Así fué como los de Entralgo lograron el desquite, ganando inmensa

gloria. Pero el hijo intrépido del tío Pacho de la Braña no pudo

saborearla porque no halló en la romería a Demetria, aunque largo tiempo

la buscó por todas partes. Nadie le daba noticia de ella, ni del tío

Goro ni de Felicia. Preguntó a Flora y ésta tampoco sabía por qué su

amiga dejara de asistir a fiesta tan renombrada. Con el corazón lleno de

tristeza el héroe de la Braña iba y venía de un grupo a otro, siempre

con la esperanza de hallar en alguno a su dueño bien querido. Cuando se

llegó la noche y aquella muchedumbre se fué dispersando tomó la

resolución de ir a Canzana y así lo comunicó a sus compañeros. Pero el

prudente Quino le habló de esta manera:

--Yo no dudo, Nolo, que vayas a Canzana esta noche, aunque bien sabes

que los de Lorío no dejarán de esperarte en el camino. Si todos los

hemos agraviado ahora, a nadie más que a ti guardarán rencor. Grande

alegría les darías si pudiesen saciar en ti su venganza, porque tú

fuiste quien les preparó la garduña en que cayeron. Mi parecer es que

dejes la visita hasta mañana y que la hagas a la luz del día, cuando

todos esos mozos estén en el trabajo. Y si es que no quieres dejarla,

entonces nosotros te acompañaremos después hasta Villoria.

El hijo del tío Pacho lanzándole una mirada feroz le respondió:

--Pasmárame a mí que no salieses con alguna de las tuyas. ¿Quién sino tú

pudiera meterme miedo con esos mamones que todavía están corriendo y no

pararán hasta esconderse debajo del escaño de su casa? Tienes el corazón

de liebre y vales más para comer la torta y la leche al pie del lar que

para sacudir garrotazos en las romerías. Guárdate, guárdate en casa esta

noche, que yo no necesito que nadie me dé escolta.

El industrioso Quino sintió que el calor subía a sus mejillas y replicó

encolerizado:

--Nada te he dicho, Nolo, que merezca que me insultes de ese modo, y no

es de mozos criados en ley de Dios hacer ofensa a los amigos que se han

portado bien. Si yo como la torta al pie del lar, tú la comes también,

porque no te mantienes del aire, y si tú das garrotazos en las romerías,

garrotazos sacudo yo cuando se tercia. Vete solo si quieres, que no

será Quino de Entralgo quien te lo estorbe.

Iba a contestar Nolo con otras pesadas palabras; pero el intrépido Celso

de Canzana, temiendo que la disputa llegase a pelea, se apresuró a

intervenir.

--Ya que lo veo necesario, Nolo, voy a decirte lo que sé y que según las

trazas nadie ha querido contarte hasta ahora. Esta mañana se presentó en

Canzana una gran señora y preguntó por el tío Goro y la tía Felicia.

Entró en su casa, habló con ellos y también con Demetria y se fué en

seguida. Allí se dice que esta gran señora es la madre de tu rapaza y

que se la lleva para Oviedo o Gijón. Ahora ya sabes por qué no ha venido

esta tarde a la romería. Si quieres ir a Canzana puedes hacerlo, y si a

la Braña lo mismo. De todos modos, los mozos de Entralgo estamos siempre

para lo que gustes mandar.

Quedó Nolo suspenso y acortado al escuchar estas palabras. Una gran

tristeza inundó su corazón y empalidecieron sus mejillas. Apenas pudo

murmurar las gracias. Repuesto un poco, al cabo se despidió de sus

amigos manifestando que iba derecho a su casa.

Se acostó en la cama, pero no pudo gozar de las dulzuras del reposo.

Todas sus ilusiones se huían. Aquel amor profundo, el primero y el único

de su vida, se disipaba como un sueño. Lo que tenazmente se susurraba

hacía tiempo y había llegado varias veces a sus oídos resultaba cierto.

Demetria no era hija de aldeanos, sino de señores, y señora ella misma

por lo tanto. ¿Cómo se acordaría en las alturas de su nueva posición de

la bajeza de aquel aldeano que la amaba? ¡Oh, cuánto la amaba! El pobre

Nolo daba vueltas en su lecho cual si tuviese espinas.

