--Soy yo, Ramiro. Abre--respondió el sacerdote.

La puerta giró pausadamente sobre sus goznes y apareció la silueta del

viejo, débilmente esclarecida por la luz de la lamparilla que ardía

sobre el dintel.

--Pase usted, señor excusador--dijo sin percibir a la dama, que se había

ocultado detrás de éste. Pero viéndola al fin, dió un paso atrás y,

abriendo los brazos en actitud de impedir la entrada, exclamó:

--¡Ah! ¿Vuelve usted acompañada?... Pues ni por esas... ¡No entrará

usted, no!

--Vamos, Ramiro--dijo con dulzura el sacerdote, poniéndole una mano

sobre el hombro,--déjanos paso, que este es un asunto delicado y que no

te concierne.

--Pase usted cuando quiera, pero esa mujer no puede pasar.

--¿Por qué no puede pasar?--preguntó con entereza el sacerdote, alzando

la cabeza.

--Porque aquí no entran p... ni ladronas.

Ante aquella injuria bárbara la dama se tapó el rostro con las manos y

dejó escapar un gemido. El P. Gil se puso rojo, y tomando al viejo por

un brazo, le sacudió con violencia.

--Sea usted más comedido, y ya que no respete la sotana que visto,

guarde los miramientos que se deben a las señoras. Ante Dios y ante los

hombres ésta es la esposa legítima de su amo de usted. Déjeme el paso

franco, que a usted no le toca en éste asunto más que oir, ver y callar.

Y dando un empellón al viejo, se volvió diciendo:

--Venga usted, señora.

Pero Ramiro, agitado, convulso, como si fuera a caer presa de un síncope

se puso a correr delante de ellos, gritando:

--¡Alvaro, Alvaro! ¡Que entra la z... en tu casa!

Dos criadas se asomaron a la escalera y contemplaron con estupor la

escena. El viejo se detuvo en el principal; subió hasta el segundo,

dando los mismos gritos. El P. Gil, que le seguía con Joaquinita, dijo a

ésta al llegar al piso primero:

--Quédese por ahora aquí; yo subiré solamente.

Cuando llegó al segundo tropezó con D. Alvaro que salía a punto de su

habitación. Su rostro, siempre pálido, lo estaba ahora tanto que daba

miedo. En cuatro palabras Ramiro le había enterado de lo que ocurría.

Por la tarde, cuando por primera vez había venido la esposa infiel a la

casa, no lo había hecho. D. Alvaro no pronunció una palabra. Cogió con

mano convulsa por un brazo al sacerdote y le hizo entrar en su gabinete.

Luego cerró con cuidado la puerta.

--¿A qué viene esa mujer?--preguntó haciendo inútiles esfuerzos por

aparecer sosegado. La voz salía de su garganta débil y ronca.

--Viene a implorar su perdón.

--Se equivoca usted; viene por dinero--repuso sonriendo ya

forzadamente.

El P. Gil permaneció un instante silencioso y dijo al cabo:

--No me atrevo a asegurar a usted nada. Parece que está arrepentida...

Su acento es sincero y ha llorado con verdadero dolor en mi presencia.

Un relámpago de ira pasó por los ojos del hidalgo. En aquel tropel de

emociones que se agitaban en su espíritu, la indignación logró vencer a

todas las demás y profirió con acento despreciativo:

--Estoy perfectamente convencido de que no viene más que por cuartos...

pero de todos modos, me importa un bledo su arrepentimiento y su

sinceridad... Si está arrepentida, que pida a un cura la absolución. El

figurarse por un instante que yo puedo perdonarla es un nuevo insulto,

es una idea que sólo cabe en un alma tan miserable como la suya.

--El perdón jamás degrada. Es la virtud que más ennoblece al ser

humano--manifestó el clérigo, sorprendido.

D. Alvaro le clavó una larga mirada colérica. Después alzó los hombros

con desdén y dijo:

--Está bien: dejemos eso. Lo que importa es que, ya que la ha traído, se

lleve usted inmediatamente a esa señora.

--Me atrevería a suplicarle que, aunque no la perdone, le permita al

menos hablar con usted... Quizá tenga algunas revelaciones que hacerle.

--No soy curioso. Puede guardarse sus revelaciones o confiarlas a quien

se le antoje... Por mi parte (escuche usted bien lo que voy a

decirle)--al mismo tiempo le cogió con mano crispada la muñeca,--por mi

parte, ni ahora ni nunca cruzaré con ella la palabra... Puede usted

decírselo.

