Es la primera y única vez que dejé su nombre verdadero a esta región. La

había ya descrito en _El Señorito Octavio_ y en _El Idilio de un

enfermo_ con nombre supuesto. Aquí no sólo conservé los nombres de los

sitios, sino también los de algunos personajes que en la acción

intervienen. La casa de Entralgo es la mía solariega. Su dueño, D. Félix

Ramírez del Valle era mi abuelo, a quien sólo guardé sus iniciales, pues

se llamaba D. Francisco Rodríguez Valdés. Su criado Linón de Mardana,

que lo fué después de mis padres y por último mío, murió hace cuatro

años de más de noventa.

A nadie sorprenderá, pues, mi predilección por esta novela. Si hubiesen

de perecer todas y se salvase una del olvido, quisiera que fuese ésta.

La escribí para mí únicamente como el hombre que se divierte haciendo

solitarios con una baraja. No pude imaginar que pudiera ser gustada más

que por algunos viejos asturianos como yo. Sin embargo, contra todos mis

cálculos, fué acogida con extraordinaria benevolencia, y es una de las

que más se han popularizado. Algunos críticos, con razón o sin ella, la

prefieren a todas las otras. Tan cierto es que en literatura nada hay

mejor que dar gusto a sí mismo para dárselo a los demás.

EL DESQUITE

Los mozos del valle de La viana se hallaban divididos en dos

bandos. De un lado, los de las parroquias de Lorío y Condado; de

otro, los de Entralgo y Villoria. En las romerías era donde

especialmente estallaban las reyertas y donde se apaleaban

lindamente; pero también en particular y en días ordinarios solía

haber algunos choques. Jacinto de Fresnedo, mozo de la parroquia de

Villoria, galantea a Flora que es de Lorío. Una noche va a

visitarla. Saliendo de su casa, tropieza en el camino con Toribión

de Lorío y otros mozos, que le arrancan el palo, le golpean y le

torgan. La torga consiste en amarrar el propio palo a la espalda de

un mozo con los brazos en cruz y luego soltarle los pantalones,

para que, formando grillete, apenas le deje caminar. Jacinto con

gran dificultad logra llegar a su casa. Su primo Nolo de la Braña,

que por desabrimiento con sus amigos se hallaba hacía tiempo

apartado de las peleas, indignado con la humillación infligida a un

pariente tan cercano, se decide a vengarle.

Cuando un mensajero enviado de Villoria anunció a Nolo la humillación

que los mozos de Lorío habían infligido a su primo, en el primer momento

se resistió a creerlo. Rendido, sin embargo, a la evidencia, fué

acometido de un furor insano que puso en huída al zagal que le trajo la

noticia. Se arrancaba los cabellos, pateaba el suelo como un potro no

domado, batía contra las paredes de su casa los aperos de la labranza,

lanzaba terribles imprecaciones y amenazas. Al fin cayó en una calma más

terrible aún que su furor. Quedó pálido y profundamente sosegado. Subió

a su cuarto para vestirse el traje de los días de fiesta, el calzón

corto de paño verde con botones dorados de filigrana, el chaleco

floreado, la blanca camisa de lienzo que la tía Agustina había hilado

con sus manos primorosas; ciñó a sus pies los borceguíes de becerro

blanco, cubrió su cabeza con la montera picuda de terciopelo, echó en

seguida sobre sus hombros la chaqueta; tomó su palo. Así ataviado se

puso en marcha y bajó a Fresnedo. Llamó en una de las primeras casas;

preguntó por uno de sus amigos; le dijo algunas palabras al oído. El

semblante del mozo se contrajo. Nolo le hizo una pregunta en voz baja.

Respondió el mozo con un signo de afirmación. Nolo se despidió. En esta

forma recorrió las casas de los más bravos guerreros de Fresnedo. Luego

envió emisarios a las Meloneras, a los Tornos y a Navaliego. Después

bajó a oir misa a Tolivia.

A las tres de la tarde se reunían en las afueras de esta aldea hasta

cincuenta mozos de los altos de Villoria, la flor de la juventud

montañesa del valle de Laviana, y emprendieron la marcha hacia la

romería del Otero. ¿Por qué tan tarde? A la hora en que llegaréis,

galanes, la romería estará muy cerca de deshacerse: las hermosas zagalas

buscarán ya con la vista a sus parientes para reunirse a ellos y tomar

el camino de su casa. No importa. Hoy no es día de festejar a las

rapazas.