Por la mañana pensó en comunicar con su madre tan tristes noticias, pero

no pudo hacerlo. La voz no quiso salir de su garganta; temía echarse a

llorar como un niño. Salió a trabajar, pero en vez de hacerlo dejóse

caer bajo un árbol, y así se estuvo toda la mañana inmóvil, con los ojos

extáticos. Un deseo punzante le acometió, el de ver por última vez a

Demetria y despedirse. Quizá no se hubiese marchado aún. Si se había

marchado, quería ver siquiera aquella casa en que ella respiró y

sentarse en la misma tajuela y hablar con los que siempre había tenido

por padres. Comió apresuradamente y salió con disimulo sin decir una

palabra.

Bajó a Villoria. Una vez allí, en vez de tomar el camino real de

Entralgo, a la derecha del riachuelo, siguió la margen izquierda, por la

falda de la montaña, a la altura de Canzana.

Tampoco Demetria logró dormir aquella noche. Había pasado todo el día

sumida en profunda tristeza, llorando a ratos amargamente, haciendo, sin

embargo, penosos esfuerzos para mostrarse serena a fin de no aumentar el

dolor de la buena Felicia que estaba inconsolable. Lo que más entristaba

a la zagala era que ésta perdiera aquella confianza maternal para

tratarla y reprenderla. Se mostraba, a par que afligida, un poco

confusa en presencia de la que ya no podía llamar hija.

Esperó con ansia la noche para ver a Nolo, pues no dudaba que éste, no

hallándola en la romería, viniese a Canzana. Amargo desengaño

experimentó al observar que se llegaba la hora de irse a dormir sin que

el mozo de la Braña llamase a su puerta. Y el mismo punzante deseo que a

Nolo le acometió a ella: el de despedirse y darle testimonio de su

constante amor.

Al día siguiente toda la mañana empleó en los preparativos de su viaje.

Efectuáronse éstos en silencio y tristemente. La casa estaba como si

hubiera muerto alguno. Después de comer manifestó que iba a Lorío a

despedirse de Flora; la avergonzaba mucho manifestar su verdadero

designio. Bajó la calzada de Entralgo, pero antes de trasponer el puente

siguió la margen izquierda del río, pasó por el cimero de Cerezangos y

se dirigió a Villoria.

Los caminos eran de montaña: unas veces senderos en los prados, otras en

los bosques de castaños, otras, en fin, calzadas estrechísimas entre

paredillas recubiertas de zarzamora y madreselva. En el recodo de una de

estas calzadas se encontró de improviso con Nolo. Ambos quedaron

sorprendidos y sonrieron avergonzados sin pronunciar palabra. Fué

Demetria quien primero rompió con franqueza el silencio:

--Iba a la Braña, Nolo.

--Y yo a Canzana, Demetria.

--Tenía que hablarte.

--Yo a ti también.

Demetria le miró sorprendida.

--¿Sabes algo?--le preguntó vacilante.

--Sí... Ayer me dijeron lo que había pasado por la mañana en tu casa.

Los dos guardaron silencio. Se habían arrimado a la paredilla, el uno al

lado del otro. Demetria arrancó un retoño verde de la zarza y lo deshizo

entre los dedos con la mirada fija en el suelo. Nolo con los ojos

abatidos igualmente daba golpecitos con su nudoso garrote sobre las

piedras del camino.

--Nunca estuve más descuidada y alegre que ayer por la mañana--profirió

al cabo en voz baja la joven--. Había lavado y vestido a mis hermanos y

tenía mi ropa extendida sobre la cama para ponérmela cuando volviese de

la fuente... Pensaba en la romería... Pensaba en bailar hasta caer

rendida... Pensaba en ver a Flora... Cuando bajé la escalera encontré a

mi madre llorando. Delante estaba una señora tan alta como yo, seria,

con el pelo casi blanco. Llevaba pendientes que relucían como si

tuviesen fuego dentro y en las muñecas unos anillos grandes con piedras

verdes que relucían también... Cuando mi madre me dijo: "Demetria, esta

señora es tu madre; yo no lo soy", pensé que me venía el techo encima.

Quedé sin gota de sangre. Después me dijeron que iban a llevarme a

Oviedo y vestirme de señora...

--¿Y no te alegras de eso?--preguntó Nolo sin levantar los ojos.

--No--respondió secamente la zagala.

Hubo una pausa. Nolo volvió a preguntar tímidamente:

--¿Será por el tío Goro y la tía Felicia? Te han criado como padres y tú

los quieres como si lo fuesen...

--Sí, por ellos es... y por ti también--añadió rápidamente y en voz más

baja.

Un estremecimiento sacudió el cuerpo del mozo de la Braña.

