La arena estaba llena de aficionados. Una muchedumbre abigarrada,

compuesta de estudiantes, paletos, chulos, señoritos y soldados,

elegantes unos, otros desharrapados, fraternizando todos y creyendo que

por el mero hecho de hallarse allí, en el terreno del toro, como si

dijéramos, participaban del arrojo y gallardía de los lidiadores. Los

tendidos se iban poblando lentamente, y desde aquí al redondel mediaban

saludos y gritos entre unos y otros, que convertían la plaza en un

mercado. La voz de los vendedores de naranjas salía entre todas las

demás, y las naranjas, cuando alguno las demandaba, volaban rápidas y

certeras de las manos de aquéllos a las del comprador, por encima de

las cabezas. En los tendidos de sombra, los jóvenes lechuguinos

charlaban en voz alta, levantando la cabeza para mirar a las damas de

los palcos. En los de sol, los honrados menestrales se acomodaban en sus

asientos, resueltos a dejarse tostar toda la tarde, y hablaban entre sí

de tauromaquia, muy pagados de ser los verdaderos inteligentes en la

plaza. El júbilo, la alegría nerviosa que comunica la esperanza del

placer, brillaba en todos los ojos.

Al fin los alguaciles salieron a despejar, y los aficionados del

redondel se fueron retirando hasta dejarlo enteramente libre. Enrique y

Miguel, que habían estado en los patios interiores hablando un momento

con el Cigarrero y su cuadrilla, también fueron a ocupar los respectivos

asientos. El ruido había disminuido bastante. Gracias a esto se

percibían los acordes de la charanga de hospicianos, que hasta entonces

no había logrado hacerse escuchar. Los espectadores sacaban los relojes

y dirigían miradas significativas a la presidencia. En esto la charanga

entonó con energía la marcha real. Todos los rostros se volvieron al

mirador regio donde apareció la reina Isabel. Algunos batieron palmas;

otros dijeron "chis, chis", porque la atmósfera política estaba entonces

encapotada con ciertos nubarrones que descargaron no mucho tiempo

después. Hecha la señal, al cabo, las cuadrillas entraron en la arena al

son de la marcha de la zarzuela _Pan y toros_. Salían, como de

costumbre, formando tres filas: al frente de cada cual iba el

respectivo espada. Al verlos estalló un prolongado aplauso. Cruzaron la

plaza graves, firmes, acompasados, escuchando la gritería que su

aparición había levantado, con la mayor indiferencia. Brillaban sus

ricos vestidos y capellares despidiendo vivos destellos que alegraban la

vista.

--¡Miale, miale el viejo!... Ese es, el de la izquierda... Miale qué

cara tiene... ¡Le zumba el alma a ese tío!... En España no queda ya

quien reciba toros más que él...

Toda la atención de la plaza estaba concentrada sobre el Cigarrero, a

pesar de que mataban también el Gordo y Lagartijo, que comenzaba

entonces a ser el niño mimado del público. Mas para el aficionado

madrileño, el ver recibir un toro es una de esas ilusiones que jamás se

realizan aunque vivan constantemente en el corazón. _Aguantar_ lo hacen

varios toreros; pero _recibir_, lo que se llama recibir de verdad, no lo

han hecho más que los héroes antiguos del toreo.

Saludaron con ademán uniforme a la presidencia, y rompieron filas,

tirando las capas de gala a los amigos de los tendidos, que se

encargaron de su custodia con más orgullo que si se tratara del Arca de

la Alianza. El presidente sacó el pañuelo; sonó el clarín; abrióse la

puerta del toril: apareció el primer toro. Era un miura castaño,

chorreao, listón, fino y de hermosa lámina, largo y levantado de cuerna.