El P. Gil bajó la cabeza y permaneció silencioso, mientras el mayorazgo

comenzó a pasear agitadamente por la estancia con las manos en los

bolsillos. De vez en cuando se dibujaba en su rostro una sonrisa

sarcástica y dejaba escapar por la nariz un leve resoplido que acusaba

la tensión de su espíritu, como el pito revela la tensión de la caldera

de vapor.

--Ya que eso no pueda ser--manifestó al cabo de un rato con suavidad el

sacerdote,--usted comprenderá, D. Alvaro, que esa señora no puede irse a

dormir fuera de esta casa sin dar pábulo a las malas lenguas, sin

renovar conversaciones que no deben renovarse. Por egoísmo, ya que no

por caridad, debe usted consentir que su esposa duerma hoy en esta casa,

pues no creo que le convenga a usted escandalizar a la población.

D. Alvaro prosiguió sus paseos agitados sin responder palabra, como si

no hubiese oído la proposición del sacerdote. Al cabo de un rato se

plantó delante de él y, mirándole fijamente, dijo:

--Está bien. Dígale usted que, si es su gusto, no hay inconveniente en

que duerma en esta casa... aunque se necesite bien poca dignidad para

aceptarlo--añadió bajando la voz y recalcando las sílabas.--Y si quiere

dinero para el viaje de vuelta, Osuna se lo proporcionará.

--Le doy las gracias por esta deferencia, pero me voy muy

triste--replicó sonriendo el P. Gil.--Cualquier sacrificio haría por

borrar de su memoria la ofensa recibida y soldar de nuevo la cadena de

su matrimonio. ¡Cuánto daría en este momento por ser un hombre

elocuente!...

--La elocuencia, señor excusador, ha servido en este mundo para que se

cometiesen grandes vilezas; pero creo que ninguna lo sería mayor que la

que usted me propone.

--Para usted es una vileza lo que para mí sería un acto noble y

generoso, propio de un imitador de Cristo. No nos entendemos en lo que

se refiere a lo que es dignidad o indignidad...

--Lo siento por usted, padre--repuso el mayorazgo, tendiéndole la mano.

--Y yo por usted, D. Alvaro. Buenas noches.

Al quedarse solo éste siguió paseando todavía unos momentos; luego se

paró delante del cordón de la campanilla y tiró con fuerza. No tardó en

presentarse Ramiro.

--Esa mujer está ahí... ¿Quieres que la eche?--preguntó el viejo, sin

aguardar las órdenes de su amo.

--No. Condúcela a la sala, enciende todas las lámparas y avisa a Dolores

que suba.

El criado permaneció inmóvil, mirándole con sorpresa.

--¿Y vas a consentir que esa...

--¡Silencio!--exclamó el mayorazgo con energía, llevando el dedo a los

labios.--Haz inmediatamente lo que te mando.

El viejo se alejó gruñendo. Al instante se presentó la doncella.

--Dolores, di a la cocinera que prepare cena para la señora que está

abajo, y que haga todo lo que sepa. Ilumina el comedor, saca la vajilla

fina, arregla el gabinete azul y toma del armario la ropa mejor para

ponerla en la cama... Que no le falte absolutamente nada. Ayúdala a

desvestirse: cualquier cosa que ordene la hacéis inmediatamente. ¿Estás

enterada?

--Sí, señorito; pierda usted cuidado, que se la tratará como quien es.

D. Alvaro dirigió una mirada oblicua a la doncella y se apresuró a

decir, algo acortado:

--Despáchate pronto y enséñale el gabinete azul. Si desea dormir en otro

lado, puedes mostrarle también el que llamáis cuarto del obispo.

Otra vez quedó solo y otra vez emprendió su paseo nervioso de un ángulo

a otro de la cámara. A pesar de la fortaleza y sosiego que había

mostrado para rechazar las súplicas del P. Gil, su cerebro trabajaba

agitado, febril. Aquella visita tan inesperada removió los recuerdos

felices y aciagos que se habían depositado en el fondo de su ser, y que

ya no le molestaban. Su vida matrimonial, que en aquellos tres años se

había ido alejando de su memoria como un sueño que la claridad de la

aurora desvanece, surgió de pronto delante de sus ojos, tan próxima que

la tocaba con la mano. Ni un pormenor faltaba al cuadro. Y ante aquella

visión sentíase turbado, como si los sucesos acabasen de efectuarse.

Después de pasear algunos minutos a grandes trancos, comenzó a detenerse

a menudo, prestando oído a los ruidos que llegaban del piso primero.

