sabrás que Velázquez se embarca mañana...
--Sí lo sé. Me ha escrito.
--¡Ah! ¿Te ha convidado a la juerguecilla del barco?... También a mí me
convida; pero, a la verdad..., no sé qué hacer. Quisiera que me dieses
tu parecer, porque, hijo mío, te lo digo con todas las veras de mi alma,
eres el único hombre decente con que he tropezado en la vida y a nadie
pido un consejo con tanta satisfacción como a ti...
--Muchas gracias--manifestó el caballero de Medina sonriendo--. Pero
¿qué quieres que yo te aconseje? Son asuntos delicados y no me atrevo...
--Pues yo quiero que te atrevas... Ya sabes que entre ese hombre y yo no
hay nada hace tiempo... Ya sabes cómo se ha portado conmigo...
--Pues bien--repuso Uceda, después de vacilar un poco--. A mí me parece
que debes ir... A pesar de todo le has querido: él te ha querido también
y probablemente te sigue queriendo... Sería crueldad, por tu parte, el
no decirle adiós.
--Está bien; iré aunque me cueste trabajo.
Hubo una pausa. Uceda preguntó al cabo con afectada ligereza:
--¿Y Antoñico?
Turbóse Soledad al escuchar la pregunta y exclamó con ímpetu:
--¡No me hables de ese charrán!
--Me han dicho que ha vuelto a juntarse con María--repuso el caballero
riendo.
--¡No es por eso, no!... Al contrario..., me parece lo único decente
que ha hecho en su vida; pero...
Iba a contar la bajeza que con ella había cometido, pero se detuvo a
tiempo. El relato de lo acaecido la perjudicaba más a ella.
--Le llamo charrán porque lo es. Todo el mundo lo sabe--concluyó bajando
la voz.
Quedó un momento silenciosa con el rostro fruncido.
--Bueno, hasta mañana en el barco... Voy allá porque tú me lo
mandas--manifestó al fin dándole la mano.
--No; yo probablemente no podré ir.
--¡Ah! ¿No vas tú? Pues entonces hazte cuenta que no voy yo.
--¿Por qué?
--Porque no quiero.
--¡Siempre tan testarudilla!--dijo Uceda apretando cariñosamente la mano
que tenía cogida--. Iré porque no te enfades. Hasta mañana.
--No faltes.
--No faltaré.
Al día siguiente, entre dos y tres de la tarde, dos lanchas atracadas al
muelle esperaban a los invitados para transportarlos al buque, que se
veía anclado allá en medio del puerto. Era una corbeta de regular
tamaño, negra, sólida, bien arbolada. El capitán, hombre de cuarenta
años, de mediana estatura y recias espaldas, rostro atezado, barba negra
cerdosa, pesado y macizo como su navío, les esperaba de bruces sobre la
cornisa de la obra muerta. Acompañábale Velázquez. La _Esperanza_, que
así se nominaba la corbeta, iba a la América del Sur por carga de cacao,
llevándola heterogénea de algunos productos de la Península.
Los primeros que llegaron fueron Frasquito con su mujer y el señor
Rafael. Inmediatamente la lancha trajo a la familia del _Cardenal_, los
viejos, Mercedes, Isabel y su novio Gregorio, a los cuales se había
unido Manolo Uceda, que por casualidad llegara al muelle al mismo
tiempo. En la otra lancha acudieron en seguida María-Manuela con Antonio
y dos amigos más de Velázquez. Por último, al cabo de un rato acostaron
al barco Pepe de Chiclana, su mujer y Soledad. En la subida hubo
bastante jarana y no pocos sustos. Las mujeres temblaban de confiarse a
la frágil escala. Con el susto no se guardaban siquiera de mostrar las
piernas a los marineros que se quedaban en la lancha. Los hombres las
embromaban sobre esta despreocupación así que estaban arriba.
