--Parece mentira que seamos tan amigos, ¿no es verdad? Yo pensé cuando

le dejé caer la muñeca encima que le había matado... ¡Qué miedo tuve!

¡Si usted viera!... Vamos a ver, ¿por qué en lugar de enfadarse se

sonrió usted conmigo?

--¡Toma! porque me gustó usted mucho.

--Eso pensaba yo: debí de haberle sido simpática, porque si no, la

verdad es que tenía motivo para ponerse furioso. Todavía cuando usted

subió a llevármela estaba muerta de miedo y por eso cerré tan pronto la

puerta... ¡Dichosa muñeca! Me dió tal rabia que la tiré contra el suelo

y le partí un brazo.

--Pues no debe usted tratarla mal; al contrario, debe usted conservarla

como un recuerdo.

--¿Sabe usted que tiene razón? Si no hubiera sido por la muñeca no nos

hubiéramos conocido... ni sería usted mi novio... porque tengo otro...

--¿Cómo otro?

--Es decir, ya no lo tengo: lo tenía... Es un primo que está empeñado en

que le he de querer a la fuerza... No vaya usted a creer que es feo...

al contrario, es guapo... pero a mí no me gusta... No lo puedo remediar.

Le dije que sí, porque me dió lástima un día que se echó a llorar.

Mientras conversábamos de esta suerte íbamos caminando sosegadamente por

las calles. Para evitar el encuentro con cualquiera pariente o conocido

de la niña, procuré seguir las menos principales. Teresa iba cogida a mi

brazo como al de un antiguo amigo, hablando sin cesar, riendo,

sacudiéndome a veces fuertemente y deteniéndose a lo mejor delante de

un escaparate, para hacerme mirar cualquier chuchería. Su charla era un

gorjeo dulce, insinuante, que me conmovía y refrescaba el corazón. A

impulso de ella se fué disipando poco a poco el tropel de pensamientos

pérfidos que vagaba por mi cabeza. Sin saber de qué modo, también

desaparecieron todos mis temores; me figuraba que aquella niña tenía

algún parentesco conmigo, y no hallaba extraordinaria y peligrosa

nuestra situación como al principio. Su inocencia era un velo espeso que

nos impedía ver el riesgo que corríamos.

En poco tiempo me contó una infinidad de cosas. Era de Jerez; no hacía

más que un año que estaban en Madrid establecidos; su papá ocupaba un

alto empleo; tenía dos hermanitos y una hermanita. Acerca del carácter y

costumbres de cada uno de ellos se extendió considerablemente; la

hermanita era muy buena niña, amable y obediente; pero los chicos

insufribles; todo el día gritando, ensuciando la casa y peleándose. Su

mamá le había dado jurisdicción sobre ellos hasta para castigarles, pero

no quería usar de ella porque tenía miedo de que le perdiesen el cariño:

que la mamá se arreglara como pudiese. Después habló del papá, que era

muy serio, pero muy bueno. Lo único que la tenía apesadumbrada era que

parecía querer más a los chicos que a ellas. La mamá, en cambio,

mostraba predilección por las niñas. Habló después de las primas de la

calle de Fuencarral; una era muy bonita, la otra graciosa solamente: las

dos tenían novio, pero no valían cuatro cuartos: chiquillos que todavía

estudiaban en el Instituto. Tenían, además, un hermano, que era el primo

que había sido su novio; éste ya era bachiller y se estaba preparando

para entrar en el colegio de Artillería. De vez en cuando, en los cortos

intervalos de silencio, levantaba graciosamente la cabeza,

preguntándome:

--¿Va usted a gusto conmigo? ¿Le estorbo?

Y cuando me oía protestar vivamente contra semejante duda, su rostro

expresivo se iluminaba de alegría y continuaba hablando.

Habíamos recorrido algunas calles. Ya puede usted imaginarse que yo iba

gozando como los ángeles en el paraíso, y pendiente de los labios de

aquella niña, que al referirme todas las nonadas infantiles de su vida,

parecía infundir en mi alma encantada la ciencia de la dicha. Sin

embargo, no podía desechar cierta vaga inquietud que turbaba mi alegría.