Adivinaba más que percibía los preparativos que la servidumbre estaba

ejecutando en obsequio de aquella vil mujer que le había revelado toda

la negrura y todo el dolor de la existencia: "Ahora bajan la lámpara del

comedor... Ahora sacan la vajilla... Deben de estar haciendo la cama...

Ha salido gente: será Rufino a buscar a la tienda alguna cosa... Parece

que están hablando en el gabinete azul..."

Ya no paseaba. Con el oído pegado a la cerradura, recogía ávidamente

todos los rumores que llegaban de abajo. Y como llegaban demasiado

confusos, concluyó por abrir la puerta, avanzar cautelosamente hasta el

pasamanos de la escalera y escuchar desde allí, inmóvil, recogiendo el

aliento. Había imaginado vagamente que su esposa, una vez sola y libre,

subiría hasta su cuarto para hablarle. Lo hubiera deseado, para darse el

gozo de arrojarla con algunas frases despreciativas que le llegasen

hasta el fondo del alma. Hubo un instante en que pensó que este deseo se

realizaba. Sintió pasos en la escalera: toda su sangre fluyó al corazón:

se apresuró a dejar el pasamanos y a meterse de nuevo en el cuarto. Era

Dolores que subía a pedirle una llave. Cuando se fué tornó a su

espionaje: permaneció en la escalera larguísimo rato sin saber por qué

hacía aquello. Escuchó el rumor confuso de la conversación de Dolores y

su mujer. La doncella era charlatana: Joaquinita también tenía un

temperamento expansivo: la plática se animaba cada vez más. Hasta se le

figuró percibir algunas alegres carcajadas de su esposa, que le

sorprendieron más que le indignaron. Por fin notó que se ponía a cenar.

Dolores iba y venía con los platos. Terminó la cena. La doncella se

detuvo en el comedor y prosiguió la charla. Cansado de estar en pie, se

sentó en uno de los peldaños de la escalera. Al hacerlo sintió vergüenza

y comenzó a darse alguna cuenta vaga de las emociones que embargaban su

espíritu. Una hora larga esperó de aquel modo, percibiendo el rumor

confuso de las voces, en el cual nada podía distinguir, ni siquiera cuál

era la de su esposa y cuál la de la criada. Al cabo observó que salían

del comedor. Todavía se figuró que su mujer aprovecharía aquella ocasión

para subir a visitarle. Se puso en pie vivamente y se preparó a meterse

en su cuarto tan pronto como sintiese pasos en la escalera. Pero esperó

en vano. La señora se dirigió con Dolores hacia el gabinete azul. Sintió

cerrarse la puerta tras ellas: luego notó que se abría de nuevo y salía

la doncella y tomaba el camino de su cuarto. Sin duda había ayudado a

desnudarse a la señora y la dejaba en la cama.

Con la cabeza entre las manos, los codos apoyados sobre las rodillas,

permaneció inmóvil, abstraído, escuchando ya solamente la voz de su

pensamiento y los latidos de su corazón. Un vivo despecho, del cual no

quería darse cuenta, le mordía cruelmente las entrañas. Sentía la

necesidad de avistarse con su mujer, de injuriarla, de escupirla, de

abofetearla. ¿Por qué hacía unos instantes se había negado a recibirla,

y ahora ansiaba de aquel modo tenerla delante? El mayorazgo creía que

era porque su odio y su indignación habían crecido. No supo el tiempo

que permaneció en aquella postura. El deseo de verse frente a su esposa

ardía cada vez más vivo en su pecho, le ponía inquieto, excitado; se iba

convirtiendo en una fiebre, en una rabia intensa que le devoraba. ¡Oh,

tenerla entre sus manos, apretarla hasta hacerla gritar de dolor,

hacerla padecer en el cuerpo lo que él había padecido en el alma! Puntas

de hierro candentes le pinchaban por la espalda; las manos le temblaban

como si le pidieran una estrangulación con que calmar sus ansias. Un

calor insoportable le subía de las piernas al cerebro. Las tinieblas se

espesaban, le envolvían en una atmósfera tibia, sofocante, como si se

hallase en un subterráneo. Hubo un instante en que pensó que no podía

moverse: los miembros entumecidos se negaban a obedecer a su voluntad.

Hizo un esfuerzo, sin embargo, como si tratase de romper una tela que le

sujetara, y se puso en pie.

