--¿Has sufrido mucho?

--Muy poco.

--No haga usted caso--interrumpió la Condesa:--ha pasado bastante la

pobrecilla.

Miguel salió del cuarto con el corazón en la garganta.

Cuando se vió solo rompió a llorar como un niño.

--¡Pobrecilla--murmuró:--Ella padeciendo dolores increíbles sin exhalar

una queja, y yo durmiendo aquí como un bruto! No me perdonaré en mi

vida este acto de egoísmo... ¡La culpa la tienen esas mujeres--añadió

con exaltación,--esas entremetidas que me echaron del cuarto!

Pronto se calmó de su remordimiento para dar lugar a las mil gratas

emociones de la paternidad. Quiso entrar otra vez, pero las mujeres

¡siempre las mujeres! se opusieron a ello en tanto que el niño no

estuviese lavado y enrollado y la señora librada y en la cama. Cuando

todo esto se hubo efectuado, pasó a la alcoba. Su esposa estaba más

linda que nunca en el lecho, con una cofia de encaje adornada con cintas

azules y descubriendo los pliegues de una primorosa camisa. Sentóse a la

cabecera, y ambos se contemplaron embelesados. Con pretexto de tomarle

el pulso, le apretó la mano larga y tiernamente. La brigadiera le

presentó un paquete de ropa diciéndole:

--Ahí tienes a tu hijo.

Miguel cogió el paquete y lo elevó a la altura de los ojos. Y vió una

carita redonda y amoratada sin narices, los ojos cerrados y la frente

deprimida, de cuya boca relativamente enorme salían unos chillidos nada

melódicos.

--¡Qué feo es!--dijo en voz alta.

Un grito de indignación se escapó de todos los pechos, incluso del de su

esposa.

--¡Qué atrocidad, Rivera! ¿Cómo dice usted esas cosas?--¿De dónde saca

usted que es feo, señorito?--¡Si precisamente es uno de los niños más

hermosos que he visto, Rivera!--¿Quiere usted que ahora tenga las

facciones perfectas?

--¡Quita; quita!--dijo la brigadiera arrebatándoselo de las

manos.--¡Vaya unas flores que le echas al pobrecillo!

--Quisiera yo ver cómo era usted a las dos horas de haber nacido,

señorito--dijo Juana.

Miguel, sin enfadarse por aquella falta de respeto, contestó:

--Hermosísimo.

--¡Hombre, cómo se ha echado usted a perder!--exclamó la de Losilla

riendo.

--No tanto, señora, no tanto: seguro estoy de que mi mujer encuentra

gratuita esa afirmación.

--Nada de eso--dijo la niña, haciendo una mueca de enfado.

--¡Maximina!

--¿Por qué le has llamado feo?

--Vaya, veo que aquí hay un caballero que me ha desbancado.

En tanto, el paquete andaba de mano en mano, no sin que protestase con

chillidos cada vez más enérgicos de aquel importuno trasiego. Pero esta

desesperación aciaga era precisamente lo que constituía las delicias de

aquellas buenas mujeres; se morían de risa contemplando aquella boca

abierta que dejaba ver las fauces, y aquel expresivo y rabioso manoteo

preñado de amenazas.

--¡Anda, anda, qué pulmones tienes, chico!--Así me gusta, ensánchate,

hombre, ensánchate.--¡Vaya un genio que gastas, criatura! ¡Qué mono se

pone llorando!

La verdad es que estaba horrible.

--¡Ay, que se queda, señora! ¡Ay, que se queda! gritó Plácida.

Todas acudieron asustadas.

--¿Cómo? ¿Dónde se queda?--preguntó Miguel dando un salto en la silla.

--En lloro, señorito.

El niño, la faz contraída y la boca abierta, guardaba silencio. La

Condesa lo sacudió con todas sus fuerzas a pique de matarlo. Al fin dejó

escapar un grito más rabioso que los demás, y todas respiraron con

satisfacción.

--Vaya, hay que darle de mamar a este tunante; si no, se nos va a

enfadar.

--¿Cómo se pondrá este chico para enfadarse?--pensó Miguel.

Metiéronle en el lecho y le pusieron en la boca el pezón maternal; pero

se negó a tomarlo, no sabemos bajo que pretexto. Las mujeres encontraron

aquella conducta inconveniente. Maximina le miraba con ojos severos,

haciéndole interiormente cargos durísimos. La Condesa pidió agua con

azucarillo y untó con ella el pezón. Entonces el chico, seducido por

aquella atención delicada, no vaciló en acceder a los deseos de las

señoras y comenzó a chupar la teta con poca expedición, como aprendiz al

fin en el oficio.