Buscando manera de pasar las horas de que disponíamos más dignamente que

vagando por las calles, tropezamos al bajar la cuesta de Santo Domingo

con el Teatro Real. Al instante se me ocurrió la idea de entrar. Teresa

la aceptó inmediatamente, y a fin de que no reparasen en nosotros,

tomamos entradas de paraíso. Se cantaba _Los Puritanos_, y aquél

rebosaba de gente; de suerte que nos costó algún trabajo introducirnos y

escalar uno de los rincones; pero al cabo llegamos. Teresa se encontró

admirablemente y me pagaba los trabajos que había pasado para llevarla

hasta allí con mil sonrisas y palabras amables. Mientras subían el telón

seguimos charlando, aunque muy bajito. Se había establecido entre

nosotros una gran intimidad, y me abandonó una de sus manos que yo

acariciaba embelesado. Cuando empezó la ópera dejó de charlar y se puso

a atender tan decididamente, que a mí me hizo sonreir el verla con la

cabecita apoyada en la pared y los ojos extáticos. Sabía música, pero

había ido al teatro pocas veces; así que las melodías inspiradas de la

ópera de Bellini le causaban profunda impresión, que se traducía por un

leve temblor de las pupilas y los labios. Cuando llegó el sublime canto

del tenor que empieza _A te_, _oh cara_, me apretó con fuerza la mano

exclamando por lo bajo--:¡Oh qué hermoso! ¡oh qué hermoso! Después me

hizo explicarle lo que pasaba en la escena. Halló el matrimonio del

tenor y la tiple muy proporcionado, pero compadecía de veras al

barítono, a quien birlaban la novia; quedó sumamente disgustada cuando

al fin del acto el tenor se ve en la precisión de acompañar a la reina y

dejar abandonada a su futura, y declaró resueltamente que ésta era una

conducta indigna.

--Pero advierta usted que estaba obligado a hacerlo porque era su reina

quien se lo pedía.

--No importa, no importa; si la quisiera bien no hay reina que valga. Lo

primero siempre es la novia.

No me fué posible arrancarle tan extraña teoría de la cabeza. Después

que bajó el telón permanecimos en el mismo sitio y me obligó a contarle

mi vida y milagros, cuántas novias había tenido, a quién había querido

más, etc., etc. Ya comprenderá usted que necesité ensartar un sin fin

de patrañas. Después, sin motivo alguno serio, manifestó rotundamente

que todos los hombres eran ingratos. Yo me atreví a apuntar que había

excepciones, pero no fué posible hacérselo reconocer--. Usted será lo

mismo que todos (anunció en tono profético y mirando a un punto del

espacio); me querrá usted un poco de tiempo, y después... si te ví, no

me acuerdo.

¡Qué rato tan delicioso y tan infernal a la vez me estaba haciendo pasar

aquella niña! Para llevar la conversación a otro punto, le pregunté:

--¿Cuántos años tiene usted? Hasta ahora no me lo ha dicho.

--Tengo... tengo... mire usted, yo siempre digo que tengo catorce, pero

la verdad es que no tengo más que trece y dos meses... ¿Y usted?

--¡Una atrocidad! No me lo pregunte usted, que me da vergüenza.

--¡Ah qué presuntuoso! ¡Si yo le he de querer lo mismo que tenga muchos

que pocos!

En seguida me propuso que nos tratásemos de tú, pero después de aceptado

se volvió atrás ofreciéndome que yo la tratase de tú y ella siguiese con

el usted. No quise conformarme.

--Pues mire usted, yo no puedo hablarle de tú; me da mucha vergüenza...

Pero, en fin, vamos a ensayar.

Del ensayo resultó que para evitar el pronombre daba la pobrecilla

infinidad de rodeos y se metía en una serie interminable de perífrasis.

Si se aventuraba a dirigirme un tú, lo hacía bajando la voz y pasando

como sobre ascuas.

Cuando empezó el segundo acto, volvió a escuchar atentamente. Mis ojos

no se apartaban casi nunca de su rostro; ella entornaba a menudo los

suyos para dirigirme una sonrisa apretando al mismo tiempo mi mano.

Observé, no obstante, que se había amortiguado un poco la viva expresión

de su fisonomía y que iba perdiendo aquella graciosa volubilidad del

principio. Las sonrisas de sus labios se fueron haciendo tristes, y por

la cándida frente pasó una ráfaga de inquietud que comunicó a su lindo

rostro infantil cierta grave expresión que no tenía. Parecía que en

virtud de un misterioso movimiento de su espíritu, la niña se

transformaba en mujer en pocos instantes. Dejó de apretar mi mano y

hasta retiró la suya. Volví a cogerla disimuladamente, pero al poco

tiempo la retiró de nuevo.