Se dirigió con paso vacilante a su cuarto. La luz del quinqué que ardía

sobre la mesa le hirió de tal modo que estuvo a punto de caer ofuscado.

Apagóla de un soplo, buscó a tientas la ventana y la abrió de par en

par. Una ráfaga viva de viento y agua le azotó el rostro y penetró

rugiendo por la estancia, echando a volar los papeles de la mesa. D.

Alvaro aspiró con delicia el aire frío y húmedo, asomóse a la ventana y

expuso su frente ardorosa a la inclemencia del chubasco. Las mil agujas

de la lluvia se le clavaron en las mejillas y convertidas en lágrimas

las bañaron completamente. Por algunos minutos gozó con voluptuosidad de

aquel frío, apeteciendo que le penetrase en el cerebro y sosegase su

desordenada actividad. La noche no era tenebrosa. A pesar del espeso

toldo de nubes, la luz de la luna conseguía cernirse y esparcía una

débil y triste claridad. Sólo cuando algún nubarrón más espeso y más

negro pasaba por delante de ella descargando su fardo de agua, la luz se

extinguía casi por completo. Las olas se estrellaban contra los peñascos

que sirven de baluarte al Campo de los Desmayos. El viento silbaba entre

las grietas de la torre de la iglesia. La música lúgubre de los

elementos embravecidos calmó un poco la fiebre del hidalgo.

Consolado por aquel refresco, respiró con libertad: se creyó dueño de

sí. Sin embargo, a los pocos instantes el mismo deseo agudo, candente,

volvió a pincharle el cerebro. ¡Oh, tener delante a la infame, vomitarle

en el rostro las injurias que su dolor y su indignación habían acumulado

durante tres años; luego cogerla así por el cuello y retorcérselo! Aquel

instante de placer compensaría los tormentos que había experimentado. Un

minuto que valía por toda una existencia de dolor. ¿Y por qué no

gozarlo? ¿No tenía en su poder al verdugo de su dicha? ¿No estaba allí

debajo, durmiendo tranquilamente, mientras él se agitaba todavía entre

crueles torturas? Apartóse un poco de la ventana y se secó el rostro con

el pañuelo. Sintió que era impotente para luchar con aquel apetito de

venganza. Toda su filosofía despiadada, indiferente, se había ido a

pique. El mundo dejó de ser pura representación; se convertía en

realidad innegable; la vida adquiría el valor absoluto que tiene para

todo ser finito. Era forzoso, a despecho de la razón, satisfacer los

instintos animales que gritan en el fondo de nuestro ser. En vano, para

calmarse, se decía que todas aquellas emociones nada valían ni

significaban en el curso eterno de las cosas, que dentro de muy poco

todo sería humo: en vano se representaba la imbecilidad del ser humano,

luchando y padeciendo en holocausto de una fuerza que se burlaba de él.

Todos sus pensamientos se estrellaban contra un anhelo poderoso,

irracional, que le dominaba. El bruto, como sucede siempre, podía más

que el filósofo.

Buscó a tientas la salida, y apoyándose en las paredes llegó hasta la

escalera. Al bajar el primer peldaño, sus botas rechinaron en el

silencio de la casa. Sentóse y se despojó de ellas. Luego se deslizó

hasta abajo sin hacer el menor ruido. Sin tropezar, por el conocimiento

perfecto de la casa, avanzó por los corredores hasta llegar a la puerta

del gabinete azul. En aquel momento el gran reloj del comedor dió una

campanada. No supo a qué hora pertenecía esta media. Acercó el oído a la

cerradura y estuvo un rato escuchando sin percibir ruido alguno.

Indudablemente Joaquina estaba ya durmiendo. Entonces se deslizó hasta

la puerta de escape que la alcoba tenía en el pasillo y volvió a poner

el oído. Al cabo de un momento pudo oir una respiración igual y serena.

Un vivo estremecimiento corrió por todo su cuerpo al percibirla. Sintió

un nudo en la garganta, pero un nudo de fuego; el corazón quería

saltarle del pecho: apoyó las manos sobre él para apagar el ruido de las

palpitaciones. La traidora dormía tranquilamente sin curarse de él.

¿Aquel deseo de reconciliación era, pues, una farsa? ¿Venía a buscar

dinero solamente? ¡Qué miserable! ¡Qué mujer tan odiosa!