Mostróse voluntario y noble en las varas, aguantando seis puyazos de los

picadores de tanda. Pero al llegar a los palos comenzó a defenderse. Sin

embargo, el Serranito le clavó un soberbio par cuarteando con finura y

limpieza, que sorprendió agradablemente al público. En Madrid no sabían,

como en Sevilla, que Baldomero era un chico que daría mucho que hablar.

Merluza se pasó una vez y luego colgó un palo cuarteando también. Volvió

el Serranito a coger los palos, y después de intentar en vano

colgárselos al sesgo, se los puso quebrando con limpieza y maestría.

Hubo un delirio de palmas en la plaza. Su figura esbelta y la singular

corrección y delicadeza de sus facciones, cautivaron al público. Las

mujeres le clavaban codiciosamente los gemelos. Se paseó triunfante en

torno de la plaza recibiendo sonriente el aplauso de los tendidos.

Llegó su turno al Cigarrero. Avanzó gravemente hacia la presidencia, se

quitó la montera y dijo con voz ronca unas cuantas palabras que nadie

pudo entender. Después se fué derecho al toro, que tenía marcadas

tendencias a huirse. Persiguióle infructuosamente algún tiempo en medio

de la curiosidad expectante de la plaza. Por fin, gracias a los

esfuerzos de la cuadrilla, pudo trastearle, y lo hizo bastante ceñido,

dándole algunos pases buenos. El público aplaudió y se las prometió muy

felices. Mas en medio de la faena, el diestro sufrió una colada y perdió

enteramente el aplomo. Dió otros tres o cuatro pases sin confianza y

descompuesto; y de prisa y corriendo, sin estar bien cuadrado el animal,

lió el trapo bastante lejos y se tiró a paso de banderillas. La estocada

resultó un _bajonazo_ de lo más malo que nunca se hubiera visto. Es

indescriptible la cólera que se apoderó de los espectadores. Si hubiera

sido otro torero, hubiera pasado con una silba, grande o pequeña; pero

haber concebido la esperanza de ver a un antiguo maestro toreando por el

sistema Montes y venir a la plaza a presenciar aquella ignominia, esto

ponía fuera de sí a los aficionados. ¡Qué gritería, cielo santo! ¡Qué

injurias! ¡Qué lamentos! Parecía que a cada uno le acababan de robar el

honor de su hija.

--¡Morral, ladrón, gran cochino! ¡Así te ahorquen por los pies! ¿Eres tú

el que recibías los toros? ¡A la cárcel con ese pillo! Señor presidente,

¿para cuándo quiere usted la Guardia civil?

Y en medio del alboroto, las naranjas, las botellas vacías y hasta

algunas piedras, volaban a la plaza, y por milagro no herían al diestro.

Este avanzaba pálido, avergonzado, hacia la presidencia. Al llegar cerca

del tendido donde estaban Enrique y Miguel, una naranja certera le dió

en el rostro y le sacó sangre. Enrique, que ya estaba excitado y

nervioso, no pudo reprimir la indignación, y levantándose gritó a los

que estaban detrás:

--¿Quién ha sido ese valiente? ¿Ese valiente sin vergüenza?

--¡Fuera el chulo sietemesino! ¡Que baile!--contestaron desde arriba.

--¿Se dirige usted a mí?--dijo uno levantándose con arrogancia.

--Me dirijo al que haya sido.

--Pues nos veremos las caras al salir.

--Se la veré a usted para escupírsela--contestó Enrique encolerizado.

--¡Fuera, fuera! ¡Que se siente ese babieca!--gritaron desde arriba.

No tuvo más remedio que hacerlo. El Cigarrero sonreía limpiándose la

sangre con el pañuelo. Era una sonrisa tan triste y tan humilde, que a

Miguel se le apretó el corazón y estuvieron a punto de saltársele las

lágrimas.