El segundo acto había terminado. Al bajarse el telón me hizo mirar el

reloj, y viendo las once, dijo que era necesario partir en seguida,

porque a las once y media, a más tardar, iba el criado a buscarla.

Salimos del teatro. La noche seguía tibia y estrellada. A la puerta

aguardaba una larga fila de coches, que nos fué preciso evitar. Ya no

había en las calles el movimiento de las primeras horas, pero con todo,

seguimos las más solitarias. Teresa no quiso aceptar mi brazo como

antes. Entonces me tocó llevar la voz cantante, y le dije al oído mil

requiebros y ternezas, explicándole por menudo el amor que me había

inspirado y lo que había sufrido en los días en que no pasé por su

calle: recordéle todos los pormenores, hasta los más insignificantes, de

nuestro conocimiento visual y epistolar, y le dí cuenta de los vestidos

que le había visto y de los adornos, a fin de que comprendiese la

profunda impresión que me había causado. Nada replicaba a mi discurso;

seguía caminando cabizbaja y preocupada, formando su actitud notable

contraste con la que tenía tres horas antes al pasar por los mismos

sitios. Cuando me detuve un instante a respirar, exclamó sin mirarme:

--Hice una cosa muy mala, muy mala. ¡Dios mío, si lo supiese papá!

Traté de probarle que su papá no podía enterarse de nada, porque

llegaríamos demasiado temprano.

--De todas maneras, aunque papá no se entere, hice una cosa muy mala.

Usted bien lo sabe, pero no quiere decirlo. ¿No es verdad que una niña

bien educada no haría lo que yo hice esta noche?... ¡Si lo supiesen mis

primas, que están deseando siempre cogerme en alguna falta!... Pero no

piense usted... por Dios, que lo he hecho con mala intención... Yo soy

muy aturdida... todo el mundo lo dice... pero también dicen que tengo

buen fondo.

Al proferir estas palabras se le había ido anudando la voz en la

garganta, hasta que se echó a llorar perdidamente. Me costó mucho

trabajo calmarla, pero al fin lo conseguí elogiando su carácter franco

y sencillo y su buen corazón, y prometiendo quererla y respetarla

siempre. Me hizo jurar una docena de veces que no pensaba nada malo de

ella. Después de secarse las lágrimas recobró su alegría y comenzó a

charlar por los codos. Me expuso en pocos instantes una infinidad de

proyectos a cual más absurdos. Según ella, debía presentarme al día

siguiente en casa, y pedirle al papá su mano: el papá diría que era muy

niña, pero yo debía explicarle inmediatamente que no importaba nada: el

papá insistiría en que era demasiado pronto, pero yo le presentaría el

ejemplo de una tía, hermana de su mamá, que estaba jugando a las muñecas

cuando le avisaron para ir a casarse. ¿Qué había de oponer a este

poderoso argumento? Nada seguramente. Nos casaríamos, y acto continuo

nos iríamos a Jerez, para que conociese a sus amigas y a sus tíos. ¡Qué

susto llevarían todos al verla del brazo de un caballero, y mucho más

cuando supieran que este caballero era su marido!

Estaba tan linda, tan graciosa, que no pude menos de pedirle con

vehemencia que me permitiese darle un beso. No fué posible. Ningún

hombre la había besado hasta entonces; solamente su primo le había dado

un beso a traición, pero le costó caro, porque le dejó caer dos vasos de

limón sobre la cabeza: hasta en los juegos de prendas hacía que pusieran

las manos delante, para que no le tocasen la cara con los labios. Pero

cuando estuviésemos casados, ya sería otra cosa; entonces todos los

besos que se me antojaran, aunque sospechaba que no se los pediría con

tanto ardor como ahora.

Estábamos próximos ya a su casa. Los carruajes de la gente que volvía de

las tertulias, al cruzar a nuestro lado, apagaban la voz de Teresa y le

obligaban a esforzarla un poco. Las estrellas desde el cielo nos hacían

guiños, como si nos invitasen a gozar apresuradamente de aquellos

momentos felices, que no habían de volver. A lo lejos sólo se veían,

como fuegos fatuos, los faroles de los serenos.