--En el mar estamos como en el paraíso terrenal. No existe la
vergüenza--decía el capitán--. He conocido una señora que al averiguar
que el barco hacía agua subió a cubierta desnuda y estuvo hablando con
nosotros sin taparse siquiera el pecho con las manos.
Sobre cubierta, debajo de un toldo, veíase la mesa bien abastecida de
manjares y botellas. Velázquez fué saludando a sus amigos cordialmente y
les invitó a sentarse. Estaba tranquilo y a las frases de sentimiento
que dejaban escapar todos al darle la mano respondía con afectada
alegría:
--Dejad que me dé un poco el fresco, hijos. Este Cádiz se me venía ya
encima... Veréis cómo hago una gran fortuna por allá. Cuando menos lo
penséis llegaré hecho un potentado, y para daros en cara soy capaz...,
soy capaz..., ¡hombre, soy capaz de venir con levita!
--¡No, por Dios!--gritaron los compadres riendo.
Había saludado a Soledad con no fingida naturalidad y aun la había
piropeado graciosamente. Y era lo raro que la joven parecía más turbada
que él. Después, acercándose a Mercedes, la preguntó familiarmente por
lo bajo:
--¿Y Gabino? ¿Cómo no viene?
--¿Gabino?--respondió la salada muchacha haciendo un mohín desdeñoso--.
¡Dale memorias!... Nada tengo ya que partir con él.
Mostróse sorprendido y no quiso creerlo: disimulos de mocitas y nada
más. Pero la niña insistió con ahinco y formalidad, dió pormenores, citó
testigos. Velázquez concluyó por llamar a Isabel, que estaba cerca.
--¿Es verdad lo que me dice tu hermana, que ha regañado con Gabino?
--¡Y tan verdad!--respondió aquélla con mal humor--. ¿Tú sabes si mi
hermana ha tenido chabeta alguna vez?
Y se alejó murmurando. Velázquez quedó serio y pensativo.
Sentáronse todos al cabo, y para abrir boca tomaron ostiones y rajas de
salchichón. Destapáronse las botellas y el rico dorado vino de Sanlúcar
chispeó alegremente en las copas. La tarde era dulce y serena. El sol
derramaba sus rayos esplendentes sobre la bahía. Las aguas dormidas
rielaban su luz con brillantes reflejos de plata. Los buques anclados en
el puerto cabeceaban blandamente, viéndose sobre sus cubiertas algunos
marineros entregados al sueño. Ni de la ciudad ni del mar llegaban más
que rumores suaves que, al confundirse en el aire, formaban lánguido
suspiro como si la tierra y el Océano gozasen tranquilos el placer de la
siesta. Una brisa suave, fresca, sin intermitencias, acariciaba la
frente de los convidados. La Naturaleza ofrecía el amable sosiego, la
armonía solemne que sólo se observa en los comienzos del otoño.
Los de la fiesta no resultaron alegres. La gente se mostraba lacia,
desanimada, como si todos se hallasen bajo el peso de un disgusto. Y en
realidad, no era grato ver alejarse, quizá para siempre, a un amigo de
toda la vida. El mismo señor Rafael, cuya alegría era inagotable, estaba
menos expansivo. Aprovechando un momento en que Velázquez vino a
ofrecerle una caña, le dijo por lo bajo:
--Pero, vamos a ver, hijo, ¿por qué haces esta locura? ¿Qué te faltaba a
ti en Cádiz? ¿No tienes salud?, ¿no tienes dinero?... ¿Qué demonios vas
buscando en esas tierras donde si no le meriendan a uno los salvajes se
lo comen crudo los mosquitos?... Que has tenido algunos disgustillos con
las mujeres, ¿y qué? ¿Es razón para que un mozo valiente y noble de too
su cuerpo se quite del medio? ¿Dónde hay palmito que se pueda comparar
con unas botellas de amontillado, bebidas en compañía de cuatro amigos,
y unas aceitunitas aliñás?... Me lo dijo hace tiempo un vista de la
aduana que había estado muchos años en Puerto Rico, un tío muy
ilustrado, capaz de beberse el golfo de Méjico: "Desengáñate, Rafael,
las mujeres no sirven más que para enfriar el caldo cuando uno está
acatarrado y no puede sacar los brazos de la cama."