Sólo cuando apareció el segundo toro en el ruedo, concluyó del todo la

bronca. Por más que trabajó, hasta no poder más en los quites, el pobre

Cigarrero no consiguió captarse la benevolencia, ni siquiera el perdón

del público. Cuantos esfuerzos hacía, cuantos capotes echaba (y la

justicia obliga a declarar que los echaba con arte), servían de befa y

de irrisión al enfurecido pueblo. El Gordo en su toro estuvo como casi

siempre, pasando de muleta con maestría y pinchando bastante mal.

Lagartijo toreó el suyo sobre corto y con frescura, y se metió por

derecho a volapié, dando una buena estocada, pero saliendo trompicado.

Muchos aplausos.

Llegó el cuarto toro, que correspondía de nuevo al Cigarrero. Era un

veragua colorado listón, bragado, ojinegro, abierto de cuerna y de buena

estampa, como casi todos los del duque; un bravo y hermoso animal.

Merluza le colgó un buen par al cuarteo. El Serranito cogió después los

palos, y en cuanto el público le vió en medio de la plaza, aplaudió.

--¡Ole tu mare, saleroso!

Quiso ponerlas cuarteando también, pero se pasó una vez porque el toro

no arrancó. Volvió a cuartear y volvió a pasarse por la misma razón. De

nuevo se fué hacia el toro, y otra vez se pasó. Entonces hubo cierto

movimiento de impaciencia en el público. Se oyó un silbido. Esta fué la

perdición del pobre mozo. Herido su amor propio, acometió ciego a la res

y quiso clavarle las banderillas a todo trance. El toro, que no se había

movido, le enganchó por debajo del brazo y lo echó al aire. Sonó un

grito de horror en la plaza. Las cuadrillas enteras se arrojaron sobre

el animal, tratando de llevárselo; pero inútilmente. Inútilmente el

Cigarrero brincaba con heroísmo delante de los cuernos, metiéndole el

trapo por los ojos; inútilmente Lagartijo y el Gordo le echaban también

los capotes exponiéndose a morir. El toro, como si tuviese algún agravio

del infortunado Baldomero, no atendía a nada, y lo recogió otra vez y

otra vez lo tiró al aire. Entonces el Cigarrero, por última inspiración,

soltó la capa, se agarró fuertemente al rabo de la bestia y comenzó a

colearla. Dió tantas vueltas, que al fin cayó mareado. El Gordo la llevó

con la capa lejos. En esto el Serranito se había puesto en pie, sonrió

forzadamente al público, como el gladiador que quiere morir con gracia,

se llevó la mano al pecho y cayó de nuevo, soltando chorros de sangre

por las heridas. Dos monos sabios lo recogieron y lo llevaron a la

enfermería. Otros corrieron en seguida a tapar la sangre con arena.

El presidente, que debía de estar conmovido y alterado como todos los

espectadores, dió la señal de muerte, sin considerar que al toro no se

le habían puesto más que un par de banderillas, y que era peligroso

para el espada que fuese tan entero a la muerte. ¡Aquí fué ella! El

público, que gusta de mostrar buen corazón después que han sucedido las

desgracias, se levantó en masa, volviéndose iracundo contra el

presidente, como si él fuese quien hubiera pegado las cornadas al

Serranito.

--¡Bárbaro, bárbaro, asesino!

Agitaban frenéticos los puños y los bastones frente al palco

presidencial, los ojos llameantes, los rostros demudados por la ira.

Nadie respetaba ni se acordaba siquiera de la majestad que estaba á su

lado. Se proferían los dicterios más soeces. Pero el presidente, aunque

estuviese arrepentido, y debía de estarlo, a juzgar por la confusión que

se reflejaba en su semblante, ya no podía revocar la orden. Su dignidad

se lo impedía. Entonces el público se volvió al Cigarrero, que ya había

cogido los trastos, y le gritó:

--¡No lo mates, no lo mates! ¡Que lo mate ese asesino!

El Cigarrero encogió los hombros y se dispuso a ir en busca de la res.