Marchaban fieros y graves, el rostro contraído, la mirada fija. Ninguna

chanza alegre se escuchaba entre ellos como otras veces: ni una palabra

salía de sus labios. Sus pasos sonaban huecos y lúgubres por la calzada

pedregosa. ¡Así os ví cruzar por Entralgo con vuestras monteras sin

flores, con vuestros palos enhiestos como una nube que avanza negra por

el cielo para descargar su fardo de cólera sobre alguna comarca próxima!

Mi corazón infantil palpitó y desde el corredor emparrado de mi casa os

grité:

--Nolo, ¿vais a zurrar a los de Lorío? ¡Llévame contigo!

Yo te vi sonreir, intrépido guerrero de Villoria. Alzaste la mano y me

enviaste un gracioso saludo.

En vez de cruzar la barca, subieron un poco río arriba y lo salvaron por

un vado descalzándose previamente. A toda costa no querían llamar la

atención y caer sobre la romería de improviso. Una vez en el camino de

la Pola ascendieron por la montaña hacia el santuario del Otero, no

siguiendo el camino trillado, sino por senderos extraviados.

El campo donde la fiesta se celebraba era un prado casi circular y llano

sobre la misma colina. Más de la mitad de él, por la parte superior,

estaba rodeado de un espeso bosque de robles. Los de Fresnedo se

ocultaron allí sin ser vistos de la gente de la romería.

Hallábase ésta en todo su esplendor. Hervía el campo con rumor gozoso de

cantos y risas y pláticas ruidosas. Una muchedumbre vestida de día de

fiesta discurría por él entrando y saliendo de la iglesia, parándose

delante de los puestos de bebidas, comprando frutas y confites o

agrupándose en torno de los bailarines. Debajo de un hórreo próximo al

templo sonaban la gaita y el tambor y allí más de dos docenas de mozos

y mozas se entregaban con furor al baile. Más lejos, en paraje

descubierto, danzaban otros formando enormes círculos que giraban

cadenciosamente al compás de sus cantos.

--Florita, ¿dónde tienes a Jacinto?--preguntó una joven de la Pola a la

gentil molinerita de Lorío.

Ambas se hallaban próximas al hórreo contemplando el baile.

--¡Madre! ¿Es algún gato Jacinto que se trae y se lleva en una

cesta?--respondió Florita enseñando para reir las perlas de sus dientes.

--Si no lo es, alguna vez quisiera convertirse, aunque no fuese más que

para saltarte sobre el regazo.

--¡Calla, tonta! Pronto le diría ¡zape! Los gatos dejan muchos pelos en

la ropa--exclamó la zagala dando un cariñoso empujón a su amiga que por

poco le hace caer de espaldas.

--¡Vaya, que antes ya le pasarías la mano sobre el lomo!... ¡Pobrecito!

¡Pobrecito menino!

--¡Fu! ¡fu! ¡Zape!--gritaba la niña emprendiéndola a pellizcos con la

burlona y retorciéndose de risa.

Sin embargo, al cabo quedó seria. Estaba sorprendida y despechada al

mismo tiempo de no ver a su novio en la romería. ¿Se iría a hacer el

desdeñoso aquel zarramplín después de haberle arrancado la confesión de

su amor? Esta idea inquietaba su orgullo y arrugaba su frentecita.

--¿Lo ves cómo te quedas seria?--le dijo su amiga con ojos

maliciosos.--No puedes ocultar que estás chaladita perdida por Jacinto.

Hizo un mohín de desprecio la linda morenita.

--¡Yo perdida por ese cachorro!... No me conoces, Carmela.

Y para demostrar lo contrario llamó a uno de sus primos que por allí

andaba y le invitó a bailar. Bailaba con sobrado coraje la molinera de

Lorío para que no dejase sospechar que había en ello más jactancia que

alegría.

Sin embargo, la romería iba cerca de su fin. El sol se acercaba

lentamente a las cumbres de la Vara, encima de Canzana: pronto les daría

el beso de despedida. Andaban por el campo de la fiesta bastantes mozos

de Villoria y Tolivia y algunos de Entralgo, pero desparramados, mustios

y con apariencia de huídos. Las repetidas victorias de los de Lorío los

tenían acobardados y recelosos, sin gana alguna de emprender nueva

quimera, aunque sus enemigos les daban para ello sobrado motivo. Es

indecible el grado de orgullo y de insolencia a que éstos habían

llegado. No sólo con miradas y gestos provocativos les quemaban la

sangre, sino también con picantes indirectas y con insultos groseros les

ponían en el trance a cada instante de perder la paciencia y

experimentar una nueva y vergonzosa derrota.

