sustos y vacilaciones, logró que pusiera su manecita en el hocico del
becerro. Mas, ocurriéndole al animal sacar la lengua y paseársela por
la mano, la aspereza de ella le produjo tal impresión, que no quiso ya
arrimarse a ningún otro individuo de la raza vacuna. Subióle después al
pajar. ¡Qué placer para Chucho! ¡Hundirse en la crujiente hierba,
agarrarla y esparcirla en pequeños puñados; dejarse caer hacia atrás con
los brazos abiertos! Pero aun era mayor el gozo de su padre
contemplándole. Jugaron a sepultarse vivos. Fresnedo se dejaba enterrar
por su hijo, que iba abontonando hierba sobre él con vigor y crueldad
que nadie esperara en él. Mas, a lo mejor de la operación, su papá daba
una violenta sacudida y echaba a volar toda la hierba. Y con esto el
chico soltaba nuevas carcajadas, como si aquello fuese el caso más
chistoso de la tierra. Sudaba una gota por todos los poros de su tierno
cuerpecito; tenía los cabellos pegados a la frente y el rostro
encendido. Cuando su papá trató de tomar la revancha y sepultarle a él,
no pudo resistirlo. Así que se halló con hierba sobre los ojos, dióse a
gritar y concluyó por llorar con verdadero sentimiento, cayéndole por
las mejillas unas lágrimas que su padre se apresuró a beber con besos
apasionados.
Sí; en aquel momento a Fresnedo le atacó uno de esos accesos de ternura
que solían ser en él frecuentes. Jesús era su familia, todo su amor, la
única ilusión de su vida. Si entrásemos por los últimos pliegues de su
corazón, es posible que no halláramos ya un átomo de cariño hacia su
mujer. El carácter altanero, impertinente y desabrido de ésta había
matado el fuego de la pasión que sintió por ella al casarse. Pero aquel
tierno pimpollo, aquel botón de rosa, aquel pastelito dulce amasado por
los ángeles lo llenaba todo, ocupaba enteramente su vida, era el fondo
de sus pensamientos, el consuelo de sus pesares. Abrazábale con arrebato
y cubría sus frescas mejillas con besos prolongados apretadísimos,
murmurando después a su oído palabras fogosas de enamorado:
--¿Quién te quiere más que nadie en el mundo, hermoso mío? ¿No es tu
papá? Dí, lucero. Y tú, ¿a quién quieres más? Sí, vida mía, sí; te
quiero tanto, que daría por ti la vida con gusto. Por ti, nada más que
por ti, quisiera ser yo algo de provecho en el mundo. Por ti, sólo por
ti, trabajo y trabajaré hasta morir. ¡Nunca te podré pagar lo feliz que
me haces, criatura!
El niño no comprendía, pero adivinaba aquella pasión y la correspondía
finamente. Sus grandes ojos negros, expresivos, se posaban en su padre,
esforzándose por penetrar en aquel mundo de amor y descifrar el sentido
de palabras tan fervorosas. Después de un momento de silencio en que
pareció que meditaba, tomó con sus manecitas como claveles la cara su
padre, y acercando la boca a su oído, le dijo con voz tenue como un
soplo:
--Papá, voy a decirte una cosa... Te quiero más que a mamá... No se lo
digas, ¿eh?
Al buen Fresnedo se le humedecían los ojos con estas cosas.
Bajaron del pajar, salieron del establo, y después de consultado el
reloj, el comerciante resolvió irse a bañar, como todos los días, al
río.
--Chucho, ¿vienes conmigo al baño?
¡Cielo santo, qué felicidad!
Chucho quiso volverse loco de alegría. Generalmente el baño de su padre
le causaba algunas lágrimas, porque no podía llevarle consigo a causa de
la niñera. Fresnedo se bañaba en un sitio retirado, pero en cueros
vivos. Esta vez se decidió a llevar a su hijo y dejar a Dolores en casa.