--¡Oh, por mí!... ¡Bien te acordarás cuando seas señora y vistas de seda

y cuelgues de las orejas pendientes que reluzcan como candelas de este

pobre aldeano que allá en la Braña destripa terrones!

--Calla, Nolo, calla--profirió ella con acento severo--. No me obligues

a decir lo que no debo. Ya pueden ponerme los vestidos que quieran:

debajo de ellos siempre estará Demetria, la misma rapaza para quien

hacías zampoñas y buscabas nidos allá en el monte, la misma que

acompañaste en las romerías tantas veces.

El mozo de la Braña escucha estas nobles palabras con alegría y guarda

silencio paladeando su sabor delicioso.

--Si en Canzana hubieran querido--añadió la joven después de un rato con

acento no exento de amargura--nadie me sacaría de casa.

--¡Qué iban a hacer los pobres, si no son tus padres!--murmuró Nolo.

Ellos nada, pero dejarme a mí que lo hiciera.

--Bien sabes, Demetria, que eso no puede ser. Ni tenían razón para ello,

ni se habrán atrevido a aconsejártelo.

Calló la zagala, comprendiendo que Nolo tenía razón, que su queja era

injustificada.

--De todos modos--profirió después con resolución--, si ahora me marcho,

algún día volveré. Nadie me quitará de venir a ver a mis padres... Y si

me lo quitan, ya sabré lo que he de hacer.

--¿Cuándo te marchas?

--Mañana. Regalado, el mayordomo de don Félix, quedó encargado de

llevarme.

Acerca del viaje y sus preparativos, de la aflicción de sus padres y de

sus pequeños hermanos departieron todavía un rato. Ni una palabra

volvieron a hablar de sí mismos. La plática corría lánguida y apagada.

Debajo de sus palabras indiferentes se transparentaba una tristeza

profunda. Ambos tenían la voz levemente enronquecida y temblorosa. Al

cabo, después de una larga pausa, Demetria dejó escapar un suspiro y

como si saliese de un sueño exclamó:

--Bueno, Nolo: es hora ya de separarnos. No sé si tendré tiempo de ir a

Lorío a despedirme de Flora y volver antes de la noche.

--Sí lo tienes. Mira; el sol está muy alto todavía.

Demetria guardó silencio y permaneció inmóvil mirando por encima de la

paredilla a las altas montañas de _Mea_. Y sin apartar de ellas los ojos

profirió:

--¿Vendrás mañana a despedirme?

--No--respondió el mozo con firmeza.

--Haces bien. ¿Para qué llamar la atención de la gente?

Y después de una pausa añadió tendiéndole la mano:

--Adiós, Nolo, que Dios te proteja como hasta ahora, que proteja a tus

padres y a tus hermanos y al ganado que tenéis en la cuadra.

--Adiós, Demetria. El te guarde tan buena como eres y te traiga pronto

por acá.

Se estrecharon las manos, se miraron con amor a los ojos unos instantes

y se apartaron con el corazón desgarrado, pero grandes, serenos como la

Naturaleza que los rodeaba, hermosos y castos como dos mármoles de la

antigüedad.

--Oye, Demetria--dijo él volviéndose repentinamente.

Demetria también se volvió.

--Toma esos claveles--añadió quitándose la montera y arrancando de ella

los que llevaba prendidos--. Si pasas por la iglesia de Entralgo déjalos

a la Virgen del Carmen. Es nuestra madre y ella nos juntará otra vez.

Tomólos la zagala sin decir una palabra. Ambos se alejaron con paso

rápido. Ella lloraba. El con los ojos secos y la mirada altiva marchaba

erguido y arrogante, aunque llevase la muerte en el alma.

En vez de seguir el mismo camino y pasar a Entralgo por el puente del

Campo de la Bolera, Demetria bajó al río, lo atravesó por unas grandes

piedras pasaderas que debajo de Cerezangos hay y siguió la margen

derecha hasta dar pronto en la iglesia de Entralgo. Empujó con mano

trémula la puerta y entró. Se hallaba el templo solitario en aquella

hora. La zagala se postró ante la sagrada imagen de la Virgen, y

sollozando, con palabras fervorosas pidió protección para ella y para

Nolo: besó repetidas veces el ramo de claveles que éste le había dado y

lo dejó a los pies de la Madre de los desconsolados.

Al salir tropezó cerca del pórtico con la tía Brígida y la tía Jeroma,

aquellas venerables hermanas que tuvieron la dicha de dar al mundo al

prudente Quino y al pernicioso Bartolo, de fama inmortal. La habían

visto desde un prado próximo entrar en la iglesia y picada su curiosidad

bajaron rápidamente a esperarla. Ambas quedaron fuertemente sorprendidas

al hallarla con los ojos enrojecidos por el llanto.