Velázquez alzó los hombros y le respondió con el mismo desenfado.
El vino hizo al cabo su tarea. Poco a poco los rostros se fueron
animando y las lenguas se desataron, produciendo un gracioso oleaje de
chistes y agudezas. Quien hizo mayor gasto, como siempre, fué Antoñico.
Estaba más flaco que antes y descolorido. Apenas comía. Sus amigos le
embromaban por esta falta de apetito.
--¿Qué queréis, hijos míos?--respondía él.--He perdido el estómago.
¿Cómo no había e perderlo si esta mujer que aquí veis me ha estado
envenenando más de tres semanas con una bebía compuesta?
--Decid que es mentira--saltó María-Manuela--. No ha sido más que ocho
días, y lo que le he dado a nadie le hace daño: agua de siete pozos
distintos con un poco de sangre de oreja de gato negro y unas cagarrutas
de rata...
--¡María Santísima del Carmen!--exclamó Antonio llevándose la mano al
estómago--. ¿Y yo he bebido eso?... ¡Quitadme esos platos de delante!
¡Quitadme esas copas! ¡Dejadme reventar en cualquier rincón, como un
triquitraque!
--¡Ya lo creo que lo has bebío!--exclamó la ruda morena con gesto de
triunfo--. Y gracias a ello te tengo ahora chalaíto y pringoso que no
hay por dónde cogerte, más humildito y manso que un cordero de Dios...
Porque ahí donde ustedes le ven--añadió volviéndose a los
circunstantes--, ahí donde ustedes le ven tan guasoncillo y soberbio,
ahora es una malva en casa y en cuantito yo doy una voz ya le tengo de
rodillas pidiéndome que no me enfade. Y too esto ¿a qué se debe? Pues a
la virtud de la bebía.
--¡Sería milagro! ¿Cómo quieres que yo vocee si me has dejado en los
huesos? No me ha quedado aliento ni para pedir los buñuelos por la
mañana.
Los amigos reían y vertían de vez en cuando una palabrita para que la
disputa se alargase.
Sin embargo, la hora de levar anclas se iba acercando y el capitán se
había apartado de la mesa y andaba de un lado a otro dando órdenes. Los
marineros comenzaban a moverse ejecutando las maniobras preventivas.
Soledad y Manolo se habían aproximado y charlaban un poco retirados de
los demás. El caballero de Medina la embromaba suponiendo que estaba
triste y que hacía esfuerzos por ocultarlo. Al fin y al cabo en aquel
momento crítico el corazón hablaba. No en vano había estado enamorada
tanto tiempo. La joven se defendía con empeño, negando que estuviese
triste y casi casi que hubiera estado enamorada.
--No se puede llamar amor lo que he sentido por ese hombre... Era una
locura, un antojo por cosas agrias, como solemos tener las mujeres. El
amor debe ser algo más dulce, más tranquilo... Era imposible que yo le
quisiera toda la vida. Su genio siempre me ha sido antipático... Detesto
a los hombres soberbios...
--Es porque tú lo eres.
--Quizá--dijo ella con franca resolución--; pero así es... Por lo demás,
no puedo negarte que me causa pena el verle marchar, sabiendo que es por
mi causa. Si le pasa algo en la travesía... o se enferma... o muere, me
ha de quedar un poco de escozor en el alma. Aunque ya no me inspira
interés, no quisiera hacerle daño... Porque en el fondo no es malo;
¿sabes? No tiene más que mucha fantasía en la cabeza. En cuanto se le
quite será un buen hombre... Francamente, sentiría mucho que le
sucediese algo malo... ¡Pobre Velázquez!