Pero el más insolente, el más provocativo, el más fachendoso de todos

era Toribión de Lorío. Imposible mirar solamente a aquel hombre sin

sentir el corazón henchido de rabia. Por eso los de Entralgo y Villoria

se apartaban cuanto podían de los parajes en que el jefe poderoso de

Lorío relampagueaba de orgullo y de jactancia.

Jamás se le viera más alegre y fanfarrón que aquella tarde. Con la

montera terciada y el garrote empuñado por el medio iba de un lado a

otro sonriente, provocativo, embromando a unos, injuriando a otros, como

si el campo de la romería fuese suyo o no hubiera en dos leguas a la

redonda más rey ni más amo que él.

Y en verdad que no parecía en toda la comarca mozo más fornido... Su

padre, labrador rico de Lorío, lo había criado no con nabos y castañas,

sino con sabrosos torreznos de jamón y cecina, con pan de escanda y

buenos tragos de vino de Toro que los arrieros de Castilla acarrean por

el puerto de San Isidro. Por eso era capaz de alzar sobre los hombros un

carro de hierba; por eso nadie osaba competir con él ni en la siega ni

partiendo leña. Llevaba aquel día envuelta la cabeza, por mayor gala, en

un pañuelo floreado de seda y la montera encima; apretaba sus piernas

membrudas de gigante fino calzón de Segovia; colgaban de la botonadura

de su chaleco los cordones del justillo de Flora que había arrancado la

noche anterior al infortunado Jacinto.

Cuando se hartó de caracolear por los diversos grupos decidióse a entrar

en la danza. Su presencia causó disturbio y malestar entre los mozos.

Porque Toribión, no sólo con los enemigos, sino con los suyos se

mostraba intemperante. Ahora daba terribles empellones a los mozos que

tenía más próximos haciéndoles vacilar cuando no caer de bruces, ora se

gozaba en apretarles la mano hasta hacerles exhalar gritos de dolor.

Reía, gritaba, cantaba y hablaba a destiempo.

--¿Dónde están los pollos de Entralgo y de Villoria?--profería riendo a

carcajadas.--Hace ya mucho tiempo que no oigo su _pío pío_. ¿Andan de

rama en rama los pajaritos o están todavía en el nido esperando a que su

madre los cebe?... Dicen que los espanta el milano... ¡Cua! ¡cua!

¡Corred, corred, pollitos, que allá va el milano!... ¡Cua! ¡cua!

Y extendía los brazos y chillaba imitando el grito de las aves de

rapiña. Y su risa era tan grande que el exceso de alegría bañaba sus

mejillas de lágrimas.

--¡Ijujú!--concluyó gritando con su voz de bronce.--¡Viva Lorío!

Un hombre saltó en aquel momento en medio del corro y gritó con voz

estentórea:

--¡Muera!

Aquel intrépido guerrero era el hijo del tío Pacho de la Braña.

--¡Muera!... ¡muera!... ¡muera!

Tres veces repitió el mismo grito. Su voz poderosa llegó hasta los

últimos confines de la romería produciendo en ella un estremecimiento de

terror. Corrieron los niños a refugiarse entre las faldas de sus madres,

desbandáronse los hombres, chillaron las mujeres, volcáronse las mesas

de confites y las cestas de fruta. Un miedo pánico se apoderó de aquella

muchedumbre tan alegre momentos antes.

Toribión de Lorío empalideció también; pero reponiéndose presto se lanzó

sobre su rival soltando espumarajos de cólera. Alzó su garrote enorme

como una tranca que sólo él era capaz de manejar y lo descargó con tal

ímpetu sobre la cabeza de Nolo que se la hubiera partido si éste no

hubiera evitado el golpe esquivando el cuerpo.

--Has errado el golpe, Toribión--profirió con voz entera el héroe de la

Braña.--Si tuvieses las manos tan ligeras como la boca pronto darías

buena cuenta de mí. Pero confío en que ahora vas a pagar tu fachenda de

siempre y la marranada de ayer. ¡Muera el cerdo de Lorío!

