Cuando Ricardo separó sus labios de los de la niña, lo primero que hizo

fué pasear una mirada inquieta por los contornos de la peña. Estaban ya

cercados por el agua. Levantóse bruscamente y sin decir nada cogió a

Marta entre sus brazos con la misma facilidad que si fuese una

cervatilla, y dando un prodigioso salto cayó de bruces sobre la peña

vecina, lastimándose un poco en una mano. Marta quedó ilesa y contempló

la herida del joven: después, sacando su fino pañuelo de batista, lo ató

silenciosamente sobre ella y echó a andar con paso rápido. Ricardo la

siguió. Los dos marchaban callados. La distancia que los separaba se fué

haciendo cada vez mayor, porque Marta ya no andaba, corría. El joven

marqués sentía vago malestar y una turbación extraña que le impedían

apretar el paso. Estaba enojado consigo mismo. Cuando entraron en el

agujero del túnel que conducía al bosquecillo de pinos, perdió

enteramente de vista a su amiga y hasta dejó de escuchar el ruido de sus

botitas por el suelo. Al hallarse en medio de la cueva sumido en las

tinieblas, creyó oir muy confusamente el eco de un sollozo y sintió aún

más oprimido su corazón. Después de salir a la luz, empezó a encontrarse

mejor.

Cuando llegaron a la casa supieron que se habían expedido ya varios

criados a buscarlos, pues hacía rato que todo estaba dispuesto para el

regreso. La tarde avanzaba y no era muy del gusto de las señoras que las

sorprendiese la noche en el mar. Recibiéronlos, pues, con muestras de

satisfacción, y todo el mundo se apresuró a acomodarse nuevamente en las

falúas, que con el oleaje no estaban quietas un instante, como los

caballos enjaezados, esperando al jinete al pie de la cuadra.

Izáronse las velas y dando largas bordadas para aprovechar el viento,

hicieron rumbo hacia El Moral. Marta, al entrar en la lancha, había

perdido los vivos colores de las mejillas.

El sol se acercaba cada vez con más prisa al horizonte. Las señoras

veían con recelo crecer la sombra en el cielo como en el mar, dirigiendo

miradas inquietas a los marineros. Las frecuentes viradas que las

lanchas hacían les retrasaban extraordinariamente. Al cabo fué necesario

arriar las velas y caminar al remo en línea recta. Nada tenía esto de

particular, y es lo más usual cuando no se tiene el viento por la popa;

pero he aquí que a Rosarito, la amiga de la señorita de Mory, se le mete

en la cabeza de pronto que aquel cambio de motor náutico significa

peligro inminente de naufragio, el cual se le representa a la

imaginación con todos los horrores de que suele venir rodeado en las

novelas por entregas: la densidad espesa de la noche, las olas

elevándose como montañas a los cielos, los gritos de los náufragos

mezclándose a los rugidos de la mar, etc., etc. Y sin poder evitarlo

empieza a agarrarse con mano nerviosa a su amiga y a dejar salir de su

boca exclamaciones de angustia y terror.

--¡Ay, Dios mío, vamos a perecer, vamos a parecer!

--No pasa nada; tranquilízate, Rosario.

--¡Sí, sí, vamos a perecer... nos vamos a ahogar!... ¡Dios mío, qué

muerte tan horrible!... ¡Por qué habré venido yo a la Isla!... ¡Qué dirá

mi papá cuando sepa que no tiene hija!... ¡Papá, papá del alma!...

¡Pero, niña, si no ocurre absolutamente nada!

--¡No me digas eso, por Dios! ¿no estoy viendo que han bajado las velas?

¡Ay, qué muerte, qué muerte tan espantosa!... ¡Morir sin confesión!...

¡Morir separada de mi papá!... ¡Y luego quedar sepultada aquí en este

fondo tan negro... y ser comida por los peces... y por los cangrejos!...

¡Es horrible!...