--¿Han visto ustedes qué picarón?

--¡Ave María, si parece mentira que tenga ya tanta malicia!

--¡Cosa como ésta nunca se ha visto, mujer!

--Es un pillo de playa.

Después de haber mamado, el chico se propuso hacer cuanto estuviese de

su parte por confirmar esta favorable opinión que de su ingenio habían

formado. Al efecto, abrió un si es no es el ojo derecho, y volvió acto

continuo a cerrarlo, con gran asombro y regocijo de los presentes.

Después, habiendo tropezado casualmente con su propia mano, comenzó a

dar feroces chupetones en ella. No contento con esta gallarda muestra de

talento, lo probó aún más cumplidamente cuando Plácida le puso su lengua

en la boca. En un principio la chupó con afán; pero advertido muy pronto

de la burla que se le hacía, se enfureció de un modo terrible y dejó

entender con bastante claridad que siempre que se tratase de ajar su

dignidad, le verían protestar en iguales o parecidos términos.

Vuelto de nuevo a su cama, se durmió al instante como un obispo (el

símil es de Juana) mientras su madre levantaba de vez en cuando el

embozo de la cama para contemplarle con tanta ternura como infantil

curiosidad. Habiéndose acercado Miguel al lecho con poco cuidado, su

esposa pensó al parecer que iba a lastimar al chico.

--¡Quita, quita!--gritó con acento colérico.

Y le dirigió una mirada tan iracunda, que el joven quedó estupefacto,

pues no podía imaginarse que ojos tan dulces fuesen capaces de lanzarla.

En vez de enfadarse, se echó a reir como un loco. Maximina, avergonzada,

sonrió, y su faz inocente volvió a adquirir el amable sosiego que la

caracterizaba.

Por desgracia, aquel sosiego fué turbado inopinadamente al poco rato.

Sucedió que, habiéndose despertado el obispo, hubo en el consejo

femenino ciertas sospechas de que su ilustrísima no andaba muy limpio en

toda su persona, y se decretó inmediatamente una inspección ocular. La

Condesa lo colocó sobre el regazo, lo despojó de sus vestiduras, y en

efecto, así era como lo habían pensado. Pidió acto contínuo agua

caliente y una esponja. Trajeron además frescos pañales, y con mucho

donaire y no pequeña satisfacción, dió comienzo al arreo del infante.

Pero hete aquí que la brigadiera, que ya estaba celosa de ella desde

hacía tiempo y había declarado solemnemente, aunque por lo bajo, a las

criadas "que aquella buena señora era una fastidiosa entremetida",

manifestó ahora en tono algo desabrido que la faja no debía ir tan

prieta como la Condesa la ponía.

--Déjeme usted, Angela, déjeme usted, que bien se lo que me hago--dijo

ésta con cierto dejo de suficiencia continuando su tarea.

--¡Pero si esa criatura no puede resollar, Condesa!

--Necesitan estar así los primeros días para que no salgan torcidos.

--Si antes los asfixia usted, ni torcidos ni derechos.

--No necesito que me enseñe nadie a enrollar niños. He tenido seis

hijos, y, gracias a Dios, todos están en el mundo, vivos y sanos.

--Pues yo no he tenido más que una hija, pero no hubiera consentido

nunca que la enrollaran de ese modo.

--Pues yo le digo que no admito lecciones de usted, ni en esto, ni en

nada...

Las palabras que se habían cruzado eran ya sobrado ásperas, y la actitud

airada en que ambas señoras se encontraban hacía presumir que pronto lo

serían mucho más. Los que asistían á la escena se habían puestos serios.

Maximina, asustada, hacía pucheros para llorar. Entonces Miguel,

irritado por aquel proceder, intervino diciendo suavemente, pero con

firmeza:

--Señoras, tengan ustedes consideración con esta pobre muchacha, que

ahora necesita tranquilidad y descanso.

La de Losilla levantóse con altivez, entregó el niño a una criada y

salió de la estancia sin despedirse. A pesar de sus ruegos, Miguel, que

la siguió, nunca pudo lograr que volviese: antes, su enojo fué creciendo

a medida que se acercaba a la puerta, y allí le dijo un adiós muy seco,

subiendo a su casa con ánimo, al parecer, de no bajar otra vez.

--¡Esta mamá siempre ha de ser la misma! ¡Qué genio tan

remaldito!--exclamó al quedarse solo.

