, no contestó al saludo. El

estudiante quedó acortado. Raquel entonces, no pudiendo disimular la

indignación, o por mejor decir, la rabia que la conducta de su esposo le

produjo, tomó la palabra, y ¡aquí fué ella!

--Pepe, que te está saludando el señor Oloriz... Yo pensé que era una

regla de buena educación contestar a los saludos que nos dirigen.

--Mujer, no le he visto--manifestó Torres con dulzura.

--La verdad es que ya tienes tiempo para haber aprendido un poco de

crianza... ¡Cuidado que se necesita no tener un adarme para quedarse

hecho una estaca cuando una persona decente, cuando un caballero, nos

hace el favor de preguntarnos cómo estamos!

Yo, viéndola tan irritada, traté de calmarla con algunas frases de

disculpa. Mas ella, aturdida y excitada como siempre por sus propias

palabras, cada vez se iba poniendo más encrespada, hasta el punto de que

algunas personas que se sentaban en las butacas inmediatas lo

observaron.

--¡Es una grosería, Sanjurjo... una indignidad!... Usted es persona de

buena educación, y en su interior se está escandalizando, segura estoy

de ello. Y si él solo se pusiera en ridículo, no me importaría nada...

pero me pone a mí, y esto no puedo tolerarlo... ¡No quiero tolerarlo!...

¿Qué se figuraría una persona desconocida que presenciara este lance?...

¡Se figuraría cualquiera cosa mala, indecente!... ¿Es esto dar

consideración a su señora? ¿Es hacer que se la respete?

--¡Si no le he visto, mujer! ¡si no le he visto!--repetía dulcemente el

anciano.

Oloriz, en pie delante de nosotros, pálido, silencioso, hacía una figura

verdaderamente desgraciada, tirándose con mano convulsa de la barba

hasta arrancarse algunos pelos.

Tomé el partido de dejarla desahogarse. Cuando hizo una pausa, le dije

en son de broma:

--Vaya, Raquel, no sea usted tan nerviosilla.

Y antes que de nuevo se exaltase, me levanté y le dí la mano. Oloriz vió

el cielo abierto, y aprovechó mi marcha para retirarse también, haciendo

un reverente saludo.

Isabel me estaba esperando con impaciencia, según me dijo. Había pensado

bastante en mi situación, y quería a todo trance deshacer "los monos",

que dependían sin duda de alguna mala inteligencia, de algún embuste.

Oyéndola llamar "monos" a las tremendas calabazas que Gloria me había

propinado, alegróseme el alma. Había encontrado un medio de que nos

tropezásemos y pudiésemos hablarnos. En su casa no quería que fuese.

Quizá su prima se ofendería de que la llevasen engañada. Lo mejor era ir

de excursión a la Palmera, una casa de campo que tenían del otro lado

del río. Allí, estando todo el día juntos, no podía menos de operarse la

reconciliación, para lo cual ella pondría de su parte lo que pudiera.

--Por supuesto, no invitaremos a ese malagueño antipático--añadió,

guiñándome el ojo con gracia--. Usted campará todo el día por sus

respetos.

Mi pecho se inundó de gratitud. Era adorable aquella chica.

Quedó en ir a la mañana siguiente a invitar a Gloria, y en avisarme por

medio de carta el día y hora de la excursión, y en general todo lo que

sucediese. Mis esperanzas, tan pronto vivas como muertas, renacieron

ahora más frescas y lozanas que nunca. Parecíame imposible que dejándome

un rato a solas con mi ex novia no la conmoviese y redujese a quererme

otra vez. Tal fe tenía en mi elocuencia. Además, era dificilísimo

suponer que tanto amor como aquella gentil muchacha me había demostrado

en el tiempo que duraron nuestras relaciones se hubiese desvanecido en

un instante, sin quedar entre las cenizas rescoldo alguno. En resumen,

que dormí bastante bien aquella noche, y pasé el día siguiente

tranquilo. Por la tarde recibí carta de Isabel. No la esperaba tan

pronto. Decíame que la partida de campo se haría mañana. Como tenía

muchas cosas que decirme, esperaba que fuese aquella noche a comer a su

casa.