Los esfuerzos de la señorita de Mory para calmar a su amiga eran

inútiles. No contribuían poco a asustarla las voces de los marineros,

que para alentarse y vencer la resistencia de las olas a cada golpe de

remo gritaban a un tiempo: ¡Aaaguanta!... ¡aaaguanta!... Cada vez que

sonaba esta palabra en el aire con ritmo brutal, Rosario exhalaba un

grito de angustia; tanto que la vivaracha señorita de Mory, temiendo que

se pusiera mala, dijo a los marineros:

--Señores, hagan ustedes el favor de no decir aguanta, porque esta

señorita se asusta mucho.

Pero Rosario, toda azorada y hecha un mar de lágrimas, exclamó

inmediatamente:

--¡No, no; que digan _aguanta_, que digan _aguanta_!... Si no, vamos a

perecer más pronto...

Poco a poco, no obstante, y viendo que la tremenda catástrofe no

llegaba, se fueron calmando sus nervios, y no tardó en reirse, como

niña aturdida que era, de sus ridículos temores.

En la falúa de Elorza se hablaba poco: D. Mariano y D. Máximo llevaban

demasiado Medoc en el cuerpo para hallarse en estado de sostener una

conversación animada. La señorita de Delgado, secundada por sus

hermanas, admiraba con vivos transportes de entusiasmo, abriendo y

cerrando mucho los ojos, la puesta del sol. El marqués de Peñalta había

cerrado los suyos y parecía dormido con la mano en la mejilla. Algunas

parejas cuchicheaban.

¿Qué pensaba Marta en aquel instante, con la mirada clavada en el mar,

grave, inmóvil y pálida como una estatua? ¿Qué negros fantasmas surgían

ante ella de lo profundo de las aguas para trazar en su cándida frente

las profundas arrugas de que estaba surcada? ¿Qué funestos secretos le

soplaba la brisa en el oído?

¡Oh! ¡Más fácil es descifrar el misterio de los rumores del Océano y los

secretos de la brisa, que los vagos pensamientos que oculta la frente de

una niña!

El mar quería entregarse otra vez al sueño. Las crestas de sus olas ya

no blanqueaban a lo lejos con su corona de espumas. El horizonte

replegaba su línea indecisa que se borraba en la sombra de la tarde. Las

serenas y abultadas ondas bajaban y subían, semejando la respiración

perezosa y dormida de un seno gigantesco. Una por una, con amable

sosiego y confianza, las iban dejando atrás las falúas, avecinándose al

puerto. La costa festoneaba con línea negra y ondulante la gran llanura

resplandeciente. Allá a lo lejos, en lo interior, columbrábanse las

cimas de las montañas, bañadas de un transparente vapor violáceo.

El pensamiento de Marta rompió la tupida nube que lo encerraba en un

piélago de confusiones y vaguedades, y en su alma asomaron de golpe un

sinnúmero de recuerdos dulces e inefables como otros tantos puntos

luminosos de que estaba sembrado el cielo sereno de su vida. Entretúvose

largo rato a contarlos recreándose en cada uno de ellos. ¡Qué vivos y

qué hermosos ardían en su memoria! ¡Qué luz tan suave derramaban sobre

los monótonos y laboriosos días de su existencia! Estaban rodeados de

silencio y misterio; nadie los había gustado, nadie los conocía siquiera

más que ella; la misma mano que había dejado caer en su corazón el

bálsamo de la felicidad ignoraba en absoluto su bienhechora influencia.

Este pensamiento la llenaba de íntimo gozo que hacía asomar a sus labios

descoloridos una sonrisa. Uno tras otro, no obstante, y sin saber por

qué, aquellos puntos luminosos se fueron apagando, se fueron borrando y

perdiendo en los abismos profundos y negros de una idea. Su imaginación

empezó a dar vueltas como un pájaro aturdido dentro de esta idea triste

y desesperada donde no penetraba el más delgado rayo de luz. ¿Para qué

estaba ella en el mundo? La felicidad que había venido a buscar estaba

ya recogida y no le quedaba otro recurso que contemplarla sin rencor y

sin envidia, porque la envidia en este caso constituía enorme pecado.