Pero tal disgusto se le borró pronto de la mente, porque las

circunstancias felices y excepcionales en que se hallaba eran a

propósito para ello.

Estaba de Dios, sin embargo, que en la copa de su felicidad habían de

caer algunas gotas de hiel. Por la noche, cuando, fatigado ya del trajín

del día, se disponía a retirarse dejando a Plácida que velase a su

esposa, se oyó el toque importuno de la campanilla de la puerta.

--Señorito, hay ahí un caballero que desea hablar con usted.

--¡Vaya una visita impertinente! ¿Le ha introducido en el despacho?

--Sí, señorito.

Nuestro nuevo papá se fué hacia allá arrastrando perezosamente los pies,

muy resuelto a que la visita no se prolongase largo rato. Pero al entrar

en su despacho quedó sorprendido no muy agradablemente el encontrarse

con Eguiburu "el caballo blanco" de _La Independencia_. Las relaciones

que con este señor mantenía estaban muy lejos de ser íntimas. Después

que había dado su firma en garantía de los treinta mil duros gastados en

el periódico, no había vuelto a verle sino otras dos veces, para tomar

de su mano dos cantidades que sumaban doce mil, los cuales no se habían

gastado todos en el periódico, sino que habían servido también para

socorrer a los emigrados. Llamóle, pues, la atención aquella

intempestiva venida y aun le puso inquieto y receloso.

Era Eguiburu un hombre alto, flaco, de cara pálida y rugosa, ojos azules

y pequeños, cabello rubio, bastante ralo, y muy desgarbado de toda su

persona. El traje que llevaba, compuesto de unos calzones anchos de paño

negro, chaleco largo y un enorme gabán pardo que le bajaba casi hasta

los pies, no ayudaba a prestarle la gallardía de que tan necesitado

estaba.

Saludóle Miguel cortés y gravemente, preguntándole a qué debía el

honor...

--Señor de Rivera--dijo sentándose sin ceremonia, pues Miguel, a causa

tal vez de la sorpresa, no le había invitado a hacerlo.--Es el caso que

hace ya algunos meses que son ustedes poder...

--Alto, mi amigo; no hay en España un hombre más desprovisto de poder

que yo... Ni siquiera soy subsecretario.

--Bien, quien dice usted dice sus amigos. Todos ocupan hoy grandes

destinos: el Conde de Ríos embajador; el Sr. Mendoza acaba de ser

elegido diputado...

--¿Y quiere usted compararme a mí, insignificante pigmeo, con el Conde

de Ríos y con Mendoza, dos estrellas de primera magnitud en la política

española?

--Pues mire usted, Sr. de Rivera, valga la verdad, la otra noche en el

café de Levante no hablaban muy bien del Sr. Mendoza sus amigos.

--¿Qué decían?

--Decían, con perdón de usted, que era un alcornoque.

--Son calumnias de los envidiosos. No lo dude usted, amigo Eguiburu, de

esa madera se hacen los hombres de Estado.

--Yo me alegro mucho de que así sea, señor. Pero es el caso, como decía,

que a pesar de su talento y de las posiciones que ocupan, ni el Sr.

Conde ni Mendoza se acuerdan de indemnizarme del dinero que hace tiempo

vengo gastando.

--¿Ha hablado usted con ellos?

--Les he escrito una carta a cada uno. Mendoza no me ha contestado. El

Sr. Conde, al cabo de bastantes días, me dice en carta que aquí traigo

y usted puede ver, "que las gravísimas atenciones políticas que sobre

él pesan no le consienten ocuparse por ahora de estos asuntos, los

cuales hace tiempo que tiene encomendados a su antiguo secretario

particular el Sr. Mendoza y Pimentel". Yo, a la verdad, como usted

comprenderá muy bien, no tengo necesidad de andar mendigando de puerta

en puerta lo que es mío. Así que, sin más dilaciones, me he venido a su

casa de usted.

--¿Por qué no ha ido usted antes a la de Mendoza?

Eguiburu bajó la cabeza y empezó a dar vueltas al sombrero. Al mismo

tiempo sonrió como pudiera hacerlo una estatua de mármol, si le diesen

facultad para ello.

--El Sr. de Mendoza me parece que tiene poca carne para mis uñas.

Al escuchar aquellas palabras y ver la sonrisa que las había acompañado,

Miguel sintió cierto frío por la espalda y guardó silencio. Al cabo de

algunos momentos levantó la cabeza y dijo en tono resuelto:

--En suma, viene usted a reclamarme los treinta mil duros, ¿no es eso?