El niño comenzó a pedir a grandes gritos el sombrero. No quería subir
por él a casa, temiendo que su padre se le escapase como otras veces. La
Tata, riendo, se lo tiró del balcón, y lo mismo la sábana del papá y la
sombrilla.
El río estaba a un kilómetro de la casa. Era necesario caminar por unas
callejas bordadas de toscas paredillas recamadas de zarzamora y
madreselva. El sol empezaba a declinar, y el valle, el hermoso valle de
Campizos, rodeado de suaves colinas pobladas de castañares, y en segundo
término de un cinturón de elevadísimas montañas, cuyas crestas nadaban
en un vapor violáceo, dormía la siesta silencioso, ostentando su manto
de verdura incomparable. Había todos los matices del verde en este
manto; desde el claro amarillento de la hierba tierna, hasta el obscuro
y profundo de los robles y negrillos.
Caminaban padre e hijo por las angostas calles preservándose del sol con
la sombrilla del primero. Pero Chucho se escapaba muchas veces y
Fresnedo le dejaba libre, convencido de que era bueno acostumbrarle a
todo. Gozaba en verle correr delante, con su mandilito de dril y su gran
sombrero de paja con cintas azules. Chucho andaba cuatro veces el
camino, como los perros. Paraba a cada instante para coger las
florecitas que estaban al alcance de su mano, y las que no, obligaba
despóticamente a su padre a cogerlas y además a cortar algunas ramas de
los árboles, con las cuales iba barriendo el camino. Por cierto que en
medio de él tuvo un encuentro desdichado y temeroso. Al doblar un recodo
tropezó nuestro niño con un cerdo, un gran cerdo negro y redondo,
caminando en la misma dirección. Chucho tuvo la temeridad de acercarse a
él y cogerle por el rabo. Este aditamento de los animales ejercía una
influencia magnética sobre sus diminutas manos regordetas. El cerdo, que
estaba, al parecer, de mal humor y nervioso, al sentirse asido lanzó un
terrible bufido, y dando la vuelta para escapar, embistió con el niño y
lo volcó. ¡Cristo Padre, qué gritos! Allí acudió Fresnedo corriendo, y
lo levantó y le limpió las lágrimas y el polvo, haciéndole presente al
mismo tiempo que tomaría venganza de aquel cerdo bárbaro y descortés así
que llegaran a casa. Con lo cual se aplacó Chucho, no sin manifestar
antes que el cerdo era muy feo y que a él le gustaban más los perros,
porque eran buenos y le conocían, y cuando estaban de humor le lamían la
cara.
Hubo que pasar por algunas saltaderas. Fresnedo tomaba a su hijo en
brazos y le ponía de la parte de allá con gran cuidado. Dejaron el
camino real y empezaron a caminar por los prados, donde Jesús se empeñó
en coger un grillo. Su padre le mandó orinar en el agujero para que
saliese. Así lo hizo, y como el grillo no quería asomar, se irritó
contra sí mismo porque no podía orinar más y lloró desconsoladamente.
Aunque con gran sentimiento, renunció a quella caza difícil y se dedicó
a las _anitas de Dios_, y se entretuvo un rato, demasiado largo, en
opinión de su papá, a ponerlas en la palma de la mano, cantándoles:
_Anita, anita de Dios, abre las alas y vete con Dios_, precioso conjuro
que le había enseñado su Tata, persona muy instruída en este linaje de
conocimientos.
Por fin llegaron al río. Corría sereno y límpido por entre praderas,
orlado de avellanos que salen de la tierra como grandes ramilletes.
Formaba en aquel paraje un remanso que llamaban en la aldea el _Pozo de
Tresagua_. Era el pozo bastante hondo, el sitio retirado y deleitoso.
