poco al hospiciano. Como un verdadero enamorado, ansiaba disfrutar de la
presencia de su ídolo largo rato y a solas.
Por eso, una tarde, con osadía increíble, se llevó a presencia nuestra
el perro hasta el Hospicio, como en Oviedo se denomina la Inclusa, y no
volvió hasta el cabo de una hora. Venía radiante de dicha. El Muley
parecía también satisfechísimo. Por fortuna, el coronel aún no se había
ido del paseo ni advirtió la desertación de su perro.
Repitiéronse una tarde y otras tales escapatorias. La amistad de
Andresito y Muley se iba consolidando. Andresito no hubiera vacilado en
dar su vida por el Muley. Si la ocasión se presentase, seguro estoy de
que éste no sería menos.
Pero aún no estaba contento el hospiciano. En su mente germinó la idea
de llevarse el Muley a dormir con él a la Inclusa. Como ayudante que era
del cocinero, dormía en uno de los corredores al lado del cuarto de éste
en un jergón fementido de hoja de maíz. Una tarde condujo al perro al
Hospicio y no volvió. ¡Qué noche deliciosa para el desgraciado! No había
sentido en su vida otras caricias que las del Muley. Los maestros
primero, el cocinero después, le habían hablado siempre con el látigo en
la mano. Durmieron abrazados como dos novios. Allá al amanecer, el niño
sintió el escozor de un palo que el cocinero le había dado en la espalda
la tarde anterior. Se despojó de la camisa:
--Mira, Muley--dijo en voz baja mostrándole el cardenal.
El perro, más compasivo que el hombre, lamió su carne amoratada.
Luego que abrieron las puertas, lo soltó. El Muley corrió a casa de su
dueño; pero a la tarde ya estaba en el parque dispuesto a seguir a
Andresito. Volvieron a dormir juntos aquella noche y la siguiente, y la
otra también. Pero la dicha es breve en este mundo. Andresito era feliz
al borde de una sima.
Una tarde, hallándose todos en apretado grupo jugando a los botones,
oímos detrás dos formidables estampidos.
--¡Alto! ¡Alto!
Todas las cabezas se volvieron como movidas por un resorte. Frente a
nosotros se alzaba la talla ciclópea del coronel Toledano.
--¿Quién de vosotros es el pilluelo que secuestra mi perro todas las
noches, vamos a ver?
Silencio sepulcral en la asamblea. El terror nos tiene clavados,
rígidos, como si fuéramos de palo.
Otra vez sonó la trompeta del juicio final.
--¿Quién es el secuestrador? ¿Quién es el bandido? ¿Quién es el
miserable?...
El ojo ardiente de Polifemo nos devoraba a uno en pos de otro. El Muley,
que le acompañaba, nos miraba también con los suyos, leales, inocentes,
y movía el rabo vertiginosamente en señal de inquietud.
Entonces Andresito, más pálido que la cera, adelantó un paso, y dijo:
--No culpe a nadie, señor. Yo he sido.
--¿Cómo?
--Que he sido yo--repitió el chico en voz más alta.
--¡Hola! ¡Has sido tú!--dijo el coronel sonriendo ferozmente--. ¿Y tú no
sabes a quién pertenece este perro?
Andresito permaneció mudo.
--¿No sabes de quién es?--volvió a preguntar a grandes gritos.
--Sí, señor.
--¿Cómo?... Habla más alto.
Y se ponía la mano en la oreja para reforzar su pabellón.
--Que sí señor.
--¿De quién es, vamos a ver?
--Del señor Polifemo.
Cerré los ojos. Creo que mis compañeros debieron hacer otro tanto.
Cuando los abrí, pensé que Andresillo estaría ya borrado del libro de
los vivos. No fué así, por fortuna. El coronel le miraba fijamente, con
más curiosidad que cólera.
--¿Y por qué te lo llevas?
--Porque es mi amigo y me quiere--dijo el niño con voz firme.
