Hubo después un silencio embarazoso. José no salía de su asombro y

miraba de hito en hito al caballero, esperando alguna explicación; pero

éste no se apresuraba a dársela. Con los brazos cruzados sobre el pecho

y la cabeza doblada hacia adelante, contemplaba sin pestañear la piedra

que el marinero acababa de poner al descubierto. Al fin dijo en voz baja

y temblorosa:

--He vendido mi casa a don Anacleto..., porque un día u otro yo moriré,

y ¿qué importa que pare en manos extrañas antes o después?... Pero se la

vendí bajo condición de arrancar de ella el escudo.., Hace unos cuantos

días que trabajo por las noches en separar la piedra de la pared... Al

fin lo he conseguido...

Como don Fernando se callase después de pronunciar estas palabras, José

se creyó en el caso de preguntarle:

--¿Y por qué lo echa usted al agua?

El anciano caballero le miró con ojos de indignación.

--¡Zambombo! ¿Quieres que el escudo de la gran casa de Meira esté sobre

una fábrica de escabeche?

Y aplacándose de pronto, añadió:

--Mira esas armas... Repáralas bien... Desde el siglo XV están colocadas

sobre la puerta de la casa de Meira... (no esta misma piedra, porque

según se ha ido enlazando con otras casas fué necesario mudarla y poner

en el escudo nuevos cuarteles, pero otra parecida). En el siglo pasado

quedó definitivamente fijada con la alianza de los Meiras y los

Mirandas... Son cinco cuarteles. El del centro es el de los Meiras: está

colocado en lo que se llama en heráldica _punto de honor_... Sus armas

son: azur y banda de plata, con dragones de oro; bordura de plata y ocho

arminios de sable... Tú dirás--añadió don Fernando con sonrisa

protectora--: ¿dónde están esos colores?... Es muy natural que lo

preguntes, no teniendo nociones de heráldica... Los colores en la piedra

se representan por medio de signos convencionales. El oro, míralo aquí

en este cuartel, se representa por medio de puntitos trazados con buril;

la plata, por un fondo liso y unido; el azur, por rayitas horizontales;

los gules, por rayas perpendiculares, etc., etc...; es muy largo de

explicar... Los Meiras se unieron primeramente a los Viedmas. Aquí está

su escudo en este primer cuartel de gules y una puente de plata de tres

arcos, por los cuales corre un caudaloso río; y una torre de oro

levantada en medio de la puente; bordadura de plata y ocho cruces llanas

de azur... Después se unieron a los Carrascos. Y aquí tienes a la

izquierda su cuartel, partido en dos partes iguales: la primera de plata

y un león rampante de sable; la segunda de oro y un árbol terrazado y

copado, con un pájaro puesto encima de la copa y un perro ladrante al

pie del tronco... Ni el pájaro ni el perro se notan bien, porque los ha

destruido la intemperie...; pero aquí están... Más tarde se unieron a

los Angulos: su cuartel es de plata y cinco cuervos de sable puestos en

sautor... Tampoco se notan bien los cuervos... Por último, se unieron a

los Mirandas, cuyo cuartel es de oro y un castillo de gules en abismo,

sumado de un guerrero armado con alabarda, naciente de las almenas,

acompañado de seis roeles de sinople y plata, puestos dos de cada lado y

uno en la punta... Todo el escudo, como ves, está coronado por un casco

de acero bruñido de cinco rejas.

Nada entendió el marinero del discurso del señor de Meira. Mirábale de

hito en hito con asombro. El mar balanceaba suavemente la barca.

--De la casa de Meira--siguió don Fernando con voz enfática--han salido

en todas las épocas hijos muy esclarecidos, hombres muy calificados...

Demasiado sabrás tú que en el siglo XV don Pedro de Meira fué comendador

de Villaplana, en la orden de Santiago, y que don Francisco fué jurado

en Sevilla y procurador en las Cortes de Toro. También sabrás que otro

hijo de la misma familia fué presidente del Consejo de Italia: se

llamaba don Rodrigo. Otro, llamado don Diego, fué oidor de la real

Audiencia de la ciudad de Méjico y después presidente de la de

Guadalajara. En el siglo pasado, don Alvaro de Meira fué regidor de

Oviedo y fundó en Sarrió una colegiata y un colegio de primeras letras y

latinidad; bien lo sabrás.