Ningún otro había en los contornos de Campizos más a propósito para
bañarse. Llegaba el césped hasta la misma orilla, y sobre aquella verde
alfombra era grato sentarse y cómodamente se podía cualquiera desnudar
sin peligro de ser visto. Los avellanos, macizos de verdura, no dejaban
pasar los rayos del sol, que aun lucía vivo y ardiente. Allí gozaba
Fresnedo del baño más que el sultán de Turquía, acumulando salud y
felicidad para todo el año. En aquel mismo sitio se había bañado de niño
con otra porción de compañeros que hoy eran labradores. ¡Qué placer
sentía recordando los pormenores de su vida infantil, cuando era un
zagalillo a quien sus padres encomendaban el cuidado del ganado en el
monte o les ayudaba en todas las faenas de la agricultura!
Cuando los recuerdos de la infancia van unidos a una vida libre en el
seno de la Naturaleza, por pobre que se haya sido, siempre aparecen
alegres, deliciosos.
Descansaron algunos minutos padre e hijo sobre el césped "reposando el
calor", y al fin se decidió aquél a ir despojándose poco a poco de la
ropa. Mientras lo hacía, tarareaba una canción de zarzuela, de las que
llegaban a sus oídos en Madrid. La alegría le rebosaba del alma. Su hijo
le miraba atentamente con sus grandes ojos negros. De vez en cuando
Fresnedo levantaba los suyos hacia él, y le decía sonriendo:
--¿Qué hay, Chucho? ¿Te quieres bañar conmigo?
Chucho se contentaba con reir, como diciendo:
¡Qué bromista es este papá! ¡Como si no supiese que armo un escándalo
cada vez que intentan meterme en el agua!
Fresnedo se bañaba enteramente desnudo. Le incomodaba mucho cualquier
traje de baño. En aquel sitio tenía la seguridad de no ser visto. Cuando
se quedó en cueros vivos, el asombro y la curiosidad, retratados en la
cara de su "Chipilín", le causaron cierta vergüenza y se cubrió con la
sábana. Pero Chucho no estaba conforme y comenzó a gorjear, mientras
tiraba de la sábana con sus manecitas, "que su papá tenía pelo en el
cuerpo y que él no lo tenía, y que la Tata tampoco lo tenía..."
--Vamos, Chucho, cállate--le dijo el papá con semblante grave--. No se
habla de eso. Los niños no hablan de eso.
--¿Y por qué no hablan los niños de eso?
Fresnedo no contestó.
--¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--repitió el chico.
El comerciante quiso distraerle hablándole de otra cosa, pero Chucho no
acudió al engaño.
--¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--insistió lleno de
curiosidad.
--Porque no está bien--respondió.
--¿Y por qué no está bien?
--¡Vaya, vaya, déjame en paz!--exclamó entre impaciente y risueño.
Embozado en la sábana como en un jaique moruno avanzó hacia el agua.
--Mira, Chucho--dijo volviéndose--, no te muevas de ahí. Sentadito hasta
que yo salga, ¿verdad?... Mira, vas a ver cómo me tiro de cabeza al
agua. Mira bien. A la una..., a las dos... Mira bien, Chucho... ¡A las
tres!
Fresnedo, que había dejado caer la sábana al dar las voces y se había
colocado sobre un pequeño cantil, lanzóse, en efecto, de cabeza al pozo
con el placer que lo hacen los hombres llenos de vida. Al hundirse, su
cuerpo robusto agitó violentamente el agua, produjo en ella una
verdadera tempestad, cuyas gotas salpicaron al mismo Jesús. Este sufrió
un estremecimiento y quedó atónito, maravillado, al ver prontamente
salir a su padre y nadar haciendo volteretas y cabriolas en el agua.
--¡Mira, Chucho! ¡Mira!
Y se puso con el vientre arriba, dejándose flotar sin movimiento alguno.
--Mira, mira ahora.
Y nadaba hacia atrás con los pies solamente.
--Verás ahora: voy a nadar como los perros.
Nadaba, en efecto, chapoteando el agua con las palmas de las manos.
¡Con qué gozo recordaba el rico comerciante aquellas habilidades
aprendidas en la niñez!