El coronel volvió a mirarle fijamente.
--Está bien--dijo al cabo--. ¡Pues cuidado con que otra vez te lo
lleves! Si lo haces, ten por seguro que te arranco las orejas.
Y giró majestuosamente sobre los talones. Pero antes de dar un paso, se
llevó la mano al chaleco, sacó una moneda de medio duro, y dijo
volviéndose:
--Toma, guárdatelo para dulces. ¡Pero cuidado con que vuelvas a
secuestrar el perro! ¡Cuidado!
Y se alejó. A los cuatro o cinco pasos ocurriósele volver la cabeza.
Andresito había dejado caer la moneda al suelo, y sollozaba, tapándose
la cara con las manos. El coronel se volvió rápidamente.
--¿Estás llorando? ¿Por qué? No llores, hijo mío.
--Porque le quiero mucho... porque es el único que me quiere en el
mundo--gimió Andrés.
--¿Pues de quién eres hijo?--preguntó el coronel sorprendido.
--Soy de la Inclusa.
--¿Cómo?--gritó Polifemo.
--Soy hospiciano.
Entonces vimos al coronel demudarse. Abalanzóse al niño, le separó las
manos de la cara, le enjugó las lágrimas con su pañuelo, le abrazó, le
besó, repitiendo con agitación:
--¡Perdona, hijo mío, perdona! No hagas caso de lo que te he dicho...
Llévate el perro cuando se te antoje... Tenlo contigo el tiempo que
quieras, ¿sabes?... Todo el tiempo que quieras...
Y después que le hubo serenado con estas y otras razones, proferidas con
un registro de voz que nosotros no sospechábamos en él, se fué de nuevo
al paseo, volviéndose repetidas veces para gritarle:
--Puedes llevártelo cuando quieras, ¿sabes, hijo mío?... Cuando
quieras...
Dios me perdone; pero juraría haber visto una lágrima en el ojo
sangriento de Polifemo.
Andresillo se alejaba corriendo, seguido de su amigo, que ladraba de
gozo.
LOS PURITANOS
Era un caballero fino, distinguido, de fisonomía ingenua y simpática. No
tenía motivo para negarme a recibirle en mi habitación algunos días. El
dueño de la fonda me lo presentó como un antiguo huésped a quien debía
muchas atenciones. Si me negaba a compartir con él mi cuarto, se vería
en la precisión de despedirle por tener toda la casa ocupada, lo cual
sentía extremadamente.
--Pues si no ha de estar en Madrid más que unos cuantos días, y no tiene
horas extraordinarias de acostarse y levantarse, no hay inconveniente en
que usted le ponga una cama en el gabinete... Pero cuidado... ¡sin
ejemplar!
--Descuide usted, señorito, no volveré a molestarle con estas embajadas.
Lo hago únicamente porque D. Ramón no vaya a parar a otra casa. Crea
usted que es una buena persona, un santo, y que no le incomodará poco ni
mucho.
Y así fué la verdad. En los quince días que don Ramón estuvo en Madrid
no tuve razón para arrepentirme de mi condescendencia. Era el fénix de
los compañeros de cuarto. Si volvía a casa más tarde que yo, entraba y
se acostaba con tal cautela, que nunca me despertó. Si se retiraba más
temprano, me aguardaba leyendo para que pudiese acostarme sin temor de
hacer ruido. Por las mañanas nunca se despertaba hasta que me oía toser
o moverme en la cama. Vivía cerca de Valencia, en una casa de campo, y
sólo venía a Madrid cuando algún asunto lo exigía: en esta ocasión era
para gestionar el ascenso de un hijo, registrador de la propiedad. A
pesar de que este hijo tenía la misma edad que yo, D. Ramón no pasaba de
los cincuenta años, lo cual hacía presumir, como así era en efecto, que
se había casado bastante joven.