En aquel instante un torero que llegaba corriendo le dijo algo al oído,

y el espada se puso terriblemente pálido. El público comprendió que

había malas noticias del Serranito. Quitóse el matador la montera, se

pasó la mano por la frente con abatimiento, se la puso de nuevo y marchó

hacia el toro. Los gritos se apagaron instantáneamente. Reinó un

silencio lúgubre en la plaza.

--¡Ha matado a su hermano! ¡ha matado a su hermano!--se decían los

espectadores al oído.

Y todos sentían ansiedad inexplicable, una simpatía profunda por el

desgraciado Cigarrero. Este avanzaba con lentitud, el paso vacilante,

hacia el toro. Pero no se detuvo hasta dejar caer el trapo sobre los

mismos cuernos.

--¡¡Ole!!--rugió la plaza.

Volvió a reinar el silencio.

El toro brincó como si hubiera sentido un acicate, y se revolvió al

instante, furioso. El espada le dió un pase de pecho, superior.

--¡¡Ole!!--rugió de nuevo la plaza.

Y otra vez se hizo el silencio.

Siguieron a éste otros pases naturales y en redondo, dados tan en corto

y con tal maestría, que el público quiso volverse loco. Los pies del

matador apenas se movían ni salían de un círculo estrechísimo. Los

cuernos del toro pasaban rozando la chaquetilla del anciano torero sin

hacerle el más ligero daño. Al fin, la fiera, harta de tanto revolverse

y acometer sin fruto, se detuvo jadeante. El toro y el torero se

miraron. Lió éste el trapo tranquilamente, se echó el estoque a la cara

y citó con el pie para recibir. Acudió la bestia, furiosa, y se clavó

ella misma la espada hasta la empuñadura. Hubo un grito reprimido de

entusiasmo en la plaza. El toro quedó un instante inmóvil frente al

torero, lanzó un débil mugido y se dejó caer desplomado sobre los

brazos.

Nadie puede representarse lo que entonces pasó. Un delirio, un inmenso

ataque de nervios; diez o doce mil energúmenos gritando con toda la

fuerza de sus pulmones; una nube de cigarros, petacas y sombreros

volando por el aire y tapizando al instante de negro la blanca arena.

Veinte años hacía que no se había visto en la plaza de Madrid la suerte

de recibir de este modo consumada.

El Cigarrero dirigió una mirada vaga a los tendidos; se pasó otra vez la

mano por la frente, y dejando caer al suelo la muleta, echó a correr

como un gamo sin atender a los gritos de entusiasmo, a los llamamientos

que de todos lados le hacían. Brincó la barrera y desapareció de la

vista del público.

Cuando llegó a la enfermería estaban ya allí Enrique y Miguel con el

médico y algunos amigos. El cura acababa de confesar y se disponía a

poner la unción al desdichado Baldomero, que presentaba en el rostro las

señales indefectibles de la muerte. Al entrar su hermano volvió los ojos

hacia él y sonrió con cariño.

--¿No habrá sío náa, eh?--le preguntó éste con voz alterada y ronca,

queriendo persuadirse de que no era cosa de muerte.

--Poca cosa, Pepe... que me voy ar otro barrio...

El cura avanzó en aquel instante con los sagrados óleos. Todos los

circunstantes doblaron la rodilla. Reinó silencio aterrador, que sólo

interrumpía el murmullo del clérigo y el estertor del moribundo. Cuando

aquél concluyó, Baldomero dirigió otra sonrisa a su hermano y le tendió

la mano diciendo con trabajo:

--Mis chiquitines...

--Pierde cuidiao, Baldomero--repuso el anciano con la voz anudada y

llevándose la mano al corazón--. Tus hijos serán los míos.

En aquel instante se oyó un gran vocerío en la plaza. Era la plebe, que

saludaba la entrada del quinto toro.

El Cigarrero se dejó caer sollozando en los brazos de Miguel.

--¡Qué tristesa, don Miguelito del arma, qué tristesa!