--¡Quién diría, hermosa, al verte con los ojos llorosos, que ha caído

sobre ti la bendición de Dios!--exclamó la tía Brígida poniéndole cara

halagüeña--. Todos los vecinos estamos alegres más que las pascuas al

ver cómo la fortuna te ha entrado por las puertas. Porque no hay ninguno

que no te haya estimado por la rapaza más guapa, más limpia, más honrada

de nuestra parroquia. Tú sola eres la triste, Demetria. ¿Cómo es eso?

--¡Bah! lágrimas de un día--exclamó la tía Jeroma--. Bien se acordará de

llorar cuando mañana se vea en Oviedo sentada en un sillón que se hunde,

tomando chocolate con bizcochos y con una criada detrás para que le

espante las moscas.

Demetria permaneció grave y silenciosa. Las comadres trataron de tirarle

de la lengua, pero fué inútil. Sus esfuerzos se estrellaron contra la

actitud fría y reservada que siempre había caracterizado a la hija del

tío Goro de Canzana.

Despidióse presto y se encaminó velozmente a Lorío. Flora lloró primero,

rió después, volvió a llorar y trató de consolarla. ¡Cuánto habló

aquella vivaracha criatura en poco tiempo! Pues aún no pareciéndole

bastante resolvió acompañar a su amiga hasta Entralgo, dormir allí y

despedirla al día siguiente. Y así se efectuó y no hay para qué decir

que durante el camino no cerró la boca. Demetria la escuchaba embelesada

y de vez en cuando aplicaba un sonoro beso en sus mejillas de rosa.

No fué mucho tampoco lo que pudo dormir la zagala aquella noche.

Aguardó, sin embargo, a que su padre la llamase y se vistió como si

fuesen a conducirla al suplicio. Cuando se asomó al corredor vió delante

de la casa a todas sus compañeras, quince o veinte zagalas de Canzana

que habían resuelto bajar a despedirla. Un torrente de lágrimas se

escapó de sus ojos. Su padre, el irreprochable Goro, la tomó de la mano

y le dijo:

--Paréceme, Demetria, que llegó la hora de decirte algunas palabras

instruídas; porque la sabiduría, no lo olvides, hija, es la mejor

cosecha que un hombre puede recoger. Vale más que el maíz y que el trigo

y si es caso vale más que el mismo ganado. Ahora que vas a Oviedo y

tratarás con señorones de levita, instrúyete, hija, aprende lo que

puedas, lee por todos los papeles que se te ofrezcan y si se tercia

agarra también la pluma. Pero luego que estés bien aprendida no

desprecies a los pobres ignorantes, porque buena desgracia tienen

ellos. Además, el orgullo no sienta bien a ningún cristiano. Yo que comí

más de una vez a la mesa con los clérigos te lo puedo certificar. Y el

Espíritu Santo ha dicho: "Si te ensalzas te humillaré, y si te humillas

te ensalzaré."

Así habló el hombre más profundo que guardaba entonces el valle de

Laviana y quizá las riberas todas del Nalón caudaloso.

--¡Padre, padre! ¿por qué me dice usted eso?--exclamó Demetria

angustiada.

Sin embargo, pronto se llega la hora de partir. La desdichada Felicia no

tiene fuerzas para acompañar a su hija y queda en casa exhalando

gemidos. Un grupo numeroso de zagalas y en medio de él Demetria

desciende por la calzada de Entralgo. Detrás marchan también algunos

hombres que rodean al tío Goro.

En Entralgo los esperaba ya Regalado con los caballos enjaezados.

Demetria abraza a todas sus amigas y sube al que tiene las jamugas. El

mayordomo monta en el suyo brioso.

--¡Adiós, adiós!

El tío Goro, pálido como la cera, se acerca todavía a su hija, le

estrecha las manos, se las besa y le vierte al oído estas memorables

palabras:

--Aprende, hija, aprende a leer por los papeles, que la persona que no

sabe semeja (aunque sea mala comparanza) a un buey.

Luego se retira demudado como si fuera a caer.

¡Adiós, adiós!