--Lo siento en el alma, Sr. de Rivera... Crea usted que lo siento de

veras... porque al fin y al cabo, usted no se los ha comido.

--Muchas gracias: posee usted un corazón sensible, y le felicito por

ello. La desgracia está en que yo no pueda corresponder a esa delicadeza

de sentimientos, entregándole en el acto los treinta mil duros.

--Bien, ya me los entregará usted.

--¿Tiene usted seguridad de ello?

Eguiburu levantó la cabeza y clavó sus ojos azules y pequeñuelos en los

de Miguel, que le miraba de un modo frío y hostil.

--Sí, señor--contestó.

--Pues también le felicito; yo que usted no la tendría.

--¿No se hace usted cargo, Sr. de Rivera--dijo el banquero con

amabilidad exagerada para paliar el mal efecto que iban a producir sus

palabras,--que tengo aquí un papel en toda regla firmado por usted?

Y se llevó la mano al bolsillo del gabán al decir esto.

Miguel guardó silencio otra vez. Pasados algunos instantes, dijo con voz

donde se traslucía una cólera reprimida a duras penas:

--¿Es decir, Sr. Eguiburu, que pretende usted nada menos que arruinarme

por una deuda que le consta a usted que yo no he contraído?

--Yo no pretendo más que cobrar mi dinero.

--Está bien--dijo sordamente.--Mañana escribiré al conde de Ríos, y veré

también a Mendoza. Quiero saber si el Conde es capaz de dejarme en la

estacada... Si así fuese, ya veremos lo que se ha de hacer.

Después de estas palabras, hubo un rato de silencio embarazoso.

Eguiburu daba vueltas al sombrero, observando de reojo a Miguel, que

tenía la vista clavada en el suelo, y cuyos labios se movían con un

imperceptible temblor, que no pasaba inadvertido para el banquero.

--Hay un medio, Sr. de Rivera--dijo tímidamente,--de que usted salga del

compromiso en que se ve, y tenga tiempo para exigir del Conde y los

demás amigos que cumplan como es debido... Si usted me garantiza el

dinero que he soltado después para el periódico, no tengo inconveniente

en esperarle... Me duele poner la pistola al pecho a una persona tan

apreciable como usted...

Miguel siguió inmóvil, con la vista en el suelo, en actitud reflexiva;

levantándose después repentinamente, dijo:

--Bien, ya veremos cómo se arregla este negocio. Por de pronto, mañana

hablaré con Mendoza. De lo que resulte de esta entrevista y de la carta

que escriba al Conde, le avisaré inmediatamente.

Eguiburu también se levantó y alargó la mano con exquisita amabilidad a

Rivera, para despedirse. Este se la estrechó, y mirándole con fijeza,

mientras asomaba a sus labios una sonrisa burlona, le dijo:

--¿Tiene usted mucho cariño a esos treinta mil duros?

--¿Por qué me pregunta usted eso?

--Porque sentiría que usted se hubiese encariñado demasiado estando en

vísperas de separarse para siempre de ellos.

--Explíquese usted--dijo el banquero poniéndose serio.

--Nada, hombre, que si usted no se los saca al Conde de Ríos, lo que es

a mí...

--¿Cómo? ¿Qué dice usted?

--Que yo no se los podré pagar jamás, porque tengo hipotecadas las dos

casas que constituyen mi fortuna.

Eguiburu se puso horriblemente pálido.

--Usted no podía hipotecarlas porque tenía firmada una obligación. La

hipoteca es nula.

--Las tenía hipotecadas mucho antes de firmarla.

El banquero se pasó la mano por la frente con abatimiento. Levantándola

después vivamente y clavando en Rivera una mirada fulgurante, profirió

tartamudeando:

--Eso es... una picardía... Le llevaré a los tribunales por estafador.

Miguel soltó una carcajada, y poniéndole familiarmente la mano en el

hombro, le dijo:

--¡Buen susto ha recibido usted! ¿No es verdad, amigo? Quedo un poco

indemnizado del que usted acaba de darme.

--¿Pero qué mil rayos significa?...

--Que se serene usted; las casas no están hipotecadas. Tendrá usted el

gusto de arruinarme el día menos pensado--repuso el joven con amarga

ironía.

En el semblante de Eguiburu quiso aparecer un amago de sonrisa, pero se

borró súbitamente.

--¿Habla usted formalmente?