¿Y estaba segura de no caer en él a cada instante o, lo que es peor,

estaba segura de no llevar la mano a aquella felicidad? La escondida

playa de la isla le vino de pronto a la memoria con su arena de oro y

sus olas espumosas derramándose sobre ella. Un gran remordimiento, un

remordimiento vivo y cruel empezó a entrar en su inocente corazón como

la hoja fina de un puñal, produciéndole tal dolor que dejó escapar un

grito ahogado que nadie escuchó más que ella misma. La confusión y el

vértigo se apoderaron de su cabeza que ardía como un volcán. Se llevó la

mano a la frente y estaba fría como si fuese de mármol. Esto la

sorprendió de un modo extraordinario, ¡Tanto calor dentro y tanto frío

fuera!

El Océano se mostraba en aquel instante lleno de paz y dulzura. El sol

iba a sumergir muy pronto su abrasado disco en el cristal de las aguas,

iluminando algunos parajes de la llanura con dorada y fantástica

claridad y dejando otros en la sombra. Los rumores eran más graves y

profundos, de una melancolía infinita. Aquella masa inconmensurable de

agua perdía lentamente su color azul, tomando otro verde muy opaco

sembrado aquí y allá de fugaces reflejos. El sosiego melancólico con que

el mar se despedía de la luz causó en Marta impresión profunda. Con la

cabeza inclinada sobre el agua y los ojos extáticos contemplaba los más

leves matices que la luz iba despertando en ella y atendía a todos los

rumores que sonaban en lo profundo.

El sol se sumergió enteramente. El Océano dejó escapar un sollozo

inmenso, colosal. En este sollozo había tal enternecimiento que Marta

creyó sentir vibrar el ambiente con movimiento de simpatía y admiración.

Nunca había visto al mar tan grande y tan sublime, tan fuerte y

bondadoso a un tiempo mismo. Aquel silencio augusto, aquel reposo

momentáneo del gran atleta la conmovían hasta lo íntimo, infundían en su

espíritu alborotado un ansia ardiente de paz. ¿Quién le había dicho que

el mar era terrible? ¿Qué corazón pequeño le había hablado de sus

crueles traiciones? ¡Ah, no! El mar era noble y generoso como lo son los

fuertes siempre, y sus cóleras, aunque temibles, eran pasajeras. En su

fondo tranquilo vivían felices las perlas y los corales, las blancas

sirenas, los peces azules.

La falúa, al oprimir su húmeda espalda, formaba entre proa y popa un

lecho ancho y cómodo con bordes de espuma, un lecho que convidaba a

dormir eternamente con el rostro vuelto al cielo, mirando resbalar por

el seno transparente del agua el fulgor de las estrellas...

--¡Jesús!... ¿Qué ha sido eso?

--¿Quién se ha caído al agua?

--¡Hija mía de mi alma! ¡Marta!... ¡Marta!... ¡Dejadme... dejadme salvar

a mi hija!

--Ya está salvada, D. Mariano; no hay necesidad de que usted se arroje

al agua.

--¡Cía! ¡cía firme!--dijo la bronca voz del patrón.--Echa esa beta al

agua, Manuel... No asustarse, señores, que no es nada... ¡Ciar más!...

Basta... Agárrense ustedes a la beta... Ya no hay cuidado.