MAXIMINA

EL PRIMER HIJO

Miguel Rivera, hijo del brigadier Rivera, después de fallecido éste

se había ido a vivir con su madrastra por amor de su hermanita

Julia. Joven, bien parecido y con una fortuna que le hacía

independiente se entregó a devaneos y amoríos propios de la

juventud. Tomó parte en los preparativos de la revolución de 1868.

Se hizo periodista y dirigió el diario titulado _La Independencia_,

órgano del general conde de Ríos. Para que este periódico pudiese

continuar publicándose puso su firma irreflexivamente como fiador

en un préstamo de treinta mil duros. Habiendo ido un verano a

Pasajes en seguimiento de una mujer casada conoció allí a Maximina,

una pobrecita huérfana recogida de caridad por su tía, estanquera y

huéspeda de Miguel por aquellos días. Se enamoró de ella y después

de muchas vacilaciones se casó al fin. En este capítulo se describe

el nacimiento de su primer hijo y la forma en que fué turbada su

alegría por la visita del prestamista.

Acaeció que, paseando entre calles cierta noche límpida y fría del mes

de Febrero, Maximina dijo a su esposo:

--Me siento muy fatigada. ¿Quieres que nos volvamos a casa?

--¿Es fatiga solamente?--preguntó él mirándola con interés.--¿No te

sientes mal?

--Un poquito--respondió la niña apoyándose con más fuerza en su brazo.

--Voy a llamar un coche.

--No, no; puedo caminar perfectamente.

A pesar de sus buenos deseos, Maximina fué caminando cada vez con mayor

dificultad. Observándolo su marido, se detuvo de pronto:

--¡Estás pálida!

--Me duele algo el estómago y me encuentro débil.

Miguel reflexionó un instante y dijo apretándole la mano:

--Ya sé lo que tienes. Voy a llamar un coche.

La niña bajó la cabeza avergonzada como si le imputasen un delito.

En el primer simón que cruzó vacío, se restituyeron a casa. En cuanto

estuvieron en ella, Miguel adoptó el continente de general en vísperas

de una gran batalla. Comenzó a dictar a las criadas, en voz baja,

órdenes breves y perentorias. Al poco rato no se oían sino pasos

precipitados, cuchicheos: veíanse cruzar mujeres con ropas de cama entre

las manos, platos, frascos y otros enseres. Llamaron suavemente a la

puerta: eran la portera y su madre que celebraron, con las domésticas en

el recibimiento, largo y agitado concilio, hablando en voz de falsete.

Miguel presidió en silencio y con gravedad al arreglo del gran lecho

nupcial mientras Maximina, sentada en una de las butacas del gabinete,

los seguía con la vista, pálido el semblante y demudado.

--¿Qué sábanas ponemos?

--Toma las llaves, saca las que quieras.

--¿Las mejores dónde están?

--En el estante de arriba.

--Pondremos la colcha de damasco.

--¡Se va a estropear!

--No importa; es la mejor ocasión para echarla a perder.

--¡Cómo te molestas por mi causa, Miguel!

--¿Por tu causa?--exclamó entre sorprendido y enfadado.--¡Pues estaría

gracioso que no me molestase por mi mujer en ocasión semejante!

La niña le pagó con una sonrisa amorosa.

La cama quedó muy pronto hecha. Juana la contempló entusiasmada.

--¡Señorito, parece un altar! ¿La de la reina, será mejor?

--Ya no hay reina, mujer. Hágame el favor de no estar así hecha un

poste. Traiga usted la cocinilla y póngala sobre la mesa de noche...

¡Pronto, pronto! Y las otras chicas, ¿qué hacen en la cocina metidas?

--Las dos se han ido a recados.

--¿Qué, no han venido todavía?

--¡Pero, señorito, si acaban de salir!

--Vamos, déjeme usted de historias y vaya por la cocinilla.