--Sí, hombre, sí; no tenga usted cuidado alguno.

Entonces la sonrisa que había huído, apareció de nuevo insinuante y

benévola en los labios del banquero.

--¡Qué bromista es usted, Sr. de Rivera! Nadie puede saber cuándo habla

de veras o de burla.

--Pues entonces hace usted mal en quedarse ahora tranquilo.

Tornó a ponerse serio Eguiburu.

--No, yo no puedo creer que usted se burle de cosas tan...

--Tan sagradas, ¿verdad?

--Eso es, sagradas.

--Sin embargo, confiese usted que no las tiene todas consigo.

--De ningún modo; usted es una persona de talento... y todo un caballero

además.

--Vamos, no me adule usted, que no hay necesidad.

Iban caminando hacia la puerta. Eguiburu experimentaba una inquietud que

en vano quería ocultar. Dió la mano tres o cuatro veces más a Miguel,

cambió de fisonomía y actitud más de veinte; y cuando aquél le mandó

ponerse el sombrero, lo colocó torcido y erizado sobre el cogote. Quiso

cambiar de conversación para demostrar que estaba plenamente seguro de

la honradez del fiador; le preguntó con mucho interés por su esposa y el

niño, enterándose de los pormenores del alumbramiento. No obstante,

cuando ya estaba en la escalera y Miguel a punto de cerrar la puerta,

preguntóle en tono indiferente y jovial, donde se traslucía viva

ansiedad:

--Aquello pura broma, ¿verdad, Rivera?

--Vaya usted tranquilo, hombre--contestó éste riendo.

Pero al quedarse solo aquella sonrisa se extinguió. Permaneció un

momento con los dedos en el pestillo: después fué con paso lento otra

vez al despacho, se sentó frente a la mesa y apoyó el rostro sobre una

mano cubriéndose los ojos. Así estuvo largo rato meditando. Cuando se

levantó los tenía hinchados y rojos, como después de haber dormido

mucho. Pasó a la habitación de su esposa. Al atravesar el pasillo sintió

un poco de frío.

Estaba todavía despierta. Al lado de la cama se había puesto un catre

para Plácida.

--¿Quién era esa visita?--le preguntó.

--Nada, un señor que viene a hablarme de asuntos del periódico.

Algo extraño debía de haber en el metal de la voz de Miguel al dar esta

sencilla contestación, cuando su mujer se le quedó mirando con

inquietud. Para librarse de este examen, dijo en seguida:

--¡Qué cansado estoy! ¡Tengo sueño!

La besó en la frente, alzó el embozo de la cama, contempló un momento a

su hijo dormido y rozó con los labios su cabecita. Volvió a besar a su

esposa y salió de la estancia. Cuando se metió en la cama tiritaba y

sentía, no obstante, calor en las mejillas.

Largo rato estuvo en el lecho con los ojos muy abiertos y la luz

encendida. Un enjambre de pensamientos tristes cruzó por su mente; mil

recelos y temores le asaltaron. Como todos los hombres de imaginación

viva, se puso de un brinco en lo peor. Se vió arruinado, teniendo que

descender él y su esposa de la categoría social en que se hallaban

colocados. Se acordó también de su hijo.

--¡Pobre hijo mío!--exclamó.

Y estuvo a punto de sollozar. Pero hizo un esfuerzo viril sobre sí mismo

diciéndose:

--No; llorar por perder dinero no lo hacen sino los mentecatos y los

avaros. El que posee una esposa como la mía, y ésta le acaba de dar un

hijo, no tiene derecho a pedir más a Dios. Soy joven, tengo salud. En

último resultado, trabajaré para ellos.

Al murmurar estas palabras dió un soplo violento a la luz y tuvo energía

bastante para tranquilizarse, quedando dormido al poco rato.

LOS MAJOS DE CÁDIZ

Considero esta novela, desde el punto de vista técnico, como la menos

imperfecta de las que han salido de mi pluma. Quiero decir que, por la

intensidad de la fábula, por sus proporciones armoniosas y por el marco

original en que la he enclavado, me parece superior a las otras.

¿Cuál es la razón de que no se haya popularizado tanto como alguna de

ellas? Quizá se deba a que por encima de todos los tecnicismos en el

arte de novelar se encuentran la invención más o menos feliz y el mayor

o menor interés que despiertan los caracteres.