La confusión fué muy grande en el primer instante. Ricardo y uno de los

marineros se habían echado al agua y nadaban vigorosamente para salvar

la corta distancia que la falúa había recorrido antes de que se diera el

grito de alarma. Ricardo, que iba delante, se sumergió, y a los pocos

segundos tornó a aparecer con la niña entre los brazos. La falúa ya

estaba cerca de ellos, y pudo coger la beta que le echaban, y en seguida

el carel de la lancha, viéndose suspendido por una porción de brazos que

los metieron dentro. D. Mariano, en los pocos momentos que esto duró,

forcejeaba con D. Máximo y otras personas, pugnando por arrojarse al

agua. Cuando vió a su hija en la embarcación faltó poco para que la

ahogase contra su pecho.

Martita se había desmayado. Varias señoras se apresuraron a desatarle el

corsé y a sacudirla fuertemente para que soltase el agua que había

tragado. Después la extendieron en uno de los asientos de popa, y

Ricardo, tomando un frasco de éter que D. Máximo había traído, se lo

aplicó a la nariz. No tardó en abrir los ojos, y al ver el demudado

semblante del joven inclinado sobre ella sonrió dulcemente, y le dijo de

modo que nadie lo oyó más que él:

--Gracias, señor marqués... ¡No se estaba tan mal allá abajo!

Así que llegaron a El Moral se enjugaron en casa de unos amigos, que

allí estaban tomando baños, y se echaron encima la primer ropa que les

dieron. Después emprendieron de nuevo la marcha y tocaron en el muelle

con una hora de noche, cuando ya las respectivas familias empezaban a

inquietarse por su tardanza.

JOSÉ

El pueblecito costero que sirve de escenario a esta novela fué para mí

un paraíso en los años juveniles. Allí gocé como en ninguna otra parte

de los encantos de la mar que era mi pasión en aquella época. Nunca me

sentí más feliz que entonces. Aquellos bravos y sencillos pescadores me

acogieron con tanta cordialidad que despertaron en mí el deseo de

compartir su vida y sus trabajos.

Durante un verano no fuí más que un pescador. Me levantaba del lecho

antes de la aurora como ellos, me vestía con la clásica blusa y la boina

y me lanzaba a la mar en uno de sus barquichuelos cuyos nombres y

propiedades conocía como si fuesen seres vivientes.

Horas de dicha aquéllas que viví surcando la mar con los aparejos

tendidos para anzolar el bonito y la caballa o soltando la red para

aprisionar la sardina. Cuando el viento encalmaba nos recostábamos sobre

los bancos y yo escuchaba con deleite su inocente plática. Allí conocí a

José, a Gaspar, a Bernardo: todos fueron mis amigos y nunca los he

tenido después en la vida más afectuosos. Al apretarme la mano cuando me

separé de ellos vi sus ojos entristecidos. Uno me dijo: "¡Qué lástima,

D. Armando, hubiera usted sido un buen marinero!"

Tenía razón. Yo hubiera sido un buen marinero y también un buen aldeano.

Todo menos un buen diplomático.

Al publicarse esta novela no sé quién la hizo llegar a sus manos.

Viéndose retratados se sintieron contentos y orgullosos. Llevaban mi

libro a la mar y allí tendidos sobre los paneles en las horas de calma

uno leía en voz alta y los otros escuchaban.

Y después venían los interminables comentarios. Todo lo querían

descifrar:--"Este es Fulano, esta doña Zutana.--Yo fuí quien puse la

piedra en el anzuelo para engañarte.--A ti fué a quien tiró el golpe de

mar cuando fuíste a desarbolar del medio..."

Muchos años han transcurrido desde entonces. En medio de las miserias y

resquemores de la vida cortesana mi pensamiento ha volado más de cien

veces hacia aquellos nobles y valerosos amigos y he comprendido por qué

nuestro buen Jesús ha buscado sus discípulos más amados entre humildes

pescadores.

LA DESESPERACIÓN DE UN HIDALGO

Don Fernando, segundón de la casa de Meira, nunca fué rico.