Y no debía de ser feo, ni mucho menos, en aquella época. Aún ahora con
su elevada estatura, la barba gris rizosa y bien cortada, los ojos
animados y brillantes y el cutis sin arrugas, sería aceptado por muchas
mujeres con preferencia a otros galanes sietemesinos.
Tenía, lo mismo que yo, la manía de cantar o canturriar al tiempo de
lavarse. Pero observé al cabo de pocos días que, aunque tomaba y soltaba
con indiferencia distintos trozos de ópera y zarzuela deshaciéndolos y
pulverizándolos entre resoplidos y gruñidos, el pasaje que con más ardor
acometía y más a menudo, era uno de _Los Puritanos_: me parece que
pertenecía al aria de barítono en el primer acto. D. Ramón no sabía la
letra sino a medias, pero lo cantaba con el mismo entusiasmo que si la
supiera. Empezaba siempre:
Il sogno beato
de pace e contento
ti, ro, ri, ra, ri, ro,
ti, ro, ri, ra, ri, ro.
Necesitaba seguir tarareando hasta llegar a otros dos versos que decían:
La dolce memoria
de un tenero amore.
Sobre los cuales se apoyaba sin cesar hasta concluir el _allegro_.
--¡Hola! D. Ramón--le dije un día desde la cama--, parece que le gusta a
usted _Los Puritanos_.
--Muchísimo: es una de las óperas que más me gustan. Daría cualquier
cosa por conocer un instrumento para poder tocarla toda. ¡Qué dulzura
hay en ella! ¡Qué inspiración! Estas son óperas y ésta es música.
¡Parece mentira que ustedes se entusiasmen con esa algarabía alemana que
sólo sirve para hacer dormir!... A mí me gustan con pasión todas las
óperas de Bellini: _El Pirata_, _Sonámbula_, _Norma_; pero sobre todas
ellas _Los Puritanos_... Tengo además razones particulares para que me
guste más que ninguna otra--añadió bajando la voz.
--¡Ole, ole, D. Ramón!--exclamé incorporándome de un salto y poniéndome
los calcetines--: vengan esas razones.
--Son tonterías de la juventud... cuestión de amores--contestó
ruborizándose un poco.
--Pues cuente usted esas tonterías. Me muero por ellas. No lo puedo
remediar, me gustan más esas cosas que la reforma de la ley Hipotecaria
de que usted me habló ayer.
--¡Al fin poeta!
--No soy poeta, D. Ramón; soy crítico.
--Pues me había dicho el amo que era usted poeta... De todas maneras, se
lo contaré ya que usted tiene curiosidad... Verá usted cómo es una
tontería que no merece la pena... ¡Pero vístase usted, criatura, que se
está helando!
El año de cincuenta y ocho vine a Madrid con una comisión del
Ayuntamiento de Valencia para gestionar la rebaja de la cuota de
consumos. Tenía yo entonces... eso es, veintinueve años; y ya hacía
siete cumplidos que estaba casado. Es una barbaridad casarse tan joven.
Aunque no tengo motivo para arrepentirme, no aconsejaré a nadie que lo
haga. Vine a parar a esta misma casa, esto es, a la misma posada; la
casa estaba entonces situada en la calle del Barquillo. En aquella
época, bueno será que le advierta que me complacía en andar muy
lechuguino o sietemesino, como ustedes dicen ahora, cosa que tenía
siempre _escamada_ a mi pobre mujer. ¿Para qué te compones tanto, hombre
de Dios? ¿Vas de conquista? ¡Quién sabe! contestaba riendo y dejándola
un poco enojada. No es malo tener a las mujeres un si es no es celosas.