LA HERMANA SAN SULPICIO

Esta es la novela entre las mías que ha logrado mayor popularidad en

España. Lo que entretiene es lo que primero se difunde, y esta narración

goza opinión de divertida. Algunos críticos, harto indulgentes, han

querido ver en ella una obra representativa, un bosquejo de la sociedad

andaluza. No he aspirado a tanto. He narrado una aventura de amor y la

he hecho florecer en el país del amor y de las flores; la he prestado el

aliciente del contraste sin llegar al pecado; este es el secreto de su

éxito lisonjero. El amor nos interesa a los viejos y a los jóvenes, a

los grandes y a los pequeños. Todas las otras religiones tienen sus

adeptos y sus herejes; pero en este favorable dios todos creemos; sus

hazañas y prodigios constituyen la historia del linaje humano.

¿Cómo un hombre del norte, un _casi gallego_, ha podido lanzarse a la

empresa de escribir la novela de la Andalucía? Alguien quizá lo explique

por la facultad que nos atribuyen a poetas y novelistas de transmigrar

por momentos y vivir la vida de los demás seres. Yo lo explico más

humildemente, admitiendo que aquello que vemos por vez primera nos hiere

con más eficacia y queda más impreso en nuestro espíritu que lo que

presenciamos a diario desde nuestra niñez. Pocas semanas en Sevilla me

han bastado para libar la deliciosa dulzura de aquella vida original,

inspiradora, y saturarme de ella.

He averiguado que no pocos andaluces leyendo esta novela me han creído

su compatriota. Aunque este error me honre en cierto modo no me

enorgullece. Asturiano soy y quiero ser. Aunque lo duden mis buenos

amigos de Sevilla, en la húmeda y frígida región donde he nacido también

hay poesía.

No todos son buenos amigos míos en Sevilla a lo que pude entender. Hay

allí personas que no han visto con buenos ojos la aparición de esta

novela y se manifiestan descontentos de la pintura que de su ciudad he

trazado. No me sorprende. Están tan acostumbrados a verse pintados en

panderetas guarnecidas de madroños, que cualquier retrato suyo les

sobresalta. Les pasa como a nuestros frailes de principios del siglo

XIX, a quienes cualquier libro escrito en lengua francesa daba tufo de

herejía.

Quisiera tranquilizarles. El que una población tenga carácter no la

excluye del concierto de las demás civilizadas que no lo tienen.

Sevilla es una ciudad culta, amable, hospitalaria. Nada ganará en

cultura y decoro el día en que tenga calles anchas y casas de seis pisos

y campos de _foot-ball_ y los jóvenes enseñen las pantorrillas y las

cigarreras vayan a la fábrica con sombrero. En cambio habrá perdido

mucho de su atractivo.

Creo haber hecho en obsequio de su ciudad más de lo que esas personas

recalcitrantes se figuran. Léase en el apéndice de este libro lo que

dice Emilio Faguet de _La Hermana San Sulpicio_. Y como éste son muchos

los extranjeros que por mi novela aman a Sevilla sin conocerla. Otros

han venido a visitarla. Hace ya bastantes años, a un oficial de

Artillería paisano mío le dieron a elegir por guarnición entre Barcelona

o Sevilla. Estaba ya decidido por la primera ciudad, cuando acertó a

leer _La Hermana San Sulpicio_. Así que la terminó pidió destino para

Sevilla, allá se fué y allá se casó.

Desechen, pues, sus resquemores esos buenos sevillanos, no se

avergüencen de lo típico y pintoresco de su ciudad natal, no ambicionen

el transformarla en una ciudad moderna y rectilínea. La regularidad no

es la belleza. Lo que ganamos en disciplina lo perdemos en iniciativa.

En esas ciudades de calles tiradas a cordel no pocas veces, ¡ay!, los

habitantes suelen estar también tirados a cordel.

PASEO POR EL GUADALQUIVIR

Ceferino Sanjurjo conoce a Gloria en las aguas de Marmolejo. Era

monja dedicada a la enseñanza. La sigue a Sevilla. Ella deja el

convento y se traslada a su casa. Sanjurjo logra enamorarla. Se

hablan por las noches a la reja. Sanjurjo tiene un rival llamado

Daniel Suárez que también había conocido a Gloria en Marmolejo.

Como Sanjurjo frecuentaba la casa y la tertulia de Anguita, Suárez

le calumnia haciendo creer a Gloria que tiene amores con Joaquina

Anguita. Gloria celosa y enfurecida cita a Suárez para la reja a la

misma hora en que solía hablar con Sanjurjo. Este cuando vino como

siempre a «pelar la pava» experimentó la cruel humillación de ver

su puesto ocupado. La calumnia y la intriga del malagueño quedan

deshechas en el presente capítulo.