--Sí, ¡pobre Velázquez! Ni supo querer ni supo ser querido--expresó
Uceda poniéndose serio y dirigiendo sus ojos al horizonte.
Soledad le clavó una mirada de sorpresa y admiración. Y a su sabor, en
silencio, largo rato estuvo contemplando a aquel hombre tan noble, tan
firme, tan sufrido. Un remordimiento punzante le atravesaba el alma.
Sintió deseos de arrojarse de cabeza al mar.
La tripulación terminaba los preparativos. El capitán prescindía ya
enteramente de los convidados y, diligente y afanoso, recorría el barco
de proa a popa fijando sus ojos escrutadores en el aparejo y cambiando
rápidas palabras con el piloto y contramaestre. Los amigos de Velázquez,
comprendiendo que era llegado el momento de partirse, quedaron otra vez
graves y taciturnos. Un mismo sentimiento de tristeza oprimía sus
corazones. Sólo Antoñico se atrevió a decir alegremente a Paca:
--Vamos a ver, niña, suéltanos una copliya de despedida. Hace un siglo
que no te oigo.
La esposa de Pepe de Chiclana respondió mirándole con severidad:
--Hijo mío, cuando un amigo tan apreciado como éste se marcha, nadie que
tenga corazón siente ganas de cantar... ni tampoco de oir cantar.
Y los convidados aprobaron todos con la cabeza las palabras de aquella
profunda mujer.
Sonaron las cinco en el reloj de la cámara. El capitán se acercó a ellos
y les dijo cortésmente:
--Señores, vamos a levar anclas. Siento mucho privarme de tan buena
compañía, pero es preciso... A no ser--añadió sonriendo--que quieran
ustedes venirse al Perú conmigo y con este buen mozo.
Nadie respondió. Silenciosamente se fueron acercando uno por uno a
Velázquez y le abrazaron con emoción. El procuraba disimular la que
sentía bajo una sonrisa forzada. Vinieron después las mujeres y le
estrecharon la mano. "Buen viaje. Buena suerte. ¡Que Dios te traiga
pronto!" Paca le entregó un escapulario de la Virgen del Carmen
rogándole que se lo pusiese. El majo le dió las gracias llevándolo a los
labios.
Cuando llegó el turno a Mercedes, Velázquez la retuvo las manos entre
las suyas un momento y la dijo por lo bajo, viéndola sonreir:
--¡Qué contenta estás, Mercedes! ¿Te alegras de que me vaya, verdad?
--Ni me alegro ni me entristezco. Pues que nadie te obliga a marchar,
debe de ser un viaje de recreo el que haces--respondió ella sin dejar de
sonreir.
--Sí, te alegras, lo estoy viendo en tu semblante... Haces bien; yo no
he servido más que para darte jaqueca. Perdóname y que Dios te haga muy
feliz, como deseo.
--¡Adiós!--repuso lacónicamente la joven.
Se estrecharon la mano con fuerza y se apartaron. Pero el rostro de la
niña al hacerlo empalideció, dió unos pasos atrás como si estuviese
mareada y se dejó caer sobre un cable enrollado; tapóse los ojos con las
manos y comenzó a sollozar fuertemente.
Quedaron estupefactos todos. Hubo unos momentos de silencio. Varios
acudieron al fin solícitos preguntándole:
--¿Qué te pasa, Mercedes? ¿Te has puesto mala? ¿Qué te pasa, hija, qué
te pasa?
--¡Qué le ha de pasar!--exclamó su hermana Isabel roja de ira--. ¡Que se
ha caído de tonta!
Y su madre y su prima se lanzaron al mismo tiempo indignadas y
enfurecidas sobre ella.
--¡Cómo!... ¿No te da vergüenza? ¡Llorar por un hombre que se burla de
ti! ¡Loca!, ¡más que loca! ¡Vaya un paso chistoso!
La joven, sin responder a tales invectivas, seguía llorando con el
rostro entre las manos.