Según costumbre, el conde comió fuera de ella. Lo hicimos solos Isabel,

la tía Etelvina y yo. En verdad que con las muchas y graves noticias que

la condesita me comunicó, no hice más que picar de los platos, sin comer

realmente de ninguno. Por la mañana había estado en casa de su prima a

visitarla. Hablaron de mí, y Gloria se mostró enojadísima, mejor dicho

indignadísima conmigo. Le dijo que le constaba de un modo evidente que

yo estaba ¡qué horror! en amores con Joaquina Anguita. Todo lo que

Isabel hizo por disuadirla fué inútil. Sabía el tiempo que todas las

noches hablaba con ella, y que todos en la tertulia tenían conocimiento

de tales relaciones. Preguntó si yo era de la partida, y respondiéndole

que sí, negóse a formar parte de ella. Sólo a fuerza de ruegos cedió, y

eso con la condición de que se invitase también a Daniel Suárez.

--Mire usted, Sanjurjo, la impresión que yo he sacado es que mi prima

tiene celos, ¡unos celos que la comen el alma!... y una mujer celosa es

una mujer enamorada.

--Pero ¿ese Daniel?...

--No haga usted caso... Lo ha escogido como instrumento para dárselos a

usted... Por lo demás, entre usted y él ninguna muchacha puede

vacilar--añadió sonriendo.

--Mil gracias.

Pero después que ambas primas hubieron resuelto este punto, quedó otro

más difícil. La cuestión de permiso. Doña Tula se negó a darlo. Gloria

estaba haciendo en su casa una vida conventual. Desde que se descubrió

el galanteo de Marmolejo, sobre todo, la tenían terriblemente sujeta.

Isabel acudió a su padre, quien mandó a doña Tula una cartita,

diciéndole que no era aquello lo convenido, que se había prometido sacar

al mundo a su sobrina para averiguar su vocación, y que se la tenía

prisionera, peor que en el colegio; que aquello daría mucho que hablar

en Sevilla, y que la rogaba, para evitar murmuraciones, que la

concediese alguna libertad. Dos horas después vino una cartita con la

autorización. La excursión se efectuaría, pues, al día siguiente, y los

convidados partirían de la casa de los condes a las dos de la tarde.

--Invite usted de nuestra parte al amigo Villa. Dígale que es un

ingrato... Hasta ahora no le he echado la vista encima--me dijo al

tiempo de despedirme.

¡Pobre Villa!, exclamé para mí, observando el tono ligero con que

pronunció estas palabras su ídolo. Y desde allí me fuí derecho a la

cervecería, para darle el encargo. Cambió un poco de color al

escucharme; pero me dijo con sosegada energía:

--Ya sabe usted, amigo Sanjurjo, que yo con esa mujer no puedo tener

decentemente ni siquiera relaciones de buena amistad. Si me hubiese dado

calabazas... nada... hubiéramos quedado tan amigos; pero el pregonar mis

cartas y el consentir que se haga chacota de ellas, no lo olvidaré en mi

vida... La saludaré cortésmente, le dirigiré la palabra con respeto,

pero ser su amigo, ¡nunca!

Entendí que tenía razón, y no quise insistir. Aquella noche tampoco fuí

a casa de Anguita. Hacía tres noches que no iba por no encontrarme de

frente con Suárez. A las altas horas dí algunos paseos por la calle de

Argote de Molina, y volví a sentir un placer intenso viendo la reja de

Gloria cerrada.

Amaneció, al fin, el día 20 de Agosto, memorable en el curso de esta

verídica historia. Amaneció brillante, como todos los anteriores, más

que los anteriores a mi juicio. Pasé agitadísimo la mañana. Me puse un

traje apropiado al caso, ligero, claro y holgado. Fuí a comprar un

sombrero que había visto en un escaparate, muy adecuado para el sol y

elegante, me afeité hasta dejar las mejillas suaves y tersas como las de

un niño, también me puse un calzado de becerro blanco muy lindo; en una

palabra, me preparé convenientemente para la gran batalla que por la

tarde iba a librar. Observé que Villa no salía de casa y daba vueltas en

torno mío, con cierta inquietud, y como si desease hablarme. Por fin,

cuando nos avisaron para almorzar, me dijo desde la butaca donde estaba

sentado en mi habitación, chupando un cigarro puro y envolviéndose en

una nube de humo:

--¿Sabe usted, amigo Sanjurjo, que me voy de excursión con ustedes esta

tarde?... Sí; voy--añadió en voz baja y con acento rápido--para que

Isabel no se figure que me estoy muriendo de pena.

--Me alegro muchísimo. Hace usted perfectamente--respondí, y exclamé

otra vez para adentro--: ¡Pobre Villa!

Durante el almuerzo estuvo alegre y jovial, como hacía muchos días no le

veía, como si acabase de recibir una grata nueva.

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