Una tarde, una hermosa tarde de invierno, de las que sólo se ven en
este Madrid, salí de casa después de almorzar con el objeto de hacer
algunas visitas y también para espaciarme por esas calles de Dios. Iba
caminando lentamente por la de las Infantas, meditando sobre el plan de
la noche o sea el modo de pasarla más divertido, y saboreando un buen
cigarro habano, cuando de pronto ¡zas! recibo un fuerte golpe en la
cabeza que me hace vacilar. El flamante sombrero de copa fué rondando
por un lado y el cigarro por otro. Cuando me recobré del susto, lo
primero que vi a mis pies fué una enorme muñeca fresca, sonrosada y en
camisa.
Esta buena pieza es la que ha causado el destrozo, dije para mis
adentros, lanzándole una mirada iracunda que la muñeca aparentó no
comprender. Mas como no era de presumir que ella por su voluntad se
hubiese arrojado sobre mí de aquel modo brusco e inconveniente, pues
jamás había hecho daño a ninguna muñeca, creí más probable que de alguna
casa me la hubieran arrojado. Alcé la cabeza vivamente.
En efecto, el reo estaba de pie en el balcón de un primer piso,
suspenso, atónito, consternado. Era una niña de trece a catorce años.
Al observar la mirada de espanto y congoja que me dirigía se templó mi
furor, y en vez de lanzarle un apóstrofe violento, como tenía
determinado, le mandé una sonrisa galante. Puede ser que en la formación
de esta sonrisa haya intervenido más o menos directamente la belleza
nada vulgar del criminal.
Recogí el sombrero, me lo puse, y volví a alzar la cabeza y a remitir
otra sonrisa, acompañada esta vez de un ligero saludo. Pero mi agresor
seguía inmóvil y aterrado sin darse cuenta ni poder explicar las amables
disposiciones en que su víctima se hallaba. A todo esto la muñeca seguía
en el suelo inmóvil también, pero sin mostrar en modo alguno sorpresa,
pesar, terror, ni siquiera vergüenza de su situación poco decorosa. Me
apresuré a levantarla, cogiéndola, si mal no recuerdo, por una pierna, y
me informé minuciosamente de si había padecido alguna fractura u otra
herida grave. No tenía más que leves contusiones. Alcéla en alto y la
mostré a su dueño haciéndole seña de que iba a subir para entregársela.
Y sin más dilaciones entro en el portal, subo la escalera y tomo el
cordón de la campanilla... Ya está abierta la puerta. Mi lindo agresor
asoma su rostro trigueño, gracioso, lleno de vida y frescura, y extiende
sus manos diminutas, en las cuales deposito respetuosamente a la muñeca
desmayada. Quise hablar, para dar mayor seguridad de que no era nada lo
que había pasado, que la muñeca conservaba íntegros sus miembros, y yo
lo mismo, y que celebraba la ocasión de conocer una niña tan hermosa y
tan simpática, etc., etc. Nada de esto fué posible. La chica murmuró
confusamente "muchas gracias", y se apresuró a cerrar la puerta,
dejándome con el discurso en el cuerpo.
Salgo a la calle un poco disgustado, como cualquier otro orador en el
mismo caso, y sigo mi camino, no sin volver repetidas veces la cabeza
hacia el balcón. A los treinta o cuarenta pasos observo que está la niña
asomada, y me paro y le envío una sonrisa y un saludo ceremonioso. Esta
vez contesta, aunque ligeramente, pero se apresura a retirarse. ¡Cuidado
que era linda aquella niña! Al llegar al extremo de la calle sentí la
necesidad imperiosa de verla otra vez, y dí la vuelta, no sin percibir
cierta vergüenza en el fondo del corazón, pues ni mi edad, ni mi estado,
me autorizaban semejantes informalidades; mucho menos tratándose de tal
criatura. Ya no estaba en el balcón.
Pues yo no me voy sin verla, me dije, y pian pianito, comencé a pasear
la calle sin perder de vista la casa, con la misma frescura que un
cadete de Estado Mayor. Después de todo, aquí nadie me conoce--me iba
repitiendo a cada instante, a fin de comunicarme alientos para seguir
paseando--. Además, yo no tengo nada que hacer ahora; y lo mismo da
vagar por un lado que por otro.