Chucho estaba arrobado en éxtasis delicioso contemplándole. No perdía
uno solo de sus movimientos.
--¡Chucho! ¡Chuchín! ¡Bien mío! ¿Quién te quiere?--gritaba Fresnedo
embriagado por la felicidad que las caricias del agua y los ojos
inocentes de su hijo le producían.
El niño guardaba silencio, enteramente absorto y atento a los juegos
natatorios de su padre.
--Vamos, dí, Chipilín, ¿quién te quiere?
--Papá--respondió grave con su voz levemente ronca, sin dejar de
contemplarle atentamente.
Una de las habilidades en que Fresnedo había sobresalido de niño y que
mucho le enorgullecía, era la de pescar truchas a mano. Siempre que
venía a Campizos se ejercitaba en esta pesca. Era verdaderamente notable
su destreza para reconocer y batir los agujeros de las rocas, bloquear
la trucha y agarrarla por las agallas al fin. Los pescadores del país
confesaban que se las podía haber con cualquiera de ellos, y se contaba
que de niño había salido del agua con tres truchas, una en cada mano y
otra en la boca, aunque Fresnedo no quería confirmarlo. Pues bien; en
este momento le acometió el deseo de proporcionar un placer a su hijo y
dárselo a sí mismo.
--Verás, Chipilín, voy a sacarte una trucha... ¿Quieres?
¡Ya lo creo que quería!
¡Pues si cabalmente Chucho sentía mayor inclinación, si cabe, a los
animales acuáticos que a los terrestres!
Fresnedo hizo una larga aspiración y se sumergió, dejando a su hijo
maravillado; registró los huecos de algunas piedras del fondo, y sólo
pudo tocar con los dedos la cola de una trucha sin lograr agarrarla.
Como le faltase el aliento, subió a respirar.
--Chucho, no he podido cogerla; pero ya caerá.
--¿Por qué caerá, papá?--preguntó el niño, que no dejaba escapar un
modismo sin hacer que se lo explicasen.
--Quiero decir que ya la cogeré.
Otra vez aspiró el aire con fuerza y se lanzó al fondo. Al cabo de unos
momentos salió a la superficie con una trucha en la mano, que arrojó a
la orilla. Chucho dió un grito de susto y alegría al ver a sus pies al
animalito brincando y retorciéndose con furia. Quería agarrarlo cuando
paraba un instante; pero al acercar su manecita, la trucha daba un
salto, y el chico, estremecido, la retiraba vivamente; intentaba
nuevamente asirla lanzando chillidos alegres, y otro salto le asustaba y
le ponía súbito grave. Estaba nervioso; gritaba, reía, hablaba, lloraba
a un mismo tiempo, mientras su padre, embelesado, nadaba suavemente
contemplándole.
--¡Anda, valiente! ¡Agárrala, que no te hace nada!... ¡Por la cola,
tonto!... ¿Quieres que te pesque otra más grande?
--Sí, más gande, papá. Esta no me gusta--respondió el chiquito
renunciando ya bravamente a agarrar una trucha tan pequeña.
El buen comerciante se preparó para otro chapuz; dejóse ir al fondo y
con prisa comenzó a registrar los agujeros de una roca grande que antes
había visto. La muerte feroz y traidora le aguardaba dentro. Metió el
brazo en uno de ellos harto angosto, y cuando intentó sacarlo no pudo.
La sangre se le agolpó toda al corazón. Perdió la serenidad para buscar
la postura en que había entrado. Forcejeó en vano algunos momentos.
Abrió la boca al fin, falto de aliento, y en pocos segundos quedó
asfixiado el infeliz.
Chucho esperó en vano su salida. Miró con gran curiosidad por algunos
minutos el agua, hasta que, cansado de esperar, dijo con inocente
naturalidad:
--¡Papá, sal!
El padre no obedeció. Esperó unos instantes, y volvió a gritar con más
energía:
--¡Papá, sal!