Llegamos por fin a casa. Delante de la puerta, Teresa volvió a hacerme

jurar que no pensaba nada malo de ella, y que al día siguiente a las dos

en punto de la tarde, me presentaría debajo de sus balcones.

--Cuidado que no faltes.

--No faltaré, preciosa.

--¿A las dos en punto?

--A las dos en punto.

--Llama ahora con un golpe a la puerta.

Cogí la aldaba y dí un golpe fuerte. Al poco rato se oyeron los pasos

del portero.

--Ahora--dijo en voz bajita y temblorosa--dame un beso y escápate de

prisa.

Al mismo tiempo me presentaba su cándida y rosada mejilla. Yo la tomé

entre las manos y la apliqué un beso... dos... tres... cuatro... todos

los que pude hasta que oí rechinar la llave. Y me alejé a paso largo.

Dejó de hablar D. Ramón.

--¿Y después qué sucedió?--le pregunté con vivo interés.

--Nada, que aquella noche no pude dormir de remordimientos y al día

siguiente tomé el tren para mi pueblo.

--¿Sin ver a Teresa?

--Sin ver a Teresa.

¡SOLO!

Fresnedo dormía profundamente su siesta acostumbrada. Al lado del diván

el velador maqueado, manchado de ceniza de cigarro, y sobre él un

platillo y una taza, pregonando que el café no desvela a todas las

personas. La estancia, amueblada para el verano con mecedoras y sillas

de rejilla, estera fina de paja, y las paredes desnudas y pintadas al

fresco, se hallaba menos que a media luz: las persianas la dejaban a

duras penas filtrarse. Por esto no se sentía el calor. Por esto y porque

nos hallamos en una de las provincias más frescas del norte de España y

en el campo. Reinaba silencio. Escuchábase sólo fuera el suave ronquido

de las cigarras y el _pío pío_ de algún pájaro que, protegido por los

pámpanos de la parra que ciñe el balcón, se complacía en interrumpir la

siesta de sus compañeros. Alguna vez, muy lejos, se oía el chirrido de

un carro, lento, monótono, convidando al sueño. Dentro de la casa habían

cesado ya tiempo hacía los ruidos del fregado de los platos. La

fregatriz, la robusta, la colosal Mariona, como andaba descalza, sólo

producía un leve gemido de las tablas, que se quejaban al recibir tan

enorme y maciza humanidad.

Cualquiera envidiaría aquella estancia fresca, aquel silencio dulce,

aquel sueño plácido. Fresnedo era un sibarita; pero solamente en el

verano. Durante el invierno trabajaba como un negro allá en su

escritorio de la calle de Espoz y Mina, donde tenía un gran

establecimiento de alfombras. Era hombre que pasaba un poco de los

cuarenta, fuerte y sano como suelen ser los que no han llevado una

juventud borrascosa: la tez morena, el pelo crespo, el bigote largo y

comenzando a ponerse gris. Había nacido en Campizos, punto donde nos

hallamos, hijo de labradores regularmente acomodados. Mandáronle a

Madrid a los catorce años con un tío comerciante. Trabajó con brío e

inteligencia; fué su primer dependiente; después su asociado; por último

se casó con su hija, y heredó su hacienda y su comercio. Contrajo

matrimonio tarde, cuando ya se acercaba a los cuarenta años. Su mujer

sólo tenía veinte. Educada en el bienestar y hasta en el lujo que le

podía procurar el viejo Fresnedo, Margarita era una de esas niñas

madrileñas, toda melindres, toda vanidad, postrada ante las mil

ridiculeces de la vida cortesana, cual si estuviesen determinadas por

sentencias de un código inmortal, desviada enteramente de la vida de la

Naturaleza y la verdad. Por eso odiaba el campo, y muy particularmente

el ignorado y frondoso lugarcito donde tenía origen su linaje humilde.

Lo odiaba casi tanto como su mamá, la esposa del viejo Fresnedo, que, a

pesar de ser hija de una cacharrera de la calle de la Aduana, tenía a

menos poner los pies en Campizos.