Justamente, al cruzar tercera o cuarta vez por delante del balcón
apareció en él la gentil chiquita, que al verme hizo un movimiento de
sorpresa, acompañado de una mueca encantadora, se echó a reir y se
ocultó de nuevo.
¡Pero, qué necios somos los hombres y qué inocentes cuando se trata de
estos asuntos! ¿Querrá usted creer que entonces no sospeché siquiera que
la niña había estado presenciando, sin perder uno solo, todos mis
movimientos?
Satisfecho ya el capricho, dejé la calle de las Infantas, y me fuí a
casa de un amigo. Mas al día siguiente, fuese casualidad o
premeditación, aunque es muy probable lo último, acerté a pasar por el
mismo sitio a la misma hora. Mi gentil agresor, que estaba de bruces
sobre la barandilla del balcón, se puso encarnado hasta las orejas así
que pudo distinguirme, y se retiró antes de que pasase por delante de la
casa. Como usted puede suponer, esto, lejos de hacerme desistir, me
animó a quedarme petrificado en la esquina de la primer bocacalle, en
contemplación extática. No pasaron cuatro minutos sin que viese asomar
una naricita nacarada, que se retiró al momento velozmente, volvió a
asomarse a los dos minutos y volvió a retirarse, asomóse al minuto otra
vez y se retiró de nuevo. Cuando se cansó de tales maniobras, se asomó
por entero y me miró fijamente por un buen rato, cual si tratase de
demostrar que no me tenía miedo alguno. Entonces se generalizó por
entrambas partes un fuego graneado de miradas, acompañado, por lo que a
mí respecta, de una multitud de sonrisas, saludos y otros proyectiles
mortíferos, que debieron causar notables estragos en el enemigo. Este a
la media hora oyó sin duda en la sala el toque de "alto el fuego", y se
retiró cerrando el balcón. No necesitaré decirle que por más que me
sintiese avergonzado de aquella aventura, seguí dando vueltas a la misma
hora por la calle, y que el tiroteo era cada vez más intenso y animado.
A los tres o cuatro días me decidí a arrancar una hoja de la cartera y a
escribir estas palabras: _Me gusta usted muchísimo._ Envolví una moneda
de dos cuartos en la hoja, y aprovechando la ocasión de no pasar nadie,
después de hacerle seña de que se retirase, la arrojé al balcón. Al día
siguiente, cuando pasé por allí, vi caer una bolita de papel que me
apresuré a recoger y desdoblar. Decía así, en una letra inglesa,
crecida, hecha con mucho cuidado y el papel rayado para no torcer: _Tan
bien ustez me gusta a mí no crea que juego con muñecas era de mi
ermanita._
Aunque sonreí al leer el billete amoroso, no dejó de causarme sensación
dulce y amable, que muy pronto hizo sitio a otra melancólica, al
recordar que me estaban prohibidas para siempre tales aventuras. Aquel
día mi chiquita no salió al balcón, sin duda avergonzada de su
condescendencia; pero al siguiente la hallé dispuesta y aparejada al
combate de miradas, señas y sonrisas, que ya no escasearon por ambas
partes. Una hora o más duraba todas las tardes este juego, hasta que se
oía llamar y se retiraba apresuradamente. Le pregunté por señas si salía
de paseo, y me contestó que sí: y en efecto, un día aguardé en la calle
hasta las cuatro y la vi salir en compañía de una señora, que debía de
ser su mamá, y de dos hermanitos. Seguíles al Retiro, aunque a
respetable distancia, porque me hubiera causado mucha vergüenza el que
la mamá se enterase. La chiquilla, con menos prudencia, volvía a cada
instante la cabeza y me dirigía sonrisas, que me tenían en continuo
sobresalto. Al fin volvimos a casa en paz. A todo esto, yo no sabía cómo
se llamaba, y a fin de averiguarlo escribí la pregunta en otra hoja de