Y cada vez más impaciente, repitió este grito, concluyendo por llorar.
Largo rato estuvo diciendo lo mismo con desesperación:
--¡Sal, papá, sal!
Sus rosadas mejillas estaban bañadas de lágrimas; sus ojos grandes,
hermosos, inocentes, se fijaban ansiosos en el pozo donde a cada
instante se figuraba ver salir a su padre.
Un salto de la trucha que tenía cerca, viva aún, le distrajo. Acercó su
manecita a ella y la tocó con un dedo. La trucha se movió levemente.
Volvió a tocarla y se movió menos aún. Entonces, alentado por el
abatimiento del animal, se atrevió a posar la palma de la mano sobre él.
La trucha no rebulló. Chucho principió a gorjear por lo bajo que él no
tenía miedo a las truchas y que si estuviera allí su hermana Carmita
indudablemente no osaría poner la mano sobre una bestia tan feroz como
aquélla. Tanto se fué envalentonando, que concluyó por agarrarla por la
cola y suspenderla.
Aquel acto de heroísmo despertó en él mucha alegría. Fluyeron de su
garganta algunas sonoras carcajadas. Pero una violenta sacudida de la
trucha le obligó a soltarla aterrado. Miró a su alrededor, y no viendo a
nadie, se fijó otra vez en el pozo y tornó a gritar, llorando:
--¡Sal, papá! ¡Sal, papá!... ¡No quero trucha, papá! ¡Sal!
El sol declinaba. Aquel retirado paraje, situado en la falda misma de la
colina, se iba poblando de sombras. Allá, en el horizonte, el sol se
ocultaba detrás de las altas y lejanas montañas de color violeta.
--Teno miedo, papá... ¡Sal, papaíto!--gritaba la tierna criatura
bebiendo lágrimas.
Ninguna voz respondía a la suya. Escuchábanse tan sólo las esquilas del
ganado o algún mugido lejano. El río seguía murmurando suavemente su
eterna queja.
Rendido, ronco de tanto gritar, Chucho se dejó caer sobre el césped y se
durmió. Pero su sueño fué intranquilo. Era una criatura excesivamente
nerviosa, y la agitación con que se había dormido le hizo despertar al
poco rato. Había cerrado la noche. Al principio no se dió cuenta de
dónde estaba, y dijo como otras veces en su camita:
--Tata, quero agua.
Pero viendo que la Tata no acudía, se incorporó sobre el césped, miró
alrededor, y su pequeño corazón se encogió de terror observando la
obscuridad que reinaba.
--¡Tata, Tata!--gritó repetidas veces.
La luz de la luna rielaba en el agua. Atraídos sus ojos hacia ella.
Chucho se acordó de pronto que su papá estaba con él y se había metido
en el río a sacarle una trucha. Y entre sollozos que le rompían el pecho
y lágrimas que le cegaban, volvió a gritar:
--¡Sal, papá; sal, mi papá!... ¡Teno miedo!
La voz del niño resonaba tristemente en la obscura campiña silenciosa.
¡Ah! Si el buen Fresnedo pudiera escucharle allí en el fondo del pozo,
hubiera mordido la roca que le tenía sujeto, se hubiera arrancado el
brazo para acudir a su llamamiento.
No pudiendo ya gritar más porque le faltaba la voz y el aliento, cayó
otra vez dormido, y así le hallaron los que habían salido en su busca.
RIVERITA
Esta novela y la que sigue _Maximina_, forman en realidad una sola.
Exigencias editoriales me obligaron a ponerlas títulos diferentes.
Vivimos actualmente tan presurosos que ya no se sufren, como en tiempos
pasados, las novelas en varios volúmenes.
Algunas personas han creído que estas dos novelas constituían una
autobiografía. Es un error. En la fábula nada hay que se parezca a mi
vida: sólo algunas escenas he extraído de ella. Pero en lo que se
refiere a los caracteres, debo confesar que están más en lo cierto. El
principal se halla ligado a mi existencia de un modo tan estrecho que ni
la muerte ni el tiempo han podido separarlo.