Sin embargo, hay otra aún que me parece igualmente aceptable. Las

novelas que se publican en el mundo, son leídas casi en totalidad por

personas que pertenecen a la que hemos dado en llamar clase media. El

mundo aristocrático es muy exiguo comparado con éste y en cuanto a las

clases trabajadoras se puede afirmar que en España viven alejadas de la

literatura, a lo menos en sus formas elevadas. Ahora bien, lo que

interesa realmente a la clase media es la clase media. Son sus amores,

sus ambiciones, sus tristezas y alegrías, sus ideales, lo que quiere ver

reproducido en el arte, y con ello se recrea. El mundo aristocrático y

el plebeyo son para ella tan sólo objeto de curiosidad efímera. El

hombre no se siente conmovido, sino por lo que le toca de cerca.

Digámoslo en términos crudos, el hombre no se interesa más que por sí

mismo.

Por eso _Los Majos de Cádiz_, que es una novela de plebeyos, no ha

logrado excitar el interés de _La Alegría del capitán Ribot_. Si esta

historia de humildes se hubiese contado en forma de romance y los ciegos

la vendiesen por las calles a cinco céntimos, quizá fuera grande su

aceptación. Pero es porque entonces caería en manos de aquellos que se

sienten hermanos de sus héroes.

DESPEDIDA

Soledad, hija de un pobre guarda de consumos de Medina Sidonia

tiene amores con un joven de distinguida familia llamado Manuel

Uceda. Muere el padre de aquélla. Velázquez, amigo suyo, un majo de

buena presencia y algún dinero consigue enamorarla y seducirla. La

lleva a Cádiz, establecen una taberna. Manolo Uceda, siempre

enamorado, la visita de vez en cuando, pero ella ciegamente

apasionada por Velázquez desdeña su amor. Velázquez es un hombre

despótico y fanfarrón que abusa de su dominio sobre ella y la

tiraniza. Cansada de sus malos tratos un día se rebela. Se marcha

de casa. A él entonces le entra de nuevo el amor, una verdadera

pasión. Logra a fuerza de ruegos que vuelva a casa; pero al cabo de

algún tiempo cada día más despegada de él Soledad se escapa otra

vez. Entonces él trata de curarse de su desgraciada pasión. Entra

en relaciones con una hermosa joven llamada Mercedes la Cardenala.

Soledad a su vez se deja enamorar por Antoñico, el querido de su

íntima amiga María-Manuela. A esta también la solicita Velázquez

que había dejado burlada a Mercedes. Pero el orgulloso majo tenía

en el corazón una herida incurable y no pudiendo soportarla vida en

Cádiz se decide a emigrar a América.

Pocos días después se supo que Velázquez traspasaba la tienda, y más

tarde que se embarcaba para América. Prefirió trasladarse en un buque de

vela mandado por cierto amigo suyo que partía el 15 de Septiembre. La

víspera, los compadres de la reunión y algunos íntimos recibieron de él

afectuosa carta de despedida y adjunta una invitación del capitán del

barco para que, si tenían gusto en ello, viniesen a beber unas cañas a

la salud y al viaje feliz de su amigo. Pepe de Chiclana recibió la

suya. En la carta que Velázquez le escribía convidaba también

expresamente y con encarecimiento a Soledad, o por hacerle ver que

olvidaba sus injurias, o por mostrar que se hallaba enteramente curado

de su pasión.

Quedó perpleja la joven cuando le leyó la postdata Paca. Instábala ésta

para que accediera a aquel ruego tan noblemente expresado. Vacilaba

ella, no tanto por el rencor que aun le guardaba, como por considerar

violenta y embarazosa la entrevista.

Cuando, cruzando aquella tarde por la calle de la Amargura, acertó a

tropezar con Manolo Uceda, a quien hacía días que no veía. Saludóla él

cortés pero gravemente y trató de seguir su camino, pero ella se le puso

delante.

--¿Qué es de tu vida, Manolo?... ¡Hace un siglo que no te veo!... ¿Por

qué no vienes a casa?--le dijo con la sonrisa en los labios, apretándole

afectuosamente la mano.

Pero después de haber soltado tales palabras se hizo cargo de su

imprudencia y se puso roja como una cereza.

--Ando bastante ocupado con un asunto que me ha encomendado mi madre...

El jueves me voy a Medina.

--¿Para volver?

--No; probablemente no volveré. Desde allí nos vamos a Sevilla... He

conseguido que mi madre cediese a vivir allá, y me alegro bastante.

Quedó seria repentinamente la joven; guardó silencio unos momentos y al

cabo dijo con tristeza:

Páginas escogidas(#39444) · 第 8 / 19 段