la cartera: _¿Cómo se llama usted?_ La chica contestó en la misma letra
inglesa y crecida, con el papel rayado: _Me llamo Teresa no crea ustez
por Dios que juego con muñecas._
Diez o doce días se transcurrieron de esta suerte. Teresa me parecía
cada día más linda, y lo era en efecto, porque según he averiguado en el
curso de mi vida, no hay pintura, raso ni brocado que hermosee tanto a
la mujer como el amor. Le pregunté repetidas veces si podía hablar con
ella, y siempre me contestó que era de todo punto imposible: si la mamá
llegaba a saber algo ¡adiós balcón! Empecé a sospechar que me iba
enamorando y esto me traía inquieto. No podía pensar en aquella niña sin
sentir profunda melancolía, como si personificase mi juventud, mis
ensueños de oro, todas mis ilusiones, que para siempre estaban separados
de mí por barrera infranqueable. Al mismo tiempo me acosaban los
remordimientos. ¡Cuál sería el dolor de mi pobre mujer si llegase a
averiguar que su marido andaba por la corte enamorando chiquillas! Un
día recibí carta suya, participándome que tenía a mi hijo menor un poco
indispuesto, y rogándome que procurase arreglar los negocios y volviese
pronto a casa. La noticia me produjo el disgusto que usted puede
suponer; porque siempre he delirado por mis hijos. Y como si aquello
fuese castigo providencial o por lo menos advertencia saludable, después
de grave y prolongada meditación, en que me eché en cara, sin piedad, mi
conducta infame y ridícula, canté sin rebozo el yo pecador y resolví
obedecer a mi esposa inmediatamente. Para llevar a cabo este propósito,
lo primero que se me ocurrió fué no acordarme más de Teresa, ni pasar
siquiera por su calle, aunque fuese camino obligado: después, abreviar
cuanto pudiese los asuntos. Según mis cálculos quedaría libre a los
cinco o seis días.
Ya no seguí, pues, la calle de las Infantas como acostumbraba después de
almorzar, ni aun para ir a la de Valverde, donde vivían unos amigos. Por
la noche, después de comer, como no había peligro de ver a Teresa, la
cruzaba velozmente y sin echar una mirada a la casa.
Pasaron cuatro días. Ya no me acordaba de aquella niña, o si me acordaba
era de un modo vago, como la memoria de los días risueños de la
juventud. Tenía casi ultimados mis negocios y andaba preocupado con la
elección del día para marcharme. Será cosa, a más tardar, del viernes o
el sábado, me dije después de comer, encendiendo un cigarro y echándome
a la calle. El ministro se había negado a rebajar la cuota del
Ayuntamiento, lo cual me tenía muy disgustado. Pensando en lo que había
de decir a mis colegas cuando me viese entre ellos, y en el modo mejor
de explicarles la causa del fracaso, crucé la plaza del Rey y entré en
la calle de las Infantas. La noche era espléndida y bastante templada.
Llevaba abierto el gabán y caminaba lentamente gozando con voluptuosidad
de la temperatura, del cigarro y de la seguridad de ver pronto a mi
familia. Al pasar por delante de la casa de la niña me detuve y la
contemplé un instante casi con indiferencia. Y seguí adelante
murmurando: "¡Qué chiquilla tan mona! ¡Lástima será que se la lleve un
tunante!" Después me puse a reflexionar en lo fácil que me hubiera sido
jugar una mala pasada al alcalde y alzarme con el cargo; pero no;
hubiera sido una felonía. Por más que fuese un poco díscolo y soberbio,
al fin era amigo: tiempo me quedaba para ser alcalde. Pero cuando más
embebido andaba en mis pensamientos y planes políticos, y cuando ya
estaba próximo a doblar la esquina de la calle, he aquí que siento un
brazo que se apoya en el mío y una voz que me dice:
--¿Va usted muy lejos?