José no sabía absolutamente nada de todo aquella; pero asentía con la

cabeza para complacer al desgraciado caballero. Este quedó

repentinamente silencioso, y así estuvo buen rato, hasta que comenzó a

decir, bajando mucho la voz y con acento triste:

--Mi hermano mayor, Pepe, fué un perdido..., bien lo sabrás...

En efecto, era lo único que José sabía de la familia de Meira.

--Le arruinó una bailarina... Los pocos bienes que a mí me habían tocado

me los llevó amenazándome con casarse con ella si no se los cedía... Yo,

para salvar el honor de la casa, los cedí... ¿No te parece que hice

bien?

José asintió otra vez.

--Desde entonces, José, ¡cuánto he sufrido!..., ¡cuánto he sufrido!

El hidalgo se pasó la mano por la frente con abatimiento.

--La gran casa de Meira muere conmigo... Pero no morirá deshonrada,

José; ¡te lo juro!

Después de hacer este juramento, quedó de nuevo silencioso en actitud

melancólica. El mar seguía meciendo la lancha. La luna rielaba su pálida

luz en el agua.

Al cabo de un largo espacio, don Fernando salió de su meditación, y

volviendo sus ojos rasados de lágrimas hacia José, que le contemplaba

con tristeza, le dijo lanzando un suspiro:

--Vamos allí... Suspende por ese lado la piedra: yo tendré por éste...

Entre uno y otro lograron apoyarla sobre el carel. Después don Fernando

la dió un fuerte empujón. El escudo de la casa de Meira rompió el haz

del agua con estrépito y se hundió en sus senos obscuros. Las gotas

amargas que salpicó bañaron el rostro del anciano, confundiéndose con

las lágrimas no menos amargas que en aquel instante vertía.

Quedóse algunos instantes inmóvil, con el cuerpo doblado sobre el carel,

mirando al sitio por donde la piedra había desaparecido. Levantándose

después, dijo sordamente:

--Boga para tierra, José.

Y fué a sentarse de nuevo a la popa.

El marinero comenzó a mover los remos sin decir palabra. Aunque no

comprendía el dolor del hidalgo y andaba cerca de pensar, como los demás

vecinos, que no estaba sano de la cabeza, al verle llorar sentía

profunda lástima; no osaba turbar su triste enajenamiento. Mas el

propósito de devolverle el dinero no se apartaba de su cabeza. Veía

claramente que tal favor, en las circunstancias en que se hallaba don

Fernando, era una verdadera locura. Le bullía el deseo de acometer el

asunto, pero no sabía de qué manera comenzar. Tres o cuatro veces tuvo

la palabra en la punta de la lengua, y otras tantas la retiró por no

parecerle adecuada. Finalmente, viéndose ya cerca de tierra, no halló

traza mejor para salir del aprieto que sacar los diez mil reales del

bolsillo y presentárselos al caballero, diciendo algo avergonzado:

--Don Fernando..., usted, por lo que veo, no está muy sobrado de

dinero... Yo le agradezco mucho lo que quiere hacer por mí, pero no debo

tomar esos cuartos haciéndole falta...

Don Fernando, con ademán descompuesto y soltando chispas de indignación

por los ojos, le interrumpió gritando:

--¡Pendejo! ¡Zambombo! ¡Después que te hice el honor de confesarte mi

ruina, me insultas! Guarda ese dinero ahora mismo, o lo tiro al agua.

José comprendió que no había más remedio que guardarlo otra vez. Y así

lo hizo después de pedirle perdón por el supuesto insulto. Formó

intención, no obstante, de vigilar para que nada le faltara y

devolvérselo en la primera ocasión favorable.

Saltaron en tierra y se separaron como buenos amigos.

AGUAS FUERTES

LLOVIENDO

Cuando salí de casa recibí la desagradable sorpresa de ver que estaba

lloviendo. Había dejado al sol pavoneándose en el azul del cielo,

envolviendo a la ciudad en una esplendorosa caricia de padre... ¡Quién

había de sospechar!...

En un instante desgarraron mi alma muchedumbre de ideas extrañas; la

duda se alojó en mi espíritu atormentado. ¿Subiría por el paraguas? En

aquella sazón mi paraguas ocupaba una de las más altas posiciones de

Madrid: se encontraba en un piso tercero, con entresuelo y primero.

Arranquémosle la careta: era un piso quinto.