Tanto como ellas lo odiaban amábalo el buen Fresnedo. Mientras fué

dependiente de su tío, arrancábale todos los años licencia para pasar el

mes de Julio o Agosto en su país. Cuando sus ganancias se lo

permitieron, levantó al lado de la de sus padres una casita muy linda,

rodeada de jardín, y comenzó a comprar todos los pedazos de tierra que

cerca de ella salían a la venta. En pocos años logró hacerse un

propietario respetable. Y al compás que se hacía dueño de la tierra

donde corrieron sus primeros años, su amor hacia ella crecía

desmesuradamente. Puede cualquiera figurarse el disgusto que el honrado

comerciante experimentó cuando, después de casado con su prima, ésta le

anunció, al llegar el verano, que no estaba dispuesta "a sepultarse en

Campizos", decisión que su tía y suegra reciente apoyó con maravilloso

coraje. Fué necesario resignarse a veranear en San Sebastián. Al año

siguiente lo mismo. Pero al llegar el cuarto, Fresnedo tuvo la audacia

de rebelarse, produciendo un gran tumulto doméstico--. "O a Campizos, o

a ninguna parte este verano. ¿Estamos, señoras?" Y los bigotes se le

erizaron de tal modo inflexible al pronunciar estas enérgicas palabras,

que la delicada esposa se desmayó acto continuo, y la animosa suegra,

rociando las sienes de su hija con agua fresca y dándole a oler el

frasco del antiespasmódico, comenzó a increparle amargamente:

--¡Huele, hija mía, huele!... ¡Si las cosas se hicieran dos veces!... La

culpa la he tenido yo en poner en manos de un paleto una flor tan

delicada.

Cuando la flor delicada abrió al fin los ojos, fué para soltar por ellos

un raudal de lágrimas y para decir con acento tristísimo:

--¡Nunca lo creyera de Ramón!

Fresnedo se conmovió. Hubo explicaciones. Al fin se transigió de un modo

honroso para las dos partes. Convínose en que Margarita y su mamá irían

a San Sebastián, llevando a la niña de quince meses, y que Fresnedo

fuese a Campizos el mes de Agosto, con Jesús, el niño mayor, de edad de

tres años, y su niñera. Esta es la razón de que Fresnedo se encuentre

durmiendo la siesta donde acabamos de verle.

Despertóle de ella una voz bien conocida:

--Papá, papá.

Abrió los ojos y vió a su hijo a dos pasos, con su mandilito de dril

color perla, sus zapatitos blancos y el negro y enmarañado cabello caído

en bucles graciosos sobre la frente. Era un chico más robusto que

hermoso. La tez, de suyo morena, teníala ahora requemada por los días

que llevaba de aldea haciendo una vida libre y casi salvaje. Su padre le

tenía todo el día a la intemperie, siguiendo escrupulosamente las

instrucciones de su médico.

--Papá..., dijo Tata que tú no querías... que tú no querías... que tú

no querías... comprarme un carro... y que el carnero... y que el carnero

no era mío..., que era de Carmita (la hermana), y no me deja cogerlo por

los cuernos, y me pegó en la mano.

El chiquitín, al pronunciar este discurso con su graciosa media lengua,

deteniéndose a cada momento, mostraba en sus ojos negros y profundos

indignación vivísima y mucha sed de justicia. Por un instante pareció

que iba a romper en llanto; pero su temperamento enérgico se sobrepuso,

y después de hacer una pausa, cerró su perorata con una interjección de

carretero. El padre le había estado escuchando embelesado, animándole

con sus gestos a proseguir, lo mismo que si una música celeste le

regalase los oídos. Al oir la interjección, estalló en una sonora y

alegre carcajada. El niño le miró con asombro, no pudiendo comprender

que lo que a él le ponía tan fuera de sí causase el regocijo de su papá.

Este hubiera estado escuchándole horas y horas sin pestañear. Y eso que,

según contaba su suegra a las visitas, cuando quería dar el golpe de

gracia a su yerno y perderle completamente ante la conciencia pública,

¡¡¡se había dormido oyendo la _Favorita_ a Gayarre!!!

--¿Sí, vida mía? ¿La Tata no quiere que cojas el carnero por los

cuernos? ¡Deja que me levante, ya verás cómo arreglo yo a la Tata!

Fresnedo atrajo a su hijo y le aplicó dos formidables besos en las

mejillas, acariciándole al mismo tiempo la cabecita con las manos.