Ultimamente había llegado a la indigencia. Sus ínfulas

aristocráticas no por eso disminuían. Cuanto más pobre más

orgulloso se hallaba de su prosapia. Era una manía, casi una

locura. En el pueblecillo de Rodillero se le miraba por los

pescadores con una mezcla de respeto, de compasión y de burla. Uno

de estos pescadores, José, tenía relaciones amorosas con Elisa hija

de la señá Isabel, fabricante de escabeche. José era pobre. La señá

Isabel se oponía furiosamente a estos amores. Don Fernando, con

orgullo quijotesco, los protegía. Acosado por el hambre, el

desgraciado hidalgo se había visto precisado a vender lo último que

le quedaba, su viejo y desmantelado palaciote. Con generosidad

caballeresca ofreció una parte de la exigua cantidad que por él le

habían dado a José para que comprando una lancha pudiera casarse.

Pocos días después, don Fernando de Meira se personó en casa de José,

muy temprano, cuando éste aún no había salido a la mar.

--José, necesito hablar contigo a solas. Ven a dar una vuelta conmigo.

El marinero pensó que llegaba en demanda de socorro, aunque hasta

entonces jamás se lo había pedido directamente. Cuando el hambre más le

apuraba, solía llegarse a él, diciendo:

--José, a Sinforosa se le ha concluído el pan, y no quisiera tomárselo

a la otra panadera... Si me hicieses el favor de prestarme una hogaza...

Mas para que a esto llegase, era necesario que el caballero estuviese

muy apurado. De otra suerte, ni directa ni indirectamente se humillaba a

pedir nada. No obstante, José lo pensó así, porque no era fácil pensar

otra cosa. Y tomando el puñado de cuartos que tenía y metiéndolos en el

bolsillo, se echó a la calle en compañía del anciano.

Guióle don Fernando fuera del pueblo. Cuando estuvieron a alguna

distancia, cerca ya de la gran playa de arena, rompió el silencio

diciendo:

--Vamos a ver, José, tú debes de andar algo apuradico de dinero,

¿verdad?

José pensó que se confirmaba lo que había imaginado; pero le sorprendió

un poco el tono de protección con que el hidalgo le hacía aquella

pregunta.

--Ps..., así, así, don Fernando. No estoy muy sobrado...; pero, en fin,

mientras uno es joven y puede trabajar, no suele faltar un pedazo de

pan.

--Un pedazo de pan es poco... No sólo de pan vive el hombre--manifestó

el señor de Meira sentenciosamente. Y después de caminar algunos

instantes en silencio, se detuvo repentinamente, y encarándose con el

marinero le preguntó:

--Tú te casarías de buena gana con Elisa, ¿verdad?

José quedó sorprendido y confuso.

--¿Yo?... Con Elisa no tengo nada ya... Todo el mundo lo sabe...

--Pues sabe una gran mentira, porque estás en amores con Elisa; me

consta--afirmó el caballero resueltamente.

José le miró asustado, y empezaba a balbucir ya otra negación cuando don

Fernando le atajó diciendo:

--No te molestes en negarlo, y dime con franqueza si te casarías

gustoso.

--¡Ya lo creo!--murmuró entonces el marinero bajando la cabeza.

--Pues te casarás--dijo el señor de Meira ahuecando la voz todo lo

posible y extendiendo las manos hacia adelante.

José levantó la cabeza vivamente y le miró, pensando que se había vuelto

loco. Después, bajándola de nuevo, dijo:

--Eso es imposible, don Fernando... No pensemos en ello.

--Para la casa de Meira no hay nada imposible--respondió el caballero

con mucha mayor solemnidad.

José sacudió la cabeza, atreviéndose a dudar del poderío de aquella

ilustre casa.

--Nada hay imposible--volvió a decir don Fernando lanzándole una mirada

altiva, propia de un guerrero de la reconquista.

José sonrió con disimulo.