Las escaleras me fatigan casi tan o como los dramas históricos. A veces

prefiero escuchar una producción de Catalina o Sánchez de Castro, con

reyes visigodos y todo, a subir a un cuarto segundo. Me hallaba en una

de estas ocasiones. La verdad es que llovía sin gran aparato, pero de un

modo respetable. Los transeúntes pasaban ligeros por delante de mí, bien

guarecidos debajo de sus paraguas. Alguno que no lo llevaba, vino a

buscar techo a mi lado. Todavía aguardé unos instantes presa de

horrible incertidumbre. Dí algunos paseos en el portal y eché todos los

cálculos que un hombre serio tiene el deber de echar en tales ocasiones.

De un lado, del lado de la calle, la consiguiente mojadura; del lado de

la escalera, la fatiga consiguiente. Por otra parte, los amigos estarían

ya reunidos en el café despellejando a alguno, ¡tal vez a mí! Además, el

café, según los datos que me ha suministrado una persona muy versada en

estas cosas, debe tomarse _inmediatamente_ (cuidado con ello),

inmediatamente después de las comidas. Al fin adopté una resolución

violentísima. Me remangué los pantalones y salí a la calle.

¡Pues qué! Yo que he aguantado sin pestañear noches enteras todas las

leyendas de la Edad Media que el Sr. Velarde y otros ilustres mosquitos

líricos de su misma familia han dejado caer desde la tribuna del Ateneo,

¿flaquearía ahora ante unas miserables gotas de agua? No en mis días. Si

la faz no ha empalidecido, si el corazón no ha temblado ante ningún

poeta legendario, por cruel que se haya mostrado, las alteraciones

atmosféricas no prevalecerán contra mi heroísmo.

En esta admirable disposición de espíritu atravesé casi toda la calle

del Arenal. Sin embargo, no quiero ser hipócrita: declaro que fuí todo

el tiempo pegado a las casas, con lo cual evité que me cayese una

tercera parte de agua de la que por clasificación me correspondía. Antes

de llegar a la Puerta del Sol eché una mirada al cielo, mirada

escrutadora que me hizo ver sombra arriba y sombra abajo. Esta mirada

dió por resultado además el que tropezase con un guardia municipal, que

me preguntó con severidad dónde tenía los ojos. Yo, lleno de respeto y

sumisión hacia el poder ejecutivo, le contesté, procurando ablandar su

corazón con una sonrisa--: Donde usted guste--. La verdad es que estuve

demasiado humilde, casi rastrero, porque el guardia no llevaba la acera,

¡pero la idea de la Prevención ejerce tal ascendiente sobre mí!... Me

contenté con volverme y echarle una mirada terrible, que cayó sobre su

capote de hule y resbaló por encima como el agua resbalaba en aquel

instante.

Las nubes no cejaban. La lluvia, en vez de ir disminuyendo gradualmente,

para satisfacer el ideal de todo el que, como yo, no llevase paraguas,

gradualmente iba aumentando. Al entrar en la Puerta del Sol, cruzaba muy

poca gente. Algunos carruajes, cuyos aurigas parecían envoltorios de

paño pardo; algunas mujeres remangando, con la coquetería que permitían

las circunstancias, sus blancas enaguas, y dejando ver esbozos de pies

fantásticos y perfiles de pantorrillas reales. Pero en aquel momento yo

me preocupaba más de mis pantorrillas que de las ajenas, como era,

después de todo, mi deber. El agua y el barro me salpicaban hasta las

narices; los canalones vomitaban en las aceras torrentes, que procuraba

salvar apelando a mis recuerdos gimnásticos.

Poco a poco, de un modo insidioso y solapado, tendiéndome sus redes en

silencio y asegurando sus pasos con cautela, fué penetrando en mi

corazón el temor del reumatismo. En el espacio que media entre la calle

del Arenal y la del Carmen, casi se enseñoreó de él por completo.

Sombrías perspectivas de fiebres catarrales, dolores en las

articulaciones y fricciones de aguardiente alcanforado, se ofrecieron

ante mi vista. Y con la visión intensa y terrible del alucinado, me vi

metido en unos calzoncillos de bayeta amarilla.

Y temblé. Y eché una cobarde mirada en torno buscando un _simón_ vacío.

Los pocos que pasaban iban alquilados. Pero aún quedaban los portales.