El chico no había agotado el capítulo de los agravios que creía haber

recibido de su niñera... Siguió gorjeando que ésta no había querido

darle pan.

--Hace poco tiempo que hemos comido.

--Hace mucho--respondió el niño con despecho.

--Bueno, ya te lo daré yo.

Además, la Tata no había querido contarle un cuento, ni hacer vaquitas

de papel. Además, le había pinchado con un alfiler aquí. Y señalaba una

manecita.

--¡Pues es cierto!--exclamó Fresnedo viendo, en efecto, un ligero

rasguño--. ¡Dolores! ¡Dolores!--gritó después.

Presentóse la niñera. El amo la increpó duramente por llevar alfileres

en la ropa, contra su prohibición expresa. Jesús, viendo a la Tata

triste y acobardada, fué a restregarse con sus sayas, como pidiéndole

perdón de haber sido causa de su disgusto.

--Bueno--dijo Fresnedo levantándose del diván y esperezándose--. Ahora

nos iremos al establo y cogerás al carnero por los cuernos. ¿Quieres,

Chucho?

Chucho quiso descoyuntarse la cabeza haciendo señales de afirmación que

corroboraba vivamente con su media lengua. Pero echando al mismo tiempo

una mirada tímida a su Tata, y viéndola todavía seria y avergonzada, le

dijo con encantadora sonrisa:

--No te enfades, boba; tú vienes también con nosotros.

Fresnedo se vistió su americana de dril, se cubrió con un sombrero de

paja, y tomando de la mano a su niño, bajó al jardín, y de allí se

trasladaron al establo. Al abrir la puerta, Chucho, que iba muy

decidido, se detuvo y esperó a que su padre penetrase. Estaba obscuro.

Del fondo de la cuadra salía el vaho tibio y húmedo que despide siempre

el ganado. Las vacas mugieron débilmente, lo cual puso en gran

sobresalto a Jesús, que se negó rotundamente a entrar, bajo el pretexto

especioso de que se iba a manchar los zapatos. Su padre le tomó entonces

en brazos y pasó y quiso acercarle a las vacas y que les pusiese la mano

en el testuz. Chucho, que no las llevaba todas consigo, confesó que a

las vacas les tenía "un potito de miedo". A los carneros ya era otra

cosa. A éstos declaraba que no les temía poco ni mucho; que jamás había

sentido por ellos más que amor y veneración.

--Bueno, vamos a ver los carneros--dijo Fresnedo sonriendo.

Y se trasladaron al departamento de las ovejas. Allí pretendió dejarle

en el suelo; mas en cuanto puso los piececitos en él, Jesús manifestó

que estaba cansadísimo, y hubo que auparle de nuevo. Acercóle su padre a

un carnero y le invitó a que le tomase por un cuerno. Era cosa grave y

digna de meditarse. Chucho lo pensó con detenimiento. Avanzó un poco la

mano, la retiró otra vez, volvió a avanzarla, volvió a retirarla. Por

último, se decidió a manifestar a su papá que a los carneros les tenía

"un potito de miedo". Pero, en cambio, dijo que a las gallinas las

trataba con la mayor confianza; que en su vida le habían inspirado el

más mínimo recelo; que se sentía con fuerzas para cogerlas del rabo, de

las patas y hasta del pico, porque eran unos animales cobardes y

despreciables, al menos en su concepto. Fresnedo no tuvo inconveniente

en llevarle al gallinero, que estaba en la parte trasera de la casa,

fabricado con una valla de tela metálica. Allí Chucho, con una bravura

de que hay pocos ejemplos en la historia, se dirigió al gallo mayor,

enorme animal de casta española, soberbio de posturas y ardiente de ojo.

Trató de cogerle por el rabo como había formalmente prometido, pero el

grave sultán del gallinero chilló de tal horrísona manera, extendiendo

las alas y dando feroces sacudidas, que el frío de la muerte penetró en

el corazón de Chucho. Apresuróse a soltarlo y se agarró aterrado al

cuello de su padre.

--Pero, hombre, ¿no decías que no tenías miedo a las gallinas?--exclamó

éste riendo.

--Tú, tú...; cógelo tú, papá.

--Yo tengo miedo.

--No, tú no tienes miedo.

--Y tú, ¿lo tienes?

Calló avergonzado; pero al fin confesó que a las gallinas también les

tenía "un potito de miedo".

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