Entonces Velázquez avanzó hasta colocarse entre ella y las que la
injuriaban, y dijo gravemente con voz temblorosa:
--Si lo que ustedes dicen es cierto, si las lágrimas de esa niña se
vierten por mí, sólo puedo demostrarles que no he querido burlarme
ofreciéndoles casarme mañana mismo con ella... Ya sé que no la merezco,
pero juro por mi salud que haré cuanto pueda por merecerla.
Al oir estas palabras, un grito de júbilo estalló en la reunión. Todos
palmoteaban; todos chillaban dirigiéndose exclamaciones de asombro y de
gozo.
--¡Tiene gracia! ¡Venir a un duelo y salir un casorio!...--A mí me daba
el corazón que los dos se querían...--¡Y a mí!--¡Y a mí!
El señor Rafael, loco de alegría, gritaba:
--¡Vivan los novios! El día qué os caséis prometo emborracharme..., lo
que no hice en los días de la vida.
Y empujando al mismo tiempo a Velázquez contra Mercedes, añadía:
--¡Anda! ¡Abrázala, cobarde!... ¡Hazte cuenta que no somos nadie!
Pepa y Paca alzaban a su vez a Mercedes y la empujaban hacia su novio.
Este la abrazó con efusión.
--Ya no hay viaje, capitán--dijo luego volviéndose al de la corbeta.
--La primera vez que me alegro de separarme de ti, Velázquez--repuso
éste estrechándole la mano.
Acometidos de un vértigo, todos hablaban y nadie se entendía. Mas he
aquí que el prudente Frasquito se acerca a Velázquez y le dice
misteriosamente:
--Oye, chico, pero ¿vas a perder el dinero del pasaje?
El majo suelta una ruidosa carcajada y exclama dándole afectuosas
palmadas en la espalda:
--¡Sí que lo pierdo! ¿Quieres aprovecharlo tú?
El señor Rafael había oído la carcajada y se acercó para saber lo que se
trataba. Velázquez le informó riendo. Dió el viejo un paso atrás y,
mirando fijamente a su sobrino, se santiguó diciendo con gravedad:
--Sobrino, no nos separamos. Yo no deshago la sociedad. Eres el único
sabio que hay en Cádiz. Déjame, por Dios, que cuente este golpe a todo
el mundo para honra de la familia.
--¡Tío, no la enredemos ahora que estamos todos alegres!--exclamó
Frasquito exasperado.
--¿No quieres que lo cuente? Está bien: te guardaré el secreto. Pero de
aquí en adelante hazte cuenta que no eres mi sobrino... ¡Quiero que seas
mi tío!
Velázquez atajó la disputa llevándose a Frasquito. Todos se despidieron
del capitán afectuosamente y de nuevo bajaron la escala, acomodándose
como mejor pudieron en las dos lanchas que los habían traído. Una vez en
ellas, como el día continuase sereno y el mar sosegado, a uno de ellos
se le ocurrió acompañar a la corbeta algún trecho. Se aceptó con
regocijo la idea. El capitán hizo al instante levar anclas y el buque,
arrastrado penosamente por sus dos botes, emprendió una marcha lenta
hasta llegar a paraje abierto donde pudiera desplegar las velas. Las
lanchas le daban escolta.
Reinaba el júbilo en éstas, cambiándose entre unos y otros mil bromas y
donaires. El blando movimiento de las olas y la fresca caricia de la
brisa excitaban más su alegría. Velázquez no se había sentado al lado de
Mercedes. Por un sentimiento de delicadeza prefirió colocarse entre sus
futuros suegros. Cuando el bullicio se hubo calmado un poco, les habló
en voz baja de este modo:
--Un sueño me parece lo que está pasando. Me encuentro sentado entre
ustedes; veo allí a Mercedes, con la cual no tardaré en casarme, y
apenas puedo creerlo. Dios no ha querido que fuese a morir en tierras
extrañas, sino que viva entre mis amigos al lado de una esposa que no
merezco. Después de Dios a ustedes se lo debo. Quisiera poder
demostrarles mi agradecimiento no con palabras, sino con hechos. Creo
que la mejor manera será haciendo a su hija feliz y a esto me
comprometo... Aquel Velázquez calavera, mujeriego y pendenciero se
marcha en ese barco para el Perú. El que aquí queda es un hombre decente
que sabrá mientras viva querer a su esposa y respetarles a ustedes.