Juana marchó toda sofocada. El señorito había cambiado repentinamente de

genio: estaba como loco: iba y venía por la casa a grandes trancos:

mandaba en un momento más cosas que antes en un mes, y se irritaba por

todo lo que le decían. De vez en cuando se acercaba a su esposa, la

acariciaba con la mano y le preguntaba lleno de ansiedad:

--¿Qué tal estás?

Más de cien veces había ido a la puerta y había pegado a ella el oído,

pero nadie llegaba. Desesperado, emprendía de nuevo sus paseos agitados.

Al fin creyó percibir pasos en la escalera... ¡Si sería!... Nada; el

portero que subía con un telegrama para el piso tercero. ¡Malos diablos

le lleven! Otra vez a esperar, ¡qué fatiga! ¿Dónde se habría parado esa

maldita Plácida? De seguro que la estaba esperando el sargentito de

ingenieros. ¡Qué poca humanidad tienen estas criadas! En cuanto pase el

trance, la planto en la calle. Mejor me hubiera sido mandar a Juana, que

al fin no tiene novio.

--¿Te sientes peor, Maximina? Un poco de te no te vendría mal... Voy yo

mismo a hacerlo... ¡Valor!

--Lo necesitas tú más que yo, pobrecillo--dijo la niña sonriendo.

Al cruzar por el pasillo sonó el timbre de la puerta.

--¡Por fin!...

Otra decepción. Era la Condesa de Losilla que venía a ofrecerse "para

todo". Las niñas no bajaban, por razones fáciles de adivinar.

--Pero, Rivera, ¿cómo está usted tan pálido?

--Señora, la cosa no es para menos--respondió él mohino.

--¿Por qué, hijo mío?--dijo ella reprimiendo la risa.--Si la cosa no

viene complicada, como es de esperar, no hay nada más natural y

sencillo.

Miguel, a su vez, hizo esfuerzos por reprimir la indignación. ¡Natural

que yo tenga un hijo! ¡Qué estúpida es la aristocracia!

Maximina recibió aquella visita con agradecimiento, pero avergonzada. La

condesa empezó a maniobrar en la casa, como consumada estratégica,

ordenándolo todo con calma y acierto. Desde este punto, Miguel quedó

enteramente oscurecido. Las criadas ya no hicieron caso alguno de él, y

se vió necesitado a vagar como alma en pena por los corredores. Una vez

que atajó a Juana para advertirle que no llevase la tila en un vaso,

sino en taza, le contestó que la dejase en paz, que él nada entendía de

aquellas cosas. Y fué preciso aguantar.

Al cabo ¡loado sea Dios! llegó la partera. Miguel la siguió más muerto

que vivo al gabinete; pero la Condesa le dió con la puerta en los

hocicos. Pronto volvió a abrirse, y en la sonrisa de todos comprendió

que el asunto no iba mal.

--Señorito, viene derecho--dijo la comadre.

--¿De modo que no hace falta llamar al médico?

--Para nada, gracias a Dios; yo respondo.

Quedó tranquilo, como si una divinidad se lo prometiese. Pero a los diez

minutos perdió repentinamente la fe. Aquella mujer podía engañarle o

engañarse; ¡quién se fiaba de una bruja de éstas! Acercóse

cautelosamente al gabinete, y dijo, metiendo la cabeza por la puerta:

--A mí me parece que bien podría llamarse al médico... por precaución

nada más--añadió tímidamente.

--Como usted quiera, señorito--respondió secamente y con gesto desabrido

la comadre.

--¡Rivera, por Dios! ¿No le ha oído usted decir que ella

respondía?--manifestó la Condesa.

--Bien, bien; si ella responde...--contestó avergonzado. Y luego

preguntó afectando sangre fría:

--¿Para qué hora estará el asunto despachado?

Las mujeres todas soltaron una carcajada. La partera le respondió en

tono condescendiente:

--Señorito, no se apure. Será cuando Dios quiera y con toda felicidad.