Ambos combatientes se arrojaron el uno sobre el otro con el corazón

henchido de un furor salvaje. Nolo, aunque de la misma estatura que el

caudillo de Lorío, era menos corpulento; mas lo que le cedía en cuerpo

se lo ganaba en flexibilidad y ligereza. Se habían arrollado la chaqueta

al brazo izquierdo para que les sirviese de escudo. El palo de Nolo era

corto, de acebuche, pintado al fuego y sujeto a la muñeca por una

correa. El de Toribio largo y pesado de roble.

Los mozos de Lorío se habían aproximado de una parte, los de Entralgo y

Villoria de otra. Pero los dos bandos se mantuvieron apartados por

tácito acuerdo, dejando amplio trecho para que sus héroes más famosos

saldasen solos y cara a cara la cuenta que tenían pendiente.

Toribión, así que hubo errado el golpe, levantó de nuevo la tranca; pero

antes que tuviese tiempo a descargarla se le anticipó con increíble

presteza el de la Braña y le atizó un estacazo en la cabeza que le

obligó a tambalearse. Reponiéndose instantáneamente volvió sobre su

adversario como un león hambriento o un jabalí que necesita abrirse

paso. Nolo pudo parar el golpe con el brazo izquierdo que aun con la

almohada de la chaqueta se resintió bastante. Lanzó un rugido de dolor

el guerrero de la Braña y acometido por la rabia homicida comenzó a

brincar en torno de su enemigo como un tigre sediento de sangre,

atacándole por todas las partes con incansable furor. Temblaba la tierra

bajo los pies de tan formidables guerreros, crujían sus palos al

chocarse, escuchábase de lejos su resuello temeroso. Todo el campo de la

fiesta se estremecía pendiente de aquella descomunal batalla.

Por fin el hijo del tío Pacho alcanzó el brazo derecho de su contrario

con un garrotazo. Saltó el palo de la mano de Toribión y quedó inerme

frente a su adversario. Entonces viéndose perdido, no halló otro recurso

que volver la espalda y darse a correr moviendo con ligereza sus

piernas. Pero el valiente Nolo le seguía de cerca lleno de confianza en

sus pies rápidos. Dos veces dieron la vuelta entera al campo de la

romería. Como un galgo persigue al través de la verde llanura a la

liebre que acaba de levantar entre la maleza, así el héroe de la Braña

seguía y apretaba cada vez más al ilustre guerrero de Lorío. Los de uno

y otro bando se mantienen suspensos y anhelantes contemplando la carrera

de sus jefes, el uno fugitivo, el otro corriendo sobre sus pasos.

La mala ventura de Toribión quiso que al hacer la tercera vuelta se le

enredasen los pies entre un helecho y cayese de bruces. Alzóse

rápidamente, pero antes que pudiera emprender de nuevo la carrera un

garrotazo de Nolo le hizo dar con su pesado cuerpo en el suelo. Entonces

el irritado mozo sació sobre él su furor descargando sobre sus espaldas

algunos garrotazos, mientras le decía lanzándole una mirada feroz:

"¡Echa roncas ahora, pelele, echa roncas! ¿Te creíste que porque Dios te

ha dado mucha fuerza los demás somos de manteca? Si ayer noche fuera yo

con Jacinto no lo hubierais torgado, gran cerdo. ¡Toma por ladrón! ¡Toma

por cerdo!"

Los de Lorío, viendo a su compañero así caído y golpeado, volaron al fin

a su socorro. Mas los de Entralgo y Villoria, animados con la presencia

de Nolo y su buen suceso, les salieron al encuentro. Cuando los de uno y

otro bando se hubieron encontrado, sonó un formidable clamor. Los

hombres chocaron con los hombres, los palos con los palos. Escucháronse

a la vez gritos de triunfo y lamentos, imprecaciones y vivas. Como dos

ríos impetuosos que caen de la montaña y sus aguas se tropiezan en el

valle con fragoroso estruendo que se oye a lo lejos, así los dos

ejércitos rivales cayeron el uno sobre el otro. Igual furor los anima:

el mismo deseo de gloria agita sus corazones.