El viejo _Cardenal_ aprobó con la cabeza las palabras del majo; pero la
madre replicó con acento en que se traslucía aún la cólera:
--No creas que te entrego a mi hija de buena voluntad. Lo hago porque la
conozco y sé que si la contrariase enfermaría. A mí no se me olvidan los
desaires que la has hecho y si estuviese en su lugar puedes estar seguro
de que no volverías ahora tan satisfecho a Cádiz.
--¡Silencio, mujer!--interrumpió el padre con energía, y volviéndose a
Velázquez añadió gravemente:--Las mujeres perdonan mejor los agravios
que las hacen que los que hacen a sus hijos. Eres nombre de juicio y
sabrás disimular el resentimiento de una madre. Yo te doy mi palabra de
que haciendo feliz a Mercedes no tardará en desaparecer.
Llegaron al fin a la mar libre. La _Esperanza_ izó algunas velas y su
tripulación dejó los botes para subir a bordo. Los remeros de las
lanchas recibieron orden de mantenerse quietos. Todos se despidieron con
mucha gritería del capitán e inmediatamente pusieron proa a la ciudad.
El sol iba a ocultarse. El firmamento azul se teñía de púrpura en
Occidente con viva incandescencia que ascendía hasta el cenit,
fundiéndose gradualmente en tintas de grana y oro hasta perderse en
suave y maravilloso rosicler. El vasto Océano llameaba recibiendo en su
seno con misterioso temblor el disco del sol, grande, rojo,
resplandeciente. Todos se alegran contemplando este sublime espectáculo.
La fresca brisa de la tarde baña su rostro. Vuelven los ojos a tierra y
su gozo aumenta viendo a Cádiz surgir de las aguas con su ceñidor de
espumas, con su crestería que los rayos del sol doran como la corona
gigantesca del dios de los mares.
En aquel momento, Soledad preguntó a Uceda en voz baja:
--¿Sigues en tu idea de marcharte a Sevilla?
--Sí.
--Yo también me voy.
--¿A qué?--dijo el caballero fingiendo sorpresa.
--No lo sé--replicó la joven pugnando por no llorar.
Guardaron silencio unos instantes. Uceda le dijo al fin con sonrisa
benévola tomándole una mano:
--Escucha, Soledad. ¿Ves ese hermoso sol que va a desaparecer? Tú sabes
que mañana volverá a lucir en el cielo tan hermoso como hoy. Así sabía
yo que tu amor volvería. Porque en este mundo el amor engendra al amor,
pero el capricho sólo engendra al hastío. A pesar de tus locuras te he
seguido queriendo porque adivinaba en ti un espíritu infantil a quien no
se puede exigir la responsabilidad de sus actos y también porque
respetaba en mí el primer amor que tú habías logrado inspirar. Aun hoy
te quiero con toda mi alma, pero...
--Sí, ya sé que no puedo ser tu esposa. Seré tu criada..., tu
esclava--interrumpió Soledad con ímpetu.
--¡Silencio! Para el hombre de corazón nada hay más imposible que la
maldad. Una voz interior me dice que he nacido para protegerte, para
salvarte de la infamia. Confíame tu suerte. Ignoro lo que serás con el
tiempo para mí, pero puedes estar segura de que nada haré que pueda
rebajarte. Sin tregua ni descanso trabajaré desde hoy por elevarte, por
dignificarte, para sacar de ti el ser inocente y noble que mi cariño me
ha dicho siempre que existe.