En la hora más aciaga de mi existencia me prometí darlo a conocer al
mundo. Hice cuanto pude, mas el retrato quedó lejos del original. Al
publicarse en los Estados Unidos la traducción inglesa de Maximina, un
crítico preguntaba:--"¿Dónde habrá podido hallar Valdés el modelo de ese
tipo ideal?" Y mi corazón se desgarraba de dolor al leer estas palabras
porque la realidad había sido muy superior a la pintura. Hay cosas que
es imposible transmitir ni al oído ni al papel, y en esas cosas
inefables es donde se cifraba la excelencia de aquel carácter singular.
Por cartas de desconocidos y por comunicaciones de mis amigos he sabido
que esta novela ha hecho derramar muchas lágrimas. Una señora me dijo en
cierta ocasión:--"La noche pasada, cerca ya de la madrugada, estaba yo
en la cama con su libro entre las manos llorando como una tonta."
No otra cosa me había propuesto al escribirlo. Todas esas lágrimas las
ofrezco como tributo de admiración al ser que como una visión celestial
no ha causado más disgusto que el de su desaparición.
UNA CORRIDA DE TOROS
Julita soltó una estrepitosa carcajada, cuyos ecos llegaron hasta el
gabinete de Miguel. "¿De qué se reirá aquella loca?" se preguntó éste
sonriendo también frente al espejo mientras se aderezaba para salir.
--¡Miguel! ¡Miguel!--gritó su hermana desde el pasillo--. Ven aquí, por
Dios; ¡mira, por tu vida!
Acudió solícito, y al asomar la cara por el corredor, vió a su primo
Enrique en traje de chulo: chaquetilla corta, faja de seda, camisola
bordada sujeta al cuello por botones de oro, sombrero ancho de fieltro,
pantalón ceñido y bota de charol. El complemento del traje era un vara
en la mano, muy larga, como destinada a conducir pavos.
Julita se arrimaba a la pared, sujetándose la cintura con las manos para
no desternillarse de risa. Enrique de pie, cerca de la puerta, sonreía
un poco avergonzado. Miguel siguió al instante el ejemplo de su hermana.
--La cosa no merece tanta risa--concluyó por decir el primo amostazado.
Pero ni Julia ni Miguel hicieron caso. Cuando se hubieron sosegado un
poco, vinieron hacia él y le examinaron curiosamente.
--¿Pero cómo diablo te ha dado la ocurrencia de ponerte así? ¿Te ha
visto tu padre?
--No: me he ido a vestir a casa de un amigo. Tengo allí el traje...
--Pues si te ve, de fijo le da un sincope. ¿Y a qué asunto te has
vestido hoy de chulo?
--¡Toma! ¿no sabes que se abre la temporada?
--¡Ah! ¿hoy hay toros? ¿Mata el Cigarrero?
--¡Ya lo creo!: después de quince años que no pisa la plaza de Madrid. A
eso venía, a ver si quieres ir conmigo.
--Hombre--dijo indeciso--, no soy muy aficionado a los toros; pero el
Cigarrero me ha sido simpático... ¿Me traes localidad?
--Te traigo la contrabarrera de un amigo que está enfermo. A mi lado ya
sabes que no puedes ponerte, porque todas las barreras están abonadas;
pero estamos cerca.
--¡Ay, llévame, Miguel!--exclamó Julita saltándole al cuello--. Llévame
a los toros.
--¿Tienes deseo?
--¡Muy grande! Los toros me encantan.
--¡Eso, eso!--gritó Enrique entusiasmado--. Tú eres española de pura
raza. ¡Pisa ese sombrero, chiquita!
Y lo arrojó al suelo.
Julita no se anduvo con melindres. Tomó la galantería al pie de la letra
y se puso a taconear sobre el infortunado sombrero de tal suerte, que
si Enrique no acude a tiempo se lo hace pedazos.