--¡Teresa!
Los dos quedamos mudos por algunos instantes; yo contemplándola
estupefacto; ella con la cabeza baja y sin abandonar mi brazo.
--¿Pero dónde va usted a estas horas?
--Me voy con usted--respondió alzando la cabeza y sonriendo como si
dijese la cosa más natural del mundo.
--¿A dónde?
--¡Qué sé yo! Donde usted quiera.
A un mismo tiempo sentí escalofríos de placer y de miedo.
--¿Ha huído usted de su casa?
--¡Qué había de huir... solamente se la he jugado a Manuel del modo más
gracioso!... Verá usted cómo se ríe... Me empeñé hoy en ir a la tertulia
de unas primas, que viven en la calle de Fuencarral, y papá mandó a
Manuel que me acompañase. Llegamos hasta el portal y allí le dije:
Márchate, que ya no haces falta; y me hice como que subía la escalera,
pero en seguida di la vuelta sin llamar y me vine detrás de él hasta
casa... ¡Cuando le vi entrar me dió una risa, que por poco me oye!
La chiquilla se reía aún, con tanta gana y tan francamente, que me
obligó a hacer lo mismo.
--¿Y usted por qué ha hecho eso?--le pregunté con la falta de
delicadeza, mejor dicho, con la brutalidad de que solemos estar tan bien
provistos los caballeros.
--Por nada--repuso desprendiéndose de mi brazo repentinamente y echando
a correr.
La seguí y la alcancé pronto.
--¡Qué polvorilla es usted!--le dije echándolo a broma.--¡Vaya un modo
de despedirse!... Perdón si la he ofendido...
La niña, sin decir nada, volvió a tomar mi brazo. Caminamos un buen rato
en silencio. Yo iba pensando ansiosamente en lo que iba a decir y en lo
que iba a hacer. Al fin, Teresa lo rompió, preguntándome resueltamente:
--¿No me dijo usted por carta que me quería?
--¡Pues ya lo creo que la quiero a usted!
--Entonces, ¿por qué ha dejado de venir a verme y de pasar por la calle
de día?
--Porque temía que su mamá...
--Sí, sí; porque los hombres son todos muy ingratos y cuanto más se les
quiere es peor... ¿Piensa usted que yo no lo sé?... Me ha tenido usted
al balcón todas estas tardes esperándole; ¡pero que si quieres!... Por
la noche, detrás de los cristales, le veía pasar, muy serio, muy serio,
sin mirar siquiera hacia mi casa... Yo decía: "¿Estará enfadado conmigo?
¿Por qué se habrá enfadado? ¿Será porque he cerrado el balcón a las tres
menos cuarto?" En fin, todo me volvía cavilar, cavilar, sin sacar nada
en limpio... Entonces dije: "Voy a darle un susto esta noche..."
--Ha sido un susto bien agradable.
--Si no llega usted a pararse delante de mi casa y a quedarse mirando a
los balcones, no salgo del portal... pero aquello me decidió.
Momento de pausa, en el cual me acudió a la mente un tropel de
pensamientos que todavía me avergüenzan. Teresa volvió a mirarme
fijamente.
--¿Está usted contento?
--¡Vaya!
--¿Va usted a gusto conmigo?
--Mejor que con nadie en el mundo.
--¿No le estorbo?
--Al contrario, siento un placer como usted no puede figurarse.
--¿No tiene usted nada que hacer ahora?
--Absolutamente nada.
--Entonces vamos a pasear. Cuando llegue la hora, usted me lleva a casa
y mamá se figura que me trajo el criado de las primas... Pero si le
estorbo o no le gusta pasear conmigo, dígamelo usted... me voy en
seguida...
Yo le contesté apretándole el brazo y tirándole suavemente por la mano
para encajárselo bien en el mío. Teresa continuó hablando con graciosa
volubilidad.