¡Ah, los portales! Los portales me parecían un recurso de mala ley,

indigno de ser tomado en consideración por el momento. Para estar metido

en un portal viendo caer la lluvia, más valía haberse quedado en casa.

Además, los portales estaban llenos de canalla, vagos de profesión,

aventureros de la calle, gente sin hogar y sin paraguas. ¡Quién va a

exponerse a que le roben el reloj o le secuestren!

Esto lo pensaba al cruzar por la calle del Carmen. Pues bien, al cruzar

por delante de la de la Montera, ya pensaba otra cosa. Y es que las

ideas del hombre se van modificando insensiblemente al través de la

existencia. Las convicciones más profundas se desarraigan de nuestro

espíritu cuando menos lo esperamos, la antigua fe deja paso a la nueva,

y el entusiasmo se enfría y se calienta incesantemente durante nuestra

peregrinación por la tierra. Cogidos de la mano, con fuego en el

corazón, alta la frente y la pupila clavada en lo porvenir, hemos

partido muchos para recorrer los campos de la política. A los pocos

pasos, ya se ha desprendido uno, a quien el temor o la utilidad han

solicitado, más allá otro, más allá otro: al poco tiempo la caravana se

ha disuelto, y cada cual corre a refugiarse donde más le conviene. Esta

es la vida. Una verdad innegable he sacado, no obstante, de su

experiencia, y es que cuando llueve, todo el mundo se cobija.

Yo también claudiqué en aquella ocasión refugiándome en un portal,

aunque con circunstancias atenuantes, pues era el de una fotografía. Las

paredes estaban cubiertas de retratos: señoras bonitas, haciendo

resaltar sus gracias con actitudes lánguidas, dirigiendo una sonrisa

insinuante a todos los _timadores_ y fosforeros que se paraban a

contemplarlas; varones con los ojos extáticos, en muda y eterna

admiración de algo que nadie sabe. Algunos caballeros estaban

disfrazados. Había uno vestido de fraile haciendo oración entre las

malezas de una sierra, con su calavera y todo al lado. Me dijeron que

era un muchacho de la nobleza que había renunciado al mundo por

desengaños de amor. Bien se le conocía al pobre, a pesar de su

vestimenta eremítica, que había tirado muchos tiros al pichón. Había

otro con traje de doctor, con las cejas fruncidas y la frente arrugada

como si tuviese agobiados los sesos bajo la pesadumbre de tanta

jurisprudencia. Tenía un birrete en la mano y otro sobre la mesa, quizás

para el caso de que se inutilizase el primero.

Seguía cayendo agua copiosamente. El cielo mostraba la faz severa,

aunque tornadiza; algunas nubes grandes y oscuras rodaban sobre los

edificios de la Puerta del Sol, desahogándose un poco de su peso;

cruzaban con harta prisa para no presumir que pronto vendría un claro

que permitiera escaparse. Los poquísimos carruajes que pasaban vacíos

eran asaltados rabiosamente por los proscriptos de los portales,

quedándose con ellos, como sucede en todo lo demás, los más osados.

Al fin, en cierto paraje del espacio se divisó un agujerito azul. Por

aquel agujerito pasó tembloroso, y como avergonzado, un rayo de sol

empapado todavía en agua, que fué a chocar en los cristales de los

balcones más altos del hotel de la Paz. Al poco rato se divisó otro,

algo más allá, y ambos se comunicaron pronto por medio de una extensa

raya, azul también. Pero la lluvia no cesaba. Delante de nosotros empezó

a funcionar una manga de riego. ¿Por qué salen a relucir las mangas de

riego cuando llueve? No pretendamos averiguarlo. Hay más misterios en el

cielo y en el Municipio de los que puede soñar la filosofía.

El sol hizo surgir los colores del iris en el chorro de agua que caía

como un espléndido penacho sobre la calle. El empleado municipal lo

sacudía sin curarse de su belleza, haciéndole servir a los fines de la

policía urbana; mas el chorro salía altivo y alegre de la manga y se

esparcía en el aire, cayendo en lluvia de plata unas veces, otras en

lluvia de cristal y otras de fuego. El rumor que producía al azotar el

pavimento era dulce y gozoso. Yo y un perro de Terranova (me coloco el

primero para no dar armas a los frenópatas del Ateneo) fuimos los únicos

que supimos apreciar su hermosura. El perro, más exaltado o con menos

miedo al ridículo, se lanzó a la calle expresando su entusiasmo por

medio de ladridos y saltos prodigiosos, ahora parándose bajo el chorro y

dejándose bañar, ahora brincando sobre él, ahora dando un millón de

volteretas y haciendo cómicas contorsiones, sin cesar nunca de exhalar

el frenesí de su entusiasmo en ladridos más o menos correctos e

inspirados, que de esto no entiendo. Me parece, no obstante, que había

más sinceridad en ellos que en el soneto del Sr. Grilo a las cataratas

del río Piedra, aunque, por supuesto, mucha menos fantasía.