--Atiende un poco--siguió el caballero.--En el siglo pasado, un abuelo

mío, don Alvaro de Meira, era corregidor de Oviedo. Había allí una casa

perteneciente al clero que estorbaba mucho en la vía pública, y el

corregidor se propuso echarla abajo. Tropezó en seguida con la oposición

del obispo y cabildo catedral, los cuales le manifestaron que de ningún

modo lo intentase, so pena de excomunión. Pero el corregidor, sin hacer

caso de amenazas, cierto día manda a ella una cuadrilla de albañiles y

comienzan a derribarla. Dan parte del hecho al obispo, alborótase su

ilustrísima, convoca al cabildo y deciden ir revestidos a excomulgar a

todo el que se atreva a tocar en ella. Mi bisabuelo lo supo, y ¿qué hace

entonces? Va y manda a allá al verdugo a leer un pregón en que se impone

la pena de cien azotes a todo albañil que se baje del tejado... ¡Ni uno

solo se bajó, muchacho!... Y la casa vino al suelo.

Don Fernando, con un movimiento enérgico de la mano, derribó de golpe el

edificio clerical. José pareció enteramente insensible a esta proeza de

los Meiras. Seguía cabizbajo y triste, considerando tal vez que era

lástima que tal poder de infligir azotes no quedase anejo a todos los

señores de Meira, en cuyo caso no sería imposible que pidiese unos

cuantos para la seña Isabel.

--Cuando a un Meira se le mete algo entre ceja y ceja--siguió el

hidalgo,--¡hay que temblar!... Toma--añadió sacando del bolsillo un

paquetito y ofreciéndoselo.--Ahí tienes, diez mil reales. Cómprate una

lancha, y deja lo demás de mi cuenta.

El marinero quedó pasmado, y no se atrevió a alargar la mano pensando

que aquello era una locura del señor de Meira, a quien ya muchos no

suponían en su cabal juicio.

--Toma, te digo. Cómprate una lancha... y a trabajar.

José tomó el paquete, lo desenvolvió y quedó aún más absorto al ver que

eran monedas de oro. Don Fernando, sonriendo orgullosamente, continuó:

--Vamos a otra cosa ahora. Dime: ¿cuántos años tiene Elisa?

--Veinte.

--¿Los ha cumplido ya?

--No señor; me parece que los cumple el mes que viene.

--Perfectamente. El mes que viene te diré lo que has de hacer. Mientras

tanto, procura que nadie se entere de tus amores... Mucho sigilo y mucha

prudencia.

Don Fernando hablaba con tal autoridad y arqueaba las cejas tan

extremadamente, que a pesar de su figurilla menuda y torcida, consiguió

infundir respeto al marinero. Casi llegó a creer en el misterioso poder

de la casa de Meira.

--A otra cosa... ¿Tú puedes disponer de la lancha esta noche?

--¿Qué lancha?, ¿la de mi patrón?

--Sí.

--¿Para ir adónde?

--Para dar un paseo.

--Si no es más que para eso...

--Pues a las doce de la noche pásate por mi casa dispuesto a salir a la

mar. Necesito de tu ayuda para una cosa que ya sabrás.... Ahora

vuélvete a casa y comienza a gestionar la compra de la lancha. Vé a

Sarrió por ella, o constrúyela aquí; como mejor te parezca.

Confuso y en grado sumo perplejo se apartó nuestro pescador del señor de

Meira. Todo se volvía cavilar mientras caminaba la vuelta de su casa de

qué modo habría llegado aquel dinero a manos del arruinado hidalgo. Se

propuso no hacer uso de él en tanto que no lo averiguase.

Los enigmas, particularmente los enigmas de dinero, duran en las aldeas

cortísimo tiempo. No se pasaron dos horas sin que supiese que don

Fernando había vendido su casa el día anterior a don Anacleto, el cual

la quería para hacer de ella una fábrica de escabeche, no para otra

cosa, pues en realidad estaba inhabitable. El señor de Meira la tenía

hipotecada ya hacía algún tiempo a un comerciante de Peñascosa en nueve

mil reales. Don Anacleto pagó esta cantidad y le dió además otros

catorce mil. En vista de esto, José se determinó a devolver los cuartos

al generoso caballero tan pronto como le viese. Le pareció indecoroso

aceptar, aunque fuese en calidad de préstamo, un dinero de que tan

necesitado estaba su dueño.