--Está visto que contigo no se puede ser galante--dijo de mal humor
mientras lo limpiaba con la manga de la chaqueta.
Miguel, previo el permiso de su madrastra, mandó al criado por una
carretela a casa de Lázaro y por un palco a la de un revendedor
conocido. Después que madre e hija se vistieron la clásica mantilla y
Miguel cambió la levita y el sombrero de copa por la americana y el
hongo, subieron los cuatro al carruaje.
Eran las dos y media de la tarde. El sol brillaba en el firmamento sin
que una sola nube asomara por el horizonte a recibir su paternal
caricia. Madrid gozaba del privilegio divino de su cielo sin dirigirle
siquiera una mirada de gratitud, como una sultana a quien las caricias
causan tedio. Al cruzar por la Puerta del Sol, vieron el chorro de su
fuente, despidiendo fúlgidos destellos, elevarse por encima del tejado
del Principal. A la entrada de la calle de Alcalá había una larga fila
de ómnibus que una muchedumbre asaltaba anhelante, furiosa, cual si se
tratara de escapar a un grave e inmediato peligro. Pero muy contra lo
que sucede en casos tales, en vez de oponerse los unos a que se
encaramasen los otros, todos se ayudaban con solicitud, mostrando por
anticipado lo que debe ser y lo que será con el tiempo la fraternidad
universal.
--¡Eh, buen hombre, que se va usted a caer!... Deme usted la
mano.--Caballero, téngame usted por el bastón.--No ponga usted el pie
sobre la rueda.--¿Quiere usted que nos apretemos más? Bueno, hombre,
bueno, nos apretaremos.
Estos gritos se oían en todas partes, viéndose a algunos pobres viejos
por el aire, elevados a la imperial de los ómnibus en brazos de los que
ya estaban en ellas. Las caras resplandecían de alegría, lo mismo que el
cielo. La acera de la derecha, donde estaba el despacho de billetes,
veíase cuajada de gente, que discurría por ella en expectativa de que
las localidades bajasen y se pusiesen al alcance de su bolsillo. Un
sinnúmero de coches particulares y de berlinas de punto cubrían más
abajo la ancha carretera, galopando en dirección a la plaza. Y al través
de ellos, dejándolos atrás en seguida, corrían desbocados los ómnibus,
mientras los que iban encima, sin miedo a estrellarse, embriagados por
la carrera vertiginosa, saludaban con gritos de alegría a los que iban
dejando en pos de sí. Algunos picadores con sus chaquetas de brocado y
sombreros inmensos galopaban también sobre algún mal caballo, llevando a
las ancas a un amigo, que le abrazaba cariñosamente para no caerse. Los
peones bajaban por las aceras lentamente, en amable plática, formando
apretados y numerosos grupos.
Una carretela abierta, donde iban toreros, se acercó un instante al
costado de la de Miguel y siguió adelante. Era la del Cigarrero, que
contestó al saludo de Enrique y Miguel con la gravedad afable que le
caracterizaba. El Serranito y Merluza, que iban con él, saludaron con
más expansión.
--Me brindarás un par, ¿no es verdad, Baldomero?--gritó Enrique.
--A uté no, que e mu feo: a esa señorita tan remonísima que yeva uté a
la vera--contestó el Serranito.
Julita se echó a reir, ruborizada.
En torno de la plaza, donde llegaron en seguida, se agitaba la multitud,
pugnando por entrar. Los coches que allí se juntaban producían
disturbios y motines, que los guardias no eran suficientes a reprimir.
Después de dejar a su madrastra y hermana en el palco, Miguel se retiró
con su primo, pretextando que deseaba ver de cerca matar el primer toro
al Cigarrero, y que luego volvería. En realidad, era porque había visto
a la generala Bembo en un palco con la señora del banquero Mendiburu.
Bajó al redondel, y desde allí pudo hacerse notar de ella, y la saludó
ceremoniosamente con el sombrero.