Tornó a vagar como una sombra por los pasillos, no poco desabrido e

inquieto. El resultado era que todo el mundo le encontraba ridículo en

aquella ocasión, que se reían de él en sus mismas barbas. Y, sin

embargo, no acababa de persuadirse a que debía fiar su felicidad y su

vida entera a una mujerzuela ignorante. De buena gana hubiera llamado a

cónclave a todos los médicos eminentes de la corte. "A la menor

complicación que haya, la ahogo entre mis manos", se dijo con rabia. Y

con esta promesa consoladora se quedó algo más sosegado.

Al poco rato llegó su madrastra, y acto continuo comenzó a dar

disposiciones. Vino en seguida la señora del tercero, esposa de un

empleado del Tribunal de la Rota, y en pos de ella una criada cargando

con un enorme cuadro que representaba a San Ramón Nonnato, el cual se

colocó en el gabinete con dos cirios encendidos a los lados. También

esta señora se puso a dar disposiciones en cuanto llegó. En fin, allí

todo el mundo tenía derecho a dar órdenes menos el amo de la casa, al

cual todas aquellas señoras y hasta las criadas se complacían en

manifestar un profundo cuanto injustificado desprecio. "Porque al fin y

al cabo--como él decía muy bien, paseándose con las manos en los

bolsillos, el semblante fosco y desencajado,--yo soy el marido, y soy

además el... o lo seré, que es lo mismo".

No abría la boca el pobre que no fuese para decir un disparate, digno

cuando menos de una sonrisa desdeñosa. Una vez, viendo a su mujer en

pie, apoyada en Juana y la comadre, se le ocurrió manifestar que estaría

mejor acostada en la cama. El sexo femenino compacto fulminó contra él

una terrible mirada, que no sabemos cómo no le redujo a cenizas. La

brigadiera, procurando reprimirse y suavizando la voz, le dijo:

--Mira, Miguel, aquí nos estás estorbando. Te suplico que nos dejes y ya

te avisaremos a su tiempo.

Obedeció a su pesar. Al tiempo de salir vió en los ojos de su esposa una

expresión tan afectuosa y triste, que estuvo a dos dedos de abrir de

nuevo la puerta y decir: "Ea, señoras, yo soy el amo, ésta es mi mujer y

ustedes se van por donde han venido". Pero reflexionó que el altercado

ocasionaría un disgusto a Maximina, y devoró su enojo.

Condenado ya definitivamente al ostracismo de los pasillos, discurrió

por ellos buen rato, prestando oído a los rumores del gabinete. Ansiaba

oir la voz de su mujer, aunque fuese para quejarse; pero nada: se oían

las de todas menos la de ella.

--¿Cómo va?--preguntó a la Condesa, que cruzaba para la cocina.

--Bien, bien; no se preocupe usted.

Trascurrida una hora y rendido a tanto paseo, fué al salón y se dejó

caer en un sofá. Estuvo algún tiempo sentado con los ojos muy abiertos,

tratando de vencer al sueño que a despecho suyo se le iba apoderando.

Pero al cabo fué vencido; extendió las piernas, colocó la cabeza

cómodamente, dió un bostezo de a cuarta, y quedó hecho un tronco.

Era ya día claro, cuando tres o cuatro mujeres invadieron

precipitadamente la sala dando gritos.

--¡D. Miguel!...--¡Rivera!--¡Señorito!

--¿Qué pasa?--exclamó despertándose sobresaltado.

--¡Que ya tiene usted un niño! Venga usted.

Y le arrastraron a la alcoba, donde vió a su esposa sentada aún en una

butaca, el semblante pálido, pero inundado de una dicha celeste. También

vió allá en un rincón a Juana con una cosa entre las manos que chillaba

horrorosamente. Mas apartó al instante la vista de ella para dirigirse a

su esposa, a quien besó con efusión.

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