La lluvia no cesaba. Con todo, se fué debilitando de tal modo, que ni

para la salud ni para el sombrero había gran peligro en salir y llegar a

Fornos. Así quise realizarlo, y desde luego me fuí pegadito a los

edificios, observando cómo rápidamente el cielo se despejaba y la lluvia

se enrarecía. Todavía continuaba mucha gente en los portales. Al llegar

al del Ministerio de Hacienda, un brazo de mujer se interpuso en mi

camino, y una manecita blanca y hermosa trató de averiguar si aún

llovía. Era una mano fina, correcta, aristocrática, con graciosas y

leves rayas azules; además, aún no estaba ajada, a juzgar por su color

sonrosado y por la frescura e inocencia que se adivinaba en sus

movimientos resueltos; la muñeca estaba aprisionada por un sencillo

brazalete de oro; en los dedos brillaban algunas sortijas. Ahora bien,

¿qué hubieran hecho ustedes si se les colocase delante del rostro, a dos

dedos de la boca, una mano semejante? Besarla, estoy seguro. Pues eso es

cabalmente lo que yo hice: besarla y escaparme riendo sin echar siquiera

una mirada a su dueño. Detrás de mí oí gran algazara y muchas carcajadas

femeninas, por lo cual comprendí que se me perdonaba de buen grado la

audacia. Llegué al café sano y salvo y de un humor excelente. Pero

estuve un poco inquieto toda la tarde. ¡Los nervios, sin duda, los

nervios!

POLIFEMO

El coronel Toledano, por mal nombre Polifemo, era un hombre feroz, que

gastaba levita larga, pantalón de cuadros y sombrero de copa de alas

anchurosas, reviradas. Estatura gigantesca, paso rígido, imponente,

enormes bigotes blancos, voz de trueno y corazón de bronce. Pero aún más

que esto, infundía pavor y grima la mirada torva, sedienta de sangre, de

su ojo único. El coronel era tuerto. En la guerra de Africa había dado

muerte a muchísimos moros, y se había gozado en arrancarles las entrañas

aún palpitantes. Esto creíamos al menos ciegamente todos los chicos que

al salir de la escuela íbamos a jugar al parque de San Francisco, en la

muy noble y heroica ciudad de Oviedo.

Por allí paseaba también metódicamente, los días claros, de doce a dos

de la tarde, el implacable guerrero. Desde muy lejos columbrábamos entre

los árboles su arrogante figura, que infundía espanto en nuestros

infantiles corazones; y cuando no, escuchábamos su voz fragorosa,

resonando entre el follaje como un torrente que se despeña.

El coronel era sordo también, y no podía hablar sino a gritos.

--Voy a comunicarle a usted un secreto--decía a cualquiera que le

acompañase en el paseo--. Mi sobrina Jacinta no quiere casarse con el

chico de Navarrete.

Y de este secreto se enteraban cuantos se hallasen a doscientos pasos en

redondo.

Paseaba generalmente solo; pero cuando algún amigo se acercaba,

hallábale propicio. Quizá aceptase de buen grado la compañía por tener

ocasión de abrir el odre donde guardaba aprisionada su voz potente. Lo

cierto es que cuando tenía interlocutor, el parque de San Francisco se

estremecía. No era ya un paseo público; entraba en los dominios

exclusivos del coronel. El gorjeo de los pájaros, el susurro del viento

y el dulce murmurar de las fuentes, todo callaba. No se oía más que el

grito imperativo, autoritario, severo del guerrero de Africa. De tal

modo, que el clérigo que le acompañaba (a tal hora, sólo algunos

clérigos acostumbraban a pasear por el parque), parecía estar allí

únicamente para abrir, ahora uno, después otro, todos los registros que

la voz del coronel poseía. ¡Cuántas veces, oyendo aquellos gritos

terribles, fragorosos, viendo su ademán airado y su ojo encendido,

pensamos que iba a arrojarse sobre el desgraciado sacerdote que había

tenido la imprevisión de acercarse a él!