Sin embargo, los de Entralgo eran menos numerosos, y ante la avalancha

formidable de sus enemigos no tardaron en ceder terreno. Entonces Nolo

de la Braña se salió un instante del sitio de la lucha y lanzó un

silbido penetrante. Los cincuenta guerreros de Fresnedo, Meloneras y

Navaliego, al oir aquella señal, surgieron de improviso del bosque donde

se hallaban ocultos y cayeron como buitres hambrientos lanzando gritos

horrísonos sobre los mozos del Condado y Lorío. ¿Quién pudiera resistir

el ímpetu de aquella juventud magnánima? Una tromba de agua y pedrisco

no causaría más daño en un sembrado: la mar alborotada arrojando sobre

la tierra sus espumas amargas no infundiría más espanto. Todo cae, todo

huye, todo grita delante de su furor indomable. Los de Lorío, aterrados,

apenas pueden resistir breves instantes. En vano el valeroso Firmo de

Rivota los anima con grandes voces al combate y dando el ejemplo se

arroja con temerario coraje en medio de la pelea. El mísero sucumbe al

fin bajo el garrote de Jacinto de Fresnedo; cae aturdido y es pisoteado.

¡Musas, decidme los nombres de los guerreros que allí cayeron o salieron

descalabrados bajo los garrotazos de los hijos magnánimos de Entralgo,

porque yo no acierto a contarlos! Tú, bizarro Angelín de Canzana,

tumbaste de un estacazo en medio de la cabeza al esforzado Luisón de la

Granja, hijo del tío Ramón, famoso domador de potros. Confiado en sus

fuerzas extraordinarias, quiso hacerte frente; pero lograste pronto

volcarle y fué pisoteado. El valeroso Ramiro de Tolivia midió varias

veces las espaldas con su garrote a Juan de Pando, afamado en todo el

valle, no sólo por su valor, sino por la habilidad en el baile. Ninguno

con más primor ejecutaba las mudanzas y saltaba delante de su pareja: en

esta ocasión no le valieron sus ágiles piernas: aunque corría como un

gamo por el monte abajo, Ramiro le alcanzó repetidas veces con su palo.

Froilán de Villoria desarmó y apaleó sin piedad a Pin de Boroñes,

sobrino del cura del Condado, a quien su tío estaba enseñando latín para

enviarlo al Seminario de Oviedo y ordenarlo _in sacris_ por la carrera

abreviada. Antes que el obispo lo consagrase, Froilán logró hacerle un

buen chichón en la corona. Pero más que todos éstos se distinguió en

aquella jornada memorable Tanasio de Entralgo. Su cayado fulminante,

cortado en el monte Raigoso, abatía cuanto encontraba delante. Imposible

contar el número prodigioso de bollos y tolondrones que aquel mortífero

instrumento causó en breve tiempo. No era un arma en sus manos, sino

rayo fragoroso, resonante, que sembraba el terror y la alarma por

doquiera que pasaba.

¿A quién sacrificaste tú, impetuoso Celso, honor y gloria de mi

parroquia? Bajo tus acometidas invencibles cayeron muchos y bravos

guerreros de Lorío y cayó también el más ilustre de los hijos del

Condado, el famoso Lázaro, que después de Toribión y Firmo era tenido

por el más esforzado de los enemigos de Entralgo. No le valió su garrote

nudoso de acebuche ni le valieron sus saltos prodigiosos. Tú derribaste

de un garrotazo su montera adornada de claveles y luego le tentaste

varias veces la cabeza y las costillas. ¿A quién inmolaste tú,

industrioso Quino, el más galán y más prudente de los hijos de

Entralgo? Bajo tu palo gimieron muchos bravos en aquella aciaga jornada

y por fin tuviste el honor de ver huir delante de ti al valeroso Lin de

la Ferrera. Si no le diste alcance no fué porque te faltasen piernas,

sino porque no quisiste que los mozos del Condado te cortasen la

retirada.

Pero en aquella ocasión por su fuerza y por su audacia se distinguió

Nolo, el hijo del tío Pacho de la Braña, entre todos los hijos de

Villoria y Entralgo y ganó gloria imperecedera. Parecido a una llama

impetuosa penetra entre las filas de los contrarios sembrando en ellas

el pavor. Tan pronto está en un sitio como en otro; aquí tumba a un

mozo, más allá desarma a otro, en otra parte persigue a un fugitivo.

Imposible averiguar a qué campo pertenecía, si peleaba del lado de Lorío

o de Entralgo. Como un río impetuoso se despeña en el invierno sobre el

valle y rompe los diques que las manos del hombre le han puesto y

arrastra los árboles y las casas y destruye las más florecientes

heredades, de tal modo el hijo del tío Pacho penetra en las espesas

falanges de los de Lorío introduciendo en ellas el desorden y el

espanto.