Empleando todas las precauciones imaginables, levantó el pestillo de la

puerta y empujó. Tenía el pasador echado por dentro. Entonces se fué a

la puerta del gabinete. Aquélla estaba abierta. Avanzó por la estancia

sobre la punta de los pies conteniendo la respiración, llegó hasta la

alcoba y levantó las cortinas. Dió un paso más y chocó con la cama: puso

la mano sobre ella y la deslizó hacia la cabecera. Sintió la presión del

cuerpo de su esposa al hincharse con la respiración. Acercó el rostro

hacia el sitio donde debía de estar la cabeza de la dama, y dijo muy

quedo:

--Joaquina, Joaquina.

No despertó.

--Joaquina, Joaquina--repitió.

Tampoco hizo movimiento alguno. Entonces la sacudió levemente por el

hombro, llamándola de nuevo.

La dama dió un grito y despertó despavorida.

--¡Jesús! ¿Quién es? ¿Quién va?

--No te asustes, soy yo--dijo con voz débil el mayorazgo.

--¿Quién? ¿Quién?--replicó la dama, con señales de terror en la voz,

echándose hacia la pared.

--Soy yo, soy Alvaro... Mira--añadió con voz temblorosa,--sé que has

venido a hacer las amistades... Has hecho bien... Olvidémoslo todo,

comencemos una nueva vida...

La dama no respondió. Metida contra la pared, escuchábase su respiración

aún anhelante por el susto.

--Hice esfuerzos sobrehumanos para olvidarte--prosiguió con la voz misma

temblorosa, apagada por la emoción,--pero fueron inútiles... Estás

metida a hierro y fuego dentro de mi pecho... Has sido mi primero, mi

único amor en este mundo... Me has hecho mucho daño, ¡mucho! pero aunque

me hicieses mil veces más, no se borrarán de mi alma los momentos de

dicha embriagadora que te debo... ¡Te quiero, sí, te quiero, te

adoro!... Aunque me llamen cobarde, indigno, lo repetiré a la faz del

mundo entero... ¡Si supieses cuánto he sufrido! No ha sido mi dignidad,

mi orgullo destrozado, lo que me ha hecho padecer... Mi corazón es el

que ha sufrido... ¡Qué desconsuelo! ¡Qué tristeza tan honda! Parecía

como si una mano helada me arrancase suavemente las entrañas... Pero ya

pasó todo... ¿Verdad que ya pasó?... Comenzaremos a amarnos de nuevo,

como aquella tarde en que te estreché entre mis brazos por primera vez,

en una calle de árboles de los jardines de Aranjuez...

El mismo silencio por parte de Joaquinita.

--Contéstame... ¿Te he asustado, vida mía? Perdóname... ¿Por qué no has

salido luego que se fué ese cura?... ¿Pensabas que iba a arrojarte?...

No, preciosa mía... no... Te quiero, te adoro...

Al mismo tiempo, alargando las manos, tropezó con una de su esposa, la

cogió y la llevó a sus labios con entusiasmo. La dama la retiró

prontamente.

D. Alvaro quedó sobrecogido.

--¿Por qué me retiras tu mano?... ¿No te tiendo yo la mía, y soy el

ofendido?... ¿No has venido a reconciliarte conmigo?...

--Sí, sí, Alvaro--murmuró ella.--A eso he venido... Me has asustado...

--Perdóname, Joaquina... ¡Si supieses qué alegría me causa el oir tu

voz! Pensé que nunca ya, ¡nunca ya! la volvería a oir. ¿Quieres ser mi

esposa?--añadió bajando la voz, inclinándose para acercar la boca al

rostro de la dama.--Déjame un sitio a tu lado, hermosa... Déjame ser una

noche feliz...

--No, Alvaro, ahora no--volvió a murmurar la esposa infiel.--Mañana...

Déjame, estoy muy cansada... Déjame hasta mañana...

--No te molestaré. Me estrecharé cuanto pueda y dormirás tranquila...

--No, ahora no puede ser... Mañana.

--¿Por qué no? ¿No quieres ser mi mujercita? ¿No quieres que seamos

felices otra vez, como en aquellos primeros meses de nuestro matrimonio?

--Sí, lo quiero... Pero ahora estoy muy nerviosa... Deseo quedarme

sola... Mañana será otro día, y te prometo ser tuya... Ahí tienes mi

mano... Vete a dormir, Alvaro... Hasta mañana.

Montesinos buscó en la obscuridad aquella pequeña y hermosa mano, que

tan bien conocía, y la apretó contra sus labios perdidamente, la devoró

a besos. Joaquina la abandonó en su poder, esperando que al cabo se

marcharía. Soltóla, en efecto, pero fué para echarle los brazos al

cuello y apretarla contra su pecho, loco, perdido de amor, aplastando

sus labios con besos brutales, frenéticos. La dama forcejeó rabiosamente

para desasirse, y lo logró, haciendo tambalearse a su marido de un

empellón.