Demasiadamente confiado dormí yo aquella noche y dejé transcurrir el día

siguiente. Por la tarde, poco antes de oscurecer, me fuí a situar en el

puente de Triana, donde Paca me había dicho que la esperase para darme

cuenta del resultado de la carta y de sus gestiones. Era la hora de más

animación en aquel paraje. Los obreros y obreras de Triana que

trabajaban en Sevilla tornan a sus casas. Los de Sevilla que trabajan en

Triana y en la Cartuja hacen lo mismo. Unos y otros se encuentran en el

puente, que hierve de transeuntes.

Arriméme perezosamente al pretil, de espaldas al río, y contemplé con

ojos distraídos aquel ir y venir mareante. El atractivo de mi

contemplación eran las caras saladísimas de las cigarreras y

trabajadoras de la Cartuja que allí suelen verse. Unas en grupos

resonantes de gritos y risas, otras solitarias, preocupadas, caminando a

paso largo, todas con vistosos trajes de percal y flores en el cabello,

pasaban por delante de mí, dirigiéndome alguna vez breves miradas de

curiosidad y sorpresa, como si pensasen:

--¿Qué hará aquí este desaborío, que ni siquiera nos dise: ¡Ole la

muheres castisas! ¡Viva tu mare, mi niña!

¡Para _oles_ estaba yo! A medida que se acercaba el momento de la

conferencia con Paca parecíame más grave y decisivo. Un germen de duda

había entrado en mi espíritu después de almorzar, y en pocas horas se

había desarrollado, crecido, se hallaba en completo florecimiento. ¿Por

qué me parecía tan natural antes que Gloria me hubiese desairado en

virtud de una intriga de Suárez, y no por libre y espontáneo movimiento

de su voluntad? No acertaba a explicármelo. Por más esfuerzos que hacía

para volver otra vez a aquella mi anterior convicción, no lo lograba.

Oscuro y temeroso se me ofrecía lo que poco antes veía claro y risueño.

Pues, a pesar de eso, no observaba en mi alma aquel sentimiento de furor

y rabia que me había acometido al saber mi derrota. Una extraña laxitud

la invadía, un desfallecimiento que me inclinaba a la tristeza, no a la

cólera. La memoria de la ofensa se deshacía, se disipaba entre las

brumas del cerebro. Sólo quedaba el tierno recuerdo de un amor feliz y

el vivo pesar de no haber podido preservarlo de desgracia. Testimonio

irrecusable era éste, si lo supiera entender, de que continuaba

enamorado y más que nunca. Llegó a parecerme que lo que me habían

concedido había sido por pura merced y bondad, y que era natural

privarme ahora de lo que no merecía. Hacia Gloria, dando por supuesto

que me había engañado, no sentía rencor alguno. El malagueño seguía

inspirándome aversión y repugnancia, pero no deseaba vengarme de él.

Cuando, a impulso de mis imaginaciones melancólicas, se huyó el deseo de

recrear la mirada en los rostros peregrinos de las cigarreras, volvíme

para derramarla por el río y sus pintorescas márgenes. El sol acababa de

ponerse. Un resplandor rojizo que se extendía desde el horizonte por el

firmamento, esfumándose en lo alto y transformándose en rosicler de

tintas puras, nacaradas, indicaba el paraje por donde el astro del día

se había ocultado. A mi izquierda, no muy lejos, alzábase la Torre del

Oro, que bañada por los reflejos del horizonte rojizo parecía fabricada,

en efecto, con el metal que le da su nombre. Más a la izquierda,

asomando sólo la cabeza sobre las azoteas del caserío de la ciudad,

veíase también la Torre de la Plata, con su blanca corona de almenas.

Más allá, el palacio de San Telmo, envuelto en la masa verde de sus

naranjos, asomando las agujas de sus torrecillas de pizarra. El

Guadalquivir corría bajo mis pies. Sus aguas revueltas, amarillentas,

gracias a los reflejos del crepúsculo, semejaban un espejo tembloroso

donde brillaban mil tintas de ópalo y plata y carmín. A lo largo de él,

acostados al muelle, había gran número de buques, cuyos mástiles y

enredada jarcia parecían surgir del gran bosque de naranjos que se

extendía por la margen izquierda. A la derecha, las casas del barrio de

Triana tocaban en la orilla del río, el cual seguía su curso majestuoso

hasta unos dos kilómetros del puente, donde, al hacer un recodo, parecía

detenido por la muralla de verdura que los jardines de las Delicias le

oponían.

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