Este hombre pavoroso tenía un sobrino de ocho o diez años, como

nosotros. ¡Desdichado! No podíamos verle en el paseo sin sentir hacia

él compasión infinita. Andando el tiempo he visto a un domador de fieras

introducir un cordero en la jaula del león. Tal impresión me produjo,

como la de Gasparito Toledano paseando con su tío. No entendíamos cómo

aquel infeliz muchacho podía conservar el apetito y desempeñar

regularmente sus funciones vitales, cómo no enfermaba del corazón o

moría consumido por una fiebre lenta. Si transcurrían algunos días sin

que apareciese por el parque, la misma duda agitaba nuestros corazones.

"¿Se lo habrá merendado ya?". Y cuando al cabo le hallábamos sano y

salvo en cualquier sitio, experimentábamos a la par sorpresa y consuelo.

Pero estábamos seguros de que un día u otro concluiría por ser víctima

de algún capricho sanguinario de Polifemo.

Lo raro del caso era que Gasparito no ofrecía en su rostro vivaracho

aquellos signos de terror y abatimiento que debían de ser los únicos en

él impresos. Al contrario, brillaba constantemente en sus ojos una

alegría cordial que nos dejaba estupefactos. Cuando iba con su tío

marchaba con la mayor soltura, sonriente, feliz, brincando unas veces,

otras compasadamente, llegando su audacia o su inocencia hasta a

hacernos muecas a espaldas de él. Nos causaba el mismo efecto angustioso

que si le viésemos bailar sobre la flecha de la torre de la catedral.

"¡Gaspaar!" El aire vibraba y transmitía aquel bramido a los confines

del paseo. A nadie de los que allí estábamos nos quedaba el color

entero. Sólo Gasparito atendía como si le llamara una sirena. "¿Qué

quiere usted, tío?" y venía hacia él ejecutando algún paso complicado de

baile.

Además de este sobrino, el monstruo era poseedor de un perro que debía

vivir en la misma infelicidad, aunque tampoco lo parecía. Era un hermoso

danés, de color azulado, grande, suelto, vigoroso, que respondía por el

nombre de Muley, en recuerdo sin duda de algún moro infeliz sacrificado

por su amo. El Muley, como Gasparito, vivía en poder de Polifemo lo

mismo que en el regazo de una odalisca. Gracioso, juguetón, campechano,

incapaz de falsía, era, sin ofender a nadie, el perro menos espantadizo

y más tratable de cuantos he conocido en mi vida.

Con estas partes no es milagro que todos los chicos estuviésemos

prendados de él. Siempre que era posible hacerlo, sin peligro de que el

coronel lo advirtiese, nos disputábamos el honor de regalarle con pan,

bizcocho, queso y otras golosinas que nuestras mamás nos daban para

merendar. El nos ofrecía muestras inequívocas de simpatía y

reconocimiento. Mas a fin de que se vea hasta qué punto eran nobles y

desinteresados los sentimientos de este memorable can, y para que sirva

de ejemplo perdurable a perros y hombres, diré que no mostraba más

afecto a quien más le regalaba. Solía jugar con nosotros algunas veces

(en provincias y en aquel tiempo entre los niños no existían clases

sociales) un pobrecito hospiciano, llamado Andrés, que nada podía darle,

porque nada tenía. Pues bien, las preferencias de Muley estaban por él.

Los rabotazos más vivos, las carocas más subidas y vehementes a él se

consagraban, en menoscabo de los demás. ¡Qué ejemplo para cualquier

diputado de la mayoría!

¿Adivinaba el Muley que aquel niño desvalido, siempre silencioso y

triste, necesitaba más de su cariño que nosotros? Lo ignoro; pero así

parecía.

Por su parte, Andresito había llegado a concebir una verdadera pasión

por este animal. Cuando nos hallábamos jugando en lo más alto del parque

al marro o a las chapas, y se presentaba por allí de improviso el Muley,

ya se sabía, llamaba aparte a Andresito, y se entretenía con él largo

rato, como si tuviese que comunicarle algún secreto. La silueta colosal

de Polifemo se columbraba allá entre los árboles.

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