¿Dónde estabas tú, belicoso Bartolo, dónde estabas tú en aquel momento

de perdurable memoria para nosotros? Habías llegado tarde a la romería y

te habías acercado al hórreo donde los zagales y zagalas se entregaban

al baile. Allí tropezaste con un amigo que te invitó a beber unos vasos

de sidra. Y descuidadamente, sin pensar que los de Entralgo iban a

necesitar pronto de tu invencible brazo, te entretuviste alegremente

narrando amores y combates. En vano te dijeron: "Bartolo, parece que hay

palos en la romería." Tú no hiciste caso, acostumbrado como estabas a

despreciar los peligros, y enardecido por la plática y la sidra seguiste

relatando la historia maravillosa de tus hazañas. Cuando al cabo algunos

fugitivos vinieron a refugiarse bajo el hórreo y pudiste cerciorarte de

que la bulla no era niñería, con terrible calma cubriste tu cabeza con

la montera, pediste otro vaso de sidra, lo bebiste y después de haberte

limpiado repetidas veces los labios con el dorso de la mano dijiste con

sosiego aterrador: "Vamos a ver lo que quieren esos pelafustanes." Y

saliste arrojando miradas homicidas a todos lados.

Pero ya la victoria estaba declarada por los de Entralgo. Los de Lorío y

Condado corrían desbandados y seguidos de cerca por los primeros. Las

mujeres, los niños y los hombres pacíficos se habían refugiado en el

pórtico y en los alrededores de la iglesia. El campo de la romería

estaba poco menos que desierto. Sembrados por él y aturdidos por los

garrotazos yacían algunos guerreros. Uno de ellos se levantó y

derrengado, sin palo y sin montera enderezó sus pasos trabajosamente

hacia la iglesia. Era el famoso Toribión, el caudillo ilustre de Lorío.

Bartolo lo vió y animado de un valor intrépido saltó sobre él como un

león y de un par de estacazos le hizo de nuevo medir el suelo.

--Ya caíste entre mis uñas, Toribión--exclamó con sonrisa diabólica--.

Mucho tiempo hacía que tenía gana de verme cara a cara contigo. Cuando

te levantes marcha a Lorío y cuenta a tus compañeros cómo te ha hecho

morder la tierra el hijo de la tía Jeroma de Entralgo.

Después, sereno, majestuoso, semejante a un dios recorrió el campo de la

fiesta sin que nadie se opusiera a su marcha triunfante.

Hartos de apalear y perseguir a los de Lorío, no tardaron en llegar los

zagales victoriosos de Entralgo y de Villoria lanzando gritos de

triunfo. De nuevo se puebla el campo de romeros y por algún tiempo reina

la misma animación. Los mozos vencedores, ebrios de alegría, quieren

depositar su triunfo a los pies de las rapazas y les ofrecen sus

monteras llenas de confites y avellanas tostadas. Sonríen ellas, se

hacen las melindrosas; insisten ellos y a pesar de su fuerza indomable

se muestran ruborosos y humildes como niños.

Jacinto se acerca a Flora. Su rostro aún está contraído, sus manos

tiemblan, todo su cuerpo manifiesta extraña agitación.

--¿Qué mosca te ha picado, Jacinto?--le pregunta la linda morenita

mirándole con una risa maliciosa.

--¿Sabes lo que han hecho ayer noche conmigo tus vecinos?--exclama

rudamente el mozo.

Flora le mira sorprendida.

--Pues en cuanto salí de tu casa, antes que llegase a Rivota, entre

Toribión y otros tres me torgaron.

Un relámpago de ira pasó por los ojos de la zagala.

--¿No te dije que no te fiases de ellos, Jacinto? ¡Que eran muy burros!

¡muy burros!

ADIOS

Demetria, hija natural de una señora de elevada alcurnia de Oviedo,

fué entregada al nacer a unos labradores de Canzana, el tío Goro y

la tía Felicia. Se crió como hija suya y llegó á los diez y seis

años sin conocer el secreto de su nacimiento. Su verdadera madre,

arrepentida del abandono en que la había tenido, se presenta un día

en Canzana reclamándola. Demetria estaba en relaciones amorosas con

Nolo de la Braña. Tanto por esto, como por el intenso cariño que

profesaba a sus padres y hermanos putativos, experimenta un

profundo pesar.

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