Todavía le seguía preocupando, no obstante, aquella misteriosa cita de

la noche, y aguardaba con impaciencia la hora para ver lo que era. Un

poco antes de dar las doce por el reloj de las Consistoriales enderezó

los pasos hacia el palacio de Meira. Llamó con un golpe a la carcomida

puerta, y no tardó mucho el propio don Fernando en abrirle.

--Puntual eres, José. ¿Tienes la lancha a flote?

--Debe de estar, sí señor.

--Pues bien; ven aquí y ayúdame a llevar a ella esto.

Don Fernando le señaló a la luz de un candil un bulto que descansaba en

el zaguán de la casa, envuelto en un pedazo de lona y amarrado con

cordeles.

--Es muy pesado, te lo advierto.

Efectivamente, al tratar de moverlo se vió que era casi imposible

llevarlo al hombro. José pensó que era una caja de hierro.

--En hombros no podemos llevarlo, don Fernando. ¿No será mejor que lo

arrastremos poco a poco hasta la ribera?

--Como a ti te parezca.

Arrastráronlo, en efecto, fuera de la casa. Apagó don Fernando el

candil, cerró la puerta, y dándole vueltas, no con poco trabajo, lo

llevaron lentamente hasta colocarlo cerca de la lancha. El señor de

Meira iba taciturno y melancólico, sin despegar los labios. José le

seguía el humor; pero sentía al propio tiempo bastante curiosidad por

averiguar lo que aquella pesadísima caja contenía.

Fué necesario colocar dos mástiles desde el suelo a la lancha, y gracias

a ellos hicieron rodar la caja hasta meterla a bordo. Entraron después,

y con el mayor silencio posible se fueron apartando de las otras

embarcaciones.

La noche era de luna, clara y hermosa. El mar, tranquilo y dormido como

un lago. El ambiente, tibio como en estío. José empuñó dos remos, contra

la voluntad del hidalgo, que pretendía tomar uno, y apoyándolos

suavemente en el agua, se alejó de la tierra.

El señor de Meira iba sentado a popa, tan silencioso y taciturno como

había salido de casa. José, tirando acompasadamente de los remos, le

observaba con interés. Cuando estuvieron a unas dos millas de Rodillero,

después de doblar la punta del Cuerno, don Fernando se puso en pie.

--Basta, José.

El marinero soltó los remos.

--Ayúdame a echar este bulto al agua.

José acudió a ayudarle; pero deseoso, cada vez más de descubrir aquel

extraño misterio, se atrevió a preguntar sonriendo:

--¿Supongo que no será dinero lo que usted eche al agua, don Fernando?

Este, que se hallaba en cuclillas preparándose a levantar el bulto,

suspendió de pronto la operación, se puso en pie y dijo:

--No; no es dinero... Es algo que vale más que el dinero... Me olvidaba

de que tú tienes derecho a saber lo que es, puesto que me has hecho el

favor de acompañarme.

--No se lo decía por eso, don Fernando. A mí no me importa nada lo que

hay ahí dentro.

--Desátalo.

--De ningún modo, don Fernando. Yo no quiero que usted piense...

--¡Desátalo, te digo!--repitió el señor de Meira en un tono que no daba

lugar a réplica.

Obedeció José, y después de separar la múltiple envoltura de lona que le

cubría, descubrió, al cabo, el objeto no era otra cosa que un trozo de

piedra toscamente labrado.

--¿Qué es esto?--preguntó con asombro.

Don Fernando, con palabra arrastrada y cavernosa, respondió:

--El escudo de la casa de Meira.

Páginas escogidas(#39444) · 第 2 / 19 段