Así habló el caballero de Medina. La joven escucha estas palabras con
alegría, y sus bellos ojos se nublan de lágrimas.
Las lanchas bogaban apresuradamente hacia el puerto envueltas en rojizos
resplandores. La _Esperanza_ izaba a lo lejos todas sus velas, que se
hinchaban al soplo de la brisa. Su casco negro, robusto, se inclinaba
suavemente para hender el cristal de las aguas. El capitán, desde lo
alto del puente, saludaba con su gorra blanca.
LA FE
Era lógico que esta novela produjese escándalo. El título mismo
predispone a ello. Luego, un sacerdote que duda de las verdades de la
religión. Cierto había motivo para escandalizarse y no han dejado de
hacerlo algunas almas timoratas, más timoratas que instruídas.
Si lo estuviesen suficientemente sabrían que es de hombres el dudar, no
de bestias. Y si hubieran leído las admirables cartas de San Francisco
de Sales podrían comprobar que a su juicio "pocos marchan con más
rapidez en el camino de la perfección que aquellos a los que la duda
combate."
Verdad que existen almas privilegiadas para las cuales la duda es
imposible. Han entrado en el cielo y nada ni nadie puede arrancarlas de
él. Admirémoslas y envidiémoslas. Pero no menospreciemos a las que
luchan y sangran para que sus puertas se les abran.
Compláceme el saber que mi novela ha dado consuelo a otras personas, y
que gracias a ella han logrado el sosiego de su alma. Esto no obstante,
repito aquí lo que he dicho en el prefacio de la última edición: "Si la
única autoridad que yo acato en esta materia juzgase que hay en la
presente obra algo que necesite corrección, corregido y borrado queda
desde ahora mismo, pues yo no pretendo dar a este ni a ningún otro de
mis escritos, más alcance que el que pueda ajustarse con las doctrinas
de la Iglesia Católica, a las cuales me glorío de vivir sometido."
CRUEL DESENGAÑO
La acción se desarrolla en Peñascosa puerto de mar secundario de la
costa cantábrica. Don Alvaro Montesinos era un mayorazgo a quien
una educación austera y un temperamento enfermizo habían hecho
huraño y sombrío. Muerto su padre había venido a Madrid. Dotado de
claro entendimiento se había entregado con ardor a la lectura lo
cual terminó de arruinar su salud. Se hizo un sabio incrédulo y
pesimista. Al cabo se enamoró ciegamente, como suele acaecer a los
hombres estudiosos y retraídos, de una joven elegante y sin dinero
llamada Joaquina Domínguez. Esta le aceptó como esposo no porque
compartiera su amor sino por interés, pues Don Alvaro era rico.
Transcurridos algunos meses Joaquina se dejó enamorar por un joven
aristócrata y propuso a su marido hacer un viaje por el extranjero.
Don Alvaro cedió a este capricho. En Marsella la infiel esposa le
abandonó escapándose con su amante y robándole todo el dinero que
llevaba. Entonces Montesinos se refugió en su viejo palacio de
Peñascosa y allí vejetó tres años devorando su humillación y
entregado al más negro pesimismo. Al cabo de este tiempo su
perversa mujer sintiéndose en cinta, viene a Peñascosa con pretexto
de pedirle perdón, pero en realidad, para dormir una noche en la
casa conyugal y obtener de este modo por la ley la legitimación del
fruto adulterino que llevaba en sus entrañas. Busca al P. Gil para
que le introduzca cerca de su marido.
Al tirar del cordel grasiento, el mismo tañido lúgubre que tanto había
impresionado al P. Gil la vez primera que puso los pies en aquella casa,
produjo a ambos un estremecimiento de temor y ansiedad. No tardó en
oirse la voz cascada de Ramiro.
--¿Quién es?
--Gente de paz.
--¿Quién es?--tornó a preguntar.