--¡Te he dicho que no quiero, que no quiero!--le gritó con voz

colérica.--Si vuelves a tocarme, me marcho desnuda como estoy por esas

calles... ¡Vete! ¡Vete!

D. Alvaro quedó clavado al suelo por el estupor. No eran sus palabras

las que le dejaban frío, horrorizado; era aquella voz aguda como la hoja

de un puñal, que le llegaba hasta lo más hondo del pecho.

--¡Vete! ¡Vete!--repitió ella alzando aún más el grito.

En aquel momento ni un pensamiento cruzaba por el cerebro del mayorazgo:

todas sus facultades quedaron aniquiladas, rotas por la sorpresa y el

horror del golpe. No sentía más que una viva impresión de anhelo, como

si se hubiese caído de algún sitio muy elevado y estuviese aún por el

aire. El mundo desapareció en medio de aquella oscuridad: nada existía

en las tinieblas que le envolvían, ni siquiera su pensamiento. Sólo

quedaba una voz estridente, fatal, y un gran dolor, un dolor eterno.

--¡Vete! ¡Vete!

Tropezando con los muebles, brincando como si escapase de una

catástrofe, salió de aquella estancia. Se encontró en la escalera

agarrado fuertemente al pasamanos para no caer. Allí se detuvo y quiso

coordinar sus ideas. ¿Por qué corría? ¿Qué había pasado? No se daba

razón de aquella huída repentina. Trató de volverse y penetrar de nuevo

en la estancia de su esposa y entrar en explicaciones; pero las piernas

se negaron a obedecerle. Un horror instintivo, como si hubiese delante

un pozo negro y hondo, le detuvo. Avanzó, cogiéndose con ambas manos a

la barandilla, y llegó hasta su cuarto. El huracán, penetrando por la

ventana abierta, se había enseñoreado de él; los papeles volaban, los

muebles a que se iba agarrando estaban mojados. Sus manos tropezaron en

el sillón del escritorio, y se sentó sin intentar siquiera buscar las

cerillas ni cerrar la ventana. Así permaneció inmóvil, con los ojos

desmesuradamente abiertos en la obscuridad, sin sentir el frío que le

penetraba hasta los huesos ni el agua de los chubascos que le bañaba a

intervalos la cabeza, no pudiendo determinar si el rumor que le

ensordecía y le mareaba era realmente el de las olas o sonaba tan sólo

en su cerebro.

Así le sorprendió la claridad del día, un día triste y sucio, como casi

todos los del invierno en Peñascosa. Alzóse al fin, como un sonámbulo,

entró en la alcoba y se dejó caer pesadamente en la cama. Ramiro no pudo

despertarle a las nueve para tomar el desayuno. Era un sueño invencible,

de aniquilamiento, semejante a la muerte. Dormía en una inmovilidad

absoluta, con los ojos entreabiertos y el rostro densamente pálido.

Cuando a las tres de la tarde salió de aquel profundo letargo, supo, sin

asombro alguno, que su esposa se había marchado en la diligencia de

Lancia.

LA ALDEA PERDIDA

La Aldea perdida, que he titulado novela-poema, es en efecto tanto un

poema como una novela. Y si Dios me hubiese dotado con la facultad de

fabricar versos armoniosos como a Garcilaso de la Vega, seguramente la

escribiría en verso.

Está empapada toda ella de los recuerdos de mi infancia. Su escenario es

la pequeña aldea de las montañas de Asturias donde he nacido y donde se

deslizaron muchos días, si no todos, los de mi niñez.

Para un niño aquellas peleas a garrotazos entre un puñado de rústicos,

que a un hombre le causarían risa, tomaban proporciones colosales,

homéricas. Quizá hoy si presenciásemos las luchas homéricas entabladas

ante los muros de Troya, nos harían reir también.

Después he visto aquel amado valle natal agudamente conmovido por la

invasión minera. Su encanto se había disipado. En vez de los hermosos

héroes de mi niñez vi otros hombres enmascarados por el carbón,

degradados por el alcohol. La tierra misma había también sufrido una

profunda degradación. Y huí de aquellos parajes donde mi corazón

sangraba de dolor y me refugié con la imaginación en los dulces

recuerdos de mi infancia. De tal estado de ánimo brotó la presente

novela.

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